El mito ilustrado del Progreso
Surgida desde la Baja Edad Media la idea de progreso, ésta fue pervirtiendo entre otras tendencias del pensamiento las relaciones Hombre-Creador. En un principio no se negó la existencia de la Fuente Primera, pero ambas realidades fueron distanciándose lentamente, dándose cada vez más importancia a este mundo por el que tan fugazmente transcurre el tiempo, y permaneciendo irónicamente la Eternidad en un cada vez más retirado plano.
El hombre comenzó a sobredimensionar su verdadera importancia.
Hoy en día, incluso entre aquellas personas autodenominadas creyentes practicantes no se pone en duda este concepto que sirve de fundamento, guía, y meta del espíritu moderno. Quizás se me critique de dogmatismo, y de que mis letras que pecan de una aburrida y simplona dicotomía. O tal vez podáis alegar que no todo es malo en la modernidad, que en estos últimos siglos se han conseguido conquistar loables metas. Pero lo cierto es que cualquier ambigüedad teñida de eclecticismo y condescendencia hacia la civilización Occidental (ya global), entrañaría en las actuales circunstancias de acelerada descomposición riesgos superiores a los de una crítica purista, sin matices.
Tened en cuenta que las ideas que expongo no son propias, sólo son. En realidad poco importa lo que yo opine, sólo importa Aquel que ES, y la Verdad que dimana de ÉL. Nuestro Padre todo ha surgido, incluido nosotros mismos y a ÉL volveremos, aunque no nos queramos dar por aludidos, aunque no sea “guay” en los tiempos que corren darse por aludidos.
Tened en cuenta de que si una idea es verdadera no pertenece a quien la pone por escrito, sino a todos los que puedan, y sobre todo quieran comprenderla. A Dios Nuestro Señor corresponde la verdad, y a nosotros la modesta capacidad de reflejarla turbiamente en nuestros discursos.
Se entiende por “progresismo” la creencia de que la historia de la humanidad es una historia de progreso, una trayectoria cualitativamente ascendente desde un supuesto “hombre primitivo”, al que se le caía la baba de lo cretino que era hasta el ilustrado y maravilloso hombre moderno. Esta visión simplona e infantil de nuestros antepasados repite las soberbias y desviadas pautas primordiales de los ángeles caídos hacia su Creador.
El hombre se considera a si mismo el punto culminante de la Historia. EL hombre se ha deificado, como hizo en su momento los ángeles que rechazaron de la luz de Dios. Ninguna cultura pasada desarrolló la suficiente soberbia y arrogancia para considerarse superior a las que les han precedido. Pero como diría el filósofo René Guenón; en el mundo moderno todo está al revés.
El Progreso esconde su verdadero carácter excluyendo toda pregunta sobre su naturaleza. Nadie considera necesario precisar en que se progresa realmente. El Progreso es un acto de fe, uno de los pilares del Hombre autodivinizado, del hombre luciferiano y rebelde.
La mentalidad progresista que se define básicamente materialista representa de forma paradójica el mayor culto jamás profesado a una idea, construcción fantasmal sin más realidad que la de un ectoplasma engendrado en los sótanos de su extraviada conciencia.
Respecto a nuestros avances tecnológicos… bueno, todo descenso en el orden cualitativo se ve acompañado de una expansión en el cuantitativo. Tantas maquinitas de colores sirven como compensación al inmenso vacío espiritual del hombre moderno.
Ciencia, técnica, maquinismo, democracia… todo ellos ídolos de la superstición racionalista.
Curiosamente el hombre moderno atribuye a sus ídolos el poder de llevarle a la plenitud de sus posibilidades. Poder del que esos ídolos, pese a toda su potencia titánica, carecen por su naturaleza.
El hombre moderno, radicalmente insatisfecho con el mundo que él mismo en su ofuscación y soberbia ha creado, espera en perpetua tensión la aparición de lo nuevo, como si algo importante fuera ocurrirle que no fuera a surgir de su alma. Todo debe ser nuevo para ser válido y toda innovación es por definición progreso. Mientras, el vacío se vuelve cada vez más oscuro e insondable. Recordad las nuevas modas, los nuevos automóviles, los nuevos viajes para ver nuevas tierras (Venezuela, etc), como si esos cambios, como si esas novedades, como si esas sensaciones novedosas fueran a operar un milagroso cambio alquímico en los vacíos de nuestras almas.
Fijaos que la perpetua necesidad constrictiva de lo nuevo, revela, en última instancia, la inanidad substancial inherente a todo lo que el hombre moderno piensa, hace y produce. Cual Sísifo obligado a renovar perpetuamente la vida del mismo espejismo polimorfo, el hombre vive así en la absorbente ilusión de lo superfluo y lo inmediato: multiplicación inútil e infinita de posibilidades vanas y accesorias que reclaman la totalidad de la atención, y exigen la previa renuncia a la Verdad esencial que se pierde por culpa de esta estúpida e inútil maraña en el olvido.
Vivimos en el reino de la virtualidad, donde casi todo es posible pero nada es real. El hombre moderno, preso en su laberinto de ficciones ignora, o quiere ignorar que no se trata de multiplicar los caminos, sino de llegar a su destino. Haciendo retroceder artificialmente sus fronteras el hombre moderno aleja en la misma medida la posibilidad de escapar a la prisión en que se encierra.
Publicado por Arcana Mundi
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