Revista FUERZA NUEVA, nº 493, 3-Jul-1976
Antiguos miembros del bunquer
Hoy presentamos a José María Pemán
José María Pemán, con sus ironías, sus “almuerzos” y sus Consejos Privados. ¡Qué vamos nosotros a decir del insigne Pemán! En la mente de todos están sus escritos, esas sutilezas en las que él mismo se define como “ensalada poético-católico-monárquica, de difusas fronteras”, o aquella ocasión en que nos obsequió con el epíteto de “estamento azul y fascistoide”.
Raimundo Fernández Cuesta le salió al paso cuando intentó catalogar a José Antonio entre los jefes “gesticulantes y energuménicos”. Claro que muy posteriormente ha afirmado a Alfonso Paso que José Antonio poseía virtudes señaladísimas que le llevaban a la profecía y a la santa ira.
FUERZA NUEVA publicó en su momento el discurso que Pemán había pronunciado ante Radio Nacional, en Salamanca, el 18 de marzo de 1937. Se titulaba “Los intelectuales y el nuevo Estado” (*) y se podían leer frases como la siguiente: “Para el delito de alta traición nacional que significa el pacto masónico, judío o internacionalista, cometido con la agravante de la inteligencia, el nuevo Estado reserva toda su dureza depurativa…”
No sabemos si nos maravilla más eso o el prólogo de su “Poema de la Bestia y el Ángel”: “… durante unos meses todavía se pudo uno confundir con la idea simple de la “guerra civil” (…) pero la contienda perdió todos sus disimulos y se le vio toda su estatura universal e histórica (…) estaban, otra vez, frente a frente,
las dos únicas fuerzas del mundo: "la Bestia y el Angel":
“La gran lección de España fue aquella de sentarse/ sobre las piedras milenarias y/las tumbas: y estarse allí consigo misma y Dios”.
Pero aún podemos leer un folleto de arengas de Pemán, publicado en su Cádiz, en 1937: “Corren malos días para la frívola y sutil pedantería intelectual”. “Hay toda una Europa judaica, untuosa y masónica que como sabe que el frente no puede vencer al pueblo del Dos de Mayo, querría vencerlo por el retorcido camino ya ensayado de desteñir la intransigencia de nuestra posición victoriosa”. “Se había dicho que la flor más grande de la civilización era el “intelectual”; o sea, como su mismo nombre indica, aquel tipo humano mutilado e incompleto que se caracteriza por el crecimiento e hinchazón excesiva de una facultad…”
Eso decía Pemán en tiempo del búnquer, mientras lanzaba por las troneras sus arengas de guerra. Después diría que “hay que olvidar casi todo lo que se dijo, se escribió y se hizo sin libertad para hacer, decir o escribir otra cosa”. ¿Se refería a sí mismo? Ello es indudable cuando dice: “Hay que apartarse de ese ejercicio tenaz y detectivesco de recordar cada prenda –uniforme, brazalete, camisa- que alguno vistió (¿alguno? ¿quién?) y recordar sólo lo que temblaba en esa verdad humana que se queda fuera de todo guardarropas…”
¡Qué cuco, señor Pemán! Primero nos exhibimos de camisa azul, capote, manta y demás “guardarropía”, brazo en alto. Después queremos imponer al público que nos contempló embelesado la obligación “de apartarse de recordar”.
¿Por qué?, se preguntaba en la revista “Reconquista” Julián de Aloya. “¿Vamos a menospreciar nuestros uniformes, avergonzarnos de nuestra victoria, para que otros no se avergüencen de su derrota?”.
No vamos a hacerlo, no. Vamos a seguir con nuestro tenaz ejercicio. ¡Es tan divertido recordar lo que alguno usó! ¡Tan delicioso contemplar al académico Pemán con boina roja y correaje doble!

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