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Tema: La economía política y el Cristianismo

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    La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo


    I
    Son muchos los que creen que la Economía política es una ciencia absolutamente nueva, y para algunos el origen y existencia de esta ciencia no se extiende mas allá de los nombres de Quesnay, Smith y Malthus. Nosotros no podemos admitir sin restricciones este modo de apreciar el origen y existencia de la Economía política. Admitimos de buen grado que esta sólo comenzó a presentarse con las formas y condiciones de ciencia, de estudio distinto y separado de la legislación y la política, desde la publicación de las Máximas generales de Gobierno Económico de Quesnay. Admitimos [2] también que desde el último tercio del siglo pasado ha entrado en una nueva fase, adquiriendo notable desarrollo bajo la impulsión de los escritos publicados por Smith, Say, Malthus, Storch, Blanqui, Rossi, Bastiat y tantos otros, cuyos trabajos tienden a constituir la Economía política sobre bases y condiciones propiamente científicas, con sus principios, sus leyes y sus deducciones especiales.
    Pero, ¿quiere decir esto que antes de esa época nada se sabia de Economía política? ¿Deberemos decir por eso que esta clase de estudios eran completamente desconocidos en los siglos anteriores?
    La historia de los pueblos y su legislación nos enseñan que, antes que apareciera el sistema agrícola de Quesnay, había dominado en las naciones de Europa, y con especialidad durante los siglos XVI y el sistema de las restricciones y privilegios, conocido en Economía bajo el nombre de SISTEMA MERCANTIL, sistema basado sobre la idea de que el oro y la plata constituyen la verdadera riqueza de las naciones.
    Sabido es también que durante los expresados siglos, o mejor dicho, en el último tercio del siglo y primero del siglo siguiente, aparecieron ya escritos notables, en que se trataban de una manera más ó menos completa los diferentes problemas de que se ocupa hoy la Economía política. Testigos la República de Bodin y el Discurso sobre la moneda de Scaruffi. Testigos también los escritos publicados a la sazón por [3] Davanzati, Montanari, y especialmente por el napolitano Serra.
    Si quisiéramos hacer alarde de erudición, y no lo consideráramos innecesario al objeto principal que nos hemos propuesto al escribir estos artículos, no nos sería muy difícil comprobar con numerosas citas que no pocos escolásticos de los siglos XIII y XIV sabían algo de Economía política. La obra de santo Tomás De Regimine Principum, y la que con título igual escribió el agustiniano Egidio Romano, contienen pasajes notables sobre no pocos de los problemas a que se refiere la ciencia económica de los Estados.
    Pero pasemos más adelante en nuestra marcha retrógrada, y llegando hasta la antigüedad pagana, veamos si las naciones cultas anteriores al cristianismo, eran completamente extrañas a las nociones de Economía política.
    Cierto, que no encontraremos entre los antiguos, ni tratados especiales y exclusivos de esta ciencia, ni el examen y discusión de todas las doctrinas y problemas que abarca este estudio en nuestro siglo; pero esto no prueba de ninguna manera que sus sabios no meditaron sobre estos problemas.
    Si no escribieron tratados especiales de Economía política, fue porque acostumbraban a separar la Economía de la Política. La constitución especial de la familia entre los antiguos, aun con respecto a las naciones más civilizadas, como Grecia y Roma, constitución [4] de condiciones completamente diferentes de las que recibió después bajo la influencia benéfica y regeneradora. del cristianismo hacía necesaria una ciencia especial, a la que apellidaban Económica, y que consideraban como distinta y separada de la Política. Sin embargo, en esa Económica, y sobre todo en la ciencia que apellidaban Política, hacían entrar, bajo una forma u otra, muchos de los principales problemas que hoy se consideran como propios de la Economía política. Testigos la República de Patón la Económica y la Política de Aristóteles, y los libros De officiis de Cicerón, en que se hallan tratadas muchas cuestiones económico-políticas, bien que en relación con las instituciones sociales de aquel tiempo.
    Ni es de extrañar tampoco que sus escritos y discusiones sobre esta materia fuesen limitadas, sin abarcar todos los problemas de la ciencia actual. ¿No sería absurdo el pretender que los griegos con sus pequeñas repúblicas, y los romanos con su pensamiento dominante de conquistas, se hubieran ocupado de aquellos problemas económico-políticos que dependen en su mayor parte y se hallan en relación con el inmenso desarrollo del comercio y la industria en las naciones modernas? ¿Podían aquéllos ocuparse de ese crédito moderno, con sus diferentes y multiplicadas formas y aplicaciones, que tan importante papel desempeña en la sociedad de nuestros días, y que tanto influye en la producción y acumulación de las riquezas? [5]
    Por otra parte, es preciso tener en cuenta que la organización social de los antiguos era esencialmente diferente de la que han llegado a alcanzar las naciones modernas, formadas sobre las doctrinas e ideas traídas al mundo por el cristianismo, y sujetas por espacio de muchos siglos a su acción lenta, pero segura y esencialmente civilizadora.
    Dejando a un lado otras infinitas diferencias, basta recordar la esclavitud que entraba como un elemento constitutivo en la organización de las antiguas sociedades, para convencerse de que la Economía política de Grecia y Roma, no pedía ser la Economía política de la moderna Europa. Uno de los mas difíciles problemas de cuya solución se ocupa la moderna Economía política, es el que se refiere al mejoramiento y bienestar de las clases obreras y a la extinción ó remedios del pauperismo. Pero este problema, o no existía o cuando menos no podía existir con las mismas condiciones en las sociedades en que los esclavos, que constituían entonces la clase obrera, eran considerados como cosas y no eran admitidos a la participación de los derechos civiles, como lo son, si no siempre en la práctica, a lo menos en principio, los obreros de nuestra sociedad.
    En conclusión: creemos poco fundada la opinión de los que miran la Economía política como una invención de los últimos siglos, y nos atrevemos a rechazar como apreciaciones superficiales las de aquellos que [6] piensan que esta ciencia nada ha significado en el mundo hasta que se ocuparon de ella los economistas de los últimos tiempos.
    Prescindiendo de las ideas emitidas sobre esta materia por los buenos escritores de la edad media, y dejando también a un lado los ensayos más o menos completos, publicados a últimos del siglo XVI y principios del XVII, es incontestable que los filósofos y legisladores de la antigüedad pagana se ocuparon bastante de estas materias. Si no escribieron tratados especiales y exclusivos, fue porque esta ciencia se hallaba entonces como embebida en la Economía y la Política, y si no abordaron todos los problemas de que se ocupa hoy la ciencia, fue porque la organización social de los antiguos, diferente esencialmente de la nuestra, hacia cambiar necesariamente las condiciones de muchos de los problemas que pertenecen a la Economía política. Pero dejemos la Economía política de antiguos tiempos, y volvamos la vista hacia la de nuestra época.
    El antiguo sistema mercantil había ido desapareciendo poco a poco de las naciones de la Europa, y sobre sus ruinas levantábase el sistema agrícola de Quesnay, Dupin, Turgot y demás economistas franceses, cuando en 1771, aparecieron las Meditaciones sobre la Economía política del conde Verri, el cual dio un golpe mortal al sistema agrícola de los economistas franceses.
    Verri sólo había destruido; faltaba un hombre capaz [7] de edificar. Desgraciadamente realizó esta empresa Adam Smith con sus Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Y decimos desgraciadamente, porque Smith es como el jefe de esa escuela semi-materialista de Economía política, que sólo ve en el hombre un capital y un productor de riquezas; escuela cuyos principios desecantes, y cuyas doctrinas egoístas tienden a hacer más desgraciada la suerte de los pobres, en vez de aliviar su infortunio; escuela, en fin, para la cual casi nada significan y en la cual para nada entran la religión y la moral.
    Se ha dicho y repetido a porfía que Smith es el verdadero fundador de la ciencia de la Economía política. Esta afirmación es verdadera hasta cierto punto, si se consideran los trabajos de Smith bajo un punto de vista puramente literario; porque este escritor, abarcando en su obra, bajo procedimientos metódicos, todas las cuestiones de esta ciencia, determinando sus principios y leyes generales, desenvolviendo sus conclusiones y estableciendo teorías más o menos sólidas y verdaderas sobre los diferentes problemas de que ocuparse suele la Economía política, dio a las doctrinas económicas una forma científica completa y más universal que la que hasta entonces habían alcanzado.
    Empero, aparte de los defectos y errores en que abunda la doctrina de Smith, aun bajo el punto de vista literario y científico, para nosotros el error grande del sistema económico de Smith y el defecto [8] capital ante el cual desaparecen todas las bellezas y méritos que suponerse quieran en sus escritos, es ese espíritu de egoísmo práctico, y esa indiferencia moral y religiosa que domina su sistema; espíritu de egoísmo y de indiferencia que el cristianismo no puede menos de condenar como opuesto a su enseñanza, a su historia y a su misión divina sobre la tierra en favor del hombre y de la sociedad. En medio de sus extensas teorías sobre la producción y distribución de las riquezas, sobre el consumo de las mismas y sobre las ventajas de la división del trabajo, Smith no halla ni busca nada para impedir la degradación moral del hombre, no parece preocuparle en lo más mínimo la suerte de esa clase infortunada de obreros que caminan rápidamente al embrutecimiento y la inmoralidad, sepultados en las fábricas y talleres; en una palabra, en la teoría de Smith el hombre moral y religioso no significa nada, y desaparece por completo ante el hombre material, ante el hombre máquina, ante el hombre productor de la riqueza. Por eso vemos a los partidarios de su escuela definir al hombre «un capital acumulado, que no tiene valor sino según la masa de este capital en el interés de la producción.» Por eso vemos a Say, principal representante y propagador en el continente de las teorías de Smith, afirmar osadamente que «la equidad no prescribe los socorros públicos.» Por eso vemos, en fin, a esa escuela encerrarse en el estrecho circulo de los intereses materiales, y prescindir enteramente de los intereses morales [9] y religiosos del hombre; investigar sin descanso los medios de llegar a una producción ilimitada de riquezas, sin ocuparse del bien moral de los individuos.
    ¿Puede avenirse el cristianismo con semejante Economía política? ¿Puede dejar de condenar esas teorías egoístas, esas doctrinas, en que se halla encarnado un materialismo práctico tan desconsolante?
    No, mil veces no. El cristianismo, cuya misión divina sobre la tierra es la rehabilitación intelectual y moral del hombre en este mundo, abriéndole de esta suerte el camino para llegar a la consumación de esta doble rehabilitación en el seno de Dios; el cristianismo, que marcha siempre a su objeto y realiza sus destinos en el mundo, apoyándose sobre el gran principio de la caridad divina, no puede avenirse con esas frías teorías, que sólo se ocupan del modo de acumular riquezas sin cuento en las manos del poderoso; que sacrifican la humanidad pobre a la humanidad rica, y que enseñan prácticamente a esta a pasar con indiferencia al lado de aquella. Y es por eso que, bajo la influencia de la enseñanza católica, no tardó en levantarse una nueva escuela de Economía política en oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos. Algunos hombres reflexivos, reconociendo las funestas consecuencias prácticas de las teorías de la escuela inglesa, dieron a la Economía política un carácter más humanitario, más benéfico, más fecundo y más en armonía con la dignidad del hombre, haciendo entrar en la [10] ciencia el principio moral y el principio de beneficencia cristiana.
    {Texto tomado directamente de Zeferino González, Estudios religiosos, filosóficos, científicos y sociales, Tomo segundo, Imprenta de Policarpo López, Madrid 1873, páginas 1-121. Transcribimos la Advertencia que figura al inicio de este volumen: «Advertencia. El artículo que lleva por epígrafe La Economía política y el Cristianismo, aunque escrito en Manila en el año que indica su fecha [1862], ha sido refundido y considerablemente añadido para su publicación en estos Estudios.»}

    http://www.filosofia.org/zgo/zgecop1.htm
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    Última edición por Hyeronimus; 08/01/2008 a las 06:21

  2. #2
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    Re: La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo


