Hoy presentamos al padre Llanos, S. J.

Revista FUERZA NUEVA, nº 467, 20-Dic-1975

Ayer no más, hablábamos aquí del treinta y cinco aniversario del Frente de las Juventudes, marcando el énfasis en que una juventud la tiene cualquier nación, mientras que unas juventudes no se logran con facilidad, ni repartiendo caramelos.

¿Qué decir del padre José María de Llanos, de la Compañía de Jesús, hoy en que se huye del vocablo que lanzara el capitán Íñigo (de Loyola, no se olvide), y los jesuitas ya no se agrupan en la Compañía, voz fascista, sino en pisitos?

El padre Llanos, S. J., no está en la Compañía ni en los pisitos. Se ha montado su bunquer particular en los arrabales y mantiene allí su artillería dialéctica entre los recuerdos del que llama “nacionalcatolicismo”.

La obra del Frente de Juventudes, junto a los de Sotomayor, Elola, Pérez Viñeta, Cuñat, Villegas y tantos más, está unida al nombre de este sacerdote a quien jamás podremos olvidar los que nos hemos arrodillado ante él para recibir la absolución tras la exposición de nuestras culpas, paseando de su brazo bajo los pinos de Covaleda. Allí, con su sotana, como estaba -y está- mandado, ceñida por la faja de la Compañía y un garrote en la mano, que “iba” con el ambiente, el padre Llanos ejercía su ministerio evangélico, con singular apostolado entre los hombres de las Escuadras de Acción, los jóvenes del Gran Capitán, los aspirantes de la Pinilla, “embriagados de futuro imposible”… Imposible, ¿por qué, padre Llanos? No hay nada imposible, ni siquiera aquella milicia española de Cristo fundada por ti con la bendición “del bueno de Muñoyerro”.

Pero te vino –tú lo has confesado en la revista ‘Hechos y Dichos’- la desilusión, una noche en el castillo de Belmonte, el lugar menos apto para pecar de desilusión un sacerdote de la Compañía de Jesús. Ya no recuerdo si habían empezado por entonces, quizá si ya se habían terminado, aquellas cartas cristianas en ‘Arriba’. Lo que sí sé es que a mí empezaron a no gustarme. Debías, sin duda, haber descubierto ya que el Frente de Juventudes preparaba para la aventura, pero no “para hacer la ciudad que acabaría por tragárselos”.

Fue a ti a quien tragó con la ciudad tu confusión, tu propia defección, tu crisis personal, hasta caer en lo profundo del pozo, y no hablamos en metáfora.

¿Por qué quieres ahora tu amargura sobre los que seguimos y pensamos seguir en la brecha? Hicimos un juramento, padre Llanos. Déjanos cumplirlo. Déjanos recordar aquella procesión de Peñalara, con los ponchos como palio, bendiciendo a España. “Te habías empeñado en cristianizar aquel campo” ¡Lo conseguiste, padre Llanos¡¡Yo fui uno de los cristianizados! ¡Yo encontré mi camino de Damasco, bajo tu absolución! Tú no me recordarás, era uno de tantos en el Raso de la Nava. Pero yo será imposible que olvide lo que te debo. Y te aseguro que no me detiene tu abandono, aunque me duela profundamente que llames ahora culpables a las piedras de El Escorial. Yo andaba por ahí hasta que te encontré. Te puedo servir de ejemplo. Deja tu bunquer y vuelve. Te estamos esperando con las banderas en alto, aunque estos días estén a media asta. Te estamos esperando con tu himno perdido entre tus papeles.

Aquí no hemos perdido ni olvidado sus estrofas y entre ellas aquella maravillosa:

“La vida que me ha tocado en suerte
se la he ofrendado a Dios”.