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Tema: La religión demostrada

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    La religión demostrada

    LA RELIGION DEMOSTRADA

    Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia

    por
    P. A. Hillaire

    Ex profesor del Seminario Mayor de Mende
    Superior de los Misioneros del Sagrado Corazón
    Año 1900


    INTRODUCCION

    Decía Pablo Bert en 1879, en su informe sobre instrucción pública: “Nuestra voluntad es levantar frente al templo donde se afirma, la escuela donde se demuestra.”
    En esta obra nos proponemos evidenciar plenamente que el templo donde se afirma es también el templo donde se demuestra, y que la religión no es simplemente un postulado, sino una ciencia, en el estricto sentido de la palabra.
    Se entiende por ciencia “todo conjunto de conocimientos razonados, deducidos lógicamente unos de otros, y fundados, en último análisis, en hechos ciertos y principios evidentes.”
    Ahora bien, la Religión Católica tiene su fundamento en hechos positivos y ciertos y en principios evidentes, de los cuales lógicamente se deducen las verdades de orden teórico y práctico que enseña.
    Su Santidad León XIII ha dicho: “Son tan sólidos los principios de la fe católica y tan en armonía con las exigencias de la lógica, que son más que suficientes para convencer al entendimiento más exigente y a la voluntad más rebelde y obstinada” (Encíclica Aeterni Patris).
    Tan científico y tan racional es el Catecismo de la doctrina cristiana, como puede serlo cualquier libro profano, por exigente que sea.
    Al tratar de ofrecer una demostración cabal y documentada acerca del origen divino de nuestra religión, no es nuestro propósito presentar una obra nueva, sino reunir sintéticamente en breves páginas los tesoros de erudición y ciencia apologética que se hallan profusamente esparcidos en otras obras, menos al alcance de las inteligencias y de las posibilidades de muchos lectores.
    La materia de este libro es una explicación del Concilio Vaticano I conforme a las normas de la Teología fundamental.
    El mismo va dirigido a la juventud escolar. Su finalidad es hacer comprender a los jóvenes de ambos sexos que la religión no es un problema de orden sentimental, sino una imposición de la razón y de la conciencia. Hoy más que nunca deben conocer a fondo los verdaderos motivos de la credibilidad, para afianzarse más en su fe y estar mejor dispuestos a defenderla y propagarla debidamente.
    Grande es hoy el afán por conocer las ciencias profanas, ya sean teóricas o aplicadas; pero existe un abandono casi total del estudio de la Religión, que, al fin y al cabo es la única que debe hacer felices a los hombres en esta vida y en la otra.
    También va dirigido este libro a las personas mayores que, impedidas por sus ocupaciones para dedicarse a estudios profundos sobre las verdades religiosas, podrán hallar en él compendiadas las enseñanzas de otras más extensas y arduas.
    Es un deber para todo católico el estar preparado para defender su religión.
    Así lo reconoció León XIII en su encíclica Sapientiae christianae: ]“Ante la multitud de los errores modernos, el deber primordial de los católicos lo constituye el velar sobre sí mismos y tratar por todos los medios de conservar intacta su fe, evitando cuanto pueda mancillarla y disponiéndose para defenderla contra los sofismas de los incrédulos[/COLOR]. A este fin creemos contribuirá grandemente que cada cual, según se lo permitan sus medios y su inteligencia, se esfuerce en alcanzar el más perfecto conocimiento posible de aquellas verdades religiosas que es dado al hombre abarcar con su entendimiento.”
    Después de demostrar que Dios ha encomendado a la Iglesia Católica la misión de enseñar a los hombres lo que hay que creer y lo que hay que practicar para salvarse, ofrecemos una brevísima síntesis del dogma, de la moral y del culto católico. Es un memorial compendioso, pero bastante completo en la doctrina cristiana. Su lectura bastará para recordar las enseñanzas fundamentales de la religión.
    El método que hemos seguido en esta obra, en el mismo que empleó Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica. El santo Doctor plantea en primer término la cuestión, la resuelve, y da seguidamente las explicaciones y demostraciones correspondientes.
    El método tiene la triple ventaja de excitar el interés, precisar la doctrina y ofrecer una demostración clara y concreta de la verdad en cuestión.
    Quizás a alguno le parezca que hemos acumulado excesivamente los argumentos y las demostraciones.
    Es frecuente en Filosofía y en Teología que un solo argumento no logre plenamente el asenso del entendimiento. De ahí que la demostración deba ser como un haz de rayos dirigido a un solo objeto. Si éste no tiene más que una superficie, bastará un solo rayo para iluminarlo; pero en el caso de ser muchas, habrá necesidad de tantos rayos, cuantas sean las superficies.
    Así también, en materia religiosa, muchas verdades, para ser comprendidas en todos sus aspectos, necesitan múltiples demostraciones; cada argumento sirve para aclarar un aspecto parcial, y la suma de todos nos dan idea cabal del pensamiento íntegro. Aparte de esto es bien sabido que no todas las razones convencen a todos, y lo que para uno es claro, para otro es oscuro.
    También se nos reprochará, por ventura, el uso excesivo del silogismo. Pero a los que así piensan les advertimos que ésta es la forma de argumentación más segura y eficaz, al paso que la más breve y didáctica. Tanto más cuanto que pretendemos instruir más bien que deleitar al lector.
    Fue en la gruta de Lourdes donde concebimos la idea de publicar esta obra. Por eso la Virgen Inmaculada ha sido por muchos años de investigación y de estudio la que ha sostenido nuestras fuerzas. Por sus benditas manos nos atrevemos a presentar a su Divino Hijo, Maestro verdadero de las almas, el fruto de nuestro trabajo. Dígnese El misericordiosamente hacerlo fecundo en frutos de salvación, que es la única gloria que ambicionamos y que será nuestra más preciada recompensa. Hoy se ignoran o se niegan principios tan fundamentales como la existencia de Dios, la inmortalidad y espiritualidad del alma, la necesidad y divinidad de la religión, los derechos y prerrogativas de la Iglesia, etc., etc. Es, pues, de capital importancia que el católico sepa responder acertadamente a los ataques infundados de la falsa ciencia.


    Mende, 8 de diciembre de 1900.

    Fiesta de la Inmaculada Concepción.


