Parece que los del Grupo Intereconomía también se suman a la desmitificación.
DESMONTANDO EL MITO
Las tres grandes mentiras sobre Lincoln
In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 24 noviembre, 2012 at 11:59 “Nunca se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo…”, dijo Lincoln. Pero su propia imagen es un mito distorsionado. Gobernó despóticamente por decreto, cerró periódicos y pretendía enviar a los esclavos negros a Liberia.Lincoln vuelve a estar de moda. Es el gran mito americano que ha inspirado hasta una película de vampiros y que Spielberg lleva ahora a las pantallas, con Daniel Day-Lewis en la piel del presidente. Pero los últimos ensayos y biografías sobre él –como The Real Lincoln, de Thomas Di Lorenzo, o Ahora y para siempre libres, de Martín Alonso– muestran el verdadero rostro de un político menos idealista de lo que nos ha transmitido.
El héroe de la libertad no era antiesclavista, gobernó despóticamente suspendiendo libertades, no respetó el hábeas corpus y demostró lo que le interesaba la libertad de expresión al cerrar más de 300 periódicos.
Martín Alonso ha hecho para el lector en español una labor encomiable, al encontrar en nuestro idioma la mejor expresión de los discursos de Lincoln. Su posición, nos dice desde las primeras páginas, estará marcada por la ecuanimidad. No forma parte de quienes sólo saben escribir de él hagiografías, cuando no remedos contemporáneos de los poemas épicos griegos con Lincoln ocupando ese lugar intermedio entre los dioses y los hombres. Pero tampoco se arrastra por los terrenos de quienes, con tal de negar a Lincoln, niegan la historia que Alonso, como muchos antes que él, posee.
Una vez colocado entre los dos extremos, puede Martín Alonso dar curso a la Historia. Por un lado, las luces: Abraham Lincoln, “redentor y mártir”, salvó la unión, emancipó a cinco millones de almas esclavizadas, preservó la democracia “para generaciones de americanos y no americanos”, siendo “el único hombre en la historia que podía haber hecho cualquiera de estas tres cosas”. Pero no faltan las sombras: Abraham Lincoln era plenamente humano.
Quizás, demasiado humano. Tiene una biografía trabada con grandes momentos, pero también con las mentiras, las ambiciones partidistas, los propósitos ocultos y los crímenes visibles que podemos ver a diario en los titulares de la prensa. El verdadero Lincoln es más poliédrico que su cara picassiana. Y las aristas de su biografía cortan como cuchillas a quienes quieren encajarle en un relato heroico.
Sus orígenes no pudieron ser más humildes. Su padre intentó salir de la vida miserable en que había nacido enseñando a unos pocos acres de tierra a producir varios productos que vender en el mercado. Kentucky, Indiana y, finalmente, Illinois, su estado de adopción. Nacido en 1809, Abraham se hizo abogado. En aquella época bastaba con presentarse a un sencillo examen, pero para él, un autodidacta que jamás fue a una escuela, no deja de ser un logro.
En 1836 comenzó su carrera política y se iniciaba su leyenda. La oposición entre la América agraria y republicana de Jefferson y la industrial y federalista de Hamilton se renovó en aquellos años en el enfrentamiento entre el partido demócrata de Andrew Jackson y los Whig de Henry Clay. En aquel año, Lincoln defendió los tres pilares de aquel partido, que luego sostendrán también al Partido Republicano, que él llevó a la presidencia: las “mejoras internas”, es decir, la inversión del Gobierno federal en infraestructuras, unos aranceles proteccionistas y un banco central que financie la industria. Tres pilares que favorecían abrumadoramente al Norte industrial, pero que perjudicaban al Sur, agrario y librecambista. El Lincoln verdadero ya empieza a verse en estos años decisivos.
Poco democrático
Como abogado subió como la espuma en la defensa de los intereses de la industria ferroviaria. En los años 1850 ganaba de las grandes empresas ferroviarias más de 5.000 dólares anuales, el triple de lo que ingresaba el gobernador de Illinois, su estado. Y mantuvo su función de abogado y lobbista hasta 1860, año en el que ganó las elecciones. Su defensa de las “mejoras internas” y sus propios intereses, ambos legítimos, se confundían inexplicablemente.
Desde comienzos de siglo, Norte y Sur estaban en conflicto por los altos aranceles. El Partido Republicano, construido desde las cenizas del Whig, asumió el proteccionismo como propio. Y el Sur, que había amenazado anteriormente con la secesión, dio muestras de que daría ese fatídico paso si el partido de Lincoln seguía con su agenda. Lincoln ganó y los estados de Alabama, Carolina del Sur, Florida, Georgia, Luisiana, Misisipi y Texas se declararon independientes y formaron una nueva unión propia, bajo la fórmula de la Confederación.
