Búsqueda avanzada de temas en el foro

Resultados 1 al 11 de 11
Honores7Víctor
  • 1 Mensaje de
  • 1 Mensaje de
  • 1 Mensaje de
  • 1 Mensaje de
  • 1 Mensaje de
  • 1 Mensaje de Gothico
  • 1 Mensaje de Gothico

Tema: España y el Imperio

Vista híbrida

  1. #1
    Gothico está desconectado Miembro Respetado
    Fecha de ingreso
    17 abr, 06
    Ubicación
    Madrid
    Mensajes
    952
    Post Thanks / Like

    Re: España y el Imperio

    Política mediterránea de Alfonso V, rey de Aragón (1416-1458)

    Si sin Pedro III de Aragón en Sicilia no se concibe Alfonso V en Nápoles, sin Alfonso no cabe pensar en Carlos V. Bien lo iba a decir en su Discurso de la Corona de las Cortes de La Coruña de 1519: “que si el Rey D. Alfonso de Aragón no saliera de España, la Corona Real no poseyera el Reyno de Nápoles con tantos justos títulos como agora los posee”.
    Por otra parte, con Alfonso V revive, en realidad, el olvidado sueño de Alfonso el Sabio de poner pie en Italia, tras el Tratado de Soria con los de Pisa y la llamada de los de Padua y Sena.
    Alfonso tenía, como su homónimo, una gran vocación marítima. Así la lucha de Alfonso V por Nápoles es, en verdad, la lucha por el Mediterráneo occidental. Alfonso sometió Cerdeña y Córcega. Lucha en el Sur de Francia. Su empeño por estar en Nápoles es tan grande, que desde la prisión tras la derrota de Ponza (1433) se levanta otra vez y no le falla, al fin, la entrada triunfal en Nápoles (1442).

    Fernando el Católico y su política exterior

    Aun sin poseer el Imperio, Fernando es hombre que actúa como Emperador. Hay algo que “pudiéramos llamar la política imperial de Fernando V”. Así, las diligencias llevadas a cabo cerca de Enrique VIII de Inglaterra en 1494 para que entre con ellos el Rey de Romanos, Venecia y Milán en una Liga para socorrer al Papa, asunto “en el cual el Monarca español se arroga un aire de superioridad, de verdadero director de toda aquella orquesta”.
    En relación con el Sumo Pontífice –elemento esencial-, el rey de España es el intermediario que trae las recomendaciones. Por otra parte, la política exterior de Fernando constituye un nuevo tipo de política; en su capacidad de dirigir radica su superioridad.

    La unidad de su actuación ya no será propiamente ni castellana ni aragonesa sino española, y se dirigirá en tres vertientes:

    - La política de Fernando en Italia tendía a asegurar la influencia española mediante la ayuda pontificia. Aquel atarse y no estar atado, dirigir y no ser dirigido; el éxito le acompaña siempre, sin duda, porque sabe colocar bien los peones. Con ser poderoso su ejército –el primer ejército moderno del mundo-, la diplomacia de Fernando V obra tanto con sus negociaciones como con sus armas, consiguiendo siempre confederarse, como decía Saavedra Fajardo, no para quedar sujeto sino árbitro.
    De cara a Francia, formaliza el Pacto de Barcelona (1493), maravilla de diplomacia, en el que con la cláusula de que Carlos VII de Francia no alteraría las Posesiones pontificias, encubría la defensa de Nápoles y aparentaba abandonar sus intereses italianos, a cambio de recuperar el Rosellón y la Cerdeña.
    Precisamente de ese pacto arranca el enlace de España con el Imperio-Sacro-Romano-Germánico: Juana, segundogénita de los Reyes Católicos, casó con Felipe, primogénito de los austríacos (1496), mientras que Juan, Infante de España, casa con Margarita (1497). Por el fallecimiento de Juan sin hijos, Juana, Arquiduquesa, queda heredera, y España se liga a la fortuna de la Casa de Austria, destinada a imperar en el Universo.

