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Tema: Viii Foro Alfonso Carlos I.

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    Viii Foro Alfonso Carlos I.



    03.octubre.2005


    VIII FORO ALFONSO CARLOS I:
    EL PROBLEMA ES EL SISTEMA

    Programa del VIII Foro Alfonso Carlos I
    “El Sistema es el problema”
    Lugar: Hotel Gran Versalles. Covarrubias 5 -28010 Madrid

    1ª Jornada: Sábado 22 de Octubre.

    10:00 Recepción

    10:30 Conferencia introductoria: Razones y justificación de una iniciativa de la CTC

    Ponente: D. Juan Carlos García de Polavieja Piñerúa

    11:30 Descanso

    11:45 Mesa redonda: Obstáculos para la transformación del Sistema. El nuevo orden mundial

    Lcdo. Luis Eduardo López-Padilla

    M. Pierre Faillant de Villemarest

    D. Ricardo de La Cierva y Hoces

    D. Javier Barraycoa Martínez

    Moderador: Juan José Ibáñez Estévez

    12:45 Descanso.

    13:00 Mesa redonda: Turno de preguntas.

    14:00 Acto de presentación de las alternativas carlistas:

    Lectura: Javier Zazu Lafuente. Secretario General de la CTC

    14:30 Almuerzo

    17:00 El Sistema es el problema: Las alternativas explicadas por sus redactores.

    D. Domingo Fal-Conde Macías,

    D. Carlos Ibáñez Quintana,

    Moderador: D. Javier Zazu Lafuente

    18:00 Descanso

    18:15 Aspectos políticos de las alternativas carlistas

    Ponente: Javier Garisoain Otero

    19:00 Descanso

    19:15 Tratamiento de la inmigración en las alternativas carlistas

    Ponente: Javier Brustenga Martínez

    20:00 Descanso

    20:15 Aspectos socio-económicos de las alternativas carlistas.

    Ponente: José Millaruelo Aparicio

    21:00 Fin de la jornada

    2ª Jornada: Domingo 23 de Octubre.

    10:00 Santa Misa.

    11:30 Aspectos jurídicos y familiares de las alternativas carlistas.

    Ponente: Beatriz Bergera Losa

    12:15 Análisis global de las alternativas carlistas.

    Ponente: Santiago Arellano Hernández

    13:15 Clausura del Foro.

    María Cuervo-Arango Cienfuego-Jovellanos

    Presidente de la CTC

    RESERVAS E INSCRIPCIONES EN:

    Secretaría técnica de la COMUNIÓN TRADICIONALISTA CARLISTA

    C) Zurbano 71, Oficina 3 – 28010 Madrid



  2. #2
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    Re: Viii Foro Alfonso Carlos I.

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    24.octubre.2005




    Ha concluido brillantemente el octavo foro Alfonso Carlos I. En la capital de España, en el hotel Gran Versalles, durante 2 días los carlistas hemos presentado a la sociedad nuestro análisis de la realidad social y política española y las propuestas que a esa misma sociedad presentamos. Ante todo felicitar a los organizadores del acto. La Junta Nacional se ha empleado a fondo y se ha puesto en pie un magnífico foro en el que no ha fallado ningún aspecto. Enhorabuena, pues, a nuestros compañeros de Madrid por la brillante organización, digna de nuestra centenaria organización.

    La asistencia ha sido superior a la esperada, rondando el centenar de personas. La mayoría de ellos carlistas, pero también una importante representación de personas ajenas al tradicionalismo que deseaban conocer la visión política carlista.

    El foro comenzó el sábado 21 de octubre con la recepción a los asistentes, a las 10:00 horas, por la Junta de gobierno de CTC. A las 10:30, tras media hora para cumplimentar las inscripciones, ha comenzado el foro con la conferencia introductoria a cargo de Juan Carlos García de Polavieja, en la que se han explicado las razones y justificación de la iniciativa política de la Comunión Tradicionalista Carlista motivo de este foro.

