Ayer he tenido un día pésimo, de esos malos y quiero dar gracias a Dios públicamente porque puedo estar escribiendo aquí y ahora. Ayer yendo a una consulta médica me estrellé con mi coche. Fue en una de esas rotondas, malas, confusas, mal diseñadas y peor construidas. El mal estado de la calzada a causa de una llovizna que no limpia el asfalto, grasas en éste de tanto aceite derramado sobre una superficie limada por un continuo tránsito de miles de neumáticos, más un peraltado absurdo que hace que dicha rotonda tenga forma ligeramente convexa en lugar de cóncava -el bordillo de la isleta central está más alto que la calzada-, provocaron que mi coche hiciese un trompo inesperado estrellándome contra el "quitamiedos".

Milagrosamente yo no he sufrido ni un sólo rasguño o golpe, salvo el emocional, pues el coche ha dado siniestro total. Enseguida me vi atendido por media docena de personas que pararon para interesarse y ayudarme -mil gracias a todos-, y no parecían salir de su asombro cuando miraban el estado del coche y me miraban a mi a continuación, o viceversa. Ante las preguntas que hacían por dos veces dije gracias a Dios, no me ha pasado nada, excepto el susto. Hoy en día nadie agradece nada al Altísimo, como se tiene la presuntuosa seguridad materialista que niega su existencia, y como se hace burla del permanente cuidado de sus hijos, ya para qué agradecer nada. Para muchos es algo similar a dar las gracias al Pato Donald o a Mafalda.

Gracias Dios Mío por permitirme seguir dando la tabarra.