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Tema: El «affaire» de la Acción Francesa

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    El «affaire» de la Acción Francesa

    EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (1).



    Publicamos hoy la primera entrada de una serie de tres que dedicaremos a la Acción Francesa.

    Reproduciremos en tres partes un artículo de Juan Roger (pseudónimo de Jean Marie Riviere). El autor fue un profesor francés especializado en lengua y cultura del Lejano Oriente de la Sorbona. Miembro de la Acción Francesa, Roger trabajó en el servicio de represión de la masonería del gobierno de Vichy. Condenado a muerte por De Gaulle huyó de Francia, llegó a Italia y consiguió de la embajada española un pasaporte con nombre falso. Se incorporó al CSIC gracias a la intervención de José Mª Albareda, que le nombró colaborador del Instituto «Bernardino de Sahagún». Poco después fue el responsable de la sección francesa del Departamento de Culturas Modernas y Jefe del Servicio de Documentación del CSIC. El artículo de Roger que reproducimos se publicó en la revista Arbor. Abriremos los comentarios al publicar la última parte.


    EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA.

    Por Juan Roger.

    Estudiar la historia de la Acción Francesa es emprender la descripción de las luchas políticas, sociales y religiosas de Francia entre 1900 y 1940. La vida de esta agrupación política está, en efecto, íntimamente relacionada con toda la política interior francesa durante el primer cuarto del siglo XX, y no hay por qué creer que haya desaparecido por completo en nuestros días. El pensamiento y la doctrina de sus fundadores han marcado de modo indeleble a varias generaciones, y es preciso reconocer que el intento de resumir esta historia en pocas páginas es empresa difícil, pues corre el riesgo de ser, si no parcial, al menos incompleta. Vamos a intentarlo, sin embargo, con toda nuestra buena fe, sin olvidar las repercusiones que las doctrinas de Maurras han tenido en la Península Ibérica, tanto en España como en Portugal.

    FRANCIA A FINES DEL SIGLO XIX.

    Como un gran cuerpo desgarrado políticamente se nos presenta Francia a fines del siglo pasado. La III República se instauró legalmente en 1875, pero tuvo que luchar contra la inmensa tendencia monárquica de la sociedad francesa, tradicionalista y católica. Para conquistar el poder, los hombres de la III República, laicos, imbuidos por los ideales de la Revolución de 1789, tuvieron que consolidar su posición, Minoría activa, ordenada y disciplinada, los republicanos formaron una «izquierda« que se opuso violentamente a lo que ellos llamaron «la derecha», cuyos bastiones políticos han ido conquistando poco a poco.

    La «derecha» francesa había puesto su confianza en el pretendiente al trono de Francia, el conde de Chambord; pero éste había muerto negándose a reconocer las posibilidades de fusión de las nuevas tendencias con los principios tradicionales por él representados. La negativa del conde de Chambord había matado, de hecho, al partido monárquico. Cuando la sucesión, del conde de Chambord pasó en 1883 al conde de París, y de éste al duque de Orleáns en 1894, las filas del partido realista estaban casi desiertas. Los republicanos ya no le atacaban, reservando su fuerza combativa para el catolicismo, que estaba, en cambio, muy pujante.
    El catolicismo francés de entonces se había unido indisolublemente a un conjunto de conceptos políticos de «derecha». La nueva República había suscitado grandes recelos en los estratos franceses. Además, una serie de escándalos habían sido explotados políticamente por representantes de la «derecha» francesa, que admitían, claro está, una República, pero en provecho propio, y combatían con ardor una política que les eliminaba progresiva e implacablemente. Por su parte, la jerarquía católica enfocaba de otro modo el problema de las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Francia. León XIII fue el primer Papa elegido después de la desaparición del poder temporal. Como Pío IX, tampoco el nuevo Papa quería abandonar las libertades y los derechos de la Iglesia; pero, al contrario que su predecesor, León XIII estimaba que los católicos de Francia tenían algo mejor que hacer que asediar a la República. Consideraba más hábil y más eficaz que el combate por los derechos y las libertades de la Iglesia fuese llevado al interior de la República misma, y que esta lucha se entablase en el terreno legal, entre republicanos. Creía que los católicos de Francia debían llamarse republicanos, serlo lealmente, convencer de su lealtad y de su sinceridad a sus antiguos adversarios e intentar entonces enmendar la legislación. El conjunto de esta gran política de León XIII relativa a Francia ha sido llamado la «política del Ralliement».
    Sabido es que el cardenal Lavigerie, obedeciendo a sugerencias de la Santa Sede, pronunció el 12 de noviembre de 1890 un brindis en el que pedía a los católicos franceses que se unieran sin reserva a la III República, lo cual produjo en los sectores católicos franceses un efecto a la vez de cólera y de estupor.
    La situación se agravó con motivo del famoso affaire Dreyrus (1897-1899), que dividió literalmente a Francia en dos campos de hostilidad irreducible: la izquierda se alzó contra el error judicial de la condena del oficial judío Dreyfus y englobó en sus ataques y en su odio a los representantes del ejército, del clero y de todo el tradicionalismo francés. Este «caso» sirvió de punto de unión anticlerical a todos los matices «republicanos» y cavó definitivamente un foso infranqueable entre las dos mitades de Francia.

