En historia, si se quiere conocer la vida y los hechos de una persona, buscamos leer lo que esa persona ha escrito. Si esa persona no ha dejado ningún escrito, entonces buscamos conocer a quienes le conocieron, de manera que nos puedan dar testimonio de dicha persona.
Un ejemplo para entender:
Si queremos conocer qué es lo que Sócrates hizo y dijo, quién era Sócrates, debemos buscar lo que sus amigos, contemporáneos y discípulos dijeron de él.
Entre sus amigos estaba Jenofonte, entre sus contemporáneos Aristófanes, entre sus discípulos Platón.
Lo mismo vale para cualquier personaje histórico, incluso Jesucristo.
Como todos sabemos, Jesucristo no escribió nada. Si queremos conocer a Jesucristo debemos buscar los testimonios y experiencias de sus amigos y discípulos.
Y esos testimonios y experiencias son los que forman parte de la tradición de la Iglesia Católica, ya sea oral o escrita (Nuevo Testamento). Es más, los testimonios y experiencias con Jesucristo son el centro de la Tradición de la Iglesia Católica.
Si queremos conocer a Sócrates, leemos lo que Jenofonte, Platón y Aristófanes nos dicen de Sócrates.
De la misma manera, si queremos conocer a Jesucristo, escuchamos y leemos lo que la Tradición de la Iglesia Católica nos dice de Jesucristo.
Hacer otra cosa, es como si quisiéramos conocer a Sócrates leyendo El Corán.
¿Verdad que es absurdo?
He ahí una de las razones por las cuales la Iglesia Católica es la Iglesia fundada por Jesucristo, porque es la Iglesia de los que conocieron en persona a Jesucristo y le amaron. Y hasta el día de hoy sigue siendo la Iglesia de los que conocen y aman a Jesucristo. Su testimonio es el testimonio de una persona excepcional llamada Jesucristo.
La Iglesia Católica fue fundada por Jesucristo para dar testimonio de la persona de Jesucristo en todas las naciones y toda la humanidad. Jesucristo le dijo a sus Apóstoles antes de ascender al cielo: Id a todas las naciones a llevar la buena nueva (evangelio) de salvación.
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