Tus obras, Tomás no son
ni buscadas ni leídas, -
ni tendrán estimación,
aunque sean prohibidas
por la Santa Inquisición...
Félix María SAMANIEGO
TOMAS DE IRIARTE : «FABULAS LITERARIAS EN VERSO CASTELLANO»
Tomás de Iriarte, de breve existencia (1750-1791) pertenece al siglo XVIII del neoclasicismo: contactos europeos lo tradicional español acaba; y se impone corno en Europa entera, el gusto por lo francés y sus inflexibles normas; el teatro (García de la Huerta o Leandro Fernández Moratín…) se somete a las tres ineludibles unidades dramáticas.
Tomás de Iriarte traduce a Voltaire, a Moliére, a Fontenelle; no a Boileau; pero sí la horaciana Epistola ad Pisones, que causa revuelo de censuras y elogios; la época es, literalmente, de discusiones, diatribas mordaces, encomios y ataques; Tomás de Iriarte —canario, nacido en Santa Cruz de Tenerife— se formaba en Humanidades de la mano de uno de sus hermanos —religioso— y de su tío Juan de Iriarte preceptor en nobles casas, erudito y poeta.
Tomás de Iriarte comenzaba por trabajos eruditos; ni tal dedicación, ni, propiamente, la poesía, ni las obras de teatro (“El señorito mimado” “La señorita malcriada”...) darían relumbre a su personalidad literaria; para la posteridad, lo que cuenta de Iriarte son las «Fábulas literarias en verso castellano»; buena parte de lo que escribe causa polémica, o le da disgusto: como su égloga “La felicidad de la vida del campo”, tema propuesto por la Academia de la Lengua para un concurso, en el que obtiene el premio, con gran contrariedad de Iriarte, el entonces joven poeta Meléndez Valdés. Iriarte —muy siglo XVIII, como se deja apuntado— en la polémica entre lo tradicional, lo «castizo» y lo europeo, opta por lo último: sí a Moratín (padre), no al gran sainetero don Ramón de la Cruz.
La publicación de las «Fábulas literarias en verso castellano» —con encubiertas referencias a escritores de su tiempo— causan también revuelo importante; unos y otros se ceban con él; la pulla de Samaniego, con que se encabezan estas notas, tiene doble dardo en cuanto alude a la Inquisición, Tribunal con el que Iriarte tuvo sus buenos problemas, que no llegan a mayores por su excelente situación política; sobre el particular se trata, con el ardor que caracteriza la obra, en la «Historia de los heterodoxos españoles»; dice Menéndez y Pelayo que “por los altos empleos y el favor notorio que Iriarte y sus hermanos disfrutaban en la Corte, se hizo noche alrededor del proceso”; la pieza de convicción, lo que don Marcelino Menéndez y Pelayo llama «el «cuerpo del delito», es una fábula titulada «La barca de Simón» (la de San Pedro), «la poesía heterodoxa —dice don Marcelino— más antigua que yo conozco en lengua castellana”.
Las fábulas de Iriarte las conoce todo el mundo; representativa de su absoluta adhesión al criterio de que “sin reglas de arte, el que en algo acierta, acierta por casualidad”, es la tan repetida de «El burro flautista», la del asno que encuentra, por el prado, una flauta y se pone a tocarla:
… Y sonó la flauta
por casualidad
versos que, de tan repetidos, han cobrado, con el tiempo, categoría proverbial. La moraleja, con su correspondiente alusión, termina, como el género manda, la fábula:
... Sin reglas del arte
borriquitos hay
que una vez aciertan
por casualidad...
De entre su quehacer poético, reproducimos una breve y deliciosa muestra, no muy conocida, —así lo pensamos—; esta octava real, levemente amatoria:
Definición del mal que llaman esplin
(en inglés “spleen”)
Es el esplin, señora, una dolencia
que de Inglaterra dicen que nos vino;
es mal humor, manía, displicencia,
es amar la aflicción, perder el tino,
aborrecer un hombre su existencia,
renegar de su genio y su destino,
y es, en fin, para hablarte sin rodeo,
aquello que me da si no te veo.
José CRUSET
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