    La conquista total del poder por las izquierdas se hizo por la ocupación total de la enseñanza, por la expulsión de las congregaciones religiosas, así como por la separación de la Iglesia y del Estado. Una propaganda tenaz y hábil en las masas obreras y en la pequeña burguesía alejó poco a poco a amplios sectores de la opinión pública de las creencias tradicionales. El catolicismo disminuyó, el ideal monárquico se esfumó por completo, las preocupaciones sociales y políticas reemplazaron a las antiguas creencias; Francia se hizo en gran parte indiferente y republicana. Lo que había sido una «mayoría» en 1875 se convirtió en «minoría» en 1900. Pero bajo la persecución, bajo los ataques, esta minoría va a despertar, a unirse, a reaccionar y a provocar amplios y profundos cambios de opinión. La agrupación que va a unificarla, a darle una ideología, a lanzarla a la acción, es la Action Française.



    NACIMIENTO DE LA ACCIÓN FRANCESA.

    Fue el proceso de Dreyfus el que provocó esta cristalización. En este proceso, los partidos de izquierda, los antimilitaristas, los internacionales, los laicos, se unieron estrechamente y defendieron los «derechos del individuo». Pero la derecha adquirió también entonces conciencia de su unidad fundamental y de su común ideología. La posición de los dos campos era inconciliable, pues tenían una visión opuesta del mundo. Y así fue como surgió, con motivo de un simple proceso, por la única violencia de las posiciones políticas, el «partido nacionalista».

    Este título se convirtió rápidamente en enseña de una reivindicación de las tradiciones francesas. El desarrollo del «affaire Dreyfus» se tornó pronto centro de un gran movimiento de la opinión a favor del ejército, atacado con motivo del proceso. Su manifiesto es muy claro en cuanto a sus fines: «sus miembros, conmovidos al ver prolongarse y agravarse la más funesta de las agitaciones; persuadidos de que no podría durar más sin comprometer mortalmente los intereses vitales de la Patria francesa, y en especial aquellos cuyo depósito está en manos del Ejército nacional, han resuelto trabajar, en los límites de su deber profesional, por mantener, conciliándolas con el progreso de las ideas y de las costumbres, las tradiciones de la patria francesa...». Nada se ha omitido. Las palabras-clave «Patria», «Ejército», «Tradiciones», «Mantener» son los términos esenciales.

    Este movimiento reunió al principio un conjunto bastante dispar de literatos, filósofos, políticos; se veía a Albert Sorel al lado del duque de Broglie, y a De Muns junto a Bourget y Detaille; paro también pertenecía a él un joven de treinta años, Charles Maurras, que había venido de la Provenza mediterránea a probar fortuna en París. El 19 de diciembre de 1898 en el diario L'Eclair, portavoz del movimiento, apareció por primera vez el título de «Action Française», en un artículo firmado por Maurice Pujo; trataba de la rendición de la bandera francesa en Fachoda ante la columna inglesa mandada por Kitchener. Londres y París andaban entonces en gran discusión con motivo de la futura influencia en África oriental. Pujo deducía la necesidad de «hacer algo», la urgencia de una «acción», y decía: «Lo que hay que hacer en la hora actual es reconstruir a Francia como sociedad, restaurar la idea de Patria, volver a hacer de la Francia republicana y libre un Estado organizado interiormente y tan fuerte en el exterior como lo fue bajo el antiguo régimen.»

    Los más activos del equipo de la Patria francesa formaron un Comité d'Action Française ; en él figuraban los nombres de Maurras, Pujo, Vaugeois, Cortambert; ya estaba plenamente adoptada la posición antisemítica del grupo, y el Manifiesto de San Remo, 22 de febrero de 1899, pronunciado por Felipe, duque de Orleáns, pretendiente al trono de Francia, la afirmaba claramente. El pequeño grupo citado fundó el 1.° de agosto de 1899 la revista L'Action Française, entonces un folletito gris que aparecía cada quince días. En él figuraban las firmas de Vaugeois, Maurras, Bainville, Louis Dimier, Pierre Lasserre, Copin-Albancelli, Lucien Moreau, Caplain-Cortambert, Bailly, Dauphin-Meunier, Robert Launay. Los redactores se reunían en el famoso café de Flore, cerca de la plaza de Saint-Germain-des-Près. Ya se destacaba entre todos Maurras, y tenazmente se oponía a todo proyecto de reconstrucción de la Francia «liberal o democrática, que él consideraba marcada por un mismo signo uniforme de fracaso».


