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Tema: La Iglesia ocupada

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  1. #1
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    Respuesta: La Iglesia ocupada

    LA IGLESIA OCUPADA - CAPITULO IX

    MONSIEUR PIOU
    Cuántos hombres hoy día piensan llevar el mundo a una vida nueva, a una era mejor y lo conducen a su perdición.
    BLANC DE SAINT-BONNET
    No hay “gran” liberal que no sea un gran asno.
    LÉON DAUDET, Le stupide XIXe siécle, p. 49
    Hay algo peor que la negación manifiesta, es el complaciente abandono de los principios, es el lento deslizamiento con aires de fidelidad.
    JACQUES PIOU
    "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capìtulos publicados puede clickear en LA IGLESIA OCUPADA.
    La Acción Liberal Popular — Monsieur Piou reclama un sitio en la República — Del peligro de jugar con las palabras — Los 20.000 votos — ¿Vox populi, vox Dei? — ¿Es Dios quien arranca los crucifijos? — El mal menor — El complaciente abandono de los principios.
    La expresión política del “Ralliement” se tradujo en un movimiento dirigido por M. Jacques Piou: L’ACTION LIBÉRALE POPULAIRE. La gran idea de M. Piou es que, “al no ser ya atacada la República, va a romperse el único y casi indestructible lazo que une a los republicanos. Al romper con los revolucionarios los hombres de orden, se formará un gran partido moderado”.
    Para esto, M. Piou está dispuesto a todas las concesiones doctrinales. Publica en la Revue des Deux Mondes de 15 de junio de 1897 una especie de manifiesto:
    “La evolución democrática —escribe— es la característica de este siglo. Cualquiera que sea el futuro, el presente pertenece a las ambiciones del pueblo que en todas partes se levanta y domina aquí y allá. Estas ambiciones, a veces son desordenadas en sus manifestaciones pero, ¿cómo negar que no sean legítimas en su base?
    “Vienen, en descendencia directa, del mismo cristianismo. Las ideas de LIBERTAD, de IGUALDAD, de FRATERNIDAD, que las revoluciones llaman su conquista, no han sido traídas al mundo por ellas. No datan de un siglo, Sino de dieciocho siglos. Jamás ninguna sociedad civil realizará mejor el ideal democrático que la sociedad religiosa fundada por Jesucristo."
    “Queríamos aplicar a la política la igualdad ‘que el Evangelio concede a los cristianos’, escribió en su testamento un jacobino más clarividente ante la muerte que durante su vida. ‘Sin el dogma de la igualdad de las almas en el cielo, dijo a su vez Mazzini, no habríamos llegado jamás a proclamar el dogma de la igualdad de los hombres en la tierra’. “
    Esto era histórica y doctrinalmente falso. La idea, bastante pobre tácticamente, era encerrar a los republicanos en la noción de libertad con el fin de reclamarla para la Iglesia. Uno se hacía liberal para reclamar un sitio en la República.

    Decreto de la separación Iglesia-estado.
    A pesar de unas primeras desilusiones graves, al comienzo del siglo XX Jacques Piou cree todavía en la llamada al cuerpo electoral y su “Action Libérale Populaire”, que funda en 1901, “tiene por fin —dice—— defender en el terreno constitucional por todos los medios legales, y en particular por la propaganda electoral, las libertades públicas”.
    Ya estamos en la inconsistencia del vocabulario electoral, de esas fórmulas preparadas para atraer al mayor número de gente posible y que acaban por no significar ya nada.

    Mezcla de ideas para atraer gente... y grito final: "¡ Viva la República patriótica social, y libertad equitativa para todos !"
    Por lo demás, ¿era honrado poner un movimiento católico bajo el signo del LIBERALISMO, cuando los Papas —comprendido León XIII no habían cesado de condenar el error liberal? Uno de los cardenales del círculo más íntimo de Pío X dirá más tarde: “Es como si se hubiese dicho, en otra época, la acción pelagiana o la acción jansenista. En efecto, el liberalismo es un error proscripto por la Iglesia. No en vano se toma su distintivo. Las grandes desgracias de este siglo han sido concebidas por formas de expresión de las que ciertos hombres temerarios creían que el equívoco era favorable a la buena causa, pero que inventadas y extendidas por sus enemigos, acababan por hacer aceptar, con el nombre, lo que realmente significaban”.
    Se empieza por jugar con las palabras, con la apariencia que —se cree— agrada a la opinión pública, pero una vez situados en el terreno electoral somos esclavos de ellas. Cada palabra, cada objetivo se pesa no por su significación real, sino por su peso electoral.
    Jacques Piou percibe pronto el peligro:
    “Se pretende —reconoce— que invocar como principio esencial la libertad, es favorecer la libertad del mal; es testimoniar una detestable indiferencia respecto a toda doctrina y poner en un pie de igualdad, la verdad y el error. ¿Pero por qué? Nos remitimos a los términos mismos formulados por Santo Tomás de Aquino: ‘La libertad es el poder de hacer el bien, como el entendimiento es la facultad de conocer la verdad. La posibilidad de hacer el mal no está en la esencia de la libertad, ni la posibilidad de equivocarse está en la esencia del entendimiento; como la posibilidad de estar enfermo no está en la esencia de la salud’ “.
    Pero ¡ay!, las sutilezas filosóficas no tienen sitio en política: fundamentar una sociedad sobre la libertad ilimitada de opinión y de acción, es entregarla sin control a las más fuertes pasiones. No es, en absoluto, darle “el poder de hacer el bien. Cuando los equipos ‘del mal’ están instalados en el poder por el libre juego de las instituciones democráticas, su primera preocupación es precisamente impedir a este ‘poder’ que haga el bien”.
    Este liberalismo de dirección única caía en el ridículo. Basta releer hoy ese pobre “Himno de la Acción Liberal Popular” que se entonaba a modo de canto en los mítines de Piou y en el cual la poesía es tan mediocre como el pensamiento. Lo cito, porque resume toda una época, como los corsés y el sombrero hongo:
    Somos de acción liberal
    Queremos vivir en libertad
    Sí o no, a voluntad.
    La Libertad es nuestra gloria
    Gritemos: “iViva la Libertad!”
    Queremos creer o no creer.
    Refrán
    Aclamemos la acción liberal
    liberal, liberal
    que la ley para todos sea igual,
    sea igual.
    Viva la acción liberal de Piou.
    Respecto a la libertad, Piou y sus liberales iban a ver a los electores llevar al poder al F. Combes que debía desencadenar la persecución religiosa, cerrar los conventos, expulsar a los religiosos, confiscar las iglesias. La dictadura de la Masonería es total y del Gran Oriente de París con todos los recursos del poder, va a extender su acción a toda la Europa católica: en Italia, en España, en Portugal, se continuará esta infiltración visible por el canal de las logias y de la prensa cuyos órganos adoptan los mismos títulos: Le Progrés, Le Libéral, La Lanterne, La Marsellaise, Le Siécle, etc... Una segunda ola de jacobinismo se extiende por Europa.

    “En 1902 —escribe M. Joseph Denais en su estudio sobre Jacques Piou— todo podía cambiarse con un desplazamiento de 200.000 votos”. Por cerca de 200.000 votos, fue enseñado a los niños de Francia que Dios no existía.
    Ante esta persecución, Piou se lamenta:
    “La facilidad con la que se comete el atentado (se trata de la denuncia del Concordato), la impunidad que puede cubrirlo, sacan a la luz el vicio radical de las instituciones que nos rigen. Se las proclama liberales y son excelentes armas para lo arbitrario”.
    Error. Las instituciones de la III República eran perfectamente liberales. Cada uno había acudido a la Ley del Número. El Número se había declarado contra M. Piou. Ya no había nada que decir.
    Entonces, sutilizaba así:
    “Se nos ha dicho —escribía— que tenemos una Constitución; de hecho, no tenemos sino la mitad de una. Una Constitución no es un simple conjunto de leyes que regulan la forma del gobierno y las relaciones de los poderes públicos; ES TAMBIÉN UN CONJUNTO DE GARANTÍAS QUE PROTEGEN, CONTRA LOS PODERES ANÓNIMOS DE LA MAYORÍA, EL DERECHO NATURAL Y LAS LIBERTADES ESENCIALES DE LOS CIUDADANOS”.
    También ahí M. Piou se equivocaba. Estas “mayorías anónimas” son el mismo fundamento de la Democracia y ésta no tiene otro. No puede tener otro. J. J. Rousseau lo había dicho: “No puede haber ley fundamental, ni siquiera para el Contrato social”. Si M. Piou bautiza “mayoría anónima” a la voluntad del cuerpo electoral cuando aquélla se manifiesta contra sus ideas, es un mal demócrata.
    Entonces, ¿qué es? No es más que un pobre hombre que ha jugado con palabras de moda que le han estallado en sus narices como un petardo de carnaval.
    El 12 de octubre de 1905, debe reconocer que:
    “La Francmasonería es la que inspira todo, dirige todo; es ella la que elige presidente, ministros, senadores, diputados; es ella la que vigila a los funcionarios, espía al ejército, manda arrancar los crucifijos de las paredes de las escuelas y de los ayuntamientos, proscribir a los religiosos, confiscar sus bienes, cerrar las escuelas libres, perseguir a los católicos”.


    Interesante carta dirigida a los votantes, frente a las elecciones de 1902, advirtiendo sobre los peligros de la República, ocupada por masones.
    Todo esto es verdad, pero el Número lo aplaude. ¿Entonces? ¿Vox populi, vox Dei? ¿Es Dios el que ordena arrancar los crucifijos?
    Es el callejón sin salida dialéctico.
    En diciembre de 1910, M. Piou juzgará con severidad la política que ha seguido, la que él ha creído que era el “mal menor”.
    “El mal menor —dirá— ¡nos matará! El mal menor puede ser el peor de los males. El peor de los males es el abandono, la abdicación, la complacencia hacia los malos. Hay algo peor que la negación manifiesta, es EL ABANDONO COMPLACIENTE DE LOS PRINCIPIOS, es el lento deslizamiento con aires de fidelidad”
    El 10 de julio de 1914, no hay más que 23 diputados de l’Action Libérale Populaire. Antes del “Ralliement”, había 200 diputados de la Unión Conservadora.

  2. #2
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    LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO X

    DESCIENDEN HACIA LA LLANURA...
    “¿No sería mejor que pidiesen a la humanidad
    que se adaptase a la Iglesia?”
    ARTHUR L0TH, La Vérité, 5 de junio de 1896
    “¡El cisma! ¡el cisma! todo lo anuncia.”
    ÉMILE ZOLA
    “¿El siglo? ¿dónde habita? ¿dónde se le encuentra?”
    LOUIS DELSART
    La Vérité, 11 de agosto de 1894
    * * *
    "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en LA IGLESIA OCUPADA.
    * * *
    M. Emile Zola en Roma — Del Papa nada me es ajeno — París — “La mayor parte de la cosecha será para nosotros” — “No es la Iglesia la que debe cambiar, es el mundo” — ¿Hacia el cisma? — “M. Zola quiere que el siglo sea suyo”.
    * * *

    En el verano de 1894, M. Emile Zola, hizo un viaje a Roma que provocó algunos comentarios. Zola, de quien los libros Roma y Lourdes acababan de ser puestos en el Indice, multiplicaba las declaraciones, entre las cuales la más incongruente sin duda era ésta: “Voy a decidir si la vuelta al Evangelio podría asegurar la tranquilidad del alma, la paz social. Es el punto capital de mi obra” El inquieto escritor naturalista incluso hizo correr la voz de que sería recibido por el Papa, pero León XIII hizo saber que era inútil solicitar una audiencia y hasta dio consignas para que M. Zola no pudiese deslizarse entre la multitud de una audiencia pública. El escritor tuvo más suerte con el rey que se apresuró a recibirle, para provocar al prisionero del Vaticano.

    Émile Zola, naturalista y escritor.
    A Zola le humilló mucho el rechazo de León XIII y expuso su encono en Le Temps:

    “Ciertamente —decía— me hubiera gustado ver al Papa, pero era para mí un formulismo, una especie de consagración pública de mi encuesta sobre el Vaticano. Evidentemente, esto no era indispensable, pues es probable que el Papa no me hubiera enseñado nada, ni de él, ni del mundo que le rodea. Mientras que el mundo que le rodea, me ha enseñado todo lo que he querido acerca del Papa (…) con paciencia, habilidad y propinas oportunas, uno se informa siempre y en todas partes. Yo sé muy bien cómo vive el Papa, cómo se levanta y cómo se acuesta, cómo es y cómo actúa y todo sin haberlo visto; no soy ajeno a nada de lo que al Papa concierne.

    La obra de Zola apareció al año siguiente con el nombre de París. Su ambición era interpretar la fantástica empresa con la que soñaban los “innovadores” en este final del siglo XIX. Presentaba al protagonista, el P. Pierre Froment, un joven sacerdote ganado por las nuevas ideas, meditando sobre una conversación que había tenido en Roma con un cardenal:

    “Ahí encontraba el ideal de un Papa demócrata, abandonando a las comprometidas monarquías y esforzándose en conquistar al pueblo. Puesto que se había derribado al César, ¿no podía el Papa realizar la ambición secular, de ser emperador y pontífice, el Dios soberano y universal? Era el sueño que él mismo, en su humanitaria ingenuidad de apóstol se había hecho otras veces al escribir su Nueva Roma, y del que le había curado tan duramente la Roma verdadera (...) la Iglesia acercándose a la ciencia, a las democracias, a las repúblicas, CONVENCIDA DE QUE LAS DEVORARÁ SI LE DAN TIEMPO PARA ELLO.

    Pero, he aquí, que “toda una evolución sorda comenzaba en las sacristías, corrían órdenes venidas de Roma, se trataba de adherirse al nuevo gobierno y de absorberlo, invadiéndolo”.

    Émile Zola, soñaba con un Papa demócrata.
    Zola apenas exagera. Es difícil de imaginar hoy el entusiasmo que levantaba este sueño de un Papa demócrata emperador y pontífice. Pero Zola irónico señalaba:

    “En esta áspera lucha de ambiciones entre diplomáticos, el obispo se servía del ministro que creía tener interés en apoyarse en el obispo. ¿Y CUÁL DE LOS DOS ACABARÍA POR COMERSE AL OTRO? ¡Y cuál sería el papel de la religión, arma electoral, apoyo de votos en las mayorías, razón decisiva y secreta para obtener o conservar una cartera! La caridad divina estaba ausente, la amargura inundó el corazón de Pierre con el recuerdo de la muerte reciente del cardenal Bergerot, el último de los grandes santos, de las almas puras del episcopado francés donde en lo sucesivo parece ya no haber más QUE INCRÉDULOS Y NECIOS”.

    Precisamente eran “los incrédulos y los necios” mitrados con los que contaba la Francmasonería para infiltrar sus ideas en el clero. Un alto dignatario de las Logias belgas, el senador Magnette, lo proclamaba abiertamente:

    “Existe un medio que conseguirá mucho más rápidamente la infiltración de las ideas modernas, es el desarrollo de la democracia cristiana (...). La democracia cristiana será la cuña que ensanchará la abertura por donde penetrarán nuestras ideas en el denso bloque de las masas rurales y católicas.

    La democracia cristiana, cuña utilizada por los masones para infiltrarse en las ideas católicas. En la foto: Ozanam, fundador de la democracia cristiana.
    “Los ambientes que nos son obstinadamente hostiles y cerrados les son, por el contrario, de fácil acceso (a los demócratas cristianos), y la acogida, a veces marcada de salvajismo, que pueden esperar nuestros propagandistas, se hace para ellos acogedora y simpática. Ellos educan a esta masa inaccesible (…). Siembran, PERO LA MAYOR PARTE DE LA COSECHA SERÁ PARA NOSOTROS. ¡Dejémosles pues sembrar!”

    “Tratemos bien a la democracia cristiana y favorezcámosla. No está en la vanguardia de nuestro ejército, se la puede comparar de alguna manera a los guerrilleros que exploran y dan a conocer un país antes de que pueda ser COLONIZADO Y EXPLOTADO”.

    Como cinismo no hay nada mejor, pero los curas modernistas se obstinan en sembrar para los francmasones.

    Zola había llevado a su héroe junto al Papa al que no había conseguido ver él mismo, pero del cuál sabía cómo se levantaba y cómo se acostaba, y el abate Froment preguntaba a León XIII si no tendría compasión “de esa multitud que busca vagamente la idea religiosa pero que ya no quiere creer con una fe completa; si a esa multitud, a la que estos nuevos profetas declaran liberada para siempre de la antigua sumisión a los dogmas, la Iglesia se aviniera a no predicarle más que el Evangelio de la fraternidad y de la justicia social, el Evangelio de la primitiva comunidad cristiana; ¿y si Roma, donde el Papa habla, consintiese este inmenso cambio no sería un inmenso beneficio para los pueblos?“.

    No, respondía Zola en su libro, el catolicismo no puede ser la religión de la democracia, Roma no puede cambiar.

    Sí y no, alegaba el abate Charbonnel quien algunos años más tarde abandonaría la Iglesia. La Iglesia no cambiará sus dogmas, pero en el plano social cambiará, ha cambiado ya. Y, lleno de un cómico respeto por M. Zola, el abate Charbonnel escribía en L’Eclair:

    “Que si pretende, maestro, que la Iglesia vinculada a la tradición, encadenada por el dogma, tiene por primera y principal preocupación precisamente someter los espíritus a la fe íntegra, a las fórmulas literales y no dejar a la humanidad sacar del Evangelio el beneficio divino de las aspiraciones morales y de los sentimientos de solidaridad fraterna, sin haber soportado la dominación de un dogmatismo absoluto, yo diré: ‘SÍ, ESTO ES VERDAD EN UNA PARTE DE LA IGLESIA, PARA UNA TRIBU DE VIEJOS MAYORDOMOS AUTORITARIOS que ponen todo el ideal del catolicismo en una credulidad pasiva y servil: PERO ESTO NO ES VERDAD EN TODA LA IGLESIA’.

    “El liberalismo de algunos en la Iglesia, más jóvenes y más generosos, consiste en mirar la fe con toda seguridad, como el término supremo del progreso de la conciencia religiosa y, sin embargo, en reconocer FUERA DE LA FE un sentimiento religioso, inquietudes religiosas, toda la irreductible ley del fenómeno místico cuyo valor e importancia morales son innegables. Estos no se instalan como potencias olímpicas, en la cima de los anatemas, este ‘rey de los horrores’, que en efecto espanta y hace huir. No: DESCIENDEN HACIA LA LLANURA; van entre la multitud, vuelven a encontrar en su alma restos de un cristianismo olvidado, un ardiente deseo de fraternidad universal, de piedad, de justicia”.

    El abate Charbonnel en pleno delirio anuncia entonces que estos “innovadores” RESUCITARÁN A CRISTO. Para esto, no hay más que “hacer callar por algún tiempo” a los de las definiciones dogmáticas “que chocarían demasiado violentamente con la razón, penetrada como está de diversas filosofías”. Habrá que abstenerse de querer “imponer autoridad alguna a las almas, de ahora en adelante, apasionadas por la libertad”. Y el abate Charbonnel asegura a Zola: “verá que el grupo de aquéllos (los innovadores) irá fortaleciéndose y aumentando en número y en valentía. Libros tales como el suyo, maestro, ayudarán a ello por la discusión de estos altos y graves problemas, incluso aunque tengamos que protestar de algunas ideas emitidas. . .

    El artículo del abate Charbonnel tuvo cierta repercusión y M. Arthur Loth, en La Vérité, hacía observar que tales afirmaciones revelaban “un estado de espíritu más general de lo que hoy se podría creer, HASTA EN LAS FILAS DEL CLERO.

    “No faltan hoy celosos defensores de la sociedad moderna que sueñan con un cristianismo nuevo, con un cristianismo vago, sentimental, CASI SIN DOGMA Y SIN CULTO, acomodado a la apatía intelectual y moral de generaciones que ya no tienen ni la fuerza ni la Voluntad de creer. Con el pretexto de levantar a una sociedad decadente que inconscientemente se vuelve hacia el cristianismo, después de haberlo eliminado de su vida desde hace un siglo, nos proponen darle una religión sin fe, UNA RELIGIÓN A LA MEDIDA DE SU ESCEPTICISMO Y DE SU INDIFERENCIA.

    “Querer una religión empequeñecida, disminuida y más humana que divina, no es ni remediar el mal presente, ni responder a las necesidades del futuro (. . .) y hay que tener cuidado con el EVANGELIO DEMOCRÁTICO Se lo predica mucho ahora, ‘pero’ la sociedad moderna, la democracia si se quiere, necesita el EVANGELIO ÍNTEGRO, el cristianismo pleno y total. El cristianismo lleva en sí una doctrina divina; ES DE TODOS LOS TIEMPOS Y PARA TODOS LOS HOMBRES. Desde hace tres cuartos de siglo se habla de transformar el cristianismo Desde Lamennais han surgido toda clase de apóstoles de los nuevos tiempos y de reformadores, QUE HAN PEDIDO A LA IGLESIA QUE CAMINE CON LA HUMANIDAD, que se renueve con la renovación de la civilización, que se conforme al progrese de los tiempos que se reconcilie en fin con la sociedad moderna. ¿POR QUÉ NO HAN PEDIDO A LA HUMANIDAD QUE SE VUELVA A ADAPTAR A LA IGLESIA, a la civilización que se conforme con sus enseñanzas, a la sociedad moderna que se reconcilie con el cristianismo? HE AHÍ EL VERDADERO APOSTOLADO para las generaciones que sufren sobre todo por haber perdido la fe y además, con una sociedad que se desintegra y derrumba por todas partes PORQUE YA NO TIENE BASE RELIGIOSA.

