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Tema: La famosa polémica sobre la ciencia española

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    Re: La famosa polémica sobre la ciencia española

    La Ciencia española y sus detractores

    "Apena el ánimo la persistencia con que arraigan en loa espíritus bajos ó mediocres los prejuicios más faltos de consistencia, á pesar de haber sido cien veces pulverizados. Ahora mismo, con ocasión de haber publicado el notable é ilustrado critico señor Juderías un libro en vindicación de nuestra patria, refutando la leyenda negra, me hubo de doler encontrarme con que un distinguido escritor atacaba al citado autor español para darle la razón al tristemente célebre monsieur Masson, pareciéndole justificadísimo el desprecio con que aquel no sólo insipiente sino estúpido escribidor trató á España en un artículo de la Enciclopedia. Pero no acaba aqui lo deplorable del caso sino que el citado periodista se dá por enterado del mentís que le dio Menéndez y Pelayo al tal detractor y calumniador de España, y no hace el menor caso de sus asertos, mientras acepta como moneda de la mejor ley las sandeces de Draper, Guizot y tutti quanti sobre nuestras cosas han disparatado, sin fijarse en que no pasan de ser un hato de protestantes fanáticos y de envidiosos de lo que, si no somos ya, hemos sido.

    Por rara casualidad al mismo tiempo que aparecía en las columnas de un importante periódico de provincias el caluroso elogio á M. Masson, recordaba otro diario la enérgica refutación hecha por el insigne botánico don Antonio Cavanilles, en París, y en lengua francesa, de las malévolas especiotas del referido Zoilo, el mismo año de 1784 en que aparecieron; obra traducida luego al alemán y al castellano y que merecería sin duda ser reimpresa para conocimiento de tantos Massones redivivos, según la frase de Menéndez, más ó menos conscientes como andan por ahí dándose tono de «intelectuales». Todo esto sin contar con las refutaciones de Denina y Forner, y posteriormente de Picatoste y de Bonilla San Martín.

    Hoy se ha olvidado, con harta justicia, al autor del artículo Espagne en la Nouvelle Encyclopédie, pero por largos años se le tuvo muy presente, y aún, según parece, no ha mucho que una acreditada revista de París incluía el malhadado ataque massonesco entre las causas de la inquina que muchos españoles sienten hacia Francia; cosa en que se equivoca, pues ya sólo algún rezagado libre pensador sabe, y aún de oídas, de M. Masson, holgando por otra parte el supuesto de que ningún español sienta desafecto á Francia.

    Sentados estos precedentes se comprenderá la razón de la alegría que me ha producido ver cómo nos hacen justicia quienes no son españoles, refiriéndome con ello al magnífico trabajo que con el título de “La cultura filosófica en la España medioeval” ha publicado el eminente profesor argentino don José Ingenieros en el «Boletín de la Asociación Española de Socorros mutuos de Buenos Aires».

    En ese artículo, digno de la reputación de su autor, trátase de la cultura romano-visigoda; de la cultura árabe, de la judía; de la catalano-aragonesa y de la castellana, con perfecto conocimiento de la materia y elevado espíritu de justicia. No hemos de seguir á Ingenieros en el desenvolvimiento de su tema, pero sí reproduciremos textualmente su sinopsis:

    «En ningún país europeo, durante la Edad Media—dice,—coexistieron en más íntimo contacto que en España las tres filosofías escolásticas medioevales. La musulmana y la judía fueron esencialmente españolas con Averroes y Maimónides. La cristiana, que en la Patrología había tenido á Isidoro de Sevilla, llegó á contar en Aragón el nombre ilustre de Raimundo Lulio: ninguno tuvo Castilla, que se distinguió principalmente por el cultivo de los géneros literarios.

    »Desde la irrupción de las religiones monoteístas en el mundo pagano hasta la aparición de la escolástica tomista, la península española es la región más interesante para la historia de la filosofía».

    Así habla Ingenieros y no puede, por lo mismo, ser más opuesto su criterio al de Masson, los Guizot y otros ejusdem zarinae según los cuales cabría escribir la Historia Universal de diez siglos, casi sin citar para nada á España.

    Podría pretenderse ahora que con la expulsión de los moros y judíos no quedaba ya ciencia española, pero fue así, á Dios gracias, antes bien puede decirse que á los Reyes Católicos se deben las bases sobre que se levantó luego la cultura nacional; tanta fue la protección que dispensaron al saber, en todas sus manifestaciones.

    No es esta ocasión oportuna para venirse con retahilas de nombres, pero al alcance de cualquiera está el convencerse del admirable progreso realizado en las ciencias desde Fernando é Isabel hasta el final del reinado de Felipe II; y eso en todos los ramos, aunque principalmente desde el punto de vista de sus aplicaciones prácticas, de suma urgencia con el descubrimiento y colonización de América y el incremento de la navegación. Siempre los españoles hemos sido harto realistas.