    LAS IDEAS DE LA ACCIÓN FRANCESA.

    Desde su comienzo, la revista definió sus ideas principales: necesidad de la vida social para el individuo; necesidad de la nacionalidad como forma de la vida social; necesidad para los miembros de la nacionalidad francesa de zanjar todo problema en atención a la nación; necesidad de propagar e imponer las ideas precedentes.

    El nacionalismo, según la Acción Francesa, debe ser integral, y debe ejercerse en el plano intelectual, artístico, literario, filosófico y social. Maurras, en 1906, dice que la Acción Francesa debe enraizar sus teorías en las realidades siguientes: amor a la patria, a la religión, a la tradición, al orden material, al orden moral... Estableció el principio de la monarquía, pero su monarquismo era racional, en oposición a los legitimistas, que consideraban al rey de «derecho divino». Maurras no siguió este misticismo regalista; concluyó que la monarquía, adaptable a las necesidades del tiempo, era el fin necesario de la crisis ocasionada por la Revolución de 1789. Maurras creó el «realismo monárquico».

    Había perdido muy pronto la fe religiosa. Se le ha acusado, sin pruebas, de haber sido por un momento, en su juventud, anarquista y anticlerical militante. Pero, por muy incrédulo que haya sido, Maurras consagró al catolicismo la abnegación y el respeto debidos a esta potencia moral y religiosa. Su herencia, su educación, su latinismo, le colocó naturalmente en el pensamiento romano, le infundió el orden de la Urbs, turbado por los demócratas y los demagogos. Maurras pensó en el rey como el hombre formado para el mando por la tradición y la herencia; la herencia debe preservar al país de los desgarrones que producen las competiciones cesarianas; el rey, al estar por encima de los partidos, sólo piensa en el bien común. El partido que ocupa el poder no puede ser más que el consejero del rey; éste reina y gobierna «en y por sus Consejos», teniendo siempre la última palabra.

    Pero Maurras intentó apartar al rey y a la monarquía de la reacción; si esta monarquía paternal no puede ser democrática (la multitud es inepta para gobernarse a sí misma), será popular, como en tiempo de los Capetos; es una monarquía protectora, justiciera, utilitaria, la que predica Maurras. Pide la descentralización. Los representantes de la nación emitirán opiniones, pero no mandarán. Maurras quiere la desaparición de los tiranos locales, resultado de la subordinación del poder ejecutivo al poder legislativo. Condena a la democracia, que es un «disolvente de la Patria»; rechaza el sufragio universal, que no es ni universal ni libre: «es un rebaño que va a donde le llevan sus pastores», vigilado por perros, que son los dispensadores del favoritismo; una vez obtenidos los votos, los franceses quedan despojados de sus derechos, de su soberanía, porque el mandato es considerado como propiedad del mandatario. En un estudio lúcido y despiadado de la historia política de su país, Maurras demostraba que uno después de otro los partidos habían empleado la fuerza, mandando luego con un énfasis cómico, que sería atentatorio contra el derecho si se volviese contra ellos. El derecho no preexiste en política; para legitimar un régimen no hay más que los servicios prestados y la duración. Maurras deduce de esto que «el que había subido por la fuerza podía con el mismo derecho ser derribado por la fuerza». Para establecer el régimen que considera más conforme para los intereses de su país, la ilegalidad no es ilegítima.

    La fuerza es el apoyo del derecho; es una potencia que lo rige todo, y la autoridad civil no podría ejercerse sin ella; es preciso apelar siempre al poder humano para que no se oponga a la enseñanza de la verdad divina. Maurras planteaba así el gran principio de la Politique d'abord, puesto que la política es la fuerza, y sin la fuerza casi no se puede aspirar a otra gloria que la del martirio. Política «por todos los medios», es decir, por todas las artimañas; por el despliegue de la fuerza, puesto que la persuasión no ha logrado nunca que desapareciese o cambiase un régimen político.

    Estas ideas eran revolucionarias. La leyenda del monarquismo de salón desaparecía; la doctrina de Maurras abordaba cuestiones candentes; ya no se trataba del liberalismo orleanista, sino de la unidad nacional, de los problemas actuales, de la actuación de los judíos y de la masonería en Francia.

    InfoCaótica: EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (1)

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    Re: El «affaire» de la Acción Francesa

    EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (2).



    Esta parte contiene una interesante descripción de las circunstancias que influyeron en la condena de la Acción Francesa. No se puede negar que hubo varios factores concurrentes: errores reales y malas interpretaciones, tergiversaciones maliciosas, excesos y calumnias, celos, intereses mezquinos, clericalismo, respetos humanos, "diplomacia vaticana" y un pontífice autoritario. Todo contribuyó en diversa medida a un resultado final injusto por desproporcionado. Porque Pío XI hubiera podido emitir una reprobación semejante a la limitada condena del Fascismo, que no se extendió a todo el movimiento en cuanto tal, distinguiendo entre algunas ideas erradas de Maurras y las concretas posiciones políticas de todo un movimiento político. Por desgracia, el papa asumió mediante una carta autógrafa el panfleto del cardenal Andrieu y aplicó duras sanciones. Todo ello con lamentables consecuencias para el catolicismo francés.