    - El problema de África era no sólo un aspecto de la política mediterránea de don Fernando, sino un esencial problema de seguridad peninsular, ocasionado por la vecindad de un enemigo islámico con largas costas próximas: lo cual importaba para Nápoles, Sicilia, las Canarias, frente a las cuales se levantaron fuertes en Santa Cruz de Mar pequeña. Se ocupan Melilla; Gomera, Orán Trípoli y Bujía. Son vasallos de España Túnez, Argel y Tremecén. La conquista de Trípoli impresionó vivamente, al ser conocida; y la entrada en Bujía llegó a considerarse tan trascendente que, en la misma Italia se aseguraba la alta misión reservada a los españoles.
    No se le dio menor importancia en España, donde el mismo Rey se preocupa de mantener ese título de soberanía que hizo conocer bien pronto a la Cancillería pontificia. La idea de conquistar “toda el África” fluye en algunos textos; ya en la Bula de febrero de 1494; más tarde no se recata ante el V Concilio Lateranense (1512-13), donde se hizo decir que la intención y propósito del Rey “siempre ha sido y es de tener guerra con los moros, enemigos de nuestra sancta fe católica y de conquistar toda el África”.

    - En cuanto a las Indias, prontamente representaron papel esencial en la política de Fernando V. Sobre la base de las dos Bulas “Inter coetera” y “Eximiae devotionis”, de 1493, el Sumo Pontífice había atribuido a los Reyes de España la soberanía sobre los territorios indianos. Así, España pudo aplicar su experiencia de pueblo misionero y reconquistador; porque, en efecto, la Reconquista ya había planteado problemas análogos a los de la ocupación indiana.

    El ofrecimiento del Imperio de Oriente

    Si todo lo dicho fuera poco para considerar que en Fernando el Católico está ya prevista la preponderancia española en Europa, como prueba fehaciente ahí está la oferta de la Diadema Oriental.
    La herencia de Miguel Paleólogo se acerca a Fernando, queriendo acudir, sin duda, a los sucesores de quienes ayudaron a Andrónico y tuvieron una política de relaciones tradicionales. Aragón siguió ligado a la vieja Hélade. El emperador Manuel envía al rey Católico una carta para que acuda con numeroso ejército para defenderle a él particularmente y, en general, a todos los cristianos amenazados por la avalancha turca.
    La noticia la trae Zurita, encuadrándola en la tarea que entonces correspondía a España:
    “Tuvieron en este tiempo por muy cierto las gentes que el principal fin e intento del Rey e Reyna de España era que sus armadas y capitanes y gente, que era de la más exercitada en las cosas de la guerra que avía en Europa, se emplease en la expedición contra los infieles, señaladamente en oponerse a resistir la furia y grande pujanza del Gran Turco, por lo que importava passar la guerra a la tierra de los enemigos, y sustentarla en las provincias de Macedonia y Grecia, dando favor a los griegos para que se levantasen y saliesen de la sugeción y tiranía en que estavan, mayormente que por este camino sacavan del peligro en que estava la Isla de Sicilia, y con esto se les ofrecía ocasión de grande acrecentamiento suyo, con soberana gloria de su Corona”.
    No fue pues tan extraño que viniera a España el ofrecimiento: Había vínculos y viejos derechos, y se presentaba una tarea aclamada: la tarea imperial de ser defensores de la Cristiandad y de la Iglesia.

    Cuenta Zurita: “Pensaba Andrés Paleólogo, considerado legítimo heredero y sucesor del Imperio de Constantinopla, exiliado en Roma, que algún día los príncipes cristianos entenderían lo que importaba a toda la Christiandad que se resistiese a las fuerzas del Turco”.
    Pensaba Andrés en cada uno de los Monarcas europeos, y se fijó finalmente en los Reyes Católicos, confiando en que España era la llamada a cumplir ese gran destino. Para más obligarles, deliberó hacerles donación de su derecho”. Todo basado en el título de Duques de Atenas y Neopatria que llevaban nuestros reyes.
    El momento era fascinador y la oportunidad muy tentadora. No podía encontrar Fernando un mejor apoyo jurídico para unir a los títulos morales con que defendía la Causa cristiana. Con la redención de los cristianos oprimidos y el despeje del peligro turco, vendría el imperio a la Casa española.
    Pero Dios no debió quererlo así; sucedieron tales alteraciones y novedades, que el negocio quedó olvidado en el pensamiento de nuestros Reyes.