    A. Hillaire]
    PLAN DE LA OBRA

    El estudio de la Religión es un deber de todo hombre[/COLOR], pues por la sublimidad de su objeto, por los goces que proporciona al espíritu y por las consecuencias que debe tener en nuestros eternos designios, supera en dignidad y en importancia a todo otro estudio de orden puramente terreno. El debe ser, por consiguiente, el objeto de nuestras preferencias, pues se trata de nuestros primeros deberes y de nuestros eternos destinos.
    ]En estos tiempos no basta un conocimiento superficial de la religión, es necesario poseer la ciencia de la misma, esa ciencia luminosa que engendra convicciones firmes y nos hace capaces de reflexionar sobre nuestras creencias. Ahora bien, esta ciencia no se posee cuando no se está en condiciones de responder a esta pregunta: ¿Por qué soy cristiano y católico? Decía San Pedro a los primeros discípulos: “Estad siempre prontos para responder a aquellos que os pidan razón de vuestras esperanzas”.
    El acto de fe en las verdades religiosas debe estar fundado en la razón. Por consiguiente, es preciso que la razón nos prepare para aceptar las verdades de la fe, mediante los motivos de credibilidad. La apologética es la ciencia que establece con certeza los fundamentos o preámbulos de la fe, demostrando lo racional, legítimo e indispensable que es creer.
    Los preámbulos de la fe consisten en algunas verdades preliminares que sirven de fundamento al estudio de la religión.Estas verdades son en realidad artículos de nuestra fe; mas aquí las vamos a considerar únicamente a la luz de la razón y de la ciencia.
    Estas verdades pueden reducirse a cinco principales:
    1º Existe un Dios creador de todos los seres.
    2º El hombre, creado por Dios, tiene un alma espiritual, libre e inmortal.
    3º El hombre está obligado a admitir alguna religión: sólo una religión es buena y sólo una es verdadera.
    4º La única religión verdadera es la cristiana.
    5º La verdadera religión cristiana es la católica.
    Todas estas verdades se hallan ligadas unas con otras como los eslabones de una cadena.
    1) La existencia de Dios y la creación del hombre por Dios prueba la necesidad de una religión.
    2) La necesidad de una religión nos obliga a buscar la verdadera, querida e impuesta por Dios a los hombres.
    3) La única religión impuesta por Dios es la religión cristiana.
    4) La religión cristiana no se halla, íntegra y verdaderamente, sino en la Iglesia Católica, la única y verdadera iglesia fundada por Cristo.
    5) La Iglesia Católica es infalible Maestra de la fe, que con autoridad recibida de Dios nos enseña lo que debemos creer y lo que hemos de practicar para ir al cielo.
    Bastará, pues, demostrar estas cinco verdades fundamentales, y todas las demás se derivarán de ellas como un río de su fuente, como las consecuencias de un principio. Una vez demostradas ellas, podremos concluir que la Religión Católica es la única verdadera, y que solamente abjurando de la razón y del buen sentido, se pueden poner en duda o negar sus dogmas.
    De esta suerte quedarán refutados todos los adversarios de la Iglesia:
    1) Los ateos, que no admiten la existencia de Dios.
    2) Los materialistas, agnósticos y positivistas, que únicamente admiten la materia, y los indiferentes, que no creen en la necesidad de una religión o que, por lo menos, no practican ninguna.
    4) Los cismáticos, herejes y protestantes que niegan la divinidad y la necesidad de la Iglesia Católica.
    5) Los masones, finalmente, que son los peores enemigos de la Iglesia, de la familia y de la sociedad.

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  2. #2
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    Respuesta: La religión demostrada

    PRIMERA VERDAD
    DIOS EXISTE
    Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo
    1. P. ¿Cuál es la primera verdad, que ningún hombre debe ignorar?
    R.La primera verdad que ningún hombre debe ignorar es la existencia de Dios, es decir, de un Ser eterno, necesario e infinitamente perfecto, Creador del universo espiritual y material, absoluto Señor de todas las cosas, a las que El gobierna con su Providencia. Esta es la verdad fundamental sobre la que descansa el edificio augusto de la religión, de la moral, de la familia y todo el orden social.
    Si no hay Dios, la religión es completamente inútil.
    La moral carece de base, si Dios, en virtud de su santidad, no establece una diferencia entre el bien y el mal; si con su autoridad suprema, no hace obligatorias las normas de esa moral, y si con su perfecta justicia no premia el bien y castiga el mal.
    Es imposible concebir la familia y la sociedad, sin leyes, sin deberes, sin las virtudes de la caridad, etc., y todas estas virtudes, si Dios no existiera, serían puras quimeras.
    2. P. ¿Podemos estar ciertos de la existencia de Dios?
    R.Sí, tan ciertos podemos estar de que Dios existe, como de que existe el sol. Es verdad que a Dios no lo vemos con los ojos corporales, porque es un espíritu puro; pero son tantas las pruebas que demuestran, sin lugar a dudas, su existencia, que sería necesario haber perdido por completo la inteligencia, para afirmar que Dios no existe.
    No puede la mente humana comprender la naturaleza íntima de Dios ni los misterios de la vida divina; pero sí puede establecer con plena certeza el hecho de su existencia y conocer algunas de sus perfecciones. A Dios no lo podemos ver, ciertamente, con los ojos del cuerpo, pero sí podemos contemplar sus obras. Así como por la vista de un cuadro deducimos la existencia del pintor, cuya es la obra –puesto que la existencia del efecto supone la existencia de la causa que lo produjo-, así también, podemos remontarnos de los seres creados al Creador, causa primera de todo cuanto existe. Esto es lo que afirma el Concilio Vaticano I: “Con la luz natural de la razón humana puede ser conocido con certeza, por medio de las cosas creadas, el Dios único y verdadero, Creador y Señor nuestro”.


    Orden de nuestra exposición
    I. Principales pruebas de la existencia de Dios
    II. Falsos sistemas inventados por los impíos para explicar el origen del mundo. – Su refutación.
    III. Bondades recibidas de Dios y efectos de su Providencia.


    I. Pruebas de la existencia de Dios


    3. P. ¿Cuáles son las pruebas principales de la existencia de Dios?
    R.Podemos citar siete, que nuestra razón nos dicta, y que se fundan:
    1ºEn la existencia del universo;
    2ºEn el movimiento, orden y vida de los seres creados;
    3ºEn la existencia del hombre, dotado de inteligencia y libertad;
    4ºEn la existencia de la ley moral.
    5ºEn el consentimiento universal del género humano;
    6ºEn los hechos ciertos de la historia;
    7ºEn la necesidad de un ser eterno.
    Estas pruebas pueden agruparse en tres categorías: físicas, morales y metafísicas.
    Son pruebas físicas las que se fundan en la existencia, orden y vida de los seres creados (1º y 2º).
    Son pruebas morales las que tienen por base el testimonio de nuestra conciencia, del género humano, y los hechos conocidos de la historia (3º a 6º)
    Como prueba metafísica – ya que éstas son menos asequibles para las inteligencias comunes – daremos solamente la que se funda en la necesidad de un ser eterno. (7º).
    Todas estas palabras tienen un fundamento común, que es un postulado o principio inconcuso, que todo el mundo admite: No hay efecto sin causa. Cualquiera de ellas, tomada aisladamente, demuestra plenamente la existencia de Dios; pero consideradas en conjunto, constituyen una demostración irrebatible, capaz de convencer al incrédulo más obstinado.

    Primera prueba: La existencia del universo.

    4. P. ¿Cómo se demuestra, por la existencia del universo, la existencia de Dios?
    R.La razón nos dice que no hay efecto sin causa. Vemos un edificio, un cuadro, una estatua: al punto se nos ocurre la idea de un constructor, de un pintor, de un escultor, que hayan hecho esas obras. Del mismo modo, al contemplar el cielo, la tierra y todo cuanto existe, pensamos que todo ello debe tener una causa; y esa causa primera del mundo, le llamamos Dios: Luego por la existencia del universo, podemos demostrar la existencia de Dios.
    En efecto:
    1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo.
    2º No es fruto de la casualidad.
    3º No ha existido siempre.
    Luego debe la existencia a un Ser supremo y distinto de él.
    1º El universo no ha podido hacerse a sí mismo, porque lo que no existe, no puede obrar, y consiguientemente, no puede darse la existencia. El ser que no existe, es nada, y la nada, nada produce.
    2º El universo no es fruto de la casualidad, porque la casualidad no existe, y por lo tanto, nada puede producir. La casualidad es una palabra que el hombre ha inventado para ocultar su ignorancia y para explicar los hechos cuyas causas desconoce.
    3º El universo no ha existido siempre. Así lo reconocen a una todas las ciencias; la geología, la astronomía, la biología, etc., todas sostienen que el mundo tuvo que tener un principio.
    Tres caracteres señala la Filosofía al ser eterno: es necesario, inmutable e infinito. Ahora bien:
    1º El mundo es material, y el ser material no puede ser necesario. Ninguna de sus partes existe necesariamente, pues se puede prescindir perfectamente de ésta o aquélla. Una montaña, o un río, o un árbol, podrían no existir. Luego si ninguna de las partes es de por sí necesaria, tampoco será necesario el todo.
    ]2º El mundo no es inmutable. Si contemplamos la naturaleza material que nos rodea, vemos que en ella todo nace, todo perece, todo se renueva: las plantas, los animales, el hombre…
    3º El mundo no es infinito, pues siempre es posible suponer un mundo más hermoso y más perfecto que el que existe.] Por consiguiente tampoco es eterno, porque la eternidad – que es una perfección infinita – sólo puede hallarse en un ser infinito.
    Si, pues, el mundo no ha existido siempre, es una obra que supone un obrero de la misma manera que el reloj supone un relojero, etc.
    CONCLUSION: La existencia del universo demuestra la existencia de un Ser Supremo, causa primera de todos los seres. Ese ser supremo es Dios.
    Narración. – Durante la revolución de 1793 decía el impío Carrier a un campesino de Nantes:
    Pronto vamos a convertir en ruinas vuestros campanarios y vuestras escuelas.
    Es muy posible – respondió el campesino – pero nos dejaréis las estrellas; y mientras ellas existan, serán como un alfabeto del buen Dios, en el que nuestros hijos podrán deletrear su augusto nombre.
    No se precisan largos discursos para demostrar que Dios existe: basta abrir los ojos, y contemplar las maravillas del mundo exterior.