    II
    Una vez iniciada en la ciencia esta dirección, el principio católico se apoderó de ella, y bajo su inspiración apareció la verdadera ciencia de la Economía política, representada por la Economía político-cristiana. Sólo en esta escuela pueden encontrarse las verdaderas teorías de la ciencia, porque sólo el cristianismo puede dar una base sólida, segura y humanitaria a la Economía política. La Economía político-cristiana enseña que no es el fin de la sociedad, aun considerada en el orden puramente natural y civil, la simple producción de las riquezas, sino más bien su mayor difusión posible entre los hombres, pero con subordinación al bienestar moral. La Economía político-cristiana no sacrifica la prosperidad y riquezas de los individuos a la riqueza y prosperidad de las naciones, sino que procura conciliar la prosperidad de las naciones con el bienestar del mayor número posible de individuos; atiende con marcada predilección a las clases indigentes, y enseña que no debe procurarse la prosperidad [11] y la abundancia de algunas clases, en perjuicio de los individuos y del mayor número de indigentes, y mucho menos aun en detrimento de sus intereses morales y religiosos.
    Y no es que el cristianismo condene las riquezas y el poder de las naciones, como tampoco condena en principio su legítima adquisición y posesión por parte de los individuos. Lejos de eso, el cristianismo hace del trabajo, principal productor y representante de la riqueza, una condición necesaria al hombre, una ley divina y hasta una virtud de las más recomendables. Lo que el cristianismo condena, porque no puede menos de condenarlo, es que las riquezas se tomen como fin y no como medio. Lo que el cristianismo reprueba son las teorías económicas que subordinan el hombre moral a las riquezas materiales; porque el cristianismo, que estimula, que aprueba y que manda el trabajo, quiere que la humanidad rica respete a la humanidad pobre; quiere que aquella no acumule riquezas materiales a expensas del bienestar material, moral y religioso de esta; quiere, sobre todo, que el gran principio de la caridad sea la base de las relaciones entre la primera y la segunda, y que los gobiernos y la legislación se inspiren en ella cuando se trata del mejoramiento de las clases indigentes.
    Tal es, en resumen, la enseñanza católica en orden a la ciencia económica; tales son las bases y los principios de la escuela cristiana de Economía política, en [12] oposición con la escuela egoísta de Smith, Say y sus discípulos.
    Porque es preciso no olvidarlo, y es preciso repetirlo muy alto. Si es cierto que el trabajo y la previsión constituyen dos elementos principales de la Economía política; si vienen a ser como los dos factores y generadores más importantes de la producción y distribución de la riqueza, no lo es menos que la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio son las más propias para ejercer influencia tan poderosa como benéfica en la existencia y desarrollo de esos dos grandes elementos de producción, en esos dos grandes factores del movimiento económico. Que si la religión de Jesucristo y las máximas del evangelio aconsejan, y promueven, y prescriben, y santifican el trabajo, también aconsejan, y fomentan, y prescriben, y santifican la previsión, concediéndole el carácter honroso de la virtud. Porque, a los ojos del evangelio y del cristianismo, es una virtud, y virtud muy importante en el orden moral y religioso, esa previsión, en fuerza de la cual el hombre sin contentarse con el bienestar personal, se preocupa del bienestar de sus allegados y herederos. El hombre previsor ama, es verdad, el trabajo que produce las riquezas, pero al propio tiempo y cuando se trata de su consumo, usa de las mismas con moderación y templanza, sin dar entrada a un lujo devorador, ni a goces materiales inmoderados. La previsión, en fin, cuando se halla [13] inspirada y ennoblecida por el principio cristiano, comunica el espíritu de iniciativa, fecundiza el trabajo, se complace en los ahorros y en la moderación, pero sin matar la benevolencia y la caridad conciliando los caracteres y ventajas de la previsión con el desprendimiento y el amor del prójimo.
    Muy diferentes son ciertamente los caracteres y resultados de la imprevisión, la cual se halla en contradicción con el espíritu y las máximas del evangelio, así como también con el interés verdadero del hombre. «Los hombres imprevisores, escribe con razón Mr. Le Play, se reconocen en todas partes por los mismos rasgos característicos. Rara vez se aplican al trabajo con la energía que comunican a las almas de fuerte temple, el sentimiento del deber y las otras convicciones derivadas del orden moral: alguna vez no se sujetan al mismo si no bajo el aguijón de la más imperiosa necesidad. Por el contrario, buscan con ardor las satisfacciones que procura el consumo inmediato de los productos obtenidos por el trabajo: con frecuencia, también, el gasto excede al recibo, y su preocupación es obtener con ayuda del crédito esta anticipación de goces. Se dan prisa a disipar los capitales acumulados por sus abuelos en cuanto pasan a sus manos por medio de la herencia...
    Jamás les viene el pensamiento de salir de su quietismo o de imponerse privaciones para asegurar el bien de sus descendientes. Abandonados a su propia [14] iniciativa, los adultos imprevisores se encuentran sumidos en el mayor abandono y escasez desde el momento que un acontecimiento imprevisto viene a perturbar el orden de los trabajos o el curso regular de la existencia, viéndose imposibilitados en semejantes circunstancias para acudir a las necesidades de sus mujeres, de sus hijos y de sus padres viejos o enfermos... Su influencia llega a ser más funesta cuando se encuentra en ellos, no solamente la ausencia de la virtud, sino propensión decidida al vicio y a la intemperancia.»
    Este pasaje puede considerarse como una demostración concreta y palpable de lo que antes hemos consignado, a saber, que el cristianismo y las máximas del evangelio, al condenar el vicio y el exceso en los goces materiales, al aconsejar los ahorros y la economía, impidiendo a la vez por medio del espíritu de caridad y de desprendimiento en favor del menesteroso y desvalido, que degeneren en egoísmo y avaricia, al preconizar, en una palabra, ennoblecer y santificar el trabajo y la previsión, contribuye eficazmente a fomentar y desarrollar la producción de la riqueza, así como también su distribución conveniente y justa.
    Después de esto, y en presencia de las reflexiones que anteceden, apenas se concibe ciertamente que el racionalismo contemporáneo lance todavía contra el cristianismo y la Iglesia de Cristo la acusación de [15] impedir el movimiento económico de la sociedad y la prosperidad pública de los pueblos a su influencia sometidos, y, lo que es más aun, bastado poner obstáculos a la constitución moral y regeneradora de la familia, considerada como base y elemento fundamental del organismo social y económico. Fíjese la atención en el pasaje que a continuación vamos a transcribir, y se verá una vez mas que el racionalismo de nuestros días, ni ha renunciado a sus preocupaciones y a su odio tenaz contra el cristianismo, ni menos a la práctica, ya histórica, de reproducir contra este los mismos argumentos que desde los antiguos maniqueos y gnósticos hasta los enciclopedistas del pasado siglo, desde Celso hasta Voltaire, vienen alegándose, siquiera hayan llegado a ser lugares comunes, y siquiera hayan sido cien veces contestados victoriosamente por los apologistas cristianos. Pero oigamos ya al representante del racionalismo, a quien hemos aludido, el cual después de asentar, sin aducir pruebas, según costumbre, que «todos los países civilizados, excepto aquellos en donde domina el catolicismo, el acusado y el condenado obtienen garantías de publicidad, imparcialidad y humanidad, añade: «La familia, embrión de una sociedad perfecta en la que todos los miembros están unidos por los lazos del amor, la familia os contará sus dolores y sus miserias en presencia de un clero ha roto toda relación con ella, y que sólo ve en el matrimonio una condición inferior al celibato. La [16] división existe en el seno de la misma por la influencia de las predicaciones y del confesonario. La Iglesia separa lo que debía estar unido, el marido y la mujer, los padres y los hijos, los amos y los criados, y mantiene unido, por medio de la prohibición del divorcio, lo que debía estar separado...
    La prosperidad de las familias hace la prosperidad social. La Iglesia romana es tan indiferente a la una como a la otra. Sus intereses, dice, no son de este mundo. En efecto: la historia de la Economía política hace constar cuál fue su influencia sobre el trabajo, sobre la organización de la propiedad, sobre el desarrollo de la riqueza pública: el paralelo de los pueblos católicos y de los protestantes bajo el punto de vista del bienestar, no está de ningún modo en favor de Roma, sobre todo en los días de su esplendor. El contraste no puede ser mas lastimoso para la Bélgica bajo Felipe II: lo es todavía para Irlanda, para España, para Italia y para Méjico: la miseria aumenta por todas partes en proporción de la dominación clerical. El diezmo, la mano muerta, los conventos y los monasterios, son instituciones católicas o episcopales condenadas por la ciencia. El desarrollo económico de los tiempos modernos favorecido por los establecimientos de crédito es extraño a la influencia de la Iglesia y la excluye.» {(1) Tiberghien, Etudes sur la Religion, pág. 12.}. [17]
    No se sabe ciertamente qué admirar más en este pasaje, si el cúmulo de errores y de apreciaciones inexactas en él contenidas, o si la imperturbable seguridad del autor al lanzar tan graves acusaciones sin mas prueba que su sola palabra. Se ha dicho en nuestro siglo que de cuarenta años a esta parte, la historia es una conjuración permanente contra la verdad, y Montesquieu había generalizado y hasta exagerado tal vez de antemano este pensamiento cuando escribió que «las historias son hechos falsos arreglados sobre hechos verdaderos o con ocasión de hechos verdaderos.» Sólo así se comprende que en pleno siglo XIX se haga responsable al clero católico de las miserias y dolores del matrimonio, de la división que reina en las familias. No, el clero católico, como representante legitimo de las leyes, ideas e instituciones del cristianismo y de la Iglesia, lejos de ser responsable, ni menos causa determinante de las miserias y dolores del matrimonio, contribuye eficazmente a atenuar esas miserias y dulcificar esos dolores, predicando y ensalzando el honor, el profundo respeto, la aureola de santidad y la alta misión que al matrimonio cristiano y a la familia se deben, y por otra parte derramando el bálsamo de la resignación y de la paciencia, de los consuelos y esperanzas cristianas sobre los dolores y sufrimientos de la familia. Todavía es mas extraña la afirmación de que las predicaciones y el confesonario católico son los que producen [18] la división en las familias. Tanto valdría decir que el ciudadano honrado que defiende su familia y sus bienes contra las agresiones del ladrón, produce la perturbación en la familia de este, y que perjudica sus derechos. ¿Es por ventura que el catolicismo no se hallaba en legitima posesión por espacio de diez y seis siglos en orden a dirigir, moralizar y santificar el matrimonio y la familia en las naciones de Europa? ¿Es el catolicismo el que ha introducido el cisma y la división en las familias, o son más bien el protestante, el racionalista y el solidario los que de tres siglos a esta parte, vienen perturbando la familia y sembrando la división y el antagonismo entre sus miembros?
    ¿Y qué pensar de la otra acusación por Tiberghien lanzada contra la Iglesia católica a causa y con motivo de la prohibición del divorcio? Suponiendo desde luego que este escritor alude, no al divorcio simple , a la separación quoad thorum et habitationem, divorcio permitido por la Iglesia en muchos casos, sino al divorcio que lleva consigo la disolución perfecta del matrimonio y la facultad para contraer otro nuevo, única especie de divorcio que prohibe la Iglesia, ¿ha reflexionado el racionalista belga sobre el fallo severo que por parte de la historia, de la razón y de la ciencia social merece su tesis? Porque ello es incontestable que la historia nos demuestra en cada una de sus páginas, que la indisolubilidad del matrimonio es origen fecundo de bien para el Estado y la familia; [19] que la inmoralidad pública y privada de una nación se halla en razón directa de la facilidad y frecuencia del divorcio; que la prohibición de este o la proclamación y práctica de la indisolubilidad del matrimonio, fue uno de los valladares más poderosos que el cristianismo opuso al torrente devastador de la corrupción y decadencia espantosa del pueblo romano, a la vez que un elemento importantísimo, un principio fecundo y vital de la nueva civilización europea por la Iglesia iniciada y desarrollada.
    Que si del terreno de la historia pasamos al terreno de la razón y de la ciencia, nos dirán estas que la prohibición del divorcio es uno de los fundamentos más sólidos del bienestar material y moral de las naciones, uno de los factores más importantes y fecundos de las costumbres privadas y públicas; y es que cuando existe la indisolubilidad del matrimonio, este reviste un carácter más augusto y sagrado a los ojos de los pueblos y del individuo; madura reflexión acompaña a un contrato cuyos vínculos y consecuencias se sabe que durarán hasta la muerte; los hijos pueden prometerse con toda seguridad que no les faltarán los cuidados y las afecciones de sus padres; los contrayentes se hallan predispuestos, y hasta se ven obligados a atenuar y dulcificar por medio de concesiones recíprocas, los inconvenientes que resultan de las cargas anejas al matrimonio, y de la oposición de caracteres e inclinaciones. Añádase a esto que el divorcio [20] facilita, ensancha y multiplica los caminos y las fuerzas que para realizar el mal posee ya el hombre en la inconstancia y seducción de sus pasiones; que la ley del divorcio es una ley brutal del fuerte contra el débil, porque la mujer rara vez conserva toda su dignidad al someterse a una ley cuya práctica y consecuencias no están en armonía con el respeto y consideraciones que le son debidas. La atmósfera delicada y pura, la corona de gloria y dignidad que la Iglesia católica había formado a la mujer de la civilización cristiana, difícilmente pueden conservar su brillo y esplendor en presencia de una ley que, al permitir y legalizar el divorcio, permite y legaliza una forma más o menos restrictiva, más o menos atenuada y encubierta, pero siempre real y legal de la poligamia.
    Luego no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia católica la que mantiene unido lo que debe estar separado, si no que por el contrario, es el racionalismo el que pretende separar lo que debe estar unido. Arrastrado por sus aficiones sensualistas, y más todavía por sus odios y prevenciones contra la Iglesia, el racionalismo aboga en favor del divorcio, sin reparar que al abogar por la disolubilidad del matrimonio, echa por tierra valladar importantísimo contra la invasión de la inmoralidad, establece un principio de corrupción y de muerte, prepara la ruina de las costumbres, de la moral y de la civilización.
    Si posible fuera desterrar completamente del corazón [21] y de la atmósfera que rodea a las naciones civilizadas, toda idea cristiana y toda influencia del principio católico, y al propio tiempo alguna de esas naciones, la nación más civilizada de Europa proclamara la ley del divorcio destruyendo la perpetuidad de la unión conyugal, no pasarían muchos años sin que esa nación ofreciera a los ojos del observador espectáculo muy parecido al que presentaba la sociedad romana durante el imperio y los últimos tiempos de la república. A ser posible semejante eliminación completa de toda idea e influencia cristiana, veríase pronto a esa nación decaer rápidamente, y precipitarse y descender hasta últimas gradas del vicio. Y aparecerían de nuevo aquellos hombres que, según el testimonio del rígido Catón, traficaban con el matrimonio y comerciaban con sus mujeres, para elevarse a los altos puestos y dignidades; y aparecerían los más elevados patricios, los jefes de la república, contrayendo a vista del pueblo cuatro o cinco matrimonios, disueltos sucesivamente por causas fútiles; y aparecería hasta el gran Pompeyo repudiando a su esposa encinta, sin más causa que el ser nieta de Sila, para casarse en seguida con la hija de Glabrion, repudiada después para contraer nueva unión con Julia, hija de César, la cual fue repudiada y sustituida a su vez por otra perteneciente a la familia de Escipión. Y aparecerían también aquellas matronas romanas que contaban el número de sus maridos por el de los consulados, cuyo lujo y molicie era [22] preciso sostener a costa de las rapiñas y exacciones de sus amantes y maridos los procónsules y pretores, de cuyos vicios y espantables abominaciones hallamos testimonio auténtico en los escritos de Marcial, de Ovidio, de Juvenal y Persio, vicios y abominaciones cuya extensión y profundidad se descubren acaso más todavía por las sombrías descripciones de Tácito , y por las intencionadas indicaciones de Suetonio. Para convencerse de que el divorcio siempre ha sido rechazado por el instinto moral de la humanidad, bastaría tener presente que los mismos romanos del imperio, en medio y a pesar de su espantosa decadencia y universal corrupción, consideraban la unidad de matrimonio como un rasgo característico de virtud y de gloria, según se desprende de la siguiente inscripción que adornaba con frecuencia el túmulo de las mujeres que se hallaban en este caso: Conjugi piae, inclytae, univirae.
    Si fijamos ahora la atención sobre el contenido restante del pasaje que venimos examinando, veremos que las apreciaciones y afirmaciones en el mismo contenidas, son tan inexactas como las hasta aquí examinadas. Y ante todo, bueno será consignar que las reflexiones y datos que se acaban de aducir en orden a la influencia eficaz y moralizadora ejercida por la Iglesia católica sobre el matrimonio, la mujer y la familia, demuestran claramente que el racionalismo se pone en contradicción con la historia y con la ciencia [23] social, al afirmar por boca de Tiberghien, que la Iglesia romana es tan indiferente a la prosperidad de las familias como a la prosperidad social. «En efecto, añade el racionalista krausiano, la historia de la economía hace constar cuál fue su influencia sobre el trabajo, sobre la organización de la propiedad , sobre el desarrollo de la riqueza pública.»
    Así es en verdad: la historia de la Economía política, basada sobre la observación concienzuda de los hechos; la historia que no ha querido convertirse en una conjuración contra la verdad, solicitada a ello por la preocupación racionalista, sino la que marcha a su objeto bajo las inspiraciones de severa imparcialidad, hace constar que la Iglesia católica, a pesar de no ser esta su misión característica y propia, ejerció no obstante poderosa cuanto benéfica influencia sobre el trabajo, la propiedad y la riqueza pública, por medio de sus leyes, de su doctrina, de sus máximas y de sus instituciones. Porque fueron esas máximas, leyes e instituciones las que rompieron la cadena del esclavo, y las que fomentaron los municipios, y las que hicieron propietario al siervo de la gleba, y las que aboliendo en unas partes y transformando en otras la esclavitud, comunicaron dignidad e independencia, libertad y fecundidad al trabajo, aumento de la riqueza pública como consecuencia natural de la libertad del trabajo, difusión del bienestar moral y material entre las clases sociales. Fueron también esas máximas, leyes e [24] instituciones, las que dieron base incontrastable y sagrada al derecho de propiedad, las que inspiraron esa serie innumerable de asociaciones, desde la que proteje al peregrino y redime al cautivo, hasta las corporaciones de artes y oficios, asociaciones diferentes sí unas de otras por parte de su organismo, de sus elementos y de su objeto especial, pero convergentes todas al mejoramiento, alivio y bienestar de las clases todas de la sociedad, pero principalmente de las más desvalidas y menesterosas. Fueron igualmente esas máximas, leyes e instituciones las que inspiraron a los antiguos monjes y pusieron en movimiento su brazo cuando desmontaban las selvas, secaban los pantanos, construían puentes y caminos, cultivaban los campos, explotaban las minas, ejercían las artes manuales y liberales, y se constituían en centros de poblaciones numerosas a las que educaban para el cielo y para la tierra, inspirándoles, por una parte, hábitos de moralidad y de religión, y aficionándolos por otra, al ejercicio de las artes, de la industria y de la agricultura, inspirándoles a la vez hábitos de previsión y de trabajo. Fueron, finalmente, esas máximas, leyes e instituciones las que por todos estos medios y otros análogos provocaban y mantenían en las antiguas naciones cristianas aquella profunda paz interior de que generalmente disfrutaban, armonizando en lo posible los opuestos intereses de las clases sociales, y conteniendo el desarrollo y manifestaciones perturbadoras [25] de ese sempiterno antagonismo social que amenaza hoy hasta la existencia misma de las naciones civilizadas.
    He aquí, en resumen, lo que la historia universal, y la particular de la Economía política, hacen constar acerca de la influencia de la Iglesia de Cristo sobre el trabajo, la propiedad, la riqueza pública de las naciones y su civilización.
    Hemos dicho antes que al lanzar contra la Iglesia católica las graves acusaciones que acabamos de discutir y refutar, el krausista belga no aducía pruebas en su favor, y ahora debemos añadir que esto no es completamente exacto, en atención a que nuestro racionalista apoya sus acusaciones con las siguientes pruebas: 1ª la Iglesia misma dice que su reino no es de este mundo: 2ª el paralelo entre los pueblos católicos y protestantes revela la superioridad de los segundos sobre los primeros bajo el punto de vista del bienestar, siendo testigos de esto la Bélgica bajo Felipe II, y en la actualidad la Irlanda, la Italia, la España y Méjico. No sabemos por qué se ha hecho caso omiso de la Francia en esta enumeración; pues suponemos que Tiberghien no contará a la Francia entre los pueblos protestantes. Pero dejando a un lado esta omisión, casual sin duda e insignificante, en concepto del profesor de Bruselas, pero que da derecho a sospechar de su buena fe en esta discusión, nos limitaremos a exponer brevemente, porque otra cosa no [26] permite la índole de este escrito, las siguientes observaciones, que revelan el valor de las pruebas por nuestro escritor aducidas.
    lª Es contrario a toda regla de crítica y a todo precepto de lógica, pretender probar la afirmación expresada estableciendo parangón entre la Bélgica actual y la Bélgica de Felipe II. ¿Es por ventura que tres siglos de civilización, de descubrimientos en las ciencias físicas, exactas y naturales, de progresos y aplicaciones en las artes y la industria, pueden pasar en vano sobre los hombres y los pueblos? ¿Es por ventura que la Alemania y la Inglaterra no ofrecen hoy contraste y progresos, bajo el punto de vista del bienestar material, con relación a lo que fueron en tiempo de Felipe II a pesar de ser entonces ya protestantes? El argumento, pues, del racionalista belga es un verdadero sofisma, que revela, o preocupación, ya que no sea mala fe por parte del que le aduce, o la debilidad de una causa que a tales argumentos recurre, una cosa análoga puede decirse con respecto a la Irlanda, puesto que nadie puede desconocer que su pobreza relativa es debida a causas excepcionales y múltiples, algunas de las cuales subsisten hoy todavía.
    2ª Dado caso que existiera esa inferioridad relativa de las naciones católicas bajo el punto de vista del bienestar material, para que el argumento tuviera el valor que se le atribuye sería necesario probar que esa inferioridad relativa y concreta no se hallaba [27] contrapesada por ventajas de otro orden, y especialmente por una superioridad relativa de las mismas bajo el punto de vista moral y religioso.
    3ª Más todavía: hipotéticamente admitida la inferioridad material de esas naciones, seria preciso demostrar que la causa real de la misma es la Iglesia católica, o sea la dominación clerical, como dice nuestro krausista, sin que proceder pudiera esa inferioridad de otras causas, como por ejemplo, de las vicisitudes históricas, de las revoluciones políticas, del carácter y genio especial, de los hábitos y costumbres, de las condiciones fisiológicas y geográficas, con otras muchas causas y condiciones capaces de influir en la determinación, curso, caracteres especiales y manifestaciones de la civilización de un pueblo.
    4ª Concretándonos ahora a nuestra patria y sus antiguas colonias, afirmaremos sin temor de ser desmentidos, que a mediados del siglo pasado, por ejemplo, cuando, no la dominación, sino la influencia clerical era mayor que la actual en España y Méjico, estos países disfrutaban de una prosperidad material superior a la que disfrutan, actualmente, si de esta se excluye la parte inevitable que corresponde al progreso, desarrollo y descubrimientos realizados durante este período en las artes, la industria y el comercio, a pesar de que hoy ha desaparecido esa pretendida dominación clerical. Hay más todavía: el estado de España y de Méjico, bajo el punto de vista de la [28] prosperidad material, es hoy muy inferior, sin duda, al que tenían en 1857, es decir, cuando Tiberghien estampaba su paralelo y sus argumentos en sus Etudes sur la Religion; y, sin embargo, nadie nos negará que en las dos naciones, y determinadamente en España, la dominación clerical es hoy nula en comparación de la que en 1857 ejercía. Esto quiere decir que si el argumento del racionalista belga no fuera un sofisma, o tuviera valor real y lógico, sería preciso inferir de él que la prosperidad, aun material, de los pueblos, decrece y mengua a proporción que decrece y mengua lo que el racionalismo llama dominación clerical. Aquí podemos decir a Tiberghien lo que Jesucristo dijo al siervo infiel: Ex ore tuo te judico.
    5ª La superioridad que se atribuye a las naciones protestantes sobre las católicas, es más aparente que real, en atención a que esa superioridad y bienestar material se hallan circunscritos a ciertas clases relativamente poco numerosas, al paso que las más numerosas se hallan sumidas en la más profunda degradación moral y material. Porque sabido es que son precisamente esas naciones a que se alude, las que nos presentan esas grandes aglomeraciones de obreros e industriales en que la miseria física y la moral desgarra y llena de angustia el corazón del observador. Las mujeres, obligadas a pasar la vida fuera del hogar doméstico; los niños, sepultados en las fábricas antes de conocer el nombre de Dios y la santidad de la [29] familia; los padres, gastando en un día de orgía el salario de la semana; el uso de los narcóticos y de las bebidas espirituosas para reparar la fatiga y olvidar los peligros y cuidados de la familia y del porvenir, producen y determinan en los primeros los hábitos de independencia y de promiscuidad, tan perniciosos para el orden moral y material, y en los segundos la imprevisión, la muerte anticipada, el abandono de la familia, la miseria y la desesperación en la enfermedad. Estamos por lo tanto en el derecho de negar el valor de ese argumento, mientras no se nos pruebe que la superioridad que se atribuye a los pueblos indicados, bajo el punto de vista del bienestar, se refiere a todas o a la mayor parte de las clases sociales, y no a algunas solamente, que se trata de una prosperidad o bienestar superior, no solo en intensidad, sino también en extensión. En todo caso, conviene no perder de vista que esta clase de argumentos que tienen por base el parangón o paralelo entre manifestaciones y efectos que pueden traer su origen de causas múltiples, complejas y muy diferentes entre sí, carecen de valor lógico, y se vuelven fácilmente contra producentem. Discutiendo en cierta ocasión con un católico un ministro protestaste, quiso servirse de este manoseado argumento, alegando la prosperidad y riqueza de los protestantes, como señal y prueba de la excelencia y superioridad de la religión protestante sobre la católica. «Cuidado; —le dijo entonces un racionalista que [30] presenciaba la la discusión,— si vuestra religión es mejor que la de los católicos porque los que la practican son más ricos, será necesario decir que la religión de los judíos es mejor que la vuestra, en atención a que generalmente los judíos son más ricos que los protestantes.» Este racionalista tenía mejor sentido lógico que el autor de los Etudes sur la Religión.
    Nada hemos dicho, ni creemos necesario decir, sobre la primera razón alegada por Tiberghien de Iglesia sobre bienestar de la sociedad. solamente inexacto, soberanamente negar existencia influencia, porque la Iglesia dice que su reino no es de este mundo. Ciertamente, que la Iglesia dice, y dice con razón, que su reino no es de este mundo, en el sentido y porque el objeto principal y preferente de su institución, la misión más importante que su divino Fundador le confió, no fue la felicidad y bienestar de la vida presente, sino la felicidad y bienestar de la vida eterna futura. Empero esto de ninguna manera impide que, según queda ya indicado y probado, afirme, fomente y consolide la prosperidad pública y privada, la felicidad moral y material del individuo, de la familia y del Estado, por medio de su doctrina, de sus ejemplos, de sus máximas, de sus leyes y de sus instituciones; no sin razón se ha dicho que la religión cristiana que parece destinada solamente a procurar al hombre su felicidad eterna, le [31] procura también la temporal de la vida presente. ¡Cosa notable y por demás peregrina! Cuando se trata de apreciar y determinar la influencia de la Iglesia en la familia y la sociedad bajo el punto de vista económico, se afirma que esta influencia es nula, porque su reino no es de este mundo. Cuando se trata después de desterrar de la familia y de la sociedad su legítima influencia, negándole el agua y el fuego, entonces se alega también como razón y prueba que su reino no es de este mundo, y que, por consiguiente, no debe permitírsele influencia ni intervención alguna en la familia, ni en el estado, ni en la legislación, ni en la enseñanza. ¿Por qué estos dos pesos y estas dos medidas? ¿No indica este proceder que en los ataques del racionalismo contra la Iglesia católica, se descubre y revela una obra de la pasión más bien que una obra de la ciencia?
    ¿Y qué deberemos pensar en vista de los datos y reflexiones que preceden, de las últimas palabras del profesor de Bruselas en el pasaje citado? «El desarrollo económico, nos dice, de los tiempos modernos, favorecido por los establecimientos de crédito, es extraño a la influencia de la Iglesia y la excluye.»
    De desear sería que al escribir estas palabras el autor de los Estudios sobre la Religion, hubiera apuntado, al menos, las razones en que se apoya para asentar que los establecimientos de crédito excluyen la influencia de la Iglesia. Nosotros creemos, por el [32] contrario, y seguiremos creyendo, que semejantes establecimientos son perfectamente compatibles con la influencia general de la Iglesia en el movimiento económico de las sociedades cristianas, mientras no se nos presente alguna ley eclesiástica en que se condenen estos establecimientos de crédito. La aserción sería más tolerable, aunque no del todo exacta, si su autor se limitara a decir que esta clase de establecimientos prescinden, por lo general, de la influencia de la Iglesia.
    Por lo demás, es ocurrencia propia y digna de un racionalista, formular un cargo contra la Iglesia católica porque es extraña a los establecimientos de crédito, o sea porque no influye directamente en el desarrollo de estos establecimientos. Supongamos que la Iglesia católica, desentendiéndose o descuidando los intereses espirituales y eternos de las almas, se dedicara a fundar, propagar y desarrollar establecimientos de crédito: es bien seguro que de todos los puntos del horizonte se levantaría terrible clamoreo por parte de los racionalistas para condenar a la Iglesia de Cristo, acusándola de prostituirse al lucro y las riquezas, de invadir las atribuciones del poder temporal, de faltar, en fin, a su misión divina y eterna. ¿Qué significan, pues, esas palabras del racionalista belga, cuando dice que el desarrollo de los establecimientos de crédito es extraño a la influencia de la Iglesia? A juzgar por este pasaje, seria necesario decir que cuando santo Tomás [33] escribía la suma Teológica, hubiera obrado más en armonía con el objeto del Evangelio y con la misión propia de la Iglesia católica, escribiendo el Ensayó de Malthus, o las Contradicciones económicas de Proudhon. Cualquiera diría que, en sentir del racionalismo, la Iglesia de Cristo, en vez de procurar la santificación de las almas, en vez de encargar a sus misioneros que lleven la luz de la fe y los beneficios de la civilización a regiones desconocidas y a naciones salvajes, en vez de promulgar leyes encaminadas a conservar la pureza de la religión y de la moral, en vez de fundar y fomentar instituciones de caridad y beneficencia, debería emplear su actividad y sus fuerzas en escribir tratados y en promulgar leyes y reglamentos sobre la invención y uso de las máquinas, sobre el libre cambio, sobre los sistemas de impuestos y contribuciones, sobre bancos, sobre la balanza de comercio, etc., etc. Pero ya es tiempo de poner término a esta discusión incidental, para proseguir nuestro camino. [34]

