Texto de la conferencia. En cuanto esté disponible el video lo subiré.
María, vencedora de todas las herejías
«Alégrate, oh Virgen María, Tú sola destruiste todas las herejías. Tú que creíste lo que dijo el Arcángel Gabriel. Siendo Virgen engendraste a un Dios y hombre; y después del parto permaneciste Virgen pura. Madre de Dios, intercede por nosotros.» Con estas palabras, la Santa Madre Iglesia reza desde hace más de un milenio los oficios divinos y la Misa votiva de la Virgen María en el tracto después de Septuagésima del ordinario de la Bienaventurada Virgen María.
La batalla de la Bienaventurada Virgen María contra Satanás, que difunde errores y herejías por el mundo, ya está señalada por las palabras de Dios después de la caída de Adán y Eva: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar». (Gén 3,15). Su Santidad Juan Pablo II enseñó en su encíclica mariana Redemptoris Mater que María se encuentra en el centro mismo de la batalla de Cristo contra Satanás : «María, Madre del Verbo Encarnado, está situada en el centro mismo de aquella enemistad, de aquella lucha que acompaña la historia de la humanidad en la Tierra y la historia misma de la salvación. […] En esta historia María sigue siendo una señal de esperanza segura» (nº 11).
¿Por qué ha destruido la Bienaventurada Virgen María todas las herejías? Porque creyó que el Hijo de Dios se encarnaría y haría hombre. La fe cristiana consiste esencialmente en la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero hombre. Quien crea en la divinidad de Cristo acepta todo lo que Cristo nos enseñó. La Bienaventurada Virgen María fue la primera que creyó en la encarnación de Dios, y desde entonces, nunca dejará de existir en la tierra esta fe hasta el Día del Juicio. Mediante la fe de María se estableció la fe en el mundo, y fue Ella quien primero creyó. Por tanto, es Ella quien tiene más poder para destruir la incredulidad y la herejía.
San Pío X dijo que Nuestra Señora era el fundamento más noble del edificio de nuestra fe: «A María le fue dicho: “Bienaventurada Tú que has creído, porque se cumplirá todo lo que el Señor te ha dicho.” (Lucas 1,45), de manera que concibió y parió al Hijo de Dios […] Puesto que el Hijo de Dios hecho hombre es el “autor y consumador de de nuestra fe” (Heb. 12,2), es de todo punto necesario reconocer como partícipe y como guardiana de los divinos misterios a su Santísima Madre, en la cual, como el fundamento más noble después de Cristo, se apoya el edificio de la fe de todos los siglos.» (Encíclica Ad Diem Illum, 2 de febrero de 1904).
Cuando en 1602, tras largos y arduos esfuerzos, San Francisco de Sales aplastó el protestantismo en la región de Chablais, inscribió en el arco del coro de la iglesia de Thonon, principal ciudad de la región, las siguientes palabras: «Gaude Maria virgo, cunctas haereses sola interemisti in universo mundo» (Alégrate, Virgen María, porque Tú sola has destruido todas las herejías del mundo). El santo doctor de la Iglesia confesó así de modo solemne que la bienaventurada Virgen María es guardiana de los fundamentos de toda la vida cristiana, de la verdadera fe.
Dice San Luis Griñón de Monfort en su tratado De la verdadera devoción a la Virgen María: «María impera en el cielo sobre los ángeles y los bienaventurados. En recompensa a su profunda humildad, Dios le ha dado el poder y la misión de llenar de santos los tronos vacíos, de donde por orgullo cayeron los ángeles apóstatas. Tal es la voluntad del Altísimo, que exalta siempre a los humildes: que el Cielo, la Tierra y los abismos se sometan de grado o por fuerza, a la humilde María, a quien constituyó soberana del Cielo y de la Tierra, capitana de sus ejércitos, tesorera de sus riquezas, dispensadora de sus gracias, realizadora de sus portentos, reparadora del género humano, mediadora de los hombres, exterminadora de los enemigos de Dios y fiel compañera de sus grandezas y de sus triunfos.» (nº.28)
En el libro El primer amor del mundo, de monseñor Fulton Sheen encontramos estos profundos pensamientos sobre Nuestra Señora: «[María] existió en la mente divina como un Pensamiento Eterno antes de que hubiera madres. Es la Madre de las madres: es el primer amor del mundo. Cuando felicitaron [al pintor estadounidense] Whistler por el cuadro de su madre, respondió: “Usted comprenderá que uno procura pintar a su querida Madre lo más hermosa que puede.” Cuando Dios se hizo hombre, yo creo que Él también querría hacer a su Madre lo más hermosa posible. La haría una Madre perfecta.»
