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Tema: Carlismo y separatismo (Elias de Tejada)

  1. #1
    Martin Ant está desconectado Miembro Respetado
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    Carlismo y separatismo (Elias de Tejada)

    Artículo interesante de Francisco Elías de Tejada. A excepción de sus afirmaciones categóricas sobre el absolutismo, que habría que matizar en cuanto al alcance real y verdadero de sus efectos negativos (que, aunque existentes, no son tan grandes y/o decisivos tal y como han puesto de relieve las revisiones de Federico Suárez Verdeguer y las obras de sus numerosos discípulos sobre esta etapa histórica de la Monarquía Española), creo que merecía la pena colgar este artículo, que no se ve afectado en su esencia por la precaución o advertencia accidental antes señalada.


    CARLISMO Y SEPARATISMO


    Por Francisco ELÍAS DE TEJADA


    Con el papanatismo europeizante, que es gala mayor de quienes gustan de sentar entre nosotros plaza egregia de «intelectuales», está asomando por el horizonte de la moda política el que ya definen «problema del regionalismo». Como aquí llevamos casi tres siglos de copistas segundones y serviles, no es de extrañar que después del federalismo de Bonn y de las propuestas del general De Gaulle para el referéndum francés del 27 de abril, nuestros doctos «á la page» empiecen a pensar en la conveniencia de regionalizar lo que de las Españas queda en este rincón de Occidente. Y llegaremos a ver cómo cada día, con creciente estruendo, nos irán atronando los oídos con las propuestas más variadas, vengan o no a contrapelo de la realidad española; canonizadas por plausibles desde el punto en que copien fórmulas extrañas. Que es así como se viene pensando en política entre nosotros desde el triste recodo histórico del funesto 1700.

    Adelantándonos al inevitable confusionismo de estos ajustadores a la fuerza de nuestra realidad a las extrañas realidades, parece que los carlistas debiéramos decir algo en tales temas, en los que la serenidad de una historia inmaculada de españolía heroica ha servido la pasión por continuar de veras la propia trayectoria histórica, interrumpida por el absolutismo del siglo XVIII y por su heredero, el liberalismo del siglo XIX: esto es, por los dos enemigos seculares que con tanta aspereza combatimos.

    Porque resulta fácil profecía que incluso en estos temas se nos verá negada la sal y la pimienta de la opinión. Ya he oído hablar de que es preciso sustituir a la historia por la economía y necesario hablar de regionalismo de núcleos industriales o agrarios mejor que de comarcas acuñadas por la historia. Poco a poco se nos irá calumniando de enamorados desenterradores de un ayer imposible, ajenos a las circunstancias de la hora. A la postre va a resultar todavía que los únicos que nada entienden de regionalismo somos nosotros, precisamente los carlistas. La técnica suplantará a la historia viva y arrumbaremos la Tradición para sustituirla con tablas de estadísticas encauzadas en planes de desarrollo.

    Los datos físicos, la geografía o la economía, la raza o los cuadros de productividad, vendrán a ser para estos técnicos desarraigados el frío aparato con que intentarán colocarse al ritmo de las modas extranjeras, olvidando la sustancia viva de las Españas tradicionales. Brotarán comarcas en nuevas artificiales primaveras al compás del tractor o de la fábrica, y en el acabamiento del absurdo proceso mimético, querremos reedificar una España con arreglo a los planes formados en un laboratorio de mesas metálicas y grandes ventanales de cristal.

    La quiebra estará en que padecemos el cáncer del separatismo, y que los separatismos nacieron precisamente de aplicar a las candentes temáticas regionalistas parejos criterios ahistóricos a los que sueñan emplear nuestros técnicos en su afán de reordenar la Patria con cabal copia de las nuevas modas europeas en boga. Ciegos para entender lo que el Tradicionalismo es y para captar la eficacia única del concepto de la Tradición política, van a enfrentarse con la trágica mentira de los separatismos empleando armas sacadas del mismo arsenal lógico que las usadas por quienes han ennegrecido nuestra piel de toro. Con lo cual, el nivel de los errores con los que se enfrentan, apenas si conseguirán envenenar las cuestiones en vez de resolverlas; si es que no apoyan con sus yerros los yerros que pretenden combatir.