    “NO ES LA IGLESIA LA QUE DEBE CAMBIAR, ES EL MUNDO. La imposibilidad en que se encuentran todos los sistemas Políticos y filosóficos de proporcionar el medio de rehacer una Sociedad estable y mejor, ¿no sería la ocasión más favorable para recoger la tesis íntegra del Evangelio?”

    Podéis pensar que si ordeno estas páginas olvidadas, no es sin segunda intención. En primer lugar desearía que el lector tuviese una idea clara sobre el engaño de los “innovadores” de finales del siglo XX. No hacen más que volver a tomar viejas teorías en las cuales M. Arthur Loth, en 1895, encontraba ya que tenían “tres cuartos de siglo”, y estas teorías han sido formalmente condenadas por la Iglesia bajo el nombre de “modernismo”; servirse de ellas es tan extravagante como querer predicar el protestantismo o el pelagianismo a Pablo VI.

    Zola mismo no creía que la Iglesia pudiese “ser ocupada” jamás por la secta modernista. Lo explicaba en Le Figaro del 2 de diciembre de 1895. Veremos qué interesante es examinar cómo los hombres de fines del siglo XIX preveían la última parte del siglo XX.

    “León XIII —escribía Zola— tiene conciencia del cisma amenazador, del cisma inminente que, fatalmente, tendrá que producirse un día. Ignoro si en el orgullo de su fe se ha confesado nunca a sí mismo su temor, que consciente o no, llevado detrás de los muros cerrados del Vaticano por todos los vientos del mundo moderno, este miedo del cisma está en él, explica por sí solo sus actos, su ardiente deseo de unidad. SU ADHESIÓN A LAS DEMOCRACIAS, SU INDULGENCIA CON LOS OBISPOS DEMOCRÁTICOS QUE SE HACEN ADORAR DE LAS MULTITUDES (alusión al obispo americano Ireland que predicaba un Parlamento de las Religiones).

    “¡Oh! Agrupar todas las fuerzas cristianas en un solo ejército para resistir a la decisiva batalla que siente llegar; tener consigo al pueblo, al pueblo victorioso de los reyes, al pueblo que Jesús amaba, servirse de los nuevos apóstoles que surgen entre los humildes, reclamando la acción de la justicia que se avecina: sí, no hay otra táctica para la vieja Iglesia católica, apostólica y romana, si quiere vivir, regenerarse y someter por fin la tierra a su dominio.

    “¡El cisma! ¡El cisma! Todo lo anuncia. Es inevitable, COMO YA LO HA SIDO UNA VEZ EN TIEMPOS DE LA REFORMA. Se le ve surgir de la tierra con las nuevas sociedades y tiene que crecer sobre las ruinas de todo lo que se desmoronan. Sin embargo, yo no creo que sea en Francia, nuestra tierra no es ya bastante nueva. Nuestro espíritu religioso es uno de los más rutinarios, de los más formalistas, de los más odiosamente estrechos que conozco. Aunque el abate Charbonnel sea puesto en entredicho dudo que se alce jamás a la talla de un Lutero.

    “Pero allá en América, ¡qué tierra virgen y fecunda para la herejía triunfante! ¡Qué fácil es imaginarse a un monseñor Ireland levantando un buen día el estandarte de la rebelión, haciéndose el apóstol de la nueva religión, UNA RELIGIÓN DESPRENDIDA DE LOS DOGMAS, MÁS HUMANA, LA RELIGIÓN QUE NUESTROS DEMÓCRATAS ESPERAN!


    “Qué multitud apasionada arrastraría tras él, y qué grito de liberación universal! ¿Lo sabe León XIII? Para mí, lo repito, que por lo menos se estremece. Y LLEGARÁ EL DÍA EN QUE, DE CONCESIÓN EN CONCESIÓN, EL PAPA REINANTE SE ENCONTRARÁ REDUCIDO AL DOGMA. ESE DÍA NO PODRÁ IR MÁS LEJOS; será Roma, la eterna, con su masa enorme de tradiciones, sus siglos, sus ruinas, la que se convertirá en EL OBSTÁCULO INFRANQUEABLE. Incapaz de transformarse más, se derrumbará. Y si el cristianismo brota otra vez, como las rosas de otoño, no volverá a florecer sino en una nueva tierra, menos saturada de historia”.

    Confesad que cuando se leen hoy páginas como ésta, son para cortar la respiración.

    Pero a finales del siglo XIX había todavía una prensa católica atenta a las maniobras del enemigo. Hubo reacciones: “¿El siglo? —preguntaba M. Louis del Sart, en La Vérité del 11 de agosto de 1894—. ¿Dónde habita? ¿Dónde se le encuentra? Imaginaos el apuro de los pobres hombres que reciben la misión de convertir al siglo. En los tiempos que corremos, se dan terribles batallas por esto; andan a la greña para hacerse con el siglo: Nosotros nos lo llevamos. —Se os escapa. —No. —Sí. —Es tan nuestro como vuestro...

    “M. Zola quiere que el siglo sea suyo y hasta amenaza a los que piensan arrebatárselo”.



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  3. #3
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    LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO XI

    LA DEMOCRACIA CRISTIANA
    Cuando la insolencia del hombre ha rechazado a Dios obstinadamente, Dios le dice al fin:
    “Hágase tu voluntad” y deja caer la última plaga. No es la peste, no es la muerte; es el hombre. Cuando el hombre es entregado al hombre, entonces se puede decir que conoce la ira de Dios.

    LOUIS VEUILLOT
    Tenemos un partido de innovadores que está
    inventando la Iglesia.

    ARTHUR LOTH
    La Vérité, 23 de septiembre de 1896
    Los periódicos no deberían aparecer más que
    en blanco.

    MONS. D’HULST
    * * *
    "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en LA IGLESIA OCUPADA.
    * * *
    ¿Qué perturbación es ésta? — ¿Democratizar a los católicos o cristianizar a los demócratas? — L’Etape de Paul Bourget — Abandono del orden corporativo — Las tres tendencias de la democracia cristiana — Un debate entre L’Univers y la Gazette de France — El becerro de oro — En todas las épocas hay personas que creen que todo comienza con ellos — Una sociedad de propaganda democrática — El padre Garnier — La ciudad dormida — León XIII reacciona — La palabra y la cosa.
    _____
    ¿Cuál es la perturbación que invade la Iglesia a finales del siglo XIX?
    La Sociedad se organiza sobre bases que ya no son las bases cristianas. Las ideas de la Revolución de 1789 ganan al mundo. Ante tal situación, dos actitudes son posibles: resistir o adaptarse.
    Resistir, quiere decir sostener las fuerzas políticas que tienen por objeto la restauración de la Sociedad sobre sus bases tradicionales; adaptarse, quiere decir buscar coexistir con principios opuestos.
    Las ideas coexisten difícilmente. En estas situaciones siempre hay un vencido.
    La Iglesia, cuya doctrina servía de medida a la civilización occidental, era invitada a conciliar su doctrina con la de la Revolución.
    Buscar un compromiso con el error, ¿no es, al mismo tiempo, comprometer la verdad? Y si uno sigue este camino ¿hasta dónde le llevará?

    El compromiso político de los católicos tenía una importancia considerable. Literalmente podían modificar el “sentido de la historia”. ¿Iban a hacer frente resueltamente al sistema demoliberal, como Roma no había cesado de aconsejarles desde la Revolución, luchar por la restauración de un orden social, corporativo, jerarquizado, conforme a la Tradición, partiendo del principio de que lo que una propaganda había deshecho, otra propaganda podía restaurarlo? O bien, ¿iban a entrar en el sistema democrático liberal, aceptar no ser más que un elemento de él y no contar en los destinos del país más que por su peso electoral? Y, aún así, en el platillo de esta balanza electoral, donde aceptarían ver pesar la existencia o la no existencia de Dios, ¿qué programa, qué doctrina política social iban a poner?
    * * *
    Desde 1893, un patrón del norte, M. Léon Harmel convocaba cada año un Congreso Obrero Católico. El primero había reunido un centenar de participantes, el segundo seiscientos y se había decidido la creación de “Uniones Democráticas” departamentales.
    M. Léon Harmel, reformista.
    Fijemos desde ahora la corriente del pensamiento de la que va a salir la democracia cristiana: en primer lugar, en el plano de la estructura de la sociedad, Léon Harmel ha hecho triunfar la tendencia reformista contra la tendencia del sistema corporativo que preconizaba reformas de estructura. El principio de la sociedad capitalista liberal no se pone en duda.
    En Lyon, en 1893, un grupo de jóvenes católicos lanza un semanario: La France Libre, que preconiza una democracia cristiana, por lo demás violentamente antisemita, su primer congreso fue preconizado por Edouard Drumont, autor de la France juive.
    En 1897, ponen las bases de un “Consejo Nacional de la Democracia Cristiana” que dispone de numerosos diarios para difundir sus ideas: La Croix, L’Univers, Le Peuple Français, La Justice Sociale, La France Libre.
    Albert de Mun captó todo el peligro de la organización en partido político de una fracción de los católicos:
    Albert de Mun, intenta corregir el error en vano.
    “Temo —escribía— que arrastrados por la acción política, por el ardor de las polémicas y la agitación de las necesidades públicas, perdáis un poco de vista lo que tendría que ser a mis ojos el principal objeto de vuestras preocupaciones, la organización profesional y las obras sociales (…) hacéis demasiada política”.
    Esta lamentable orientación tomada a finales del siglo XIX, va a tener como consecuencia que la democracia cristiana hará mucho más por DEMOCRATIZAR a los católicos, que por CRISTIANIZAR A LOS DEMÓCRATAS.

    Por la posición que han adoptado, los demócratas cristianos van a verse empujados a tomar con demasiada frecuencia “como adversario principal la antidemocracia de sus hermanos católicos”, singulares “convertidores”, pronto ganados para los mismos odios de sus aliados políticos.
    El padre Paul Naudet había trazado las líneas generales del programa de la democracia cristiana con ocasión de un discurso pronunciado en Lieja el 6 de agosto de 1893:
    “Desde el punto de vista político —declaró— los demócratas cristianos reclaman una organización normal del sufragio universal (...) el referéndum permitirá a la nación juzgar por sí misma y sin apelación, de sus más graves intereses”.
    Los demócratas cristianos abandonaban la noción de un orden establecido por Dios para ligarse a un orden establecido por la ley del Número.
    Paul Charles Joseph Bourget
    En L’Etape (La Etapa), Paul Bourget, ha reflejado admirablemente este drama: Jean Monneron un incrédulo en vías de conversión choca con un sacerdote demócrata, el padre Chenut, que ve en el Evangelio el espíritu de la divisa republicana: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Monneron, que viene precisamente de este lado, le desengaña: él ve en el Evangelio otra divisa: Disciplina, Jerarquía, Caridad.
    —“No hay contradicción entre los dos programas —dice el sacerdote.
    —“Para usted no, Padre —respondió Jean—, porque Ud. admite la Iglesia, y por consiguiente el orden Romano que ella ha trasladado al orden espiritual pero, para los que no lo admiten, la primera de estas dos divisas es la anarquía. Peor, es la anarquía armada de principios”.
    Monneron hablaba con Pío IX que había establecido firmemente esta verdad política, moral y religiosa sobre Ia cual hay que sostenerse como sobre una roca:
    “No es cierto que la voluntad del pueblo, manifestada por la opinión pública o de cualquier otra manera, constituya la ley suprema, independiente de todo derecho divino o humano”.
    Monneron veía, como Louis Veuillot, la espantosa tiranía que se encuentra al final de esta aparente libertad:
    Louis Veuillot, lo veía claro.
    “Cuando la insolencia del hombre —decía Veuillot— ha rechazado obstinadamente a Dios, Dios le dice al fin:
    ‘Hágase tu voluntad’ y deja caer la última plaga. No es el hambre, no es la peste, no es la muerte; es el hombre. Cuando el hombre es entregado al hombre, entonces se puede decir que conoce la ira de Dios”.
    Al deslizamiento en el terreno político, preparado por la democracia cristiana, iba a corresponder un deslizamiento en el plano social. La democracia cristiana tiende a desprenderse de una concepción general de la sociedad y cae en el OBRERISMO. Se pierde de vista el conjunto para encerrarse en lo particular.
    En 1893 tiene lugar el primer Congreso sindicalista cristiano en Reims. Esto era adoptar los métodos socialistas, pero sin poder quedarse en la lógica del sistema, y esta contradicción, que va a dominar el movimiento obrero cristiano, lo conducirá a aliarse con la dialéctica marxista, pues todo movimiento de clases tiende necesariamente a insertarse en una visión marxista del mundo.

    La primera consecuencia de este Congreso de 1893 fue la de dar un duro golpe a los sindicatos mixtos pre-corporativos. Léon Harmel se ha pasado del lado del sindicato de clases. Leclerq funda uno de ellos entre los obreros metalúrgicos de Lille. Su periódico se llamará:
    Le Peuple. Ya tenemos esta oposición entre “el pueblo” y ¿qué?, ¿la élite?, ¿los patronos’? Todavía no está definido, pero ya existe la promesa de un antagonismo.
    Le Peuple se convertirá en el órgano de la Unión Democrática del Norte y el padre Six funda su revista:
    la Démocratie-chrétienne. En los años 1894-95, surgen un poco por todas partes “Uniones Democráticas”. La idea es la de un partido obrero cristiano que se podría oponer al partido socialista. Idea generosa, pero se está en el terreno del adversario; los demócrata cristianos se han casado con el siglo y se han encontrado después en el lecho de la Revolución.
    Desde sus primeros pasos, la democracia cristiana se encuentra repartida en tres tendencias:
    Primero está la tendencia antiliberal, todavía fuertemente teñida de espíritu corporativo, que ha leído a Drumont y ha tomado conciencia del mecanismo de expoliación de la plutocracia. Es violentamente antisemita. Buen número de sus partidarios se volverán a encontrar en la Ligue Antisémitique, y más tarde en L’Action Française.

    La segunda tendencia, puramente caritativa, que expresa el verdadero pensamiento del Papa, acabará por perder toda influencia en provecho de la tercera tendencia, la de los demócratas obreros que se complacen en las alianzas con la izquierda y acabarán por triunfar, clasificando definitivamente el movimiento demócrata cristiano a la izquierda.
    Algunos se inquietan por ello, como el padre Garnier que abandonará la política y lanzará la LIGUE DE L’EVANGELIQUE, lo que le valdrá esta curiosa observación de M. Vaussard en su Histoire de la démocratie chrétienne (Historia de la democracia cristiana), que el abate era “en el fondo, más clerical que demócrata”.
    Aceptando el liberalismo democrático, los demócrata cristianos se condenaban a aceptar la lucha de clases que nace necesariamente del enfrentamiento de intereses divergentes, libremente abandonados a proseguir su antagonismo, mientras que el sistema corporativo, lo evita fundando los diferentes intereses en el único, el de la profesión y, en el plano orgánico del Estado, basando el conjunto de los intereses profesionales en el interés nacional.
    El sindicalismo democrático iba a reforzar las contradicciones internas de la sociedad democapitalista.
    ***
    “No, realmente no —reconocerá el padre Dabry en 1904—, el Papa no había mandado ser republicano ni teórica, ni prácticamente. Había declarado y afirmado abiertamente que se podía serlo. Esto era un cambio enorme porque hasta entonces se había sostenido que república y catolicismo no concordaban” ‘.
    Los curas demócratas de fines del siglo XIX se imaginaban ingenuamente que “la democracia es el fruto de la evolución histórica” y se alegraban de ello, pues les parecía conforme a la igualdad y la fraternidad evangélicas. “El advenimiento de la democracia —declara el padre Gayraud—, considerado en sí mismo y abstracción hecha de las causas inmediatas que lo han traído, es el término de la evolución social comenzada en el mundo por la proclamación del dogma de la divina fraternidad”.
    En el plano social, se oponen a los social cristianos corporativistas como La Tour du Pin y de Mun, porque, nos lo dice M. Dansette —y esto es muy importante— “rechazan la jerarquía”.

    La idea democrática lleva consigo la negación de la idea de jerarquía y por eso mismo funda el poder en la masa indiferenciada. Así la Iglesia, en el momento en que comprueba que ha perdido el beneplácito de la mayoría del cuerpo electoral que envía regularmente a la Cámara de diputados mayorías anticlericales, juega su futuro con la democracia.
    Si la democracia cristiana puede concebirse, es a partir de una sociedad cristiana en la cual la unidad de fe sería el fundamento del acuerdo entre los dirigentes; pero emprender la acción contraria, a partir de una sociedad hostil a la concepción cristiana del mundo y someterse a la ley del Número es suicida.

    León XIII tiene miedo. Ha querido romper la alianza secular del Trono y del Altar para atraerse a la República y he aquí que se deriva hacia una identificación de la Iglesia y de la Democracia. No es eso lo que quería. Lo dice en enero de 1901 en la encíclica Graves de communi donde se afana en retirar todo sentido político a la expresión democracia cristiana, para no dejarle más que el “de una beneficiosa acción religiosa en el pueblo”.
    Pero la moda entre el clero joven está por la democracia. La preparación de las elecciones, las campañas electorales permiten publicar periódicos, hacerse conocer. Se mezcla en ello una ingenua vanidad de sacerdote joven, feliz de tener un auditorio más amplio que en su homilía, aunque algo menos puro también, y así poder tratar de igual a igual con los obispos desde las columnas de su periódico. El padre Naudet tiene su Justice Sociale, el padre Davry su Vie Catholique, el padre Garnier su Peu- ple Français. Cuando al primero se le prohíbe su periódico por el obispo Périgueux, replica: “Un solo obispo es poco”. El arzobispo de Rennes sigue el ejemplo del de Périgueux, el padre Naudet se enfada: “Monseñor, el arzobispo de Rennes ha creído acaso que se nos podía tratar como a pobres vicarios a quienes se habla desde arriba y a quienes obligan a inclinarse profundamente porque se tiene su destino entre las manos. Monseñor, el arzobispo de Rennes, se ha equivocado, no somos vicarios sin categoría”.

    Evidentemente, Roma debía intervenir y condenar a los padres Naudet y Davry; pero como sucede siempre en estas ocasiones, un movimiento había nacido, se había lanzado una idea que, por su novedad y hasta por su escándalo, iba a hacer vibrar a los seminaristas y a la juventud. La política del “Ralliement” —“sólo por un momento”— había desencadenado fuerzas insospechadas, había transformado la Iglesia, como decía La Vérité Française, en “sociedad de propaganda democrática”.
    Se comenzaban a oír extraños sermones en ciertas iglesias, tal como el que dejó estupefactos a los fieles de la basílica del Sacré-Coeur, el 8 de mayo de 1894:
    “Tú, Democracia, ¿escucharás a Lourdes, al Sagrado Corazón, a Juana misma que viene a invitarte a la consagración en nombre de Dios? Pero para que sea el Pueblo-rey de parte de Dios, hace falta que haya recibido de Dios la consagración de los reyes. Pero bien veo la corona sin heredero, como en tiempos del Delfín; busco sobre tu frente ¡oh Pueblo!, la unción del santo crisma, busco la consagración de los reyes y no la veo aún. Vamos, deprisa! Apresuremos el día de la consagración como Juana de Arco y, terminada la consagración, Francia será salvada. Mas, ¿cómo se puede consagrar a un pueblo? ¿Hay que convocarlo en Reims? No, la cabeza de un pueblo está en su capital; y su frente es este monumento que domina su cabeza... es la basílica del Sacré-Coeur... he aquí la frente de la Democracia francesa... el día de la consagración del Voto Nacional, ¡será el día de la consagración de la Democracia!“.