    Falló entonces España al servicio del orden europeo; y así, la idea imperial bizantina acabará pasando al Gran Principado de Moscovia, a aquel Iván III el Terrible que se había casado con Sofía Paleólogo y es coronado en 1547 tomando el título cesáreo . Moscovia, así, se presentará como la legítima heredera del Imperio bizantino, convirtiéndose en Tercera Roma.

    “Laudes” a los monarcas

    Entretanto, nacen “laudes” a los Monarcas que señalan, con la unidad española, el paso primero hacia la grandeza. Tal el Panegírico de Pedro Marzo, en efecto, cuyo mesianismo en relación con Fernando el Católico tiene notable relieve.
    Nebrija en una “salutatio” de año nuevo y Sobrarias en su panegírico señalan el ambiente.
    Diego de Valera, dedicándole su Doctrinal de Príncipes, le ve “profetizado de muchos siglos acá” como señor de la monarquía de todas las Españas y reformador de la silla imperial.

    Alfonso Ortiz, canónigo toledano, en su Dialogus inter Regem et Reginam de regimine regni sostiene la doctrina de la “translatio imperii”, y, considerando ya alemán el Imperio, reivindica el celtiberismo aislacionista: lo indígena indómito, un elogio del Cid, una confusión entre los Alfonsos del Imperio de León y ...un silencio total sobre el “fecho del Imperio” del Rey Sabio.

    Loor es, a la postre, lo que de Fernando el Católico escribe Maquiavelo: “que podría llamarse casi un Príncipe nuevo, porque, de Rey débil, se ha hecho, por fama y gloria el primero entre los cristianos; y si consideráis sus acciones, las encontraréis todas grandísimas, y alguna, extraordinaria”.
    Y como Maquiavelo, aunque desde otro aspecto y con distinto fervor, vio un siglo más tarde Saavedra y Fajardo en Fernando el ejemplar del Rey en que se encontraban practicados los preceptos de sus Introducciones.
    Asimismo, Gracián hizo del gran político Fernando el Católico el protagonista de su Héroe (1637).
    Fue Fernando, sí, entre sartas de “laudes”, promesa de Emperador.

    (Extraído de Juan Beneyto: "España y el problema de Europa", 1942)
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  2. #2
    Antonio Hernández Pé está desconectado Miembro Respetado
    Fecha de ingreso
    10 mar, 07
    Mensajes
    562
    Post Thanks / Like

    Re: España y el Imperio

    Interesantísima información, Sr. Gothico. Por cierto, hace años que intento encontrar el libro de Beneyto sin éxito por lo que le agradezco mucho la traslación de estas amplias citas al foro.
    Saludos.

  3. #3
    Gothico está desconectado Miembro Respetado
    Fecha de ingreso
    17 abr, 06
    Ubicación
    Madrid
    Mensajes
    952
    Post Thanks / Like

    Re: España y el Imperio

    Carlos V, emperador hispánico

    Francfort, Aquisgrán y Bolonia

    El 13 de marzo de 1516 celebróse en Santa Gúdula de Bruselas una ceremonia impresionante: dos mil ciudadanos acudieron con antorchas. El heraldo de la Orden del Toisón dio el grito: “Don Fernando”, y se contestó con el “Ha muerto” ritual. Se trataba del Rey Fernando el Católico (abuelo de Carlos V) fallecido en España el 23 de enero.

    Entraba así Carlos en nuestra Monarquía. Tres años más tarde, el 28 de junio de 1519, en Francfort, fue elegido Emperador. Nos lo cuentan los cronistas, subrayando la unanimidad, que él mismo iba a expresar en las Cortes de La Coruña: “Bien sabedes cómo yo el Rey,e n concordia de los Príncipes electores fui elegido por Emperador”. Que la unanimidad importaba, y largo tiempo sirve el estricto cumplimiento de los ritos para a firmar la justa elección de Carlos.

