Fuente: Epígrafe IV de la Introducción de Juan Manuel Ortí y Lara a la edición castellana de la obra El problema social y su solución de F. Hitze, Librería de San José, Madrid, 1880, páginas XXXVIII – XLI.





IV



En los tiempos que llaman bárbaros de la Edad Media, y después, hasta fines del pasado siglo, así como había dos maneras de propiedad, en las que reinaba la más perfecta armonía –la propiedad común y la puramente privada–, así había también dos formas en el trabajo del hombre, aplicado a las primeras materias de que le provee la tierra, a saber, la forma que recibía de la actividad propia del individuo, y la que recibía del concurso de muchos individuos asociados según las leyes del respectivo gremio o asociación, las cuales tendían de una parte a prevenir el peligro que corre la sociedad de ser engañada o perjudicada por los que, estimulados por la competencia, le ofrecen sus productos o mercancías a precios bajos siendo ellos malos, y de otra la inestabilidad de la suerte que hoy sufre el infeliz jornalero, abandonado a sus propias fuerzas, sin que haya ley alguna de hombres que le ampare cuando carece de trabajo, o cuando recibe por él un estipendio insuficiente, y en tantos otros casos y vicisitudes de la vida.

Bajo aquel régimen hacían la más admirable consonancia la libertad con que cada uno trabajaba libremente y por su cuenta, con la obligación de ordenar su trabajo según normas prudenciales, de cuya observancia dependían el honor del gremio, el bienestar de sus miembros, y la seguridad por parte de los consumidores de no ser engañados ni en la calidad ni en el precio de los productos.

Pero la Revolución, escribiendo en su bandera el principio del libre trabajo y de la libre concurrencia, suprimió airada la asociación, emancipando, como dicen, al trabajador, o lo que es lo mismo para quien ya conoce el valor de ésta y otras palabras en bocas liberales, entregándole a merced del capital para que éste pudiera explotarle libremente, sin duda porque, no mirando al trabajador sino a través de infame avaricia, tampoco mira en los pobres, que llevan sobre sí el peso del día y del calor, sino meros instrumentos de producción. A este deplorable extremo es impulsado el capitalista, no sólo por el interés, ley suprema de la economía liberal, sino por esa especie de lucha por la existencia que obliga a producir lo más barato posible, so pena de quedar uno vencido y aniquilado por los que triunfan en ella a costa del pobre trabajador.

No es, pues, tampoco maravilla que estos nuevos esclavos traten de romper sus cadenas, aunque no como fueron destruidas las de los antiguos, a quien la verdad y la caridad de la Iglesia hicieron libres, sino aspirando a otras más pesadas aún, cuales serían las que sujetaran la actividad humana a los talleres del Estado, erigido por esta criminal utopía del socialismo en único señor de todas las cosas, inclusas las fuerzas que ha recibido el hombre del Criador para consagrarlas libremente a su propio bien y perfección.

Es de advertir, por último, que, dada la actual organización económico-liberal de los Estados modernos, donde la pequeña propiedad va siendo absorbida por la grande, de las dos maneras de trabajo que prestan con sus propias manos los que tienen que ganar con ellas el preciso sustento, a saber, el trabajo libre y privado del que vive de lo suyo, y el del jornalero que trabaja para otro mediante el respectivo salario, el primero, menos penoso ciertamente, desaparece, y sólo queda el segundo, es decir, el más costoso para la humana flaqueza: trabajo sin expansión, ni libertad, ni consuelo apenas; todo él dependiente del interés y voluntad del dueño; y sujeto a vicisitudes varias, a menudo angustiosas.

La caridad cristiana había dulcificado mucho la dura condición de las personas que trabajan para otro, uniendo entre sí estos términos con los vínculos de la beneficencia y de la gratitud; no se regulaba entonces el jornal por la durísima e inicua ley de la oferta y la demanda, ni se rompían esos vínculos a cada instante, ni se veía desamparado el obrero de su amo en los días de la desgracia.

¿Subsisten hoy, por ventura, esas afectuosas íntimas relaciones? ¡Ah! Sabido es que el capital no tiene corazón; nada deben esperar de él los que trabajan en calidad de meros instrumentos: ni equidad en los jornales, cuando hay exceso de brazos; ni continuidad en el trabajo; ni conmiseración en la desgracia; ni protección; ni consuelo.

Capital y trabajo no son ya dos términos que mutuamente se asocian y completan, sino dos fuerzas que, a pesar de conspirar a un solo fin, al término u objeto de la producción, una de ellas, el capital, tiende a sacrificar a la otra en aras del ídolo que adora el espíritu depravado que lo informa.

¿Se resignará, por ventura, la víctima en medio de sus tormentos? ¿Sobre todo si el sufrimiento aceptado con resignación pierde a sus ojos todo valor moral, no estando ya iluminado de la esperanza; si hay quien le dice blandamente al oído que el capital, que así le explota, es usurpado y vicioso; y si, además de esto, le recuerda el principio de los economistas: que el trabajo es la única fuente de riqueza, deduciendo de él que la sociedad sólo estará bien organizada cuando el trabajo mismo sea el único título y razón para gozar el hombre en esta vida de bienestar y de los deleites que la coronen?

Por donde quiera, pues, que se examine el capitalismo, su origen, su espíritu, sus tendencias, sus obras, siempre aparece ante los ojos como el antecedente lógico e histórico del socialismo: éste es la sombra de aquél; la sombra que le persigue y aterra como un remordimiento, aunque él aparente no verla, y, más aún, no temer que algún día, tomando de la realidad cuerpo y vida, ejecute en él la justicia que manda Dios hacer en los que menosprecian sus leyes.