    “He aquí —escribirá el cardenal Billot— un nuevo tipo de sacerdote, el sacerdote laico, despojado de su carácter divino, armonizando con el siglo su predicación, su enseñanza, su ministerio y su conducta”.
    Cuando se examina hoy el fárrago de libros, de artículos y de discursos que han puesto frente a frente a los católicos en este fin del siglo XIX, en relación con la idea democrática, no podemos dejar de pensar que todo este papel, toda esta tinta, todo este talento hubiesen estado mejor empleados en la conversión de los pecadores.
    Las divisiones fueron profundas, cada clan tuvo su prensa, sus autores. Ya no se podía decir: los católicos.
    Había que precisar cuáles.
    M. Eugène Veuillot: ¿Qué es la democracia?
    “¿Qué es la democracia? —preguntaba M. Eugène Veuillot en L’Univers—, ¿es el desorden, la demagogia, el socialismo, el radicalismo, la revolución? No. No es necesariamente la República, es una forma de gobierno, una organización política donde el elemento popular, ACTUANDO SEGÚN UNAS REGLAS Y UNAS INSTITUCIONES DETERMINADAS, es preponderante y dispone en principio del poder”.
    A lo que el editorialista de la Gazette de France respondía: “El elemento popular, dice (M. Eugène Veuillot) que actúa según ‘unas reglas’, ‘unas instituciones determinadas’.
    “Se abstiene de definir estas reglas, de dar a conocer la fuente, el origen, el principio de ellas.
    “Ahora bien, todo está ahí. Esta es la cuestión.
    “La Democracia tiene por base el ‘Número soberano’, que CREA el Derecho, lo transforma a su manera y por consiguiente, lo cambia.
    “El juego democrático es el Poder Pagano, ateo por excelencia, porque es la misma negación de la Ley Divina.
    “La Democracia descansa sobre los Derechos absolutos del Hombre que ha sustituido a los Derechos de Dios y por consiguiente de la Iglesia.
    “Mientras los cristianos repiten que todo poder viene de Dios, los demócratas proclaman que todo poder viene del Hombre y está formulado por el Número”.
    El editorialista de la Gazette de France añadía, no sin ironía:
    “Mientras Moisés escribía la Palabra de Dios, Aarón aplicaba el principio democrático, confeccionando un Becerro de Oro por deseo del Número y para el cual cada uno llevaba una parte del metal con el que debía ser fundido el dios de la Democracia, el dios de la multitud, de la mayoría”.
    El becerro de oro, una de las primeras expresiones democráticas.
    Arthur Loth siempre en la avanzada tomaba el asunto bajo otro ángulo:
    “Tenemos —escribía— un partido de innovadores que está inventando la Iglesia. A algunos de los que escriben en los periódicos, reforzados por curas demócratas, se les ha ocurrido que el clero debe acercarse al pueblo. Verdaderamente, ¡vaya descubrimiento después de dieciocho siglos de cristianismo! Pues, ¿qué ha hecho la Iglesia durante todo este tiempo? Se diría que ha nacido ayer, que proviene de ciertos movimientos de la opinión, de cierta evolución que hemos visto producirse ante nuestros ojos. En todas las épocas hay personas que creen que todo comienza con ellas... Sí, hay que acercarse al pueblo y la Iglesia no ha hecho más que eso desde que existe. Sí, hay que acercarse al pueblo, y la historia de los progresos del Evangelio en el mundo no es sino la historia de toda clase de actuaciones de la Iglesia acerca de los pueblos, cerca de los individuos. ¿Es éste acaso un programa nuevo? Y, ¿ por qué toman aires de innovar, de predicar la reforma proclamándolo a toda voz, como si hubiese en el clero, entre los católicos, un partido que no estuviese de acuerdo en que hay que acercarse al pueblo Pero (para los innovadores) acercarse al pueblo no es como se ha creído hasta aquí, predicar, instruir, exhortar, administrar los sacramentos, rezar, dar buen consejo, practicar la caridad, hacer el bien en todas sus formas acercarse al pueblo, es (se nos sigue diciendo hoy) correr las calles, las plazas y las salas públicas.

    “Sea, admitamos eso también. Pues, ¿quién ha pretendido jamás que el sacerdote debiera encerrarse en la sacristía y en su presbiterio; que el laico debiera limitarse a lamentarse al pie del altar de las desgracias de los tiempos? ¡Que se ensanche el campo de acción de los sacerdotes y de los fieles, nada mejor! pero, ante todo los reformadores deberán inspirarse en el verdadero espíritu del Evangelio, penetrarse del carácter sobrenatural del cristianismo, actuar más según la gracia que según la naturaleza, y no desear nada que no sea conforme a la divina institución de la Iglesia y que no encaje con el carácter apostólico del celo. También deberán tener en cuenta las dificultades de los tiempos. Se olvida demasiado que la Iglesia sufre todavía en Francia las terribles consecuencias de la Revolución, a la que desgraciadamente han contribuido demasiados eclesiásticos, ardientes partidarios, como algunos de nuestros curas de hoy, de las ideas liberales y de las reformas democráticas. Si el clero ha sido obstaculizado en su acción, si no ha podido trabajar mejor fuera, mezclarse más con el pueblo, entregarse al apostolado exterior, hacer además gran número de obras que le hubiesen acercado a las masas, es porque la Iglesia no disfruta ya en Francia desde hace un siglo, ni de la libertad, ni de la propiedad, ni del derecho propio que le son necesarios para cumplir toda su misión...

    “Lo peor sería que para acercarse al pueblo, como ellos lo entienden, la Iglesia se apartase de SU VERDADERO PAPEL, de su verdadera misión; que saliese de sus templos, que abandonase el púlpito y el confesionario e incluso el altar, PARA TRANSFORMARSE EN UNA SOCIEDAD DE PROPAGANDA DEMOCRÁTICA, predicando a tontas y a locas la justicia social en los clubes, denunciando los abusos de la sociedad burguesa en el mundo del trabajo, aferrándose más a hacer valer los perjuicios de las clases obreras que a hacer penetrar en ellas las lecciones de la religión.

    “Ante todo, la misión de la Iglesia es una misión espiritual, SUS VERDADEROS MEDIOS DE ACCIÓN SON LOS MEDIOS ESPIRITUALES; su verdadero papel social es el de extender la enseñanza religiosa, comunicar la gracia divina por los sacramentos, aliviar las miserias, endulzar los infortunios, socorrer a los humildes y a los desgraciados, predicar a todos la justicia, el deber, la paz. Debe acercarse al pueblo, no tomando apariencias políticas, mezclándose en las luchas y en las pasiones sociales, sino quedándose en lo que es, una institución eminentemente espiritual, y no usando sino los medios de acción que le son propios, la predicación, el ejemplo, el celo, la caridad.

    “La fuerza de la Iglesia está en sí misma; en su institución divina, en su disciplina, en su jerarquía, H su misión sobrenatural, en su santidad. Actúa sobre todo por la oración y la gracia. Desperdigándose demasiado hacia fuera, debilitaría su fuerza interior; queriendo actuar demasiado por medios humanos, perdería su eficacia espiritual. EL GRAN NEGOCIO DE LA IGLESIA ENTRE LOS HOMBRES ES SER SANTA. Que sea santa, que su clero sea santo, que sus fieles sean santos y así la habitará una gran virtud y el pueblo atraído por su divino ascendiente vendrá a ella”.

    Ya veis como la verdad es constante en su expresión. Esta gran página que está muy por encima de las polémicas de los tiempos, podría ser recogida palabra por palabra todavía hoy. Pertenece a esta “Biblioteca del Orden” de la que hablaba Léon Daudet en el Stupide XIX siècle (El estúpido siglo XIX) y que aconsejaba oponer a la Biblioteca del Desorden.
    * * *

    Entre los “curas demócratas” uno de los que supo evitar ciertos excesos y a veces se le lee con interés, es el abate Garnier. Decía en su Peuple Français que había entrado en la República con “ímpetu”, pero que no se había entregado al espíritu del partido. Daré una página suya que ha conservado algún interés:
    El abate Garnier observa su época. Estamos a comienzos del año 1894 y ve a unos hombres “que cuentan en la acción política. Les hace falta —escribe— un hombre, una espada o un sable, un partido o un ejército.
    No han comprendido nunca QUE LA TRANSFORMACIÓN SE REALIZA POCO A POCO, POR EL CAMBIO DE LAS IDEAS Y LOS SENTIMIENTOS EN LOS CORAZONES, parecido a como los albañiles edifican nuestras casas (. . .). Otros tienen instituciones para reformar la sociedad. Bien sean parecidas a las del pasado o bien presenten otra organización, cuentan con ellas como un medio infalible para todas las mejoras sociales. ¿No habría aquí un error tanto más desastroso cuanto que es fundamental? ESTAS INSTITUCIONES, ¿NO FUERON MÁS BIEN EFECTOS QUE CAUSAS? ¿No son más bien frutos que raíces?...

    “La historia nos muestra que hace dos mil años, la sabiduría de los filósofos y la elocuencia de los oradores, todos los progresos de una dorada civilización y el último acabado de la perfección en la literatura de alto nivel o las bellas artes no impedían que la cuestión social estuviese en todo su apogeo. HAN HECHO FALTA LOS MEDIOS SOBRENATURALES, la presencia de un Redentor y los frutos de la Redención para comenzar el movimiento de salvación social. HA SIDO NECESARIO JESUCRISTO. HE AQUÍ LA BASE; no hay otra y no queremos otra.
    “Han sido necesarias las instituciones de caridad y de justicia, la fundación de escuelas y de colegios, de orfelinatos y de hospitales, con todo el régimen cristiano de la propiedad y del trabajo.
    “PERO ERA UNA COSECHA, y durante siglos hizo falta arrojar la semilla para poder recogerla.
    “Hicieron falta obras materiales, instituciones económicas, pero extraían su savia y encontraban su primer principio del espíritu mismo del Cristianismo, de las grandes verdades del Evangelio, que mueven profundamente las almas, y en la caridad, o mejor, en el amor divino que transforma el mundo.
    “Hicieron falta instituciones políticas para regular los grandes intereses de un país y las relaciones de los pueblos entre sí; pero ESTAS INSTITUCIONES ERAN LA COPA DEL ÁRBOL, el tejado de la casa. ¡Qué error querer hoy volver a empezar por el tejado la construcción de esta casa en ruinas! ¿No sería extraño ver crecer el árbol por la copa?

    “Verdaderamente la conducta de nuestros excelentes amigos de la Gazette de France y otros órganos nos parece bien extraña. Se podría traducir en los términos siguientes: ‘Ved a estos bribones de judíos y francmasones; desde hace dos siglos socavan los cimientos de la casa y, al mismo tiempo hacen vacilar los pisos superiores; ya han tirado el tejado que era la monarquía y con ella, ¡cuántas partes vivas! ¡Pues bien! Vamos a jugarles una mala pasada, SIN OCUPARNOS DE LOS CIMIENTOS, VAMOS PRIMERO A RESTAURAR EL TEJADO, ¡venid, amigos, y que todos nuestros esfuerzos se concentren en este punto capital!’
    “Lo malo es que el punto no es punto capital en absoluto, porque mientras estos esfuerzos se llevan a cabo, están condenados por adelantado a la esterilidad, y el enemigo continúa socavando los mismos cimientos de la casa.
    “En cuanto a nosotros, queremos restablecer las cosas en su orden natural y necesario. Un estado social es una cosecha inmensa que hay que sembrar primero si se quiere recogerla después. Comencemos por sembrar”.
    “Cuando se nos decía: la monarquía es indispensable, aquí la forma puede más que el fondo..., hemos respondido con frecuencia: LA PRUEBA DE QUE LA MONARQUÍA NO TIENE TAL EFICACIA, ES QUE EL MAL SE HA HECHO BAJO EL RÉGIMEN MONÁRQUICO. Con la monarquía, el mal de la Revolución y de todas sus ruinas se ha preparado lenta y tranquilamente. No, no, la cuestión vital para Francia no está ahí, ESTÁ EN LOS PRINCIPIOS QUE SE LE DA, en la enseñanza con la que se la alimenta”
    Esto merece una discusión.

    No veo ningún inconveniente en conceder que las instituciones son “cosechas”, que no pueden conformarse sino con los principios que coronan, que la monarquía era la copa del árbol. Todo esto es totalmente cierto. Tampoco veo inconveniente en aceptar que la Revolución se ha hecho bajo la monarquía y precisamente, porque la Institución ya no descansaba en el espíritu de los hombres de aquel tiempo, sobre los principios que ella corona. Los enciclopedistas, los francmasones y un cierto clero, habían hecho vacilar los cimientos y el tejado ha caído. También estoy de acuerdo en que volver a poner un tejado sobre una casa en ruinas es una bobada y un gasto inútil, pero.
    Pero, ¿no es posible sembrar buenos principios diciendo de qué simiente se trata? ¿No es conveniente prever el tejado cuando se construyen los muros? Y además, los monárquicos católicos SABÍAN que el régimen que preconizaban era la coronación natural de los principios que defendía el abate Garnier, que lo había sido de forma natural en el pasado, que no se había derrumbado sino DESPUÉS del hundimiento de los principios cristianos en el siglo XVIII, que las responsabilidades de la Revolución estaban por lo menos compartidas entre el Trono y el Altar, mientras que el abate Garnier NO SABÍA a dónde le arrastraba la democracia, y los principios sobre los que se apoyaba: ley del Número y voluntarismo democrático, eran contrarios a los de la Iglesia, igual que el principio de Lutero del que procedían.
    Dicho esto, era exacto que “la cuestión vital para Francia” está “en los principios que se le dan y en la enseñanza con la que se la alimenta”. El primer objetivo es pues la conquista del Estado.

    Era hacer mal las cosas comenzar por consolidar la República masónica. A un redactor de Le Matin que había interrogado a un alto dignatario de la francmasonería, éste le contestó tranquilamente:
    “Se dice que no somos liberales, que somos SECTARIOS.
    Por mi parte, me honro con este reproche.
    Tenemos que hacer triunfar un ideal que es la antítesis del ideal religioso (...). Para asegurar el éxito final de nuestras ideas, para acabar con enemigos encarnizados es necesaria una organización duradera; los que asumen las responsabilidades deben saber hablar firme y saber hacerse obedecer. Hacemos la guerra, somos un ejército, nada sin disciplina…, quieren acabar con nosotros, acaso nosotros acabaremos con nuestro adversario”

    Aristide Briand.
    En L’Humanité, Aristide Briand escribía con el mismo cinismo:
    “La Iglesia es una ciudadela dormida, sus murallas están desprovistas de cañones, sus arsenales vacíos, sus ejércitos dispersos, sus jefes amodorrados. Si sabemos hacer la cosas, caeremos de improviso sobre esta ciudadela sin defensa y la tomaremos sin combate, como los soldados de Mahoma tomaron Bizancio”.
    Recorred los periódicos de la época, siempre es el mismo espectáculo: una República masónica, poderosa, agresiva, legislando con todas sus fuerzas contra los católicos; enfrente, unos demócrata cristianos minoritarios, hipnotizados por el espejismo de las BUENAS ELECCIONES que les darán el poder, quedando siempre aplastados y cayendo al grito de: “ Viva la República !“. Es un espectáculo asombroso.
    La posición de la democracia cristiana ofrecía también otro peligro que M. Nel Aries resumía en esta fórmula sorprendente:
    “Los francmasones identifican MASONERÍA y democracia. Los demócratas cristianos identifican DEMOCRACIA Y CRISTIANISMO. Entonces, si dos cosas iguales a una tercera son iguales entre sí, resultaría que la Masonería sería el verdadero catolicismo”.
    Estamos en ello.
    Harto de todas estas polémicas Mons. d’Hulst tuvo un día una frase atroz:
    —Los periódicos —dijo— no deberían aparecer más que en blanco.

    Tenemos que ver ahora cuál fue la verdadera postura de León XIII ante la democracia cristiana.
    En la medida en que ésta se presentaba como un desarrollo de la doctrina social de la Iglesia el Soberano Pontífice hacía notar que “al principio, esta especie de beneficencia pública (cooperación de católicos bajo los auspicios de la Iglesia en favor del pueblo) NO SE DISTINGUÍA GENERALMENTE POR NINGUNA APELACIÓN ESPECIAL. El término de SOCIALISMO CRISTIANO, introducido por algunos, y otras expresiones derivadas de ésta, han caído precisamente en desuso. Después, fue del agrado de algunos, y con buena razón, llamarla ACCIÓN CRISTIANA POPULAR. En algunos lugares, a los que se ocupan de estas cuestiones se los llama CRISTIANOS SOCIALES. En otros sitios, a lo mismo se le llama DEMOCRACIA CRISTIANA y a los que se entregan a ella DEMÓCRATA CRISTIANOS; por el contrario, al sistema defendido por los socialistas se lo designa bajo el nombre de DEMOCRACIA SOCIAL.

    “Ahora bien, de las dos últimas expresiones enunciadas arriba, si la primera, CRISTIANOS SOCIALES, no levanta ninguna reclamación, la segunda, DEMOCRACIA CRISTIANA hiere a muchas gentes honradas que le encuentran UN SENTIDO EQUÍVOCO Y PELIGROSO. Desconfían de esta denominación por más de un motivo. Temen que esta palabra disfrace mal al gobierno popular o marque a su favor una preferencia sobre las otras formas de gobierno. Temen que la virtud de la religión cristiana parezca como restringida a los intereses del pueblo dejando de lado, de alguna forma, a las otras clases de la sociedad. Temen en fin, que, BAJO ESTE NOMBRE ENGAÑOSO, se esconda algún propósito de desprestigiar cualquier clase de poder legítimo, ya sea civil, ya sea sagrado (...)“.
    El papa León XIII.
    Y León XIII encerraba entonces la noción de DEMOCRACIA CRISTIANA en tan estrechos límites que desbordaba por todas partes.
    “La democracia cristiana —decía—, por el solo hecho de decirse cristiana, debe apoyarse en los principios de la fe divina como en su propia base”.
    Esto era rechazar la idea democrática de sumisión a la ley del Número, infaliblemente condenada si se oponía a la ley divina.
    León XIII también le cerraba el paso en otra dirección:
    “Hay que conservar —decía—, al abrigo de todo daño, el DERECHO DE PROPIEDAD y de posesión, mantener LA DISTINCIÓN DE CLASE que, sin duda, es lo PROPIO DE UN ESTADO BIEN CONSTITUIDO; en fin, hace falta que acepte dar a la comunidad humana una forma y un carácter en armonía con los que ha establecido el Dios Creador”.
    La referencia fundamental era pues la “constitución esencial de la humanidad” y no la voluntariedad democrática.
    Finalmente, León XIII vaciaba literalmente la expresión de “democracia cristiana” de todo sentido político. Lo decía expresamente:
    “SERÍA CONDENABLE DESVIAR EN UN SENTIDO POLÍTICO EL TÉRMINO DE DEMOCRACIA CRISTIANA. Sin duda la democracia, según la misma etimología de la palabra y el uso que han hecho de ella los filósofos, indica el régimen popular, pero, en las circunstancias actuales, hay que emplearlo únicamente QUITÁNDOLE TODO SENTIDO POLÍTICO y no dándole NINGUNA OTRA SIGNIFICACIÓN MÁS QUE LA DE UNA BIENHECHORA ACCIÓN CRISTIANA ENTRE EL PUEBLO (. . .). Las intenciones y la acción de los católicos que trabajan por el bien de los proletarios, no pueden con toda seguridad, TENDER JAMÁS A PREFERIR UN RÉGIMEN CIVIL A OTRO, NI A SERVIRLE COMO MEDIO de introducirlo”.

    M. Fonsegrive confesará en La Quinzaine que habían sido necesarias “fuertes presiones” cerca de León XIII, para hacerle consentir que se diese el nombre de “democracia cristiana” a la acción popular inspirada por los principios cristianos que él deseaba.
    El clan modernista se burlaba.
    —Le hemos hecho tragarse la palabra, haremos que se trague la cosa.
    Y el padre Davry escribía fríamente:
    “La Iglesia recobra hoy el verdadero programa, el verdadero espíritu de la Revolución”.
    Un afiliado a la democracia cristiana, Mons. Boeglin, corresponsal en Roma de un gran número de periódicos católicos, escribió bajo diversos seudónimos que León XIII aprobaba “la palabra y la cosa”.
    Marc Sangnier, no se andaba con rodeos: “De ahora en adelante —escribía— la democracia cristiana forma parte del catolicismo; ya no se podrá ser católico sin ser demócrata cristiano”
    Así, al magisterio de la Iglesia, venía a sustituirlo una especie de magisterio de la prensa demócrata cristiana.



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    Respuesta: La Iglesia ocupada

    LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO XII

    ¿LEON XIII DEMOCRATA?
    “Los que hoy dicen que todo poder viene del pueblo siguen las huellas de los impíos que, en el pasado siglo, se adornaron con el título de filósofos”...
    LEÓN XIII
    * * *
    "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en LA IGLESIA OCUPADA.
    * * *
    Un joven prelado italiano en 1830 — El juicio de Gambetta — Algunos textos de León XIII — El Doctor y el diplomático.
    _____
    León XIII ha sido uno de los papas más discutidos de la historia contemporánea. Unos y otros han querido tenerle de su parte. ¿De dónde venía esta ambigüedad? ¿Era aparente o real?

    Para Maurras, la explicación estaba en la edad del Pontífice:
    “Cuanto más pienso en ello —escribía— más necesario me parece tener en cuenta las ideas personales de León XIII, su inclinación por Francia, sin olvidar tampoco la edad del Pontífice con el fin de comprender bien lo que esto significa. No es nada decir que había nacido en 1810 si, al mismo tiempo, no se pone atención en que pertenecía a la generación de Alfred de Musset y de Montalembert, nacidos como él en 1810, de M. de Falloux, nacido en 1811, de Proudhon, nacido en 1809, y que el momento decisivo de su vida intelectual debió ser el año 1848.

