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Tema: Miguel Servet: español, médico y hereje

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    Miguel Servet: español, médico y hereje

    Cuando los fanáticos calvinistas lo quemaban en Ginebra, en la agonía de su martirio, exclamó: ¡Bendito seas, Jesús, Hijo del Eterno Dios!... Con sólo decir, en cambio: ¡Bendito seas, Jesús, Eterno Hijo de Dios! se hubiera evitado morir en la hoguera de leña verde y con la frente coronada de paja untada con brea...

    Servet había emigrado de España casi niño, y debió de conocer la Biblia por intermediación de los protestantes de Toulouse. Tenia entonces menos de veinte años. Acaso por falta de preparación quedó obsesionado con la idea de que ni en el texto de la revelación ni en los escritos de los primeros Padres de la Iglesia, aparecía el nombre de la Trinidad.
    En 1531 ya publicó su primer libro De Trinitatis erroribus libri septem. Tenía entonces veintidós años...
    Es posible que Servet encontrara un cierto estímulo en sus recuerdos de judíos y moros que, más o menos practicantes, podían quedar en España. Creyó que el fracaso de la cristiandad al tratar de convertir a los judíos y mahometanos provenía precisamente del dogma de la Trinidad, que repugnaba a los monoteístas rabiosos de la Sinagoga o del Islam. Pero, así como Lulio, al darse cuenta de esta dificultad trató de superarla con argumentos y convicción, Servet prefirió cortar por lo sano, regresando a un puro arrianismo.

    Servet, como el gran archihereje Arrio, reconocía en el Cristo todas las cualidades divinas, excepto la de su existencia eterna, sin principio, por los siglos de los siglos.
    Servet consentía en aceptar los nombres de Hijo y Espíritu Santo para las personas divinas, con la condición de que no tuvieran una existencia separada de la del Padre. Según Servet, Dios se revela al hombre con tres diferentes disposiciones: como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. La impresión que estas ideas de Servet produjeron en sus contemporáneos fue desastrosa.

    Por un momento pareció convencer a Bucero de Estrasburgo, a quien llamaban el pacificador en las sectas protestantes. Pero, leyendo el libro De Trinitatis erroribus, Bucero tuvo que confesar que Servet debería ser abierto en canal y descuartizado. Melanchtchon fue más paciente con Servet; sus ideas trabajaron por algún tiempo en aquella mente especulativa, pero no se convenció. Dijo que se debía proceder con gran cautela al tratar de explicar el misterio de la Trinidad y cayó del lado de Lutero y Calvino. Estos eran decididamente trinitarios.
    Se conserva una carta de Calvino a Farel diciendo que si Servet llegaba a ir a Ginebra, no saldría vivo, como pudiera él hacer valer su autoridad. Farel contestó según el mismo tenor.

    Por lo que toca a las autoridades católicas no hay ni que hablar. En Vienne, el obispo, que acaso fue el único personaje que simpatizó con Servet, tuvo que incoarle proceso, pero le dio prisión en su propio palacio y dejó la puerta del jardín abierta para que pudiera escapar. De allí Servet, fugitivo, fue a Ginebra... para caer y morir cruelmente en manos del fanatismo protestante.

    El monoteísmo de Servet ha tenido dos clases de admiradores. Unos son puros disparatados que se han acogido a Servet para dar autoridad y lustre a sus errores. Pasa con Servet algo de lo que pasa, en mucha mayor escala, con Lulio: hay escritos espúreos de comentaristas fantásticos que quieren hacer prevalecer sus extravagancias escudados por el renombre del descubridor de la función de los pulmones en la circulación de la sangre.

    Servet tiene un estilo duro y además lanza a veces improperios y adjetivos violentos, pero nunca dice necedades. Podrá errar, pero yerra en grande. Admiradores de Servet son los protestantes de la secta de los unitarios, que empezó en Boston hace dos siglos y están hoy difundidos por todos los Estados Unidos. Cuando se enteraron de las ideas de Servet, lo reconocieron como a mártir de sus principios. Hace un siglo celebraron con gran respeto el centenario de la impresión De Trinitatis erroribus.

    No es necesario excusar la herejía de Servet, para creer—como los mismos ginebrinos creen hoy—que fue un gran error quemarle.
    Porque hasta con su herejía Servet fue el gran revulsivo que determinó a las sectas protestantes a aceptar sin vacilación el dogma de la Trinidad. Antes de que Servet propusiera esta dificultad, los reformadores le habían concedido poquísima atención. Habían discutido los sacramentos y la jerarquía eclesiástica, se habían dividido en presbiterianos, congregacionistas, anabaptistas y baptistas... pero no les habían entrado dudas acerca de la Trinidad.

    En Servet todo es grande o fuera de lo común. Sus mismos libros tienen el privilegio de ser de los más raros del mundo. Así del Christianismi Restitutio sólo se conservan tres ejemplares: uno en París, otro en Viena, y el tercero en Edimburgo. Las falsificaciones o reimpresiones de este libro son tan raras, como el mismo original, igualmente sucede con sus otras obras.

    ¿Quién podía suponer que en un libro teológico se hallara uno de los descubrimientos científicos de los qué la ciencia, con razón se enorguellece más? La descripción exacta del funcionalismo de la circulación de la sangre se halla, en efecto, én las páginas 170 y 171 del Christianismi Restitutio, en ocasión que habla del Espiritu Santo, y a propósito de ladescripción detallada dé la constitución física del cuerpo humano, que Servet califica de «el mayor milagro de todos.»
    Última edición por ALACRAN; 24/04/2009 a las 14:14
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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