    Relata Dormer que el Rey hizo gestiones cerca del Pontífice para que la Corona imperial recayese en su casa: “Movió el Rey desde Zaragoza plática con el Papa León X, para que diese por medio de algún Legado la tercera Corona que llaman de Oro, y es la Imperial, a su abuelo el Emperador Maximiliano, en la ciudad de Trento”. Desde ese episodio, el Pontífice había visto que se trataba de heredar el Imperio.
    Y desde ahí mismo encuentra en Carlos su exacta interpretación la teoría de las tres Coronas, que tan reciamente afirma superaciones y distinciones; el pasaje de Dormer alude a la tercera; en el llamamiento de las Cortes de Santiago y La Coruña a la primera, por que esas Cortes se reúnen para que el Rey vaya a Aquisgrán “a se consagrar e rescibir en ella la primera Corona imperial”, y los cronistas nos cuentan las ceremonias correspondientes.

    De Aquisgrán hay notables relatos, debidos a Sandoval, a Santacruz y a Valdés. En ellos, esta primera coronación tiene un impresionante sentido de vinculación a lo sacro-romano; Carlos es coronado vestido de blanco, como diácono, con las ropas que usó Carlomagno, y varios nobles españoles reciben la Caballería por la espada de Carlomagno. Para Valdés, la coronación de Carlos no solo tiene toda la pompa de los antiguos Césares, sino que la supera.
    La doble coronación de Bolonia le señaló como Rey de Lombardía, (de acuerdo con el protocolo de Monza y en presencia de sus magistrados) y como Emperador: la primera parte tuvo lugar en el Palacio Apostólico, y la segunda en la iglesia de san Petronio.
    Cien años después, Salazar de Mendoza describirá la triple coronación: “El año de 1530 pasó el Emperador a Italia, y el día que cumplió los treinta años de su edad recibió en Bolonia de mano de Clemente VII la Corona de Oro. Dos días antes había recibido la de fierro por el Reyno de Lombardía de los Magistrados de Monza. La de plata por el Reyno de Alemania recibió en Aquisgrán en 1520.
    Con todos esos impulsos juntos, Carlos pasa a la Historia como el protagonista de nuestra más preclara inserción en el Imperio. Tal como lo exaltó Poloen la dedicatoria de la edición veneciana de Alonso de Madrigal.

    Majestad cesárea y católica

    Carlos es el primer Rey de España que se hace llamar normalmente Majestad, habiendo siendo el título habitual el de Señoría, Alteza o Merced.
    Cuenta el cronista Santacruz: “del cual título se escandalizó algo el Reino por decir que este título más convenía a Dios que a hombre terrenal... y después de electo Emperador le ponían “S.C.C.R. Majestad”, que quería decir: “Sacra Cesárea Católica Real Majestad”.
    Carlos se llama Emperador, como se autorizó a su abuelo, aun antes de ser coronado. Penetra así en nuestra Cancillería el título de Emperador Augusto, que se reitera uniéndolo al de Rey de Romanos y de Alemanes. Y cuando la ciudad de Burgos coloca en su Arco de Santa María, junto a los héroes burgaleses, la estatua de Carlos V, lleva éste la más completa titulación que cabe: “Máximo Emperador Romano, Augusto, Gálico, Germánico y Africano, y Rey Invictísimo”.

    Junto al de Emperador reaparece el título de César, que Sandoval relaciona con las Ordenanzas de Gregorio V, del tiempo de Otón, donde se determinaba que el Monarca se llamase Rey de Romanos y se intitulase César después de elegido y hasta que pudiese tomar nombre de Emperador por la confirmación y coronación pontificias.
    Pero el propio Sandoval le llama César mucho más tarde, cuando no sólo era Emperador, sino Victorioso de Alemania, y nada menos que con motivo del Breve que Su Santidad le escribió dándole el parabién por Mulberg y titulándole “Máximo Fortísimo”, renombres, dice Sandoval, “bien merecidos del César”.
    En las Cortes de 1520, llámale el obispo de Badajoz “Magestad Católica, César, Rey y Señor”, penetrando decisivamente la idea de la Majestad Sacra Cesárea y Católica, que se hace ya sigla (=SCCM) en 1537, al encabezar el Cuaderno de Peticiones de las Cortes de Valladolid.