    Charles Maurras

    “Tenía 38 años, todas sus ideas estaban maduras. Discípulo, pero discípulo ortodoxo de Lamennais, condiscípulo de Lacordaire y de Gerbet, necesariamente debía informarse con avidez de todo lo que hacía Francia en ese momento. Ahora bien, la Segunda República se caracterizaba por dos acontecimientos: el carácter ampliamente religioso del primer movimiento republicano y la intervención romana en 1849; al lado de los cuales, las jornadas de junio, la anarquía y el levantamiento, palidecían extraordinariamente para quien la miraba desde Roma.

    “Al joven prelado italiano le debieron impresionar estos dos hechos, consecuencia uno del otro: desaparición de un gobierno disgustado con la Iglesia, advenimiento de una numerosa Asamblea que sintetizaba el espíritu católico de Francia. Habría sido necesario estar en Francia y además seguir los acontecimientos de muy cerca, para descubrir que las Asambleas de la Segunda República fueron muy superficialmente republicanas o no lo fueron en absoluto (los legitimistas habían tomado mucha parte en la Revolución de febrero). El espíritu monárquico dominó la Asamblea legislativa; hacía falta un sentido más vivo todavía de nuestras realidades francesas para observar que este sentimiento católico estaba profundamente impregnado de toda clase de sentimientos, de ideas, de costumbres, de gustos que se llamaban ya conservadores y que se habrían podido llamar nacionalistas”
    Veamos, del otro lado, el testimonio de Gambetta. Escribe el 21 de febrero de 1878:


    Léon Michel Gambetta, político francés.
    “Hoy será un gran día. De Berlín llega la paz y acaso la conciliación con el Vaticano. Se ha nombrado al nuevo Papa. Es ese elegante y refinado cardenal Pecci, obispo de Perugia, a quien Pío IX había intentado quitar la tiara nombrándole camarlengo. Este italiano, aún más diplomático que sacerdote, ha pasado por todas las intrigas de los jesuitas y de los cleros exóticos. Es Papa, y el nombre de León XIII que ha tomado me parece de buen augurio.
    “Saludo este acontecimiento lleno de promesas. El nuevo Papa no romperá abiertamente con las tradiciones y los declaraciones de su predecesor, pero su conducta, sus actos, sus relaciones, valdrán más que los discursos y, si no muere demasiado pronto, podemos esperar un matrimonio de razón con la Iglesia”.

    Y el 22 de febrero de 1878:
    “Me congratulo infinitamente con este nuevo Papa por el nombre que se ha atrevido a tomar; es UN OPORTUNISTA SAGRADO. ¿Podremos tratar? ¡CHI LO SA!, como dicen los italianos”

    Spuller, que estaba en la misma línea que Gambetta, hacía este razonamiento:
    “¿Qué dice la historia? Dice que la evolución política y social del catolicismo romano, del cual el Papa León XIIT ha querido ser el iniciador, ha sido descripta y anunciada en sus términos generales, predicha y preconizada en su espíritu de renovación verdaderamente cristiano, saludada en sus sueños y en sus esperanzas por un hombre de genio que el Papa Gregorio XVI ha podido fulminar con sus condenaciones, pero que no deja de ser, a pesar de ello, un vidente y un profeta del futuro; por el gran y desafortunado Lamennais.

    “(Pero ahora) no es por el camino de la herejía, no es fuera de la jerarquía.., cuando la transformación, por no decir la Reforma de la Iglesia. . . va a realizarse, puesto que es el mismo jefe de la Jerarquía quien toma la iniciativa del movimiento” .

    León XIII, ¿se hizo estas ilusiones?
    Se estaría tentado de responder que sí, mirando su política del Ralliement, pero hay que fijarse en que esta política no ha sido jamás, en el espíritu de León XIII, sino una COMBINAZZIONE. No hay que olvidar el resto de su comportamiento que estuvo perfectamente dentro de la Tradición de la Iglesia y hoy estaríamos contentos de encontrar en una pluma contemporánea las ideas sobre la democracia que El mantenía en sus encíclicas.

    Lancemos una breve ojeada:

    Encíclica Diuturnum Illud, de León XIII

    En la encíclica Diuturnum illud, León XIII ha indicado perfectamente como, en el siglo XVI, “tantos espíritus se extraviaron por una funesta corriente de nuevas ideas. Desde entonces, se vio a la multitud no solamente reivindicar una parte excesiva de libertad, sino intentar dar a la sociedad humana una base y una constitución arbitrarias con orígenes ficticios. Hoy se va más lejos; buen número de nuestros contemporáneos, siguiendo las huellas de los que en el pasado siglo se dieron el título de filósofos, pretenden que todo poder viene del pueblo; que en consecuencia. . . el pueblo puede siempre retirar a sus mandatarios el poder que les ha delegado”.

    “Si la autoridad soberana dimana formalmente del consentimiento de la multitud y no de Dios, principio supremo y eterno de todo poder, pierde a los ojos de los súbditos su carácter más augusto y degenera en UNA SOBERANÍA ARTIFICIAL que tiene por asiento bases inestables y cambiantes, como la voluntad de los hombres de la que se la hace derivar. ¿No vemos también las consecuencias de este error en las leyes? Demasiado frecuentemente, en efecto, en lugar de ser la razón escrita, estas leyes no expresan más que el PODER DEL NÚMERO y la voluntad predominante de un partido político. Así es como se halaga los apetitos culpables de las multitudes y se sueltan las riendas de las pasiones populares, incluso cuando éstas perturban la laboriosa tranquilidad de los ciudadanos, salvo que se recurra después, en casos extremos, a represiones violentas donde se ve correr la sangre”.

    “El hombre ha nacido para vivir en sociedad, pues no pudiendo vivir en el aislamiento, ni procurarse lo que es necesario y útil para la vida, ni adquirir la perfección del espíritu y del corazón, la Providencia le ha hecho unirse a sus semejantes en una sociedad tanto doméstica como civil, única capaz de proporcionar lo que hace falta para la perfección de la existencia. Pero como ninguna sociedad podría existir sin un jefe supremo y que imponga a cada uno un mismo impulso eficaz hacia el fin común, resulta de ello que para regir a los hombres constituidos en sociedad, es necesaria una autoridad que, tanto como la sociedad, PROCEDA DE LA NATURALEZA y, en consecuencia tenga a Dios por autor. También resulta de ello que el poder público no puede venir sino de Dios, Dios sólo en efecto, es el verdadero y soberano Dueño de las cosas y todas, cualesquiera que sean, deben necesariamente estarle sometidas y obedecerle; de tal manera que a cualquiera que tenga el derecho de mandar, no le viene este derecho sino de Dios, jefe supremo de todos.

    Cualquiera que sea la forma de gobierno, todos los jefes de Estado deben tener totalmente fija la mirada en Dios, soberano Moderador del mundo y en el cumplimiento de su mandato tomarle por modelo y regla”.

    “Las teorías modernas sobre el poder político han causado ya grandes males y es de temer que estos males en el futuro lleguen a los últimos extremos (…)”.

    Haciendo depender el poder público “de la voluntad del pueblo, se comete primero UN ERROR DE PRINCIPIO y además no se da a la autoridad más que un fundamento frágil y sin consistencia. Tales opiniones son como un estimulante de las pasiones populares que se verán crecer en audacia cada día y preparar la ruina pública abriendo el camino a las CONSPIRACIONES SECRETAS o a las sediciones abiertas. Ya en el pasado, el movimiento que se llama la REFORMA tuvo por auxiliares y por jefes, hombres que por su doctrina DERROCABAN DE ARRIBA A ABAJO LOS DOS PODERES, EL ESPIRITUAL Y EL TEMPORAL; disturbios repentinos, rebeliones audaces, principalmente en Alemania, fueron la consecuencia de estas novedades, y la guerra civil y el asesinato se desataron con tanta violencia que no hubo casi una sola región que no se entregase a las agitaciones y a las matanzas. FUE DE ESTA HEREJÍA de donde nacieron en el siglo pasado la falsa filosofía y lo que se llama el DERECHO MODERNO y la soberanía del pueblo, y esta licencia sin freno fuera de la cual muchos no saben ya ver verdadera libertad”.


    El papa León XIII.

    “Los que hacen proceder la sociedad civil de un libre contrato deben asignar a la autoridad el mismo origen; dicen entonces que cada particular ha cedido su derecho y que todos se han colocado voluntariamente bajo el poder de aquél en el que se han concentrado todos los derechos individuales. El gran error de estos filósofos consiste en no ver lo que sin embargo es evidente: que los hombres no constituyen una raza salvaje y solitaria; que antes de cualquier resolución de su voluntad, su condición natural es la de vivir en sociedad

    “Esta convicción arraigada en el espíritu, de que nadie tiene autoridad sobre el hombre, trae como consecuencia que la causa eficiente de la comunidad civil y de la sociedad debe ser buscada, no en un principio exterior y superior al hombre, sino en la libre voluntad de cada uno, y que el poder público emana de la multitud como de su primera fuente; además, lo que la razón individual es para el individuo, (…) la razón colectiva debe serlo para la comunidad en el orden de los asuntos públicos, de ahí que el poder perteneciente al número y la mayoría crean solos el derecho y el deber” .

    “A causa de una nueva impiedad, desconocida incluso de los paganos, los Estados se han constituido sin tener en cuenta, ni a Dios, ni al orden establecido por El; ha sido declarado que la autoridad pública no toma de Dios, ni su principio, ni su majestad, ni su fuerza de mando, sino que proviene más bien de la multitud que, estimándose libre de toda sanción divina, no ha soportado estar sometida sino a las solas leyes que ella misma habría traído siguiendo su capricho”.

    “En cuanto a la soberanía del pueblo que sin tener en cuenta a Dios se dice que reside por derecho natural en el pueblo, aunque ella sea especialmente apropiada para halagar e inflamar un montón de pasiones, no descansa en ningún fundamento sólido y no podría tener bastante fuerza para garantizar la seguridad pública y el mantenimiento posible del orden”.

    Pienso que todo ello es bastante para aclarar la cuestión de un León XIII “demócrata”.

    La diplomacia ha podido arrastrarle al paso en falso de la COMBINAZZIONE del “Ralliement”, el Doctor no se ha desviado de la enseñanza tradicional. Esto sólo es lo que importa en la historia de las ideas.


    SANTA IGLESIA MILITANTE

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    Respuesta: La Iglesia ocupada

    LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO XIII

    LE SILLON
    Se está más seguro de la rectitud de los sentimientos que de la rectitud de los pensamientos. Desgraciadamente, hay muchas personas que se creen rectas de mente porque tienen un corazón recto; son las que mejor hacen el mal, porque lo hacen con la tranquilidad de conciencia.
    BONALD
    No sabemos a dónde vamos.
    MARC SANGNIER
    El viento de la Revolución ha pasado por aquí.
    SAN PIO X
    Los verdaderos amigos del pueblo, no son ni revolucionarios, ni innovadores, sino tradicionalistas.
    SAN PIO X
    * * *
    "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado por capítulos en Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thorsoe Osiadacz. Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear aquí en LA IGLESIA OCUPADA.
    * * *
    La Cripta — El pasaje peligroso — Poemas en prosa — Un romanticismo equívoco — El nuevo Mesías — La Iglesia y el Siglo La novela rusa — ¿ Hay que disparar a los oficiales? — Un Le Sillon más amplio — El profetismo en la oscuridad — Los hijos de los “humildes párrocos del 89” — ¿ Se encontrará el Orden de un lado y el catolicismo del otro? — La condenación de Le Sillon por Pío X
    * * *
    Le Sillon fue la expresión más dañina de la democracia cristiana. Había nacido en los bancos del colegio Staníslas; el joven Marc Sangnier, hijo de burgueses ricos, reunía a sus camaradas en un aula del sótano del colegio a la cual habían dado un nombre romántico: la CRIPTA.

    Marc Sangnier mismo ha contado cómo nació el movimiento:


    Marc Sangnier, periodista y político
    “Fue a comienzos del año 1894, éramos entonces alumnos de matemáticas especiales. No podíamos resignarnos a vivir en esa atmósfera sobrecargada de matemáticas, teniendo como único ideal el bicornio y la tangente de politécnicos. Necesitábamos un poco de aire puro, de ideal humano, de vida. Por eso tuvimos acaso una idea original, pero de la que con toda seguridad estábamos lejos de adivinar la fecundidad futura: pedimos y obtuvimos la autorización de tener todos los viernes, durante el recreo de doce a una, reuniones independientes, para discutir entre los alumnos de los diferentes cursos de mayores. Estas conferencias (…) revolucionaron al colegio durante algunos meses; incluso un día tuvimos la audacia de hacer venir a un joven obrero de Lille para hablarnos de la cuestión social: le llevamos en triunfo”.

    Así se van preparando contactos seudoigualitarios que descubren en estos jóvenes burgueses una especie de complejo de culpabilidad. Sangnier experimentará este sentimiento cuando hace su servicio militar como subteniente de reserva en Toul. Se irrita, nos dice uno de sus biógrafos, al descubrir entre él y sus hombres, “el foso que separa al oficial de los soldados”. Le parece que “sus galones le separan de los soldados”. Entonces, organiza charlas sobre el Ejército y la Democracia.

    Al proporcionar fondos el padre de un alumno de Stanislas, Sangnier lanza una revista el 10 de enero de 1894: Le Sillon.


    “Tenemos conciencia —decía— de que hace falta, al mezclarnos en la vida de nuestro siglo, llegar a amarla, A PESAR Y SOBRE TODO A CAUSA DE SUS PERTURBACIONES Y DE SUS MISERIAS”.

    He aquí el pasaje peligroso, indicará M. Nel Ariés en su estudio sobre Le Sillon. ¡Qué imprudencia cultivar el amor y los sentimientos, sin desarrollar al mismo tiempo el juicio, ni establecer principios firmes!... El amor que uno debe a su prójimo y a su país no se discute. Se trata del SIGLO, término vago donde el corazón distingue claramente criaturas humanas, enfermas, miserables, dignas de compasión, pero en el cual el espíritu comprende las ideas, las aspiraciones de una época y todo un conjunto moral e intelectual. En este terreno, a la miseria se la llama con su verdadero nombre: MAL y ERROR; y ni el mal ni el error son dignos, cualquiera que sea el siglo, de ninguna compasión, de ningún miramiento. ¿Por qué el presente siglo gozaría de un privilegio sobre los demás?.

    Esta pequeña frase, sin duda alguna nos da el secreto de muchas “evoluciones”. No hay que asombrarse pues de la de Le Sillon, ni incluso reprochársela demasiado duramente. Era fatal, y hay que hacer responsables a los padres, a los profesores, a los educadores, a todo ese ambiente imbuido de liberalismo que permitió a unos colegiales partir a la conquista del futuro sin la menor defensa contra la seducción de falsas doctrinas.

    “Cosa asombrosa, la ausencia de principios de los primeros ‘sillonistas’, o por mejor decir su ignorancia, se extiende incluso a la religión. No que ellos la despreciasen, ciertamente, pero no concibiéndola más que como ESPÍRITU, la reducían inconscientemente a una especie de exaltación interior. (…) Por el desprecio a las ideas “hechas”, perdieron de vista que el catolicismo, que no ha nacido ayer, es una doctrina que hay que aprender, no descubrir. No quieren que se les instruya, quieren instruir ellos”.


    De los artículos en Le Sillon, a publicaciones de su doctrina
    Los artículos de Sangnier “son una especie de poemas en prosa, leyendas, apólogos no desprovistos de encanto, de sentimientos muy puros y casi pueriles, expresados a menudo con un ardor algo inquietante. Las nebulosas narraciones ponen en escena personaies simbólicos, tales como el pobre leñador Plebs y el valiente joven Lumen que ‘necesitaba alimentarse de almas vivas’ y que, ‘celoso de todo amor, hubiese querido estrecharlos con todos los brazos, besarlos con todos los labios’.

    “Esta prosa poética es la imagen del alma de Lumen, ‘a la vez voluptuosa y casta’. Como los discursos de la Cripta, es toda efusiones: hay demasiado amor, abrazos, voluptuosidad, languidez. Pero también es lo que constituye su misticismo, el cual es un arte de la sensibilidad desviada y aplicada a temas que no le incumben”.

    “Para poner su lenguaje de acuerdo con la exuberancia de sus sentimientos, algunos de los más exaltados, de los más ingenuos, se llaman unos a otros: PEDRO MÍO, PABLO MÍO, SANTIAGO MíO, siguiendo el ejemplo dado por su jefe que habla así a sus fieles (…) A veces se le ha visto, cuando era recibido abiertamente en los colegios, pasearse por los patios rodeado de alumnos, a los más próximos de los cuales estrechaba tiernamente por el cuello o los hombros, oprimiéndolos contra sí con aires estáticos” .

    “En resumen, un romanticismo equívoco que da a Marc Sangnier en Le Sillon, poco más o menos el mismo lugar que antaño ocupaba Enfantin entre los saint-simonianos”.

    Un periódico demócrata de Chambery escribió a propósito de una conferencia dada por Sangnier: “un nuevo mesías ha venido a anunciar el reino de la fraternidad humana”. Se le llama corrientemente “Apóstol” y “nuevo mesías”. “Los MESÍAS son los que hacen progresar la religión”, decía Fogazzaro.

    En 1904, este inquietante joven tiene estas sorprendentes frases:
    “Al reprocharnos las pocas afirmaciones precisas que se desprenden todavía del esfuerzo de nuestros amigos, se olvida que ahí precisamente está acaso la mejor garantía de la probidad científica de nuestro método... Por lo demás, no sabemos a dónde vamos” .
    Así, estos jóvenes católicos “a la búsqueda”, no saben a dónde van. La Iglesia, su enseñanza secular, su cuerpo de doctrina, nada de todo esto les sirve de guía, de programa de apostolado. No saben a dónde van...

    Hay motivo para pensar que irán a donde no deben.

    En 1907 Le Siflon tiene sólo 3.000 abonados, un poco más de los que tenía Lamennais en el Avenir, pero tienen mucha repercusión.
    En 1907 el P. Barbier observará: “Hay algo más que fórmulas vacías en estos principios sobre los cuales Marc Sangnier y sus lugartenientes afirmaban fundar su obra:

    ante todo el catolicismo es una vida; la experiencia religiosa es nuestra guía, Cristo es más experiencia que demostración, etc. (…) Todo esto está lleno de la anarquía protestante y conduce a ese otro principio que se llama la inspiración interior.

    “Bien entendido, las intenciones no se discuten; pero las intenciones no salvan del error ni de sus consecuencias”.

    Las frases inquietantes se multiplican en Le Sillon. En 1899 (10 de abril) leemos que “el cristianismo ha sido siempre y es más que nunca, desde el Concilio de Trento, una obra de la razón humana”.
    Dos obras sirven de libro de cabecera a los sillonistas: L’Eglise et le Sicle (La Iglesia y el Siglo) de Mons. Ireland donde se decía que la Iglesia “bendice la democracia y la considera como el florecimiento de sus propios principios de igualdad, de fraternidad y de libertad de todos los hombres ante Cristo y por Cristo”, y el Roman rasse (Novela rusa) del vizconde Melchior de Vogu que puso el tolstoísmo de moda en Francia: “la última revolución de este evangelio es su triunfo y advenimiento definitivo”.

    Le Sillon sostiene que desde el Concilio de Trento la Iglesia se encuentra en una postura “falsa, encogida, hostil, intolerante” y que los sillonistas zanjarán “según las luces de su conciencia y de su experiencia, y no según la consigna de los clérigos, incluso de los obispos, incluso del Santo Padre”.

    Viendo que León XIII a pesar de su política de Ralliement —de la que por otra parte comprueba el fracaso— no está en absoluto dispuesto a seguir a los “innovadores” al identificar Iglesia y democracia, Le Sillon escribe brutalmente: “no sería más franco confesar que el Papa parece estar renegando poco a poco, desde luego, de la obra de su glorioso pontificado en todo lo que tiene de humano y por consiguiente de destructible” .

    Marc Sangnier

    El mismo Sangnier se obstina y declara: “La creencia en la divinidad de Jesucristo es una fuerza que, subordinando el interés particular al general, hace posible la democracia” .

    Sea, pero entonces hay que hacer cristianos antes de hacer demócratas, y él hace lo contrario.

    En Sangnier hay algo de Jean Jacques Rousseau. Pone todas sus esperanzas en “una unanimidad moral tal que ya no habría, propiamente hablando, órdenes dadas por algunos y ejecutadas por otros”. Asegura que se obtendrá este resultado “si cada orden fuese formulada a la vez interiormente por todos… Nuestro ideal sería que cada uno se diese a sí mismo la orden a la que obedece”.

    Es el mito de la “voluntad general”, del Contrat social (El contrato social).


