La noticia de la desaparición de la estatua de Sant Jordi y la imagen de la Verge de Montserrat no tendría mayor trascendencia en una sociedad normalizada, pues el incidente fácilmente podría ser justificado, sin llegar a ser mal pensados, debido a una deficiente comunicación entre departamentos.
Pero en la Catalunya del trist-partit, los hermanos Marx –Maragall, Carod y Saura- han desgobernado durante tres años manejando trasnochados clichés de una izquierda sin programa, con un discurso y unas maneras que a muchos nos recuerdan los mojones mentales del estalisnismo más casposo.
La beligerancia cotidiana hacia la Iglesia no sólo se ha limitado en el plano puramente legislativo. Hay que recordar como las juventudes de las tres sectas en el poder, intentaron el asalto del Arzobispado utilizando como ariete mediático al lobby de las tortilleras y los cawboys de media noche, en la batalla por la adopción de menores en núcleos familiares compuestos por progenitor “A” y progenitor “B”.
El silencio de la iglesia del Principado cuando se ha tratado de temas como el aborto, la heterofobia o el laicismo es un posicionamiento que sorprende y desorienta a muchos feligreses catalanes. Esta postura de no enfrentamiento con los moradores de la Generalitat y sus leyes antinatura (ya sean de CiU o del trispartit), contrasta con el celo exquisito que algunos obispos desde sus dípticos parroquiales, han mostrado en reiteradas ocasiones ante problemas más mundanos, pongamos por caso, posicionamientos lingüísticos.
Es por ello, que esta desconfianza del profesor de Protocolo de la Universidad de Barcelona y asesor del arzobispado, Eduard Subirà, ante la desaparición de dos símbolos religiosos, se muestra como un síntoma del malestar de la curia catalana con un gobierno al que consideran abiertamente hostil.
Sin embargo, en este oasis de calma chicha, todos callan y otorgan, que por encima de todo, incluso de la Verge de Montserrat, lo importante es traducir a Harry Potter en el idioma políticamente correcto de Quim Monzó.
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