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Tema: La tendencia a la papolatría

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    La tendencia a la papolatría

    En estos tiempos presentes tan revueltos y confusos se han ido generando dos corrientes opuestas, una de escándalo a causa de las ocurrencias del Papa actual, y otra de simpatía hacia él por parte de gentes que les parece que la Iglesia se ha adaptado a los tiempos actuales. Es decir, que creen que la Iglesia es el Papa y no caen en la cuenta que la Iglesia es de Cristo, el cual "delegó" en Pedro y sus sucesores, el cuidado de la grey encomendando que se predicase el Evangelio, que es inmutable, invariable, y el Papa en sí mismo no es la Iglesia, insisto es la de Cristo y de la que todos los bautizados formamos parte, la que ha de adaptarse a la sociedad de cada tiempo, sino dicha sociedad a la Iglesia. Pero esa sociedad, hoy pagana, atea y materialista, no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo, y mucho menos con su Evangelio. Así pues, esos católicos de conveniencia, que encuentran así que sus conciencias se sienten cómodas con las ocurrencias que salen de El Vaticano o de otras instancias (véase la situación de la Iglesia "EN" Alemania, la Iglesia es UNIVERSAL, por tanto no es "DE", o las extravagancias sobre idolillos de barro o madera y el dogmatismo ecologista, entre otras barbaridades que no están en parte alguna de lo que debemos creer los católicos), parecen no entender que todo ello es piedra de escándalo continuo. La misión de la Iglesia no cambia, ni puede cambiar, como no lo hace el amor de la madre por su hijo (hablo de madres, madres, no de entes desnaturalizados), o de la tendencia natural hacia lo bello y sublime en el espíritu humano, aunque hoy el reino de Sauron y sus orcos lo hayan invadido todo, pero los orcos tienen la característica de no ser humanos. Por tanto, esos católicos papolatristas más bien deberían repasar los Evangelios, no interpretarlos a su gusto, y aprenderse de memoria el Catecismo de la Santa Madre Iglesia. Y para entender cuál es la posición de los Papas viene muy al caso este artículo que se reproduce a continuación. Porque seamos claros, yo creo en Dios, en Cristo y el Espíritu Santo, así como en la Inmaculada Concepción de María, en su misión corredentora, en que ella nos lleva al Hijo, pero no creo en los Papas como hombres que son pues la fe es un don de Dios para creer en Él aunque no se le vea con los ojos, confío en ellos y su rectitud acorde con las enseñanzas y mandatos de Jesucristo, y por eso espero de ellos luz, amparo, compasión y guía, no un permanente escándalo.



    El dilema de la papolatría.



    ALONSO PINTO MOLINA

    2 JULIO 2021



    Es infalible: cada vez que un católico critica unas palabras del Papa Francisco o alguna de sus actuaciones, una manada de teologastros se tira de los cabellos y pone en duda el catolicismo de la persona en cuestión. No pueden comprender que alguien que se declara católico crea que un Papa comete errores, y en vez de profundizar en sus estudios sobre la naturaleza, el carácter y los atributos del magisterio petrino, prefieren lanzar sus acusaciones y volver a replegarse después en su ignorancia. Uno no se sorprende al escuchar esta respuesta de los no católicos, que en sus prejuicios tienen una idea exagerada y caricaturizada del acatamiento debido al Papa. Los países protestantes, sin ir más lejos, siempre se esforzaron por mantener en la imaginación colectiva la idea de que el Papa era un ser despótico, opresor y arbitrario, cuya autoridad no dejaba lugar a la conciencia de los fieles y anulaba cualquier tipo de criterio personal. Con este espantajo mantenían a sus ciudadanos alejados del catolicismo, y durante siglos el prejuicio nacional triunfó sobre la realidad.


    Lo que sorprende más, lo que entristece, es que sean algunos católicos quienes hoy en día mantienen esta misma idea protestante, y atribuyen al Papa una condición que el catolicismo jamás ha reivindicado para él. Como esta equivocación tiene su origen en la confusión entre infalibilidad e inerrabilidad, conviene comenzar aclararando ambos conceptos para deshacer el malentendido.