    http://www.filosofia.org/zgo/zgecop2.htm

  3. #3
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    Re: La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo

    [SIZE=5]
    III
    Antes de exponer sus ideas sobre Economía política, Smith había publicado la Teoría de los sentimientos morales, obra en que el publicista de Kirkaldy pretende cimentar y levantar todo el edificio de la ciencia moral sobre la estrecha base de la simpatía, eliminando, por consiguiente, de la idea de la virtud, el esfuerzo, el sacrificio y la energía de la voluntad. Esto nos explica en parte las tendencias materialistas y el espíritu egoísta que se descubren en su sistema económico-político: la Teoría de los sentimientos morales llama naturalmente, y se halla en armonía con las teorías desenvueltas en las Investigaciones sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones. Si se añade a esto que Smith, lo mismo que Say, principal propagador de sus doctrinas económicas en el continente, vivieron, conversaron y estuvieron en intimas relaciones con los filósofos sensualistas e irreligiosos del pasado siglo, no será difícil darse razón del espíritu que domina en su sistema económico-político. [35]
    Ello es cierto, sin embargo, que nadie menos que Smith debiera haber prescindido de la idea cristiana, al exponer sus teorías de Economía política. Puede decirse que todo el sistema económico-político del profesor de Edimburgo se halla basado sobre la teoría del trabajo y su división: esta es la idea fundamental y dominante en su doctrina; es como la teoría madre, a la cual se refieren y subordinan de una manera más o menos directa todas sus ideas sobre esta materia.
    Pues bien; si Smith hubiera reflexionado sobre este punto con espíritu imparcial y despreocupado, hubiera reconocido sin duda que el cristianismo es el que ha desarrollado y multiplicado en las sociedades modernas el poder del trabajo, porque el cristianismo, y sólo el cristianismo, es el que ha restituido al hombre la propiedad del trabajo.
    Recuérdese sino, lo que era la humanidad antes del cristianismo; recuérdense aquellas manadas de esclavos que marchaban envilecidas en pos de los patricios romanos; recuérdese que Atenas, la ciudad más civilizada, tal vez, de la antigüedad, contaba en tiempo de Demetrio Falerio cuatrocientos mil esclavos para poco más de veinte mil ciudadanos; y se verá que el cristianismo, al proclamar la libertad del hombre, restituyó a las tres cuartas partes del linaje humano la propiedad de su trabajo, y con ella, un elemento el más poderoso para la producción y multiplicación de la riqueza. Pero escuchemos sobre este punto la voz [36] tan autorizada como elocuente del P. Lacordaire; he aquí cómo se expresa el célebre orador de Nuestra Señora de París, al exponer el tránsito operado en la humanidad por la acción del cristianismo, bajo el punto de vista de la propiedad del trabajo:
    «El rico se había degradado a sí mismo, había degradado al pobre, y nada común existía entre estos dos miembros vivos, pero podridos, de la humanidad. El rico ni siquiera sospechaba que debiese algo al pobre. Le había arrebatado todo derecho, toda dignidad, todo respeto de si mismo, toda esperanza, todo recuerdo de origen común y de fraternidad. Nadie pensaba en la instrucción del pobre, nadie en sus dolencias, nadie en su suerte. El pobre vivía entre la crueldad de su señor, la indiferencia de todos y su propio desprecio. En este estado le encontró Jesucristo. Veamos qué hizo de él.
    »Hay una propiedad inseparable del hombre, una propiedad que él no podría enajenar sin dejar de ser hombre, y cuya enajenación jamás debe ser aceptada por la sociedad: tal es la propiedad del trabajo. Sí, señores; podéis no llegar al dominio de la tierra; la tierra es pequeña, hállase habitada hace muchos siglos, habéis llegado tarde, y para conquistar una sola partícula necesitaréis, tal vez, sesenta años de la vida más laboriosa. Es verdad; pero también, y por contrapeso, os quedará siempre la propiedad del trabajo; jamás seréis desheredados de ella, y ni aun el poseedor de la [37] tierra podrá, sin vuestra concurrencia, obtener del suelo que es suyo, la obediencia de la fecundidad. Vuestro trabajo, si no es el cetro, será por lo menos la mitad de este cetro, y por esta equitativa distribución, dependerá la riqueza de la pobreza, tanto como esta de la riqueza. La transición de una a otra será frecuente, la suerte de las dos será auxiliarse y engendrarse recíprocamente.
    »Tal es el orden hoy día; pero ¿era este el orden antes del Evangelio? Ya sabéis que no, señores; sabéis que la esclavitud era la condición general del pobre; es decir, que privado este del dominio general de la tierra, se le había despojado también de todo derecho a su propio trabajo. El rico había dicho al pobre: «Yo soy dueño del suelo; es necesario que lo sea de tu trabajo, sin el cual no produciría nada la tierra. El suelo y el trabajo no forman más que una cosa. Yo no quiero trabajar, porque esto me fatiga; y no quiero tratar contigo, porque esto seria reconocerte igual a mí y cederte una parte de mi propiedad en cambio de tus sudores. Yo no quiero necesitar de ti, yo no quiero reconocer que necesito un hombre para calzarme los pies y para no ir desnudo; tú serás, pues, mío; tú serás cosa de mi pertenencia, lo mismo que la tierra, y en cuanto me convenga, tendré cuidado de que no te mueras de hambre...» Pues bien; Jesucristo ha hecho al hombre propietario de su trabajo para siempre; ha hecho al pobre necesario al rico, partiendo con él [38] la libertad y las fuentes de la vida. Ninguna tierra ha florecido tanto como bajo la mano del pobre y del rico unidos con un convenio y estipulando por su alianza la fecundidad de la naturaleza.»
    Si el trabajo es, pues, el gran productor de las riquezas; si el trabajo es el elemento más poderoso y una de las condiciones más esenciales que han influido e influyen en la producción y desarrollo de la riqueza de las naciones modernas; si el trabajo, en fin, es el punto culminante de la Economía política y como la base fundamental de sus teorías y afirmaciones; bien puede decirse que esta ciencia no puede librarse de la nota de ingratitud e inconsecuencia, al prescindir del cristianismo y al renegar de sus máximas. Debiera no olvidar que el cristianismo, al traer al mundo el inestimable don de la propiedad del trabajo, no solo restituyó sus derechos a la humanidad, sino que hizo posibles hasta cierto punto las condiciones de existencia y perfección de la Economía política, introduciendo en el mundo con la propiedad del trabajo un gran poder de producción, el elemento más poderoso de la riqueza de las naciones y de la difusión del bienestar de los individuos. Porque los hombres de la ciencia saben bien cuánta es la diferencia que existe, relativamente a la producción, entre el trabajo del esclavo y el trabajo del hombre libre. Ni es de extrañar, antes sí es muy natural, esta diferencia. El esclavo, oprimido, mal alimentado y envilecido, sabe que sólo trabaja [39] para saciar la codicia de su amo, y que si este le arroja un pedazo de pan, es sólo porque sin este no podría aprovecharse de su trabajo. De aquí es que el esclavo ni desea ni procura el bien de su amo y se halla más bien dispuesto a complacerse en sus desgracias, al paso que el operario libre desea y se interesa en el acrecentamiento de producción y en la prosperidad del establecimiento en que trabaja.
    La razón y la experiencia demuestran también que la alegría y la esperanza robustecen las fuerzas del trabajador, haciéndole menos sensibles sus fatigas. Pero estas afecciones sólo pueden tener lugar en el corazón del operario libre, que sabe que trabaja para sí, y que espera el fruto de sus duras faenas. El esclavo, que sabe que sólo trabaja para otro, y que no ve en sus fatigas la esperanza de mejorar su suerte, no puede experimentar estas reparadoras afecciones.
    Que si de la cantidad de la producción pasamos a su calidad, no se presentan menos palpables las ventajas de la propiedad del trabajo. El hombre libre puede discurrir, puede adquirir una instrucción más o menos extensa; el esclavo, encorvado siempre bajo el látigo del amo, que se halla interesado hasta cierto punto en su embrutecimiento, puede decirse que no piensa y carece, por consiguiente, de las condiciones físicas y morales necesarias para llegar a la instrucción e inteligencia, que son las que pueden determinar la superioridad en la calidad de los productos. [40]
    He aquí por qué hemos dicho que la Economía política se muestra muy ingrata e inconsecuente cuando prescinde de las máximas de Jesucristo y del cristianismo, al exponer sus leyes, sus doctrinas y sus teorías. Cuando Jesucristo moría por todos los hombres indistintamente; cuando decía a todos los hombres, en la persona de sus discípulos: Os doy un mandamiento nuevo; que os améis unos a otros como yo os he amado; cuando decía por boca de san Pablo: Te ruego por mi Onésimo, a quien yo he engendrado en las prisiones... el que te he vuelto a enviar, no ya como esclavo, sino en vez de esclavo, como hermano muy amado, daba al mundo y a las naciones el germen más poderoso para la producción y desarrollo aun de las riquezas materiales, puesto que restituyendo al hombre su libertad, le restituía con ella y por ella la propiedad del trabajo, porque el esclavo es un ser que no tiene tierra ni trabajo propio.
    No se nos oculta que todavía existen hombres que, a despecho de los testimonios irrefragables de la razón y de la historia, se empeñan en arrebatar al cristianismo esta gloria, la gloria inmarcesible de haber llevado a cabo la abolición de la esclavitud, de esa institución social que corroía y deshonraba a las naciones anteriores a Jesucristo. Sabemos muy bien que no faltan hombres en nuestros días, que arrastrados por el orgullo racionalista, no menos que por sus prevenciones injustificadas contra el cristianismo, atrévense [41] a negar que este, y que su fundador, Jesucristo, hayan hecho nada para la abolición de la esclavitud. «Oigamos, en prueba de ello, las palabras que escribe uno de los racionalistas contemporáneos que más se distingue por sus apasionados ataques contra la Iglesia católica. «El progreso se manifiesta en todas las fases de la vida humana. Pero el progreso social es el que principalmente hiere nuestra vista... Citamos solamente la esclavitud. El más profundo pensador de la antigüedad, Aristóteles, la consideraba como eterna. Jesucristo no soñó en abolirla, y, sin embargo, bajo la influencia de las razas germánicas, la esclavitud se transformó y acabó por desaparecer.» {(1) Laurent, La Philosophie du XVIII siècle et le Christianisme, pág. 70}.
    Apenas se concibe que semejantes palabras se escriban seriamente en pleno siglo XIX; porque no se concibe ciertamente que en nuestros días se consignen afirmaciones que se hallan en contradicción absoluta con la conciencia general de la humanidad civilizada, y más todavía con los testimonios de la historia. Solo teniendo en cuenta la perniciosa cuanto poderosa influencia que ejercer pueden sobre el espíritu humano las pasiones y preocupaciones anticatólicas, se concibe la posibilidad de afirmar en absoluto y rotundamente que Jesucristo no pensó en abolir la esclavitud. ¿Qué hubieran hecho esas razas germánicas, a las que Mr. Laurent atribuye exclusivamente la abolición de [42] la esclavitud y advenimiento de las libertades civiles y políticas, qué hubieran hecho, repito, si no hubieran encontrado en su camino a la religión de Cristo? No cabe negar en buena y racional crítica histórica, no cabe siquiera poner en duda que fue esa religión santa, que fue la Iglesia católica, que fueron las máximas del evangelio las que reformaron, suavizaron y trasformaron los hábitos, los instintos, las costumbres y las instituciones de aquellas razas sometidas a la barbarie. ¿Qué seria hoy la civilización europea, si los germanos, y los godos, y los suevos, y los francos, y tantos otros pueblos, más o menos bárbaros, no hubieran sido fundidos, por decirlo así, y regenerados en el gran molde del cristianismo? Sin negar que las razas germánicas y sus afines aportaron elementos más o menos importantes a la moderna civilización, es incontestable, es a todas luces evidente, que el fondo y la esencia de la misma, que los elementos fundamentales y más fecundos de esa civilización que constituye la fuerza y la gloria de la Europa, pertenecen al cristianismo y son debidos al evangelio de Jesucristo; que no en vano o sin razón lleva el nombre glorioso y característico de civilización cristiana, según en otra parte {(1) Filosofía de la Historia, t. 1.} dejamos ya consignado.
    Por lo demás, nos permitiremos rebatirlas afirmaciones [43] de Mr. Laurent, y contestar a sus palabras con las siguientes del citado P. Lacordaire, palabras que se apropian y cuadran perfectamente a nuestro racionalista y a su pensamiento capital en el pasaje arriba transcrito.
    «¡Hombres ingratos, que renegáis de Jesucristo y que creéis meditar una obra más profunda que la suya! Vosotros sois bien felices en que la fuerza del evangelio prevalezca contra la vuestra. Cada hora de vuestra dignidad y de vuestra libertad es una hora que se os conserva a pesar vuestro, y que debéis a la potestad de Jesucristo. Si se bajase un día su cruz sobre el horizonte como un astro gastado, producirían infaliblemente de nuevo la servidumbre las mismas causas que la produjeron en otro tiempo; se reunirían en las mismas manos, por una invencible atracción, el dominio de la tierra y el dominio del trabajo, y la pobreza, sucumbiendo bajo la riqueza, presentaría al mundo atónito el espectáculo de una degradación de que no ha salido sino por un milagro siempre subsistente ante nuestros ojos.
    Se os hace duro este milagro, y hasta preguntáis ingeniosamente en qué página del evangelio ha sido positivamente reprobada y abolida la esclavitud: ¡ah, Dios mío! en ninguna página, sino en todas a la vez. Jesucristo no dijo una sola palabra que no fuese una condenación de la esclavitud, y que no rompiese un anillo de las cadenas de la humanidad. Cuando se [44] llamaba Hijo del hombre, libertaba al hombre: cuando decía que se amase al prójimo como a sí mismo y libertaba al hombre : cuando elegía a pobres pescadores para apóstoles suyos, libertaba al hombre: cuando moría por todos indistintamente, libertaba al hombre.
    Acostumbrados, como estáis, a las revoluciones legales y mecánicas pedís a Jesucristo el decreto con que ha cambiado el mundo; os admiráis de no encontrarlo en la historia, formulado casi en la forma siguiente: «Tal día, a tal hora, cuando el reloj de las Tullerias dé tantos golpes, no habrá ya esclavos en ninguna parte.» Estos son vuestros procedimientos modernos, pero observad también las desmentidas que les da el tiempo; y comprended que Dios, que no hace nada sin el libre concurso del hombre, usa en las revoluciones que prepara de un lenguaje más respetuoso para nosotros y más seguro en su eficacia. San Pablo, iniciado en los secretos de paciencia de la acción divina, escribía: Yo, como Pablo, viejo, y aun ahora prisionero de Jesucristo, te ruego por mi Onésimo, el que yo he engendrado en las prisiones... el mismo que te vuelvo a enviar, no ya como siervo, mas en vez de siervo, como hermano muy amado. {(1) Eptst. ad Philem, v. 9, 1O, 12 y 16.}
    Así se ha hecho la restitución evangélica del [45] hombre; así se propaga y se conserva, por una sensible infusión de la justicia y de la caridad, que penetra el alma y la trasforma sin sacudimiento, y que hace que no sea jamás conocida la hora de la revolución. El mundo anterior a Jesucristo no ha sabido que la propiedad del trabajo era esencial al hombre: el mundo formado por Jesucristo lo ha sabido y lo ha practicado; he aquí todo.»
    Así es como la palabra y el ejemplo del Salvador del mundo; así es como la palabra, y los ejemplos, y los hechos de sus apóstoles y discípulos, limaron sordamente las cadenas de la antigua esclavitud: así es también, como esas palabras, y esos ejemplos, y esos hechos, encarnándose en las instituciones, en las costumbres y en las leyes de la Iglesia de Cristo, acabaron por fundir los anillos todos de esa cadena que oprimía y deshonraba las antiguas civilizaciones. Y todo esto marchando siempre en el camino del bien, avanzando en la obra de la libertad a través de escollos, de resistencias y dificultades, sin retroceder jamás, pero sin producir tampoco conmociones violentas ni peligrosas revoluciones. Ya hemos dicho en otra parte, que la mayor gloria de Jesucristo y de su Iglesia en esta materia, consiste en haber llevado a cabo esta gran transformación social sin determinar los sacudimientos y perturbaciones desastrosas que suelen acompañar y deshonrar aquellas revoluciones que son la obra del hombre. Hay aquí una gran transformación, y [46] si se quiere, una gran revolución social, que se ha consumado sin que el hombre se apercibiera del día, ni de la hora de su consumación. Es esta la señal de las obras divinas; es el carácter que distingue, ennoblece y afirma las revoluciones que son la obra del dedo del Omnipotente.
    Hay más todavía: el cristianismo y la Iglesia dieron pruebas de exquisita previsión y de prudencia consumada en esta obra de libertad, no solamente por haberla llevado acabo sin producir revoluciones desastrosas, sino también, y principalmente por haber comprendido que la abolición de la esclavitud debía comenzar por arriba, es decir, por la parte moral e intelectual del hombre. Antes de romper las cadenas materiales que aprisionaban al esclavo, era conveniente y hasta necesario romper, o por lo menos, aligerar sus cadenas morales: era preciso rehabilitar al que se hallaba profundamente envilecido a los ojos de la sociedad y hasta de sí mismo. Antes de restituir al hombre su libertad natural y civil, era necesario restituirle su personalidad, la conciencia de su propia dignidad. He aquí el camino que emprendió la Iglesia cristiana para realizar la abolición de la esclavitud: y he aquí también por qué esta empresa fue en el cristianismo y por medio del cristianismo, una empresa gigantesca, una gran revolución social, pero revolución pacífica a la vez que fecunda.
    Escuchemos sobre esta materia la palabra autorizada [47] de un escritor de bella memoria en la historia de la caridad cristiana. «Sabemos, escribe el malogrado Ozanan, {(1) La Civilisalion au cinquième siécle, pág. 49.} lo que las leyes antiguas habían hecho del esclavo; pero no conocemos bastante lo que había llegado apenas a ser el esclavo en las costumbres, lo que había llegado a ser esta criatura humana, o mejor dicho, esta cosa de que acostumbraban servirse para saciar las pasiones más lúbricas, para ensayar los venenos, como hacia Cleopatra, o para alimentar las lampreas, como Asimo Polion. Mas la humanidad no perdió jamás sus derechos; y Séneca habíase atrevido, en alguna parte, a expresar la opinión temeraria de que los esclavos podían muy bien ser hombres como nosotros. Sin embargo, Séneca poseía veinte mil esclavos, y no vemos que su estoicismo le haya inducido a conceder la libertad a uno solo de ellos. Más todavía; este estoicismo se había introducido en los escritos de los jurisconsultos romanos; y a pesar de esto, ¿no vemos que se esfuerzan en impedir o disminuir el número de manumisiones, considerándolas a la vez como una cosa peligrosa para la seguridad pública?
    Una mitad de la población romana estaba bajo la esclavitud, y en el esclavo el envilecimiento se extendía no solamente al cuerpo sino también al alma. Pasaba [48] efectivamente, en proverbio generalmente recibido, que aquellos a quienes Júpiter quita la libertad quita igualmente la mitad de la inteligencia...
    El cristianismo encontró las cosas en este estado. Se le ha echado en cara el no haber proclamado inmediatamente la abolición de la esclavitud, sin reparar que tuvo dos razones para no verificarlo. En primer lugar, el cristianismo tiene horror a la violencia, detesta el derramamiento de sangre: he aquí por qué Aquel que murió esclavo en la cruz, no enseñó a la humanidad el camino de Espartaco. La segunda razón de este procedimiento del cristianismo es que el esclavo no era capaz de la libertad: antes de hacer de él un hombre libre, era necesario hacerle hombre, reconstituir en él la persona, despertar su apagada conciencia y ennoblecerle a sus propios ojos. Por este camino, en efecto, había comenzado Cristo, al tomar la forma de esclavo y subir a la cruz. A su ejemplo, todo hombre se convertía en esclavo voluntario, en el mero hecho de hacerse cristiano: Qui liber vocatus est, servus est Christi.
    Todos aquellos que morían mártires morían esclavos verdadera y legalmente, serm paenae. Así es que desde los primeros días del cristianismo, la cadena del esclavo, bañada ya en la sangre del Calvario, fue purificada y hasta consagrada con la sangre del martirio: los esclavos mismos acudieron a disputar a sus amos el honor de morir por la inviolabilidad inmortal [49] de la conciencia. En aquellas bandas de mártires que se ofrecen al suplicio desde los primeros siglos, vemos siempre algunos esclavos para representar esta parte decaída y maldita de la humanidad...
    Desde ese día, la conciencia queda restaurada, la persona ennoblecida y el esclavo no hará más que cumplir una servidumbre voluntaria. En adelante, el peligro para el esclavo no estará en despreciarse a si mismo, sino más bien en despreciar a su amo.»
    Apenas se concibe, ciertamente, que se haya echado en cara al cristianismo no haber abolido completamente la esclavitud desde sus primeros días. Aparte de la imposibilidad material de realizar esto, y aparte también de las profundas perturbaciones sociales, políticas y hasta económicas que hubiera producido la abolición repentina y completa de semejante institución, era necesario, ante todo, comenzar por abolir la esclavitud en el orden moral, antes de aboliría en el orden material: era preciso dar principio a la grande obra de redención universal del esclavo, que en sus entrañas encerraba la doctrina de Jesucristo, por medio de la rehabilitación moral y religiosa del esclavo: antes de romper sus cadenas de hierro, preciso era romper y fundir las cadenas que aprisionaban su inteligencia, su corazón y su alma; era preciso restaurar su conciencia y su personalidad, rehabilitándole a sus propios ojos. Porque sabido es que en fuerza de la opinión pública, de las costumbres, de las leyes civiles y de [50] las máximas religiosas a la sazón dominantes, los mismos esclavos habían llegado a creer en su propia degradación, estando persuadidos de su inferioridad con respecto a los demás hombres, bien así como de su destino y condenación inevitable al envilecimiento y la servidumbre. De aquí aquella bajeza de sentimientos, aquellas pasiones innobles, aquella depravación de costumbres, aquella grosería de instintos, de acciones y de propósitos a que se entregaban generalmente, que los caracterizaban y distinguían de las personas libres. La sátira latina, y más todavía la escena, nos manifiestan abundantes pruebas de esto. Las producciones del liberto Terencio, pero sobre todo, y principalmente, las comedias de Plauto, que había arrastrado la cadena del esclavo, representan con colores demasiado vivos y enérgicas pinceladas, la degradación moral de los esclavos.
    Esta es la razón por qué el cristianismo, por qué la Iglesia de Cristo, procediendo con su acostumbrada prudencia y sabiduría, se esforzó en restituir al esclavo la libertad moral, antes de restituirle la libertad civil; procuró romper las cadenas del alma antes de romper y fundir las cadenas del cuerpo. Por otra parte, el cristianismo sabía muy bien que la abolición de la esclavitud es y debía ser una consecuencia necesaria y espontánea de la rehabilitación moral, intelectual y religiosa del hombre en general, y del esclavo en particular, siquiera las pasiones e intereses bastardos [51] del hombre, hubieran de retardar la hora feliz de la completa abolición de la esclavitud sobre la tierra. Por eso vemos que los antiguos padres y doctores de la Iglesia, al paso que afirman y promueven con su palabra y con su ejemplo la redención y libertad de los esclavos, ensalzan por otra parte, y preconizan la libertad moral y religiosa del alma, como superior a la libertad del cuerpo. «Puesto que nuestro Redentor, escribía san Gregorio Magno, autor de toda la creación, ha querido tomar la carne del hombre para que el poder de su divinidad quebrantara la cadena de nuestra esclavitud (del pecado), y nos restituyera a la libertad primitiva (de la gracia), es obrar de una manera conforme a la salvación, tener piedad de aquellos que la naturaleza había hecho libres, que el derecho de gentes había reducido a esclavitud, y restituirlos, por medio del beneficio de la manumisión, a la libertad para la cual nacieron.» {(1) Apud. Decr. Grat., caus. 12, cuest. 2}. Estas mismas ideas y máximas se encuentran en otros lugares de sus obras, {(2) Véase Wallon, Histoire de l'esclavage, t. III.} lo mismo que en las de otros padres de la primitiva Iglesia. Así, por ejemplo, san Juan Crisóstomo que tronaba desde el palpito contra los ricos que se paseaban por calles y plazas acompañados de multitud de esclavos, y que para justificar su [52] conducta decían que los conservaban en su poder para que no pereciesen de hambre, mientras que por un lado reprobaba su conducta, diciéndoles que si obraban así por caridad debían enseñarles algún oficio y después darles libertad, por otro contestaba con razón a los que le preguntaban por qué el cristianismo no había libertado de un golpe a todos los esclavos: «Esto fue para enseñaros la excelencia de la libertad. Hay menos grandeza en suprimir la esclavitud, que en demostrar libertad hasta en las cadenas.» {(1) Homil. 19, in Epist. 1ª ad Corint.}
    http://www.filosofia.org/zgo/zgecop3.htm
    Última edición por Hyeronimus; 09/01/2008 a las 20:27