La mística ciudad de Dios, de la venerable sor María de Ágreda, religiosa española del siglo XVII, nos ayuda a vislumbrar en profundidad la fe de la Bienaventurada Virgen María: «En breves razones comprendió Santa Isabel, como lo refiere el evangelista San Lucas (Lucas 1,45), la grandeza de la fe de María Santísima, cuando le dijo: "Bienaventurada eres por haber creído; que por esto se cumplirán en ti las promesas del Señor." Fue la fe de María Santísima un asombro de toda la naturaleza criada y un patente prodigio del poder divino; y porque en ella estuvo esta virtud de la fe en el supremo y perfectísimo grado que pudo tener, en gran parte y por algún modo satisfizo Dios la mengua que en la fe habían de tener los hombres. Dio el Altísimo a los mortales viadores esta excelente virtud, para que sin embarazo de la carne mortal tuviesen noticia de la divinidad y sus misterios y obras admirables, tan cierta, infalible y segura en la verdad como si le vieran cara a cara, así como le ven los ángeles bienaventurados. El mismo objeto y la misma verdad que ellos tienen patente con claridad, esa creemos nosotros debajo del velo y oscuridad de la fe. Este grandioso beneficio, mal conocido y peor agradecido de los mortales, bien se deja entender volviendo los ojos al mundo cuántas naciones, reinos y provincias le han desmerecido desde el principio del mundo; cuántas le han arrojado de sí infelizmente, habiéndoselo concedido el Señor con liberal misericordia; y cuántos fieles, habiéndolo recibido sin merecerlo, le malogran y le tienen como de burlas, ocioso y sin provecho ni efecto para caminar con él a conseguir el último fin adonde los endereza y guía.»Convenía, pues, […] que entre ellas se hallase alguna en quien estuviera la virtud de la fe en grado perfectísimo y sirviera como ejemplar y medida de todos los demás. Todo esto se halló en la gran fe de María Santísima y sólo por ella y para ella, cuando fuera sólo esta Señora en el mundo, convenientísimamente hubiera Dios creado y fabricado la virtud excelente de la fe. Porque sola María Santísima desempeñó a la Divina Providencia para que, a nuestro modo de entender, no padeciera mengua de parte de los hombres, ni quedara frustrada en la formación de esta virtud y en la corta correspondencia que en ella le habían de mostrar los mortales. Este defecto recompensó la fe de la soberana Reina, y ella copió en Sí misma la divina idea de esta virtud con la suma posible perfección. Y todos los demás creyentes se pueden regular y medir por la fe de esta Señora y serán más o menos fieles cuanto más o menos se ajustaren con la perfección de su fe incomparable. Y para esto fue elegida por maestra y ejemplar de todos los creyentes, entrando los patriarcas, profetas, apóstoles y mártires y todos cuanto con ellos han creído y creerán los artículos de la fe cristiana hasta el fin del mundo.
»Nuestra preexcelsa Señora María tiene mayores títulos y prerrogativas para ser llamada Madre de la fe y de todos los creyentes, y en su mano está enarbolado el estandarte y vexilo de la fe para todos los creyentes en la ley de gracia. Primero fue el Patriarca en el orden del tiempo, y de primer intento fue dado por padre y cabeza del pueblo hebreo; Grande y excelente fue su fe en las promesas de Cristo Nuestro Señor y en las palabras del Altísimo; pero en todas estas obras fue la fe de María Purísima más admirable sin comparación, y así es la primera en la dignidad. Mayor dificultad o imposibilidad era parir y concebir una virgen que una vieja estéril; y no estaba el patriarca Abrahán tan cierto de que se ejecutara el sacrificio de Isaac, como lo estaba María Santísima de que sería con efecto sacrificado su Hijo santísimo. Y Ella fue la que en todos los misterios creyó, esperó y enseñó a toda la Iglesia cómo debía creer en el Altísimo y las obras de la Redención. Y conocida la fe de María nuestra Reina, Ella es la Madre de los creyentes y el ejemplar de la fe católica y de la santa esperanza.» (Libro 2, capítulo 3).