    LA ACCIÓN FRANCESA Y LA IGLESIA.

    Tocamos aquí uno de los capítulos dolorosos de esta historia; el que se ha llamado l'affaire de l'Action Française. Este capítulo, por fortuna, se cerró en 1939; pero representa unos años de angustia, de crisis espiritual y, a veces, incluso de escándalo en Francia.

    La Acción Francesa procuró siempre no pisar el terreno a lo religioso, pero no era clerical. Hay que reconocer que muchos jóvenes —ellos mismos lo han dicho y escrito—, que ignoraban todo lo referente al catolicismo, que habían olvidado el camino de la Iglesia, volvieron entonces a ella. Maurras, que nunca ha sido católico, no hizo nunca propaganda a favor de la incredulidad; al contrario, demostró que la patria encuentra un soporte moral en la Iglesia católica y romana. La Acción Francesa luchó contra el laicismo, contra el protestantismo, contra la masonería, contra los judíos como pueblo «comisionista de la revolución», contra lo que llamó los «Estados confederados». En 1911, Charles Maurras recibía la bendición de Pío X por la aparición de su libro L'Action Française et la religión catholique, y se citan con frecuencia las palabras del mismo Papa a los cardenales Sevin y de Cabrières en 1914: «Maurras e uno bel difensore della fede.» El cardenal Andrieu escribía a Maurras el 31 de octubre de 1915: «La patria chica no os ha hecho olvidar a la grande, la que Vd. defiende con una pluma que vale, desde luego, tanto como una espada... Defiende Vd. también a la Iglesia en el momento que más lo necesita. La defiende con tanto valor como talento.» Diez años después, el mismo prelado va a desencadenar la gran lucha contra la Acción Francesa.

    Es evidente que la agrupación tenía numerosos adversarios: en primer lugar, los conservadores, que no querían enemigos entre los republicanos. Se han citado con frecuencia las condecoraciones distribuidas durante la lucha de la República contra los cartujos. Los católicos ralliésatacaban también a estos «turbulentos jóvenes», que se erigían en francotiradores de derecha. Perolos enemigos más temibles de la Acción Francesa eran los demócratas cristianos, otros francotiradores, pero de izquierdas. Hubo violentas controversias entre Marc Sangnier y Maurras, que terminaron en una ruptura completa. El abate Pierre publicó en 1910 una antología de textos de Acción Francesa, titulada Avec Nietzsche, à l'assaut du Christianisme; varios obispos demócratas le felicitaron. La división profunda del clero y de los obispos franceses entró también en juego. Es cierto que Roma y Pío X sostenían las tendencias de la Acción Francesa; la desconfianza hacia «el espíritu moderno» correspondía exactamente al pensamiento que animaba a los tradicionalistas franceses. Conocida es, además, la influencia que tenían entonces en Roma miembros eminentes del alto clero francés amigos de la Action Française; se les designaba con el nombre de integristas. Habrá que esperar un cambio de puntos de vista para ver abatirse sobre la agrupación monárquica francesa las severas condenas de la Santa Sede.

    El problema religioso en Francia estuvo y está dominado por la división política. Hay una mentalidad «de derechas» y una mentalidad «de izquierdas», de las que hemos descrito ya algunas características. Esta posición «integrista», el integrismo, como lo llama A. Michel en el Ami du Clergé (17 de junio de 1948, págs. 387-390), es un hecho histórico, y como tal lo opuso al modernismo el cardenal Suhard en su famosa Pastoral de 1947… hay que ver en esto una realidad más duradera, existente siempre en el catolicismo contemporáneo, ya que se trata de una mentalidad o de una actitud que determina cierta manera de mantener las posiciones católicas.

    A este respecto, el integrismo sobrepasa con mucho el cuadro histórico de la crisis modernista; está latente en todas las manifestaciones de la política católica francesa a lo largo de los siglos XIX y XX. Se ha planteado ante los franceses un gran dilema, que no ha sido resuelto aún: la aceptación de cierto número de cosas en el mundo moderno o la repulsa a priori de toda aceptación de este tipo.

    Cuando esta opción, en el sentido de la libertad, fue escogida por L'Avenir de Lamennais, le llevó a ser condenado; cuando fue resuelta en el otro sentido, condujo al integrismo. Toda la historia de la Francia católica de 1871 a 1950 fue la búsqueda del justo medio entre estos dos extremos.

