Tras el Islam le ha tocado el turno a los homosexuales. ¡Ay Oriana, quién te ha visto y quién te ve!, dirán muchos o muchísimos de sus lectores que se han contado por millones. Periodistas del mundo entero, en especial los muy jóvenes cuando ella estaba en el cénit de su fértil y prodigiosa carrera, la tenían en el pedestal en el que la juventud coloca a aquellos que admira, a aquellos que hacen soñar con realidades que se antojan imposibles, a aquellos que aman la libertad.
Tras el Islam, como queda dicho, los homosexuales. A ellos les dedica «El apocalipsis», libro en el que anuncia el fin de la humanidad a causa de los matrimonios entre gays. «La rabia y el orgullo» (2003) nació tras el 11 S -la escritora reside en Nueva York, aunque a veces va a su casa de Florencia-, libro al que siguió «La fuerza de la razón» (2004), en el que exponía el enfrentamiento entre dos civilizaciones, la cristiana y la islámica. En sus páginas, la vieja Europa se convertía en Eurabia. Oriana, nacida en Florencia en 1930, ya no recorre el mundo entero para entrevistar y sacar conclusiones de las respuestas de los más importantes líderes mundiales o para ser testigo de los acontecimientos y contrastarlos. Desde su casa, otea el horizonte y sólo ve presagios de desolación y ruina.
Personas y dinosaurios
Ahora son los homosexuales los que van a acabar con la existencia del mundo. Para quedarnos en casa, en España, Fallaci acusa a Zapatero, «el insoportable», de apoyarlos «para pagar su deuda» con los que le han votado y de «apresurarse a integrarlos en el Ejército». Abrirles el camino al matrimonio significará que la humanidad se extinga «como los dinosaurios». Con respecto a la adopción de niños por parte de homosexuales, asegura que «no se puede hacer creer a una criatura indefensa que se nace de dos papás y dos mamás». Naturalmente, para unos es una mujer insobornable y comprometida, que tampoco se casa con Bush o con Clinton, con éste, concretamente, porque también se dejó «chantajear» por el voto gay; y con el primero, porque habló del Islam como una «religión de paz».
«El apocalipsis» es una autoentrevista de unas cien páginas -apareció en Italia hace unas semanas -realizada por quien sabía acorralar al entrevistado, aunque se la tachara de querer brillar más que el protagonista. Ella retrató con palabras en 1972, como en la Etiopía de Haile Selassie, a quien entrevistó, los pobres acudían -«con sus andrajos, sus llagas y su tracoma»-, a recoger las sobras de un banquete, algo que evitaban soldados con metralleta, que dejaban los desechos para los buitres y los perros. No obstante, el emperador le confió que su dinastía no tendría fin: «Así hemos decidido que sea y así será».
Oriana sigue siendo provocadora, pero su radicalismo alcanza cotas que van más allá de la convicción para convertirse en augurios de catástrofe. El lector bordea el abismo, vive en el límite del cataclismo. De la hecatombe. De la polémica. La autora de «Penélope en la guerra» fue uno de los grandes testigos con que contó el siglo XX. Fallaci fue una de las primeras que trabajó como corresponsal de guerra. Estuvo en Vietnam, Oriente Próximo, Pakistán... Willy Brandt, Jomeini, Kissinger, el general Giap o el Sha se encuentran entre las personalidades que la periodista acercó a los lectores a través de «L´Europeo» y que luego recorrían el mundo entero. Decía que en cada una mezclaba sus ideas y su temperamento.
En «Carta a un niño que no llegó a nacer» (1975), en la que conversa con el ser que hay en ella y que se malogró, confiesa que no cree en Dios y se plantea dar la vida o negarla. Oriana se casó con el revolucionario y poeta griego Alekos Panagoulis. El amor surgió durante una entrevista que él le concedió cuando salió de la cárcel en la que estuvo cinco años por intentar asesinar a Georges Papadopoulos. En el siglo XXI, desde su domicilio neoyorquino, la gran Oriana puede convertirse en un gurú, porque «la gente está sola. Nadie les dice lo que yo les digo».
Diario ABC
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La verdad es que no he leído nada de esta señora, pero no tiene mala pinta ¿alguien puede comentar algo?
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