El inestimable tesoro de la virtud de la fe divina está oculto a los que sólo ven con ojos carnales y terrenos, porque no saben apreciar y valorar un don y una bendición de tan insuperable valor. El mundo no tenía fe. ¿Cuántos hombres a quienes el mundo ha ensalzado como grandes, poderosos y sabios se han arrojado, por faltarles la luz de la fe, de las tinieblas de la incredulidad a los más abominables pecados, y en consecuencia a las tinieblas eternas del infierno? Los imitan los malos cristianos que, habiendo recibido la gracia y la bendición de la fe, viven como si no la tuvieran en su corazón.
No debemos olvidarnos de apreciar esta joya tan valiosa que nos ha dado el Señor. Tenemos que ejercitar constantemente esta virtud de la fe, porque nos acerca a nuestro fin último, que nos esforzamos por alcanzar, y nos acerca al objeto de nuestros deseos y nuestro amor. La fe nos enseña el camino seguro a la salvación eterna. La fe es la luz que alumbra en las tinieblas de nuestra vida mortal y nuestro peregrinaje. Conduce a los hombres sin peligro para que tomen posesión de la Patria hacia la que peregrinan, en tanto que no permitan que la infidelidad y el pecado sofoquen esa fe. La fe vivifica las otras virtudes, nutre al justo y lo apoya en sus labores. La fe confunde e infunde temor a los infieles y los cristianos laxos y negligentes. Porque les hace ver en este mundo que son pecadores y que hay castigos en la vida venidera. La fe lo puede todo; nada es imposible para el que cree. La fe todo lo alcanza y hace posible. La fe ilumina y ennoblece el entendimiento humano, ya que le señala el camino en medio de las tinieblas de su ignorancia natural para que no se descarríe, y lo eleva para que vea y entienda con certeza infalible lo que supera con mucho su capacidad, y se lo garantiza con tanta claridad como si lo tuviera ante él. De este modo lo libra de la burda y mezquina estrechez de miras de los que sólo creen lo que pueden experimentar con su limitada capacidad natural. En tanto que el alma vive aprisionada en este cuerpo corruptible está limitadísima y restringidísima en su campo de actuación por los conocimientos adquiridos a partir de la tosca actividad de los sentidos. Apreciemos, pues, este inapreciable tesoro de la fe católica que nos ha dado Dios y guárdemoslo y ejercítemoslo con gran estima y reverencia.
Escribiendo en 1935 sobre la fundación de la Milicia de la Inmaculada en 1917, San Maximiliano Kolbe dijo: «Los francmasones de roma empezaron a manifestarse abiertamente y de modo beligerante contra la Iglesia. Colocaron la bandera negra de Jordano Bruno bajo una ventana del Vaticano. En dicha bandera se veía al arcángel San Miguel caído a los pies de un triunfante Lucifer. Al mismo tiempo, distribuyeron entre la multitud innumerables folletos en los se atacaba sin ninguna vergüenza al Santo Padre. Entonces concebí la idea de organizar una sociedad activa para contrarrestar la labor de la Masonería y otros esclavos de Lucifer.»
En 1939, en un artículo de la revista en lengua latina para sacerdotes que había comenzado a editar un año antes, Miles Immaculatae, San Maximiliano Kolbe dijo lo siguiente de las manifestaciones y los malvados designios de la Masonería contra la Iglesia: «Algunas manos airadas osaron escribir consignas como "Satanás reinará en el monte Vaticano y el Papa será su lacayo", y otros insultos por el estilo. Pero estos actos irrazonables de odio a la Iglesia de Cristo y su Vicario temporal no eran los torpes desvaríos de unos pocos psicópatas, sino el estilo, método y plan de acción derivado del estatuto masónico: eliminar toda enseñanza sobre Dios, en particular la católica. Para llevar a cabo su plan se valen de numerosas y diversas sociedades, las cuales, bajo la dirección de ellos, promueven tanto el olvido de todo lo relativo a Dios como la disolución de la moral. Esto se debe a que los masones se guían ante todo por este principio: "El catolicismo no se puede vencer mediante argumentos lógicos, sino corrompiendo la moral". Y así, someten las almas de los hombres con las formas de literatura y de arte que más fácilmente destruyen todo sentido de la moral y la castidad, y fomentan formas de vida sórdidas en todas las etapas de la vida humana... A fin de ayudar a tantos infelices, de afianzar corazones inocentes para que todos puedan acudir con más facilidad a la Inmaculada Virgen que nos trae tantas gracias, se fundó la Militia Immaculatae en Roma en 1917. Podemos imaginar qué diría hoy San Maximiliano Kolbe de la generalizada promoción de la inmoralidad en la televisión, el cine, la música y el arte. Y podemos sopesar hasta qué extremo la Masonería --que ciertamente es un arma de Satanás-- ha contribuido y contribuye a la situación actual. De lo que sí estamos seguros es de que la humilde e inmaculada Virgen María aplasta la soberbia cabeza de Satanás (cf. Gén. 3,15)
Indudablemente la inmaculada Virgen María aplastará la mayor herejía de todos los tiempos, que es la del Anticristo: «¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el anticristo que niega al Padre y al Hijo» (1ª de Juan 2, 22). El mayor enemigo de la fe cristiana no es un ejército equipado con armas materiales, sino una milicia pertrechada con papel y pluma para socavar y corromper la pureza virginal de la fe católica. En su Balada del caballo blanco (genial meditación poética sobre la derrota del rey de Dinamarca en 878 a manos del rey Alfredo el Grande de Inglaterra) Gilbert Keith Chesterton narra con las siguientes palabras una visión del rey Alfredo:
La maleza del error
cundirá por todos lados.
