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Tema: Las cloacas de mayo del 68

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    Las cloacas de mayo del 68

    LAS CLOACAS DE "MAYO DEL 68".




    Aldo Moro, víctima del terrorismo revolucionario del 68



    LAS CLOACAS DE "MAYO DEL 68". UNA FASE MÁS EN EL LARGO PROCESO DE DESCRISTIANIZACIÓN... I PARTE


    Manuel Fernández Espinosa

    Mucha gente sencilla, decente y honesta, se pregunta: ¿Pero qué es lo que ha pasado para que el mundo parezca estar inmerso en un proceso de descristianización a marchas agigantadas?

    En España, todavía muchas son las parejas que se siguen casando por la Iglesia, pero a veces sólo por la razón más banal: "Hace bonito ir vestida de blanco", dice la novia. Los niños asisten, en su mayor parte, a las catequesis. Hacen su Primera Comunión, y generalmente los padres tiran la casa por la ventana en este evento: ¡ni que se casara el chaval! Los jóvenes se "confirman", pero no firman mayoritariamente su presencia regular en Misa, ni “fichan” en el Seminario. Otras cosas parecen preocuparles más que todo lo relacionado con la Iglesia.


    Creemos que a toda pregunta le corresponde una respuesta. El miedoso nunca quiere oír la respuesta. Pero Su Santidad Juan Pablo II lo dijo el mismo día que se le encomendó su Pontificado, en 1978: "No tengáis miedo". Ni miedo a las respuestas que no nos gustan, ni miedo a nada de lo de aquí abajo, pues lo sabemos pasajero. Y con y en Cristo somos invulnerables.


    Vamos a echar un vistazo al pasado más reciente, a ver si podemos explicar ni siquiera en parte algunos de los factores que propician que todo lo que nos rodea muestre la apariencia de un grandísimo desaguisado.

    MAYO DEL 68: EL ASALTO AL ÚLTIMO BASTIÓN DE LA MORAL.

    El día 13 de mayo de 1968 la bandera que solía flamear en la fachada de la Universidad de Perugia se puso a media asta en señal de luto. Así lo había dispuesto el profesor Ugolini, su decano de la facultad de Filosofía. Una noticia había conmocionado el mundo universitario italiano: el profesor Getto, ordinario de literatura italiana de la Universidad de Turín, se había cortado las venas, para acto seguido arrojarse por la ventana de su domicilio. El suicida defenestrado ingresó moribundo en el hospital. Poco después moría.


    El hadario profesor Getto no había podido soportar la humillación a la que lo habían sometido en clase sus alumnos, revolucionarios estudiantiles de mayo del 68. Aquellos arrogantes melenudos le habían increpado, sin ninguna consideración: "¡Deja ya de hablarnos de poesía y háblanos del Che Guevara!". Aquel suicidio era más que un desgraciado suceso, era un acto simbólico: la cultura, en su acepción más excelente, era amenazada por actitudes transgresoras y radicales que querían barrenar los cimientos del orden incluso en el templo del saber: la Universidad, ridiculizar el clasicismo y también, sin duda, llevarse por delante todo vestigio de civilización, orden, respeto y educación. A partir de ese momento, todo podría denominarse "cultura" como hoy podemos constatar.


    La "contracultura" (que así denominaban aquellos revolucionarios a sus tendencias pseudoartísticas y pseudointelectuales) vencía provisionalmente, pero no sólo era una teoría utópica inofensiva, como se puede ver al hilo del luctuoso suceso de Turín que comentamos. Las Brigadas Rojas –grupo terrorista de extrema izquierda, surgido en los nidos violentos del 68- lo dejarían bien claro en 1978, secuestrando al demócratacristiano Aldo Moro y asesinándolo sin piedad. Por mucho que alardearan de defender los derechos humanos, el respeto a la dignidad, e incluso a la vida de las personas… Todo aquello de lo que los revolucionarios alardean es una nulidad para la revolución. La autoinmolación de aquel oscuro profesor de clásicas que nadie recuerda lo decía todo: El mundo clásico se cortaba las venas y se arrojaba por la ventana. El brutal asesinato de Aldo Moro lo ratificaba diez años después.


    Pero la protesta, de dimensiones casi planetarias, no era juvenil, era estudiantil (los jóvenes campesinos y proletarios se mantuvieron al margen, incluso en Francia, país donde estos estamentos no estaban precisamente desinformados); o sea, para entendernos, los protagonistas de esa demencial historia eran una elite privilegiada: la mayor parte de los jóvenes que se levantaron en mayo del 68 eran "niños de papá", matriculados en las universidades, cuando no existían tantas posibilidades de estudiar como hoy en día.