    Quizás «infalibilidad» es una palabra a la que la gente está más habituada que a su parónimo, la inerrabilidad, pero no por ello existe una mayor comprensión de su significado y alcance. El dogma de la infalibilidad papal, como todo dogma, está aclarado de tal manera que no quede duda sobre lo que hay que creer. La definición dogmática aprobada por el Concilio Ecuménico I, y promulgada por Pío IX, declara en términos expresos e inequívocos que el Romano Pontífice es infalible cuando «habla ex cathedra, esto es, cuando ejerciendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, en virtud de su Suprema Autoridad Apostólica, define una doctrina de Fe o Costumbres y enseña que debe ser sostenida por toda la Iglesia». Juan Pablo II, en Audiencia General (miércoles, 24 de marzo de 1993) habla extendidamente sobre la infalibilidad pontificia, y sintetiza los textos conciliares apuntando que, para ejercer este derecho, el Papa debe actuar «pronunciándose sobre verdades de fe y costumbres, con términos que manifiesten claramente su intención de definir una determinada verdad y exigir la adhesión definitiva a la misma por parte de todos los cristianos». El punto 891 del Catecismo no es menos preciso a la hora de definir este dogma, y es realmente una paráfrasis de la definición conciliar.



    Ateniéndonos a ella, comprobamos que la mayoría de Papas posteriores a esta definición han acabado su pontificado sin hacer ninguna declaración ex cathedra, lo que pone de manifiesto la importancia y a la vez la excepcionalidad del uso de este dogma. Para ser precisos, sólo el Papa Pío XII ha usado de este poder extraordinario, cuando en 1950 definió la Asunción de María.


    La inerrabilidad o inerrancia, por su parte, es la incapacidad para errar en cualquier circunstancia, tiempo y lugar, de modo que puede decirse que es una infalibilidad incesante y no limitada a casos extraordinarios. La facultad de no errar que la infalibilidad posee en casos excepcionales, la inerrabilidad la detenta comúnmente, y es esta infalibilidad sacada de quicio, fuera de su lugar legítimo, la que algunos atribuyen erróneamente al papado. Jamás la Iglesia católica ha sostenido ni defendido esta condición como atributo magisterial de los Papas, y es tan desacertado atribuírsela como desacertado es no atribuirle la infalibilidad.



    Podría todavía hacerse una tercera distinción y hablar de la impecabilidad, pero su diferencia con la inerrancia es tan sólo de grado. Siendo el pecado un error consciente contra la ley divina, se decuce claramente que todo el que peca erra aunque no todo el que erra peca, al menos necesariamente de forma simultanea. La Iglesia sólo reconoce la impecabilidad humano-divina de Jesucristo, y la exclusivamente humana de la Vírgen María. Los Papas están sujetos al pecado como todo hombre, y así como su naturaleza es errable, también es susceptible de pecado cuando ese error entra en la categoría de la transgresión de una ley divina.



    Una vez hechas estas distinciones elementales de forma sumaria, será más sencillo proseguir. Recientemente he opinado que el Papa Francisco es uno de los peores Papas de la historia de la Iglesia católica, lo cual ha provocado todo tipo de reacciones adversas y acusaciones contra mí, si bien es cierto que han provenido siempre de una corriente muy concreta cuyo objetivo es hoy cohonestar los pecados de naturaleza sexual. Si yo hubiera dicho que Alejandro VI era uno de los peores Papas de la historia, mi criterio habría sido acogido con indiferencia; si lo hubiera dicho refiriéndome a Julio II, apenas hubiera provocado bostezos.


    Ahora bien; para los teologastros a los que me refiero, es intolerable decir de un Papa vivo lo que se dice de uno muerto, al menos siempre que ese Papa vivo sea ambiguamente favorable a su error. Pero, ¿qué razón hay para creer que sea más grave sostener que un Papa vivo se ha equivocado, que el sostenerlo de un Papa muerto, siempre y cuando no estemos hablando de una declaración donde se dan las condiciones de la infalibilidad pontificia? Ninguna, ciertamente.


    Siendo los Papas capaces de errar y de pecar, y habiendo 266 que han presidido la Cátedra de San Pedro, es indudable que el mayor o menor número de errores y pecados cometidos y llegados a nuestro conocimiento por cada uno de ellos, nos harán apreciar en mayor o menor medida a unos que a otros, y opinar que unos han sido mejores y otros peores. Sobre algunos tiene que recaer el menor aprecio y nuestra consideración de que se encuentran entre los Papas más deficientes, sin que por ello se ponga en duda el plan de la Providencia, pues es bien sabido que la perfección de los designios de Dios no implica la perfección de los instrumentos que utiliza para llevarlos a cabo. Por lo tanto, siendo inevitable que alguien que estudia la historia eclesiástica se forme un juicio sobre cada Papa en particular y que haga una clasificación más o menos exhaustiva de los peores, en nada agravará el hecho la eventualidad de que uno de ellos sea el Papa vigente.