    Esta “orden interior” fuente de toda obediencia, él la lleva tan lejos que en 1902 (3 de octubre), en un discurso sobre el Ejército, hasta llegará a decir:
    “La disciplina militar debe ser consentida, y el servicio militar libremente aceptado. Hace falta pues, ante todo, escuchar la propia conciencia. Si la conciencia 1rohího a un soldado disparar, no debe disparar...
    Un oyente le preguntó:
    “—Y si la conciencia de un soldado anarquista le manda, como se le enseña en ciertos manuales, disparar sobre los oficiales, ¿debe matar a sus jefes?
    “Sangnier tuvo algunos momentos de vacilación, pero no pudiendo escaparse de las consecuencias de su principio, ni ver lo que la pregunta encerraba de contradictorio, respondió:
    “—Perfectamente, obedecerá a su conciencia”

    La penetración de Le Sillon en los seminarios se volvía inquietante. L’Action Française del 15 de enero de 1908, traía el siguiente testimonio de un sacerdote:
    “Cuando llegué en octubre de 1906, al seminario de Filosofía de Z. . . los sillonistas tenían dentro un grupo organizado, un grupo que yo llamaría de reclutamiento y una influencia bastante grande (…) L’Eveil Démocratique llega regularmente (...) los almanaques de Le Sillon de 1907 circulan en número considerable y esto a pesar de la interdicción expresa y reiterada de Mons. XXX y del Consejo de los Directores”.

    Fue en febrero de 1907, en el congreso de Le Sillon en Orléans, cuando Marc Sangnier reveló sus verdaderos propósitos. Se trataba de constituir un “Sillon más amplio”, donde serían admitidos protestantes y librepensadores. Tendría por objetivo “realizar un nuevo centro de unidad moral” reuniendo a “todas las fuerzas a las que consciente o inconscientemente anima el espíritu cristiano”, a los que, compartiendo nuestra fe, positiva o no, están verdaderamente animados de nuestro IDEAL cristiano, y únicos capaces por ello de llevar a la democracia un sentido real de la justicia y de la fraternidad.

    La religión ya no se percibe a través de la enseñanza de la Iglesia, sino como un “espíritu” que sopla en cada uno.

    “Los que hablan sin cesar de Le Sillon, como de yo no sé qué realidad objetiva —dirá Sangnier— me hacen reír. Son víctimas de su propio entusiasmo y corren el riesgo de tomar por fin un medio, por un ser vivo un simple ropaje (...) He aquí por qué las transformaciones, las evoluciones incesantes de nuestro movimiento no me inquietan nada (...) Siempre estoy un poco turbado cuando veo con qué glotonería nuestros amigos se lanzan sobre los libros o las octavillas que se proponen definir lo más exactamente posible lo que es Le Sillon; me temo que pidan a estas publicaciones lo que no pueden darles. Efectivamente, se fotografía mal lo que siempre está en movimiento; para conocer Le Sillon es completamente insuficiente saber lo que ha sido en un momento de su existencia, y es pueril intentar aprender de memoria algunas definiciones, cuando lo que hace falta para ser un buen sillonista, es llevar dentro de uno mismo, en el propio espíritu y en el alma Le Sillon futuro y no recitar de memoria una descripción de Le Sillon pasado, o presente”

    Sangnier pide a sus discípulos que le sigan allí donde ni él mismo sabe a dónde va. Este profetismo en la oscuridad tiene algo de absurdo, pero Le Sillon vive bajo una verdadera dictadura del ‘Maestro’.

    El P. Desgranges, que había sido un ferviente sillonista contará cómo había llegado a abandonarle:
    “Nuestra separación de Le Sillon atestigua la sinceridad con la cual queremos poner de acuerdo nuestros principios y nuestros actos. Es porque Le Sillon —de declaraciones tan ardientemente republicanas y democráticas— ESTÁ ORGANIZADO INTERIORMENTE COMO LA MÁS ABSOLUTA DE LAS MONARQUÍAS; por este motivo hemos dejado Le Sillon como tantos otros.

    Le Sillon está sometido a la autoridad exclusiva de M.Sangnier, autoridad complicada por la fuerza capitalista que su gran fortuna le permite hacer pesar sobre el movimiento. Es el único propietario del periódico, de la revista, de la sede social. Los grupos de provincias han sido desposeídos poco a poco de todo medio efectivo de control”

    Lo más gracioso es que Marc Sangnier negó siempre a sus tipógrafos de L’Eveil Démocratique el derecho a sindicarse...
    Bajo la dictadura de Marc Sangnier, Le Sillon se desliza cada vez más a la izquierda:
    “Vendrá el día de las fiestas republicanas, y será como un atardecer sillonista agrandado inmensamente. Al son religioso de los grandes himnos revolucionarios se mezdarán.., los cánticos poderosos y contenidos de la democracia que se está haciendo nacer” .
    “Numerosos son los jóvenes sacerdotes, relegados a la sombra de los presbiterios silenciosos o al recogimiento de los vastos seminarios, que se sienten hijos de esos humildes curas del ‘89 que ponían su mano sacerdotal en la de los valientes plebeyos” .
    “Robespierre, Danton y Desmou lins eran profundamente religiosos. Su filosofía religiosa era la sustancia misma del cristianismo del que Francia vivía”

    Tales eran los nuevos Padres de la Iglesia democrática, de los que los sillonistas, con la espiga de trigo anudada por un lazo rojo en el ojal se hacían los propagandistas.
    * * *
    Charles Maurras había estado profundamente interesado por la evolución de Marc Sangnier. Acordándose del tiempo en que él mismo había sido seducido por Lamennais, pronto adivinó a donde iba a conducir el sillonismo. Habla, en su introducción al Dilemme de Marc Sangnier (Dilema de Marc Sangnier), de los “coqueteos” del fundador de Le Sillon con “el espíritu de la Revolución” que “arrastraría a sus oyentes y a sus lectores a tratar como enemigos los conceptos de patria, de progreso y de tradición. Que continuase el movimiento, Y UNO TENDRÍA EL DERECHO DE PREGUNTARSE SI EL ORDEN IBA A ENCONTRARSE DE UN LADO Y EL CATOLICISMO DE OTRO” .

    En una página célebre, Maurras defendía contra Sangnier la “romanicidad” de la Iglesia.

    “Sin duda —escribía— esta sociedad espiritual (la Iglesia) tiene un jefe, al que encontráis demasiado poderoso. ¿Preferiríais entendérosla con treinta y nueve millones de jefes mandando a miles de millones de células nerviosas más o menos dispersas, con tantos jefes como cabezas, cada una de las cuales podría encontrar en su fantasía algún Dios LO QUIERE, y empujarla legítimamente, si es de su agrado, a los más sombríos extremismos? Pero esta anarquía os asusta, admitís a la Iglesia, y lamentáis solamente que tenga un jefe cara al exterior; deseáis la misa y las vísperas en francés, un clero autónomo absolutamente sustraído a toda autoridad del ‘Romano’, teniendo en cuenta la ruina que esto implica, ¿os fijáis en lo que sucedería? No dejaríais de horrorizaros de ello. Suprimido el ‘Romano’ y, con este Romano, la unidad y la fuerza de la Tradición abatidas, los monumentos escritos de la fe católica tomarían necesariamente toda la parte de influencia religiosa quitada a Roma. Se leerá directamente en los textos y se leerá sobre todo la letra. Esta letra que es judía actuará, si Roma no lo explica, al estilo judío.

    “Alejándose de Roma, nuestros clérigos evolucionarán cada vez más, como han evolucionado los clérigos de Inglaterra, de Alemania y de Suiza, incluso de Rusia y de Grecia. Convertidos en sacerdotes ‘pastores’ y ‘ministros del Evangelio’, se volverán cada vez más al rabinismo y os harán navegar poco a poco hacia Jerusalén”
    * * *
    El 25 de agosto de 1910 Pío X puso fin al equívoco mantenido por Le Sillon. Lo hizo en una encíclica de tal importancia doctrinal que es necesario dar aquí muy amplios extractos de ella.

    Después de haber recordado que su deber, como Pontífice, era “preservar a los fieles de los peligros del error y del mal”, evocaba el ejemplo de sus predecesores condenando “las doctrinas de los supuestos filósofos del siglo XVIII, las de la Revolución y las del liberalismo”. Hoy se trata de las doctrinas de Le Sillon, de sus “tendencias inquietantes” servidas por “almas huidizas”; también debía dar a conocer la verdad “a un gran número de seminaristas y de sacerdotes a los que Le Sillon ha sustraído, si no a la autoridad, al menos a la dirección y a la influencia de sus obispos. . y a la Iglesia, donde Le Sillon siembra la división y de la que compromete sus intereses”.

    San Pío X pone fin al juego de Le Sillon

    Los sillonistas —proseguía Pío X— “apelan al Evangelio, interpretado a su manera y, lo que es más grave todavía, a un Cristo desfigurado y disminuido”.

    Los sillonistas de Le Sillon ampliado ¿pretenden ocuparse solamente de la cuestión social? Pío X da esta réplica: “En esta materia, los principios de la doctrina católica están fijados, y la historia de la civilización cristiana está ahí para testimoniar su bienhechora fecundidad”. León XIII “los ha recordado en páginas magistrales, que los católicos que se ocupan de cuestiones sociales, deben estudiar y tener siempre ante los ojos. Ha enseñado especialmente que la democracia cristiana debe mantener la diversidad de clases, que es con seguridad lo propio de la Ciudad bien organizada, y desear para la sociedad humana la forma y el carácter que Dios, su autor, le ha impreso” (Graves de communi) ha condenado “una cierta democracia que va hasta un grado de perversidad, como es el de atribuir en la sociedad la soberanía al pueblo y el perseguir la supresión y la nivelación de las clases”.

    Ahora bien, los sillonistas “rechazan la doctrina recordada por León XIII sobre los principios esenciales de la sociedad, colocan la autoridad en el pueblo o casi la suprimen, y toman como ideal a realizar la liberación de clases. Van pues en contra de la doctrina católica hacia un ideal condenado”.

    Sueñan “con cambiar” las “bases naturales y tradicionales y prometen una ciudad futura edificada sobre otros principios, que se atreven a llamar más fecundos, más benéficos que los principios sobre los que descansa la ciudad cristiana actual”, y Pío X dice que hace falta “recordarlo enérgicamente en estos tiempos de anarquía social e intelectual, en los que cada uno se coloca de doctor y de legislador, no se edificará la sociedad de otra forma sino como Dios la ha edificado; no se edificará la sociedad, si la Iglesia no pone las bases y no dirige los trabajos de ella; no, la civilización ya no hay que inventarla, ni construir la nueva ciudad en las nubes. Lo ha sido, lo es; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. Sólo se trata de instaurarla y de restaurarla sin cesar sobre sus fundamentos naturales y divinos, contra los ataques siempre renovados de la utopía malsana de la revuelta y de la impiedad: OMNIA INSTAURARE IN CHRISTO”.

    Volviendo a las teorías de Le Sillon Pío X comprueba que éste “coloca primordialmente la autoridad política en el pueblo de quien ella procede, después en los gobernantes, de tal manera, sin embargo, que continúa residiendo en aquél”. Ahora bien, León XIII ha condenado formalmente esta doctrina en su Encíclica Diuturnum iflud, del Principado político, donde dice: “gran número de hombres modernos siguiendo las huellas de los que en el pasado siglo se dieron el nombre de filósofos, declaran que todo poder viene del pueblo; que, en consecuencia, los que ejercen el poder en la sociedad no lo ejercen con autoridad propia, sino con una autoridad que el pueblo ha delegado en ellos y bajo la condición de que pueda ser revocada por la voluntad del pueblo, del que ellos la reciben. Completamente distinto es el sentimiento de los católicos quienes hacen derivar de Dios el derecho a mandar, como de su principio natural y necesario”.

    “Sin duda Le Sillon hace venir de Dios esta autoridad que sitúa primero en el pueblo, pero de tal manera que asciende desde abajo para ir arriba, mientras que en la organización de la Iglesia el poder desciende desde arriba para ir abajo”. Pero además de que es anormal que lo que se delega ascienda, puesto que es propio de su naturaleza descender, León XIII ha refutado por adelantado este intento de conciliación de la doctrina católica con el error del filosofismo. Pues, prosigue: “Importa indicarlo aquí: los que presiden el gobierno de la cosa pública pueden en ciertos casos ser elegidos por la voluntad y el juicio popular, sin repugnancia ni oposición de la doctrina católica. Pero si esta elección designa al gobernante, no le confiere la autoridad de gobernar, no delega el poder, designa a la persona que será investida con él”.

    San Pío X no teme corregir


    “Si el pueblo permanece como detentador del poder —hace observar Pío X— ¿ en qué se convierte la autoridad? Ya no hay ley propiamente dicha, ya no hay obediencia. Le Sillon lo ha reconocido; puesto que en efecto reclama, en nombre de la dignidad humana, la triple emancipación política, económica e intelectual. La ciudad futura para la que trabaja no tendrá ya amos ni servi dores; todos los ciudadanos serán en ella libres, todos camaradas, todos reyes... Una orden, un precepto, sería un atentado a la libertad, la subordinación a una superioridad cualquiera sería una disminución del hombre y la obediencia, una degeneración. ¿Es así, Venerables Hermanos, cómo la doctrina tradicional de la Iglesia nos representa las relaciones sociales en la Ciudad, incluso la má perfecta posible? ¿ Es que toda sociedad de criaturas independientes y desiguales por naturaleza no tiene necesidad de una autoridad que dirija su actividad hacia el bien común y que imponga su ley? Y si, en la sociedad, se encuentran seres perversos (siempre los habrá), la autoridad, ¿no deberá ser tanto más fuerte cuanto más amenazador sea el egoísmo de los malos?“.

    Sostener lo contrario, proclama Pío X, “sería engaflarse torpemente sobre el concepto de la libertad”.

    ¿Habla Le Sillon de justicia social y de igualdad? Ahí también deforma la enseñanza tradicional de la Iglesia, “para él, toda desigualdad de condición es una injusticia o por lo menos una justicia menor”. Principio grandemente contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidias y de injusticia y subversivo de todo orden social.

    “Así, la democracia sola inaugurará el reino de la perfecta justicia. ¿No es esto una injuria hecha a las otras formas de gobierno que se relega, de esta manera, al rango de gobiernos de impotentes males menores?”.

    Le Sillon tiene una noción de la fraternidad que engloba en la misma tolerancia a todas las ideas “ahora bien, la doctrina católica nos enseña que el primer deber de la caridad no está en la tolerancia de las convicciones erróneas, por muy sinceras que ellas sean, ni en la indiferencia teórica o práctica hacia el error o el vicio en el que vemos sumergidos a nuestros hermanos, sino en el celo por su mejoramiento intelectual y moral, no menos que por su bienestar material”.

    “Separando la fraternidad de la caridad cristiana así entendida, la democracia, lejos de ser un progreso, constituiría un retroceso desastroso para la civilización”.

    En cuanto a la “dignidad humana”, Le Sillon también se hace de ella una “falsa idea”.

    “Según él, el hombre sólo sería verdaderamente digno de este nombre el día en el que hubiese adquirido una conciencia clara, fuerte, independiente, autónoma, que pueda prescindir de amo, no obedeciendo más que a sí misma y capaz de asumir y de llevar sin fallo las más graves responsabilidades”.

    “He aquí algunas palabras altisonantes con las cuales se exalta los sentimientos de la vanidad humana”.

    Haría falta “cambiar la naturaleza humana”. ¿ Acaso los santos, que han llevado la dignidad humana a su más alto grado de exaltación, tenían una dignidad así? Y los hombres sencillos que no pueden subir tan alto y que se contentan con trazar modestamente su surco en el rango que la Providencia les ha asignado, cumpliendo enérgicamente sus deberes en la humildad, la obediencia y la paciencia cristianas, ¿no serían dignos del nombre de hombres, ellos, a quienes el Señor sacará un día de su oscura condición para colocarlos en el cielo entre los príncipes de su pueblo?”.

    Respecto a Le Sillon, que se considera “como el instrumento de la sociedad futura”, “los estudios se hacen allí sin director, como mucho, con un consejero. Los círculos de estudio son verdaderas cooperativas intelectuales, donde cada uno es a la vez maestro y alumno (...) el sacerdote mismo, cuando entra allí rebaja la eminente dignidad de su sacerdocio y, por el más extraño cambio de papeles, se hace alumno, se pone a nivel de sus jóvenes amigos y ya no es más que un camarada”.


    De ahí la “sorda oposición de los sillonistas a la Jerarquía, y es Pío X, quien dirigiéndose a los obispos, les describe cómo los ven los sillonistas:
    “Sois el pasado, ellos son los pioneros de la civilización futura. Vosotros representáis la Jerarquía, las desigualdades sociales, la autoridad y la obediencia, viejas instituciones, a las cuales sus almas enamoradas de otro ideal, no pueden doblegarse”. Se enseña a la juventud “que desde hace diecinueve siglos (la Iglesia) no ha conseguido todavía organizar en el mundo la sociedad sobre sus verdaderas bases; que no ha comprendido las nociones sociales de autoridad, de libertad, de igualdad, de fraternidad y de dignidad humana; que los grandes obispos y los grandes monarcas que han creado y han gobernado tan gloriosamente a Francia no han sabido dar a su pueblo, ni la verdadera justicia, ni la verdadera felicidad, porque rio tenían el ideal de Le Sillon.


    “EL SOPLO DE LA REVOLUCIÓN HA PASADO POR AHÍ, y podemos sacar la conclusión de que si las doctrinas de Le Sillon son erróneas, su espíritu es peligroso y su educación funesta”.

    ¿ Cómo ve la Iglesia a Le Sillon? (sic), pregunta ahora Pío X.
    “Primero, su catolicismo no se acomoda sino a la forma de gobierno democrático que estima ser la más favorable a la Iglesia, y confundirse por así decir con ella: enfeuda pues su religión a un partido político. No tenemos que demostrar que EL ADVENIMIENTO DE LA DEMOCRACIA UNIVERSAL ES INDEPENDIENTE DE LA ACCIÓN DE LA IGLESIA EN EL MUNDO; ya hemos recordado que la Iglesia ha dejado siempre a las naciones el cuidado de darse el gobierno que ellas estimen más ventajoso para sus intereses (…) existe error y peligro en enfeudar, por principio, el catolicismo a una forma de gobierno”. Por lo demás, no hay sino ver cómo Le Sillon “divide a los católicos, arranca a la juventud e incluso a los sacerdotes y a los seminaristas de la acción simplemente católica y gasta, en balde, las fuerzas vivas de una parte de la nación”. Por lo demás, los sillonistas han fundado “una asociación interconfesional para trabajar en la reforma de la civilización”, luego se trata aquí, de una “obra religiosa en el más alto grado, pues no hay verdadera civilización sin civilización moral y no hay verdadera civilización moral sin la verdadera religión: es una verdad demostrada, es un hecho histórico.

    “Pero más extrañas son todavía, espantosas y entristecedoras a la vez, la audacia y la ligereza de espíritu de hombres que se dicen católicos, que sueñan con refundir la sociedad en semejantes condiciones y establecer en la tierra por encima de la Iglesia católica ‘el reino de la justicia y del amor’, con obreros venidos de todas partes, de todas las religiones, o sin religión, con o sin creencia, con tal de que olviden lo que los divide: sus convicciones religiosas y filosóficas, y que pongan en común lo que los une: un GENEROSO IDEALISMO y las fuerzas morales tomadas ‘de donde puedan’. Cuando se piensa en todas las fuerzas, ciencias, virtudes sobrenaturales, que han sido necesarias para establecer la ciudad cristiana, y los sufrimientos de millones de mártires, y las luces de los Padres y de los Doctores de la Iglesia, y la entrega de todos los héroes de la caridad, y una poderosa jerarquía nacida del cielo, y ríos de gracia divina, y todo edificado, enlazado, compenetrado por la Vida y el Espíritu de Jesucristo, la Sabiduría de Dios, el Verbo hecho Hombre, cuando se piensa, decimos, en todo esto, asusta ver cómo se afanan nuevos apóstoles en hacerlo mejor con la puesta en común de un vago idealismo y de virtudes cívicas. ¿ Qué van a producir? ¿ Qué va a salir de esta colaboración? Una construcción puramente verbal y quimérica donde se verá espejear, todo revuelto y en una confusión seductora, las palabras de libertad, de justicia, de fraternidad y de amor, de igualdad y de exaltación humana, todo basado sobre una dignidad humana mal comprendida. Será una agitación tumultuosa, estéril para el fin propuesto y QUE APROVECHARÁ A LOS AGITADORES DE MASAS MENOS UTOPISTAS. SÍ, VERDADERAMENTE, SE PUEDE DECIR QUE Le Sillon ESCOLTA AL SOCIALISMO, CON LA MIRADA FIJA EN UNA QUIMERA.

    La quimera de Sangnier... Estampilla francesa


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    “Tememos que haya algo peor aún, el resultado de esta promiscuidad en el trabajo, el beneficio de esta acción social cosmopolita, no puede ser sino una democracia que no será ni católica, ni protestante, ni judía: una religión (pues el sillonisrno, sus jefes lo han dicho, es una religión) más universal que la Iglesia católica reuniendo a todos los hombres, convertidos al fin en hermanos y camaradas en el reino de Dios.

    “No se trabaja para la Iglesia, se trabaja para la humanidad”. Le Sillon no es más que “UN MISERABLE AFLUENTE DEL GRAN MOVIMIENTO DE APOSTASÍA ORGANIZADO EN TODOS LOS PAÍSES PARA EL ESTABLECIMIENTO DE UNA IGLESIA UNIVERSAL QUE NO TENDRÁ NI DOGMA NI JERARQUÍA, NI REGLA PARA EL ESPÍRITU NI FRENO PARA LAS PASIONES, y que, bajo pretexto de libertad y de dignidad humana, traería al mundo, si pudiese triunfar, el reino legal de la astucia y de la fuerza y la opresión de los débiles, de los que sufren y trabajan.