    Es preciso comprender, en efecto, que la herencia de la «Cristiandad», del «mundo cristiano» del antiguo régimen, pesó y pesa muchísimo en el atavismo de la cultura y de las costumbres de los católicos franceses. De aquí se deriva una defensa del cristianismo que ha tenido casi siempre un matiz político. Los dos campos católicos se oponen sobre dos principios: o bien, aceptando el mundo moderno, se corre el riesgo de corromper a la Iglesia, o bien, combatiendo este mismo mundo, se perpetúa una oposición estéril y equívoca, en virtud de la cual no se puede ser moderno sin ser anticatólico. Al aceptar la Revolución y la República, los católicos de izquierdas quieren aceptar las esperanzas, los valores, las instituciones, las posibilidades de este siglo; al rechazarlas, los católicos de derechas no quieren traicionar a la ciudadela que defienden, no quieren pactar con el anticristianismo.

    Estas dos tendencias se reflejan en las actitudes de unos y otros, en su educación, en el tejido mismo de su vida intelectual y moral, en su comportamiento político. El integrismo ha sido siempre una actitud «de derechas», y toda la conducta de los hombres de derechas es opuesta a la de los hombres llamados de izquierdas. «El hombre de derechas —escribía recientemente J. Labasse—pone el orden por encima de la justicia, el hombre de izquierdas pone la justicia por encima del orden.»

    Se puede completar este esquema añadiendo que las derechas ponen por encima de todo la fidelidad, la tradición, la autoridad, recelan de lo que viene del hombre del siglo. Las izquierdas han descubierto al sujeto y el valor del sujeto, al hombre y sus posibilidades, sus diligencias para descubrir la verdad; insisten en lo psicológico, en lo histórico y caen fácilmente en el subjetivismo, en el laicismo ideológico.

    Contra esta búsqueda pascaliana y «existencialista», las derechas insisten en la corrupción de la naturaleza, en el pecado original, en la necesidad del método de autoridad, en la desconfianza que les inspira la noción de evolución, de experiencia, en el estudio de una noción de la fe muy avanzada en el sentido intelectual, en el elemento racional. En toda su actitud, el católico de derechas afirma una prepotencia del aspecto «autoritario» del problema. Quizá, para concluir, se podría añadir que el integrismo peca contra la vida de la Iglesia, negándose a reconocer ciertas necesidades de asimilación, de adaptación, de expansión…



    LA POSICIÓN DE LA SANTA SEDE RESPECTO A LA ACCIÓN FRANCESA.

    Para comprender la crisis que estalló entre el grupo de la Acción Francesa y la Santa Sede hay que recordar la evolución política interior de Francia de 1905 a 1926. En este lapso de tiempo la III República tuvo una actitud sistemáticamente hostil para la Iglesia, identificada por los republicanos, laicos y masones en su mayoría, con los partidos de derechas. La división política de Francia en derechas e izquierdas se repetía en el plano religioso, y la Acción Francesa se encontraba en la vanguardia de las derechas francesas.

    Había grupos de católicos de derechas que habrían querido provocar en Francia una acción política mucho más profunda y vincular de nuevo el destino de la Iglesia a una forma política. Pero olvidaban que para hacer una política de esplendor hay que tener medios. Francia ya no era cristiana. Se podían reunir masas descontentas, ciertamente; pero estas masas se dividían en cuanto a los votos, a los medios, a las opiniones. Algunos llamaban la atención hacia el ejemplo de los católicos alemanes durante el Kulturkampf de Bismarck; Georges Goyau, escribía con razón: «…les invito a ponerse en guardia contra toda veleidad de una imitación ficticia y de adaptación artificial. Deberán acordarse y persuadirse, ante todo, de que el glorioso esfuerzo del «centro» alemán tuvo su punto de partida y su apoyo en los suburbios y en las aldeas, donde la vida católica era ardiente, donde la práctica católica era regular y casi general, donde… millones de católicos, obreros y campesinos, que formaban desde 1871 los batallones del centro eran millones efectivos, católicos efectivos, habituados desde antiguo a conocer a la Iglesia, a servirla y a amarla.»

    Esta severa advertencia del gran académico católico francés se completa con observaciones tomadas de las Mémoires del cardinal Ferrata, que fue nuncio en París. En el primer tomo escribe: «En Francia, salvo en un pequeño número de departamentos, las masas son indiferentes; esperar un levantamiento de las masas por motivos puramente religiosos es una quimera, será siempre una quimera. Si se quiere lograr un día éxito semejante es preciso cuidar antes el alma de Francia, ocuparse de las masas, llegar a ellas, desarraigar los prejuicios antirreligiosos, hacer descender a las capas profundas del pueblo la influencia benéfica de la religión».

    El alto clero francés se daba perfecta cuenta de esta situación; por eso resistía a los empujes de los antiguos combatientes católicos, por ejemplo, o de la derecha monárquica, que quería utilizar la lucha antirreligiosa del Estado como palanca política.