    Supongamos que excluyo al Papa Francisco de esa lista de los peores Papas de la historia, y que incluyo en su lugar a Eugenio II. ¿Por qué estaría demostrando un mayor respeto por el papado? Supongamos que no expreso mi criterio, y que sólo lo pienso, ¿dejarían de existir por ello esos Papas y sus errores y pecados particulares?


    Es sabido que Julio II cometió un error grave al permitir la venta de indulgencias. Que los pérfidos reformadores tomaran este error como una de las excusas para su herejía en nada disminuye la gravedad del error de ese Papa, pues el hecho de que algunos errores eclesiales fueran reales, así como no justifica el cisma, tampoco disculpa esos errores. El hecho de que el protestantismo sea una de las peores cosas que le ha pasado al mundo es independiente del hecho de que algunos errores que le sirvieron de pretexto para expandirse fueran reales, pues el protestantismo no fue perjudicial por señalar esos errores concretos, sino por separarse de la Iglesia para combatirlos, aparte de añadir otros errores teológicos.


    También Pío VII se equivocó al bendecir a Napoleón en su coronación, por más que las circunstacias fueran excepcionales y complicadas. Alejandro VI, por su parte, cometió varios pecados, entre los que se encuentra el reiterado incumplimiento del celibato. Sergio III no fue mucho más virtuoso; el cardenal e historiador Baronio lo define como «un desgraciado, digno de la cuerda y del fuego». El Papa Juan XII, que algunos consideran hijo ilegítimo de Sergio III, fue conocido como "El Papa fornicario", y Liutprando de Cremona, en su Antapodosis, dice de él lo siguiente: "testificaron sobre su adulterio, que no vieron con sus propios ojos. Sin embargo, sabían con certeza que él había fornicado con la viuda de Rainiero, con Estefanía la concubina de su padre, con la viuda Ana, y con su propia sobrina, y él hizo del palacio sagrado una casa de meretrices".


    Como ejemplo de errores papales también puede mencionarse el caso de Juan XXII, quien tuvo que retractarse después de que una comisión investigara y se opusiera a su idea de que las almas de los justos no ascenderían al Cielo hasta el Día del Juicio Final, algo que su sucesor, Benedicto XII, negaría en su Constitución Benedictus Deus en 1336.

    Si he traído estos ejemplos es para combatir el error de la papolatría, y sobre todo para aclarar a través de precedentes que los Papas no son impecables ni inerrables. Si tuviera que combatir el error opuesto, y responder a quienes ponen en duda la figura del Papa como tal o niegan la incomparable influencia benéfica del papado en todo el mundo, propondría los ejemplos, infinitamente más numerosos, de los Papas virtuosos, íntegros, honrados, justos o incluso santos que ha habido en la historia de la Iglesia católica.

    A la luz de lo expuesto, se entenderá que mi crítica a los errores particulares del Papa Francisco, y mi consideración de que es uno de los peores Papas de la historia (no el peor, pero todavía no ha acabado su pontificado), no pueden lícita y racionalmente inducir a ningún tipo de acusación contra la integridad de mi ortodoxia. ¿Fue menos católico Dante por criticar a algunos Papas y condenarlos ficticiamente al Infierno y al Purgatorio? ¿Lo fueron menos Pascal, san Cipriano, san Atanasio, por mantener polémicas con los Papas de su tiempo?

    La ocasión (que no el motivo único o principal) que me arrancó esa declaración fue la carta del Papa Francisco al padre James Martin, quien en repetidas ocasiones ha demostrado no practicar la atención pastoral que se exige para los casos de personas homosexuales, a quienes el Catecismo manda acoger con respeto, compasión y delicadeza, sin por ello dejar de aclarar que los actos homosexuales son intrínsicamente desordenados, y que las personas que presentan tales tendencias están llamadas a la castidad.

    Me parece un error que el Papa Francisco, conociendo las declaraciones públicas y escandalosas del padre James Martin, no sólo no haya aprovechado para indicarle su error, sino que haya redactado una carta en términos ambiguos y que favorecen, por el contexto, la conducta reprobable del activista. Yo no veo señales de una declaración de carácter infalible por ninguna parte, y por lo tanto tengo toda la legitimidad católica para pensar y decir que es un error. Si la carta hubiera empezado de esta manera: «definimos, afirmamos y pronunciamos que todo lo que contiene esta carta, sea cual sea su sentido, debe ser creído por todo fiel», o si hubiera acabado diciendo: «por lo tanto, todo aquel al que lo le guste esta carta, sea anatema», la cuestión sería muy diferente.