    “Nos, CONOCEMOS DEMASIADO LOS SOMBRÍOS LABORATORIOS DONDE SE ELABORAN ESTAS DOCTRINAS DELETÉREAS que no deberían seducir a los espíritus clarividentes. Los jefes de Le Sillon no han sabido defenderse de ellas: la exaltación de sus sentimientos, la ciega bondad de su corazón, su misticismo filosófico mezclado con una parte de iluminismo, los han arrastrado hacia un NUEVO EVANGELIO en el cual han creído ver el verdadero Evangelio del Salvador, hasta el punto de que se atreven a tratar a Nuestro Señor Jesucristo con una familiaridad extremadamente irrespetuosa, y que su ideal, estando emparentado con el de la Revolución, NO TEMEN HACER ENTRE EL EVANGELIO Y LA REVOLUCIÓN COMPARACIONES BLASFEMAS, que no tienen la disculpa de haber escapado de alguna improvisación tumultuosa.

    “Si Jesús ha sido bueno para los extraviados y los pecadores, no ha respetado sus convicciones erróneas por muy sinceras que pareciesen; los ha amado a todos para instruirlos, convertirlos y salvarlos. Si ha llamado a El para aliviarlos a los que padecen y sufren, no ha sido para predicarles la envidia de una igualdad quimérica. Si ha levantado a los humildes, no ha sido para inspirarles el sentimiento de una dignidad independiente y rebelde a la obediencia. Si su corazón desbordaba de mansedumbre para las almas de buena voluntad, ha sabido igualmente armarse de una santa indignación contra los profanadores de la casa de Dios, contra los miserables que escandalizan a los pequeños, contra las autoridades que abruman al pueblo con pesadas cargas sin poner un dedo para aligerarlas. El ha sido tan fuerte como dulce; ha reñido, amenazado, castigado, sabiendo y enseñándonos que con frecuencia el temor es el comienzo de la sabiduría y que, a veces, conviene cortar un miembro para salvar el cuerpo, en fin, no ha anunciado para la sociedad futura el reino de una felicidad ideal del que sería desterrado el sufrimiento; pero por sus lecciones y por sus ejemplos ha trazado el camino de la dicha posible en la tierra y de la dicha perfecta en el cielo: el regio camino de la cruz. Esto son enseñanzas que estaríamos equivocados en aplicar solamente a la vida individual con vistas a la salvación eterna; son enseñanzas eminentemente sociales, y nos muestran en Nuestro Señor Jesucristo algo más que un humanitarismo sin consistencia y sin autoridad”.

    En cuanto a la organización de la Sociedad, Pío X enseña que “LOS MECANISMOS SOCIALES DEBERÍAN ESTAR ORGANIZADOS DE TAL MANERA QUE POR SU ENGRANAJE NATURAL, PARALIZASEN LOS ESFUERZOS DE LOS MALOS E HICIESEN ASEQUIBLE A TODA BUENA VOLUNTAD SU PARTE LEGÍTIMA DE FELICIDAD TEMPORAL”.

    Sin duda, desea que los sacerdotes tomen “una parte activa en la organización de la sociedad con este fin” pero los advierte que tengan cuidado de no dejarse arrastrar “en el dédalo de opiniones contemporáneas, por EL ESPEJISMO DE UNA FALSA DEMOCRACIA; que no tomen de la retórica de los peores enemigos de la Iglesia y del pueblo un lenguaje enfático lleno de promesas tan sonoras como irrealizables. Que estén persuadidos que la cuestión social y la ciencia social no han nacido ayer, que en todos los tiempos la Iglesia y el Estado felizmente concertados, han suscitado con este fin fecundas organizaciones; que LA IGLESIA QUE JAMÁS HA TRAICIONADO LA FELICIDAD DEL PUEBLO POR ALIANZAS COMPROMETEDORAS, NO TIENE QUE DESPRENDERSE DEL PASADO Y QUE BASTA CON RECOGER, CON EL CONCURSO DE LOS VERDADEROS OBREROS DE LA RESTAURACIÓN SOCIAL, LOS ORGANISMOS ROTOS POR LA REVOLUCIÓN Y ADAPTARLOS, CON EL MISMO ESPÍRITU CRISTIANO QUE LOS HA INSPIRADO, AL NUEVO AMBIENTE CONTEMPORÁNEO, PUES LOS VERDADEROS AMIGOS DEL PUEBLO NO SON NI REVOLUCIONARIOS, NI INNOVADORES; SINO TRADICIONALISTAS”.

    Aprovechando la lección de esta condenación de estas ideas madres de Le Sillon y de la democracia cristiana, Maurras dirá:
    “El Pensamiento traza su círculo y si estáis fuera de él os indica sencillamente que estáis fuera de él, que erráis. ‘No os CONOZCO’, ‘YA NO OS CONOZCO’, este es todo el sentido del anatema. Mucho se han compadecido de las víctimas de la sentencia. hoy, debe admirarse de cuanta ayuda era esta sentencia para el innumerable pueblo anónimo al que defendía y afianzaba’’.

    Siguiendo el consejo de Fogazzaro, Marc Sangnier se sometió. Le Sillon desapareció, pero “es más fácil decretar la desaparición de un espíritu —ha subrayado M. Nel Aris—, que la creación de un espíritu contrario. La obra de saneamiento no puede realizarse más que por una reforma lenta y profunda de las ideas”.

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    LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO XIV

    LA FERIA DE LAS RELIGIONES

    Nolite conforman huic saeculo.
    SAN PABLO
    El parisiense guasón hará un chiste del coleccionista escéptico a quien un amigo desmañado le dejó caer un ídolo de la estantería:
    “Desgraciado! ¡A lo mejor ese era el Dios verdadero!”.

    ARTHUR LOTH
    (La Vérité,19 de octubre de 1895)
    *
    Nota: "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado en capítulos para Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thörsoe Osiadacz.
    Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en: LA IGLESIA OCUPADA.
    *
    Capítulo XIV: Un parlamento de las religiones El padre Charbonnel La época era un poco loca El padre Hyacinthe La Iglesia no es nada o lo es todo El Americanismo Una idea masónica La Alianza Israelita Universal y los innovadores
    *
    La idea de un “Parlamento de las religiones” nació, al final del siglo XIX, en los Estados Unidos... con ocasión de la Exposición de Chicago en 1893.

    Dos años antes se había constituido un comité donde estaban juntos luteranos, metodistas, unitarios, un judío, el rabino Hirsch y Mons. Fechan, arzobispo católico de Chicago. Este comité había publicado un manifiesto, invitando a los representantes DE TODAS LAS CREENCIAS, a prestar su concurso “para ofrecer al mundo, en la Exposición de 1893, un cuadro de las armonías religiosas de la humanidad”.

    Se proponían “reunir en una conferencia, por primera vez en la historia, a los principales representantes de las grandes religiones del mundo”, “mostrar a los hombres de una manera interesante, LA NATURALEZA Y EL NÚMERO DE VERDADES FUNDAMENTALES que son el tesoro común de las diversas religiones...


    Reunión de las "grandes religiones" del mundo...el Parlamento...
    El cardenal Gibbons declaraba que “el fin de este Parlamento (de las religiones)” era “presentar a los espíritus que buscan la verdad, los postulados respectivos de las diversas religiones, a fin de que pudiesen abrazar entre todas ellas aquélla que se impusiera a su conciencia”


    Dicho de otra forma, se abría una especie de campaña electoral en la cual las religiones, como si fueran partidos, iban a ensalzar sus méritos respectivos. Pero las campañas electorales tienen sus leyes, la más importante de las cuales es que no hay que chocar al elector y también los católicos norteamericanos tuvieron la idea de que convenía silenciar ciertas afirmaciones doctrinales de la Iglesia romana.

    Los norteamericanos incluso se permitieron ir a Francia a dar lecciones a los católicos franceses. De paso por París, el cardenal Gibbons declaraba que los sacerdotes franceses “no hablan a los hombres de este siglo el lenguaje de este siglo. Hablan como en otros tiempos y parecen venir de regiones lejanas, oscuras, en las que se hubiesen ignorado los cambios”.

    A lo que el gran periodista católico Arthur Loth, respondía valientemente en La Vérité:
    “El Evangelio ha sido hecho para todos los siglos, para todos los países, para todos los estados de la sociedad.. La doctrina de la sociedad moderna es completamente contraria a la del Evangelio… Evidentemente, la predicación evangélica debe ser apropiada a los tiempos y al país en que se ejerce; pero la acción del clero y de los católicos, para ser eficaz en el seno de una sociedad materialista como la nuestra, debe ante todo inspirarse en este consejo de San Pablo, QUE CONVIENE TANTO A NORTEAMÉRICA COMO A FRANCIA: ‘guardaos de conformaros al siglo’. —NOLITE CONFORMARI HUIC SAECULO”.


    El 15 de septiembre de 1895 León XIII condenaba el principio mismo de la “Feria de las Religiones” y escribía al cardenal Gibbons:
    “Hemos sabido que en Norteamérica se celebraban asambleas en las cuales, indistintamente, los católicos se unen a los que están separados de la Iglesia para tratar de cuestiones religiosas o de cuestiones morales. No hay que creer que no exista ningún pecado en este silencio, en el cual se omite intencionadamente y se relegan al olvido ciertos principios de la doctrina católica. Pues todas estas verdades, cualesquiera que sean, no tienen más que un solo y mismo Autor y Doctor, el Hijo único que está en el seno del Padre”.


    Esto no impidió que durante diecisiete días se viera al cardenal Gibbons con su ropaje escarlata, a un brahmán vestido de rojo tocada la cabeza con un turbante verde, a un budista envuelto en una toga blanca, a mandarines chinos y bonzos japoneses cubiertos de seda, exponer lo que hacían sus cultos por la felicidad espiritual y temporal del hombre.

    Esta “Feria de las Religiones” rica en color y dentro del estilo de los desfiles norteamericanos, acaso no chocaba en Chicago, pero cuando los padres Klein y Charbonnel lanzaron la idea de organizar un Congreso universal de las religiones en París, con ocasión de la Exposición Universal, el escándalo fue tal, que debieron renunciar; León XIII mandó decir: que era “más prudente que los católicos tuviesen su congreso aparte”.

    Pero el asunto estuvo candente. El padre Charbonnel había lanzado una “Unión moral de las religiones”.
    “Se hará —escribía en la Revue de Paris deI 1 de septiembre de 1895— UN PACTO DE SILENCIO SOBRE TODAS LAS PARTICULARIDADES DOGMÁTICAS QUE DOMINAN LOS ESPÍRITUS y un pacto de acción común por aquello que une los corazones, por la virtud moralizadora que está en toda fe. Sería el abandono de los viejos fanatismos, sería la ruptura de esta larga tradición de EMBROLLOS que mantiene a los hombres exasperados por sutiles disensiones de doctrina y el anuncio de nuevos tiempos (...). Ha llegado la hora —concluía el padre Charbonnel— para esta UNIÓN SUPREMA DE LAS RELIGIONES”.

    Esta era muy exactamente la doctrina masónica expuesta en las CONSTITUCIONES de 1717, que establecían que los francmasones no están obligados más “que a esta religión en la que todos los hombres están de acuerdo, dejándoles la elección de sus opiniones individuales.


    Constituciones de la masonería...
    POR AHI, LA MASONERÍA SE CONVERTIRÁ EN EL CENTRO Y EL MEDIO de crear una fraternidad verdadera entre gentes que, sin esto, habrían quedado divididas para siempre”.
    De esta forma, desde fines del siglo XIX, la penetración de las ideas masónicas se hace visible en una parte del clero y de los fieles.

    COMIENZA LA OCUPACIÓN
    Los modernistas notables, como los padres Lemire y Naudet aplaudieron la iniciativa de Charbonnel. Fonsegrive y Goyau compartían esta opinión. En Le Monde, del cual era director el P. Naudet, tuvo lugar una reunión preparatoria. Naudet hablaba “de bajar los puentes levadizos” y aseguraba: “los católicos DEBEN participar en el Congreso de las religiones” .

    Hace treinta años, veinte años, diez años solamente —escribía Arthur Loth— la idea de añadir a una exposición de artes industriales un Congreso cosmopolita de las religiones hubiese parecido extravagante a todo el mundo... Jamás los Dupanloup, los Maret, los MontaIembert, los Falloux, habrían soportado que la Iglesia Católica que ellos habían intentado reconciliar con el siglo, viniese a abrir una tienda en la feria de las religiones”

    Le Monde, ganado por los “innovadores”, aseguraba que sería una afirmación grandiosa “hecha por todas las religiones, decir que la religión es una cosa buena. Y no serán en absoluto UNOS DIOSES los que se coloquen en primer plano, sino que será LA IDEA DE DIOS, DEL QUE TODAS LAS RELIGIONES SON VEHÍCULOS MÁS O MENOS PERFECTOS”.

    No, respondía Arthur Loth, esto será una lección de escepticismo. “La vista de la diversidad de religiones es lo que hay de menos propio para hacer nacer en los espíritus incrédulos el reino de Dios, y lo más capaz de hacer perder la fe a los demás. Así ha sido en todos los tiempos. Los romanos comenzaron a perder la fe en sus dioses, a medida que conocieron las divinidades de los pueblos extranjeros. Primero, los identificaron con los suyos para hacerse creer a sí mismos y hacer creer a sus súbditos que eran los mismos dioses; después terminaron por no creer en ninguno. La mezcla había sido la causa de su incredulidad.

    “Así sucederá en París. El espectáculo de esta multitud de religiones asociadas con un mismo fin, confundidas en una misma representación, no hará más que fortalecer la duda. En presencia de tantas religiones, se creerá más fácilmente, o que todas ellas son buenas, o que todas ellas son indiferentes; viendo tantos dioses, uno se preguntará si ninguno vale nada o si hay uno que valga. El parisiense guasón hará un chiste del coleccionista escéptico a quien un amigo desmañado le dejó caer un ídolo de la estantería: ‘ Desgraciado! ¡ A lo mejor ese era el Dios verdadero !“ .

    La época era un poco loca. El vizconde Melchior de Vogué, hablaba de “neocristianos”. Se los llamaba “las Cigüeñas”, según el título de uno de sus artículos de la Revue des Deux Mondes.


    En resumen, como en el tiempo de Lamennais, se tenía la impresión de que el cristianismo comenzaba solamente en este final del siglo XIX y que le hacía falta silenciar sus dogmas para “ganar el corazón de los extraviados”.

    León XIII comenzaba a dudar de las excelencias de la política del “Ralliement”. Muy atento a la acción subterránea de la Francmasonería que no dejaba de denunciar, hizo saber que este pacto del silencio “tendría por efecto separar a los católicos de la Iglesia en lugar de hacer volver a los disidentes”.

    Henry Béranger confesará algunos años más tarde:
    “En realidad, no es verdad que la Iglesia católica se haya beneficiado del movimiento neocristiano que nos arrastraba... La Iglesia no ha reconquistado una sola alma de entre las nuestras, y nosotros hemos conquistado muchas de entre las suyas”
    El sacerdote apóstata Hyacinthe era naturalmente uno de los más ardientes defensores de este congreso de las religiones que se quería reunir en la Exposición de 1900:
    “El Padre Hyacinthe —escribía Arthur Loth— encontró buenas todas las ocasiones para afirmar que en el futuro se formará entre los diversos cleros y los diversos creyentes, una religión superior que los reunirá a todos y de la que él se ha constituido en sacerdote desde ahora: esto es un efecto de su apostasía.. . Les es lícito al pastor Holland y al Padre Hyacinthe, organizar con los rabinos, los muftíes, los derviches, los faquires y otros hierofantes de falsos dioses, todos los congresos y teatros de las religiones que quieran imaginar para la diversión de la Exposición de 1900; pero la Iglesia Católica debe permanecer fuera de todas las exhibiciones de este género. Ella es la Iglesia de Jesucristo. Es lo que es por su Divino Fundador. Ella sola es la depositaria de la verdad religiosa. No solamente no tiene nada que tomar o que recibir de las otras religiones, sino que tiene que darles todo. No admite ni tolerancia, ni compromiso en materia de dogma y su moral es la moral misma del Evangelio.”


    “La Iglesia Católica no puede aparecer en medio de las otras religiones sino con la superioridad que le da su divina institución. ELLA NO ES NADA O LO ES TODO”.



    La feria de las religiones hoy en día...
    Habiendo prohibido el cardenal arzobispo de París la “feria de las religiones” el padre Charbonnel le escribió:
    “El congreso de las religiones, parece que es la glorificación del principio de tolerancia. Tanto mejor, ciertamente. Pero nuestros buenos sectarios —y los hay ‘de todas clases’, como entre los jesuitas de Pascal— no recuerdan que ‘toda verdad es intolerante, y sobre todo la verdad religiosa’, que ‘la intolerancia es el principio de la vida de la Iglesia Católica’. Los innovadores estarían pues en el error, pero el error, proclama Charbonnel ‘el error no existe en sí’.

    Sólo se le podría concebir como ‘no ser’ la verdad y únicamente se le podría alcanzar en la persona. El error, es a fin de cuentas el pensamiento de alguien... Acosar un error fue y sigue siendo, cualquier casuística que se haga, acosar a las personas (...) LAS RELIGIONES DEBEN SER CONSIDERADAS DEL LADO DEL HOMBRE. No se trata tanto de religiones como de hombres religiosos, y no tanto de CREDO y de verdad, como de almas creyentes y de sinceridad. Y también, más allá de sectas y capillas, en una comunión superior de aspiraciones, de sentimientos, de oraciones, se forma la noble elite de las almas religiosas, verdaderamente la ‘Iglesia’ de tantos elegidos que, por la ascendente paz de las creencias o por sentimientos y deseos de fe, o por los torrentes de un pensamiento inquieto, o por las llamadas de su sufrimiento, con la mirada hacia la luz, buscan a Dios”.

    Y Charbonnel se queja de que haya sido ahogada “la voz de Lamennais, de los Lacordaire, de los Montalembert”, pero proclama que hoy “un Manning de Inglaterra, un Ireland de Norteamérica, y un León de Roma, han querido hacer revivir el viejo y liberal Evangelio prescrito: EL EVANGELIO DE LAS MULTITUDES”. Charbonnel se quedó solo obstinándose y acabó por secularizarse.

    La gran idea de los innovadores, a finales del siglo pasado, es la de fundar la Iglesia “en el Siglo”, como ellos dicen:
    “¡ La Iglesia y el Siglo! —escribe Mons. Ireland—. Ponedlos en íntimo contacto, sus corazones baten al unísono; EL DIOS DE LA HUMANIDAD opera en el uno, EL DIOS DE LA REVELACIÓN SOBRENATURAL opera en el otro; en ambos es el mismo y único Dios”.


    Como el siglo va a la Democracia (¡y qué!, ¿acaso solo?) la Iglesia, estima Monseñor Ireland, debe aliarse a la Democracia: “Estamos actualmente en la edad de la democracia. Los monarcas ya no ocupan el trono sino para ejecutar la voluntad del pueblo. Pobre de la religión si no comprende este hecho” .

    La Iglesia “ha comprendido”, dicen ellos. León XIIIcompromete a los católicos franceses en la política del “Ralliement” y Mons. Ireland asegura que “las gloriosas encíclicas a la nación francesa, traen el beso de la paz, tan largamente deseado, de la Iglesia a la democracia. La sonrisa de la Iglesia, que los emperadores y los reyes reclamaban en otro tiempo como su derecho exclusivo, se vuelve ahora hacia la forma más bella y la representación más elevada de los derechos populares, hacia la República”.

    Sin embargo, el arzobispo de San Pablo de Minnesota es un poco como M. Zola. Duda de la vocación democrática de Francia y proclama, dos años después de que León XIII haya condenado estas tesis:
    “Creo que una misión divina ha sido asignada a la República de los Estados Unidos; esta mishón es la de preparar el mundo por el ejemplo y por la influencia moral, al reino universal de la libertad humana y de los derechos del hombre. Norteamérica no vive para ella sola; LOS DESTINOS DE LA HUMANIDAD ESTÁN CONFIADOS A SU CUSTODIA. Ninguna doctrina de Monroe confina su democracia a las costas del Atlántico y del Pacífico”.

    Texto singular donde ya se dibuja ese imperialismo pandemocrático que va a caracterizar la política norteamericana a todo lo largo del siglo XX. La idea de enganchar la Iglesia a este imperialismo, destinado a imponer las ideas de 1789 en el mundo, era la más asombrosa que se puede imaginar, pero la época es la de las grandes desviaciones del espíritu.

    En su prefacio a la traducción francesa del libro de Mons. Ireland, verdadero manifiesto del modernismo, condenado en la época bajo el nombre de “americanismo”, en razón de su origen geográfico, el padre Klein aseguraba que la Iglesia “bendice la democracia y la considera como la eflorescencia de sus propios principios de igualdad, de fraternidad, y de libertad de todos los hombres ante Cristo y por Cristo”.