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    Re: La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo



    IV

    «El orgullo y la malicia de ciertos hombres, decía Fenelon, son los que arrastran a tantos otros a una horrorosa pobreza.» Los que hayan meditado un poco sobre ese terrible cáncer del pauperismo, que corroe las sociedades modernas, y que produce viva y constante inquietud en los gobiernos y en los pueblos, comprenderán sin dificultad toda la verdad que encierran las palabras del ilustre arzobispo de Cambray. [53]
    Los que hayan leído algo sobre economía y estadística, los que hayan reflexionado sobre la situación relativa de las dos grandes clases sociales, la clase rica y la clase indigente, saben demasiado cuan trascendental es para los gobiernos y para la Economía política el problema de la clase obrera. Contribuciones de pobres, asociaciones filantrópicas, reglamentación para los hospicios y demás establecimientos de beneficencia, inspección y vigilancia administrativa, organización del trabajo, sociedades cooperativas; de todo se ha echado mano para resolver el gran problema, y sin embargo, el gran problema existe siempre y se revela cada día más alarmante y amenazador, y parece tender y acercarse rápidamente a la solución socialista.
    No negaremos los resultados favorables de los esfuerzos realizados por la administración civil, ni la conveniencia de los medios antes indicados; pero sí diremos que esos esfuerzos y esos medios, si no han sido estériles, han sido menos fecundos de lo que correspondía a sus proporciones. Y es que han sido separados de la savia vivificadora y fecundante de toda obra benéfica, el gran principio de la caridad católica; porque, como decía Balmes: «¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades sino por medio de la administración civil, sin intervención de la caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la filantropía exagerará los cuidados que prodiga al infortunio, pero en realidad las cosas [54] pasarán de otra manera. El amor de nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es tan abundante de palabras como escaso de obras. La visita del pobre, del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para que podamos soportarla por mucho tiempo cuando no nos obligan a ello muy poderosos motivos. Donde falta la caridad cristiana podrá haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera por parte de los asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto a una buena administración; pero faltará una cosa, que con nada se suple, que no se paga: el amor. Mas se nos dirá: y ¿no tenéis fe en la filantropía? No; porque, como ha dicho Chateaubriand, «la filantropía es la moneda falsa de la caridad.»
    La Economía política anti-cristiana, la escuela económica que prescinde de los principios religiosos y morales, no solo es incapaz de dar solución satisfactoria al gran problema, sino que ha contribuido poderosamente a que haya tomado y tome cada día proporciones exasperantes. La escuela que sólo se ocupa del bienestar material, echando por completo en olvido, o al menos, prescindiendo de los destinos superiores del hombre; la escuela que ensalza y promueve el lujo ilimitado como un medio de producción y de bien para el hombre y la sociedad; la escuela que sólo tiene y recomienda para el obrero la educación industrial, echando a un lado la educación moral y religiosa; la escuela, en fin, que no halla otro medio [55] para conducir al obrero a la adquisición del bienestar que la excitación al trabajo por medio de la multiplicación de necesidades, siquiera estas sean facticias, y por el aliciente de los goces materiales, no es ciertamente la llamada a mejorar la suerte de las clases obreras y establecer relaciones armónicas y permanentes entre la humanidad pobre y la humanidad rica. Lo que si podrá producir semejante escuela económica es ese lujo insultante que se revela en nuestras sociedades, esas fortunas colosales que aparecen repentinamente en las grandes ciudades industriales y fabriles, esa nueva aristocracia del dinero y de la industria, que arrastra en pos de si poblaciones enteras de artesanos y obreros, que nos recuerdan los antiguos patricios romanos de los últimos tiempos de la república y primeros del imperio, con sus centenares de esclavos, sus innumerables quintas, sus estanques de lampreas, sus termas, sus cenas y sus convites de millones de sextercios.
    Solo la Economía político-cristiana, basada sobre el gran principio de la caridad y del orden sobrenatural, es la que puede, si no hacer desaparecer las condiciones del problema, porque el trabajo es una ley divina y una necesidad social, darle, a lo menos, solución más conveniente y más en relación con la dignidad del hombre y sus destinos superiores.
    En efecto; por una parte, la escuela cristiana de Economía política condena el lujo excesivo y el abuso [56] de las riquezas, haciendo desaparecer de esta suerte una de las causas más poderosas y frecuentes del odio concentrado de la clase indigente contra los ricos. Por otra parte, recomendando la caridad como una virtud necesaria y como la virtud predilecta de Dios, aproxima sin cesar el pobre al rico, y hace entrar en su corazón el sentimiento de gratitud en vez del odio excitado por el lujo y las miras egoístas de la Economía anti-cristiana.
    Empero, en ninguna cosa se manifiestan tan de bulto las ventajas de la Economía político-cristiana, como en el principio de la caridad aplicado a la instrucción. Ella enseña, en efecto, que debe atenderse ante todo y con absoluta preferencia a la instrucción moral y religiosa de los obreros; porque sólo aquí se encuentra el verdadero origen del bienestar para ellos, y de armonía y seguridad para la clase rica y los gobiernos. El obrero que posee un corazón morigerado, el obrero cristiano que posea educación moral y religiosa, será amigo del trabajo, del orden y de la frugalidad. Cuidará de satisfacer las necesidades verdaderas y primarias de su persona y de su familia antes que las facticias. Procurará cultivar su inteligencia, adquirir buen nombre y hacer ahorros; será buen esposo, buen hijo, buen padre y buen ciudadano, y si, a pesar de sus esfuerzos y fatigas, no puede subir a una posición más elevada, si se ve condenado a buscar diariamente en su trabajo el necesario alimento, no [57] murmurará, no odiará al rico; porque sabe que el Padre celestial da entrada en el reino de los cielos al pobre sumiso y paciente con preferencia al rico orgulloso.
    ¡Oh! si los gobiernos y los pueblos atendieran con preferencia a la instrucción moral y cristiana de las clases obreras; si cuidaran de formar su corazón en las virtudes cristianas antes de sepultarlos en las fábricas y talleres, que se convierten para el mayor número de estos desgraciados en escuelas de inmoralidad y corrupción; si escucharan, en fin, las inspiraciones de la Economía político-cristiana, sin duda que el problema del pauperismo no se alzaría tan amenazador y desconsolante para la sociedad y la religión.
    Y no es porque el cristianismo y la Iglesia de Cristo ignoren o desconozcan que las formas y manifestaciones del mal físico, bien así como las formas y manifestaciones del mal moral, acompañarán siempre al hombre a su paso sobre la tierra. El cristianismo y la Iglesia saben demasiado que, dadas las actuales condiciones físicas y morales de la humanidad, ésta presenciará siempre en mayor o menor escala las antítesis o contradicciones del hombre de la opulencia y del hombre de la pobreza, del hombre de la inteligencia y del saber y del hombre embrutecido y de la ignorancia, del hombre de la salud y del hombre de la enfermedad, del hombre de la virtud y del hombre del vicio. Lo que el cristianismo y la Iglesia católica [58] pretenden, y desean, y piensan, y procuran por medio de sus principios y doctrinas, por medio de sus leyes e instituciones, es, ya que no es posible destruir ni aniquilar por completo el mal, disminuir su intensidad, suavizar sus efectos, utilizar y moralizar su existencia y sus manifestaciones.
    No, el cristianismo y la Iglesia, que, de acuerdo con la razón, con la experiencia interna y con la historia, profesa el dogma de la caída original, y reconoce como efecto y manifestación de ésta la degradación física, intelectual y moral del hombre, no abriga la confianza de la abolición total de las formas del mal sobre la tierra, porque sabe que esto está reservado para la vida futura, en la que la omnipotencia y la misericordia de Dios cambiará las condiciones de la existencia humana. No es ciertamente el cristianismo, sino el panteísmo hegeliano, el que engaña al hombre con falaces promesas de una divinización futura: no es el cristianismo, sino el krausismo espiritista, el que mece y entretiene al hombre con los vanos ensueños de una edad plena y armónica, en que desaparecerán como por encanto de esta tierra que habitamos «los males todos que hoy todavía tuercen y cortan el camino de la vida, la guerra y el despotismo, la injusticia y el egoísmo, la indiferencia y el escepticismo.» {(1) Krause, Ideal de la Humanidad.} [59]
    Hay más todavía: la profunda, cuanto combatida doctrina del cristianismo en orden a la existencia permanente del mal y de sus manifestaciones sobre la tierra, hállase hoy comprobada y como científicamente demostrada por las conclusiones de la misma Economía política. Las leyes fundamentales y constitutivas de esta ciencia, los elementos y principios generadores de la producción y distribución de las riquezas llevan consigo inevitablemente la existencia y, en ocasiones, hasta el aumento de la miseria y de los sufrimientos. Con su lógica inflexible, franca y ultimadora, Proudhon ha demostrado la realidad de este fenómeno {(1)Véase su obra titulada Systeme des contradctions economiques, ou Philosophie de la misère passim, y especialmente los capitulos 1°, 3º, 4° y 6°}, reconocido a la vez por otros economistas contemporáneos. Tomemos, por ejemplo, la división del trabajo, que constituye una de las leyes fundamentales de la ciencia económica, instrumento el más fecundo y poderoso de saber y de riqueza, y le veremos a la vez influir poderosamente en la ignorancia, favorecer el desarrollo de la miseria y del embrutecimiento de las masas, «un hombre, escribe Say {(2) Traité d'Econ. Polit.}, que durante toda su vida no hace más que la misma operación, llega sin duda a ejecutarla mejor y con mas prontitud que otro hombre, pero al propio tiempo se hace menos capaz [60] en orden a cualquiera otra operación, sea física, sea moral; sus restantes facultades se apagan, resultando de aquí una degeneración del hombre considerado individualmente. Es un triste testimonio el que el hombre se da a si mismo, no haber hecho jamás sino la décima octava parte de un alfiler. Y no hay que imaginarse que esta degeneración pertenece exclusivamente al obrero que durante toda su vida maneja solamente una lima o un martillo; pertenece también al hombre que por razón de su estado ejerce otras facultades más independientes.»
    Oigamos ahora al citado Proudhon sobre este mismo punto. «¿Cuál es, pregunta {(1) Philosophie de la misère, tomo I}, después del trabajo, la causa primera de la multiplicación de las riquezas y de la habilidad de los trabajadores? la división del mismo trabajo.
    ¿Cuál es la primera causa de la decadencia del espíritu o talento y, según lo probaremos en seguida, de la miseria civilizada? la división del trabajo...
    El trabajo, que debía proporcionar superioridad a la conciencia y hacerla más y más digna de felicidad, determinando por la división la debilidad del espíritu, aminora al hombre en su parte más noble, minorat capitis, y le refunde en la animalidad. Desde este momento el hombre degenerado trabaja como bruto, [61] consiguientemente debe ser tratado como bruto. La sociedad pondrá en ejecución este juicio de la naturaleza y de la necesidad.
    El primer efecto del trabajo dividido, después de la depravación del alma, es la prolongación de las horas de trabajo, que crecen en razón inversa de la suma de inteligencia empleada. Porque apreciándose el producto por la cantidad y la calidad juntamente, si a causa de cualquiera evolución industrial, el trabajo desmerece en un sentido, es necesario que se verifique compensación por otro lado. Como la duración del trabajo diario no puede pasar de 16 a 18 horas, desde el momento que la compensación no puede tomarse sobre el tiempo, se tomará sobre el precio, y el salario disminuirá... Hay, pues, necesidad de reducción en el precio del trabajo de cada día: de manera que el trabajador, después de haber sido lastimado en su alma por una función degradante, no podrá librarse de ser afligido también en su cuerpo por la pequeñez del salario.»
    «La división del trabajo, escribe también Blanqui, y el perfeccionamiento de las máquinas, que debían realizar para la gran familia obrera del género humano la conquista de ciertas ventajas en provecho de su dignidad, no han engendrado en muchos puntos más que el embrutecimiento y la miseria.»
    En suma: el principio de la división del trabajo, principio generador y elemento fecundo de producción, [62] de riqueza y de bienestar en el orden económico, en medio y a pesar de sus ventajas e innegable utilidad, lleva consigo inconvenientes graves y da origen a males y sufrimientos reales. Notables son las palabras con que un distinguido publicista sintetiza los inconvenientes y efectos deplorables de la división del trabajo: «A medida, escribe {(1) Tocqueville, De la Democratie en Amer.}, que el principio de la división del trabajo recibe una aplicación completa, el obrero se hace más débil, más limitado y más dependiente. El arte progresa, pero el artesano retrograda.»
    Lo que se acaba de ver con respecto a la división del trabajo, es aplicable igualmente a otras fases del problema económico. Descúbrese en las leyes de la Economía política una especie de antagonismo fatal que las hace fecundas y estériles a la vez en orden a la existencia y condiciones de la miseria física y moral. Las máquinas, en su cualidad de antítesis y como fórmula inversa de la división del trabajo, ejercen beneficiosa influencia en el orden económico, disminuyendo el trabajo y fatiga del obrero, multiplicando la producción, determinando rebaja en el precio de los artículos, facilitando el consumo y el bienestar general; pero al propio tiempo y bajo otro punto de vista, suelen determinar la pobreza y la escasez en las masas obreras, en fuerza de la eliminación y [63] reducción del trabajo manual, reemplazado por la máquina. El impuesto, que en el orden teórico y racional debe gravitar sobre la fortuna y estar en relación con esta, no es raro que en la práctica gravite más bien sobre la pobreza y oprima al indigente y al proletario. Igualmente, la libre concurrencia, tan preconizada por la novísima Economía política, al lado de ventajas reales y muy importantes, presenta inconvenientes y peligros no menos positivos, que determinan con frecuencia un aumento de miseria en las clases inferiores; pues es sabido que la libre concurrencia determina aumento de gastos reales de la producción, multiplicando sin necesidad los capitales empleados, ocasiona y provoca la inferioridad y falsificación de los productos, determina y mantiene con frecuencia terrores y desconfianzas en los capitalistas y los mercados. Observaciones análogas podríamos aplicar al monopolio, al crédito y a otros elementos y problemas que desempeñan papel muy importante en la Economía política. Proudhon, cuya pluma parece complacerse en poner de relieve la existencia del mal, y cuya lógica ruda e inexorable salta por encima de consideraciones y desprecia las atenuantes formas, escribe las siguientes palabras, que pueden considerarse como la síntesis de las reflexiones que acabamos de consignar: «Por todas partes, en donde el trabajo no ha sido socializado, es decir, en donde el valor no ha sido determinado sintéticamente hay perturbación y deslealtad en los [64] cambios, guerra de astucias y emboscadas, impedimento a la producción, a la circulación y al consumo, trabajo improductivo, ausencia de garantías, despojo, insolaridad, indigencia y lujo, pero al propio tiempo esfuerzo del genio social para conquistar la justicia y tendencia constante a la asociación y al orden. La Economía política no es otra cosa más que la historia de esta grande lucha. Por una parte, en efecto, la Economía política, en cuanto consagra y pretende eternizar las anomalías del valor y las prerrogativas del egoísmo, es en realidad la teoría de la desdicha y la organización de la miseria; mas en cuanto que expone los medios inventados por la civilización para vencer al pauperismo, bien que estos medios hayan cedido constantemente en ventaja exclusiva del monopolio, la Economía política es el preámbulo de la organización de la riqueza.» {(1) Sistème des Contradict econ., tomo 1.}