    Aquellos jovenzuelos acuñaron muchos lemas, uno de ellos, que se hizo muy famoso, decía: "Levantemos los adoquines, para ver la playa".

    Y DEBAJO DE LOS ADOQUINES... ¿LA PLAYA O EL INFIERNO?

    Siempre se creyó que la revolución cultural de Mayo del 68 era un movimiento espontáneo, de carácter "cultural", pero con ramalazos "políticos": se nos ha vendido hasta la saciedad como la irrupción en escena de una juventud rebelde, pero simpática: una juventud "como no habrá nunca otra de inquieta", tan comprometida con los ideales más sublimes que era capaz de levantar los adoquines para encontrar la playa, una juventud que perseguía nobles fines y que, decepcionada por un mundo gris y mediocre, pedía que "parasen el tren, para bajarse". También se ha aceptado, sin ponderarse debidamente, que sus ideólogos eran egregios personajes de la filosofía académica e intelectuales de pedigrí: viejos existencialistas "comprometidos" como Sartre, o marxistas heterodoxos y universitarios como Herbert Marcuse. Pero cada día sabemos más de las verdaderas fuentes y los verdaderos inspiradores/conspiradores de la revuelta.


    Mayo del 68 se sostenía sobre bases esotéricas (y abiertamente satanistas), el oropel intelectual o político era una máscara que encubría siniestros inspiradores. Se trataba de dar un giro a la sociedad, en concreto: transformar las relaciones interpersonales. El último asalto, después de las vanguardias artísticas de entreguerras, para asestar un golpe mortal a la moral tradicional, invirtiendo todo lo que hasta ese momento había sido el Bien, la Verdad y la Belleza.


    Sus líderes más loados por las reliquias que quedan de aquello estaban relacionados directamente con siniestros personajes. Nadie puede ignorar a estas alturas la relación de John Lennon con el satanismo de un Aleister Crowley, incluso en la carátula de algún disco de "The Beatles" aparece el rostro de ese mago negro. Y no era una excepción, el español Luis Antonio de Villena, en su libro "La revolución cultural" (Planeta, 1975), ensalza la figura de Crowley como inspirador de la revuelta juvenil y dice además: "El resurgir que el ocultismo tiene en la contracultura, no es un aceptar al adivinador de feria. En el ocultismo se quiere ver a las tradiciones marginales de Occidente...", toda una declaración de intenciones. Para quien no sepa quién es Crowley diremos que este perturbado británico pasa por ser el máximo exponente del satanismo del siglo XX. Aleister Crowley llegó a firmar como "La Bestia 666", y sostenía que él sería la apertura del sello del Apocalipsis.


    Más sobre brujería entre los melenudos del 68. El día de la festividad anglosajona de Halloween (la fiesta de las brujas) de 1968, un sector radical del feminismo norteamericano crea un grupo cuyas siglas eran WITCH (Women's International Terrorist Conspiracy from Hell), en español: BRUJAS (Conspiración Internacional de Mujeres del Infierno), relacionado directamente con la "Iglesia de Satán", fundada en EE.UU. por Anton Zsandor Lavey. Los actos del colectivo WICHT no eran menos preocupantes que su nombre. La alternativa que proponían, e imponían con métodos terroristas, era todo un programa que transformaría a la mujer, con el objeto de convertirla en toda una "bruja", despersonalizándola hasta la caricatura más monstruosa y grotesca.


    Hasta ese entonces las revoluciones habían sido religiosas (Lutero), políticas (Francia en 1789), industriales... Faltaba la revolución cultural. Mayo del 68 era la novedosa expresión de la Revolución, una revolución que ponía en tela de juicio el orden moral: instituciones prestigiadas como la familia, respetada aunque a regañadientes por las anteriores revoluciones, se ponía en entredicho. Lo que prevalecía era la exaltación del individuo, de un individuo emancipado, "liberado" en todas sus dimensiones: la religiosa, las afectivo-familiares y sobre todo, la dimensión sexual: el placer del encuentro erótico se anteponía a todo afecto, sentimiento y orden natural. Huelga decir que el Santo Matrimonio no entraba en sus esquemas: ¿matrimonio? No lo querían ni santo ni civil.

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  2. #2
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    Re: Las cloacas de mayo del 68

    INTERPOLACIONES A "LAS CLOACAS DE MAYO DEL 68"





    Hermann Hesse


    ALGUNAS CONSIDERACIONES POSTERIORES AL TEXTO



    Antes de servir la segunda parte de "Las cloacas de Mayo del 68", quisiera poner a consideración del amable lector esta serie de "interpolaciones" (a veces con ínfulas de aforismo) que me hice, tras releer el texto.