    La VIE DU P.HAEKER (Vida del P. Haeker) traducida también por el P. Klein, y precedida de una introducción de Mons. Ireland y de una carta de Mons. Gibbons, fue otro manifiesto del partido. Condenado, el libro fue retirado de la venta. Los autores se inclinaron “pero las ideas no se eliminan fácilmente de los cerebros que les han dado asilo”.

    Más tarde, Charbonnel confesará: “Sin ninguna duda, debo a las ideas que estos hombres (el P. Haeker, Mons. Ireland, Mons. Koane y el padre Klein) representan, si se quiere, mi apostasía, y yo digo mi Liberación”.


    Se trata pues bien claramente de una “nueva Iglesia” que ya tiene sus “nuevos sacerdotes”. Descansa en la idea de una unión moral de religiones, “es decir, de un terreno que no pertenece en particular a ninguna y a todas”; es la misma definición de la francmasonería:
    “La Masonería es la moral universal que conviene al habitante de todos los climas, AL HOMBRE DE TODOS LOS CULTOS... su moral una e inmutable, es más amplia y más universal que las de las religiones nativas siempre exclusivas”.
    “Hay una religión universal, enseñaba ya el Gran Oriente a mediados del siglo XIX, QUE ENCIERRA TODAS LAS RELIGIONES PARTICULARES DEL GLOBO: es la que nosotros profesamos”.


    Curiosamente, también ésta era la idea de “la Alianza Israelita Universal”, desde su fundación:


    Adolphe Crémieux, Presidente de la Alianza Israelita Universal, además de fervoroso masón.
    “La Alianza Israelita Universal —escribía su fundador Adolphe Crémieux— apenas nacida (1861), ya hace sentir su influencia saludable a lo lejos. … NO SE LIMITA A NUESTRO SOLO CULTO, SE DIRIGE A TODOS LOS CULTOS. QUIERE PENETRAR TODAS LAS RELIGIONES, como penetra en todos los países. Que los hombres cultivados SIN DISTINCIÓN DE CULTO, se unan a esta Asociación Israelita Universal cuyo fin es tan noble, tan ampliamente civilizador. Tender una mano amiga a todos esos hombres que nacidos en una religión distinta a la nuestra, nos tienden una mano fraternal, reconociendo que TODAS las religiones cuya moral es la base y cuya cima es Dios deben ser amigas entre ellas, haciendo así caer las barreras que separan LO QUE DEBE REUNIRSE UN DÍA, he aquí, señores, la bella, la gran misión de nuestra Alianza Israelita Universal”.

    De este modo, se dibuja un inmenso movimiento en la segunda mitad del siglo XIX a favor de la idea masónica de una Religión Universal. Ya tiene sus adeptos en el seno mismo de la Iglesia romana, aunque constituye la negación del fundamento mismo de la Iglesia: la Revelación.

    Los espíritus más avisados observan este movimiento con inquietud.


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    Respuesta: La Iglesia ocupada

    LA IGLESIA OCUPADA – CAPITULO XV

    ¿UNA SOCIEDAD SECRETA
    DENTRO DE LA IGLESIA?

    Se combate mal a un adversario si no se le
    conoce a fondo.

    CHARLES MAURRAS
    La Démocratie Religieuse, pág. 110
    *

    Nota: "La Iglesia Ocupada" es un libro de Jacques Ploncard d’Assac, publicado en capítulos para Santa Iglesia Militante por Cecilia Margarita de María Thörsoe Osiadacz.
    Para ver la totalidad de los capítulos publicados puede clickear en: LA IGLESIA OCUPADA.
    *
    Capítulo XV: Los conjurados de Subiaco Conquistar la Iglesia desde el interior La reunión secreta de la vía Della Vita “Percibo el mal olor de Lutero…”El subconsciente y la Verdad Antonio Fogazzaro Il Santo en el Indice Un cardenal en la conjuración La conferencia de París “Cristianos a la búsqueda” Romper la cadena Un refugio contra el siglo.
    *
    La idea de infiltrarse en la Iglesia para desviar su doctrina y controlar a su jerarquía, por extraña que pueda parecer, no ha dejado de obsesionar a las sectas ocultas. Las tentativas más conocidas son las de los “Iluminados” de Baviera, en el siglo XVIII, y la de la Alta Venta en el siglo XIX.
    En 1906, aparecía en París la traducción francesa de un libro del escritor italiano Antonio Fogazzaro, Il Santo (El Santo). La mediocre intriga novelesca no hubiera sin duda llamado la atención si no hubiese servido para difundir las consignas de la SECTA MODERNISTA.


    Estas eran bastante sorprendentes: se trataba de constituir una sociedad secreta en el seno de la Iglesia, con vistas a adueñarse de los principales puestos de la Jerarquía y lograr así una evolución de la Iglesia, favorable a las ideas del siglo.

    Antonio Fogazzaro. Su libro Subiaco expone ideas de infiltración en la Iglesia...
    En Subiaco, Giovanni Selva, el protagonista de Fogazzaro exponía estas extrañas ideas a un grupo de amigos:
    “Somos un cierto número de católicos, en Italia y fuera de Italia, eclesiásticos y laicos que deseamos una reforma de la Iglesia…
    Para ello, tenemos necesidad de CREAR UNA OPINIÓN QUE LLEVE A LA AUTORIDAD LEGÍTIMA A ACTUAR SEGÚN NUESTRAS MIRAS, aunque fuese dentro de veinte, treinta o cincuenta años… He creído que parala propagación de nuestras ideas sería muy útil que por lo menos pudiésemos conocernos. Esta noche, nos reunimos un pequeño grupo Para un primer contacto”.
    Giovanni Selva pide entonces que se comprometan bajo secreto y, uno de los oyentes que comprendió perfectamente lo que se proponía, sacó la conclusión de que se trataba de fundar una “francmasonería católica”. No una contra-masonería, sino una sociedad que emplease los métodos de la Francmasonería: secreto e infiltración.
    Las ideas que intercambian “los modernistas de Subiaco” son no hace falta estar de acuerdo en todo, “los acuerdos positivos madurarán interiormente, como los gérmenes vitales en el caduco despojo de los frutos… un acuerdo negativo es bastante”.
    “En el tema que nos ocupa, el proceso lógico está oculto”
    La idea fundamental de los conjurados es la de no abandonar la Iglesia por ningún motivo. Separados de ella, no serían más que una secta visiblemente herética. Su objetivo es más ambicioso: conquistar la Iglesia desde DENTRO.
    “Trabajemos para hacer sentir universalmente la necesidad de renovar todo lo que en nuestra religión es ropaje y no cuerpo de la verdad…hagámoslo permaneciendo en el terreno del puro catolicismo, esperando de las caducas autoridades las nuevas leyes, demostrando sin embargo que, si no se cambia esas vestimentas llevadas desde hace tanto tiempo y bajo tan rudas inclemencias, ninguna persona cultivada consentirá ya en ser de los nuestros. Y quiera Dios, que muchos de entre nosotros no se las quiten sin permiso por no poder soportar más la repugnancia que les causan”.
    Pero tal trabajo oculto en el seno de la Iglesia, ¿ no corre el riesgo de ser descubierto? Es el temor que expresa uno de los conjurados:
    “Creéis que os será posible navegar bajo el agua como peces prudentes y ya no pensáis que el ojo penetrante del Soberano Pescador o Vice-Pescador puede descubriros. Yo no aconsejaré jamás a los peces más finos, más sabrosos, más buscados, que se junten. Comprendéis lo que sucedería si cogieran a uno de ellos y lo sacasen del agua. Y no ignoráis que el Gran Pescador de Galilea ponía los peces en vivero, pero el Gran Pescador de Roma los pone en sartén”.
    La respuesta que se le dio es muy reveladora:
    “Aisladamente, cualquiera puede ser alcanzado: hoy, el profesor Dana, por ejemplo, mañana Dom Faré, pasado mañana Dom ‘Clément. Pero el día en el que, el imaginario arpón… pescase unidos por un hilo, laicos de marca, sacerdotes, monjes, obispos, tal vez cardenales, ¿quién será, decidme, el pescador pequeño o grande que del susto, no deje caer al agua el arpón y todo lo demás?”.
    El plan está claro: contaminar los espíritus en tan gran número que Roma (el Papa, designado veladamente como “Gran Pescador”) dude en condenar. Ese día la Iglesia será conquistada desde dentro, ahogada por la opinión; pues los modernistas saben que se puede “fabricar la opinión” y van a dedicarse a ello.

    Antonio Fogazzaro, escritor y poeta.
    La conjuración se ha extendido y Fogazzaro cuenta la reunión secreta que tuvo lugar en Roma, via Della-Vita:
    “A la caída de la noche un señorial carruaje se detuvo ante una casa de la calle Della-Vita, en Roma. Dos damas descendieron de él precipitadamente y desaparecieron por una oscura puerta. El carruaje partió.
    “Dos minutos después llegó otro, dejó a otras dos damas que desaparecieron por la misma puerta y el carruaje partió.
    “En un cuarto de hora, llegaron cinco carruajes y la oscura puerta se tragó por lo menos a doce damas. Después, la callejuela volvió a quedar silenciosa.
    “Media hora más tarde, comenzaron a venir del Corso grupos de hombres. También ellos se detenían ante la misma puerta, leían el número a la luz del farol más próximo y entraban. Y la oscura puerta se tragó también de esta manera a unas cuarenta personas. Los últimos fueron dos sacerdotes. El que miró el número era miope y no conseguía leer las cifras. El otro riendo le dijo:
    “Entra. Percibo el mal olor de Lutero: debe de ser aquí”
    Después de tal comienzo en la Ponson du Terrail, Fogazzaro nos transmite el discurso que pronunció el “profeta” del movimiento: Benedetto, “el Santo”.
    Comenzó por leer una carta que había recibido:
    “Hemos sido educados en la fe católica, decía el comunicante, y ya hechos hombres, hemos aceptado de nuevo, por un acto de libre voluntad, sus más arduos misterios, hemos trabajado por ella en el campo administrativo y social; pero en esta hora, otro misterio se levanta en nuestro camino y nuestra fe vacila ante él. La Iglesia católica, que se proclama fuente de verdad, obstaculiza hoy la búsqueda de la verdad cuando esta búsqueda se lleva a cabo en sus propios fundamentos, en sus libros sagrados, en las fórmulas de sus dogmas, en su pretendida infalibilidad…

    Para nosotros, esto significa que está destinada a la muerte, a una muerte lejana pero ineluctable... ¿Qué debemos hacer?”
    Benedetto pregunta entonces: “,Por qué os habéis dirigido a mi?” y parodiando el Evangelio cuenta esta parábola:
    “Unos peregrinos sedientos se acercaron a una famosa fuente. Encuentran un pilón lleno de agua estancada de sabor desagradable. La fuente viva está en el fondo del pilón, pero no la encuentran. Decepcionados, se dirigen a un cantero que trabaja cerca de allí en una galería subterránea. El cantero les ofrece agua pura, ellos le preguntan el nombre del manantial. ‘Es la misma que la del pilón, les responde, en el subsuelo toda esta agua sólo forma una corriente’. El que cava, encuentra”.
    Y Benedetto explica lo expuesto:
    “Los peregrinos sedientos sois vosotros; el oscuro cantero soy yo; la corriente escondida en el subsuelo es la verdad católica. En cuanto al pilón, no es la Iglesia, la Iglesia es todo el campo por el que corren las aguas vivas. Si vosotros os habéis dirigido a mí, es porque sabíais de una manera inconsciente que la Iglesia no es la jerarquía únicamente. Que es el universal conjunto de fieles, GENS SANCTA, y que del fondo de todo corazón cristiano puede brotar el agua viva del manantial mismo, de la Verdad misma”.

    El “reformador”, hábilmente, no niega la Jerarquía. Si los conjurados deben infiltrarse en ella, es importante dejarle bastante fuerza para ayudarlos en su conquista oculta, pero la aprisionan en la opinión, la opinión que ellos van AHACER “Yo no juzgo a la Jerarquía... digo nada más que la Iglesia no es solamente la Jerarquía”.
    Pero si la Verdad no nos llega por la enseñanza de la Jerarquía, ¿ por qué canal llegará entonces?
    Hay, responde el “reformador”, una región del alma “la del subconsciente, donde las facultades ocultas realizan un trabajo oculto”. “Este otro mundo del pensamiento está en relación directa e incesante con la Verdad...
    TIENDE A RECTIFICAR LAS IDEAS DOMINANTES, cuando la enseñanza tradicional de estas ideas no es adecuada a lo verdadero”. Esta es “la fuente de una AUTORIDAD LEGÍTIMA”, “la Iglesia es la Jerarquía con sus conceptos tradicionales y ES TAMBIÉN la sociedad laica perpetuamente en contacto con la realidad, ACTUANDO PERPETUAMENTE SOBRE LA TRADICIÓN”.
    Esta es la impugnación permanente instalada en la Iglesia.
    La “logia modernista” imaginada por Fogazzaro había pasado a casa de uno de los afiliados que había ofrecido su apartamento: “Las reuniones se celebraban allí dos veces por semana. Había eclesiásticos, mujeres y hasta un judío llamado Viterbo, a punto de hacerse católico y en el que el maestro fundaba grandes esperanzas”.

    “El objeto de estas reuniones era hacer conocer a personas atraídas por Cristo, PERO A LAS QUE REPUGNABA EL CATOLICISMO, lo que el catolicismo es verdaderamente”, pues se les enseñaba que las formas de la religión son “modificables” por las reacciones de la “conciencia pública”.Fogazzaro no vacilaba en enviar a su héroe ante el Papa para ordenarle que reuniese con frecuencia a los obispos en “concilios nacionales” y que hiciese “participar al pueblo en la elección de los obispos”.
    Esto era introducir la democracia en la Iglesia; una democracia que no podía ser sino “progresista” porque, explicaba Fogazzaro, “los católicos, eclesiásticos y laicos dominados por el espíritu de inmovilidad creen agradar a Dios, como los judíos celosos que hicieron crucificar a Jesús.
    Todos los clérigos, el Santo Padre, y también todos los hombres religiosos que hoy se oponen al CATOLICISMO PROGRESISTA, habrían hecho crucificar a Jesús de buena fe en nombre de Moisés. Son idólatras del pasado, desearían que en la Iglesia todo fuese inmutable.”
    Los conjurados habían comprendido perfectamente que la INMUTABILIDAD de la Iglesia, la formidable construcción dogmática asentada sobre la tradición constituía una barrera infranqueable para los “innovadores”. La primera tarea a realizar, era hacer penetrar en la opinión que la Iglesia DEBÍA cambiar, evolucionar. ¿ A dónde la llevarán? Eso sería la segunda etapa: LO PRIMERO HACER ADMITIR LA IDEA DEL CAMBIO.
    En su lecho de muerte, II Santo deja esta consigna a los conjurados:
    “¿ Os digo que toméis públicamente el lugar de los Pastores? No. Que cada uno trabaje en su propia familia, que cada uno trabaje entre sus amigos personales, que los que puedan, trabajen por medio de sus escritos. De esta manera, TAMBIÉN VOSOTROS PREPARARÉIS EL TERRENO EN EL QUE SE FORMAN LOS PASTORES”.


    Fogazzaro en su estudio
    Antonio Fogazzaro había nacido en Vicenza el 25 de marzo de 1842. Su juventud había transcurrido en tiempos del “Risorgimento”. El día de su boda se había cruzado con la calesa del rey del Piamonte que entraba victorioso en Vicenza. Había sufrido la influencia de los románticos. Su libro preferido era Les Memoires d’OutreTombe (Memorias de ultratumba) y su poeta, Heme.
    Con tales maestros, su fe religiosa pronto evolucionó hacia un vago espiritualismo, después se convirtió en un simple sentimentalismo. Al fin, no sintiéndose ya sostenido por una fe profundá, dejó de practicar. “La primera vez que me fui a pasear en lugar de ir a la Iglesia —dirá— experimenté una satisfacción como si hubiera roto una pesada cadena”
    “Ya no hacía nada, mis ideales se habían derrumbado, ya no esperaba nada de la vida”.

    Fogazzaro entra en relación con un curioso personaje: Chialiva, un viejo carbonario de los comienzos, que había ido a Inglaterra, al Perú, había encontrado una ruina de oro y había vuelto a Lugano. Su villa “La Tanzia”, había servido de refugio a los conspiradores de Mazzini. En 1859, Chialiva se había instalado en Milán y continuaba conspirando a favor de la República. Era un feroz anticlerical.
    ¿Se aficionaría Fogazzaro a las sociedades secretas con Chialiva? Es posible. En todo caso, no encontró en éste un guía moral. Lleva una vida desordenada y lo más notable de su actividad consiste en escribir poemas.
    Pero Fogazzaro sigue siendo un inquieto. Incapaz de ordenar su vida sobre la práctica cristiana, intenta aferrarse a una vaga religión del corazón. Lo que él ha llamado su “conversión” tuvo lugar en 1873, después de haber leído la Philosophie du Credo (Filosofía del credo) del Padre Gratry que trataba del “deseo del corazón”.
    “Esto es lo mío”, piensa Fogazzaro.
    Il Santo hizo algún ruido. Demasiado, pues fue puesto en el Indice, el 5 de abril de 1906. Fiel a la táctica que ha preconizado en su libro, Fogazzaro se somete. Por otra parte no faltan quienes le animan secretamente. Hasta se tiene, del cardenal Mathieu, una carta reveladora de la penetración del “modernismo” en la Jerarquía. El 30 de julio de 1906 el cardenal escribe a Fogazzaro que acaba de ver su libro puesto en el Indice.
    “Un cardenal no puede quitar la razón a un tribunal romano…”, “pero habría poco que corregir (en Il Santo). Vengaos, señor mío, a la manera del sol de J. Baptiste Drousseau, el Dios que prosiguiendo su carrera derramaba torrentes de luz sobre los oscuros blasfemos. Haré todo lo posible por ir a saludaros a Vicenza... Será necesario que esta visita se haga DE INCÓGNITO e IN IGRIS por el miedo de que yo también sea puesto en el Indice.

    “Recibid, estimado señor, toda la respetuosa adhesión y toda la ADMIRACIÓN de vuestro humilde servidor, P.D. CARDENAL MATHIEU”.
    A principios de 1907, Fogazzaro toma aires de director de escuela. Emprende en Francia, Suiza e Italia, una gira de conferencias sobre “las ideas de Giovanni Selva”, el doctrinario de Il Santo.
    Fue acogido en París “por una multitud de católicos, de SEMINARISTAS y hasta, se dice, por un obispo”. (¿Acaso el cardenal Mathieu? En el momento en que L’Action Française informaba del rumor que corría de que había un obispo adepto a los conjurados, se ignoraba la carta del cardenal Mathieu a Fogazzaro, que no fue publicada hasta 1920 por Gallarati-Scotti).

    Fogazzaro iba acompañado del padre Rómulo Murri, jefe del partido democrático italiano, quien algunos meses más tarde sería excomulgado, y se entrevistó con Marc Sangnier, el cual vería condenado Le Sillon tres años después.
    “Giovanni Selva —declara Fogazzaro— pertenece al mundo de la realidad tanto como vosotros y como yo. Le he inventado un falso nombre. Su nombre verdadero es ‘legión’. Existe, piensa y trabaja en Francia, en Inglaterra, en Alemania, en América y también en Italia. LLEVA LA SOTANA y el uniforme y la levita, se deja ver en las universidades, SE ESCONDE DE LOS SEMINARIOS”
    Fogazzaro reitera públicamente la consigna de los conjurados de Il Santo: permaneced en la Iglesia para infiltrar secretamente en ella las nuevas ideas:
    “No es exiliándose de la patria —dice— ni haciéndose desterrar por el gobierno como se consigue ejercer una influencia en la legislación nacional para hacer derogar o modificar las leyes. La primera cosa que hay que hacer CONTRA ELLAS, es obedecerlas”.
    Para los conjurados, la obediencia a la Iglesia no es sino una apariencia para no ser expulsado de ella.
    La gira de Fogazzaro, ¿fue una imprudencia, una falta a la consigna de la acción clandestina? ¿ Se creyeron los innovadores lo bastante seguros como para desenmascararse a medias? El caso es que atrajo la atención sobre la oculta cofradía de los “modernistas”. Astucia irrisoria: Fogazzaro había creído hábil denominarse MODERNOy no MODERNISTA pero al mismo tiempo aparecía en Milán una revista: Rinnovamento, en la que colaboraba y de la que L’Univers podía decir que era “el órgano de la famosa sociedad de reformadores silenciosos cuyo programa y método se encuentran expuestos a lo largo de la novela del senador por Vicenza (Fogazzaro había sido nombrado senador del reino de Italia en 1900). Nuestros reformadores modernos creen que para realizar su obra tienen que PERMANECER A TODA COSTA EN EL INTERIOR MISMO DE LA IGLESIA, cualesquiera que sean las divergencias que se irán señalando cada vez más entre sus concepciones filosófico-religiosas y la fe católica; PORSÍMISMOS NO ABANDONARÁN LA IGLESIA, BUSCARÁN REALIZAR EN ELLA SIN RUIDO SU TRABAJO DE ZAPA Y DE DISOLUCIÓN —ellos dicen de transformación y de renovación—, pero esto no los hace menos peligrosos”.
    Con una fórmula asombrosa, Fogazzaro declaraba que el agnosticismo moderno “estaba mucho mejor dispuesto hacia Cristo que hacia Barrabás”, pero que estaba “sin embargo resignado a dejar morir el cristianismo, siinsiste demasiado en proclamarse la verdad absoluta”.
    “Ya han dejado escapar el ‘quid’ de la cuestión, comentaba L’Univers: lo que nuestros reformadores reprochan más a la Iglesia es el de proclamarse —y ser— una verdad absoluta”.

