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Tema: La Peste Negra y el síncope de la Civilización

  1. #1
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    La Peste Negra y el síncope de la Civilización

    La Peste Negra y el síncope de la Civilización – (Parte I) El nacimiento de la polifonía

    30 MARZO, 2020



    Escuchábamos en un discurso anterior la parte del Credo que expresa la fe en el misterio cristiano de la Encarnación, en la versión homofónica del gregorianoCredo III para la Missa de Angelis. La melodía era sencilla aunque augusta, y perennemente fácil de cantar. De hecho, el canto gregoriano fue diseñado precisamente para que los faltos de instrucción en música pudieran participar fácilmente en los actos litúrgicos.
    Pero el que hubiese versiones gregorianas (sencillas) de los cantos litúrgicos, no sólo no disuadió, sino alentó a muchos músicos a hacer versiones musicalizadas más complejas de las mismas oraciones.

    La polifonía y Guillermo de Machaut

    En esta serie de discursos escucharemos la versión del Incarnatus del francés Guillermo de Machault, quien fuera un prolífico poeta, escritor y músico del siglo XIV, cuya producción marcó definitivamente el arte de la cristiandad durante varias décadas. La homofonía (una sola melodía fácilmente tarareable) predominaba en la música sacra y en la mundana, probablemente por cierto apego a formas estéticas romanas clásicas.



    Sin embargo, en lugares más alejados de estas tradiciones musicales (como Inglaterra con su gymel y Bélgica), comenzó, en el prolífico y decisivo siglo XII, a experimentarse con la polifonía, es decir con la conjunción de dos o más melodías cantadas o ejecutadas simultáneamente.

    La técnica musical que permite que una polifonía suene bien se llama contrapunto, y –500 años después de su creación– Johann Sebastian Bach lo llevó en el siglo XVIII a sus más perfectas e insuperables consecuencias.

    Guillermo de Machaut (quien al igual que el célebre músico Antonio Vivaldi, era clérigo) sirvió a muchos representantes de la alta aristocracia quienes hacían las veces de sus mecenas.

    La gran mortandad



    En ese entonces, durante la vida de Guillermo de Machaut, ocurrió en Europa una tragedia insólita y sin reediciones.

    Un silencioso y fantasmagórico barco genovés encalló de noche en las costas italianas del Adriático en 1347. En su interior sólo llevaba cadáveres pestilentes y un espíritu de muerte: la Peste Negra traída de Crimea. En sólo seis años, en un macabro y espantoso holocausto expansivo, la mitad de la población Europea había pasado por una pustulenta y dolorosa agonía, hasta ser arrojada en brazos de la muerte.

    En muchísimas ciudades, la vida de las tres cuartas partes de los pobladores fueron segadas. Ricos o pobres, clérigos y laicos, sabios e ignorantes… la Peste no hizo acepción de personas. Nadie sabía por qué ocurría, era una guerra sin gloria y sin ejércitos y una batalla sin enemigo visible.

    Ni siquiera las masacres de las guerras mundiales del siglo pasado se equiparan a la mortandad relativa que la Peste Negra causó en Occidente. Y a lo monstruoso de sus dimensiones hay que añadir el pavor que producía el no saber nada de nada de lo que ocurría. Los conocimientos médicos no alcanzaban a prevenir ni a curar la enfermedad, y los médicos caían como moscas al igual que sus pacientes.


    Ockham: el destructor

    Una de las primeras víctimas de la Peste Negra fue precisamente otro clérigo de nombre Guillermo. Pero este era inglés y se apellidaba Ockham. De cultura enciclopédica y de inteligencia notable, Guillermo de Ockham llamado con cierta ironía Venerabilis inceptor, había puesto su mente al servicio de dos fines: someter a la Iglesia Católica bajo las cadenas de los políticos (un cierto regreso al paganismo) y acabar con el pensamiento metafísico clásico, herencia de los griegos y de pensadores cristianos de la talla de Boecio, San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

    Para el cumplimiento de estas metas, Guillermo de Ockham se refugió bajo las faldas de los poderosos de la tierra diciéndole al –en ese entonces– emperador del Sacro Imperio Romano Germánico:

    “O imperator, defende me gladio et ego defendam te verbo”
    “Oh emperador, defiéndeme con tu espada y yo te defenderé con mi elocuencia”

    Continuará





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  2. #2
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    Re: La Peste Negra y el síncope de la Civilización

    La Peste Negra y el síncope de la civilización – (Parte II) Ockham. La tradición herida de muerte

    31 MARZO, 2020

    Este es el segundo discurso de una serie cuya primera parte pueden leer aquí

    Aunque tuvo precedentes, Guillermo de Ockham fue el que le dio el tiro de gracia a la metafísica en general, afirmando que los conceptos metafísicos (forma, materia, accidente, ser, relación…) eran purosinvestismos, y que lo único que valía era el individuo concreto (o la cosa concreta, o el chunche, el bolado…), sepultando así, de manera un tanto abrupta, siglos de disquisiciones intelectuales.