    Porque los nacionalismos regionalistas son la consecuencia de dos cosas: de una desazón psicológica y de un positivismo ideológico.

    La desazón psicológica apareció cuando la derrota del Carlismo hizo presentar como sola manera de defender las personalidades regionales, separar la causa foral (que era variedad) de la causa de la legitimidad monárquica (que era la unidad precisa). Con lo que se rompió el maravilloso equilibrio de las Españas verdaderas y las energías de la dispersión aspiraron a quebrar la unidad española desde el momento en que dejaron de frenarlas las fuerzas de la cohesión de la realeza.

    El positivismo ideológico nació cuando fue preciso dar raíz a semejantes posturas destructoras. Ayudó la moda sutil del tiempo y ayudó la negación de la historia de las doctrinas liberales. Buscóse construir las realidades políticas regionales fuera de la historia, apelando a los criterios inmediatos de la raza o de la geografía, asumidos de un modo directo y no tomados a través de su influjo en la historia, de la cual se quiso renegar. Fue la hora de la raza «baska» o de «los hechos diferenciales catalanes», donde se acoge a los datos físicos en su eficacia inmediata, sin ponderarlos en su dimensión histórica de repercusiones seculares.

    Pudimos los carlistas ser en una pieza españolísimos y regionalistas porque nunca caímos en equívocos tales. Afirmamos la plenitud de la historia política y la recogimos en su realidad perfecta, sin despeñarnos en el positivismo que desdeña la tradición que es historia acumulada, ni romper el equilibrio justo que sujeta la variedad fecunda a la unidad de la realeza.

    Fueros y Monarquía eran los dos pilares en los que asentamos sólidamente la vigencia de una Tradición que quisimos continuar a la española, sin copiar las sucesivas modas europeas de absolutismos y de liberalismos. Por eso pudimos pensar, coincidiendo en ello con cierta aguda mente también españolísima, que los nacionalismos son una estupidez. Dios quiera que la hora presente del afán europeizante no nos haga renegar de nuevo de la Tradición y tropecemos en esa otra estupidez en boga que es sacrificar la Historia viva en los altares de la Técnica quimérica.


    Fuente: Portavoz del Círculo Cultural Vázquez de Mella. Madrid, agosto-septiembre de 1969. Número 3. Página 16.
    Hyeronimus y Mefistofeles dieron el Víctor.

  2. #2
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    Re: Carlismo y separatismo (Elias de Tejada)

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    Autonomismos y separatismos demenciales


    Por Rafael Gambra



    La serie interminable de reivindicaciones autonomistas y nacionalistas que estamos hoy viviendo en nuestra Patria pasará a la historia:

    —Bien como la disolución última y anárquica de España.

    —Bien como un período de enajenación colectiva, debido en gran parte a la completa falta de criterio y de autoridad en todos los niveles.

    Otra alternativa no cabe.

    Días atrás leía una reivindicación autonómica de «Cantabria», es decir, de la Montaña santanderina. Jamás se supo que tal comarca de Castilla formase una entidad política, autónoma, como tampoco «Vasconia» en cuanto tal, que sólo ha constituido provincias forales de Castilla, ajenas en su origen y en sus límites a la realidad lingüística vascongada. Hasta la comarca de Jaca pone hoy en sus carreteras unos curiosos letreros: «Está usted en la Jacetania». Cántabros, vascones y jacetanos son nombres de la España prerromana, más de la prehistoria o de la arqueología que de la historia. ¿Por qué no reivindicar también la autonomía de ilergetes, turdetanos, etc.?

    Se nos habla también hoy de una Andalucía autónoma, cuando nadie le conoció otra personalidad política —o más bien administrativa— que la Bética, como provincia del Imperio Romano. Y de una autonomía de los «guanches». ¿Por qué no del reino de Tartessos o de las colonias fenicias?

    Y del «reino de Murcia», que fue reino moro, conquistado por Castilla. Y no digamos de meras comarcas naturales o agrarias como Rioja o la Mancha, o de zonas de reconquista como Extremadura, que jamás tuvieron entidad política... Si nos metiéramos en una liquidación definitiva a reconocer y deslindar todas estas autonomías, serían más las zonas superpuestas que las exentas, y los reinos de taifas y sus luchas parecerían una broma al lado de lo que vendría.