    No sin razón los innovadores iban contra la noción misma de la verdad. Puesta en duda ésta, sometida a la Interpretación de cada uno, todo el edificio dogmático de la Iglesia quedaba quebrantado.
    Con una audacia que no han superado los progresistas cristianos de hoy, Rinnovamento proclamaba: “Si creemos posible una nueva civilización cristiana es con una sola condición, a saber, que el espíritu de Cristo significa espíritu de liberación sin que nadie lo sujete a teorías, hipótesis, o sistemas puramente suyos, sino SINTIÉNDOLO CADA UNO EN SU CORAZÓN como un mandamiento inmanente de elevar su propia vida en todas las actividades”.
    Hay que “remontarse de los mitos a la divinidad”. “La única apología posible hoy, es LA BÚSQUEDA MISMA”.
    Aquí tenemos a los abuelos de los “cristianos en búsqueda de hoy”.
    Se podría analizar ampliamente la obra de Fogazzaro para encontrar en ella los temas de los “progresistas” cristianos.
    Si el afecto de los católicos PROGRESISTAS a su Iglesia, escribía, no está disminuido por las amarguras y los sacrificios que con frecuencia son su suerte, es porque siempre están seguros de encontrar un refugio “EN LA REGIÓN INVISIBLE DE LA QUE SE SIENTEN MIEMBROS por la fe viva y la inmortal esperanza de una fraternidad conocida plenamente de Dios solo; a resguardo de toda ofensa y de la que nadie en el mundo, por muy poderoso que sea, podrá privarlos en la eternidad”.
    Fogazzaro profesaba una gran admiración por otro maestro del pensamiento de los “modernistas”: Tyreli, “el hombre ante quien —decía— todos los Giovanni Selva del mundo se inclinan con veneración” Por lo demás, tiene la intención de organizar giras de conferencias con Tyreil y Loisy, los dos futuros condenados.
    Los principales del partido se reunieron un día secretamente en Moivono, para decidir la táctica a seguir. Von Hágel sostuvo que si en los siglos pasados, principalmente desde el siglo XVI, “un considerable grupo de laicos, sacerdotes y obispos hubiesen actuado firme y dignamente COMO HOMBRES LIBRES, responsables y sinceros frente a la autoridad papal, el Papa no habría llegado jamás a pedir una obediencia pasiva que repugna a la conciencia moderna”. Pero ahora, “el Papa pide actos de renuncia a nuestra libertad que le parecen muy sencillos y naturales, simplemente porque proceden de la tradición secular y son absolutamente necesarios para su continuidad”.
    Para “romper esta cadena”, hay que unirse.
    Fogazzaro insistió sobre la necesidad de no romper de ninguna manera con la Iglesia, “DE PERMANECER A TODA COSTA EN EL INTERIOR PARA PODER TRABAJAR EN LO CONCRETO... Dejarse eliminar, sería retardar el triunfo de nuestras propias aspiraciones en la Iglesia”.
    Actuando así, Fogazzaro prometía que un día se vería “LA AUTORIDAD EN MANOS DE HOMBRES QUE PIENSAN COMO NOSOTROS”.
    Nunca se subrayará lo suficiente el método de los “modernistas”: “No separarse jamás, sino adueñarse”.

    Fogazzaro. Retrato.
    En el transcurso de su conferencia en París, Fogazzaro había declarado cínicamente que se trataba de “preparar un estado de conciencia colectivo QUE, MÁS TARDE, SE MANIFESTARÁ ESPONTÁNEAMENTE EN LOS ACTOS DE LA AUTORIDAD”.
    La objeción que nos viene inmediatamente a la mente, es ésta: ¿cuál es el valor de tal “estado de conciencia” en relación con la Tradición constante de la Iglesia?
    No deja de tener interés observar que esta objeción fue percibida perfectamente por los contemporáneos, incluso por aquellos que, como Paul Souday, no eran catóilcos. El crítico de Le Temps hacía observar que Fogazzaro “profesaba una admiración un poco simplista y beata por la vida moderna”. “Se le llenaba la boca con ella —escribía— y no cesaba de insistir en la necesidad de adaptar el catolicismo a la tan preciosa vida moderna. ¡ Qué puerilidad !”.
    “El tiempo presente —proseguía Souday— es una mezcla de lo bueno y de lo malo. ¿A título de qué atribuirle un privilegio y juzgar insuficiente para él una religión que bastó a Bossuet y a Pascal?”. Y, muy sutilmente hacía notar: “El impulso automático de los ingenuos y de los ignorantes exalta su época por encima de cualquier otra, porque no conocen las épocas anteriores y porque ésta tiene la superioridad de haberlos engendrado. Es un reflejo elemental creer en el progreso desde los orígenes hasta nosotros”.
    “Los enamorados del pasado —concedía Souday— pueden caer en algún exceso”, pero “sus prevenciones, por lo menos, se apoyan en una cultura seria, una imaginación vivaz y un sentido crítico aguzado que les ha permitido JUZGAR SU SIGLO EN CONTRA DE SU INSTINTO. Llegan a pensar que lo que es característico de un siglo, moderno o antiguo, tiene poco valor y que LO IMPORTANTE ES LO QUE DURA. El catolicismo tiene LA SUPERIORIDAD DE SUS MIL NOVECIENTOS AÑOS DE EXISTENCIA sobre las ideas de las que Fogazzaro está tan satisfecho por ser modernas y que acaso mañana habrán pasado. Lejos de querer modificarlo para ponerlo a la moda, se puede pensar que su principal atractivo reside, por el contrario, en UNA INMUTABLE PERENNIDAD Lejos de subordinarlo al siglo, se tiene el derecho de amarlo POR CONTRASTE Y COMO REFUGIO CONTRA EL SIGLO”.


    http://santaiglesiamilitante.blogspot.com/
    Última edición por Hyeronimus; 07/07/2009 a las 00:24

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    Re: Respuesta: La Iglesia ocupada

    LAS TRES APOSTASÍAS: PROTESTANTISMO, MASONERÍA Y COMUNISMO



    Desde APOSTOLADO EUCARÍSTICO- Vía ESPADA CATÓLICA


    APOSTASÍA CONTRA LA IGLESIA 1517, APOSTASÍA CONTRA CRISTO 1717, Y APOSTASÍA CONTRA DIOS 1917



    En las apariciones de la Santísima Virgen María que han acontecido (del siglo XVI hasta nuestros días), se hace mención a la Apostasía en los últimos tiempos


    Desde hace medio milenio los combates librados por el mundo contra la verdad de la Iglesia Católica han conducido a errores cada vez más profundos y peligrosos, desencadenando hasta revoluciones. Es muy interesante notar que los procesos históricos más fundamentales de la era moderna se dieron en tres fechas semejantes: en los años 1517 (protestantismo), 1717 (masonería) y 1917 (comunismo), en los que se manifiesta, en Occidente, un avance verdaderamente sistemático de la apostasía de la Verdad de Dios, que irradia desde allí a todo el mundo.

    Jesucristo dice a sus Apóstoles: “Como me envió mi Padre, así os envío Yo”. En esta palabra de Cristo tenemos tres niveles: el Padre – Cristo – los Apóstoles (la Iglesia). El Padre envía a Cristo. Cristo envía a los Apóstoles. Cristo dice: “Quien a vosotros escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza, ahora bien, quien me rechaza a Mí, rechaza a aquel que me envió” (Lc. 10,16)[1]. Y justamente en estos tres pasos, tuvo lugar la apostasía de la Verdad durante los últimos siglos: apostasía contra la Iglesia Católica (1517), apostasía contra Cristo (1717), y apostasía contra Dios (1917). Este desarrollo es del todo consecuente y, en su avance es, un cierto sentido, necesario. Aquel que rechaza a los enviados de Cristo, los sucesores de los Apóstoles (es decir la Iglesia Católica), rechaza en consecuencia también a Cristo. El que rechaza a Cristo, rechaza consecuentemente también a Dios Padre. La historia del último medio milenio ha confirmado así, y de manera aterradora, estas palabras de Cristo.



    Las tres etapas de la Apostasía en la Historia son: el protestantismo (contra la Iglesia Católica), la masonería (contra Jesucristo y María Santísima), y el comunismo (contra Yahveh Dios). Todas ellas proceden de satanás el diablo.



    En 1517, con la publicación de las tesis de Lutero se marca, al menos exteriormente, el comienzo decisivo del protestantismo. De los dos “envíos” mencionados Lutero reconoce solamente uno: la mediación de Cristo hacia Dios, pero no la mediación de la Iglesia hacia Cristo. De aquí las sentencias programáticas de Lutero: “Solo las Escrituras” y no el Magisterio de la Iglesia; “Solo la gracia” y no la mediación a través del sacerdocio y de los sacramentos. “Solo Dios” y ninguna mediación a través de los Santos del Cielo.



    De acuerdo a San Juan de Ávila: “Al modo en que San Juan Bautista abrió el camino a Cristo, Lutero abrió el camino al anticristo”. Martín Lutero, al rebelarse contra la Iglesia Católica, introdujo la primera apostasía



    En 1717, con la fundación de la masonería en Inglaterra, se marca la siguiente etapa de la apostasía. El rechazo de la Iglesia y de su Magisterio por Lutero trajo como consecuencia ulterior el rechazo absoluto de la revelación de Dios dentro de este mundo. Como la encarnación de Jesucristo constituye el punto culminante de la revelación de Dios, será especialmente rechazada. La filosofía masónica no es atea: postula un ser superior, gran arquitecto del mundo. Por lo tanto, los masones no son ateos, sino que abogan por el deísmo (Dios ya no actúa más en el mundo después de la creación) y por el agnosticismo (es imposible conocer la verdad), y en el campo de la ética postulan, consecuentemente, el liberalismo (libertad en todos los ámbitos en lugar de autoridad o ley). Aquí se ve la realización del primer paso antes mencionado: “Quien a vosotros rechaza, a Mí me rechaza”. Así como Lutero rechazó la mediación de la Iglesia, así también rechazan los masones a Cristo y con Él, toda mediación o puente hacia Dios. Es por eso que sostienen el deísmo, que rechaza a priori no solamente la Divina Providencia y la posibilidad de milagros, sinotambién toda autoridad divina.



    En la masonería, si bien no rechazan la existencia de Dios, rechazan a Jesús como Su enviado (y por ende, a la Iglesia Católica como guía moral)



    En 1917, con el estallido del comunismo, se marca la tercera etapa en esta revolución social contra Dios. Ya que desde 1717 se ha negado categóricamente la actuación de Dios en el mundo y cualquier intervención suya después de la creación, llegamos como consecuencia al último paso: al perfecto ateísmo y antiteísmo. El comunismo es, efectivamente, en esencia, un ateísmo social combativo. No es, en ningún caso, un sistema meramente económico al que se agrega sólo externamente el ateísmo. El comunismo entronca con la Revolución Francesa, especialmente a través de Rousseau. También entre la masonería y el protestantismo existe una clara relación fácil de deducir viendo quiénes han sido sus artífices: los dos principales fundadores de la masonería son Jean Théophile Désaguliers y James Anderson, uno pastor protestante y el otro teólogo protestante.


    “Quien me odia a Mí, odia también a mi Padre” (Jn. 15,23). El segundo nexo consecuente trazado claramente por Cristo, se hace realidad aquí. Esta última consecuencia que llega hasta el odio de Dios, se muestra claramente en el comunismo y de modo muy combativo. Se había anunciado en la masonería más avanzada. “Quienquiera niega al Hijo, tampoco tiene al Padre” (1Jn. 2,23).


    Todos estos errores de la Era Moderna no permanecieron sólo en el plano teórico, sino que transformaron la vida de la humanidad y de la sociedad en todos sus aspectos. Condujeron necesariamente a una persecución de cristianos sin precedentes. De acuerdo a recientes declaraciones rusas, 200.000 sacerdotes y religiosos (católicos y ortodoxos) perecieron víctimas del terror stalinista: fusilados, ahorcados, crucificados o expuestos a morir congelados.



    La Unión soviética llegó en su mayor momento a dar muerte a los sacerdotes católicos y ortodoxos, en su afán por borrar las raíces cristianas de los pueblos ocupados.


    Martillo y hoz no se limitaron solamente a derramar la sangre de mártires sino que también aplicaron a sus pueblos subyugados, sin el menor escrúpulo, medidas de terror de una violencia y crueldad monstruosas. Según las prudentes estimaciones de los autores del “Libro Negro del Comunismo” la erección de la utópica visión de la sociedad sin clases sociales costó alrededor de 100 millones de víctimas humanas: 20 millones de muertos en la Unión Soviética; 65 millones en China; 1 millón en Vietnam; 2 millones en Camboya; 1 millón en Europa del Este, 150.000 muertos en América Latina; 1,7 millones en África y 1,5 millones en Afganistán, lo cual suma casi 100 millones de víctimas humanas.[2] Estas masacres se llevaron a cabo de tres maneras diferentes: mediante ejecuciones de todo tipo como fusilamiento, horca, ahogamiento, apaleo, envenenamiento, cámaras de gas; por hambrunas intencionalmente provocadas o no evitadas deliberadamente y por deportaciones, ya sea por prolongadas marchas a pie, ya por hambre, enfermedad o frío dentro de vagones de transporte de ganados, ya por agotamiento en trabajos forzados. El intento ateo de establecer un cielo sin Dios aquí en la tierra conduce siempre al infierno.



    El comunismo (como toda revolución) se construye con muertos y guerras


    La Santa Iglesia, previendo las consecuencias de las explosivas ideas marxistas, ha condenado el sistema comunista ya 71 años antes del estallido de la Revolución de Octubre de 1917. Así, en el año 1846, el Beato Papa Pío IX alza la vos a través de su encíclica Qui Pluribus, condenando “la nefanda doctrina del comunismo contraria al derecho natural que, una vez admitida, echa por tierra los derechos de todos, la propiedad y la misma sociedad humana”.[3] Pío IX reafirma después esta reprobación en el Syllabus.[4]



    El Beato Pío IX fue el primer Papa en condenar explicitamente la herejía comunista



    León XIII, su sucesor, en la encíclica Quod Apostólici Muneris, desenmascara el comunismo como “mortal pestilencia que se infiltra por los miembros íntimos de la sociedad humana y la conduce a un extremo peligroso”.[5]



    León XIII reveló la verdadera naturaleza del comunismo: CAMINO SIN RETORNO A LA DESTRUCCIÓN


    También Pío XI dedica una encíclica entera a condenar y advertir solamente contra:
    el comunismo bolchevique y ateo que tiende a derrumbar el orden social y socavar los fundamentos mismos de la civilización cristiana (…) contraponiendo a estos falsos principios la luminosa doctrina de la Iglesia e inculcando de nuevo con insistencia los medios con los que la civilización cristiana, única “civitas” verdaderamente “humana”, puede librarse de este satánico azote y desarrollarse mejor para el verdadero bienestar de la sociedad humana”.[6]

    El error del comunismo lo lleva, en su exigencia absoluta y exclusiva, a pretender no sólo una reforma social, sino, y eso desde el primer momento, a promover una revolución mundial para lograr el poder mundial total.

    Insistiendo en el aspecto dialéctico de su materialismo, los comunistas sostienen que los hombres pueden acelerar el conflicto que ha de conducir el mundo hacia la síntesis final. De ahí sus esfuerzos por hacer más agudos los antagonismos que surgen entre las diversas clases de la sociedad; la lucha de clases, con sus odios y destrucciones, toma el aspecto de una cruzada por el progreso de la humanidad. En cambio, todas las fuerzas, sean las que fueren, que resistan a esas violencias sistemáticas, deben ser aniquilados como enemigos del género humano.”[7]

    Es interesante constatar la coincidencia casi exacta entre los cinco meses de las apariciones de Nuestra Señora en Fátima (desde el 13 de mayo de 1917 al 13 de octubre de 1917) y el tiempo de los preparativos revolucionarios de Lenin en Rusia. Los niños videntes, en aquella época, no podían saberlo. Al respecto, el Padre Josef Schweigl SJ escribe:

    El 16 de abril volvió Lenin de su exilio y comenzó de inmediato su lucha contra el gobierno liberal. Ya después de tres meses había ganado tal influencia que podía arriesgar un primer intento de revolución. El 17 de julio, algunos días después de aquel 13 de julio en el que María había entregado su mensaje a los tres pastorcitos, tuvo lugar en San Petersburgo una manifestación de casi medio millón de trabajadores, los que bajo la conducción de Lenin, transformaron la manifestación en un alzamiento armado con el objetivo de hacer caer al gobierno provisorio y proclamar el gobierno de los Soviets. Los bolcheviques fueron los dueños de la ciudad por tres días. La situación era tan crítica que el gobierno se vio en la obligación de retirar parte de las tropas del frente, con cuya ayuda pudo sofocar la revuelta. (…) Justamente el 13 de octubre, el día de la última aparición de Nuestra Señora en Fátima, Kerenski publicó en su diario Delo Naroda un artículo con el encabezamiento: “Perseverar, Resistir”, en el que exhortaba al pueblo a perseverar en la guerra hasta la victoria final. Al leer este artículo, Lenin se puso tan furioso que decidió ese mismo día consumar la revolución[8]. Todo lo que siguió fue nada más que la consecuencia práctica de esta decisión. Primeramente, la revolución del 7 de noviembre (el 25 de octubre sgún el Calendario Juliano, de donde el nombre de Revolución de Octubre), y luego el armisticio de Brest-Litowsk con Alemania el 5 de diciembre: y, al año siguiente, la paz especial, que fue concluida en la misma ciudad”.[9]
    NOTAS:


    1 Jesucristo afirma lo mismo en varios pasajes más de las Escrituras Santas pero con otras palabras. Véase al respecto: 1 Jn. 2,23; Jn. 14,6; Jn. 5,23; Jn. 8,19; Jn.8,42; Jn. 15,23; Jn. 14,7; y 1 Jn. 2,22.
    2 Cfr.: Courtois, Stéphane, et alii, Schwarzbuch des Kommunismus, Müchen/Zürich 2000, p. 16. Este libro es una traducción de la obra francesa Le Livre Noir du Communisme que ha sido traducida ya en 16 lenguas. La edición alemana apareció en la muy conocida editorial Piper.
    3 Pío IX, Encíclica Qui Pluribus del 1º de noviembre de 1846.
    4 Cfr.: Pío IX, Syllabus (Colección de los errores modernos), editado el 8 de diciembre de 1864, nº IV.
    5 León XIII, Encíclica Quod Apostólici Muneris, del 28 de diciembre de 1878.
    6 Pío XI, Encíclica Divini Redemptoris, del 1º de marzo de 1937.
    7 Ibidem: pp.528 s.
    8 Cfr.: Lenin, Vladimir Iljitsch, Gesammelte Werke, t. 26, Moskau 1949, pp. 111 ss.
    9 Schweigl, Josef, SJ, Fátima und die Bekehrung Russlands, Leutesdorf 1956, p. 23.


    Padre Gérard Mura, "FÁTIMA ROMA MOSCÚ"

    http://wwwmileschristi.blogspot.com....stantismo.html
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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    Re: Respuesta: La Iglesia ocupada

    ReynoDeGranada, ten cuidado con las páginas sedevacantistas. Aunque digan muchas cosas que son verdad, en otras yerran y pueden volver a uno majareta. Por ejemplo, suelen sostener que prácticamente toda la humanidad (católicos o no) está condenada al infierno, incluyendo según ellos a sacerdotes íntegros y tradicionalistas, que calumnian inmisericordemente una vez muertos. No exagero.

    No lo digo por esta entrada en cuestión, pero considero que los sedevacantistas al igual que los modernistas siembran mucha confusión. La diferencia es que los modernistas lo hacen en las parroquias y los sedevacantistas en Internet (prácticamente el único lugar en el que existen).
    Última edición por Rodrigo; 04/01/2016 a las 02:51
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  11. #11
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    Re: Respuesta: La Iglesia ocupada

    No sabía eso Rodrigo, yo de esa página lo único que había visto era ese artículo.Pero sí que he visto en otras páginas sedevacantistas artículos defendiendo por ejemplo el geocentrismo o cosas así, cosa que me dejó un poco desconcertado.
    Es más, según he leído, hay sedevacantistas que les da por hacer otras iglesias paralelas a la Verdadera, sin sucesión apostólica (como la Palmariana), creo que incluso había una iglesia (Esenia creo que se llamaba) que estaba vinculada a la Asociación Internacional del Reiki.
    Así que gracias por la advertencia Rodrigo, tendré que andarme con cuidado por ahí.

    Saludos en Xto.
    Última edición por ReynoDeGranada; 04/01/2016 a las 14:05
    «¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España.»
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