    El poder destructor de la palabra


    Ockham decía que los conceptos metafísicos eran sólo “voces”, palabrejas sin contenido real –pero indispensables en el hablar cotidiano–; y, tomando como base el principio de economía del pensamiento, lo reelaboró de la manera siguiente: “ya que tenemos que sacarnos de la manga ‘palabritas’ para explicarnos, que estas ‘palabritas’ sean las menos posibles”. Ockham elaboró, sobre esa base, una teoría del lenguaje que se fundamenta, en última instancia, sobre la función de suppositio personalis que desempeñan los términos o nombres del discurso, es decir que Ockham partía –y terminaba– suponiendo que los términos (las palabras) sólo podían significar individuos singulares (tal bolado en concreto o fulanito de tal en su individualidad…), y que –en consecuencia– las esencias o las naturalezas (la naturaleza humana, por ejemplo) eran en definitiva incognoscibles. Contradecía, con ese simplismo (tan en boga en nuestros días), la doctrina clásica del lenguaje y conocimiento humanos que establecen que las palabras significan tanto a los conceptos universales como a las cosas concretas y reales.
    Así como la peste segaba vidas humanas, las teorías gnoseológicas de Ockham “destruían”simultáneamente de raíz a la razón humana.




    Para justificar semejante brutal amputación de la racionalidad, Ockam –como decíamos arriba– se escudaba en el principio de economía del pensamiento (utilizado magistralmente por Aristóteles), manipulándolo hasta extremos inapropiados. El principio de economía del pensamiento es la prudencia intelectiva que, para explicar las cosas, evita complicarse innecesariamente. Dicho de una manera más culta: “los entes (o los conceptos) no deben multiplicarse sin necesidad” o en latín: “…pluralitas non est ponenda sine necessitate…”.




    Hay que entender algo: Ockam no inventó el principio de economía del pensamiento. Lo que hizo fue hacer un uso abusivo y erróneo del mismo. A esta aniquilación de los alcances y posibilidades de la razón humana se le dio en llamar a partir del siglo XIX la “Navaja de Ockham”. Luego en el siglo XX, la literatura de folletín y Hollywood se encargaron de persuadirnos de que la “Navaja de Ockham” es el signo distintivo de los “inteligentes cool”

    El artificial divorcio entre la fe y la razón

    Para Ockham, por lo tanto, no sólo la metafísica (aristotélica, tomista, scotista o de cualquier otro cuño…) no era posible, sino que en consecuencia era imposible el conocimiento de Dios por la razón… El creía en Dios, aparentemente (era fraile, si eso es significar algo), así que –para salir de su laberinto mental– dio inicio a un resurgimiento del fideísmo, que es el rechazo del uso del intelecto para adherirnos a las verdades de fe, de lo que se sigue que hay que aceptarlas sólo porque Dios las propuso aunque fueran absurdas. Como ya dije en alguna ocasión, eso no es lo que la Iglesia Católica afirma. Lo que afirma la Iglesia Católica es que la razón sí tiene un papel que jugar en el desarrollo y aceptación de los misterios de fe: la fe y la razón sí son compatibles.



    En términos generales, este fideísmo impulsado por Ockham preparó el camino a muchos pensadores y filósofos (destaca entre ellos Kant) que terminaron (o comenzaron) afirmando de variadas maneras, y con intensidades distintas, que la razón y la fe son incompatibles.
    Insisto entonces en lo que comentaba en un discurso anterior: la Iglesia Católica Romana afirma y ha afirmado inmutablemente a lo largo de veinte siglos que los misterios no son absurdos, sólo sobrepasan a la razón limitada del ser humano. Claro está: para entender esto plenamente –enseña la Iglesia– hay que tener fe (y se refiere con ello a una virtud sobrenatural infundida gratuitamente por Dios y que, para tenerla, debe ser libremente aceptada por cada interesado).