    Vino la decadencia después de siglo y medio de incomparable esplendor y nadie dejará de reconocer que llegó nuestra cultura científica al más lastimoso estado. Aquella centuria XVII pudo ser gloriosa en las letras y las artes, pero no en el aspecto á que nos referimos; baste recordar lo que refiere en su Vida don Diego de Torres Villarroel para formarse cargo de la abyección á que habia llegado la enseñanza de las ciencias matemáticas y aun de todo linaje de disciplinas, mas, aun asi puede decirse que no había desaparecido en absoluto el espíritu científico, refugiado en las especulaciones de los jurisconsultos y economistas, tan notables estos estos ultimes (como Martínez de la Mata, Sancho de Moncada, Navarrete) que bien puede afirmarse se anticiparon á las teorías de Adam Smith y de los fisiócratas.

    Y en este eclipse secular hacen hincapié los detractores de España para negarnos toda importancia científica. Claro que no tuvimos, ni por asomo, ningún Galileo, ni ningún Newton, pero ¿es que se encuentran esos á la vuelta de cada esquina? Tampoco los tuvieron Francia, ni Holanda, ni Alemania, ni Dinamarca.

    Por suerte no se prolongó más allá de la dinastía austríaca la decadencia del saber español y con el advenimiento de los Borbones resurgieron los estudios científicos y no tardaron en aparecer insignes sabios, en todo orden de conocimientos, esforzándose en ello Felipe V y sus sucesores incluso Carlos IV, ó si se quiere Godoy, hasta llegar á la guerra con Napoleón, en que volvió á quedar interrumpida la labor.

    Y ya desde el restablecimiento de la monarquía legítima en 1814, no se ha vuelto á interrumpir nuestro progreso científico, sin exceptuar el mismo reinado de Fernando VII, no tan completamente negro como se viene pintando, pues algo bueno se hizo, entre lo mucho malo que se registró.

    Puede decirse, sin embargo, que el resurgimiento del saber data del reinado de Isabel II y en este concepto estamos en nuestro derecho mostrándonos satisfechos y orgullosos de lo alcanzado dentro de la esfera exclusivamente científica. A centenares son los nombres de los ilustres matemáticos, naturalistas, médicos, físicos, químicos, geodestas, astrónomos, biólogos que podríamos añadir á los gloriosos de otros tiempos, y más en particular del siglo XVIII, los Jorge Juan, los Ulloa, los Mendoza, los Azara, los Martí y Franqués, los Cavanilles, los Piquer, los Salvá, etc., pero no es éste el lugar más oportuno para ello. En cambio, si lo es para clamar porque se eche prontamente tierra sobre ese prejuicio, que en mal hora están propagando los que menos debieran y por culpa del cual creen muchos que ni hemos tenido sabios, ni los tenemos, y esto es un error crasísimo. Lo que hay es que mientras se trompetea la fama de cualquier farandulero, de cualquier fabricante de mamarrachadas, de cualquier torero, ó politicastro, ú orador charlatanesco se guarda el mayor silencio sobre los hombres insignes que trabajan en sus laboratorios, en sus observatorios, en sus cátedras, en sus excursiones, para que su labor quede recluida en los anales ó las publicaciones de alguna sociedad, oficial ó no.

    No sacaremos á colación muchos nombres para no hacer interminable la lista, pero aparte de Ramón y Cajal, Ferrán y Carracido y algún otro, ¿quién conoce, por ejemplo, fuera de un reducido número de hombres de ciencia, los trabajos de Casiano de Prado, Vilanova, Ibáñez de Ibero, Eduardo Mier, Hernández Pacheco, Fernández Navarro, Castellarnau, Torroja, Augusto Pi y Suñer, Laureano y Salvador Calderón, Torres Quevedo, el P. Cirera, el P. Navas, el P. Barbens, Bolívar, Luis Mariano Vidal, Lorenzo Presas, Almera, Agustín Gibert, Reyes Prósper, y cien más que podríamos continuar citando? ¿quién está, siquiera ligeramente, enterado de lo que hacen nuestros ingenieros geógrafos y topógrafos, nuestro Depósito Hidrográfico, nuestros ingenieros civiles y militares, nuestras sociedades de Historia Natural de Madrid y Barcelona, nuestro Museo de Ciencias Naturales y tantas otras entidades como honran actualmente á España con sus trabajos propios y originales, teniendo que luchar no sólo con la general indiferencia, sino aun con las malévolas suposiciones de los que niegan espíritu científico á la patria de Pedro Juan Núñez, el inventor del nonius, del cual nombre se ha despojado á ese instrumento para llamarle goniómetro; de Pedro Ciruelo, uno de los fundadores de la ciencia matemática en la Sorbona; de Gómez Pereira, precursor de Descartes; de Luis Vives y de Arias Montano, descubridor de la presión atmosférica antes que Torricelli; de Pérez de Oliva, que rastreó, antes que Salva y Campillo, la comunicación telegráfica á distancia por medio de imágenes?

    No se nos venga, pues, hablando de que España no cuenta en el progreso científico. Es una prueba do ignorancia supina el afirmarlo."

    ALFREDO OPISSO (1917)
    Última edición por ALACRAN; 01/04/2022 a las 12:39
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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