Política mediterránea de Alfonso V, rey de Aragón (1416-1458)
Si sin Pedro III de Aragón en Sicilia no se concibe Alfonso V en Nápoles, sin Alfonso no cabe pensar en Carlos V. Bien lo iba a decir en su Discurso de la Corona de las Cortes de La Coruña de 1519: “que si el Rey D. Alfonso de Aragón no saliera de España, la Corona Real no poseyera el Reyno de Nápoles con tantos justos títulos como agora los posee”.
Por otra parte, con Alfonso V revive, en realidad, el olvidado sueño de Alfonso el Sabio de poner pie en Italia, tras el Tratado de Soria con los de Pisa y la llamada de los de Padua y Sena.
Alfonso tenía, como su homónimo, una gran vocación marítima. Así la lucha de Alfonso V por Nápoles es, en verdad, la lucha por el Mediterráneo occidental. Alfonso sometió Cerdeña y Córcega. Lucha en el Sur de Francia. Su empeño por estar en Nápoles es tan grande, que desde la prisión tras la derrota de Ponza (1433) se levanta otra vez y no le falla, al fin, la entrada triunfal en Nápoles (1442).
Fernando el Católico y su política exterior
Aun sin poseer el Imperio, Fernando es hombre que actúa como Emperador. Hay algo que “pudiéramos llamar la política imperial de Fernando V”. Así, las diligencias llevadas a cabo cerca de Enrique VIII de Inglaterra en 1494 para que entre con ellos el Rey de Romanos, Venecia y Milán en una Liga para socorrer al Papa, asunto “en el cual el Monarca español se arroga un aire de superioridad, de verdadero director de toda aquella orquesta”.
En relación con el Sumo Pontífice –elemento esencial-, el rey de España es el intermediario que trae las recomendaciones. Por otra parte, la política exterior de Fernando constituye un nuevo tipo de política; en su capacidad de dirigir radica su superioridad.
La unidad de su actuación ya no será propiamente ni castellana ni aragonesa sino española, y se dirigirá en tres vertientes:
- La política de Fernando en Italia tendía a asegurar la influencia española mediante la ayuda pontificia. Aquel atarse y no estar atado, dirigir y no ser dirigido; el éxito le acompaña siempre, sin duda, porque sabe colocar bien los peones. Con ser poderoso su ejército –el primer ejército moderno del mundo-, la diplomacia de Fernando V obra tanto con sus negociaciones como con sus armas, consiguiendo siempre confederarse, como decía Saavedra Fajardo, no para quedar sujeto sino árbitro.
De cara a Francia, formaliza el Pacto de Barcelona (1493), maravilla de diplomacia, en el que con la cláusula de que Carlos VII de Francia no alteraría las Posesiones pontificias, encubría la defensa de Nápoles y aparentaba abandonar sus intereses italianos, a cambio de recuperar el Rosellón y la Cerdeña.
Precisamente de ese pacto arranca el enlace de España con el Imperio-Sacro-Romano-Germánico: Juana, segundogénita de los Reyes Católicos, casó con Felipe, primogénito de los austríacos (1496), mientras que Juan, Infante de España, casa con Margarita (1497). Por el fallecimiento de Juan sin hijos, Juana, Arquiduquesa, queda heredera, y España se liga a la fortuna de la Casa de Austria, destinada a imperar en el Universo.
- El problema de África era no sólo un aspecto de la política mediterránea de don Fernando, sino un esencial problema de seguridad peninsular, ocasionado por la vecindad de un enemigo islámico con largas costas próximas: lo cual importaba para Nápoles, Sicilia, las Canarias, frente a las cuales se levantaron fuertes en Santa Cruz de Mar pequeña. Se ocupan Melilla; Gomera, Orán Trípoli y Bujía. Son vasallos de España Túnez, Argel y Tremecén. La conquista de Trípoli impresionó vivamente, al ser conocida; y la entrada en Bujía llegó a considerarse tan trascendente que, en la misma Italia se aseguraba la alta misión reservada a los españoles.
No se le dio menor importancia en España, donde el mismo Rey se preocupa de mantener ese título de soberanía que hizo conocer bien pronto a la Cancillería pontificia. La idea de conquistar “toda el África” fluye en algunos textos; ya en la Bula de febrero de 1494; más tarde no se recata ante el V Concilio Lateranense (1512-13), donde se hizo decir que la intención y propósito del Rey “siempre ha sido y es de tener guerra con los moros, enemigos de nuestra sancta fe católica y de conquistar toda el África”.
- En cuanto a las Indias, prontamente representaron papel esencial en la política de Fernando V. Sobre la base de las dos Bulas “Inter coetera” y “Eximiae devotionis”, de 1493, el Sumo Pontífice había atribuido a los Reyes de España la soberanía sobre los territorios indianos. Así, España pudo aplicar su experiencia de pueblo misionero y reconquistador; porque, en efecto, la Reconquista ya había planteado problemas análogos a los de la ocupación indiana.