    Sin necesidad de adoptar en absoluto y completamente los puntos de vista ni las apreciaciones todas del autor de la Filosofía de la miseria, bien puede reconocerse que hay un fondo de verdad en sus afirmaciones, lo cual, junto con los datos y reflexiones que antes se han consignado, demuestran palpablemente la consumada previsión de la Iglesia al multiplicar incesantemente las leyes e instituciones destinadas a [65] disminuir, suavizar y aliviar las múltiples manifestaciones y formas del mal que aflige y afligirá siempre a la humanidad, a pesar de los progresos más o menos reales, y de las pretensiones más o menos fundadas de las ciencias económico-sociales y políticas. Escusado será añadir que esos mismos datos y reflexiones constituyen al propio tiempo una prueba más de que la humanidad desvalida y doliente, bien así como las modernas sociedades, ganarían mucho, aun bajo el punto de vista material y económico, si la Economía política se hallara inspirada, informada y vivificada por el espíritu cristiano y por la moral del evangelio. Su desarrollo científico sería en este caso más sólido y seguro, y sobre todo serían más beneficiosas y fecundas para el bienestar de las masas indigentes y para la sociedad en general, sus aplicaciones y enseñanzas. Somos los primeros en reconocer que la Economía política ha prestado grandes servicios a las naciones modernas: somos los primeros en reconocer y confesar que esta ciencia ha contribuido poderosamente al desarrollo de la riqueza pública y al aumento de bienestar material; pero creemos a la vez que también ha contribuido poderosamente al desarrollo de ese gran antagonismo social que puede considerarse como la expresión sintética de los males y peligros que hoy aquejan y perturban a la sociedad, y esto por haberse manifestado extraña, cuando no hostil, a las instituciones cristianas, por haber rechazado las [66] inspiraciones del cristianismo y de la moral evangélica.
    Y no se nos diga que este antagonismo social era mayor y más profundo en las naciones antiguas y en la edad media; porque nosotros contestaremos a esto que la historia imparcial, basada en el estudio y examen de los monumentos contemporáneos, demuestra lo contrario, por más que la falta de sentido histórico primero, y después el espíritu revolucionario, hayan venido falseando la historia por espacio de siglos con respecto a este punto. No nos sería difícil aducir pruebas y datos para demostrar nuestro aserto, pero preferimos ceder la palabra al autorizado autor de La Reforma Social. El pasaje que vamos a transcribir, aunque demasiado extenso tal vez, merece fijar la atención de todo lector reflexivo; porque los datos y consideraciones que contiene son muy a propósito para desterrar preocupaciones bastante generalizadas, e ilustrar la opinión en orden a la cuestión del antagonismo social. He aquí las palabras de Mr. LePlay {(1) La Reforme Sociale, t. 1, pág. 27 y sigs.}: «La historia propiamente dicha, la historia que se funda sobre los documentos positivos de paleógrafos y arqueólogos, ha nacido en nuestra época. En medio de sus grandezas literarias, el siglo de Luis XIV no poseyó ciertamente la inteligencia de los tiempos pasados: aquel siglo desnaturalizaba con sus sistemas históricos [67] la antigüedad y la edad media, prestándoles sus propios sentimientos y sus ideas, de la misma manera que desfiguraba sus personajes en el teatro, presentándolos vestidos con los trajes de la época.
    La escuela revolucionaria ha falseado más todavía los espíritus (1): esta escuela viene atribuyendo, como carácter distintivo, a los seis siglos precedentes el antagonismo social, siendo así que este no tenia lugar en aquellos tiempos sino como estado excepcional, y que sólo en nuestro tiempo se ha propagado realmente. Estas falsas aserciones aceleraron indudablemente la obra de destrucción que la opinión francesa se complace en glorificar; pero pesan hoy sobre nosotros, engañándonos acerca del origen del mal actual y lanzando el descrédito sobre el remedio que nos ofrecen las buenas tradiciones de nuestros padres.
    {(1) Los estudios locales hechos sobre la Francia, revelan en esta la existencia de multitud de preocupaciones inculcadas a los pueblos por los promovedores de la revolución. Así se comprende, o por esta razón, el alcalde de un municipio rural declaraba últimamente ante el Consejo de Estado: «Independientemente de las preocupaciones sobre el comercio de granos, se encuentra uno maravillado al ver cómo se conservan en nuestras campiñas opiniones las más extravagantes y las más erróneas sobre nuestro antiguo régimen social. Todavía se ven entre nosotros algunos individuos muy persuadidos de que antes de la revolución de 1789, el país estaba sujeto a derechos feudales, de cuya existencia, sin embargo, no se encuentra vestigio alguno en los tiempos anteriores a la revolución.» Nota de Le Play}
    Felizmente los historiadores modernos de la [68] Alemania, Inglaterra, Francia, España e Italia comienzan a producir reacción contra estos errores y preocupaciones. Las convicciones que han adquirido consultando los documentos originales se hallan de acuerdo con las que yo he adquirido acerca de algunos puntos especiales, observando directamente en toda la Europa las numerosas familias que han conservado los instintos y los hábitos de la edad media. Lo mismo que uno de nuestros mas hábiles historiadores (1), me he llenado muchas veces de indignación, viendo a cierta literatura contemporánea pervertir la opinión pública y afirmar que nuestra antigua Francia no se componía más que de opresores y oprimidos. Sin negar que la edad media era inferior a la nuestra bajo muchos puntos de vista, cada día aumenta en mí la convicción de que en aquella época estaba mejor establecida la armonía social en la parroquia, en el taller y en la familia...
    {(1) Alude aquí el autor a Mr. Thierry (Agustín), el cual en sus Cartas sobre la Historia de Francia, se lamenta del juicio inexacto que generalmente se ha formado acerca de los sucesos de la edad media, a causa de los errores y preocupaciones esparcidos y autorizados por los historiadores modernos con respecto a dicha época.}
    La edad media no fue solamente una época de organización social: creó además muchas ramas originales del arte y de la industria; y señaladamente, aquella edad fundó una escuela de arquitectura que [69] puede ponerse en ventajosa comparación con las escuelas arquitectónicas de las mejores épocas. Ciertamente, los ciudadanos que a costa de tantos esfuerzos levantaron esos magníficos edificios debieron darse cuenta de su valor y señalarlos a la admiración de sus descendientes. Sin embargo, desde el siglo XVI, este sentimiento se borró en presencia de las aspiraciones que inclinaron los espíritus hacia el arte de griegos y romanos, y bien pronto no se encontró persona alguna que admirara los monumentos que cubrían con profusión nuestro suelo. Nuestros grandes hombres del siglo XVII no sospechaban siquiera que pudiera haber algún mérito en las habitaciones de sus padres y en las iglesias mismas en que se practicaban diariamente los deberes religiosos. El siglo XVIII y la revolución contribuyeron también a aumentar o afirmar estas falsas impresiones...
    Pero si el publico, bajo el imperio de esta teoría, ha podido desconocer hasta este punto el valor de objetos materiales que habían permanecido y estaban siempre a su vista, ¿cuántos y cuáles debe cometer cuando se trata de apreciar, bajo la influencia de tantas nuevas doctrinas y a través del prisma de las pasiones políticas, las ideas y las costumbres de generaciones que hace siglos descendieron al sepulcro?
    Ahora bien; cuanto más estudio los hechos contemporáneos o los vestigios del pasado, mayor es la seguridad que alcanzo de que nos equivocamos en los [70] juicios que cada día emitimos acerca de las relaciones sociales que existían en los siglos precedentes. Y si esto es así ¡qué desórdenes morales y materiales provocar debe una teoría de historia, que nos conduce a menospreciar nuestras tradiciones y a renegar de nuestros orígenes nacionales!
    Según la opinión establecida, sería preciso decir que las clases directoras del antiguo régimen hacían pesar sobre las clases inferiores una opresión intolerable, y con especialidad en los distritos rurales, los señores debieron abusar de su poder para atribuirse todo el fruto del trabajo y de la inteligencia de sus vasallos. La tribuna, la prensa y el teatro reproducen estas aserciones bajo toda clase de formas. Hasta en libros especiales se ha desenvuelto recientemente esta tesis en lo concerniente a la condición de las clases rurales del antiguo régimen; se ha insistido sobre los desórdenes ocasionados por la servidumbre de la gleba, y se ha llegado hasta afirmar que los señores feudales, en la necesidad de dividir ciertos dominios, cuidaban de dividir también, a fin de que la medida fuera exacta, el cuerpo de sus paisanos «en conformidad al juicio de Salomón.» Bajo estas influencias, el público se persuade más y más de que antes de 1789 la nación francesa no se componía más que de víctimas y de verdugos. Renunciando aquí, por ahora, a toda discusión metódica, me limitaré a señalar algunos hechos que, desmintiendo la opinión admitida, presentan la [71] condición de nuestros padres bajo un punto de vista más verdadero.
    Son muchos los documentos que conservan la descripción fiel de las relaciones que existieron entre los señores y las poblaciones colocadas bajo su dependencia, desde el origen de la edad media hasta 1789: me refiero a los títulos que, acumulados en los archivos de los castillos o de las abadías, en los depósitos confiados a los notarios, en los registros de los parlamentos, de los tribunales y de las diferentes jurisdicciones de policía, y que habiendo escapado del vandalismo revolucionario, se hallan al presente clasificados en colecciones públicas bajo la vigilancia de los hábiles paleógrafos que forma nuestra escuela de documentos. No he dejado pasar jamás la ocasión de conocer el parecer de los eruditos que guardan estos tesoros de la ciencia social, y siempre he oído con extrañeza que dichos eruditos no encuentran en aquellos documentos vestigio alguno de esa opresión permanente que, a juzgar por una opinión que se ha hecho común, fue el rasgo característico de nuestro antiguo régimen.
    Las monografías que comienzan a publicar estos sabios, ponen de relieve la excelencia de las relaciones que unían a los señores con los paisanos y colonos. De esta manera han sido refutadas paulatinamente las acusaciones que la opinión pública viene dirigiendo contra el antiguo régimen, mientras que se ha podido [72] temer la vuelta de los abusos que lo desacreditaron. De desear es, sin embargo, que la rectificación de los hechos no degenere en reacción, y que no sean ensalzados con exageración los sentimientos que, hablando en general, impulsaban a los señores a asegurar el bienestar de sus vasallos...
    Los monumentos y pergaminos no son los únicos que presentan medios de llegar al conocimiento del tiempo pasado: los hombres y el suelo han conservado más de lo que se piensa, indicios fieles de los siglos. Los paisanos vascos, por ejemplo, ocupan todavía con sus familias los dominios en que sus antepasados se hallaban y a establecidos en la edad media; han conservado el mismo idioma, las mismas ocupaciones, las mismas costumbres; en fin, su régimen de sucesión todavía es el mismo que un autor latino señalaba en este país hace veinte siglos. Ancianos de esta raza que recibieron de sus mayores la tradición del antiguo régimen, aseguran que su situación no ha sido mejorada por nuestras revoluciones políticas...
    Seguramente que desde la edad media acá se han introducido mejoras en la condición de los propietarios y colonos; pero estas mejoras hállanse contrabalanceadas por inconvenientes desconocidos hasta entonces. El mal que nos aqueja de dos siglos a esta parte y especialmente desde la revolución, procede en gran parte de que las preocupaciones de las masas y las pasiones de las clases directoras, con respecto a esta [73] cuestión, no nos permiten ver los hechos bajo su verdadero punto de vista.
    Otra consideración ha excitado particularmente mi atención, durante el curso de las investigaciones que llevo hechas acerca de las costumbres de mis conciudadanos (1). Si la revolución francesa hubiera libertado realmente a las clases inferiores de la pretendida opresión atribuida al antiguo régimen, debería ser cosa indudable que a los antiguos sentimientos de antagonismo, se sustituyen ahora poco apoco recíproca afección entre amos y sirvientes. Y sin embargo, es un hecho incontestable, hasta para los más miopes, que se ha verificado un cambio en sentido opuesto. Los escritores que adquirieron justa celebridad describiendo las costumbres de los seis últimos siglos, señalan notables y sensibles ejemplos de la solidaridad que existía entonces entre el propietario y el colono, entre el patrón y el obrero, y principalmente, entre el amo y el criado ligado a la familia. El antagonismo entre estas mismas condiciones, ha llegado a ser hoy, por el contrario, según dejo ya notado, un rasgo característico de las costumbres modernas de la Francia. Los [74] ancianos de nuestro tiempo vieron durante su juventud en muchas familias, criados identificados con las ideas y los intereses de sus amos. Sólo quedan ya vestigios de este estado de cosas, y si no se produce una reacción saludable contra el movimiento que nos arrastra, dudo que la generación siguiente vea un solo ejemplo de esta antigua solidaridad.
    {(1) Creemos innecesario advertir que si bien Mr. Le Play se refiere o alude en algunas de sus pruebas y observaciones a la Francia, como es natural, estas son aplicables igualmente, o con ligeras variantes, a las demás naciones europeas.}
    No quiero decir con esto que el antagonismo social sea un hecho nuevo, un fenómeno especial de nuestro tiempo; hasta reconozco que las discordias civiles presentaban en otro tiempo un carácter de violencia que hoy no presentan. Existe, no obstante, entre las dos épocas esta diferencia esencial, a saber, que bajo el antiguo régimen cada patrón marchaba al combate apoyado por sus clientes, sus obreros o sus criados, al paso que ahora el primero encontraría a los segundos armados contra él. En otro tiempo, después de la lucha, se encontraba de nuevo la paz y reparador reposo en el taller y en la casa. Hoy la lucha dura en la casa y en el taller, persevera de una manera sorda, cuando no estalla abiertamente; mina sin cesar la sociedad, alterando las condiciones fundamentales de la felicidad doméstica. Los escritores que se inspiran en las pasiones revolucionarias y que propagan tantas doctrinas subversivas, podrían encontrar en su propio hogar doméstico la refutación de sus sistemas favoritos, en los sentimientos de odio y en el espíritu de rebelión de sus sirvientes. Las pruebas que [75] producen hoy la desolación en todas las familias, ricas o pobres, constituyen una de las severas enseñanzas que nos volverán al sentimiento de lo verdadero, en materia de ciencia social.
    El estudio de la Europa ha contribuido, más todavía que el de la Francia, a destruir en mí las preocupaciones que reinan en el medio en que he vivido, así como a representarme bajo su verdadero punto de vista las relaciones sociales que las revoluciones han destruido en nuestro siglo.»
    El error histórico, con tanta razón como valentía combatido y refutado por Le Play en el pasaje anterior, ha pretendido apoyarse en algunas revueltas y desórdenes que durante las pasadas épocas tuvieron lugar, sin tener en cuenta que fueron desórdenes pasajeros, locales y excepcionales, como lo fueron los denominados de la Jacquerie, y los que se verificaron en la Auvernia en el siglo XVII, que son los que los partidarios de aquella teoría histórica suelen alegar en su favor. No son los hechos parciales y excepcionales, sino los normales y generales, los que deben suministrar el criterio histórico adecuado para formar juicio acerca de las relaciones sociales entre las clases superiores y las inferiores. No hay paradoja, por monstruosa que sea, que no pueda apoyarse en algún dato histórico o ser acreditada con este procedimiento de citar hechos anormales. Por otra parte, el nulo o escaso valor que semejantes hechos pudieran dar a la [76] teoría histórica aquí combatida, se halla contrapesado con exceso con hechos análogos en sentido contrario, siendo notable, entre estos, el siguiente por el mismo Le Play alegado, cuando escribe: «Existen todavía hoy centenares de familias antiguas, que no han abandonado jamás las tierras de sus abuelos, las cuales han sido protegidas por la población local contra las tentativas de los comités revolucionarios, organizados en las ciudades cercanas.»
    Los concienzudos trabajos de Mr. Delisle, aunque referentes a la Normandía, apoyan y confirman las conclusiones generales de Le Play sobre esta materia. He aquí uno de los varios pasajes que dan testimonio a la verdad histórica: «Excepción hecha de algunos casos aislados, en vano hemos buscado en la Normandía los vestigios de ese antagonismo que, según autores modernos, reinaba entre las diferentes clases de la sociedad durante la edad media. Las relaciones de los señores con sus hombres no se descubren señalados con ese carácter de violencia y de arbitrariedad, con que suelen complacerse algunos en describirlas con demasiada frecuencia. Desde época muy remota los paisanos fueron restituidos a la libertad; desde el siglo XI desapareció la servidumbre de nuestros campos; y si bien es cierto que después de aquella época subsisten todavía algunas prestaciones y algunos servicios personales, también lo es que, en su mayor número, se refieren al derecho de disfrutar de la tierra. [77] En todo caso, las obligaciones, tanto las reales como las personales, se encuentran definidas claramente por las cartas y costumbres: el paisano las cumple sin repugnancia; sabe que son el precio de la tierra que alimenta a su familia; sabe también que puede contar con el auxilio y la protección de su señor.» {(1) Etudes sur la condition de la clase agricole et l'état de la agric. en Norm. au moyen age.}
    Creemos que el contenido de los pasajes que anteceden, aparte otros datos y reflexiones que pudiéramos aducir, es más que suficiente para llevar al ánimo sereno la convicción de que el antagonismo social que perturba a las naciones modernas, presenta caracteres de universalidad y de gravedad que no presentaba en épocas anteriores. [78]

