El silencio es una de las cualidades menos apreciadas en el mundo que nos rodea, y lo es porque necesitamos del sonido y muchas veces del ruido para no sentirnos solos. Magnífica paradoja la que nos ofrece el siglo XXI, el de las autopistas de la información, el siglo de las comunicaciones, la paradoja sublime del hombre solitario.


Es en esa soledad donde podríamos encontrar muchas cosas de las que carecemos, muchas cosas que nos cuesta encontrar. Es esa soledad la que antes llenaba Dios y ahora colma nuestro endiosamiento personal, nuestro particular Olimpo humano, demasiado humano. Y es ahí hacia donde escalan en bullanguera romería mediática nuestros modelos sociales de hoy en día. Modelos sociales que intentan llenarnos ese silencio aterrador que nos envuelve.



Nos quejamos de la proliferación de la zafiedad condescendiente de la telebasura. Nuestros políticos hacen leyes para combatirla pero descuidan los aspectos fundamentales de la soledad del hombre. Esos aspectos fundamentales sólo puede llenarlos una realidad inevitablemente superior. Una realidad que llamamos Dios y que en España se ha identificado históricamente con el Dios cristiano. Ésta es nuestra idiosincrasia, que ahora parece querer ser cambiada, transformada y reinterpretada.



Nuestros hijos no tienen derecho a conocer en la escuela de dónde vienen como españoles, cómo se comportaron sus abuelos y por qué lo hicieron. En nombre de los nuevos dogmas progresistas los censores del siglo XXI nos meten en la escuela y en la mente el multiculturalismo panteocrático. Y no queremos vivir aislados en una burbuja, intentar aislarse en un mundo globalizado como el actual es un suicidio más o menos elegante. Simplemente queremos que las diferentes realidades y las diferentes sensibilidades sean preservadas en un mundo que devora hasta los aspectos más íntimos del ser humano.



Precisamente preservar las diferentes manifestaciones del ser humano es triunfar frente a un multiculturalismo uniformador que nos llevará irremisiblemente al empobrecimiento total del mundo. Ha llegado el momento en el cual la modernidad ha de mirar hacia el conservadurismo para no perderse toda la riqueza que el ser humano y su ecosistema guardan. Hay que ser conservadores, hay que preservar nuestro patrimonio natural, histórico y espiritual y transmitir toda su belleza a las generaciones venideras y enriquecer a nuestros contemporáneos.


Nosotros, los jóvenes, tenemos la última palabra: conservar el legado magnífico o seguir destruyéndolo bajo la égida de un progresismo carca, trasnochado y que sigue rechazando las realidades más íntimas del ser humano. Ha llegado la hora de exigir respeto pero también de darlo. Y para eso hay que ser consecuente en tu propia nación, entre los tuyos. Algunos aún no lo saben y prefieren vivir anclados en el defenestrado siglo XX.





Francisco de Asís Pajarón Hornero

Licenciado en Historia



Publicado en www.elsemanaldigital.com, el diairo EL DIA de Ciudad Real, la revista del Secretariado de Pastoral Juvenil del Arzobispado de Toledo (www.sepaju.org) y la revista oficial de la Asociación de Hermandades y Cofradias de la Semana Santa de Ciudad Real (www.ciudadrealcofrade.org).