    Tras un descanso ha comenzado el plato fuerte de la mañana: la mesa redonda con el tema "Obstáculos para la transformación del sistema. El nuevo orden mundial". Por desgracia dos de los participantes, Ricardo de La Cierva y Pierre Faillant, han sido baja por la gripe. No ha perdido, no obstante, interés la mesa redonda. El profesor mexicano López Padilla ha hecho un repaso amplio y extraordinariamente documentado acerca de la historia de las organizaciones mundialistas, que hunden sus raíces en las de la propia Revolución. Una pormenorizada exposición que nos ha introducido en la apasionante y poco conocida realidad de los Illuminati, los masones, el new age, el sionismo, el gobierno mundial, la trilateral o el club Bildeberg, desentrañando sus componentes (entre los que se cuentan algunas de las más conspicuas fortunas del mundo), las relaciones existentes entre ellas y sus proyectos, algunos de ellos perfectamente documentados y otros visibles sólo para los conocedores de sus actividades. Asimismo ha desvelado su influencia en conocidas instituciones como la propia Organización de las Naciones Unidas.

    Javier Barraycoa ha focalizado su exposición en las actividades más cercanas para nosotros del mundialismo: por ejemplo su influencia en la Unión Europea y en España, donde todo parece indicar que el mundialismo ha instalado un laboratorio de reformas experimentales. Reformas que podemos ver en legislación y campañas absolutamente agresivas contra el ser católico y tradicional de los españoles.

    La mesa redonda se ha seguido de un interesantísimo turno de preguntas que, obviamente, ha enriquecido enormemente las conferencias.

    Tras el almuerzo ha comenzado la serie de ponencias políticas propiamente dichas. La primera ha corrido a cargo Javier Zazu, Domingo Fal Conde y Carlos Ibáñez. En ella se ha defendido el documento "El sistema es el problema. Algunas sugerencias para su rectificación", que ha corrido a cargo de los miembros de la mesa y que constituye la piedra angular de la propuesta carlista a la sociedad este año.

    Seguidamente ha tenido lugar la ponencia sobre inmigración, a cargo de Javier Brustenga. El ponente ha explicado, desde su experiencia como abogado en el tema legislativo sobre la inmigración y en vivencias personales, que la postura del tradicionalismo se basa fundamentalmente en la doctrina social de la Iglesia.

    Asimismo ha explicado que las actitudes actuales ante el fenómeno de la inmigración giran en torno a tres posiciones. La nacionalista postula la asimilación de los inmigrantes por medio de un proceso de aculturación y asunción de la cultura anfitriona. La posición culturalista, intermedia, defiende un pacto entre culturas, en el que se respete las particularidades del inmigrante excepto en aquello en que choque con el anfitrión, ante lo que tendrá que plegarse. Por último, la postura integracionista, defendida por buena parte de la izquierda progresista, llega a plegar las propias tradiciones y características de la cultura receptora para integrar a los inmigrantes.

    Seguidamente ha hablado Javier Garisoain, que ha presentado los aspectos políticos de las alternativas carlistas. En una conferencia muy didáctica, el ponente ha expuesto la incompatibilidad de base entre un sistema que pone en en la cúspide la soberanía nacional frente a la soberanía divina. Ha descrito y desenmascarado las mentiras y corrupción de base de la partitocracia que sufrimos en España y la mayor parte de Europa..

    Garisoain ha encarecido a los carlistas (mayoritarios entre los asistentes) a "hablar de política", a responder a la pregunta que tantas veces nos hacen "¿qué haríamos si gobernáramos?", sin limitarnos a la ironía. Esto es, poner en práctica la teoría en la que creemos: que la persona es un sujeto político, lo que llamó el ciudadano político, y que no precisa los partidos para dar cauce a sus inquietudes y vocaciones políticas. Ha terminado con un repaso al principio de subsidiariedad, piedra angular de la propuesta política práctica del carlismo. Posteriormente se ha desarrollado un animado y fructífero debate con varios de los asistentes.

    La última de las charlas del día ha corrido a cargo de José Millaruelo, que ha expuesto los aspectos socio-económicos de las alternativas carlistas. Ha sido un brillante colofón al primer día de foro, en el que el ponente ha desarrollado académicamente los postulados tradicionalistas en socio-economía, teniendo como eje la invalidez de la actual constitución española por las numerosas contradicciones en las que incurre.