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  5. #5
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    Re: La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo

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    V
    Hasta el último tercio del siglo pasado habíase creído generalmente que la población de los estados estaba en relación con la prosperidad de los mismos, y el acrecentamiento de población era mirado como un barómetro seguro del bienestar, de la abundancia y de la fuerza de una nación. Algunos economistas, sin embargo, comenzaron a vislumbrar que el rápido acrecentamiento de población, lejos de ser la causa y un indicante cierto de la prosperidad nacional, podía por el contrario, llegar a ser origen de males y calamidades sin cuento para los individuos. Los economistas italianos Ricci y Ortiz habían emitido sobre este punto ideas más o menos acertadas, que tendían a destruir el sistema de Smith, el cual identificaba la prosperidad de las naciones con el acrecentamiento de su población. Empero el que dio a conocer toda la importancia de este problema, y fijó sobre él la atención de los economistas y de los gobiernos, fue sin duda Malthus, al publicar su Ensayo sobre el principio de población. [79]
    Sabido es que Malthus intenta demostrar que, prescindiendo de todo obstáculo, la población tiende a multiplicarse según una progresión geométrica, al paso que la multiplicación de las subsistencias, aun en los países de circunstancias más favorables, no llega a esta proporción. Según nuestro autor, la especie humana se multiplica como los números 1, 2, 4, 8, etc.; pero los medios de subsistencia sólo crecen como los números 1, 2, 3, 4, 5, etc.
    Partiendo de esta idea, fundamental en su teoría, Malthus llega a las siguientes afirmaciones: Primera: la población se limita necesariamente por los medios de subsistencia. Segunda: la población crece invariablemente en todas las partes en que crecen los medios de subsistencia al nivel del número de los consumidores, a menos que no impidan su desarrollo obstáculos poderosos o manifiestos. Tercera: cuando se quieren elevar las subsistencias al nivel del número de los consumidores, no se obtiene otro efecto que el multiplicar en mayor escala los mismos consumidores , y es preciso procurar constantemente que la población se mantenga un poco más bajo que su nivel, relativamente a los medios de subsistencia. Cuarta: los obstáculos particulares, y todos los demás que detienen el poder preponderante, forzando la población a reducirse al nivel de los medios de subsistencia, pueden todos ellos reducirse a estos tres puntos: la violencia moral, el vicio y la desgracia. [80]
    Aunque no entra en nuestro ánimo, ni en el objeto de estos artículos, examinar la economía de Malthus en el terreno puramente científico, y sí únicamente en sus relaciones con la enseñanza católica, bueno será advertir de paso que la expresada teoría no parece hallársela nuestro juicio, en completa consonancia con lo que la observación y la estadística nos revelan acerca de la progresión relativa de la población en relación con los medios de subsistencia.
    En efecto; aun cuando queramos admitir que, atendida la fuerza de propagación inherente a la especie humana, la población puede duplicarse en el espacio de veinte y cinco años, preciso es reconocer al propio tiempo que, por lo general, este acrecentamiento no se realiza en estas proporciones, sin que pueda decirse por eso, como pretende Malthus, que la causa de esto sea la desgracia o la miseria de los individuos. La Irlanda, algunas provincias de la China y el Tunquin parecen probar, por el contrario, que la población en que abunda más la miseria y la falta de medios de subsistencia tiende a propagarse con mayor rapidez. Tal vez podría decirse con visos de verdad que una de las razones de este fenómeno es la falta de previsión y de esperanza fundada de cambiar de posición y de fortuna; porque cuando los hombres se sienten sin esperanza de mejorar su fortuna y su condición, se entregan fácilmente y sin previsión a los instintos de los sentidos. [81]
    La teoría de Malthus tampoco parece del todo exacta en la parte relativa a la proporción con que se multiplican o acrecientan los medios de subsistencia. Según datos estadísticos, once millones de hectáreas producían en Francia, en 1700, noventa y dos millones de hectolitros de granos, mientras que en 1740, catorce millones de hectáreas producían ciento ochenta millones de hectolitros. Resultados análogos se notan también en otros estados, especialmente en aquellos en que la industria y la agricultura se hallan muy adelantadas.
    Empero, dejando a otros el examen de la teoría de Malthus en el terreno de la ciencia, diremos que las tendencias de su doctrina son esencialmente inmorales, contrarias al principio de caridad y a la enseñanza católica. Puede decirse que la última conclusión de la teoría de Malthus es que toda vez que la causa de los sufrimientos y miseria de las clases indigentes es el acrecentamiento de la población en relación con los medios de subsistencia, la clase pobre es para si misma la verdadera causa de su miseria, por no abstenerse de la propagación por medio de la previsión, o sea la violencia moral con respecto al matrimonio. Fácil es prever los inconvenientes prácticos y las aplicaciones peligrosas en el orden moral a que se abre el camino con semejante doctrina. La violencia moral de que habla el economista inglés, solo es realizable con condiciones de moralidad en hombres más [82] o menos ilustrados, que posean cierta clase de educación, y sobre todo en hombres que se hallen inspirados por motivos superiores y divinos. Querer aplicar y trasladar esto a las muchedumbres ignorantes, sin educación moral ni intelectual, y sobre todo por motivos puramente humanos, sería abrir el camino a infinidad de vicios y crímenes repugnantes, que no creo conveniente nombrar. En todo caso, si alguna aplicación pudiera tener esta doctrina a las numerosas clases indigentes, seria preciso, ante todo, inspirarles sentimientos profundamente religiosos y darles una educación moral e intelectual superior a la que poseen, la misma que la Economía político-cristiana aconseja sin cesar a los gobiernos.
    La teoría de Malthus parece decir al hombre: «El que nace en un mundo ocupado ya de antemano, no tiene el menor derecho a reclamar una porción cualquiera de alimento; en realidad está de sobra en la tierra: en el gran banquete de la naturaleza no hay cubierto preparado para él. La naturaleza le manda retirarse, y no tarda en poner ella misma esta orden en ejecución.»
    No es fácil prever las consecuencias y las aplicaciones, tan inmorales como poco humanitarias, a que se presta semejante doctrina. De ella se deduce, y de ella han deducido explícitamente no pocos discípulos de Malthus, que los expedientes inventados por los gobiernos y los pueblos para socorrer las miserias del [83] pobre y de las clases indigentes deben desaparecer, porque, en vez de aliviarlos, contribuyen a agravar sus males, fomentando o conservando un exceso de población. Así vemos a algunos de esos discípulos proponer como medios para mantener el equilibrio entre la población y los medios de subsistencia, la supresión de los hospitales y de hospicios, la denegación de socorros a los pobres, la prohibición del matrimonio a los obreros, el aborto, el infanticidio, con otros medios más infames y repugnantes aun. ¿Será necesario recordar la oposición absoluta que existe entre estas afirmaciones y la enseñanza católica? ¿Será necesario repetir que la Economía político-cristiana, basada sobre el principio de caridad, rechaza con indignación semejantes doctrinas, y que no puede menos de condenar una teoría que abre el camino a aplicaciones tan inmorales y a soluciones tan inhumanas y crueles de los problemas económicos?
    Notemos, antes de concluir, que, en medio de sus errores y tendencias inmorales, la teoría de Malthus envuelve un brillante testimonio en favor de la doctrina católica. ¿Quién ignora las declamaciones de los filósofos anticristianos contra la virginidad y el celibato religioso? ¿Quién no ha leído en economistas superficiales que el celibato, establecido en la Iglesia católica, es contrario a los intereses de la sociedad? Pues bien; he aquí a la teoría de Malthus, que viene hoy a demostrarnos que esa virginidad y ese celibato, [84] enseñados y honrados por la doctrina católica, lejos de ceder en perjuicio de los verdaderos intereses y del bienestar de la república, son virtudes eminentemente sociales, toda vez que contribuyen a impedir el excesivo desarrollo de la población con relación a los medios de subsistencia, y esto sin los peligros e inconvenientes que envuelve la violencia moral preconizada por Malthus, o si se quiere más bien, por sus discípulos, para las masas ignorantes o para la clase numerosa de los obreros o indigentes. Aquí, como en la astronomía, como en la geología, como en tantos otros ramos del saber, los adelantos del espíritu humano y los descubrimientos científicos han venido a confirmar y servir de brillante contraprueba a las afirmaciones de la doctrina católica.
    Y puesto que hemos comenzado a hablar de lo que hay de exacto y verdadero en la teoría de Malthus, exige la crítica imparcial y severa que consignemos a la vez que esa teoría económico-política, en medio de sus errores y tendencias peligrosas, encierra un fondo parcial de verdad que puede reasumirse en los siguientes términos: «Entre la población y los medios de existencia de una nación, existe una relación natural y necesaria, por más que sea difícil para nosotros determinar sus condiciones precisas y apreciar sus limites.» De aquí se desprende una consecuencia importante, y es que tanto el exceso como la insuficiencia de población ofrecen graves inconvenientes [85] para un Estado, bien que esos inconvenientes no son fatales ni irremediables, atendidas las condiciones propias de la especie humana, regida por una voluntad libre y razonadora, sujeta a leyes civiles y religiosas, sometida a la influencia enérgica de la opinión y de las costumbres. Es por lo tanto indudable que ni el aumento de la población ni el de las subsistencias se realiza entre los hombres según progresión indefinida; y es también incontestable, que la prosperidad de un Estado no se halla en relación precisa y absoluta con la densidad de su población, siendo condición necesaria para aquella prosperidad, que exista cierta relación armónica entre la densidad de población y los medios de subsistencia.
    Es justo alegar también en favor y como disculpa de Malthus, la consideración de que su obra representa una especie de reacción contra la publicada por su compatriota Godwin, en la cual este, desenvolviendo la tesis de Rousseau, esforzábase en atribuir todos los males sociales a los vicios e imperfecciones de los gobiernos y de las instituciones políticas. Así es que según testimonio de Blanqui {(1) Histoire de l'Economie polit. en Europe, t. 2°, p. 25.}, Malthus solía decir en los últimos días de su vida «que encontrando el arco demasiado torcido en una dirección, se había visto [86] precisado a encorvarlo en contraria dirección para aproximarle a la línea recta.»
    Empero, prescindiendo de estos motivos parciales de atenuación, y considerando la teoría del economista inglés en el conjunto de sus doctrinas, aplicaciones y tendencias lógicas, no es posible desconocer que sería ciertamente triste y desconsolador por demás el estado de una sociedad en que reinaran soberanamente y tuvieran completa aplicación las doctrinas indicadas de Malthus y de sus discípulos: porque Malthus ha tenido y tiene aun en nuestros días discípulos que, además de sostener y propagar sus teorías económico-políticas, se han dedicado y se dedican aun hoy a exponer y desarrollar las consecuencias rigurosamente sensualistas, pero también rigurosamente lógicas del sistema malthusíano. Testigo entre otros M. J. S. Mill, en sus Principes d' Economie Politique.
    Volviendo empero a Malthus, oprímese el corazón al pensar lo que seria una sociedad en la que llegaran a encarnarse y dominar las doctrinas de este célebre economista. La molicie, el egoísmo y el libertinaje serian los caracteres propios de semejante sociedad, porque son los efectos naturales y espontáneos del sensualismo que informa su teoría económica, en la cual no se reconoce ni señala al trabajo más objeto que el interés propio, ni otro estímulo que la satisfacción de las pasiones, ni otro fin que los goces materiales de la vida presente. Cuando el trabajo y la [87] actividad múltiple del hombre no tienen más compensación, ni más premio, ni más esperanza que los goces materiales y la utilidad del interés presente; cuando la idea de una vida superior y eterna no vivifica y ennoblece y fecundiza ese trabajo y esos esfuerzos múltiples de la actividad humana, es preciso que la pobreza sea el mayor de los males, y lo que es más aún, el mayor de los vicios, porque en el sistema utilitario y sensualista, el mal se identifica con la carencia de los bienes y goces de esta vida.
    Consecuencia legítima de la idea racionalista y sensualista que domina e informa las teorías económicas de Malthus y de Mill, es la doctrina de los mismos con respecto al modo de regular el movimiento de la población. Como quiera que el desarrollo de la producción y de las riquezas, es más lento que el movimiento ascendente de la población en circunstancias normales, resulta de aquí la dificultad de vivir con el bienestar y comodidad convenientes para los individuos de la sociedad, y principalmente para las clases más numerosas de la misma. ¿Qué hacer en presencia de semejante dificultad? La Economía política cristiana enseña el modo de disminuir, ya que no de evitar completamente, los peligros e inconvenientes que de aquí resultan, sin atentar a las leyes de la justicia y de la moralidad. En primer lugar, el celibato sacerdotal y religioso, mientras que por un lado contribuye a evitar la excesiva rapidez del movimiento de la [88] población, influye eficazmente en la fecundidad del trabajo y la consiguiente producción y distribución equitativa de las riquezas, al difundir y arraigar en los miembros de la sociedad con su palabra y con su ejemplo los hábitos de orden, de previsión y de economía; al implantar y afirmar en los corazones el espíritu de sacrificio, de desinterés y de caridad; al presentar el trabajo como una ley universal y divina, como una virtud santificante, que conduce a Dios y a la vida eterna, como el origen parcial y como condición natural de la dignidad y de la libertad humana. Por otra parte, la Economía política cristiana contribuye al mismo resultado, predicando la castidad correspondiente a cada estado, refrenando las pasiones impetuosas de la juventud, evitando las uniones conyugales precipitadas y sin reflexión, y en general, disminuyendo los nacimientos ilegítimos por medio de la regularidad de las costumbres públicas y privadas. Si necesario fuera no nos seria muy difícil demostrar con la estadística y la historia, que cuando el espíritu y la doctrina del catolicismo han ejercido su benéfica influencia de una manera preponderante y universal en la sociedad y en las naciones, estas han visto acrecentarse rápidamente su población y en proporción análoga los productos del trabajo, sin dar origen a un desnivel temible entre la población y los medios de subsistencia. Consúltense los trabajos de Léopold Delisle, de Lavergne, y principalmente los de Dureau [89] de la Malle, y se verán las pruebas de lo que dejamos asentado, es decir, el gran movimiento de población, de riquezas y de bienestar general, realizado durante el siglo XIII y parte del XIV, movimiento reconocido por el mismo Mr. Henri Martin, nada favorable, como es sabido, a la Iglesia católica. «Se ve, pues, concluiremos con Mr. Perin, que la influencia dominante del cristianismo sobre la sociedad en el siglo XIII había producido las consecuencias más felices en el orden material. Los recursos crecían rápidamente con la población. Ahora bien, este desarrollo tan notable de población y de riquezas coincide con la viva impulsión religiosa que a la sociedad imprimieron las órdenes mendicantes, y la sociedad de la edad media llega al apogeo del poder moral y material, precisamente cuando triunfa el principio de la abnegación y sacrificio.» [90]

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  6. #6
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    Re: La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo

