Para la moral cristiana es perniciosísimo, pues eleva al rango estatutario todas las burradas de adoctrinamiento progre y nacionalista, así como el entrometimiento y el control de las administraciones sobre los cuerpos intermedios.
Supone, como el resto de los estatutos, un paso más en la división de los españoles al profundizar en la institucionalización del nacionalismo de laboratorio.
Lo más lamentable ha sido la componenda entre el TC y el gobierno zapatarra para sacar adelante contra la lógica jurídica un estatuto que hasta el más lerdo observa que está viciado de pleno de ilegalidad, mostrando una vez más la debilidad intrínseca del sistema y como el Estado de Derecho es un simple pasteleo entre los poderes políticos.
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