Siempre le oí decir a mi madre que no hay nadie más antiespañol que los españoles. Desgraciadamente, la experiencia me ha enseñado que es así ni más ni menos. Es un defecto muy hispánico sentir complejo de inferioridad hacia lo foráneo. Y hasta agachamos la cabeza y aceptamos las leyendas negras que nos imponen y somos los primeros en propagarlas, sin molestarnos en comprobar que no resisten el menor análisis. Desde luego, tampoco hay que irse al extremo opuesto y creernos más santos, buenos o listos que nadie (defecto al que siempre han sido propensos los anglosajones) y despreciar al resto del mundo. Pero sí es necesario compensar esa actitud tan negativa y tomar conciencia de nuestra valía, de lo que hemos aportado al mundo. Y una forma de recobrar la autoestima perdida es ahondar en la historia. Escarbar en el pasado y retirar los escombros amontonados por el olvido y por las tergiversaciones y manipulaciones de historiadores.
Un aspecto prácticamente desconocido de nuestro pasado es el relativo a nuestro quehacer científico. Se nos ha hecho creer que nuestros siglos de oro fueron ciertamente una época de esplendor en las letras y las artes, pero que no somos un pueblo de científicos y vamos a la zaga de otros pueblos más capacitados de allende los Pirineos. Pero gracias a Dios, en los últimos años han empezado a publicarse algunos trabajos sobre la ciencia, la medicina y la tecnología de esos tiempos y ha salido a la luz documentación olvidada en los archivos. Entro otros autores, cabe citar al ingeniero y profesor de la Universidad de Valladolid D. Nicolás García Tapia, que ha sacado a la luz abundante documentación que dormía en Simancas y otros archivos nacionales, y a raíz de la cuales ha publicado numerosos trabajos de divulgación. Así fue como a principios del siglo XX el físico e historiador de la ciencia Pierre Duhem, gran conocedor de las lenguas clásicas, husmeando en archivos y bibliotecas de toda Francia descubrió innumerables manuscritos y documentos que fueron la base para su monumental obra Le système du monde, que en diez voluminosos tomos vino a echar por tierra la imagen esterotipada de la Edad Media como una época de oscurantismo e ignorancia. Imagen que tuvo su origen en el Renacimiento pero cobró vigor con la Reforma (lógico: de lo contrario Lutero, Calvino y compañía se quedaban sin muchos argumentos) y alcanzó su punto culminante en la Ilustración. Al final resultó que los grandes avances y descubrimientos de los científicos renacentistas no fueron sino la culminación de los trabajos de sus predecesores. Ya había dicho Bernardo de Chartres en el siglo XII aquello de «somos enanos subidos en hombros de gigantes».
Pues bien, entre los grandes científicos hoy olvidados de nuestros siglos áureos, hay uno que descuella bastante entre los demás y sobre el cual el mencionado doctor García Tapia ha investigado durante más de quince años y escrito algunos libros y trabajos de gran interés. Me refiero al navarro Jerónimo de Ayanz y Beaumont. (Aclaración: El nombre por el que me identifico en el foro no es en honor a este inventor; tiene que ver con mi profesión de traductor, por mi santo patrono.) Descendiente de los reyes de Navarra, comendador de la Orden de Calatrava, luchó en Flandes junto a Farnesio, fue gobernador de Martos, regidor de Murcia y más tarde administrador de las minas del Reino. Es decir, que estaba a cargo de las 550 minas que había en la Península más la de América, tomando muestras y realizando ensayos. Si bien nunca llegó a visitar las de Indias, como era su deseo, estuvo en todas las de la Península. Dios fue generoso a la hora de concederle talentos: se cuenta que era bueno como cantor, músico, pintor y cosmógrafo. También era famoso por su fuerza, y los testimonios --exagerados sin duda-- nos lo presentan como una especie de Sansón capaz de doblar patos de metal con los dedos o arrancar una reja con las manos. Lope de Vega llegó a dedicarle un soneto en una obra de teatro hoy bastante olvidada. Pero el mayor don con que lo dotó la Providencia fue el de solucionar problemas, en muchos casos con un nivel tecnológico que no volvería a encontrase sino uno o dos siglos más tarde.