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    VI
    Pongamos ahora en frente de la solución católica del problema de la población, la solución de Malthus, de Stuart Mill, y en general, de la Economía sensualista y racionalista. Reconociendo esta la dificultad suma de poner al nivel del movimiento de la población el desarrollo y acrecentamiento de las riquezas, dificultad que se hace insuperable cuando al trabajo productor de esas riquezas se señala el interés personal y los goces materiales como regla suprema, estimulo principal y fin último, convierte sus miradas hacia el segundo término del problema, buscando medios de retardar el movimiento o desarrollo de la población, a fin de mantener el equilibrio entre este movimiento y la producción de las riquezas. De aquí la teoría de los economistas racionalistas y sensualistas acerca del estado estacionario de la población, como condición normal de la sociedad. Y en verdad que semejante teoría es una aplicación lógica y una deducción legítima de la economía sensualista. Porque la verdad es que si el ideal de la vida humana es el [91] disfrute tranquilo del bienestar y de los goces terrenos, preciso será evitar a toda costa y por todos los medios el desnivel entre la población y las riquezas, a fin de que estas y los goces que producen se hallen al alcance de todos los miembros de la sociedad. ¿Qué resulta de aquí? Que la Economía política racionalista, sintiéndose impotente para resolver el problema del equilibrio entre la población y las riquezas, porque rechaza la solución de la Economía cristiana, que resuelve el problema de la manera que es soluble, atendidas las condiciones presentes de la humanidad, por los medios que arriba quedan indicados, vese precisada a retroceder veinte siglos para plagiar y reproducir las doctrinas tan inmorales como contrarias a la dignidad y libertad del hombre, adoptadas por las escuelas paganas. Las trabas legales para la realización de los matrimonios, la prohibición de los mismos a las clases obreras e indigentes mientras no se hallen en posesión de una fortuna determinada, impedir la procreación y buscar la esterilidad relativa sin reparar en medios, he aquí los procedimientos adoptados y aconsejados por la moderna Economía política del racionalismo para resolver el problema indicado. No es difícil reconocer las infamias de todo género, la inmoralidad y el libertinaje a que es ocasionada semejante solución. La dignidad del hombre, la santidad de la unión conyugal, la libertad individual, la moralidad pública y privada, la fecundidad ordenada de [92] la especie, son a todas luces incompatibles con las teorías, los consejos y preceptos de los economistas de nuestros días que se inspiran en las doctrinas de Malthus, de Stuart Mill y de otros partidarios de la Economía sensualista.
    Sabidas son las doctrinas tan absurdas como inmorales de Platón, sobre los medios que debían adoptarse para prevenir el aumento excesivo de población. Sabido es también que Aristóteles, que se complace en rechazar y refutar frecuentemente las teorías económicas y políticas de su maestro, aprueba y adopta explícitamente su doctrina sobre la materia que nos ocupa. «Pertenece a la ley, escribe {(1) Polit., lib 8º, cap. 3º}, determinar los recién nacidos que deben ser expuestos o alimentados. No se deben criar niños deformes. Si es necesario detener el exceso de población, y por otra parte las instituciones y costumbres se oponen a la exposición de los recién nacidos, el magistrado fijará a los esposos el número de hijos que deben engendrar. Si la madre llega a concebir más que el número prescrito, estará obligada a abortar antes que el feto esté animado.» ¡Quién lo creyera! estas doctrinas del paganismo que la ciencia y la conciencia de la humanidad iluminada por los vivos fulgores del cristianismo, parecían haber desterrado para siempre, han sido [93] reproducidas, y lo que es más aún, hasta exageradas y sobrepujadas por el racionalismo sensualista de los economistas contemporáneos. Algunos de estos, para evitar el incremento excesivo de la población, proponen medios que la pluma se resiste ni siquiera a indicar, cuanto menos escribir. Otros aconsejan prevenir el exceso de población, sometiendo a los recién nacidos a una asfixia sin dolor, preparada por el ácido carbónico. Prudhon nos habla de los procedimientos de cierto doctor que propone la extracción del feto y la erradicación de los gérmenes implantados contra la voluntad de los padres. Algunos, en fin, proponen otros medios que no es posible consignar. He aquí el abismo sin fondo, el cieno y la podredumbre a donde viene a parar finalmente la razón humana, siempre que orgullosa reniega de Dios y aparta su vista de la verdad cristiana.
    Y téngase presente, que aparte de la repugnante inmoralidad inherente a los medios excogitados por la economía sensualista para establecer y conservar el equilibrio entre la población y las riquezas, algunos de esos medios suelen tener un resultado contrario al previsto y esperado por sus encomiadores. M. Le Play, hablando de los obreros de algunas partes de Alemania, sujetos a reglamentos prohibitivos del matrimonio hasta adquirir recursos determinados, escribe lo siguiente: «Estos reglamentos no solamente tienen el inconveniente de ser contrarios a la moral, sino que no consiguen en manera alguna el objeto en vista del [94] cual fueron promulgados. Así es que los obreros de la corporación de I... contraen todos desde su primera juventud uniones ilícitas, las cuales se legitiman ordinariamente en la época legal del matrimonio.» {(1) Les ouvriers européens} M. Monnier afirma en su Historia de la asistencia, que el resultado de análogos reglamentos en Suiza, ha sido aumentar la miseria en vez de reducirla, contándose en el cantón de Berna un pobre por cada nueve habitantes. Este aumento de pauperismo, por idénticas causas, ha sido señalado también y comprobado por Roscher respecto del Mecklembourg-Schwerin {(2) Véase su obra Principes d' Economie politique, § 249}.
    Pero hay más todavía: los principios esencialmente racionalistas y utilitarios de la escuela económico-sensualista, después de conducir a sus partidarios a las soluciones inmorales, anejas y retrógradas del antiguo paganismo, los arrastran también al socialismo moderno, a cuyas novísimas teorías abren la puerta y preparan el camino, al adoptar como ideal el estado estacionario de la población y la posesión de los goces de la vida para todos los hombres, como término de sus aspiraciones, de su actividad y de su mismo ser. No será difícil convencerse de esto, leyendo y meditando el siguiente notable pasaje, en el cual M. Carlos Perin resume y expone las tendencias socialistas [95] del citado Stuart Mill, uno de los más importantes y, tal vez el principal representante de la Economía política racionalista y sensualista. «Arrastrado por la lógica de sus principios, M. Mill, después de haber sacrificado la libertad individual con la dignidad del matrimonio, sacrificará también la propiedad. Así es que sólo por la destrucción del orden social en sus bases mas esenciales, la familia y la propiedad, llegará a comprimir la expansión natural de las generaciones y a fijar la sociedad en aquel bienestar constante y permanente que constituye, en su opinión, el ideal de la misma.
    Para una sociedad que no tendrá otro móvil que el amor de los goces, el deseo de asegurarse el bienestar será el único motivo que podrá determinar a poner en práctica la abstención o enfrenamiento moral. Mas ¿cómo hacer comprender el precio del bienestar a hombres que jamás lo experimentaron? M. Mill reconoce que esto constituye una imposibilidad en el orden regular de las cosas. Para llegar a este resultado es preciso que alguna gran medida política acreciente en poco tiempo los recursos de las masas, de manera que asintiendo con viveza, los efectos felices de este cambio de condición, y apreciando en su justo valor el bienestar, no corran el riesgo de perderle echando en olvido la ley de la represión moral.
    El objeto intentado por Mill no puede alcanzarse sino por alguna de esas medidas revolucionarias, que [96] en último análisis, vienen aparar y se traducen en despojo de los propietarios en favor de las clases inferiores. Bien puede protestar que no es la abolición de la propiedad lo que él reclama, sino únicamente una aplicación mejor del principio, que permita a todos los miembros de la sociedad participar de sus beneficios. Nadie se equivocará al verle proponer medidas como las siguientes: repartir los bienes comunales entre las clases menesterosas: limitar el derecho de disponer por medio del testamento, en el sentido de que no se permitirá nunca legar sus bienes a una misma persona sino en la cantidad necesaria para una vida confortable e independiente: desposeer, mediante indemnización pecuniaria, a los propietarios del suelo, como medida de interés general, con el objeto de transformar la cultura y dar a las masas por medio de la participación en la propiedad, los hábitos de previsión que hoy no tienen: recargar la propiedad inmueble con un impuesto que tomaría sobre la renta todo lo que no representa el interés de un capital aplicado al suelo, y que permitiera convertir en provecho de la comunidad los dones gratuitos de la naturaleza.
    Todo el mundo reconocerá fácilmente el socialismo en semejantes rasgos. Por poco que sobre ello se reflexione seriamente, será preciso convenir en que, aun prescindiendo de toda consideración moral, las teorías sobre la población que no pueden realizarse sino echando mano de semejantes medidas, se hallan en oposición [97] con las leyes naturales de la sociedad, y por lo mismo condenadas a los ojos de todo hombre cuyo buen sentido no se encuentre falseado por el espíritu revolucionario.» {(1) De la Richesse dans les societés chretiennes, lib. IV, cap. 2º}

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  7. #7
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    Re: La economía política y el Cristianismo

    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo

    [SIZE=5]
    VII
    No resalta menos la superioridad de la doctrina económico-política del cristianismo, sobre la doctrina económico-política del racionalismo contemporáneo, con respecto al problema de la miseria de las clases obreras y al antagonismo permanente y cada día más amenazador entre el trabajo y el capital.
    ¿Puede dudarse, en efecto, que ese creciente antagonismo que hace temblar el suelo bajo nuestras plantas y cuyos siniestros rugidos llegan, hasta nosotros desde todos los puntos del horizonte, es debido en gran parte, ya que no en todo, a la ausencia de los principios católicos y de las virtudes cristianas? Suponed por un momento que en el corazón y en la inteligencia [98] de esas grandes masas de obreros reinaran las creencias católicas: suponed que practicaran en su mayoría las virtudes cristianas por espíritu y motivos cristianos, estableciendo como norma de su conducta y de su vida, la humildad, la resignación, el espíritu de sacrificio, el desinterés y desprendimiento de los bienes de este mundo, en relación con los de la vida eterna, la castidad, la moderación ríe las pasiones, la caridad y las mortificaciones de la vida cristiana. Suponed, al propio tiempo, que los capitalistas y los ricos se hallan vivificados por las mismas creencias y virtudes, y que reducen a la práctica el grande y múltiple precepto de la caridad, que reasume y compendia toda la ley y todas las virtudes del cristianismo; es bien seguro que no se presentaría hoy con tan alarmantes proporciones ese formidable antagonismo entre el trabajo y el capital, y que desaparecerían los serios peligros y trastornos con que el socialismo y el comunismo amenazan hoy a la sociedad. Pero implantad en el seno de la sociedad y principalmente en el corazón y la inteligencia de las clases necesitadas, los principios del racionalismo y del sensualismo economista. Predicadles y enseñadles con la palabra y con el ejemplo, inculcadles un día y otro día que nada significan las amenazas del cristianismo sobre los misterios de la vida y de la muerte eterna; que Jesucristo es un mito o un impostor semejante a Mahoma; que nada tienen que esperar ni que temer después de la vida presente. [99] Mostradles una y otra vez con vuestro ejemplo y vuestras doctrinas, que el bienestar material y los goces de la vida constituyen el bien supremo del hombre y el único móvil de la actividad humana; y veréis a esa sociedad dominada, mejor dicho, devorada por la pasión de las riquezas, y al rico explotando al pobre y cotizando sin misericordia los sudores del obrero; y al pobre, agitado por rencorosa envidia y concentrado odio contra el rico, y al socialista obrero alzarse airado para reclamar su parte en el banquete de la vida y de la felicidad. Si las riquezas, con los placeres y satisfacciones que las acompañan, constituyen el único destino del hombre sobre la tierra; si no existe otra vida en la cual se restablezca el equilibrio de la justicia, frecuentemente violada por los poderosos de este mundo; si no existe para el hombre un destino ulterior y superior en que se realice la ley de la compensación entre el bien y el mal; si, en una palabra, la poderosa aspiración hacia la felicidad que en el corazón del hombre se revela, no tiene más objeto ni más término que las satisfacciones y goces de la vida presente, ¿por qué razón y con qué derecho gozan esa felicidad algunos hombres, mientras la inmensa mayoría se ven siempre alejados y como repelidos de la misma? Tales son las últimas consecuencias, pero consecuencias lógicas y naturales del racionalismo, aplicado a la Economía política. Una vez proclamada la autonomía del hombre, esta conduce espontáneamente a la [100] negación de la ley del sacrificio y abnegación de si mismo en presencia de Dios y de los hombres, al reinado del orgullo, a la proclamación del derecho divino de las pasiones, a la rehabilitación de todas las concupiscencias y a la legitimidad del egoísmo.
    Otro resultado no menos deplorable de la economía racionalista y sensualista es ese individualismo estrecho, que constituye una de las llagas más repugnantes del cuerpo social. Mientras la economía cristiana tiende a afirmar y extender la ley de la solidaridad por medio del espíritu de humildad, de abnegación, de sacrificio y de caridad, la economía sensualista, basada sobre el interés propio y la solicitud exclusiva de las riquezas y goces, sólo produce el individualismo, que se traduce y revela en egoísmo, en desdeñosa apatía, en indiferencia y apartamiento de los demás hombres. Cada uno en su casa y en su negocio, cada uno para sí: tal es la regla de conducta para el economista del sensualismo, tal es la fórmula del individualismo, tal es la divisa inspirada por la economía racionalista.
    Hemos visto arriba que la Economía política que recibe sus inspiraciones del racionalismo sensualista, tiene como desideratum económico-social el bienestar general de todos los miembros de la sociedad, obtenido por medio del equilibrio entre la producción y distribución de las riquezas en relación con el desarrollo de la población. Hemos visto también, que para llegar [101] a este desideratum, no vacila en aprobar y aconsejar prácticas tan contrarias a la moral como a la dignidad y libertad del hombre, y que no retrocede en presencia de instituciones y medidas socialistas. Esto quiere decir que los adeptos de esa economía ignoran o aparentan desconocer lo que hay de utópico en ese equilibrio igualitario de los miembros y clases sociales, bajo el punto de vista del bienestar y las riquezas. Atendidas las resistencias múltiples de la naturaleza física, y las circunstancias morales de la naturaleza humana, la desigualdad de condiciones es y será siempre, como lo ha sido hasta ahora, un hecho doloroso y triste, pero inevitable en las sociedades humanas. Cualquiera que sea el grado de libertad civil y política de estas; cualquiera que sea el estado hipotético de la distribución de las riquezas en un momento dado del tiempo, la desigualdad de condición en las clases, en las familias y en los individuos, no tardará en manifestarse, porque a ella conduce de una manera lógica, fatal e irresistible la diferencia y superioridad relativa de virtudes, de inteligencia, de caracteres, de aptitudes, de fuerzas físicas y, en ocasiones, hasta, la combinación fortuita de circunstancias más o menos felices.
    Por eso la Economía política inspirada en el cristianismo, reconoce y confiesa que la desigualdad de condiciones y de fortunas, según se revela en las diferentes sociedades, es, si se quiere, un mal, pero un [102] mal inevitable en el estado de caída y degeneración de la naturaleza humana. La razón católica, de acuerdo con una experiencia de millares de años, nos enseña que las sociedades humanas marcharán siempre, como han marchado hasta ahora, sometidas a las privaciones de la pobreza y a las amarguras de una vida penosa. Por eso también el cristianismo y la Economía política en él inspirada, enseña y propone medios eficaces y adecuados para aminorar esas privaciones y amarguras, y no cesa de excitar a los gobiernos, a los sabios y a los pueblos a que procuren contener las desigualdades irritantes e injustas, y sobre todo que se esfuercen en dulcificar los padecimientos de la pobreza y de las clases indigentes, pero sin engañar a estas con promesas falaces, sin sobreexcitar sus rudas pasiones con fementidos derechos, y sin poner en peligro la existencia de la sociedad y de las mismas clases menesterosas con utopías comunistas y socialistas. Es bien seguro que toda la Economía política y todos los economistas, desde Adam Smith hasta nuestros días, no han hecho en favor del pobre y de las clases trabajadoras y necesitadas la centésima parte de lo que, en favor de las mismas y de los pobres en general, viene haciendo el cristianismo encarnado en la Iglesia católica, que es su representación genuina y legítima. ¿Cabe poner en duda, por ejemplo, la influencia importantísima y preponderante que ejerció el cristianismo en la abolición de la esclavitud, en la libertad y, [103] consiguientemente, en la fecundidad y energía del trabajo, productor de la riqueza?
    Y después de haber luchado de una manera tan enérgica como perseverante contra la esclavitud que deshonraba y carcomía las sociedades antiguas; y después de haber luchado en favor de la libertad del trabajo y la dignidad del hombre, doble origen y bases importantes de la prosperidad material de las naciones modernas, no menos que de sus libertades políticas y civiles ¿no es cierto que la Iglesia católica luchó también y luchó sin descanso contra la pobreza y la miseria en todas sus formas, por medio de sus órdenes monásticas, que salieron al encuentro de toda miseria, de toda indigencia, de toda amargura y de toda lágrima? Y contribuyó y contribuye al mejoramiento y bienestar de las clases indigentes, inspirándoles las virtudes cristianas, poniendo ante sus ojos las ventajas de la sobriedad, de la economía, de la previsión, de la moderación de las pasiones y regularidad en las costumbres, promoviendo y facilitando la instrucción, aprobando, en fin, fomentando y protegiendo entre las mismas el gran principio de asociación. Esto, sin contar la influencia universal y perenne de la caridad, representada por la limosna y por tantas instituciones y fundaciones de beneficencia, a ella debidas y por ella conservadas. Y estas clases reciben también indirectamente favor y auxilio del cristianismo y de la Iglesia, cuando en nombre de Cristo y de su evangelio [104] condenan la explotación inconsiderada del pobre por el rico, la tiranía del capital sobre el trabajo, el lujo desenfrenado e insultante de los poderosos del siglo, la fiebre devorante de riquezas, el egoísmo individualista que cierra los ojos y el oído para no percibir los quejidos del necesitado y desvalido, la codicia desenfrenada que condena al obrero, a la mujer y al niño a desfallecer bajo el peso de un trabajo prolongado hasta la crueldad.

    http://www.filosofia.org/zgo/zgecop7.htm

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    Re: La economía política y el Cristianismo

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    Zeferino González
    La Economía política y el Cristianismo