    El sentido del título imperial

    Es, con todo, el típico título imperial el que queda unido al nombre de Carlos; popularmente se le llama el Emperador. “Esto fue el mesmo año que nuestro victorioso Emperador en esta insigne ciudad de Toledo entró y tuvo en ella Cortes...” cuenta el Lazarillo, refiriéndose a las convocadas por Carlos en 1525. Cántanle como tal las plumas de Fernández de Navarrete y de Quevedo - por sólo citar dos, entre cien-; y, en fin, las mismas Cortes, muerto Carlos, se refieren a él como a la Majestad Imperial.

    Se daba, pues, y se sentía el título. ¿Dónde estaba la magia del título imperial?
    Lo que se ve en el Imperio no es ya lo que vieron los siglos anteriores; el XVI no admite la idea romana con la eficacia de la Etnarquía. Precisamente en Alemania todo este periodo aparece ajeno a las versiones romanas.
    Y he ahí lo interesante y los curioso; nos encontramos con una idea imperial de la que se suprime la savia romana. La idea imperial permanece, pero cambia de elemento medular; por obra de los electores se plantea una idea teutónica.
    Para sustituir a lo romano dos cosas acuden: de un lado, la Sangre; de otro, el Caudillo. Revive así la idea política del caudillaje montada sobre un pueblo hecho estirpe; la tesis bullía desde hacía años; Maximiliano pudo ser ya el Caudillo, pero le estorbaban sus alianzas con los Señores. Por ello, toda la esperanza se volcó en Carlos (el triunfo del amor a la patria y la fuerza de la sangre tudesca) que llegaba además en plena juventud, sin que deje de darse el elemento antifrancés.

    Frente a esta versión nueva, tudesca, humanista y casi luterana, vige en otras zonas la tradicional; la que, en tono de latinidad ardorosa, recoge Alfonso de Valdés al describir la coronación de Aquisgrán cual romana apoteosis. Es la versión latina la que trae en su médula el elemento eclesiástico, y a ella se entregará el César, en quien vive la idea del Emperador como defensor de la Cristiandad.

    Pero hay una tercera versión; los españoles no han concebido la elección de Carlos cual inserción en la política curialista, ante la que tenían viejas quejas que exponer, ni tampoco la postura de engancharse a Alemania, y con los españoles, Carlos mismo. Kohler lo ha sabido notar: “Cuando trata de ser nacional, piensa en español”. El españolismo de Carlos representa así, dentro de las raíces tradicionales una posición original: en ella están lo romano de la estructura y lo germánico del instrumento, la tarea ecuménica, y el caudillo y el séquito.

    La idea del Imperio en Carlos V

    Ha llegado a ser un tópico atribuir la influencia del canciller Gattinara la idea que Carlos tuvo de su cargo imperial. Brandi, en su libro Kaiser Karl V, viene a sostener en tesis general la postura de Carlos como portador de conceptos de Edad Media y amarrado a lazos de dinastía, y ahí se enlaza el influjo de Gattinara.
    ...lo que no es negar un cierto influjo: tanto el cultísimo Gattinara como Chievres se habrían presentado a los ojos del muchacho Carlos de manera fascinadora.
    Brandi dice: “Carlos reunirá tierras, da un nuevo aspecto a su Casa, mediante el estilo caballleresco de la corte burgundia y acoge la consciente piedad borgoñona, la mesura española y las tradiciones del antiguo Imperio Romano-Germánico”.

    Sin embargo, algunas de esas ideas resultan pertenecer a los consejeros españoles; el imperio como instrumento de una pax christiana, será una verdadera consigna; sí puede ser influencia de Gattinara el enlace con lo carolingio, enlace que contrasta con la versión alemana y con la propia actitud hispánica; también le es atribuible la ilusión de la Monarquía universal, debido a la afición de Gattinara a Dante.
    Tampoco debe olvidarse a Erasmo; son erasmistas las aspiraciones universalistas de los consejeros y cortesanos de Carlos.