Un documento de Felipe III fechado el 1 de septiembre de 1606 otorga privilegios de invención (lo que hoy en día llamaríamos patentes) a Jerónimo de Ayanz por nada menos que 48 inventos. Cabe señalar que, al contrario de otras invenciones, como algunas de Leonardo de Vinci, que quedaron en el papel, Ayanz llegó a hacer prototipos de todas estas y probarlas con éxito, ya que era un requisito para la concesión de patentes. Veamos algunas:
--Creó un traje de buceo que permitió, el 2 de agosto de 1602, que un hombre permaneciera durante una hora tres metros bajo las aguas del Pisuerga en presencia del Rey y de la Corte, hasta que monarca se cansó y lo mandó salir. El aire se suministraba desde el exterior por medio de tuberías flexibles. Los buzos también podían ser autónomos, para lo cual iban provistos de vejigas de aire y fuelles que accionaban con los brazos.
--La «barca submarina», verdadero sumergible, que construyó con madera calafateada que impermeabilizó recubriéndola de un lienzo pintado de aceite. Y avanzaba por medio de remos. Herméticamente cerrada, tenía un sistema de renovación de aire perfumado con agua de rosas, contrapesos para subir y bajar, ventanas de gruesos cristales y hasta unos guantes con los se podían recoger objetos desde el interior de la nave, de forma parecida a los que se utilizan en los laboratorios para manipular sustancias radiactivas dentro de un recipiente hermético.
--Para los barcos que iban a América, ideó un horno con destilador de barro que eliminaba malos sabores al destilar el agua marina para su consumo por los navegantes. Incluía una suspensión cardán (como se llamaría actualmente) para que no se moviera con el vaivén de la nave.
--Su cargo de administrador general de minas lo obligó a buscar la solución a numerosos problemas. Investigando en los archivos nacionales, descubrió minas que habían sido abandonadas por falta de recursos y estaban sin explotar. Ideó procedimientos para utilizar los minerales negrillos, los cuales permitieron la explotación de las minas de plata de Potosí, que se resistían a los métodos metalúrgicos entonces conocidos. También construyó molinillos, destiladores, hornos de fundición y hasta balanzas de precisión «que pesaban la pierna de una mosca». Un sifón con intercambiador le permitió desaguar minas inundadas. Lo más sorprendente, sin embargo, es el empleo del vapor para desaguar las minas o para producir lo que hoy conocemos como aire acondicionado. Hasta ahora se consideraba que el inglés Thomas Savery había patentado la primera máquina de vapor en 1698. La patente de Ayanz, como dijimos, es de 1606. Este sistema le permitió desaguar las minas de plata de Guadalcanal (Sevilla) y reactivarlas después de su desahucio. Perfeccionó el sistema con un eyector de vapor que le permitió refrescar el aire de las habitaciones. O sea, lo que ahora llamamos aire acondicionado.
Todas estas invenciones las realizó entre 1598 y 1602. Ni Leonardo da Vinci había conseguido tantos avances en tan poco tiempo y, como dijimos, no quedaron en papel como muchos inventos de Leonardo. La concesión de las patentes exigía demostrar el funcionamiento de las invenciones. Los doctores Juan Arias de Loyola y Julián Ferrofino, dos de los científicos más prestigiosos del Reino, fueron a visitarlo a su casa de la Calle de la Cadena en Valladolid en marzo de 1602. La admiración por lo que vieron en la casa de Ayanz quedó reflejada en el informe que elevaron al Rey. Nunca habían visto nada semejante: balanzas de una precisión increíble, hornos muy variados, máquinas capaces de realizar múltiples operaciones industriales hasta entonces desconocidas. Al entrar a una sala, notaron un aire fresco y agradable que salía de un ramillete de flores situado en un jarrón sobre la mesa. Parecía cosa de magia. No podían imaginar que en nuestros tiempos actuales el aire acondicionado sería algo habitual, si bien producido por unos difusores menos estéticos que los que ocultaba el jarrón de flores de Ayanz. Vieron también los equipos de buceo y para sumergirse, que lógicamente no se podían probar en la casa, de modo que Felipe III dispuso que se hiciese la demostración en el río que mencionamos más arriba.
Podría seguir hablando de otros aspectos en que Ayanz se adelantó a su tiempo, pero no quisiera alargarme demasiado. Con estos botones de muestra, da para hacerse una idea de su talento inventivo.
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