    Este artículo lo escribí hace muchos años. Lo cedí para que fuese publicado en un boletín cofradiero de mi pueblo, pero la redacción estimó que la temática se apartaba mucho de los objetivos que la publicación se traía entre manos. Así las cosas, el texto quedó en mi disco duro y ahí se quedó, sin que yo le buscara acomodo en ningún otro soporte para difundirlo.


    Decir varias cosas, pues:

    Las Primeras Comuniones se han convertido, con el tiempo, en acontecimientos sociales que eclipsan con tanta ostentación material la entidad del Sacramento que se recibe; Cristo Eucaristía parece pasar a un segundo término, olvidado pudiéramos decir entre tanto aparato, tanto obsequio y tanta tramoya profana. El niño que comulga por vez primera está expuesto a perderse, pudiendo con mucha facilidad entender que esa ceremonia religiosa en la que ha recibido el Sacramento no ha sido más que una excusa perfecta para hacerse con los juguetes preferidos de la muchachada.

    Escribí el texto, cuya primera parte publico en este blog, hace muchos años. Tras descubrir una serie de datos -sobre personajes del 68- que me alertaron. Mi asombro crecía, a la par que mi repugnancia, por todo lo que iba entendiendo de ese fenómeno que caficaremos como “Revolución Cultural de Mayo del 68”.

    Perplejidad, pues muchos de los autores que fueron fetiches de esa “generación revolucionaria” del siglo XX (por ejemplo, Herman Hesse) habían sido autores muy importantes en mi formación juvenil: muchos existencialistas, Hermann Hesse… y tantos otros. No podía dar crédito a la promiscuidad con la que estos autores -muy respetados por mí- se podían haber llegado a mezclar con personajes tan siniestros –y, todo hay que decirlo, tan esperpénticos- como Crowley.


    No seré yo el que pueda regatear a Herman Hesse sus cualidades literarias. Las novelas de Hesse -muchas de ellas podrían formar parte de eso que se llama "novela de formación"-han sido pudiéramos decir que el catecismo de muchas generaciones europeas: desde los contestatarios alemanes encuadrados en los Wandervogel hasta los hippies. Herman Hesse no deja de ser un autor muy interesante, pero su pesimismo -arraigado en las lecturas de Schopenhauer- puede desembocar en personajes nihilistas como el protagonista de "Bajo las ruedas", personajes esquizofrénicos como el protagonista de "El lobo estepario" o personajes francamente heréticos como los que aparecen en "Demián". Hesse es un autor que hay que leer con un antídoto a mano.


    Mayo del 68 fue un jaque al orden moral, desarreglando las relaciones interpersonales. Sí. Pero no deja de ser curioso que, a partir de ese momento, con la “contracultura” en pie de guerra, la palabra “cultura” quedara vaciada. Hoy en día, se llama “cultura” a cualquier cosa. Incluso se ha hablado de una “cultura del pelotazo”. El significado de cultura fue viciado y vaciado por obra y arte de ese movimiento “contracultural”. A partir de Mayo del 68 la cultura dejó de ser entendida en su auténtico sentido, el más noble de ellos: cultura como cultivo humanístico, artístico y científico de la persona. ¿Qué cultivo puede haber en la exaltación de la espontaneidad, contra el “Arte” (entendido éste como técnica que hay que apropiarse)? ¿Qué cultura puede haber cuando se rechazan todas las reglas y los cánones? Ni Belleza, ni Verdad… Ni Bondad. Es la anarquía lo que triunfó con el Mayo del 68: la anarquía en los instintos, en los sentimientos y la anulación de la razón. Justo desenlace del racionalismo: el racionalismo, entendido como entronización de la Razón engreída que prescinde de la Revelación, se volvió irracional. Lo razonable quedó fuera de juego.


    Esos niños de papá del 68 que ahora peinan canas -muchos de ellos son eurodiputados- han enseñado a una gran parte de la juventud a llevar, pongo por caso, al Che Guevara en una camiseta. Ellos en cambio gastan ahora, en vez de camiseta, camisa de marca, corbata y chaqueta. La izquierda radical europea -camuflada ahora como movimiento anti-globalización- se siente "contestataria", "rebelde", "inconformista"... Todo es una fachada. Ellos son los primeros conformistas, su discurso coincide con el que le marcan sus amos... No son rebeldes, ni contestan a nada; más bien, pudiéramos decir, en tanto que la izquierda parece liderar la "cultura" y la "política" (si la economía le deja, por algo será...), podemos decir que esos jóvenes izquierdistas no son alternativa alguna a lo que hay. Más bien todo lo contrario, aliados y colaboracionistas del capitalismo.