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    Última edición por Hyeronimus; 28/03/2009 a las 23:27

  3. #3
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    Respuesta: La religión demostrada

    Existe un Dios supremo y eterno, creador y conservador del universo

    Segunda prueba: Movimiento, orden y vida de los seres creados.

    [5. P. ¿Se puede demostrar la existencia de Dios, por el movimiento de los seres creados?
    R.Sí, porque no hay movimiento sin un motor, es decir, sin alguna causa que lo produzca. Ahora bien, cuanto existe en el mundo, obedece a algún movimiento que tiene que ser producido por algún motor. Y como no es posible que exista realmente una serie infinita de motores, dependientes el uno del otro, preciso es que lleguemos a un primer motor, eterno, necesario, causa primera del movimiento de todos los demás. A ese primer motor le llamamos Dios.
    Sostiene la Mecánica, que es parte de la Física, que la materia no puede moverse por sí sola. Una estatua no puede abandonar su pedestal, una máquina no puede moverse sin una fuerza motriz; un cuerpo en reposo no puede por sí solo ponerse en movimiento. Tal es el llamado principio de inercia. Luego para producir un movimiento, es necesario un motor.
    Ahora bien, la Tierra, el Sol, la Luna, las estrellas, recorren continuamente órbitas inmensas sin chocar jamás unas con otras. La Tierra es una esfera colosal, de 40.000 km. de circunferencia, que realiza una rotación completa sobre sí misma durante cada 24 horas, moviéndose los puntos situados sobre el ecuador con la velocidad de 28 km. por minuto. En 365 días da una vuelta completa alrededor del Sol, marchando a una velocidad de unos 30 km. por segundo. Todos los demás planetas realizan movimientos análogos. Y si miramos a nuestra Tierra, vemos que en ella todo es movimiento: los vientos, los ríos, las mareas, la germinación de las plantas….
    3ºTodo movimiento supone un motor; y como no se puede suponer una serie infinita de motores que se comuniquen el movimiento unos a otros, puesto que tan imposible un número concreto infinito como un bastón sin extremos, hemos de llegar necesariamente a un primer ser que comunique el movimiento sin haberlo recibido: hemos de llegar a un primer motor que no sea movido. Ahora bien, este primer ser, esta primera causa del movimiento, es Dios, a quien justamente podemos llamar el primer motor del universo.

    6. P. ¿Prueba la existencia de Dios el orden que reina en el universo?
    R.Sí, todo lo que se hace con orden, supone una inteligencia ordenadora; y cuanto más grandiosa es la obra y más perfecto el orden, tanto mayor y más poderosa es esa inteligencia.
    Ahora bien, en todo el universo y en sus menores detalles existe un orden sorprendente. Luego podemos deducir que existe un supremo ordenador y una suprema inteligencia, a quien llamamos Dios.
    1ºNo se da efecto sin causa, ni orden sin una inteligencia ordenadora. Si arrojamos sobre el suelo un montón de letras mezcladas, ¿acaso podrán producir un libro si no hay una inteligencia que las ordene? De ninguna manera. Juntemos en una caja todas las piezas de un reloj; ¿acaso llegarán a colocarse por sí solas en el sitio que les corresponde, para iniciar el movimiento y marcar las horas? ¡Jamás!
    2º El orden que reina en el universo es perfecto: a cada cosa corresponde un lugar. El día sucede a la noche, y la noche al día; las estaciones se suceden unas a otras. La Tierra, los cielos, las estrellas, los diversos elementos del universo, todo se encadena, todo concurre a la armonía maravillosa del conjunto. La consecuencia es esta: este orden tan admirable supone un ordenador.
    Algunos dicen: este orden del mundo, sus combinaciones tan complicadas, esta armonía que admiramos son efectos de la casualidad. Nada más absurdo y falto de razón. La casualidad no es más que una palabra, hija de la ignorancia, con que se pretende explicar aquello cuya causa se desconoce. Otros dicen que ello se da por consecuencia de las fuerzas o leyes naturales. Eso es correcto, pero, precisamente, la existencia de esas leyes suponen la existencia de Dios, pues no hay ley si no existe un legislador. ¿Quién ha dictado esas leyes?... ¿Quién las mantiene?... ¿Quién las dirige?... La materia es, de suyo, inerte; luego existe un ser distinto que la mueva. La materia es ciega; luego existe un ser inteligente que la guíe, ya que todo marcha en un orden perfecto.
    Resumiendo:Todo efecto debe tener una causa proporcionada: el orden y la armonía suponen un ser inteligente; el mundo supone la existencia de Dios.
    Para Newton, el mejor argumento para demostrar la existencia de Dios era el orden del universo; por eso solía repetir las palabras de Platón: “vosotros deducís que yo tengo un alma inteligente, porque observáis orden en mis palabras y acciones; concluid pues, contemplando el orden que reina en el universo, que existe también un ser soberanamente inteligente, que existe un Dios”.
    El mismo Voltaire no pudo resistir a la fuerza de este argumento. Afirmaba que era preciso perder por completo el juicio para no deducir de la existencia del mundo la existencia de Dios, a la manera que a la vista de un reloj, deducimos la existencia de un relojero. Se discutía un día en su presencia sobre la existencia de Dios; y él, señalando con el dedo a un reloj de pared que en la habitación había, exclamó:
    – ¡Cuánto más reflexiono, menos puedo comprender cómo podría marchar ese reloj si no lo hubiera construido un relojero!

    7. P. ¿Podemos deducir la existencia de Dios por la contemplación de los seres vivientes?
    R.[Sí, La razón, la ciencia y la experiencia nos obligan a admitir un Creador de todos los seres vivientes diseminados sobre la Tierra. Y como ese Creador no puede ser sino Dios, se sigue que de la existencia de los seres vivientes, podemos concluir la existencia de Dios.
    Las ciencias físicas y naturales nos enseñan que en un tiempo no hubo ningún ser viviente sobre la tierra. ¿De dónde proviene, entonces, la vida que ahora existe en ella: la vida de las plantas, la de los animales y la del hombre?
    La razón nos dicta que no ya la vida intelectiva del hombre, ni la vida sensitiva de los animales, pero ni siquiera la vida vegetativa de las plantas pudo haber brotado de la materia. ¿Razón? Porque nadie puede dar lo que no tiene; y como la materia carece de vida, tampoco pudo darla.
    Los ateos no saben qué responder a este dilema: o bien la vida ha nacido espontáneamente sobre la Tierra, fruto de la materia por generación espontánea; o bien hay que admitir una causa distinta del mundo, que fecunda a la materia y hace germinar en ella la vida. Ahora bien, después de los experimentos concluyentes de Pasteur, nadie se atreve a defender la hipótesis de la generación espontánea; la ciencia establece que nunca nace un ser viviente si no existe un germen vital, semilla, huevo o renuevo, proveniente de otro ser viviente de la misma especie.
    ¿Y cuál es el origen del primer viviente en cada una de las especies? Remontémonos cuanto queramos de generación en generación; siempre llegaremos a un primer creador de todos los seres vivientes, causa primera de todas las cosas, que es Dios. Es éste el argumento del huevo y la gallina; pero no por ser viejo, deja de preocupar seriamente a los ateos.