    Millaruelo ha resumido su exposición en 6 puntos: En primer lugar la reubicación de la autonomía municipal como base política de la sociedad. La recuperación de la idea de persona como sujeto de derechos políticos, y no como mero votante cuatrienal. La revalorización de contenidos de los cuerpos intermedios sociales, contribuyendo a su despolitización para que se conviertan en verdaderos intermediarios naturales entre los ciudadanos y el poder.

    Asimismo ha insistido en la perversión que supone la sustitución de Dios por el mercado en la sociedad actual, dotando a este último de una especie de infalibilidad para dictar usos sociales o moral. Se debe potenciar de nuevo las fundaciones como instrumento de redistribución justa de la riqueza, esto es con carácter social, o extender el cooperativismo, entre otras.

    En política fiscal se ha insistido en que el impuesto actual, que implica en su propio nombre la coerción de la tasa (impuesta), debe sustituirse, en nombre y espíritu, por la contribución: aquellas tasas que deben ser votadas y controladas por los legítimos representantes de los ciudadanos, para que dejen de convertirse en el instrumento del poder y se reduzcan, situándose en su justo término. Acabar con la especulación urbanística, ha dicho Millaruelo, es una medida fundamental en este sentido. Finalmente ha defendido el reconocimiento de la familia tanto social como económicamente.

    El domingo 23 ha comenzado con una Misa en la Iglesia del Perpetuo Socorro, vecina al Hotel donde se celebraba el foro, a las 10 horas.

    La siguiente exposición ha corrido a cargo de Javier López, en sustitución de la ponente prevista, Beatriz Bergera, que no ha podido cumplir su compromiso por motivos familiares. Vaya desde aquí nuestro abrazo más sentido.

    López ha hablado de los aspectos jurídicos y familiares de las alternativas carlistas. Ha presentado una ponencia cuidadosamente documentada, fundamentada sólidamente en tres puntos: el principio de subsidiariedad, por el que se reconocen fuentes de derecho alternativas al estado. La familia, atacada desde el estado liberal, que no tiene respeto a la institución, al olvidar que no ha sido creada por el estado, sino que le preexiste. Por último la educación, donde es básica la libertad de la familia para elegir el modelo de educación de sus hijos, para lo cual el carlismo postula la instauración del cheque escolar.

    Con un cierto retraso ha comenzado la última de las conferencias: el análisis global de las alternativas carlistas. Ha corrido ha cargo de Santiago Arellano, que la ha convertido en una auténtica lección magistral de lo que el tradicionalismo es y ha sido para la política española.

    Arellano ha comenzado su repaso desgranando como la modernidad ha trazado un plan para la destrucción paulatina del estado tradicional y católico de España. Este plan ha visto su cauce en la constitución de 1978, auténtica base fundamental de dicha destrucción, cuyos frutos amargos se pueden ver hoy en día.

    Las voces que, contra la corriente de pensamiento dominante, se alzaron entonces denunciando la anticatolicidad del texto, fueron muy criticadas (incluso desde dentro de la propia Iglesia), y han resultado, por desgracia, totalmente proféticas. Don Santiago ha ido desgranando todas las vertientes de la situación caótica de España: descristianización, ruptura, tiranía estatal, demolición de la educación, etc. Ha comparado el camino por el que nos lleva el sistema derivado del 78 al callejón de los encierros de las fiestas pamplonicas de su patria chica: si no se retiran las vallas del trazado, el fin del camino está claro. Lo único que puede variar, con una u otra alternativa de las que oferta el sistema, es la velocidad a la que lleguemos a ese fin. Al igual que en los encierros sanfermineros, nadie se preocupa del destino de los astados, pues ése está claro para todos, sino en el tiempo en que tardan en realizar el recorrido.

    La conclusión evidente es que sólo la demolición del sistema puede revertir el curso fatal de las cosas. En la parte final de la larga exposición el ponente ha insistido en que los carlistas hemos de buscar a ese sano pueblo español que se alzara contra Napoleón y contra el liberalismo para abrirle los ojos y que busque su libertad y sus valores frente a la imposición del poder, denunciando a los partidos políticos que únicamente buscan el voto para obtener a su través el poder.

    Don Santiago ha sido despedido con una larga y cerrada ovación por los entusiasmados asistentes, tras lo cual la presidenta de la Junta de Gobierno, doña María Cuervo, ha clausurado el foro.