    Hemos visto que la Acción Francesa había sido acogida favorablemente por Pío X; al ser condenado el Sillón, se solicitó del Papa que, como medida equilibrante, condenase a la Acción Francesa, que presentaba como defensores de la causa católica a hombres «peores que Sangnier». Un proceso de información se abrió en Roma, y los cardenales del Santo Oficio pronunciaron una sentencia desfavorable para Maurras... todos los Consultores opinaron unánimemente que cuatro obras de Maurras… eran realmente malas y, por tanto, debían ser prohibidas…

    Pío X, mantenía hacia Maurras y la Acción Francesa una benevolencia manifestada ante los más fidedignos testigos; se asegura que dijo: «damnabilis, non damnandus», y dejó a un lado la sentencia de la Congregación del Santo Oficio, reservándose su revisión para el momento oportuno.

    Benedicto XV continuó la misma política; el 14 de abril de 1915 después de haber interrogado al secretario de la Congregación, Su Santidad «declaró que todavía no había llegado el momento, pues, durando aún la guerra, las pasiones políticas impedirían juzgar equitativamente este acto de la Santa Sede». Por su parte, he aquí cómo escribió el P. Yves de la Briere, S. J., acerca de la política religiosa de la Acción Francesa, al tratar del libro de Maurras, La politique religieuse: «Otras publicaciones de Maurras... exigirían críticas muy graves; pero sobre este terreno positivo y práctico de las relaciones de la Iglesia y del Estado, debemos decir que Maurras defiende siempre los mismos derechos y libertades de la Iglesia que los escritores religiosos, incluso los redactores de los Etudes, han defendido con toda energía durante el mismo período y ante los mismos adversarios. Muchos capítulos y un apéndice tratan de la democracia y del liberalismo católico... Algunas páginas de Maurras han tenido el envidiable privilegio de ser reproducidas en el tratado de Ecclesia, relativo a las relaciones entre la Iglesia y el poder secular, por un teólogo tan exigente y riguroso en materia religiosa como el cardenal Billot... Pocos escritores ajenos a nuestra fe religiosa habrán proclamado con tanto relieve como Maurras la maravillosa fecundidad de la Iglesia católica en toda clase de beneficios para la vida de los pueblos.»

    Por su parte, la Revue thomiste, analizando la misma obra, escribió: «Se da el caso de que el religioso benedictino Dom Besse y el incrédulo Maurras llegan a las mismas conclusiones en lo referente a la política religiosa... Hay en este libro páginas que se contarán entre las más bellas que se hayan escrito, como homenaje tributado a la Iglesia católica por sus admiradores no creyentes.»



    Bajo Pío XI, la política de Francia, como consecuencia de la guerra, había cambiado; con Poincaré, esta política se hizo francamente hostil y llena de desconfianza hacia Alemania (ocupación de Renania); con Briand, cuando el Cartel des gauches, hubo una primera tentativa de conciliación con Alemania, de desarme, concretada por la política llamada de Locarno. Esta política contaba con el beneplácito y la ayuda de toda Europa, incluyendo a los antiguos aliados de Francia. En la Nunciatura de París, monseñor Maglione, y el cardenal Gasparri, en el Vaticano, por amor a la paz, seguían con atención y fervor esta política pacifista de Briand; monseñor Maglione, sucesor de monseñor Ceretti, la aplaudía. Pero los nacionalistas con la Acción Francesa a la cabeza, combatían dura y ferozmente a Locano, en nombre de los verdaderos intereses de Francia. Además, la Acción Francesa atacaba la política interior del Cartel des gauches, hacía manifestaciones, amenazaba a los ministros con represalias.

    Los liberales, los demócratas cristianos, los republicanos moderados atacaban, a su vez, a los «trublions» de la Acción Francesa; resaltaban la oposición entre la política de la Santa Sede y la actitud de estos «católicos» de Acción Francesa; indicaban cuán peligroso era tolerar durante más tiempo tales extravagancias por parte de los pretendidos «católicos». ¿Qué sería de la política de cordialidad entre París y el Vaticano si Briand, el gran hombre, desaparecía? ¿No se correría el peligro de que una política más dura, más severa, fuese la recompensa de semejante tolerancia?

    Además, las elecciones de 1928 se aproximaban. Era preciso separar de la Acción Francesa a los católicos y unirlos a la F. N. C. del general De Castelnau. Parece que hubo conversaciones entre el Quai d'Orsay y la Nunciatura sobre estos graves problemas; por ambas partes se deseaba una política pacificadora.

    Ya en 1926, los Cahiers de la jeunesse catholique, de Lovaina, habían planteado una encuesta a sus lectores sobre los escritores que la juventud consideraba como sus maestros. El número uno fue Maurras, y el dos Paul Bourget. Los católicos liberales belgas, el ministro M. Poullét y el cardenal Mercier pidieron la intervención de la autoridad religiosa. Parece que estas diligencias, hechas en 1926, incitaron a Pío XI a estudiar de nuevo el expediente de la Acción Francesa, y el Papa manifestó a prelados franceses: «Los belgas me han dado la voz de alerta.»

    http://info-caotica.blogspot.com/201...rancesa-2.html
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    Re: El «affaire» de la Acción Francesa

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    EL «AFFAIRE» DE LA ACCION FRANCESA (y 3).

