TOLEDO DEFENDIDO POR LA EMPERATRIZ
Cuando los reyes Azud de Córdoba y Abenzeta de Sevilla y Abengania, príncipe de la milicia de Valencia, supieron que el emperador sitiaba Oreja, se entristecieron y turbaron mucho. Convocaron entonces a los otros reyes, príncipes y caudillos, a toda la caballería y a todos los infantes de la tierra agarena y a una gran muchedumbre de tropas de las islas del mar. Vino también en su auxilio otro gran ejército de moabitas y de árabes, que les envió el rey Texufin de Marruecos y se les unieron una gran turba de peones llamados azecutos, que seguían a gran número de camellos cargados de arena y de todo género de viandas. Reunidos así casi treinta mil caballeros y un sinnúmero de peones, movieron su campo de Córdoba y caminando por la vía regia que lleva a Toledo vinieron a los pozos de Algodor, donde acamparon. Establecieron grandes y misteriosas celadas para atacar por sorpresa a los cristianos, y en ellas dejaron a Abengania, rey de Valencia, con toda su caballería, al que dijeron: Si el emperador sale a nuestro encuentro para pelear, vosotros, por el otro lado, subid al campamento desde el que sitian a Oreja, o matad al filo de la espada a sus defensores, incendiadlo y fortificad el castillo atacado con caballeros, peones y armas, con toda clase de provisiones que están junto a nosotros en los camellos y con agua. Después venid a uniros con nosotros donde sepáis que estemos, pues vamos a Toledo y allí esperaremos para luchar con el emperador. Pero los espías o exploradores se presentaron al emperador en el campamento y le informaron de las resoluciones y hechos de los sarracenos en presencia de todos los magnates, príncipes y caudillos, y por consejo divino decidieron no ir a combatir a los sarracenos, sino esperarlos en el campamento.
Entretanto, el gran ejército de los moabitas y agarenos vinieron a Toledo y combatieron el castillo de San Servando; pero las grandes torres de él permanecieron ilesas, y sólo se perdió una torre frontera, donde perecieron cuatro cristianos. Los sarracenos fueron después a Azeca, donde nada lograron, y empezaron a destruir las viñas y los árboles. En Toledo se hallaba a la sazón la emperatriz doña Berenguela con una gran turba de caballeros, peones y ballesteros, que sentados sobre las puertas, las torres y los muros de la ciudad, la defendían vigilantes. Cuando la emperatriz rió los daños que los sarracenos hacían en los campos cercanos, envió mensajeros a los reyes moabitas, diciéndoles: «Esto os »dice la emperatriz, mujer del emperador: “,,No veis que peleáis contra mí que »soy mujer y que esto nada dice en vuestra honra? Si queréis batallar, id a Oreja »y luchad con el emperador, que os espera con las armas y las hazes preparadas”.
Al oír el mensaje los reyes, príncipes y jefes sarracenos y todo el ejército, levantaron la vista y vieron a la emperatriz sentada en el solio real, sobre la torre más alta del alcázar, adornada como correspondía a la mujer del emperador y rodeada de un cortejo de honestas mujeres que cantaban acompañándose de tambores, cítaras, címbalos y salterios.
Los reyes, príncipes y jefes sarracenos, y aun todo el ejército, quedaron admirados al verla y se avergonzaron mucho, se inclinaron para saludar a la emperatriz, y sin continuar sus depredaciones, recogidas las celadas, volvieron a su tierra
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