Esto daba al traste con los planes republicanos. Sin una Unión, el Norte no podía explotar al Sur con sus altos aranceles. Por eso para Lincoln lo importante no fue nunca la esclavitud, que personalmente detestaba, sino la Unión.
Lo dijo él mismo: “Mi objetivo fundamental es salvar la Unión, no salvar o destruir la esclavitud. Si pudiese salvar la Unión sin liberar a uno solo de los esclavos, lo haría. Y si pudiera salvarla liberando a algunos y dejando de lado a otros, también lo haría. Lo que hago en relación con la esclavitud y la raza de color lo hago porque ayuda a salvar la Unión”.
Mientras negociaba con los representantes de los estados de la Confederación para admitirlos de nuevo en la Unión, les ofreció una enmienda a la Constitución que decía: “No cabrá ninguna enmienda a la Constitución que autorice o conceda al Congreso el poder de abolir o interferir, dentro de ningún estado, en sus instituciones domésticas, incluyendo a aquellas personas que se poseen para el trabajo o el servicio, según las leyes de cada estado”. En su discurso de inauguración dijo: “No tengo intención de intervenir, de forma directa o indirecta, en la institución de la esclavitud en los estados en que existe. Creo que no tengo ningún derecho, y tampoco tengo inclinación a ello”.
Luego la esclavitud era una cuestión de segundo orden. Lo importante era el proteccionismo y la unión sin la cual quedaría en nada. Y si detestaba la esclavitud no era porque tuviese un especial aprecio por la raza negra. Lincoln, siempre tan elocuente: “No me propongo introducir”, dijo en 1858, dos años antes de ganar las elecciones, “una igualdad política o social entre las razas blanca y negra. Hay una diferencia física entre las dos que, a mi juicio, probablemente impedirá por siempre que vivan juntas en pie de perfecta igualdad.
Y, en la medida en que es necesario que haya una diferencia, yo, al igual que el juez Douglas [su rival], estoy a favor de que la raza a la que pertenezco tenga una posición superior. Nunca dije nada que vaya en sentido contrario”.
No lo dijo. Lincoln fue extremadamente crítico con los abolicionistas porque ponían en riesgo el preciado bien de la Unión. Sus planes, que una muerte violenta truncaron antes de que los pudiera impulsar, pasaban por enviar a los negros a Liberia (África) para que las dos razas viviesen separadas por un océano.
Fue el gran emancipador, el que proclamó la liberación de los esclavos de sus amos. Sí. Pero como un instrumento de guerra, pues concedió la libertad solo en los estados rebeldes, mientras que la respetó en los estados esclavos leales al Norte: Delaware, Kentucky, Maryland y Misuri.
Una vez en el poder, Lincoln no fue el campeón de la democracia, de la Constitución y las leyes que nos dicta la leyenda. Sustituyó una unión voluntaria por otra impuesta. Declaró la guerra a los estados que declararon la secesión, pese a que es una prerrogativa que pertenece, en exclusiva, al Senado. Se arrogó “poderes de guerra” que no venían descritos en la Constitución. Y suspendió el derecho al hábeas corpus, pese a que solo el Senado podía hacer algo así. Desde el inicio de la guerra hasta el mes de julio actuó con un poder absoluto y juntó en su persona los poderes judicial, legislativo y ejecutivo.
Con el hábeas corpus como un mero recuerdo del pasado, su Gobierno detuvo sin cargos a miles de ciudadanos. Se daba la situación de que un juez que encausase a un representante del Gobierno federal por saltarse la ley se convertía en un criminal a ojos de la Administración Lincoln y acababa con sus huesos en la cárcel. Los representantes democráticos tampoco se libraban: detuvo a varios miembros del Congreso de Maryland sin molestarse en presentar cargos.
Lincoln exigía de los ciudadanos que mostrasen por su Gobierno una actitud que no se desviase un ápice de la adhesión entusiasta. Lincoln, el orador: “No se puede malinterpretar al hombre que permanece callado cuando se debate sobre los peligros de su Gobierno. Si no se le detiene, estad seguros de que ayudará al enemigo. Especialmente si es ambiguo, si habla de su país con peros, condicionales y no obstantes”. Censuró las comunicaciones telegráficas y cerró más de 300 periódicos.
Lincoln siempre alentó la reconciliación después de una guerra cruel. Quizás la hubiera alentado de no haber sido asesinado, el 14 de abril de 1865, por el secesionista John Wilkes Booth, sólo cinco días después de la rendición del general Robert E. Lee. Quizás, tras la guerra, se habría podido convertir en el gran presidente que muchos historiadores ven en él. Pero los años de Lincoln sólo permiten hacer películas como las de Steven Spielberg ocultando una parte importante del verdadero Lincoln.
Fuente: REVISTA ÉPOCA
Visto en: LacrimaSeca
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