    Recordar hoy la condena de la Acción Francesa tiene interés histórico y un sentido de reparación. Para poner un ejemplo de esto último, la recopilación de documentos pontificios elaborada por la BAC, y publicada en 1958 bajo el título Documentos políticos, silencia el levantamiento de las condenas ocurrido casi veinte años antes de la publicación del libro. Por lo cual un lector desprevenido se quedaría con la impresión que la Iglesia nunca remitió las sanciones.
    Para hacerse una idea aproximada de la desproporción de las sanciones aplicadas, hay que recordar que -para algunos historiadores- Pío XI llegó a exigir la conversión personal de Maurras para que los católicos pudiesen actuar en la Acción Francesa...

    La consideración de este caso puede servir para pensar mejor acerca del valor de las decisiones disciplinares de la Santa Sede, la interpretación correcta de las condenas doctrinales y el alcance de la jurisdicción de la Iglesia en el terreno de las realidades políticas.

    LA CONDENA Y SUS CONSECUENCIAS.

    Las hostilidades fueron abiertas por el cardenal Andrieu, arzobispo de Burdeos, el cual, el 27 de agosto de 1926, habló a un grupo de jóvenes católicos sobre la Acción Francesa. El cardenal reconocía a los católicos el derecho a preferir una determinada forma de gobierno, pero reprochaba a los dirigentes de la Acción Francesa la usurpación del terreno al magisterio eclesiástico y el haberse declarado ateos y agnósticos. Ponía en guardia a sus interlocutores contra la peligrosa impiedad de los jefes que «niegan la institución divina de la Iglesia y son anticatólicos, a pesar de los elogios, a veces muy elocuentes, que tributan al catolicismo». Hay que reconocer que este texto no era muy afortunado. Además, el cardenal Andrieu había escrito en 1915 cartas muy elogiosas a Maurras y había profesado una opinión totalmente opuesta a su diatriba de ahora, llamándole «defensor de la Iglesia con tanto talento como valor».

    Pío XI envió al cardenal Andrieu, el 5 de septiembre de 1926, una carta (publicada en el L'Osservatore Romano) en que aprobaba los términos de su proclama. Los dirigentes católicos de la Acción Francesa dirigieron el 8 de septiembre un escrito al cardenal expresando su «estupor ante los agravios..., que son la contradicción precisa, rigurosa, absoluta, de nuestras convicciones más sagradas, más profundas, más rotundamente proclamadas, como saben todos los que nos conocen. Nos demuestran que Su Eminencia ha sido engañado en lo referente a nosotros por nuestros enemigos más encarnizados». Maurras, el 17 de septiembre de 1926, escribió a su vez al cardenal recordándole los elogios que de él había recibido, el combate a favor de la Santa Sede que el mismo Maurras había sostenido para defender al Papa, atacado entonces en Francia a causa de su neutralidad benévola hacia Alemania; le indicaba, incluso, que había modificado los pasajes incriminados en sus primeros libros en 1919.

    Los católicos de la Acción Francesa no siguieron los consejos, indirectos, pero bien claros, de Pío XI. El malestar subsistió. El 25 de septiembre de 1926, el Papa, en una alocución a los Terciarios franciscanos, confirmó que estaba de acuerdo con el cardenal. En su alocución al Consistorio el 20 de septiembre de 1926, después de haber deplorado la suerte de los católicos mejicanos, perseguidos por el Gobierno rojo de entonces, el Papa declaró que no estaba permitido adherirse a empresas que ponen los intereses de los partidos por encima de la religión y hacen que ésta sirva a aquéllos; no estaba permitido exponerse o exponer a los demás, sobre todo a los jóvenes, a influjos y doctrinas peligrosas, tanto para la fe y la moral como para la formación católica de la juventud. Por consiguiente, no era lícito a los católicossostener, animar y leer periódicos publicados por hombres cuyos escritos, al apartarse de nuestro dogma y de nuestra moral, no podían librarse de la reprobación.

    La Santa Sede quería que Maurras y Paul Daudet se retirasen de la dirección deL'Action Française
    . Pero los dirigentes del diario no supieron encontrar una solución. Se resistieron a inclinarse, utilizando una frase desgraciada que les causó muchísimo daño: Non possumus, plagio irrespetuoso de las palabras apostólicas. Se negaron a «decapitar la Acción Francesa» y a incitar a los católicos franceses a unirse en el terreno de la República. «Está bien claro—añadían—. No se trata de moral ni de fe. Se trata de política. Es preciso que los católicos franceses no hagan caso de instrucciones electorales funestas, semejantes a las que condujeron al desastre del 11 de mayo de 1924. La autoridad eclesiástica quiere suprimir nuestro movimiento político. Pide nuestra muerte.» Los puentes estaban cortados. En los primeros días del año 1927 se publicó la condena decretada bajo Pío X por la Sagrada Congregación del Santo Oficio.