El ofrecimiento del Imperio de Oriente
Si todo lo dicho fuera poco para considerar que en Fernando el Católico está ya prevista la preponderancia española en Europa, como prueba fehaciente ahí está la oferta de la Diadema Oriental.
La herencia de Miguel Paleólogo se acerca a Fernando, queriendo acudir, sin duda, a los sucesores de quienes ayudaron a Andrónico y tuvieron una política de relaciones tradicionales. Aragón siguió ligado a la vieja Hélade. El emperador Manuel envía al rey Católico una carta para que acuda con numeroso ejército para defenderle a él particularmente y, en general, a todos los cristianos amenazados por la avalancha turca.
La noticia la trae Zurita, encuadrándola en la tarea que entonces correspondía a España:
“Tuvieron en este tiempo por muy cierto las gentes que el principal fin e intento del Rey e Reyna de España era que sus armadas y capitanes y gente, que era de la más exercitada en las cosas de la guerra que avía en Europa, se emplease en la expedición contra los infieles, señaladamente en oponerse a resistir la furia y grande pujanza del Gran Turco, por lo que importava passar la guerra a la tierra de los enemigos, y sustentarla en las provincias de Macedonia y Grecia, dando favor a los griegos para que se levantasen y saliesen de la sugeción y tiranía en que estavan, mayormente que por este camino sacavan del peligro en que estava la Isla de Sicilia, y con esto se les ofrecía ocasión de grande acrecentamiento suyo, con soberana gloria de su Corona”.
No fue pues tan extraño que viniera a España el ofrecimiento: Había vínculos y viejos derechos, y se presentaba una tarea aclamada: la tarea imperial de ser defensores de la Cristiandad y de la Iglesia.
Cuenta Zurita: “Pensaba Andrés Paleólogo, considerado legítimo heredero y sucesor del Imperio de Constantinopla, exiliado en Roma, que algún día los príncipes cristianos entenderían lo que importaba a toda la Christiandad que se resistiese a las fuerzas del Turco”.
Pensaba Andrés en cada uno de los Monarcas europeos, y se fijó finalmente en los Reyes Católicos, confiando en que España era la llamada a cumplir ese gran destino. Para más obligarles, deliberó hacerles donación de su derecho”. Todo basado en el título de Duques de Atenas y Neopatria que llevaban nuestros reyes.
El momento era fascinador y la oportunidad muy tentadora. No podía encontrar Fernando un mejor apoyo jurídico para unir a los títulos morales con que defendía la Causa cristiana. Con la redención de los cristianos oprimidos y el despeje del peligro turco, vendría el imperio a la Casa española.
Pero Dios no debió quererlo así; sucedieron tales alteraciones y novedades, que el negocio quedó olvidado en el pensamiento de nuestros Reyes.
Falló entonces España al servicio del orden europeo; y así, la idea imperial bizantina acabará pasando al Gran Principado de Moscovia, a aquel Iván III el Terrible que se había casado con Sofía Paleólogo y es coronado en 1547 tomando el título cesáreo . Moscovia, así, se presentará como la legítima heredera del Imperio bizantino, convirtiéndose en Tercera Roma.
“Laudes” a los monarcas
Entretanto, nacen “laudes” a los Monarcas que señalan, con la unidad española, el paso primero hacia la grandeza. Tal el Panegírico de Pedro Marzo, en efecto, cuyo mesianismo en relación con Fernando el Católico tiene notable relieve.
Nebrija en una “salutatio” de año nuevo y Sobrarias en su panegírico señalan el ambiente.
Diego de Valera, dedicándole su Doctrinal de Príncipes, le ve “profetizado de muchos siglos acá” como señor de la monarquía de todas las Españas y reformador de la silla imperial.
Alfonso Ortiz, canónigo toledano, en su Dialogus inter Regem et Reginam de regimine regni sostiene la doctrina de la “translatio imperii”, y, considerando ya alemán el Imperio, reivindica el celtiberismo aislacionista: lo indígena indómito, un elogio del Cid, una confusión entre los Alfonsos del Imperio de León y ...un silencio total sobre el “fecho del Imperio” del Rey Sabio.
Loor es, a la postre, lo que de Fernando el Católico escribe Maquiavelo: “que podría llamarse casi un Príncipe nuevo, porque, de Rey débil, se ha hecho, por fama y gloria el primero entre los cristianos; y si consideráis sus acciones, las encontraréis todas grandísimas, y alguna, extraordinaria”.
Y como Maquiavelo, aunque desde otro aspecto y con distinto fervor, vio un siglo más tarde Saavedra y Fajardo en Fernando el ejemplar del Rey en que se encontraban practicados los preceptos de sus Introducciones.
Asimismo, Gracián hizo del gran político Fernando el Católico el protagonista de su Héroe (1637).
Fue Fernando, sí, entre sartas de “laudes”, promesa de Emperador.
(Extraído de Juan Beneyto: "España y el problema de Europa", 1942)
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