«Buenismo demente» por Juan Manuel de Prada para el periódico ABC, artículo publicado el 29/X/2018.
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La atroz muerte de la adolescente Desirée Mariottini nos invita a reflexionar sobre el espinoso asunto de la inmigración. Durante mi más reciente estancia en Italia, tuve ocasión de leer un artículo en La República del psicoanalista Massimo Recalcati, en el que se analizaban (sin la farfolla de tópicos al uso -que si fascista, que si populista, que si patatín, que si patatán- que emplean los botarates sistémicos) las razones del éxito de Matteo Salvini. «La política, lúcida y sin prejuicios, de Salvini -escribía Recalcati- ha conseguido transformar la Liga, antaño un movimiento popular vinculado a un territorio específico, en un auténtico partido nacional. (…) En términos psicoanalíticos, Salvini ha sabido aprovechar la pulsión securitaria que para Freud es la base de toda psicología de masas. La defensa de la identidad propia, el rechazo del extranjero, la prevención contra la amenaza del forastero, antes que xenofobia o racismo es, nos guste o no, una inclinación natural del ser humano. Toda filosofía política que ignore este dato se arriesga a incurrir en un idealismo impotente».
En realidad, no hace falta recurrir a Freud para reconocer esta inclinación natural humana, ligada al puro instinto de supervivencia, que sólo puede ser corregido -con ayuda de la gracia divina- por la virtud de la caridad, que vence el miedo al forastero para auxiliarlo material y espiritualmente. Pero en esta época enferma en que las virtudes cristianas han sido falsificadas, los gobernantes buenistas pretenden que las sociedades dimitan de los instintos que las protegen, admitiendo insensatamente en su seno al forastero del modo más hipócrita concebible, brindándole (miras dura el escrutinio de las cámaras) un auxilio material que es pura fachada y fingiendo que no requiere ningún tipo de auxilio espiritual. Esta retórica buenista, tan vacua como criminal, se halla en realidad al servicio del protervo capitalismo global que, a la vez que fomenta el antinatalismo entre los oriundos de las naciones que desea destruir, se provee de un «ejército de reserva» (permítasenos el empleo de la expresión marxista) que suministre mano de obra cada vez más barata y precaria y, por lo tanto, contribuya a la acumulación del capital. Y todo ello, mientras se reduce definitivamente a escombros la identidad cristiana de las naciones destruidas. Pues no debemos olvidar que detrás de toda cuestión política subyace siempre una razón teológica.
El artículo que citábamos al comienzo del artículo lo leímos en la estación de autobuses de Viterbo, por la que merodeaban decenas de africanos, todos ellos residentes ilegales, que vendían droga a los adolescentes o se subían a los autobuses, en algunos casos para emplearse (de forma también ilegal) en los oficios más duros, en la mayoría para seguir con su trapicheo por los pueblos de la Tuscia. En la estación de Viterbo asistí en cierta ocasión a escenas desgarradoras, protagonizadas por muchachas que podrían haberse llamado Desirée Mariottini y acababan yéndose con un grupo de negros a la fronda de un parque próximo. En los autobuses regionales de Viterbo ya apenas viajaban viterbeses, por temor a verse envueltos en algún altercado con los africanos, por temor a contraer alguna enfermedad o padecer alguna infestación.
A principios de septiembre, coincidiendo con la celebración de Santa Rosa, Salvini visitó Viterbo, donde fue acogido por los lugareños con vítores y aplausos, como si fuese un héroe salvador. Es la consecuencia inevitable de un buenismo demente que ignora las nociones antropológicas más elementales y practica un simulacro hipócrita de caridad, mientras sirve los intereses del capitalismo global.
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