    04.octubre.2005



    JUSTIFICACIÓN DE LAS ALTERNATIVAS CARLISTAS DE REVISIÓN CONSTITUCIONAL

    1.-Respuestas insuficientes a la crisis de civilización

    Los españoles, como las restantes sociedades del mundo “desarrollado”, nos enfrentamos a la paradoja de padecer e ignorar al mismo tiempo una tremenda crisis de civilización. Algunos aspectos de esta crisis no pueden ignorarse: el terrorismo, la inseguridad ciudadana, la vaciedad de la clase política o la fragilidad de la economía, son demasiado evidentes para dejar de inquietar a la población.


    El peligro que corren nuestros hijos en una calle que debiera ser segura, o en una escuela que debiera ser educadora, no puede evitarse por un aislamiento egoísta que nos desentienda de los problemas sociales. Se teme, con razón, que estos males acabarán afectando a todos. Sin embargo, la cultura oficial -aquella del liberalismo dominante- impone un diagnóstico superficial. Se admite la existencia de estos problemas, pero únicamente como producto de errores aislados, o de una determinada política.

    Se habla de las “excentricidades” de Zapatero (Zaplana y Acebes) o de su “sectarismo” (Aznar), o de su “cerrazón al diálogo” (HazteOir), pero se evita cuidadosamente -también en algunos medios católicos- que el ciudadano aturdido se cuestione la validez del propio sistema. Solo una pequeña minoría advierte el abismo en el que se precipita la sociedad, porque solo una pequeña minoría -aquella que resiste la abrumadora presión manipuladora audiovisual- es capaz de medir la gravedad de las agresiones que destruyen la estructura social.

    Al ciudadano medio se le oculta, por ejemplo, el significado último de la norma que faculta el “matrimonio” homosexual, e incluso se le consuela informándole de que muy pocas parejas se han acogido a esa “ley”: Se ignora frívolamente su utilización para cuestionar y erradicar la moral cristiana.

    (Mientras tanto, una joven profesora -de un centro religioso concertado- que osó citar un texto teológico sobre ese tema en clase (singularmente moderado, además), se ve acosada por la inspección pública con una saña claramente disuasoria, dirigida al conjunto del estamento docente. Y no se aprecian reacciones solidarias con la aludida por parte de las organizaciones católicas implicadas en la enseñanza). (Y como este otros tantos ejemplos en temas como el divorcio, el aborto, la eutanasia, etc.)

    Como si la imposición de la homosexualidad como “opción” natural y válida en las escuelas no afectase al núcleo mismo de la civilización. Y lo mismo con la utilización “científica” de la vida; el aborto convertido en auténtico genocidio (un millón de víctimas en España desde 1985); la destrucción de la familia por el divorcio y la negación práctica del derecho natural de los padres; y otras prácticas infrahumanas que adquieren rápidamente carta de ciudadanía.


    Las quiebras más definitivas de la moral social se producen y se consolidan sin encontrar otra resistencia que las protestas circunstanciales. Se manifiesta así el equívoco de fondo que hace inevitable coexistir con estas aberraciones, aplicándoles en todo caso remedios puntuales. Sin contemplar nunca el horizonte de una restauración efectiva del bien común y de la justicia, quizá porque ese horizonte ofende los mitos de la cultura dominante.


    Este equívoco impera sobre muchas conciencias invirtiendo en la práctica su escala de valores: el credo político moderno, la democracia, es el único valor indiscutido e indiscutible. Y, por lo tanto, todo, incluido el bien y el mal, está sometido al veredicto del número, no solo a la hora de establecer las normas -cuando podría ser prudente e incluso aconsejable contar los criterios- sino, por desgracia, en el proceso mismo que reivindica la verdad y rebate el error.

    Se intenta competir con el mundo en la exhibición de cifras de adhesión y multitudes, olvidando la eficacia taumatúrgica de la verdad, con independencia del número. Se teme y se relega el argumento de autoridad, quizá porque el concepto mismo de autoridad, en todos los ámbitos, ha sido proscrito.

    Conviene meditar de nuevo, libres de prejuicios positivistas, el hecho incuestionable de que leyes inhumanas obtengan hoy refrendos y consensos mayoritarios en muchas sociedades. Que el mal exhiba descarado sus “derechos” con el aplauso de las masas.