    De 1927 a 1939 la cuestión de la Acción Francesa fue dolorosa para numerosos católicos franceses. La actitud del periódico fue condenable y violenta; no sólo rompió los puentes y las posibilidades de acuerdo y de sumisión, sino que atacó violentamente a la Santa Sede y a la Nunciatura. El 8 de marzo de 1927, la Sagrada Penitenciaría apostólica, respondiendo a una consulta, expresó una serie de decisiones graves: suspensión de los confesores que «absolvieran sin condición de propósito» a los lectores de L'Action Française; expulsión de los seminaristas que siguieran perteneciendo a la Acción Francesa; los fieles que leyesen habitualmente el periódico condenado deberían ser considerados como pecadores públicos y el clero debía negarles la absolución; no podrían contraer matrimonio canónico, y serían privados de sepultura eclesiástica. Hubo casos lamentables de fervientes católicos que, rehusando por fidelidad a su convicción política inclinarse ante las órdenes de Pío XI, no pudieron ser enterrados por la Iglesia. Lazare de Gérin Ricard y L. Truc, en su obra reciente (y parcial), Histoire de l'Action Française, escriben: «Mientras se celebraban exequias religiosas por el alcalde de Argenteuil, conducido al cementerio por la logia masónica local con la bandera al frente, se enterraba civilmente al antiguo consejero municipal Roger Lambelin, católico práctico destacado. Mientras el clero de Aviñón bendecía los despojos de un tal Isacariot, portero del Palacio de Justicia, asesino y suicida, el de París regateaba el agua bendita al féretro del barón Tristan Lambert, caballero de Malta, vicepresidente de los caballeros pontificios, pero también decano de losCamelots du Roi» (págs. 149-150).

    En Roma se hacían sentir también las repercusiones de la condena; a fines de septiembre de 1927, el cardenal Billot pidió al Papa autorización para deponer la dignidad cardenalicia, y la Agencia Reuters indicaba entonces que esta dimisión se atribuía «a una divergencia de opinión entre el Papa y el cardenal sobre la política del Vaticano concerniente a la Acción Francesa». La Stampa del 23 de septiembre escribía: «La noticia de la dimisión del cardenal Billot se mantenía en riguroso secreto. Una indiscreción, procedente del Colegio «Pío Latino Americano», donde vivía el cardenal Billot, hizo público el hecho, primero en América, después en Italia. Por esto los círculos del Vaticano consideran hoy la noticia como definitiva.» El 22 de septiembre, el P. Henri Le Floch, rector del seminario francés de Roma, también dimitía; su adhesión a la Acción Francesa era bien conocida.

    Después de las innumerables polémicas originadas por este lamentable asunto, apaciguadas ahora después de la segunda guerra mundial, parece más fácil reflexionar y ver que la política de Pío XI coincidía en términos generales con la de León XIII; los principios que las dirigían eran el reconocimiento del poder que de hecho gobierna el país y la lealtad hacia ese poder; la voluntad absoluta de que la acción religiosa, católica, esté al margen y por encima de la acción política. La reprobación de la Acción Francesa había dividido a la Iglesia de Francia con un movimiento que, en cierta medida, la comprometía.


    EL LEVANTAMIENTO DE LA CONDENA (16 DE JULIO DE 1939).

    Altas personalidades trataron de reanudar el contacto con Roma. Pío XI, cuyo carácter autoritario es bien conocido, declaró que el levantamiento de las sanciones no dependía de él, sino de la voluntad de los dirigentes de la Acción Francesa, que debían someterse y retractarse.



    Maurrás escribió una carta a Pío XI, y el Santo Padre le contestó en términos favorables. Poco después llegó al Vaticano la primera fórmula de retractación y de sumisión, redactada por Maurras. No fué considerada satisfactoria, pero la correspondencia continuó.

    El acuerdo se estableció, por fin, con una fórmula satisfactoria antes de la muerte de Pío XI, y Pío XII se limitó a ratificar una decisión adoptada por su antecesor. El resultado fue que, con fecha 24 de julio de 1939, se publicó en el L'Osservatore Romano un decreto que revocaba las sanciones y censuras contra L'Action Française, sus directores y lectores, pero no la reprobación de sus errores.

    Fuente:

    Roger, J. El «affaire» de la Acción Francesa. Revista Arbor (1952), n. 21, Pp. 89-105.

    http://info-caotica.blogspot.com/201...ncesa-y-3.html
    Última edición por Pious; 06/07/2018 a las 03:09

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