    8. P. Todos los seres del universo, ¿prueban la existencia de Dios?
    R. Sí, cuantos seres existen en el universo son otras tantas pruebas de la existencia de Dios, porque todos ellos son el efecto de una causa que les ha dado el ser, de un Dios que los ha creado a todos.
    Muy bien conocen los sabios los elementos que integran cada uno de esos seres; y, sin embargo, no son capaces de producir uno solo; no pueden crear ni una hoja de árbol, ni una brizna de hierba.
    Preguntaba Lamartine a un picapedrero de S. Pont: ¿Cómo puedes conocer la existencia de Dios, si jamás has asistido a la escuela, ni a la doctrina, ni te han enseñado nada en tu niñez, ni has leído ninguno de los libros que tratan de Dios?
    Le respondió el picapedrero: ¡Ah, Señor! Mi madre, en primer lugar, me lo ha dicho muchas veces; además, cuando fui mayor, conocí a muchas almas buenas que me llevaron a casas de oración, donde se reúnen para adorarle y servirle en común, y escuchar las palabras que ha revelado a los santos para enseñanza de todos los hombres. Pero aun cuando mi madre nunca me hubiese dicho nada de El, y aun cuando nunca hubiera asistido al catecismo que enseñan en las parroquias, ¿no existe otro catecismo en todo lo que nos rodea, que habla muy alto a los ojos del alma, aun de los más ignorantes? ¿Por ventura se precisa conocer el alfabeto, para leer el nombre de Dios? ¿Acaso su idea no penetra en nuestro espíritu con nuestra primera reflexión, en nuestro corazón con su primer latido? Ignoro qué opinarán los demás hombres, señor, pero en cuanto a mí, no podría ver, no digo una estrella, sino una hormiga, ni una hoja, ni un grano de arena, sin decirle: ¿Quién es el que te ha creado?
    Lamartine replicó: Dios – se responderá usted mismo.
    – Así es, señor – añadió el picapedrero – esas cosas no pudieron hacerse por sí mismas, porque antes de hacer algo, es necesario existir; y si existían no podían hacerse de nuevo. Así es como yo me explico que Dios ha creado todas las cosas. Usted conoce otras maneras más científicas para darse razón de ello.
    – No – repuso Lamartine – todas las maneras de expresarlo coinciden con la suya. Pueden emplearse más palabras, pero no con más exactitud.

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    Respuesta: La religión demostrada

    Tercera prueba: La existencia del hombre, inteligente y libre.

    9. P. ¿Podemos demostrar particularmente la existencia de Dios, por la existencia del hombre?
    R. Sí, Por la existencia del hombre, inteligente y libre, llegamos a deducir la existencia de Dios, pues no hay efecto sin una causa capaz de producirlo.
    Un ser que piensa, reflexiona, raciocina y quiere, no puede provenir sino de una causa inteligente y creadora; y como esa causa inteligente y creadora es Dios, se sigue que la existencia del hombre demuestra la existencia de Dios. Podemos decir por consiguiente: Yo pienso, luego existo, luego existe Dios.
    Es un hecho indubitable que no he existido siempre, que los años y días de mi vida pueden contarse; si, pues, he comenzado a existir en un momento dado, ¿quién me ha dado la vida?
    ¿Acaso he sido yo mismo? ¿Fueron mis padres? ¿Algún ser visible de la creación? ¿Fue un espíritu creador?
    No he sido yo mismo. Antes de existir, yo nada era, no tenía ser; y lo que no existe no produce nada.
    Ni fueron sólo mis padres los que me dieron la vida. El verdadero autor de una obra puede repararla cuando se deteriora, o rehacerla cuando se destruye. Ahora bien, mis padres no pueden sanarme cuando estoy enfermo, ni resucitarme después de muerto. Si solamente mis padres fuesen los autores de mi vida, ¡qué perfecciones no tendría yo! ¿Qué padre no trataría de hacer a sus hijos en todo perfectos?...
    Hay además otra razón. Mi alma, que es una sustancia simple y espiritual, no puede proceder de mis padres: no de su cuerpo, pues entonces sería material; no de su alma, porque el alma es indivisible; ni, por último, de su poder creador, pues ningún ser creado puede crear.
    No debo mi existencia a ningún ser visible de la creación. El ser humano tiene entendimiento y voluntad, es decir, es inteligente y libre. Por consiguiente, es superior a todos los seres irracionales. Un mineral no puede producir un vegetal; un vegetal no puede producir un animal, ni un animal, un hombre.
    Debo, por consiguiente, mi ser a un Espíritu creador. ¿De dónde ha sacado mi alma? No la sacó de la materia, pues entonces sería material. Tampoco la sacó de otro espíritu, porque el espíritu, que es simple, no puede dividirse. Luego, necesariamente la sacó de la nada, es decir, la creó. Y como el único que puede crear es Dios, es decir, el único que puede dar la existencia con un simple acto de su voluntad, se sigue que por la existencia del hombre, queda demostrada la existencia de Dios.

    Cuarta prueba: La existencia de la ley moral.

    10. P. ¿Prueba la existencia de Dios el hecho de la ley moral?
    R. Sí, la existencia de la ley moral prueba irrefragablemente que Dios existe.
    Existe, en efecto, una ley moral, absoluta, universal, inmutable, que manda hacer el bien, prohíbe el mal y domina en la conciencia de todos los hombres. El que obedece esta ley, siente la satisfacción del deber cumplido; el que la desobedece, es víctima del remordimiento.
    Ahora bien, como no hay efecto sin causa, ni ley sin legislador, esa ley moral tiene un autor, el cual es Dios. Luego, por la existencia de la ley moral llegamos a deducir la existencia de Dios.
    El es el Legislador supremo que nos impone el deber ineludible de practicar el bien y evitar el mal; el testigo de todas nuestras acciones; el juez inapelable que premia o castiga, con la tranquilidad o remordimientos de conciencia.
    Nuestra conciencia nos dicta: 1° que entre el bien y el mal existe una diferencia esencial; 2° que debemos practicar el bien y evitar el mal; 3° que todo acto malo merece castigo como toda obra buena es digna de premio; 4° esa misma conciencia se alegra y aprueba a sí misma cuando procede bien, y se reprueba y condena cuando obra mal. Luego existe en nosotros una ley moral, naturalmente impresa y grabada en nuestra conciencia.
    ¿Cuál es el origen de esa Ley? Evidentemente debe haber un legislador que la haya promulgado, así como no hay efecto sin causa. Esa ley moral es inmutable en sus principios, independiente de nuestra voluntad, obligatoria para todo hombre, y no puede tener otro autor que un ser soberano y supremo, que no es otro que Dios.
    Además de lo dicho, se ha de tener presente que si no existe legislador, la ley moral no puede tener sanción alguna; puede ser quebrantada impunemente. Luego, una de dos: o es Dios el autor de esa ley, y entonces existe; o la ley moral es una quimera, y en ese caso no existe diferencia entre el bien y el mal, entre la virtud y el vicio, la injusticia y la iniquidad, y la sociedad es imposible.
    El sentimiento íntimo manifiesta a todo hombre la existencia de Dios. Por natural instinto, principalmente en los momentos de ansiedad o de peligro, se nos escapa este grito: ¡Dios mío!.. Es el grito de la naturaleza. “El más popular de todos los seres es Dios – dijo Lacordaire – El pobre lo llama, el moribundo lo invoca, el pecador le teme, el hombre bueno le bendice. No hay lugar, momento, circunstancia, sentimiento, en que Dios no se halle y sea nombrado. La cólera no cree haber alcanzado su expresión suprema, sino después de haber maldecido este Nombre adorable; y la blasfemia es asimismo el homenaje de una fe que se rebela al olvidarse de sí misma”. Nadie blasfema de lo que no existe. La rabia de los impíos, como las bendiciones de los buenos, testimonian la existencia de Dios.