    Esta realidad invita a descubrir el signo de los mecanismos actuales de comunicación y de cuantos factores deforman la cultura. La corrupción de la libertad exige revisar nociones teológicas y antropológicas influidas de modernismo.

    Desde el tradicionalismo carlista invitamos a esta meditación con la seguridad que nos otorga ver confirmadas las razones de nuestra disidencia histórica, sabiendo perfectamente que el sistema es el problema. Pero lo hacemos con humildad, tratando de ceñirnos en todo momento a la caridad que inspira la conducta de la Iglesia hacia el mundo post-moderno.


    2.-El fondo religioso del problema y la subsistencia providencial del tradicionalismo español.

    Sabemos bien que el problema del sistema no puede solventarse mediante una mera revisión de su constitución formal.


    El mal de la cultura contemporánea es tan profundo que apenas podría vencerse con un cambio radical de filosofía, porque para erradicar el veneno inoculado desde la llamada Ilustración es necesario mucho más. Es necesario recuperar la autenticidad cristiana del pensamiento y del comportamiento. Salta a la vista que dicha recuperación, que implica una profunda transformación de los corazones, se sitúa en una dimensión espiritual que escapa a la política. Es la Iglesia Católica pues, como cuerpo vivo dirigido por el Papa y los sucesores de los apóstoles, la que tiene en sus manos la llave que conduce a una verdadera superación de la actual crisis de civilización.

    La
    C.T.C. ha hecho constar públicamente su respaldo filial e identificación con las pautas marcadas por los últimos Papas, especialmente por Juan Pablo II, que prestan una atención prioritaria al acontecimiento religioso esencial: el acercamiento de los hombres a Cristo y su santificación. “Creemos que este fortalecimiento religioso es absolutamente providencial, aunque somos conscientes de que ha estado acompañado por el diálogo con la modernidad y por la participación en la cultura democrática” -decíamos entonces-.

    Y ahora, cuando ese diálogo y esta participación tienen que afrontar su verdadera dificultad -cuando es fácil comprender el signo (antiteo) que preside la deriva de la cultura dominante- la C.T.C. ratifica ese respaldo filial y aquella absoluta identificación. No solo por espíritu de obediencia a Roma y de confianza en el Vicario de Cristo. Además, por convencimiento de que - al buscar la autenticidad religiosa y asegurar la supremacía de la Gracia y de la vida interior - la Iglesia realiza una función determinante también para la transformación de las estructuras sociales.

    Nosotros quisiéramos demostrar en toda ocasión dicha adhesión, con el tratamiento dado a los problemas temporales y políticos que, siendo también parte corporativa de la Iglesia, nos incumben más directamente.

    La
    Comunión Tradicionalista tiene como cometido principal transmitir y tratar de llevar a la práctica el legado de la Monarquía Católica. Aquel legado de autoridad, libertad y justicia, destruido precisamente por la llamada Ilustración a la que justamente se atribuye la presente crisis de civilización. Nadie puede extrañarse pues de que, al tiempo que aplaudimos y secundamos de corazón el orden de prioridades de la Iglesia, pongamos de relieve con realismo las dificultades y límites que tiene la coexistencia práctica con la cultura política postmoderna: alertando especialmente sobre el riesgo que implica cualquier contagio acrítico en temas complejos de sociología cultural o de juicio histórico. E igualmente en temas aparentemente más simples, como la asimilación cotidiana por el pueblo cristiano de mitos e ídolos de la modernidad.

    Ciertamente, no podemos pretender estar libres de toda influencia neopagana, porque esta Comunión la forman hombres y mujeres de carne y hueso, como todos los demás hijos de la Iglesia. Pero sí podemos manifestar que los principios y las pautas fundamentales del orden político cristiano han tenido cobijo en nuestro seno, generación tras generación, hasta esta hora decisiva.

    3.- Unas alternativas para que la sociedad reflexione.


    El objetivo final de la
    Comunión Tradicionalista no es otro que la consecución plena del orden social. El imperio del bien común. Aquella situación -hoy casi inimaginable- en la que las estructuras políticas favorecen y ayudan la vocación del hombre. Todo ello en la medida en que es posible en este mundo con auxilio de la Gracia.