    Para tener fe, hay que querer tenerla.

    La civilización en manos de las ratas, un fraile y una bacteria

    En todo caso, decía que Guillermo de Ockham, a pesar de que vivía y se desplazaba en salones y corredores palaciegos, fue uno de los primeros clérigos víctima de la Peste Negra. Otros sacerdotes y religiosos, demasiados en realidad, le siguieron. Cumpliendo con sus obligaciones de llevar los últimos sacramentos a los moribundos, miles de sacerdotes (probablemente lo mejor de la Iglesia en ese tiempo) se infectaron con la enfermedad –al igual que los médicos– y murieron tras una más o menos larga, pero dolorosa agonía. Dos siglos tardaría la Iglesia Católica en recuperarse de esa pérdida: fue demasiado tarde.

    No puedo dejar de pensar en cómo tanta tragedia debía hacer temblar la fe de los más devotos: las oraciones parecían no tener efecto… Dios parecía ausente.



    La Peste y su cortejo de dolores y desgracias despertaron las más bajas pasiones y –a pesar de las indicaciones en contrario de la Iglesia Católica– los judíos fueron en algunos lugares culpados de la tragedia y perseguidos. Las supersticiones y las herejías (los flagelantes, los espirituales y algunas formas evolucionadas de los resabios cátaros-gnósticos) florecieron como alternativa popular a la aparente impotencia de los sacerdotes. La economía colapsó, las expediciones marítimas se detuvieron y las ciudades se despoblaron… Todo eso en sólo cinco años. En las décadas siguientes, rebrotes de la misma enfermedad asolaron aún más a Europa, y las consecuencias nos alcanzan.

    La cristiandad (lo que ahora llamamos Europa) ya no fue la misma después de la Peste Negra. La Iglesia Católica, diezmada en sus filas, descuidó la formación de su clero en aras de la urgencia de reponerlo,y con la caída de su calidad humana preparó el camino hacia la ruptura de la cristiandad en ese torbellino de herejías que hoy llamamos la Reforma.Si bien la civilización clásica sobreviviría aún cuatro siglos más, podemos sin duda identificar la conjunción de Ockham y de la Peste Negra como el punto de inflexión a partir del cual aquella estuvo herida de muerte, sentando las bases del clímax crítico de los siglos XV y posteriores.

    Continuará.





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  3. #3
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    Re: La Peste Negra y el síncope de la Civilización

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    La Peste Negra y el síncope de la civilización – (Parte III) El germen infeccioso del totalitarismo

    1 ABRIL, 2020

    Este es el tercer discurso de una serie cuya primera parte pueden leer aquí y su segunda aquí.

    Mientras hubo tiranos, la Iglesia y su jerarquía fueron siempre una molestia de la que había que deshacerse o a la que había que someter.

    La barbarie intelectual del anticlericalismo

    Pero, es que eso siempre ha sido así. Desde los emperadores romanos, Constancio, Juliano el apóstata,… a los emperadores del Sacro Imperio Romano Germánico Enrique IV, Federico II (el Stupor Mundi), etc., siempre los aguijoneó la tentación de imponerse por las amenazas y la violencia al pontificado para intentar destruirlo (recordemos cómo el primer papa Pedro fue crucificado), o para convertirlo en un sumiso instrumento de su política mundana como parece estar ocurriendo ahora.



    Los defectos de nosotros los católicos nunca ayudaron a que, en tales conflictos, la Iglesia saliera siempre bien parada, sin embargo, mal que bien, esos tiranos –a la larga– terminaban fracasando. Pero esos fracasos, lejos de desanimar al siguiente poderosito de turno, lo envalentonaba más.
    Ese fue el caso del rey capeto Felipe IV el Hermoso quien decidió secuestrar al papado para trasladarlo a Avignon, a su patio trasero. Para hacerlo, envió en 1303 a dos representantes: al cripto-cátaro Guillermo de Nogaret y al matón mafioso italiano Sciarra Colonna. Estos dos embajadores fueron tan diplomáticos que después de golpear físicamente al anciano papa Bonifacio VIII con una manopla de hierro, le causaron la muerte. Como fuera, Felipe IV el Hermoso logró por las malas que los papas abandonaran la caótica ciudad de Roma (que estaba en manos de seculares y mafiosas familias aristocráticas seguidas de turbas insolentes) y se instalaran en Avignon de 1305 a 1378.