Y aunque hoy estén dispersos,
en algún siglo lejano,
por una visión yo sé
que volverán los paganos.
No volverán en fragatas
ni quemarán sembrados.
Mas pertrechados de libros,
sucias de tinta las manos.
No con destreza guerrera
ni con venablos armados.
Habrán de prevalecer
mediante vocablos vanos.
Un día regresarán
con pluma y papel en mano.
En esto los conoceréis:
os traerán sombras y estragos.
Devaluando muerte y vida,
a Dios y a los humanos,
los bárbaros volverán
con pluma y papel en mano.
Según decía San Luis Griñón de Montfort, Nuestra Señora necesita apóstoles que preparen con el triunfo de Ella la victoria final de Jesús. Esas almas apostólicas habrán de ser instruidas por María y estar totalmente consagradas a su servicio, enteramente en manos de Ella y dedicadas a la misión de arrebatar almas a las tinieblas del error y el peligro de la perdición final, ya que en nuestros tiempos somos testigos de la inmensidad del mal que han instalado los poderes de la tinieblas en todos los rincones del mundo. Cuando San Luis María Griñón de Monfort proclama el Evangelio, se puede decir que escandaliza con la aspereza de sus palabras al insistir en la esclavitud a María. Y sin embargo, vivimos en un mundo de esclavitud. La servidumbre del dinero, del poder, de la lujuria, las pasiones, las modas, el qué dirán, la droga, la televisión, internet, la pornografía... El fruto lo tenemos ante nuestros ojos: desesperación, frustración, neurosis, violencia, degradación: en palabras de San Pablo, es el salario del pecado (cf. Rom. 6, 23).
La tentación original «Seréis como Dios» (Gén. 3, 5) conduce a cada persona a toda suerte de esclavitudes so pretexto de libertad. La consigna «prohibido prohibir» dio paso a innumerables violencias y perversiones del alma y del cuerpo. Decía San Luis Grinón de Monfort que las cadenas que ligan a María como siervo y esclavo de ella son en realidad alas. Así como por medio de María vino Jesús al mundo, volvamos a Él de la misma manera maravillosa en Él nos vino. Con estas palabras inicia San Luis María Griñón de Monfort su admirable libro, que es un código sagrado de los últimos tiempos, apto para instruir a los apóstoles, los santos y los combatientes de las últimas batallas que señala el Apocalipisis.