    También actúa Carlos de motu proprio; así redacta la respuesta a Lutero y su discurso en Roma al regreso de Túnez.
    Pisa firme Menéndez Pidal cuando ve el imperio en Carlos pensado por sí mismo, sin dictado de nadie. El Imperio recoge los sentimientos heredados de Isabel la Católica y la aportación de escritores españoles como Valdés, Guevara etc.
    Adviértase que dos de los elementos a los que Carlos concede mayor interés –el mar, camino del Imperio, y la defensa de la Religión, tarea española- proceden de Alfonso X y de los Reyes Católicos.

    Por bajo de tales influjos había efectivamente una construcción tradicional. Carlos piensa en el Imperio como organización jerárquica, y por eso choca con el Rey francés, Francisco; es un ambiente mantenido en un puro sentido de terrena ambición, como lo revela la forma de tratar Francisco a Carlos. Buena prueba de ello era el asunto de Milán; Francisco desconocía las bases de la política imperial, y contra la Jerarquía quiere imponer el “equilibrio”, olvidando que para un territorio feudo del Imperio la paz era tarea del Emperador.
    Carlos por el contrario, tiene una idea firme de lo que es la jerarquía, y así con motivo de la guerra de Alemania no pensó sino en la corrección de la inobediencia de sus vasallos; el Emperador aparecía como jefe jerárquico más que como simple abogado de al Iglesia.


    Lo romano y lo español

    La raíz del propio concepto de Imperio en Carlos arranca de Roma. Lo decía el Obispo de Badajoz en el Discurso de la Corona de las Cortes de la Coruña: “Agora es vuelta a España la gloria de España que años pasados estuvo adormida: dicen los que escribieron en loor della que cuando las otras naciones enviaban tributos a Roma, España enviaba Emperadores: envió a Trajano, a Adriano y Teodosio, de quienes sucedieron Arcadio y Honorio, y agora vino el Imperio a buscar el emperador a España”.

    Para el Obispo de Badajoz, Carlos no es un Rey como los demás: “él sólo en la Tierra es rey de reyes”; dominador de reyes, como Augusto. Su tarea no será, por tanto, una simple tarea de gobierno, sino una tarea ecuménica y católica. Gracias al Imperio, Carlos podrá acometer la empresa “contra los infieles enemigos de nuestra santa Fe”, porque Carlos no aceptó ser Emperador por apetencia de dominio, sino porque Dios lo quiso así.
    “Muerto el Emperador Maximiliano –dice Ruiz de la Mota- digno de ynmortal memoria, ovo gran contienda en la elección del Imperio, y algunos lo procuraron, pero quiso e mandólo Dios que sin contradicion cayese la suerte en Su Magestad, y digo que lo quiso Dios porque yerra, a mi ver, quien piensa que el imperio del mundo se puede alcanzar por consejo, industria ni diligencia humana”. Es más: Carlos lo aceptó “para desviar grandes males de nuestra religión”.

    Por otra parte, hay que recalcar que el Imperio no es el puro Imperio Alemán, en el que España pasaría a provincia. España es centro: considerando –añade el obispo- “que este Reyno es el fundamento, el amparo e la fuerza de los otros”. Y lo destaca en la expresiva manera de quien domina los “laudes”: “El huerto de sus placeres, la fortaleza para defensa, la fuerza para ofender, su thesoro, su espada, su caballo e su silla de reposo y asiento ha de ser España”.
    España es, de esta manera, centro del Imperio. Lo que, bien que naciese proclamación oportunista, fue realidad, al punto de que Carlos, hasta en Yuste, vive y muere en España. Oportunismo bien obligado aquel, porque en la Península no concebían este caso de un Rey que venía a tomar posesión y se marchaba apenas llegado para cumplir deberes con Europa.
    “Esta su partida –insistía el Obispo- no os debe parecer cosa nueva ni extraña, pues no lo es: el Emperador Galba, electo en España, a Roma fue a tomar la Corona; el Emperador Vespasiano, de Hierusalem vino a Roma; el Rey don Alonso (el Sabio) salió del Reyno a rescibir el Imperio que estaba en contienda, que si el Rey D. Alonso de Aragón no saliera de España, la Corona Real no poseyera el Reyno de Nápoles...”
    Carlos acoge lo que el Obispo dice: “Todo lo que el Obispo de Badajoz os ha dicho, lo ha dicho por mi mandado”. Reconocía como propia la doctrina romano-hispánica expuesta por su consejero.