    Quinta prueba: La creencia universal del género humano.

    11. P. El consentimiento de todos los pueblos, ¿prueba la existencia de Dios?
    R. Sí; la creencia de todos los pueblos es una prueba evidente de la existencia de Dios.
    Todos los pueblos, cultos o bárbaros, en todas las zonas y en todos los tiempos, han admitido la existencia de un Ser supremo. Ahora bien, como es imposible que todos se hayan equivocado acerca de una verdad tan trascendental y tan contraria a las pasiones, debemos exclamar con la humanidad entera: ¡Creo en Dios!
    Es indudable que los pueblos se han equivocado acerca de la naturaleza de Dios; unos han adorado a las piedras y a los animales, otros al sol. Muchos han atribuido a sus ídolos sus propias cualidades buenas y malas; pero todos han reconocido la existencia de una divinidad a la que han tributado culto. Así lo demuestran los templos, los altares, los sacrificios, cuyos rastros se encuentran por doquier, tanto en pueblos antiguos como entre los modernos.
    “Echad una mirada sobre la superficie de la tierra – decía Plutarco, historiador de la antigüedad – y hallaréis ciudades sin murallas, sin letras, sin magistrados, pueblos sin casas, sin moneda; pero nadie ha visto jamás un pueblo sin Dios, sin sacerdotes, sin ritos, sin sacrificios”.
    El gran sabio Quatrefages ha escrito: “Yo he buscado el ateísmo o la falta de creencia en Dios entre las razas humanas, desde las más inferiores hasta las más elevadas. El ateísmo no existe en ninguna parte, y todos los pueblos de la tierra, los salvajes de América como los negros de África, creen en la existencia de Dios”.
    Ahora bien, el consentimiento unánime de todos los hombres sobre un punto tan importante es necesariamente la expresión de la verdad. Porque, ¿cuál sería la causa de ese consentimiento? ¿Los sacerdotes? Al Contrario, el origen del sacerdocio está en la creencia de que existe un Dios, pues si el género humano no hubiera estado convencido de esa verdad, nadie habría soñado en consagrarse a su servicio, y los pueblos jamás hubieran elegido hombres para el culto.
    ¿Podrían ser la causa de tal creencia las pasiones? Las pasiones tienden más bien a borrar la idea de Dios, que las contraría y condena.
    ¿Los prejuicios? Un prejuicio no se extiende a todos los tiempos, a todos los pueblos, a todos los hombres; pronto o tarde lo disipan la ciencia y el sentido común.
    ¿La ignorancia? Los más grandes sabios han sido siempre los más fervorosos creyentes en Dios.
    ¿El temor? Nadie teme lo que no existe: el temor de Dios prueba su existencia.
    ¿La política de los gobernantes? Ningún príncipe ha decretado la existencia de Dios, antes al contrario, todos han querido confirmar sus leyes con la autoridad divina: esto es una prueba de que dicha autoridad era admitida por sus súbditos.
    La creencia de todos los pueblos sólo puede tener su origen en Dios mismo, que se ha dado a conocer, desde el principio del mundo, a nuestros primeros padres, o en el espectáculo del universo, que demuestra la existencia de Dios, como un reloj demuestra la existencia de un relojero.
    Frente a la humanidad entera, ¿qué pueden representar algunos ateos que se atreven a contradecir? El sentido común los ha refutado; la causa está fallada. Es menester carecer de razón para creer tenerla contra todo el mundo. Antes que suponer que todo el mundo se equivoca, hay que creer que todo el mundo tiene razón.

    Sexta prueba: Los hechos ciertos de la historia.

    12. P. Los hechos ciertos de la historia, ¿prueban la existencia de Dios?
    R. Sí; porque un ser puede manifestarse de tres maneras: puede mostrarse, hablar y obrar. Ahora bien, Dios se mostró a nuestros primeros padres en el Edén, a Moisés en el Sinaí… Habló a los patriarcas y a los profetas. Hizo sentir su acción en el curso de los siglos, y los milagros del Antiguo y del Nuevo Testamento, comprobados por la historia, son hechos que demuestran la acción y la existencia de Dios.
    Hay dos maneras de conocer la verdad: 1º descubrirla uno mismo; 2º recibirla de otro. El hombre sabe o cree. Sabe cuando alcanza la verdad con las solas facultades de su alma, la inteligencia, la razón, la conciencia, el sentido íntimo, los órganos del cuerpo; cree, cuando se adhiere al testimonio de otros.
    El medio más fácil para conocer a Dios es el testimonio de la historia. La Biblia, considerada como un simple libro histórico, está revestida de todos los caracteres de veracidad exigidos por la ciencia. Por más que los racionalistas clamen, es tan imposible poner en duda los hechos históricos de la Biblia, como lo es negar las victorias de Alejandro Magno o Napoleón.
    Ahora bien, según la Biblia, Dios se mostró de varios modos: habló a nuestros primeros padres, a Noé, a los patriarcas, a los profetas… Pero es evidente que para mostrarse y hablar es necesario existir. Las milagrosas obras sensibles que ningún agente creado puede hacer por sí mismo, no son más que las obras de Dios. Por consiguiente, los milagros que nos cuenta la Biblia son otras tantas pruebas de la existencia de Dios.

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  5. #5
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    Séptima prueba: La necesidad de un ser eterno.


    13. P. ¿Cómo se prueba la existencia de Dios por la necesidad de un ser eterno?
    R. Existe algo en el mundo; ahora bien, si no existiera un ser eterno, nada podría existir; luego existe un ser eterno. Es así que ese ser eterno es Dios; luego Dios existe.
    1º Que existe algo es evidente.
    Si desde toda la eternidad no hubiera existido nada, nada existiría tampoco ahora. Los seres no podían darse a sí mismos la existencia, puesto que no existían. No podían recibirla de la nada, porque la nada es nada y no produce nada. Por consiguiente, era necesario que existiera un primer ser eterno, para dar la existencia a los otros.
    Este ser eterno es Dios. El ser eterno, por el hecho de existir desde toda la eternidad, posee un atributo, una perfección infinita: la eternidad, que es una duración sin principio ni fin. Pero, como los atributos de un ser no pueden ser superiores a su naturaleza, a su esencia, al modo que el brazo del hombre no puede ser más grande que el hombre mismo, se sigue de aquí que el ser eterno, por el hecho de poseer un atributo infinito, posee también una naturaleza, una esencia infinita; luego es infinito en toda clase de perfecciones. Lo que es infinito bajo un aspecto lo es bajo todos. Es así que el ser infinito es Dios. Luego Dios existe.
    4º Puesto que este ser eterno ha existido siempre, no ha podido recibir la existencia por medio de otro: estaba solo. Tampoco se la ha podido dar a sí mismo, porque nadie se puede crear a sí mismo, luego es necesario que este primer ser exista por la necesidad de su propia naturaleza; es el ser que nosotros llamamos necesario. Dios es el ser necesario, que existe porque le es esencial la existencia, como le es esencial al círculo el ser redondo y al triángulo tener tres ángulos.

