Tribunales de Honor
ES curioso y aleccionador que los productores, por medio de su Sindicato, establezcan Tribunales de honor para juzgar a sus compañeros. El Tribunal de honor es institución que deriva del respeto del Caballero a la norma, exigencia de los iguales que no toleran conculcaciones de la regla básica de conducta. Pues tolerada la tergiversación, la habilidad malévola, el código entero se destruye roído por la carcoma de una infidelidad a la ética. El Tribunal de honor, castigando sin público y sin escándalo al indigno, reafirma el vigor esencial de código del comportamiento.
Han pervivido estos tribunales en los cuerpos en que, precisamente, la exigencia del honor inmaculado es absoluta. Precisamente también en los cuerpos que se conservan incontaminados de vicios y defectos, sufren impávidos los embates de la violencia y la desfiguración, y aún salen de la prueba fortalecidos. No es desdeñable que ese hecho, aplicable a las Instituciones militares, constituya ley histórica: donde más estricto es el cumplimiento de los deberes que la severa moral impone, más se robustece la propia comunidad.
Este es el punto de arranque para apreciar en todo su valor lo que el Sindicato de taxistas de Madrid, con intuición fina, implanta en la vida laboral. Sucede que las leyes y la justicia previenen, juzgan y castigan el delito, pero hay infinidad de acciones que se escurren entre las mallas del articulado penal, aunque en sí mismas son vituperables y manchan al conjunto de los dedicados a una actividad. El diablillo interior que a todos acecha obliga a los hombres a realizar insignificancias, al parecer, que bien vistas recaen, repercuten sobre el crédito del compañero. Un sentido de “clase”, la clase del Caballero, que se exigía a sí mismo un modo de ser y actuar superior en sacrificio al resto de los conciudadanos, un sentido de pureza que abarcaba al individuo y a los copartícipes de la calidad propia, hizo necesario ese Tribunal, que afectaba no ya al delito propiamente dicho, sino a la negación de la exigencia de la íntegra virtud. Nos complace que el productor se eleve a la altura del mejor Caballero e implante para sí esas exigencias.
El marxismo, como de tantas cosas, se burla del honor, una de las esencias constitutivas del alma, signo divino del hombre. Materialista, no veía en el cumplimiento del deber del honor sino supervivencias de lo atávico. Aún se recuerda aquella manifestación de un socialista figura preeminente en el partido, que replicó al requerimiento de un escritor para que se sometiese a las leyes del honor, que “él no tenía honor”; y lo decía con orgullo. Era una manera de irresponsabilidad salirse del círculo de lo honesto hasta en el detalle, de lo cristiano, de lo espiritual y que espiritualiza. Era abolir el deber, entendido en su magnitud más amplia. Negar el sometimiento particular a la norma ética general.
Ese materialismo marxista es el que, poco a poco, se infiltró en la vida y puso de moda el desprecio por la presión de la sociedad. Si no intervenía el Juzgado de Guardia, nada reprochable se había hecho; aunque fuese la falta de bulto, o bien escamoteada, o cayese fuera de la jurisdicción jurídica. De ahí, tantas maniobras de baja estofa, tantísimo ensoberbecimiento del que peca sin que nadie se lo eche en cara.
En este momento histórico (1957) en que lo corporativo tiene decisiva importancia y la sociedad se entrama en gremios, Sindicatos y agrupaciones de todo orden, nos parece perfecto que las Corporaciones se preocupen de velar por que la norma el código de conducta, sea cumplido de manera inexorable. Es una depuración constante, un afán de integridad y resplandor de oro el que justifica los Tribunales de honor. Cuando funcionen en todos los aspectos de la vida comunal, cada “listo” se tentará la ropa antes de caer en el desprecio y la expulsión. Todos los frenos son pocos donde la picaresca es aceptada y alabada. La relajación de las costumbres, de las intenciones y de los actos es síntoma de grave enfermedad nacional. Seamos todos caballeros, desde el mayor en el orden de la posición social al más humilde. Todos somos hijos de Dios; todos debemos cumplir la ley de Dios, por esa razón de igualdad. Los Tribunales de honor contribuirán, si se imita al Sindicato de taxistas, a que la vida no se corrompa por los aparentemente limpios, interiormente manchados y que manchan.
ABC, sábado 26 enero 1957
https://www.abc.es/archivo/periodico...2Furl%3Fsa%3Dt
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