    No perseguimos una utopía sino el bien posible, deseable y necesario, que es mucho mayor que el que admite una sociedad resignada a coexistir con el crimen y la injusticia. Es evidente que este objetivo implica una revisión radical de la herencia política ilustrada, y en general de todo el racionalismo político: una “revolucionaria” sustitución del derecho nuevo por normas directamente deudoras de la sociabilidad natural. Inspiradas por la sabiduría evangélica, que perfecciona y sublima los mejores logros de organización humana.

    Pero esto no significa el retorno al punto de partida, allí donde quedó truncado por las revoluciones liberales. Ni siquiera la aplicación brusca de todos los principios salvaguardados por el carlismo o de la experiencia doctrinal acumulada por éste. Estos principios y esta doctrina son, eso sí, los puntos de referencia que guían nuestra acción e inspiran las medidas deseables en cada caso.

    Una sociedad desvertebrada no se reconstruye en un instante, ni por decreto. Aun contando con una previa restauración de las conciencias que permitiese impulsar la renovación -y que sería (¡será!) milagrosa en el sentido literal del término- la sustitución de toda una cultura política no es cosa de un día, ni de un año, ni siquiera de una generación.


    Los principios esenciales que expresan el ser de la patria no pueden encerrarse en la síntesis de unos artículos “permanentes e inalterables”, porque es el conjunto orgánico e histórico de la sociedad quien les da vida o los sentencia.


    Pero la convivencia diaria exige gobierno y el gobierno necesita de la norma. Por eso las naciones se ven obligadas a improvisar en momentos críticos de su historia.


    Es cuestión de sencilla supervivencia tratar de que esas improvisaciones pretenciosas que son las constituciones liberales no ahoguen por completo el ser de España.


    En este sentido, presentar desde el carlismo unas sugerencias para el debate de reforma constitucional, no es un brindis al sol, ni un ejercicio inútil de ingenuidad política, sino una llamada al contraste: para que se aprecie la diferencia entre las fórmulas encorsetadas del Sistema y las ideas que nacen de la experiencia histórica española. Y del sentido común…


    La
    C.T.C. es consciente de que, incluso con este punto de partida caritativo -adoptar como hipótesis de trabajo la ficción racionalista de que un código puede dar forma a un estado- la distancia entre sus sugerencias y la corrección política del sistema es insalvable. -¿Entonces por qué las hacen?- se preguntarán algunos. Las hacemos porque somos humildes. Las hacemos porque somos más que ambiciosos: somos providencialistas.

    Las hacemos porque nos basta con que muevan a la reflexión de un solo español consciente. Las hacemos para que algunos católicos confundidos comiencen a ver la distancia que existe entre el mal vigente y el bien posible. Las hacemos, en suma, para que las mejores voluntades, todavía dispersas, sepan donde alumbra el pequeño candil que mañana será gran faro.

    Tras esta iniciativa de la
    C.T.C. hay, sobre todo, una voluntad de servicio al pueblo español. Ese pueblo que, en su gran mayoría, no llegará a conocer nuestras sugerencias, silenciadas por la mordaza informativa.

    Ideas destinadas, sin pretenderlo, a la atención de un círculo relativamente minoritario. Pero el servicio se presta iluminando varias conciencias que pueden, con la ayuda de Dios, llegar a comprender que se acerca la hora del compromiso.


    Es preciso sacudir el egoísmo y la inhibición en la minoría que aun tiene espíritu. La fuerza, la resolución y el futuro, no están en el número ni en el dominio de los medios materiales. Tampoco en la aparente eficacia de métodos y estilos tomados de una cultura política sin alma. Están, y estarán cada día más, en la esgrima de la verdad completa, afilada y sin otras concesiones que las que exige la caridad verdadera.


    Por eso las alternativas que ofrece la
    C.T.C. son parte de un hacer lo que se debe hacer, dejando la cosecha en manos de Dios.

    Los carlistas, cuando afirmamos que el Sagrado Corazón de Jesús es dueño de la Historia, dispone de ella y puede cambiar su curso en un instante, no hacemos retórica piadosa, sino que verdaderamente así lo creemos. También creemos que los instrumentos que el Señor utiliza no se miden por su tamaño, sino por su disponibilidad y por la conciencia humilde de su humana impotencia.

    Madrid, 16 de Septiembre del 2005

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