    14. P. ¿Podemos comprender a un ser eterno y necesario?
    R. No, no podemos comprender su naturaleza, porque es infinito y, por consiguiente, está por encima de todo entendimiento finito. Tan imposible es comprenderle, como encerrar en la cavidad de la mano la inmensidad del mar. Sin embargo, nosotros estamos ciertos de la necesidad de su existencia.
    Como ya hemos visto, un ser no puede existir sino por sí mismo o producido por otro; no hay término medio entre estas dos maneras de existir. Ahora bien, los seres que pueblan el universo no pueden existir por sí mismos, porque existir por sí mismo es existir necesariamente y desde toda la eternidad. Pero, ¿quién no ve que sería absurdo suponer que todos los seres del universo existen necesariamente?... Fuera de eso, no es posible que todos los seres sean producidos, porque si todos fueran producidos, no hallaría ninguno que les diera la existencia, y entonces ninguno existiría. Luego existe un ser que no ha recibido la existencia de otro, que la tiene por sí mismo, que es necesario, eterno; y este ser eterno y necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios.
    Este argumento se puede presentar en una forma más científica, de la siguiente manera:
    P. ¿Puede probarse la existencia de Dios por la existencia de un Ser necesario?
    R. Sí; se prueba de una manera científica la existencia de Dios con este sencillo argumento:
    a) Existe un ser necesario, b) Este ser necesario es Dios; luego Dios existe.


    a) EXISTE UN SER NECESARIO

    1º que existe algo es evidente, y los mismos ateos no lo niegan: Nosotros existimos
    2º Un ser no puede existir sin una razón suficiente de su existencia. Este principio es de una evidencia tal, que el probarlo, además de ser ridículo, sería inútil, ya que nadie lo discute.
    3º La razón suficiente de la existencia puede ser de dos clases: o a la naturaleza propia de cada ser, o una causa externa. Luego todo ser existe o por virtud de su propia naturaleza, por sí mismo, o es producido por otro. Este principio también es evidente, pues no hay otra manera posible de existir.
    4º El ser que existe por sí mismo en virtud de su propia naturaleza, existe necesariamente, no puede menos de existir; y puesto que la existencia forma parte de la naturaleza de dicho ser, no puede carecer de ella. Es evidente que un ser no puede menos de tener su naturaleza, su esencia, lo que la hace ser lo que es.
    Por tanto, si la existencia forma parte de su naturaleza, existe necesariamente, y por lo mismo, se llama el Ser necesario.
    Al contrario, el ser que debe su existencia a una causa externa, no existe sino dependientemente de esta causa, en cuanto que ha sido producido por ella. Podría no existir, y por eso se llama ente contingente o producido por otro.
    5º No es posible que todos los seres sean contingentes o producidos. Y, a la verdad, el ente producido no existe por su sola naturaleza: no existiría jamás si no fuera llamado a la existencia por una causa extraña a él. Luego, si todos los seres fueran producidos, no habría ninguno que les hubiera dado la existencia. Por consiguiente, si no hubiera un Ser necesario, nada existiría. Es así que existe algo; luego existe también un Ser necesario.

    b) EL SER NECESARIO ES DIOS

    He aquí los caracteres principales del Ser necesario:
    1º El Ser necesario es infinitamente perfecto.
    El Ser necesario, por el mero hecho de existir en virtud de su propia naturaleza, posee todas las perfecciones posibles y en grado eminente; tiene la plenitud del ser, y el ser comprende todas las perfecciones: es pues, infinitamente perfecto.
    De la misma suerte que un círculo posee esencialmente la redondez perfecta, así el Ser necesario posee esencialmente la existencia perfecta, la plenitud del ser; y habría contradicción en decir: el Ser necesario es finito, como la habría en decir que el círculo no es redondo. Luego el Ser necesario posee todas las perfecciones, y en grado tal que excluyen toda medida, todo límite.
    2º No hay más que un solo Ser necesario.
    El Ser necesario es infinito; y dos infinitos no pueden existir al mismo tempo. Si son distintos, no son infinitos ni perfectos, porque ninguno de los dos posee lo que le pertenece al otro. Si no son distintos, no forman más que un solo ser.
    3º El Ser necesario es eterno.
    Si no hubiera existido siempre, o si tuviera que dejar de existir, evidentemente no existiría en virtud de su propia naturaleza. Puesto que existe por sí mismo, no puede tener ni principio ni fin ni sucesión.
    4º El Ser necesario es inmutable.
    El Ser necesario no puede mudarse, porque nunca cambia su razón de ser y la causa de su existencia, que es su naturaleza misma. Por otra parte, mudarse es adquirir o perder algo, mientras que el Ser perfecto no puede adquirir nada, porque posee todas las perfecciones; y no puede perder nada, porque entonces dejaría de ser perfecto. Es pues, inmutable.
    Por consiguiente, también es independiente, es decir, no necesita de nadie, se basta a sí mismo, porque es el Ente que existe por sí, infinito, perfecto, inmutable.
    5º El Ser necesario es un espíritu.
    Un espíritu es un ser inteligente, capaz de pensar, de entender y de querer; un ser que no puede ser visto ni tocado por los sentidos corporales. Todos los hombres han distinguido naturalmente la sustancia viva, activa, inteligente, de la sustancia muerta, pasiva, incapaz de moverse. A la primera le llamaron espíritu, y a la segunda, cuerpo o materia.
    El Ser necesario es un espíritu esencialmente distinto de la materia. Y en verdad, si fuera corporal, sería limitado en su ser como todos los cuerpos. Si fuera material, sería divisible y no sería infinito. Tampoco sería infinitamente perfecto, porque la materia no puede ser el principio de la inteligencia y de la vida, que son grandes perfecciones. Luego el Ser necesario es una sustancia espiritual, absolutamente simple.
    Pero como estos caracteres del Ser necesario son idénticamente los mismos que los atributos de Dios, debemos concluir que el Ser necesario es aquél a quien todo el mundo llama Dios, y que Dios existe.


    DEFINICIONES DEL CONCILIO VATICANO

    Vamos a exponer aquí las definiciones de la Iglesia, no como un argumento contra los incrédulos, sino para hacer resaltar la perfecta armonía existente entre las enseñanzas de la religión católica y la razón.
    “La santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana cree y confiesa que hay un solo Dios verdadero y vivo, creador y señor del cielo y de la tierra, omnipotente, eterno, inmenso, incomprensible, infinito en su entendimiento y voluntad y en toda perfección; el cual, siendo una sola sustancia espiritual, singular, absolutamente simple e inmutable, debe ser predicado como distinto del mundo, real y esencialmente, felicísimo en sí y de sí, e inefablemente excelso por encima de todo lo que fuera de Él mismo existe o puede ser concebido.”
    Cánones: 1º [Contra todos los errores acerca de la existencia de Dios creador]. Si alguno negare al solo Dios verdadero creador y Señor de las cosas visibles e invisibles, sea anatema.
    2º [Contra el materialismo.] Si alguno no se avergonzare de afirmar que nada existe fuera de la materia, sea anatema.
    3º [Contra el panteísmo.] Si alguno dijere que es una sola: y la misma la sustancia o esencia de Dios y la de todas las cosas, sea anatema.
    4º [Contra las formas especiales del panteísmo.] Si alguno dijere que las cosas finitas, ora corpóreas, ora espirituales, o por lo menos las espirituales, han emanado de la sustancia divina, o que la divina esencia por manifestación o evolución de sí, se hace todas las cosas, o, finalmente, que Dios es el ente universal o indefinido que, determinándose a sí mismo, constituye la universalidad de las cosas, distinguida en géneros, especies e individuos, sea anatema.
    5º [Contra los panteístas y materialistas.] Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas que en él se contienen, espirituales y materiales, han sido producidas por Dios de la nada según toda su sustancia, sea anatema.
    Tal es la fe de la Iglesia, la cual afirma la existencia de Dios espíritu puro, distinto del mundo y creador de todas las cosas; ella condena el materialismo, las diversas formas de panteísmo y todos los falsos sistemas modernos. Veremos que el sentido común los condena también como la Iglesia.

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  6. #6
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    Respuesta: La religión demostrada

    Tengo, materialmente, este libro.

    He tenido el placer de leerlo dos veces, y salvo algunas discrepancias (como el ex populo en que se funda el argumento de "todos los pueblos"), lo considero una magna obra, digna de difundirse al por mayor.

    Eso sí, yo lo tengo bajo otro nombre: "El catolicismo demostrado" (claro, en estricto sentido, religión y catolicismo son sinónimos, el resto son falsas-religiones).

    Gran aporte, Heyronimus.

    Si alguien, en Chile, lo quiere, contáctenme, y vemos como lograr el préstamo material.