    Para ser contestatario -cuando la Revolución ha triunfado- habría que ser contra-revolucionario. Para ser inconformista -cuando todos se han conformado- habrá que identificarse con todo aquello -la Religión y la Patria, por ejemplos- que los conformistas acomodados han arrastrado por los suelos.


    Eso quiere decir que:


    Los jóvenes españoles que todavía tengan sangre en las venas (muchos parece que tienen horchata) y quieran formar una auténtica contestación pacífica, pero contundente, al mundo contemporáneo con todas sus injusticias no podrán ser otra cosa que: católicos practicantes y patriotas españoles. Y piénsese que digo: "ser", no simplemente "sentirse".

    De nada nos valen jóvenes que hoy se "sientan" católicos; pues mañana podrían sentirse "budistas". De poco nos valen jóvenes que se "sientan" españoles. Hay que ser católico y español, de una sola pieza, sin fisuras.


    No hay cosa que más sofocos procure a un "progre" que un joven que va a Misa a diario y no oculta su sano orgullo y su piadoso amor a la Patria, Patria que es la tierra de sus antepasados.

    El "progre" puede quedar definido como esperpéntico personaje que hay que jubilar de la escena cuanto antes. Es un "tipo humano" obsoleto, caduco y más reaccionario de lo que pudiérase suponer.

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    Re: Las cloacas de mayo del 68

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    LAS CLOACAS DE MAYO DEL 68... II PARTE




    Arthur Schopenhauer, uno de los primeros filósofos europeos en interesarse por las doctrinas religiosas de extremo-oriente.

    EL ORIENTALISMO INVASOR.

    Tanto el Viejo Continente -Europa- como América -su vástago- habían pertenecido al mundo cristiano. Ni siquiera el cisma que supuso el Protestantismo, por mucho que sus heresiarcas hubieran desfigurado a Cristo, había borrado el nombre de Jesús de las conciencias y mentalidades de los europeos y de sus descendientes americanos. Había existido en tiempos remotos la Cristiandad, que había dado forma al mundo, y éste se había iluminado con la esplendente luz que emana del Evangelio. Instituciones, maneras de estar en el mundo y estilos de vida se vieron dulcificados desde que empezara la acción del cristianismo.

    En el siglo XIX los británicos, merced a su Imperio colonial y mercantil, entran en contacto con las antiguas religiones de la exótica India. Se traducen los libros "sagrados" de esas tradiciones foráneas y un filósofo alemán, Arturo Schopenhauer, será el primero en interesarse por estas novedades, utilizando elementos de estas tradiciones exógenas para afincar su sistema filosófico. El ocultismo del siglo XIX trata de digerir la tradición hindú (budista e hinduísta) que Europa ha importado, pero se indigesta, distorsionando todo el acervo oriental, creando ese sincretismo pseudo-religioso que apesta en todas las obras de Madame Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica.

    A principios y mediados del siglo XX se asiste en Occidente a una divulgación literaria de temas procedentes de las más diversas y remotas tradiciones religiosas extremo-orientales: Hermann Hesse, con su novela "Siddharta"(1923) es ejemplo de ello. Los más diversos foros contraculturales de Mayo del 68 propondrá "peregrinaciones" a la India, y muchos de aquellos hippys emprenden su camino, a la búsqueda de las "luces" orientales (islam, hinduísmo, taoísmo, zen...). Fernando Sánchez Dragó es uno de los exponentes españoles más caracterizados de toda aquella "moda".

    ¿Y LA IGLESIA CATÓLICA?

    A todo esto la Iglesia Católica había realizado un Concilio Ecuménico -el Vaticano II- con el que se había puesto a la altura de los tiempos, se había abierto a las inquietudes sociales y a las justas reivindicaciones obreras. Un verdadero esfuerzo del clero católico, asistido por la gracia del Espíritu Santo, había emprendido una reforma necesaria en la Iglesia que venía a ventilar las capillas. Pero la revolución le llevaba a la Iglesia unos pasos de ventaja en su frenética carrera hacia la subversión total: de poco sirvieron los magníficos documentos de nuestra Iglesia, todo el celo pastoral de nuestros sacerdotes por coger el tren de la modernidad, tampoco la "puesta al día" de la evangelización: aquellos tipos no querían ya justicia social, lo que exigían era la legalización y lo que ansiaban era la "bendición" de la promiscuidad sexual generalizada. Y si no se les daba licencia para la promoción de la degeneración, se quejarían de intolerancia y cerril reaccionarismo de la Iglesia. Como podemos contemplar, esas actitudes de niños mal criados persisten cada vez que la Iglesia se pronuncia sobre los métodos anticonceptivos o sobre la legalización de las parejas de hecho: sean homosexuales o heterosexuales.