    Pero mientras esa carta, su afirmación de que un Estado debe ser laico, su negación del milagro de la multiplicación de los panes y los peces; mientras los sucesos relacionados con la diosa Pachamama, su idea de "espiritualidad ecológica", su teoría de que Dios no condena; mientras éstas y otras tantas extravagancias no vengan precedidas o selladas por las fórmulas oportunas de la infalibilidad pontificia, seguiremos criticándolas hoy como lo haríamos si esos errores hubieran sido defendidos o protagonizados en un pasado lejano.


    El propio Papa Francisco ha reconocido que comete errores y peca. Quienes me acusan por decir eso mismo, o bien están de acuerdo con la confesión del Papa Francisco y creen como él que se equivoca, y entonces no tienen motivo para acusarme, o bien creen que se ha equivocado al decir que comete errores, y entonces creen como yo que se equivoca. Acorralados por este silogismo cornuto, que no les permite esquivar una cornamenta sino para caer en la otra, invito a mis acusadores a resolver el dilema antes de volver a sus injurias. En caso contrario, este artículo me servirá de prontuario al que remitirme cada vez que persistan en su confusión.


    https://elcorreodeespana.com/politic...nso-Pinto.html
    Patriota Sevillano dio el Víctor.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  2. #2
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    Re: La tendencia a la papolatría

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    La papolatría o ver al Papa como un caudillo


    INFOVATICANA | 18 julio, 2021

    Esta semana el blog argentino The Wanderer ha publicado un artículo sumamente interesante. En él se analiza una gran ‘enfermedad espiritual’ de los últimos 150 años y que, a nuestro juicio, se vio incrementada con los nuevos medios de comunicación: la papolatría. Les ofrecemos el artículo que originalmente tenía como título ‘La Iglesia posbergoglio y la institucionalidad’.

    La era posbergoglio, que pareciera que está más cerca de lo que pensábamos, deberá dedicarse a reconstruir varios elementos de la Iglesia que fueron destruidos por buenas o malas razones en los últimos siglos. Y uno de ellos es su institucionalidad, es decir, la concepción de la Iglesia como una institución en la que los personajes que ocupan sus puestos de gobierno son circunstanciales y secundarios. Lo que se observa es que desde hace ya varios pontificados la Iglesia adoptó un carácter más cercano al de un movimiento que al de una institución.

    Y esto ocurrió, a mi entender, a partir del pontificado de Pío IX y de su exaltación del papado romano a niveles que nunca había tenido, transformando de ese modo al Papa en un caudillo. Vale la pena recordar aquí dos anécdotas de este pontífice. La tarde del 18 de junio de 1870 mientras se desarrollaba el Concilio Vaticano I, tuvo lugar una acalorada discusión entre este pontífice y el cardenal Guidi debido a las reservas que tenía el docto purpurado dominico acerca de la conveniencia de proclamar el dogma de la infalibilidad, aduciendo que no se trataba de una verdad conservada claramente en la Tradición. Pío IX le respondió a los gritos: “… io, io sono la Tradizione, io, io, io sono la Chiesa”. (Cf. K. Schatz, Vaticanum I, vol. III, Paderborn, 1992, p. 312-322).

    Y en otra ocasión, durante el encuentro entre el pontífice y el patriarca melquita Gregorio II Youssef-Sayour, firme opositor a la definición del dogma de la infalibilidad, el obispo oriental fue arrojado al piso por un guardia suizo y Pío IX, mientras le pisaba la cabeza, le decía: “Gregorio cabeza dura” (Ken Parry – David Melling, The Blackwell Dictionary of Eastern Christianity, Malden 1999, p. 313). Más allá de la conveniencia o inconveniencia de la proclamación de ese dogma, lo cierto es que Pío IX se había convertido en caudillo, que hacía y deshacía en la Iglesia según su omnímoda voluntad y trataba al resto de los obispos, sucesores de los apóstoles como él, como meros empleados.

    Pero la Iglesia, que es una institución fundada por Cristo, no tiene ni necesita caudillos; necesita jerarcas que la gobiernen como guardianes e intérpretes de la Revelación expresada en las Escrituras y en la Tradición. No necesita de líderes carismáticos y autoritarios. Esta es la nota distintiva de los movimientos, y basta ver lo ocurrido en los siglos pasados: el nazismo necesitó a Hitler, el fascismo a Mussolini y el peronismo a Perón. Y también, los neocatecumenales a Kiko, Bose a Enzo Bianchi y los focolares a Chiara Lubich.