  7. #7
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    Respuesta: La religión demostrada


    Refutación del ateísmo
    MATERIALISMO – PANTEISMO – POSITIVISMO – EVOLUCIONISMO
    15. P. ¿Puede explicarse, prescindiendo de Dios, el origen del mundo y de los seres que lo componen?
    R. No; es imposible. Todos los sistemas inventados para explicar el origen de los seres, el movimiento y el orden que reinan en el mundo, la vida de las plantas y de los animales, la vida intelectual del hombre, son absurdos, imposibles. Es necesario recurrir a Dios todopoderoso, creador del mundo y de todo lo existente. Hemos de decir con la Iglesia: “Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”.
    Es fácil afirmar: Dios no existe; basta ser un necio: Dixit insipiens. Pero no termina todo en este aserto: hay que explicar el mundo, el mundo existe... Cabe deslumbrar con palabras rimbombantes de inmanencia, períodos atómicos, gases en combustión, cantidades puras, etc., pero estas sonoras palabras nada explican.
    Las pruebas de la existencia de Dios refutan el ateísmo, quédanos por demostrar lo absurdo de los sistemas imaginados para explicar: 1°, la existencia de la materia; 2°, la organización del mundo; 3°, el origen de los seres vivientes. Estos sistemas pueden reducirse a cuatro: 1°, materialismo; 2°, el panteísmo;3°,el positivismo, y 4°, el evolucionismo o darwinismo.


    Materialismo16. P. ¿Qué es el materialismo?
    R. El materialismo es el grosero error que no admite más que una cosa: la materia, cuyos átomos, primitivamente separados, se han reunido y han formado el mundo. Según este sistema, la materia es eterna, y existe por sí sola, con sus fuerzas y sus leyes. Semejante sistema es imposible; y es baldón de nuestra época haber renovado estos errores paganos.
    Los incrédulos modernos, al negar a Dios, no pueden librarse de admitir las perfecciones que este Nombre augusto representa. Las atribuyen a la materia, cuya existencia única proclaman, haciendo de ella un ídolo. Dicen que es necesaria, eterna, increada y creadora del orden y de la vida.
    Pues nada más falso, ni más imposible.
    1° El Ser necesario no puede menos de existir; y es evidentísimo que la materia podría no existir. ¿Cuál es el ser, tomado individualmente, que sea necesario en el mundo? ¿Qué importan una piedra, un árbol, una montaña más o menos? Lo que es verdadero hablando de las diversas partes, es necesariamente verdadero hablando del todo; luego la materia no es el Ser necesario.
    2° El Ser necesario es infinito. ¿Puede decirse, por ventura, que la materia es infinita? Toda materia ¿no es limitada? La materia no posee ni vida ni inteligencia; no es pues, infinitamente perfecta; luego no es el Ser necesario.
    3° El Ser necesario es inmutable; y al contrario, la materia está sometida a toda clase de mudanzas: las combinaciones físicas y químicas modifican diariamente su forma y manera de ser. Luego, una vez más, la materia no puede ser necesaria.
    El ateo es en realidad digno de lástima por los absurdos que está obligado a admitir. Así: 1° Admite una materia, por naturaleza propia soberanamente imperfecta, y que, sin embargo, tendría una perfección infinita, la eternidad.
    2° Admite una materia absolutamente inerte, que se daría a sí misma un movimiento que no tiene.
    3° Admite una materia desprovista de inteligencia, y que produce obras maestras de inteligencia, como lo es la organización del universo, ese reloj inmenso y complicado que no se rompe, que no se detiene, que no se gasta, que no se descompone nunca.
    4° Admite una materia que no tiene vida y que produce seres vivientes como la planta, el animal, el hombre.
    5° Admite una materia que no piensa, que no raciocina, que no es libre, y que produce seres capaces de pensar, de raciocinar, de querer libremente, como el hombre.
    Los impíos modernos, capitaneados por Renán, han renovado el sistema de Epicuro. Suponen un número infinito de átomos que se mueven en el vacío. Un día, estos átomos se encontraron por casualidad, se unieron y formaron masas de las que resultaron tierra, sol, luna, estrellas, es decir, el universo.
    Su sistema es pueril y absurdo. Suponen átomos innumerables, mas no dicen de donde salen. Los suponen en movimiento, pero se olvidan de decir quién los mueve. Suponen que su encuentro fortuito ha producido el mundo, pero no dicen quién es el autor del orden admirable que reina en el mundo.
    Estos incrédulos fundan su sistema sobre tres imposibles:
    1°Es imposible que existan átomos sin un creador;
    2°Es imposible que los átomos se mueven sin un motor;
    3° Es imposible que el encuentro de los átomos haya producido el orden sin un ordenador inteligente.
    Se necesita un Dios para crear estos famosos átomos, un Dios para ponerlos en movimiento, un Dios para formar esos globos admirables que ruedan sobre nuestras cabezas con orden y armonía sublimes.
    Lo que se dice de los átomos puede aplicarse igualmente a las substancias gaseosas o líquidas, a la materia primera que ha servido para construir el mundo.

    Panteísmo
    17. P. ¿Qué es el panteísmo?
    R.El panteísmo es un error monstruoso que no admite un Dios personal distinto del mundo; Dios sería el conjunto de todos los seres del universo. Este sistema no es más que un ateísmo hipócrita; repugna y es desastroso en sus consecuencias.
    El segundo sistema inventado para explicar el mundo, prescindiendo de Dios, se llama panteísmo. Esta palabra significa que todo es Dios. Se presenta bajo formas muy diversas, pero su dogma constitutivo consiste en admitir una sola substancia, de la cual los seres visibles no son sino modificaciones o evoluciones. Es el Dios-naturaleza, el Dios-fuerza, el Dios-energía, el Grande-Todo; es la identidad de Dios y del universo. Se puede decir del panteísmo lo que decía Bossuet del paganismo: Todo es Dios, excepto Dios mismo.
    “Según este ridículo sistema, usted es dios y yo soy dios. Un macho cabrío y un toro que rumia son nuestros hermanos en divinidad. Pero, ¿qué digo? Una berza, un nabo, una cebolla, son dioses como nosotros. El hongo que usted recoge por la mañana es un dios que brotó durante la noche. Cuando una zorra atrapa una gallina, es un dios que atrapa a otro dios. Cuando un lobo devora un cordero, es un dios que se devora a sí mismo. El cardo y el asno que lo como son el mismo dios. Si yo corto a un hombre el cuello, ejecuto una acción divina... Ya ve usted cuán razonable es todo esto y, sobre todo, cuán moral. Con este sistema no hay más crímenes. El robo, el asesinato, el parricidio son caprichos de un dios... ¿Puede imaginarse nada más absurdo?... ¡Parece cosa de sueño ver a hombres que se dicen filósofos escribir y enseñar semejantes estupideces!” (MAUNOURY, Veladas de otoño).
    1°El panteísmo destruye la idea de Dios; porque Dios es inmutable, infinito, perfecto y necesario, y no puede, por tanto, ser variable, finito, limitado, imperfecto como la materia. Es un ateísmo hipócrita.
    2°Admite efectos sin causa; porque si Dios no es un ser personal, distinto del mundo, no hay seres necesarios, puesto que el Ser necesario es único, y entonces, ¿dónde está la causa que ha producido el universo?...
    3°Es contrario al sentido íntimo. Yo siento, sin que haya lugar a dudas, que yo soy yo, y no otro.
    4°Contradice los enunciados de la razón, que destruye en Dios, y en el mundo atributos contradictorios.
    5°El panteísmo es una verdadera locura, pero una locura criminal, porque abre la puerta a los vicios y aniquila la virtud, porque destruye toda la idea de legislador, de ley, de conciencia, de deber, de castigo y de recompensa.
    N. B. – Hay dos formas principales de panteísmo: el naturalista, que es un materialismo disfrazado, y el panteísmo idealista del judío holandés Espinosa y de Hegel, popularizados en Francia por Renán, Tiene y Wacherot.