    En Carlos se inserta así la experiencia histórica del ideal imperial; ante todo lo romano, y luego lo español, no tanto en palabras como en obras.
    Carlos recoge los conceptos fundamentales que hemos estudiado como propios de la postura hispánica: la unidad de Alfonso III, la jerarquía de Alfonso VII, la intervención europea y el amor a la mar de Alfonso X, la defensa de la Religión y la vocación africana de los Reyes Católicos.

    (Extraído de Juan Beneyto: "España y el problema de Europa", 1942)
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  4. #4
    Avatar de ALACRAN
    ALACRAN está desconectado "inasequibles al desaliento"
    Fecha de ingreso
    11 nov, 06
    Mensajes
    5,285
    Post Thanks / Like

    Respuesta: España y el Imperio

    Era natural que en España sobrevivieran las ideas del Imperio romano, ambición de enlazar fraternalmente todos los territorios de la después magna Europa y el Mediterráneo. Cuando Carlos entra en la península, los Reyes Católicos han asentado la primera piedra del edificio: la unidad. Y la segunda: el descubrimiento de América. Y la tercera: un estilo espiritual de vida, católico, o sea ecuménico, aunque de signo, lengua y ademán españoles. Carlos encuentra a su llegada esas dos nebulosas que prometen condensarse y forman un mundo apretado definitivo. El Imperio, según la idea española, está en el ambiente.

    Él no pretendía del territorio que en virtud de herencia le caía en suerte, sino sacar de él lo necesario para sus designios centroeuropeos, en vista de las necesidades de la política de su Casa. Es un mozo poco entrado en conocimientos especulativos. Lisa y llanamente él va a arreglárselas con sus flamencos, sus alemanes y, sus cancilleres italianos. A su oído, como única incitación y espuela de acciones, sopla la musa de Mercurino Gatinara, el piamontés. Y esa musa le infunde el propósito de imperar dominando; es decir, lo corriente en los monarcas con apetito de tierras.
    «Tanta fuerza tengo, tanto me asimilo, arrebatándoselo a quien pueda». La codicia como impulso, la absorción como fin. Gatinara y Carlos ven ante si anchas probabilidades de hacer una Monarquía rica, potente y brillante. La libertad y la variedad de los Estados no cuentan. Cuenta llenar los cofres con títulos de propiedad de porciones ajenas fruto de las armas o de la política; de cualquier política, incluso la de Maquiavelo.

    Se le atraviesa a Carlos inmediatamente la idea del Imperio que ha nacido en la España que él desconoce. Un clérigo, el doctor Mota, apenas Carlos pisa La Coruña (1520) y reúne Cortes para solicitar dineros, en su discurso emite esta inesperada tesis:
    «Carlos no es un rey como los demás. El solo en la tierra es rey de reyes, pues recibió de Dios el Imperio. Este Imperio es continuación del antiguo y, como, dicen los que loaron a España (Mota alude a Claudiano), que mientras las otras naciones enviaban a Roma- tributos, España enviaba emperadores, y envió a Trajano, Adriano y Teodosio, igualmente ahora vino el Imperio a buscar el emperador a España y nuestro rey de España es hecho, por la Gracia de Dios, rey de romanos y emperador del mundo. Este Imperio no lo aceptó Carlos para ganar nuevos reinos, pues le sobran los heredados, que son más y mejores que los tiene ningún rey; aceptó el Imperio para cumplir las muy trabajosas obligaciones que implica, para desviar grandes males de la religión cristiana y para acometer ia empresa contra los infieles enemigos de nuestra santa fe católica, en la cual entiende, con la ayuda de Dios, emplear su real persona. Para esta tarea imperial (y aquí viene una manifestación de la mayor importancia) España es el corazón del Imperio; este reino es el fundamento, el amparo y la fuerza de todos los otros; por eso, según Mota anuncia solemnemente, Carlos ha determinado vivir y morir en este reino, en la cual determinación está y estará mientras viviere. El huerto de sus placeres, la fortaleza para defensa, la fuerza para ofender, su tesoro, su espada, ha de ser España.»
    (Copio la transcripción de Mota y los incisos de Menéndez Pidal.)

