CHOCOLATE Y SABLE... ¡VIVA CARLOS VII!





ANTAÑO Y HOGAÑO: EL CHOCOLATE DE LAS ORACIONES

Gracias a Dios que vamos volviendo a la buena y castiza costumbre de tomar el chocolate, a las oraciones de la tarde. El té de las cinco –que importaron los ingleses, que comen el lunch a las once; y que adoptaron los franceses, que a las doce almuerzan; y que imitaron los españoles, desde que se decidieron a almorzar a tal hora- vino a reemplazar al chocolate, que era el ten con ten para los estómagos, entre el cocido de las dos y el guisadillo, de las Ánimas. ¡Bendito, dulce y confortador chocolate, que vuelve con su acompañamiento de bizcochos, pan de vida, plumillas y biscotelas y algún que otro picatoste, bien tostado, después de haber humedecido el pan tierno en agua con sal! ¡Y bendito y alabado sea, porque llega con su corte de recuerdos, con su séquito de amables y gratas evocaciones de aquellos días, que nosotros no conocimos, pero de los que nos hablaron nuestras santas madres, unas veces risueñas y otras veces llorosas!

El chocolate de las oraciones, era, en Jaén, algo que no se confundía con el chocolate de otros pueblos. Vendíase en las famosas confiterías de la calle de Madre de Dios y del Callejón del Consuelo, pero era más selecto el que los confiteros labraban, a brazo, en las propias casas de los señores principales. Buen cacao, que de América traían a Sevilla y de Sevilla mandaban a Jaén; canela fina de Indias y el mejor azúcar de los cañaverales de Motril o de Almuñecar. Y sobre la bruñida piedra –los brazos desnudos y subidas las mangas del camisón- el oficial de la confitería, pasaba y repasaba el rodillo para labrar bien aquella dura masa oscura, que cortaba luego en forma de alargados bollitos y no caía aún en los industriales moldes de hora de lata, donde la simetría de las onzas, roba al chocolate la sencilla poesía de la obra de arte, que nunca sale igual de la mano del hombre…

El chocolate era manjar diario, en los conventos, en que la regla tenía la manga ancha –Carmelitas Observantes de la Coronada, Dominicos de Santa Catalina, frailes de San Agustín y algún otro- en los que, graves y sesudos varones, hacían, a la caída de la tarde, tertulia al Padre Prior:

-¿Y cuándo se levantarán las partidas del Rey? ¿Cree su reverenda paternidad que lo harán pronto? –preguntaba un lego, con la confianza que daba la veteranía.

-A no tardar, pues la tiranía septembrina, y este Saboya que pinta menos que un cornudo en el bautizo del hijo de su mujer, es insufrible.

-Yo le digo a su reverenda que el día en que nos alcemos cogeré la tercerola y no dejaré títere con cabeza.

Y después de persignarse, bendecían la disposición del hermano lego.

El más viejo de los frailes era de Azpeitia, aunque estaba sordo como una tapia, se arrimaba la trompetilla al orificio de sus pródigas orejas. No entendía ni jota, pero interpretaba las caras de sus hermanos a la mil maravillas, por lo que gritó, sin respetos humanos:

-¡Gora Jaungoicoa! ¡Gora España! ¡Gora foruac eta erreguea! Jaia, jaia, jaia, mutillac...

De las no lejanas cocinas del campanudo fuego de lumbre, donde –en los conventos, manipulaban los Hermanos legos- venía el aromático olorcillo del soconusco, que se metía en le sentido y ofrecíale anticipado placer y deleite.

Daba la hora la campana del reloj de la torre de San Juan Bautista y contestábanle las de la Catedral y las de las otras iglesias, con sus toques, saludando a la Virgen María. De pie todos, rezaban las oraciones en voz baja, y cuando el prior del Convento o el padre de familia, decían “Santas y buenas noches nos dé Dios”, los legos traían el chocolate servido en talaveranos y andujeños. Humeaba el espeso líquido y salían blancas columnas de vapor del fondo de los recipientes; y alrededor de ellos, en el hueco que quedaba libre en los platos, los dorados picatostes, las bizcohadas del Horno de los Negros y los dulces de huevo y harina de las monjas de Santa Úrsula y de Santa Clara, formaban delicioso acompañamiento de aquel apetitoso reparillo, aumentado, en días de Pascua de Navidad, con los mantecados caseros, redondos, con su hoyito en el centro.

Y cuando el reparo de las fuerzas estaba hecho, en la celda conventual se reanudaba la tertulia sobre las cosas políticas de aquellos días. Eran los días en que Carlos VII había cruzado la frontera para acaudillar a sus huestes, y otra vez los carlistas nos habíamos echado al monte. Dan ganas de tomarse un chocolate espeso...

Y también de cruzar la raya de los Pirineos.

Firmado: Un faccioso más.

*Sobre una interpretación muy libre del “Panegírico del Chocolate” del egregio tradicionista ubetense, D. Alfredo Cazabán. Año 1925.


Fray Trabucaire

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