    Y DESPUÉS DE LA BORRACHERA... LA RESACA.

    Toda aquella fiebre revolucionaria quedó en una erupción que con el tiempo vendría a ser sofocada. Los jóvenes estudiantes que participaron en aquellos altercados "revolucionarios" se ubicaron en la empresa de papá, aquella misma sociedad contra la que tan rampantes se habían alzado los adoptaba ahora, y, una vez acomodadas sus posaderas, cobrando pingües beneficios, acomodados al bienestar burgués, vinieron a calmar sus furores revolucionarios. En el largo camino, algunos -los más consecuentes con lo que pensaban- se habían agenciado un pasaje al otro barrio con una sobredosis, habían terminado en una celda por su militancia terrorista, o se habían encuadrado en alguna de las muchas sectas que proliferaron al calor de aquellos aquelarres del 68. Algunas creadas por la CIA con el propósito de “recluir” en ellas a los más rebeldes sin solución.





    Pero tanta reivindicación revolucionaria había creado un gusto por quebrantar el orden de las cosas difícil de aquietar. Había que inventar algo que aliviara aquella nostalgia por la utopía o, en su defecto, algún pretexto que todavía hiciera sentir, a los veteranos de aquella orgía, "inquietos" y "eternamente jóvenes". Es así como nace ese pastiche de falsa espiritualidad y empanada mental que se denomina New Age, en hispana parla: Nueva Era.





    Música tan relajante que hipnotiza, misticismo orientalista (sin mucho conocimiento de las religiones orientales, la verdad sea dicha), extraterrestes amistosos que nos descubrirán los secretos de la existencia, meditación trascendental que ni trasciende ni medita, viajes astrales que no se sabe en qué agencias turísticas contratar, ángeles que no son de la guarda, reencarnacionismo que nos descubrirá presuntas vidas pasadas (y si no, ya se la inventarán), ecologismo que protesta contra los desolladores de las focas, pero no contra las clínicas abortivas; comunas nudistas, mito de Gaia... Y un largo etcétera que se completa con mostradores repletos de cachivaches, de velitas, de incienso, de libros de autorrealización personal y presuntas ciencias de dudosa catalogación: en definitiva, un mercado que garantiza un estupendo negocio para los mercachifles de la "nueva conciencia" y la "nueva espiritualidad", pues aquí todo parece "nuevo", pero es tan "viejo" como la "serpiente antigua". Un negocio a costa del bolsillo de todos esos hambrientos de espiritualidad, pero incautos. Espiritualidad, pero que sea a la carta (como en los restaurantes), y rápida, por favor, como la comida basura.




    La Nueva Era nace en California, como no podía ser menos, cuando se atenúa la efervescencia de mayo del 68. La nueva espiritualidad de esa nueva era se exporta a todo el planeta, favorecida por una mentalidad que se nos impone desde los organismos mundialistas: la globalización, que terminará por desarraigar a los hombres y mujeres, desdibujando la identidad de los pueblos.
    Había que reconvertirse. Sonaba la hora de mudar la piel. Pero, por muy progresistas que se decían, algo conservaban de su adolescencia insurgente: su desprecio, cuando no su odio declarado al cristianismo, su aversión a la Iglesia Católica.





    Ellos respetarán cualquier religión exótica, incluso profesarán religiones orientalistas, pues rebrotó el orientalismo de Hesse y de los ocultistas decimonónicos. Incluso personajes pertenecientes a generaciones que no han vivido de lleno el 68, se pasan, con armas y bagaje, al budismo. No dudarán, ni siquiera en los medios de comunicación más solventes, en aplicar el título de "Su Santidad" al Dalai Lama. Se acrecentarán las legiones de tránsfugas religiosos -la actriz española que ha hecho fortuna en Hollywood, Penélope Cruz, es ejemplo de ello-, pero la Iglesia Católica siempre les parecerá muy trasnochada.





    Vivimos tiempos que parecen instalarnos en algo así como una gran apostasía; pues apostasía es la descristianización de Europa. Pero, recordemos lo que nos dijo el Romano Pontífice: "No tengáis miedo". En efecto, no tengamos miedo. No prevalecerán.

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