¿Hijos de la Gran Bretaña o hijos de la gran puta?


ARMANDO ROBLES.

Me he pasado toda la vida intentando que me gustaran los ingleses y me veo obligado a desistir del experimento completamente desesperanzado. Por si fueran pocas las razones, ahí están los últimos ataques a España para ponérmelo más difícil.

Lo primero es aclarar que hablar de la Inglaterra de 2017 es hacerlo de la peor letrina multicultural entre las muchas y dispersas que abundan en Europa. He viajado sólo en dos ocasiones a la gran letrina británica. Reconozco que ambas visitas tuvieron mucho éxito: apenas se prolongaron una semana. Vivir en Inglaterra de forma permanente pone a prueba los estómagos más robustos. Visitar Londres es algo así como estar en Pakistán sin tener que salir de Europa.

Los altos estándares de los ingleses son debidos al hecho de que sus instituciones fueron restablecidas una a una por los soldados norteamericanos. Mi abuelo, superviviente de la División Azul, se pasó los últimos años de su heroica existencia lamentando que la Luftwaffe no afinara más su puntería. Su vieja y afilada sabiduría le hizo predecir con precisión de pitoniso a lo que nos conduciría el anglosionismo y su nuevo orden mundial.

La perspectiva más noble que un inglés ha visto jamás es el camino que le conduce hasta algún pueblecito costero de la soleada España, lejos de la cochambrera. Eso se nota más en los tiempos que corren, cuando ya hay ciudades y barrios enteros de Inglaterra que han sido tomados literalmente por los musulmanes. Desde hace años, y no seré yo quien lo lamente, Inglaterra, o lo que queda de ella, se despedaza lentamente víctima de sus propias fórmulas multiculturales. El declive moral de Inglaterra se siente sobre todo en sus grandes ciudades, con sus aires de fin de raza, de apelmazados recuerdos, de viejas cupletistas del Royal Albert Hall rastreando ajados recuerdos en un intento imposible de recobrar su antigua y orgullosa lozanía.

Estos días resuenan en Inglaterra los acostumbrados redobles de tambor contra España a cuenta de la narcoRoca de Gibraltar. Vuelven con sus tópicos de siempre y sus chistes sin ninguna gracia. Un tabloide nos llama “follaburras”. Tiene gracia que el calificativo provenga del país que permite que sus mujeres y menores sean folladas por los “follacabras”.

Unos 1.400 menores de edad, en su mayoría niños autóctonos, sufrieron abusos sexuales en la ciudad inglesa de Rotherham, en el centro de Inglaterra, entre 1997 y 2013. Los pequeños fueron agredidos por varias personas, secuestrados, golpeados e intimidados, y resultaron víctimas del tráfico de personas hacia otras ciudades en Inglaterra. La mayoría de los responsables era de origen paquistaní.

En muchos casos regentaban locales de comida rápida o trabajaban como taxistas. Primero invitaban a sus víctimas a comer, las engatusaban, iban en coche a recogerlas al colegio, las obsequiaban con teléfonos móviles para poder comunicarse con ellas. Y después acababan drogándolas y abusando de ellas. El control psicológico era absoluto. Los ataques duraron varios años. Los ingleses no tuvieron cojones de impedirlo. Incluso se pretendió ocultar la noticia para no hacer más visible la intolerable cobardía de la que ya nos advirtieron Blas de Lezo y el malagueño Bernardo de Gálvez, grandes de España.

La cobardía inglesa se puso también de manifiesto en la pasada Eurocopa de fútbol celebrada en Francia. Un grupito de hinchas rusos se bastó y se sobró para meter en cintura la alcoholizada soberbia de cientos de ‘hooligans’ ingleses. Hasta el presidente Vladimir Putin se refirió a ese asunto en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo: “No entiendo cómo doscientos hinchas rusos le dieron una paliza a varios miles de ingleses”.

En fin, que a los súbditos bastardos de Su Graciosa Majestad les debemos conceptos tan avanzados como la mundialización y otras pandemias morales de nuestro tiempo. La solución puede que esté en algo tan simple como recuperar nuestro orgullo nacional para hacer y pensar lo contrario de lo que hacen y piensan los ingleses, como recogía aquella pegatina automovilística de tanto éxito en los años 70: “No seas inglés, conduzca por la derecha”. Ello nos animaría a poner freno a tantos residentes británicos que están depredando nuestro sistema público de salud con la misma voracidad empleada por muchos alcaldes al recalificarles terreno público para que pudiesen vivir mucho más dignamente que en su propio país. Y por supuesto, cerrándoles con triple cerrojo la verja de Gibraltar, como hizo Franco el 8 de junio de 1969, para escarnio de la sucia, zafia, mestizada y puta Inglaterra.



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