    De modo que Carlos se halla, con sorpresa suya, incluido en un concepto imperial que ha nacido en España de su romanización, de su criterio sobre lo universal, de los prolegómenos y supuestos implantados por los Reyes Católicos. Y le seduce tanto la idea, que, en efecto, durante cuarenta años empuña la lanza para realizar... lo que España le impone a él para que él lo imponga en el orbe. Que es una reunión de reinos y reyes bajo más alta autoridad, exactamente cumplidora de la resolución individual de ser antes que naciones (reinos particulares, miembros de una comunidad; por ello con obligaciones, derechos y obras comunes a todos (Europa). Lo que no pudo realizar Roma, lo que tampoco alcanzó Carlomagno, lo ha de realizar el Carlos testamentario de los Reyes Católicos y capitán de un ideal de España.

    Ese ecumenismo de Carlos se basa, en lo material, en sus Estados, en efecto extensísimos; en la América que le entrega España; en sus influencias italianas y mediterránicas; en su africanismo; nación trifronte que elige Europa pudiendo haber sido americana solamente, o solamente africana. Y ese ecumenismo se basa (en lo espiritual, moral y politico) en el concepto evangélico de la unidad del género humano, que España defiende ahincadamente y hace triunfar en Trento, y que es cardinal en toda su teoría filosófica.
    El silogismo es así: Cristo es la verdad; la verdad es que somos hermanos; de ello, que debamos vivir unidos; de ello que haya que crear una organización que comprenda a todos; y para respetar los matices, los reinos han de acogerse a la autoridad suprema de un supermonarca, para lo terreno, a un Papa en cuanto religión. La cual, católica, por ser la única verdadera, excluye las herejías, cuñas de cainismo, dispersión y ruptura de la unidad. Como la rebelión contra el Emperante es otro medio de disociar los reinos y crear la confusión, la anarquía, y la debilidad de todos. Así, pues, «un monarca, un Imperio, una espada, una fe, un Papa»: el contenido del soneto de Hernando de Acuña.

    Cuantos sueñan con reunir los pedazos destrozados de la Europa imperial, la de Carlos y Felipe, la de Carlomagno y Roma, deben estudiar la teoría del Imperio según España de Carlos, o tanto la de Carlos de Esgaña. Aquella médula para el organismo no se basaba tanto en los intereses materiales,que van y vienen, predominan o se agostan, sino en lo sustancial: en la creencia religiosa que no pasa ni muda, como es sobrenatural y verdad revelada por Dios. Y, en consecuencia, en una jerarquización en que no se agosta ni destruye nada, ni se priva a la espontaneidad de dar su fruto, pero evita el babelismo, la insolidaridad, las necias rivalidades del amor propio.
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

Información de tema

Usuarios viendo este tema

Actualmente hay 1 usuarios viendo este tema. (0 miembros y 1 visitantes)

Temas similares

  1. Sobre Julius Evola
    Por Ordóñez en el foro Historiografía y Bibliografía
    Respuestas: 2
    Último mensaje: 10/11/2018, 13:42
  2. ¿ Túpac Amaru ?
    Por Ordóñez en el foro Hispanoamérica
    Respuestas: 4
    Último mensaje: 10/05/2017, 05:04
  3. Sancho III "el Mayor", un Rey pamplonés e hispano
    Por Lo ferrer en el foro Biografías
    Respuestas: 7
    Último mensaje: 11/01/2008, 21:33
  4. Spe Salvi
    Por Hyeronimus en el foro Religión
    Respuestas: 3
    Último mensaje: 04/12/2007, 10:40
  5. "Los celtas y el País Vasco" por Pedro Bosch Gimpera.
    Por WESTGOTLANDER en el foro Prehistoria y Protohistoria
    Respuestas: 4
    Último mensaje: 06/06/2005, 15:38

Permisos de publicación

  • No puedes crear nuevos temas
  • No puedes responder temas
  • No puedes subir archivos adjuntos
  • No puedes editar tus mensajes
  •