    [SIZE=5]
    VIII
    Se nos dirá tal vez, que la Economía política ha prestado también servicios no despreciables a los diferentes miembros de la sociedad en general, y a las clases indigentes en particular. Es verdad, y no seremos nosotros ciertamente los que neguemos esos servicios ni los que desconozcamos los bienes y ventajas que las modernas naciones deben a la ciencia económica. Empero sí afirmaremos otra vez más, que esos servicios hubieran sido y serian más sensibles, más universales y, sobre todo, más fecundos, si la ciencia económico-política se hubiera inspirado en los [105] principios cristianos, si no se hallara informada por cierto espíritu de hostilidad más o menos encubierta contra las ideas, instituciones y tendencias de la doctrina católica, dejándose arrastrar y avasallar por el espíritu racionalista, que al depositar en su seno los gérmenes del sensualismo, ha torcido y falseado su marcha natural y racional. Las investigaciones y enseñanzas de esta ciencia sobre las leyes que rigen la producción de las riquezas, sobre la importancia y dignidad del trabajo, sobre las condiciones y causas de su energía y fecundidad, sobre el cambio y distribución de las riquezas, sobre las ventajas e inconvenientes de la libre concurrencia, sobre el poder y resultados del crédito, sobre organización del trabajo y de los impuestos, sobre mejoramiento de las clases indigentes, etc., etc., hubieran sido, a no dudarlo, más acertadas, más legítimas, y sobre todo, más provechosas y fecundas en resultados prácticos, si se hubieran verificado bajo las inspiraciones de la idea católica y con subordinación al criterio cristiano. La Economía política, como toda ciencia, merece los homenajes de todo hombre pensador y de recto corazón, considerada en si misma; pero esto no quita que sea por desgracia una verdad, que no ha producido todo el bien que pudiera y debiera haber producido, a no haberse separado del cristianismo. Más aún; en virtud de esta separación y hostilidad contra el cristianismo, ha sido arrastrada fatalmente a abrazar, sobre ciertos problemas, soluciones [106] racionalistas y teorías sensualistas, perniciosas en sumo grado a la sociedad en general, y a las clases indigentes en particular.
    Y no es por cierto necesario buscar muy lejos la prueba de esta afirmación, porque nos la suministra manifiesta y palpable el problema de la miseria que nos viene ocupando. Acabamos de indicar, en efecto, los medios morales y materiales que la Economía político-cristiana recomienda y practica para combatir la llaga del pauperismo, disminuir sus fatales resultados y dulcificar los padecimientos de las clases necesitadas. Y bien: pongamos ahora en frente de esos medios y de las instituciones católicas, los medios e instituciones de la Economía política racionalista: pongamos en frente de la teoría cristiana las teorías de las escuelas económicas inspiradas en el racionalismo y el sensualismo.
    El primer medio excogitado por la ciencia racionalista para resolver el problema de la pobreza y miseria, fue la abolición de la mendicidad por la ley; es decir, el castigo de la mendicidad, castigo que lleva consigo la idea de la criminalidad de la pobreza. Compréndese, sin dificultad, que la ley reprima y hasta imponga privaciones y penalidades a la pobreza, cuando es culpable, o cuando la mendicidad es efecto de la vagancia, de la pereza y del vicio, pero imponer penas y castigar duramente la pobreza y mendicidad sin distinción, parécenos cosa tan repugnante a la razón y a [107] la justicia, como contraria a las enseñanzas y prácticas del cristianismo. Y, sin embargo, apenas las naciones europeas fijan su pie en el terreno resbaladizo del racionalismo, al adoptar el principio del libre examen y rechazar la idea católica, cuando aparecen en sus códigos leyes penales y castigos severos contra la mendicidad.
    He aquí en prueba de ello la legislación inglesa, según la resume Mr. Naville en su excelente obra De la Charité légale {(1) Tomo 1, pág. 281}: «Una ley dada bajo Enrique VIII en 1530, condena a los mendigos inválidos a ser sepultados en calabozos o azotados, y a los válidos a ser atados a la extremidad de una carreta y azotados hasta derramar sangre. En 1535 se añade a estas penas, que a la primera reincidencia se les cortaría la oreja derecha, y a la segunda que fueran condenados a muerte. Pareciendo aun demasiado suaves estas penas, el Parlamento decretó bajo Eduardo VI en 1547 que todo pobre válido que permaneciera ocioso por espacio de tres días sería marcado con un hierro caliente en el pecho y serviría además en calidad de esclavo durante dos años a la persona que lo hubiera denunciado. Si se escapaba y permanecía ausente por espacio de doce días, era marcado con un hierro ardiente en la mejilla o la frente y quedaba reducido a esclavitud por toda la vida: a la segunda deserción, era condenado a [108] muerte. Podía consiguientemente ser vendido o alquilado a otros dueños, a los cuales el primero trasmitía todos sus derechos. En 1574 la ley condena al mendigo a ser severamente azotado, siéndole además quemado el cartílago de la oreja. Si reincidía y tenia más de diez y ocho años se le imponía y se ejecutaba la pena de muerte, a no ser que alguna persona caritativa consintiera en tomarlo a su servicio por un año.»
    ¡Qué diferencia, o mejor dicho, qué contraste entre los sentimientos de dureza y crueldad que se revelan en esta legislación, y los sentimientos y enseñanzas de la Iglesia católica respecto de los pobres! Mientras el orgullo racionalista confunde la pobreza y la mendicidad con el crimen sin distinción, añadiendo aflicción al afligido, la doctrina católica nos enseña a honrar y respetar al pobre verdaderamente tal o que lo es sin culpa suya; porque la doctrina católica nos enseña que la pobreza digna y resignada fue honrada y practicada por Jesucristo y sus discípulos; que el Salvador del mundo amó a los pobres con especial amor; que prometió el reino de los cielos al que socorre al hambriento y al sediento en su nombre, que el pobre, en fin, y el mendigo más abandonado y miserable es nuestro hermano en Jesucristo, heredero de las mismas promesas y esperanzas, igual a nosotros en la presencia de Dios, que no es aceptador de personas, ni experimenta repulsión hacia la pobreza, como los adeptos del sensualismo. [109]
    Es cierto que las leyes indicadas y otras análogas que pudiéramos citar, o han desaparecido de los códigos, o han caído en desuso, porque el estado actual de la civilización y la conciencia pública no permitirían su aplicación; pero no es menos cierto que su espíritu, sus tendencias y su injusticia se hallan, por decirlo así, encarnados bajo formas menos repugnantes, ya en la teoría de la caridad restrictiva iniciada por Malthus y desarrollada por sus discípulos, ya principalmente en la legislación referente a los depósitos de mendicidad. Porque la represión de la mendicidad por medio de los work-houses inglesas y depósitos de mendicidad de otras naciones es, en último resultado, una verdadera detención, una verdadera prisión, más dura y penosa con frecuencia, que la que imponen los tribunales por delitos muy reprensibles. En medio, y a pesar de sus visos de beneficencia, estos establecimientos encierran un fondo de injusticia que no es posible desconocer. ¿Con qué derecho y en qué regla de justicia cabe llevar ante la policía correccional, encerrar en una casa y privar de su libertad al padre de familia, que, o bien a causa de una de esas crisis industriales, o bien acosado por enfermedades y desgracias imprevistas, ha agotado todos sus recursos, y se decide con harta resignación a mendigar, cuando la caridad se olvida de él, o sólo le suministra recursos insuficientes para conservar su vida y la de su familia? ¿Qué crimen ha cometido que [110] merezca la separación de su familia y la pérdida de su libertad? ¿Será por ventura un delito ser hombre, necesitar de comida y no ser rico? Aun suponiendo que la mendicidad fuera debida en todos los casos a la ociosidad y pereza, suposición que dista mucho de la realidad, ¿de cuando acá las leyes castigan la pereza y la ociosidad? La ley debe ser igual para todos, como lo son los preceptos de la justicia natural. Si la pereza y la ociosidad son un delito en los pobres, ¿por qué no lo serán también en los ricos? Y sin embargo, no vemos que los códigos establezcan penas, ni mucho menos castiguen la pereza y la ociosidad de otras clases con la privación de la libertad. ¿Será por ventura que las prescripciones de la justicia no alcanzan igualmente a todos los hombres? ¿Tendrá derecho el Estado para tratar a los desheredados de la fortuna como enemigos y vencidos? ¿Será, finalmente, que es conforme a justicia tener dos pesos y dos medidas, o una ley para los pobres y otra para los ricos?
    No son estas, en verdad, las enseñanzas del cristianismo, ni es este el espíritu que preside y regula sus instituciones benéficas. Reprobando, como reprueba altamente, la ociosidad, la pereza y la vagancia con los vicios que de ellas emanan, respeta, sin embargo, la libertad del individuo y jamás convierte sus instituciones, sus fundaciones, sus establecimientos de caridad en prisiones o detenciones forzadas. Esfuérzase sí en moralizar las clases indigentes, en [111] desarraigar y corregir sus hábitos de vagancia y ociosidad, inspirándoles amor al trabajo y la virtud, pero no echa mano de la violencia: cuando se trata de la pobreza inculpable, hasta la rodea de honor y consideración, y en todo caso respeta la libertad y la dignidad del mendigo y del indigente.
    Otro de los expedientes excogitados por la Economía racionalista para resolver el problema de la pobreza es el conocido con el nombre de caridad legal, o sea el socorro y subvención que el Estado concede a los pobres, por medio de un impuesto especial destinado ad hoc. Así como la filosofía, al separarse de la ciencia cristiana, no ha hecho más que renovar y trasformar los sistemas filosóficos anteriores al cristianismo, así también la Economía política, al prescindir de las enseñanzas del cristianismo y rechazar sus inspiraciones, hase visto conducida y arrastrada fatalmente a las teorías e instituciones del paganismo para resolver los problemas económicos. Tal sucede con respecto al que aquí nos ocupa, toda vez que la teoría de la caridad legal puede y debe considerarse como una reproducción y reminiscencia de las distribuciones que en las antiguas sociedades se hacían al pueblo, de las cuales apenas se distingue más que en la forma y en ciertos detalles. Aunque bajo otro nombre, es incontestable que la caridad legal era el expediente adoptado en Atenas para resolver la cuestión del pauperismo; porque esto y no otra cosa significan los [112] salarios que por cuenta del erario público se hacían al pueblo, especialmente después de la guerra del Peloponeso. En Roma, en donde el problema social del pauperismo alcanzó mayores proporciones en los últimos tiempos de la república y durante la época de los emperadores, merced a la corrupción de las costumbres, al exceso de población y otras causas que no es del caso enumerar, el expediente de la caridad legal preséntase bajo formas diversas y en mayor escala que en Atenas. Practícase primero la caridad legal bajo la forma de distribuciones de cargamentos de trigo vendido al pueblo a precios reducidos. El mal y las exigencias del pauperismo acreciéntanse luego con el aumento de la población, y más aún con la corrupción de las costumbres, y el Estado se ve precisado a acallar los gritos de la plebe por medio de distribuciones públicas de alimento y dinero por cuenta del erario. Añádense después a estas distribuciones públicas las que solían hacer los grandes propietarios y dignatarios de la república y del imperio, arrojando a la plebe panem et decentes para que cerrara sus ojos sobre las rapiñas y concusiones con que asolaban las provincias. Es digno de notarse que estas distribuciones públicas que representan la caridad legal de nuestra época, crecen y se desarrollan en Grecia y Roma, a medida que crece y se desarrolla la corrupción de las costumbres públicas y privadas, lo cual pudiera hacernos sospechar con fundamento que la aplicación de este [113] expediente es un síntoma de corrupción y decadencia moral en las naciones en que se realiza.
    Aunque las reflexiones aquí indicadas bastan para condenar y rechazar la teoría de la caridad legal, bueno será exponer sumariamente, a mayor abundamiento, los principales inconvenientes y defectos de la misma. Quien dice caridad legal, dice caridad forzada, caridad impuesta por el Estado, lo cual vale tanto como unir términos contradictorios, porque la caridad es esencialmente libre y voluntaria. Por eso la caridad cristiana, que es la caridad verdadera, la caridad legitima, la única digna de este nombre, reconoce por base y por origen el sacrificio y la abnegación de si mismo por amor de Dios y en favor del prójimo, amado en Dios y por Dios. De aquí nace la eficacia y fecundidad admirable de la caridad cristiana, al paso que la caridad legal tiene que ser ineficaz, estéril e infecunda, como originada de la violencia y obligación legal. A esto se añade que la acción de la caridad legal sólo alcanza al don y al auxilio material del indigente, al paso que la acción de la caridad cristiana se dirige principalmente al mejoramiento y auxilio moral del indigente; y es que el don de la caridad cristiana procede del espíritu de sacrificio y del espíritu de amor, y nada hay tan eficaz y fecundo como el sacrificio y el amor para influir sobre el pobre sin herir su dignidad y su libertad.
    Otro de los inconvenientes y peligros de la caridad [114] legal es disminuir y hasta apagar la caridad privada, porque es muy natural, o al menos muy frecuente, que el que ha pagado su cuota o impuesto legal para los pobres, se considere dispensado ya y libre de todo deber para con los mismos. Por otra parte, contribuye también a disminuir la caridad privada y voluntaria, en atención a lo que hay de vejatorio, repugnante y odioso en todo impuesto exigido por el Estado: de donde resulta que la cuota exigida para los pobres seca y esteriliza las fuentes de la caridad privada.
    Ni es menor el peligro moral que lleva consigo la caridad legal de inspirar el espíritu de orgullo al que la recibe. Mientras que el don gratuito y libre de la caridad cristiana predispone el corazón del indigente que lo recibe a escuchar con docilidad e interés los consejos de reforma moral del donante, porque el necesitado o socorrido descubre allí el espíritu de sacrificio y la voz del corazón y del amor, la caridad legal suele predisponer al orgullo el corazón del que la recibe; porque este sólo ve en el que la da el cumplimiento de un deber, y la recibe sin experimentar verdaderos sentimientos de gratitud, cuando no con desdeñosa mano, por considerarla como un derecho propio. Y cuenta que nada hemos dicho de los varios delitos, de los hábitos de pereza y vagancia, de la degradación moral, en fin, a que da ocasión frecuentemente el expediente de la caridad legal. He aquí algunas observaciones y datos sobre la materia, suministrados por M. Naville [115] en la obra ya citada: «Por todas partes en donde se halla establecida la contribución de los pobres, son generales las quejas sobre la ociosidad y pereza de los mismos. En Inglaterra rehusan muchas veces aprovechar los medios de trabajo que se les ofrecen. Algunas veces ni siquiera aceptan terrenos que se les ofrecen sin exigir renta. ¿Porqué nos hemos de matar trabajando, dicen, para asegurar nuestra existencia, cuando podemos obtenerla de la parroquia sin trabajar?... La asistencia legal extingue todo sentimiento de honor en los que la reciben. En un informe hecho en 1818, la Asamblea general de Escocia reconoció que el sentimiento de vergüenza que puede estimular la actividad e impedir que se recurra a la parroquia, disminuye y en ocasiones se extingue por completo con los progresos de la contribución para los pobres. Los delitos se multiplican a medida que la caridad legal se extiende y arraiga más. En la sesión de 20 de Junio de 1834, el lord canciller, M. Brougham, señalo en la Cámara de los lores la ley inglesa sobre los pobres como la causa más poderosa de la degeneración moral de la población y de la multiplicación de crímenes. Este estado de degradación va acompañado o seguido de la relajación de los lazos y afecciones domésticas. Los diarios de provincia de este país (Inglaterra) están llenos de nombres de padres escapados, que dejan su familia a cargo del público: algunas veces este culpable abandono se realiza temporalmente, y se repite en [116] virtud de un cálculo que parecen hacer de común consentimiento los dos esposos. Las parroquias de Escocia en que está establecida la tasa legal, presentan hechos del mismo género... En Inglaterra la paternidad es un objeto de especulación frecuentemente: se tienen de propósito los hijos sucios, miserables, en estado de sufrimiento, con la esperanza y designio de obtener por esto de la parroquia auxilios más abundantes. El lazo filial, como los demás lazos de familia, es disuelto por la caridad legal; los hijos, descansando sobre el municipio para la asistencia de sus padres ancianos y enfermos, rehusan hacer sacrificios en su favor.» Estos resultados morales y sociales de la caridad legal demuestran palpablemente que este sistema es insuficiente para resolver por si solo el problema de la miseria, y que únicamente puede llegar a ser fecundo y eficaz para la solución del mismo, a condición de subordinarse a la caridad libre y cristiana, inspirándose en sus principios, favoreciendo su desarrollo, amparando su libertad, y sobre todo, protegiendo y fomentando sus fundaciones e instituciones.
    No terminaremos este ligero trabajo sin mencionar, siquiera sea concierta repugnancia, otra de las teorías excogitadas por la escuela económico-sensualista para resolver el problema de la miseria. Tal es la que pudiéramos apellidar la teoría del lujo, toda vez que pretende ocurrir a las necesidades de las clases trabajadoras y resolver el problema del pauperismo, [117] fomentando y desarrollando el lujo en las clases ricas, Esto vale tanto como querer que la inmoralidad, el orgullo, el egoísmo y la sensualidad, produzcan la reforma moral del pobre, el sacrificio, la resignación y el bienestar general: esto vale tanto como pretender que la miseria, que envuelve un mal moral, desaparezca a impulsos de otro mal moral, como es la pasión desenfrenada del lujo; porque conviene no perder de vista que la miseria no debe confundirse ni identificarse con la pobreza. Esta, que sólo incluye la escasez de recursos para satisfacer las necesidades de la vida, es compatible con la moralidad de las costumbres, con las alegrías y goces pacíficos de la familia, con la energía y dignidad del alma: la miseria empero añade a la simple pobreza la degeneración física y moral, a causa de la pérdida y abuso de las fuerzas corporales, de las enfermedades, del desaliento y abandono de sí mismo, y sobre todo a causa de la degradación moral, revelada y representada por los vicios y el embrutecimiento. De aquí es que, hablando en rigor y con propiedad, no es la pobreza sino la miseria, tal cual se acaba de definir, la que constituye la gran plaga y la gran dificultad del pauperismo, porque sus raíces, sus influencias y sus resultados pertenecen más al orden moral que al orden material. Esto quiere decir que, aun en la hipótesis inadmisible de que el fomento y desarrollo del lujo pudieran resolver el problema de la simple pobreza, jamás podría llegarse por este [118] camino a la extinción de la miseria, que es la que mayores estragos produce en el cuerpo social y la que representa la fase más importante del problema complejo del pauperismo. Pero la verdad es que la teoría del lujo es tan impotente para lo uno como para lo otro.
    La mejor limosna que puede hacerse al necesitado, nos dicen los economistas preconizadores de esta teoría del lujo, es la limosna del trabajo, porque este moraliza al indigente al propio tiempo que le proporciona los recursos necesarios. La demanda de productos, y por consiguiente, la de trabajo, crece necesariamente con el desarrollo y exigencias del lujo que representan mayor consumo de los productos de la industria. Luego el mejor modo de resolver el problema de la miseria y de la pobreza, es desarrollar indefinidamente las necesidades ficticias y los consumos del lujo, con lo cual se proporciona abundancia de trabajo y salarios a los indigentes. Tal es, en resumen, la teoría del lujo, preconizada por no pocos modernos economistas, teoría la más opuesta sin duda al principio cristiano, pero también la más legítima en el terreno de la Economía racionalista y sensualista.
    ¿Será necesario advertir que la razón y el sentido común protestan contra una teoría, que tiene la estraña pretensión de curar la gran llaga social del pauperismo, por medio de la pasión inmoral del lujo? Si en la llaga social del pauperismo domina más el elemento [119] moral que el material, según reconocen cuantos de buena fe y con sano criterio se han dedicado a su estudio, es a todas luces absurdo afirmar que el lujo puede servir de eficaz remedio contra los males del pauperismo. ¿Será necesario recordarlo que una experiencia de todos los días y de todas las horas nos enseña acerca de los efectos sociales y morales del lujo? Porque ello es cierto que si las lecciones de la experiencia significan algo, es preciso reconocer que la pasión del lujo es una pasión esencialmente devoradora, devoradora del capital, devoradora de la riqueza pública, devoradora de la limosna, devoradora de la paz de las familias, devoradora sobre todo de la virtud; porque sabido es a cuántos crímenes y delitos, a cuántas miserias y degradaciones conduce el afán y la pasión del lujo. Algo más exacto sería afirmar que el lujo contribuye poderosamente a acrecentar los males y peligros del pauperismo, en vez de curarlos ni siquiera aminorarlos. Las miserias de las clases obreras e indigentes se remedian y disminuyen inspirándoles el espíritu de orden, de economía, de moderación, de sacrificio, y de moralidad, y no irritando sus pasiones, sus cóleras, sus envidias y sus odios, desplegando ante sus ojos las magnificencias caprichosas de un lujo insultante, propio para exacerbar sus padecimientos y pasiones, y para ejercer la más desastrosa influencia sobre sus disposiciones morales.
    La Economía político-cristiana, sin condenar, [120] antes bien reconociendo la utilidad social y la necesidad relativa de que el consumo, los gastos, la satisfacción de ciertas necesidades, se hallen en relación con la naturaleza y condiciones especiales de ciertas clases y personas, no aprueba ni aprobará jamás esa teoría que convierte al lujo en elemento de prosperidad y de bien, cuando lo es de ruina y de inmoralidad. Predicar el desarrollo y la propagación indefinida del lujo, bajo el especioso pretexto de fomentar la producción y el trabajo, es echar en olvido que la pasión del lujo, nacida y fomentada por la ociosidad , engendra y fomenta a su vez el egoísmo y la dureza de corazón para con el prójimo; es echar en olvido que esa pasión abre la puerta a la seducción de todas las malas pasiones y corrompe las costumbres públicas y privadas, procurando disimular y hasta embellecer el mal y sus manifestaciones; es echar en olvido, para decirlo de una vez, que, según la palabra del evangelio, el hombre no vive de sólo pan, sino de virtud y de moralidad.
    Esto sin contar que, aun considerada esta teoría bajo un punto de vista puramente material, es una teoría esencialmente ineficaz e incompleta, toda vez que, según sus principios, la forma del trabajo es la única que representa la subsistencia de las clases necesitadas, lo cual vale tanto como condenar al abandono y a la muerte a los que se hallan imposibilitados para el trabajo a causa de su edad; de sus [121] enfermedades, o de accidentes imprevistos de la vida. La teoría del lujo deshonra ciertamente a la Economía racionalista y sensualista; pero revela al propio tiempo, por una parte, el espíritu y tendencias que anidan en el fondo de esta ciencia, y por otra, que la Economía política será siempre una ciencia relativamente estéril e infecunda, mientras no se halle inspirada e informada por la idea cristiana. Inspirado por esta idea, el apóstol san Pablo, escribía las siguientes palabras, que contienen una condenación implícita de la teoría del lujo: In praesenti tempere vestra abundantia illorum inopiam suppleat, ut et illorum abundantia vestrae inopiae sit supplementum, ut fiat aequalitas, sicut scriptum est: qui multum, non abundavit, et qui modicum, non minoravit.
    Manila, Enero de 1862


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  4. Marcelino Menéndez Pelayo
    Por Ordóñez en el foro Historiografía y Bibliografía
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  5. La Mafia....
    Por Ordóñez en el foro Nápoles y Sicilia
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