Desde luego que sí. Con todo, aunque mal encaminado en algunos sentidos, es innegable el sincero interés por la ciencia y la cultura de la Compañía de Jesús, y si bien en algunos sentidos a la larga no ha dado buenos frutos, son también innegables los colosales aportes a la ciencia de la Compañía. El tema central del artículo es lo que debe el desarrollo de la ciencia a la Iglesia, al contrario de lo que dicen los mitos y tópicos usuales. Lo que pasa es que la mayor parte de ello (aunque no todo) ha sido obra de jesuitas. Por supuesto que hubiera sido mucho mejor y más provechoso que hubieran tenido una perspectiva más tomista en todo. Y tampoco se puede negar la considerable labor misionera de la Compañía en todos los continentes. Antes de la llegada de los jesuitas, en Asia no tenían universidades, gramáticas ni diccionarios, ni siquiera en los países más civilizados. Y al propio Ricci le costó lo suyo convencer a los chinos de que la Tierra no era plana ni China era el centro del mundo. Pero también es verdad que los jesuitas, en su sincero afán de evangelizar a otros pueblos, se integraban a veces en exceso culturalmente cediendo en aspectos que no debían. No hay más que ver a Ricci en la ilustración del artículo: podría pasar fácilmente por un mandarín. En fin, los jesuitas tuvieron grandes éxitos misioneros (Japón estuvo a punto de ser un país cristiano) y alcanzaron grandes logros en la ciencia, pero como tantos, han tenido sus luces y sus sombras. Y hoy en día hay lamentablemente muchas más sombras que luces. Y es verdad que la cosa viene de lejos. Es como cuando se yerra un punto al tejer: al principio no se nota, pero al final la prenda sale defectuosa y se nota mucho.
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