    La característica de un “movimiento” es, justamente, que se mueve hacia algo. Es decir, que hay una agenda programática, configurada por un proyecto con dynamis propia, y un estilo, el del Caudillo, es decir, la cabeza del movimiento. Brevemente: el Papa comienza a configurarse como un caudillo, y el catolicismo como religión del Papa. Es el catolicismo definido como papismo, pero papismo del caudillo que deviene tal por carisma y carácter personal, no por institución, y que fuerza a los fieles a adoptar sus objetivos personales programáticos, ya sea doctrinarios o litúrgicos.


    A su vez, la base de legitimidad del Papa muta por necesidad interna de adhesión a ese carácter, deviniendo en populismo y requiriendo la adopción de actitudes disruptivas con la tradición. Un Papa políticamente incorrecto, que pierde apoyo popular y al que las masas no aclaman lo suficiente, empieza a peligrar, porque el caudillo se legitima en el pueblo.

    En otros términos, desde hace más de un siglo ser católico ha venido a identificarse con pertenecer a “la religión del Papa”. Es decir, se identifica la religión con la figura de una persona, que es siempre circunstancial, y que se transforma en caudillo.

    Se trata de una peligrosa perversión del hecho religioso y de una involución dañina que nos sustrae de los dominios de una religión evangélica y nos coloca muy cercanos a una religión tribal. Es decir, nos enajena de una religión en la que sus miembros siguen y se comprometen existencialmente con un mensaje que, de un modo radical, orienta a sus fieles hacia la vida trascendente que se abre luego de la muerte corporal. La adhesión al mensaje evangélico es reemplazada por la adhesión incondicional a la persona que, de un modo vicario, establece la referencialidad necesaria e imprescindible que toda religión debe tener.

    No estoy discutiendo la necesidad de una iglesia visible que, como tal, necesita de un culto y de una estructura humana de gobierno y acompañamiento pastoral de los fieles. Y esta estructura, jerárquica por principio, se debe apoyar lógicamente sobre la figura de quien se constituye como vicario del Fundador, es decir, el Papa. El problema consiste en trasladar la adhesión existencial, y en el fondo la fe, al Papa, desplazando o enturbiando el Evangelio. Es decir, que la fe del cristiano termina siendo la fe del Papa o, peor aún, la fe en el Papa. Esto es, la fe en una persona que, aún poseyendo la legitimidad jurídica requerida, y la promesa de la indefectibilidad en materia de fe otorgada por el Señor, no deja de ser un humano con todas las limitaciones del caso.

    La fe y la religión cristiana tienen un solo líder, que es Cristo. No tienen un caudillo, sea este el Papa, el obispo o el fundador de una congregación. Resulta por cierto mucho más fácil tener un caudillo, porque a éste se le puede ver, escuchar y tocar, y provoca un adictivo entusiasmo triunfalista como podemos ver, por ejemplo, en las Jornadas Mundiales de la Juventud o en las ya pasadas audiencias de los miércoles en la plaza de San Pedro: cientos de miles de personas vitoreando a un caudillo, llámese éste Francisco, Benedicto o Pío, lo mismo da. Yo no veo mucha diferencia con las multitudinarias reuniones de Nüremberg o de Piazza Venezia en los años ’30, o con las plazas de Mayo abarrotadas de los ’40 o ’50.

    ¿Qué problemas acarrea esto? Innumerables. Uno de ellos es que es muy factible que tales cristianos terminen viviendo su fe no al ritmo del evangelio sino al ritmo del Papa, y esto es una perversión. Otra, es que, al confundir religión con papado, la misma dinámica de la confusión exigirá afiliaciones y fidelidades más o menos estrictas a estructuras en general muy personalizadas como modo indispensable de pertenencia a la Iglesia y al evangelio.

    El problema sigue siendo el mismo: reemplazar la religión de Cristo, por la religión del Papa. Es por eso que urge que en la era posbergoglio la Iglesia retome su institucionalidad; que el Papa vuelva a convencerse que él es un personaje circunstancial cuya figura debe menguar y casi desaparecer para que destaque la figura de Cristo. Necesitamos un Papa santo, sabio y prudente. No necesitamos un caudillo.



    https://infovaticana.com/2021/07/18/...o-un-caudillo/
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    <<He ahí la tragedia. España hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma española choca con una realidad artificial anticristiana. El español se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.>>

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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