    Para dar un cauce a las reivindicaciones regionales o autonómicas —y aún más para crear un Ministerio de Relaciones con las Regiones (!)— es preciso establecer antes un planteamiento regional que nos diga qué son y cuáles son esas regiones y qué niveles de autonomía caben. Y esto sólo puede hallarse en la historia y en el derecho, no en las «ideaciones» particulares de los Sabinos Arana o en los caprichos y medros de las «medias tintas» provinciales o de partido político.

    El planteamiento regional, en lo que puede tener de legítimo y viable, es en España muy concreto, y se llama foral. Se sitúa en la historia, no en la prehistoria, ni en la historia-ficción. Se trataría, concretamente, de los reinos que a lo largo de la Reconquista cristiana y en los albores de la Edad Moderna formaron —sin renunciar a su personalidad y patrimonio histórico— esto que llamamos España. La entidad jurídica de cada reino, principado, condado o señorío se conservó mientras duró el Antiguo Régimen, es decir, hasta 1833, bien entrado el siglo pasado. Nuestros reyes no se titularon de España, sino de Castilla y Aragón, de Navarra, señores de Vizcaya, etcétera. Sólo por brevedad se titulaban a veces «de las Españas». Y nuestro escudo nacional —como puede verse en cualquier moneda— se forma de los cuatro reinos peninsulares (Castilla, León, Aragón y Navarra) a los que se añadió hasta su separación el quinto reino español de la Reconquista, Portugal.

    La unión bajo una misma corona de Castilla y León data de la Edad Media; la de la corona de Aragón, Navarra y Portugal se realizó en los siglos XV-XVI. Dentro de estos reinos subsistieron también más remotas incorporaciones, con sus foralidades jurídicas y políticas: en León, el reino de Galicia y el principado de Asturias; en Castilla, las provincias forales llamadas Vascongadas; en la corona de Aragón, el principado de Cataluña, el reino de Valencia y el de Mallorca, etcétera. Y en todos ellos los fueros municipales y comarcales de diverso origen y alcance.

    Sobre este planteamiento cabe —siempre dentro de una prudencia política— una reivindicación y una reconstrucción foral o patrimonial-histórica. Todo lo demás es literatura anárquica, capricho personal, ganas de «armarla» y de llamar a los podencos, que están ahí, infiltrados en la disputa interminable, y que se llama exactamente marxismo-leninismo. Ellos no saben, por principio, ni de fueros, ni de historia, ni de derecho, ni de regiones ni de naciones.

    * * *

    La misma necesidad de un previo y fundamental planteamiento requiere la vida de una comunidad política en orden a las demás reivindicaciones de libertades de carácter no territorial sino moral o de costumbres.

    Ese planteamiento estaba representado en España (y en toda la cristiandad) por la unidad religiosa y por la confesionalidad católica del Estado.

    Muchos que han dado por buena la «libertad religiosa» (pérdida de la unidad católica) y aun la aconfesionalidad o neutralidad religiosa del Estado se echan las manos a la cabeza cuando oyen proponer la legalización del divorcio, del aborto, de la eutanasia, de la homosexualidad, del nudismo, de la pornografía, de las drogas, de las prácticas ocultistas, de los cultos satánicos, etcétera.

    ¿En qué razón apoyan su negativa y su escándalo? Si no existe otra norma que la voluntad general, y es deseo de grupos o partidos tan aceptables como los demás...

    Si Dios no existe o no es reconocido —se ha dicho con razón— todo es entonces posible. Y es de Sartre esta frase: «La Revolución del siglo XIX suprimió de Dios muy poca cosa: sólo su existencia; pero dejó intactas, como colgadas de sí mismas, las normas morales, el llamado derecho o la moral «naturales». Es preciso afirmar que eliminado Dios, todo lo demás cae por su base, y, en un universo sin normas ni signos, debemos hacernos incinerar tras una vida de alegría.»


    «El Pensamiento Navarro»

    (9-IX-77)


    Visto en: FUERZA NUEVA. Número 561. 8 de Octubre de 1977. Página 34

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