Monseñor Fulton Sheen escribió en El primer amor del mundo: «Así como esa madre conoce las necesidades del pequeño mejor que este mismo, María Santísima comprende nuestras cuitas y llantos, sabe su significado mejor que nosotros mismos». Su Santidad León XIII señaló que rezar el Santo Rosario y venerar a la poderosa Reina del Rosario son la ayuda y defensa más seguras en los momentos de peligro espiritual suscitado por la difusión de las herejías: «En tiempos críticos y angustiosos siempre ha sido el principal y constante cuidado de los católicos refugiarse bajo la égida de María y ampararse a su maternal bondad, lo cual demuestra que la Iglesia católica ha puesto siempre y con razón en la Madre de Dios toda su confianza. En efecto, la Virgen, exenta de la mancha original, escogida para ser la Madre de Dios y asociada por lo mismo a la obra de la salvación del género humano, goza cerca de su Hijo de un favor y poder tan grande, como nunca han podido ni podrán obtenerlo ni los hombres ni los Ángeles. Así, pues, ya que le es sobremanera dulce y agradable conceder su socorro y asistencia a cuantos la pidan, desde luego es de esperar que acogerá cariñosa las preces de la Iglesia universal. Mas esta piedad tan grande y tan llena de confianza en la Reina de los cielos, nunca ha brillado con más resplandor que cuando la violencia de los errores, el desbordamiento de las costumbres, o los ataques de adversarios poderosos, han parecido poner en peligro la Iglesia de Dios. La historia antigua y moderna, y los fastos más memorables de la Iglesia recuerdan las preces públicas y privadas dirigidas a la Virgen Santísima, como los auxilios concedidos por Ella; e igualmente en muchas circunstancias la paz y tranquilidad pública, obtenidas por su intercesión. De ahí estos excelentes títulos de Auxiliadora, Bienhechora y Consoladora de los cristianos; Reina de los ejércitos y Dispensadora de la paz, con que se la ha saludado. Entre todos los títulos es muy especialmente digno de mención el de Santísimo Rosario, por el cual han sido consagrados perpetuamente los insignes beneficios que le debe la cristiandad» (encíclica Supremi Apostolatus Officio, 1 de septiembre de 1883).
San Pío X exhortó a los católicos a acudir a Nuestra Señora en momentos en que nuestra fe es objeto de persecución: «Deseamos ardientemente que todos cuantos se llaman cristianos se esfuercen por lograr esta misma caridad, sobre todo aprovechando estas solemnes celebraciones de la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios. ¡Con qué acritud, con qué violencia se combate a Cristo y a la santísima religión por Él fundada! Se está poniendo a muchos en peligro de que se aparten de la fe, arrastrados por errores que les engañan: “Así pues, quien piensa que se mantiene en pie, mire no caiga.” (1ª a Cor. 10,12) Y al mismo tiempo, pidan todos a Dios con ruegos peticiones humildes que, por la intercesión de la Madre, vuelvan los que se han apartado de la verdad […] En ningún momento se dejará de atacar a la Iglesia, “pues es preciso que haya escisiones a fin de que se destaquen los de probada virtud entre vosotros.” (1ª a Cor. 11,19) Pero nunca dejará la Virgen en persona de asistir a nuestros problemas, por difíciles que sean, y de proseguir la lucha que comenzó a mantener ya desde su concepción, de manera que se pueda repetir cada día: “Hoy ella ha pisado la cabeza de la serpiente antigua”» (antífona del oficio de la Inmaculada Concepción) (encíclica Ad Diem Illum, 2 de febrero de 1904).
El Concilio Vaticano II enseña en la constitución dogmática Lumen gentium que la Iglesia, imitando a la Madre de Dios, «por obra del Espíritu Santo, conserva virginalmente una fe íntegra» (nº 64). San Agustín definió a la Iglesia como «casta virgen que el Apóstol desposó con Cristo (cf. 2 Cor. 11,2). Lo que admiráis en la carne de María, realizadlo en el interior de vuestra alma. Concibe a Cristo quien cree en su corazón con vistas a la justicia; le da a luz quien con su boca confiesa con la mirada puesta en la salvación. Así pues, sea ubérrima la fecundidad de vuestras almas, conservando la virginidad.» (Sermón 191).
El verdadero hijo y siervo de María mantendrá siempre intacta y pura la santa fe católica. Pecar contra la pureza de la fe católica significa ultrajar la pureza virginal de la Santísima Virgen María. Los pecados contra la pureza de la fe, es decir los pecados de herejía, mancillan el alma haciendo que ésta pierda la pureza de la mente, del intelecto y, en consecuencia, por lo general también la castidad y pureza del cuerpo. La virtud de la pureza de la fe está estrechamente ligada a la virtud de la castidad.
En los tenebrosos tiempos de confusión doctrinal que vivimos, con sus engañosos destellos de relativismo, naturalismo y antropocentrismo, en muchos casos disimulados tras la máscara del diálogo o acompañamiento pastoral, invoquemos con frecuencia a Nuestra Señora con confianza y amor filial: «Alégrate, oh Virgen María, Tú sola destruiste todas las herejías.»
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