    El Bávaro, un tirano sibarita y práctico

    El siguiente tirano fue Luis IV de Wittelsbach, el Bávaro, a quien le tocó el turno de querer domesticar a la brava a los papas. Para ello –por supuesto– dispuso de la fuerza de las armas a partir de 1328, año en el que fue electo emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
    Así como a algunos monarcas les gustaba coleccionar rarezas, a Luis de Baviera le dio por coleccionar plumas pagadas para que escribieran loas suyas e invectivas en contra del soberano pontifice de ese entonces.

    Los plumíferos cortesanos del emperador no eran ningunossencillos: uno de ellos era el arrogante Guillermo de Ockham quien elaboró parte de sus teorías para glorificar a su majestad imperial, y de quien ya hablamos aquí. Ockham no era el único genio de la colección: uno de los más destacados fue el renombrado intelectual Marsilio de Padua (renombre que no evitó que al final de su vida fuera desechado como basura por su ingrato protector).

    Cuatro años antes de que su patrón Luis el Bávaro fuera coronado emperador en Roma de la mano del matón Sciarra Colonna, Marsilio de Padua escribió en 1324, con ayuda de Johannes de Janduno, el tratado de política titulado Defensor pacis. El tratado en cuestión es un perfecto ejemplo de averroísmo político: partiendo de la distinción de los dos fines del hombre (temporal y eterno), Marsilio de Padua distingue dos modos de vida correspondientes a esos fines: la vida temporal, regulada por los príncipes conforme a las enseñanzas de la filosofía, y la vida eterna, a la que los hombres son conducidos por la Iglesia y la Revelación Divina.
    El germen infeccioso del totalitarismoPara Marsilio de Padua, la preeminencia la tiene la “vida temporal” y, por consecuencia, la preeminencia corresponde a los príncipes (Luis IV de Baviera, para ser precisos). La “vida eterna” –para Marsilio de Padua– sólo tiene una importancia accesoria en la medida en que domestica a los fieles para obedecer sumisamente a su emperador.

    Sin embargo para que ese paraíso en la tierra dirigido por su majestad imperial funcione fluidamente, Marsilio de Padua hace notar la necesidad de que los curas y los papas estén a sueldo y bajo la obediencia del emperador. Si el clero deja de ser sumiso y no se limita a “enseñar el evangelio” para facilitar el trabajo de la policía… si los curas empiezan a volverse críticos contra el tirano… entonces la Iglesia se convertiría –según Marsilio de Padua– en una“peste perniciosa y destructiva de la paz”.

    El refinado intelectual no se ahorra elaborados términos para manifestar lo que opinaba de las motivaciones del sumo pontífice de su época. En Defensor Pacis, Marsilio de Padua dice que el Papa está inspirado por:

    “drago ille magnus, serpens antiquus, qui digne vocari debet diabolus et sathanas, quoniam omni conamine seducit et seducere temptat universum orbim”

    “el gran dragón, por la serpiente antigua, que más bien debe ser llamada diablo y satanás pues con todas sus fuerzas seduce e intenta desvirtuar al orbe entero”


    Para Marsilio de Padua, en suma, el Estado debe someter a la Iglesia. Con ayuda del terminismo Ockhamiano, aniquila incluso la posibilidad racional de aprehender la Ley Natural, de tal manera que el príncipe (El Estado) se hace autosuficiente y absoluto, preanunciando así el Estado totalitario.


    José Pedro Galvão de Sousa, Filósofo del Derecho de nacionalidad Brasileña y miembro de la “Academia Brasileira de Ciências Morais e Políticas” subrayó que Marsilio de Padua…

    “…fue quien, por primera vez, enseñó la plenitud absoluta del poder, sin la cual no existiría el totalitarismo (…) Finalmente, por su manera de entender la legalidad con base en el monismo jurídico, y por el fondo inmanentista de su pensamiento, dejó delineada una teoría del Estado totalitario…”

    O totalitarismo nas origens da moderna teoria do Estado, São Paulo, 1972, p. 212-213

    Hoy por hoy, en la literatura de folletín de cuarta mano, Marsilio de Padua es presentado como un visionario y sabio prócer de la Libertad. Lo cierto es que, insisto, la ruptura de la cristiandad es, desde este momento, un hecho seguro, aunque todavía latente.

    Continuará.




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