Revista FUERZA NUEVA, nº 571, 17-Dic-1977
Editorial
Zarzuela o sainete
Lo que ha ocurrido social y políticamente en España desde la muerte del caudillo Francisco Franco hasta la fecha no puede en modo alguno calificarse de reforma, evolución o simple cambio. Ha sido, en frase vulgar, una “vuelta de la tortilla”, con todas las consecuencias que ello representa.
Lo blanco se ha convertido en negro; la moralidad en inmoralidad; el honor en deshonor; la ética social en fraude continuo; la palabra dada, el juramento prestado, en simple papel mojado o en fútil declaración que no se respeta o cumple. El sentido del deber está supeditado a la conveniencia egoísta del momento, al pacto vergonzante o al compromiso de partido.
Los valores permanentes de la Patria son escarnecidos como lastres obsoletos a desaparecer en el concepto vital; el sentido metafísico de España es repudiado por una interpretación materialista de la Historia, y las protestas o exteriorizaciones voluntarias de lealtad y fidelidad prestadas en el pasado son vistas como algo desagradable que no sólo hay que olvidar, sino “comprar” con la entrega y la traición, para que no se nos lancen a la cara.
Pero dentro de este panorama que se desarrolla entre los ojos asombrados de los españoles -sean cuales sean sus ideas políticas- hay casos y cosas que exceden de ese amplio espectro de subversión entre el ayer y el hoy, pues suponen realidades, a la vista del pueblo, que más parecen escarnio a lo tenido como más sagrado, a las normas morales por las que se han de regir los hombres y las colectividades, que a concesiones derivadas de una política o secuencia lógica de un cambio o evolución lógica de la realidad histórica de nuestros días.
Por ejemplo, ver atónitos cómo un hombre acusado públicamente de genocida, causante o responsable de la muerte de miles de españoles de toda condición y profesión, enemigo declarado de cuanto de sano y respetable -en el orden ético, religioso y filosófico- supone nuestro pasado tradicional, los valores permanentes de la Patria, cual es Santiago Carrillo, no sólo no es repudiado por la sociedad en la que se enmarca como tal ciudadano y dirigente máximo de un partido antiespañol; no sólo no se le aparta de la convivencia normal de la sociedad ante la terrible historia criminal que su persona encarna, sino que es recibido por la más altas dignidades del Estado, agasajado por ellas y aun, para más escarnio-burla a los muertos por la unidad, grandeza y libertad de la Patria, que con su sacrificio, guste o no, y con todos sus fallos y defectos, hicieron posible el Estado que encarna a España como ente jurídico y nación-, es escuchado como potencia política, cuyos dictados hay que seguir en la administración de la comunidad.
Ha sido un vuelco subversivo tan radical en el vivir español, que ni aun los mismos personajes del acontecer político y social de la hora presente podrían haber soñado tan singular protagonismo, y menos en casos tan concretos como el que personifica el genocida de Paracuellos, recibido, hace unos días como interlocutor válido en la Zarzuela.
Si “cosas habíamos de ver que harían temblar a las piedras”, sin lugar a dudas este recibo del secretario general del Partido Comunista de España en la residencia del Rey no sólo ha hecho temblar a las piedras, sino que ha desmontado, o al menos ha puesto en entredicho, una escala de valores que los hombres honestos, los españoles fieles a nuestro deber, a los más caros principios del honor, fidelidad y patriotismo, teníamos como sagrados, como irreversibles, como inmutables.
Vivir para ver, se dice entre frases corrientes. Pero hay veces que lo que se ve, lo que nuestros ojos contemplan, nos llena de un regusto tan amargo, tan despreciable por cuanto somos testigos, que, si no fuese por la fe católica que anida en nuestras conciencias, habría que pensar muy seriamente en si tal vida vale la pena de vivirla, cuando no somos capaces de sancionar lo que vemos y seguimos como cómplices, por omisión, la tragedia vergonzosa que se desenvuelve ante nuestra presencia.
Y así vemos como España se desliza por el camino frívolo de la zarzuela o del sainete.
|
Marcadores