    Positivismo
    18. P. ¿Qué es el positivismo?
    R.El positivismo es un sistema que no admite nada real y positivo si no es materia; no reconoce sino lo que se puede comprobar con la experiencia, y considera como hipotético todo lo que cae bajo el dominio de los sentidos: Dios, alma, vida futura. Este sistema degradante no es sino un materialismo hipócrita.
    El positivismo es el último progreso de la razón humana, el último término de las evoluciones científicas. Los positivistas reconocen por jefe a Comte y por maestros a Littré, Renán, Robinet... no quieren buscar la causa primera de los seres, declarándola desconocida, y pretenden que no hay que tratar de ella... Según ellos, “nada hay real y positivo más que la materia, las fuerzas que le son propias y las leyes que de ellas dimanan. Todo lo que no se halla en los hechos es inaccesible a la razón; los hechos, y sólo los hechos analizados y coordinados; lo demás es quimera. Lo infinito no es más que un ideal, y, por consiguiente, no hay Dios; Dios es una ficción, o, a lo sumo, una hipótesis, hoy completamente inútil. No hay alma espiritual: la idea, el pensamiento no son sino productos, secreciones del cerebro. En una palabra: una sola cosa existe, y ésta es la materia”.
    Tal es el resumen de la doctrina positivista: la negación de Dios y del alma espiritual; la moral independiente o la moral sin Dios, que no tiene más principio ni más regla de conducta que el sentimiento del honor. Este sistema abyecto se reduce a una forma disfrazada del ateísmo: es un materialismo hipócrita.
    La refutación de este grosero error se halla en las diversas pruebas que hemos presentado de la existencia de Dios. Estos pretendidos sabios se limitan a negar, sin probar nada. Pero se necesita algo más que una simple negación para destruir nuestras pruebas. Negar a Dios no es suprimir su existencia. Después de miles de años, el mundo cree en Dios, y tiene derecho a reírse de esas negaciones gratuitas. Por más que el ciego niegue la existencia del sol, el sol no dejará de iluminar.
    Los positivistas rechazan la ley del sentido común y de la razón, que obliga a admitir una causa productora de los fenómenos que nosotros vemos. Más allá de esta bóveda estrellada, dice Pasteur, ¿qué hay? – Otros cielos estrellados. – Sea, ¿Y más allá?... El espíritu humano, impulsado por una fuerza invencible, no cesará de preguntarse: ¿Qué hay más allá? Hay que llegar a lo infinito, y solo Dios es infinito.
    Hay que llegar hasta el Ser necesario, pues, conforme hemos visto, no todos los seres pueden ser producidos; y no hay más que un solo Ser necesario, y este Ser necesario, y este Ser necesario es el mismo Dios.

    Generaciones espontáneas. – Transformismo o darwinismo

    19. P. ¿Cuáles son las hipótesis imaginadas por los incrédulos para explicar con exclusión de Dios, el origen de los seres vivientes?
    R. Han ideado la hipótesis de la generación espontánea y la del evolucionismo o darwinismo. Estos dos sistemas, que adquirieron gran celebridad, son contrarios a las experiencias científicas; llegan a suponer efectos sin causa y, por lo mismo, la ciencia y el sentido común los condenan y rechazan.
    1°Algunos naturalistas, para prescindir de Dios, atribuyen el origen de los seres vivientes a las generaciones espontáneas. Así se llama el nacimiento de un ser vivo sin un germen anterior, por el solo juego de las fuerzas inherentes a la materia.
    2°Se llama evolucionismo el sistema según el cual los seres vivientes más perfectos derivan de otros menos perfectos, por una serie indefinida, desde el ser más rudimentario hasta el hombre. De acuerdo con este sistema, los impíos pretenden que el hombre desciende del mono. El inglés Darwin, particularmente, se ha dedicado a explicar estas transformaciones sucesivas mediante dos agentes que llama selección natural y lucha por la existencia. Darwin ha dado al evolucionismo su nombre, y así se llama también darwinismo.
    Estos dos sistemas, la generación espontánea y el evolucionismo, dejan siempre sin solución la cuestión de saber quién ha creado los primeros seres y quién les ha dado su energía vital...
    Después de los experimentos de Pasteur y otros sabios, el sistema de las generaciones espontáneas ha quedado definitivamente refutado. El aire y el agua están llenos de gérmenes, para cuyo desarrollo sólo se requiere un medio propicio. Destruidos estos gérmenes, no hay producción alguna. Todos los animales están sometidos a la misma ley: no existen, si no son producidos por otros seres vivos de la misma especie.
    El darwinismo tiene por base fundamental la evolución de las especies. Pues bien, si hay algo bien comprobado es que las especies son fijas, y no se transforman. Es posible perfeccionar las razas, pero las especies no se mudan; son y quedan eternamente distintas. Producir una especie nueva, decía Leibnitz, es un salto que jamás da la naturaleza; lo mismo afirman los sabios naturalistas. Luego tal sistema está en flagrante contradicción con las leyes de la naturaleza.
    Estos enunciados, resultados de la experiencia y de la ciencia, están confirmados también por la historia y por la geología. Cuando se examinan las especies animales y vegetales recogidas de las tumbas egipcias y en los yacimientos fósiles, se las encuentran absolutamente iguales a las que viven en nuestros días. Las semillas encontradas en esas mismas tumbas no han dejado de producir vegetales idénticos a los nuestros.
    Este sistema es contrario a la razón; admite efectos sin causa, ¡y qué efectos! Todo el mundo viviente. La razón por la cual una causa puede producir su efecto es porque lo contiene de alguna manera. ¿Cómo dar lo que no se tiene? Es imposible.
    Pero una cosa se puede contener en otra, de tres maneras: 1° Formalmente con todo su ser; así, un trozo de mármol está contenido en la cantera. 2° Eminentemente, es decir, de una manera superior; así, la autoridad soberana contiene la de un prefecto, de un gobernador de provincia. 3° Virtualmente, en germen, y es la manera como todos los seres vivientes están contenidos en el germen que los produce.
    Pues bien, estos seres vivientes no están contenidos de ningún modo en la materia bruta; por lo tanto, existirían sin causa.
    Además, ninguna causa puede producir un efecto o un ser de especie superior a ella, porque este grado superior de ser no tendría, como tal, una causa positiva. Ahora bien, los seres vivientes son de naturaleza superior a la materia bruta; luego estos seres vivientes no pueden proceder de ella, porque serían efectos sin causa.
    Por las mismas razones, los seres vivientes superiores no pueden proceder de los inferiores. Así, el hombre no puede proceder del mono: sería un efecto sin causa. “Ningún ser – dice Santo Tomás – puede obrar más allá de su especie, teniendo en cuenta que la causa debe ser más poderosa que el efecto y que el efecto no puede ser más noble que la causa.”
    En resumen, el sentido común nos dice: No se puede dar lo que no se tiene; si ni se tiene dinero, no se puede dar dinero. Ahora bien, la materia no tiene movimiento, no tiene vida, no tiene inteligencia: luego no puede dar ni movimiento, ni vida, ni inteligencia. Pero en el universo hay movimiento, hay seres vivos, hay seres inteligentes; luego existe fuera del mundo un ser superior que ha dado al mundo el movimiento, la vida, la inteligencia. Este ser es Dios.
    CONCLUSIÓN – Para explicar el origen del mundo, se ha de admitir el dogma de la creación. Crear es sacar de la nada; crear es producir seres por un simple acto de voluntad. Dios, por un simple acto de voluntad omnipotente, ha creado el mundo.
    La creación no repugna por lo que respecta a la criatura, la cual es posible sin ser necesaria; puede, pues, empezar a existir; y en efecto, nosotros vemos muchísimas cosas que nacen y empiezan...
    La creación no repugna por lo que respecta a Dios, porque su poder es infinito; puede, pues, producir todo efecto que no repugne. La creación, por el contrario, es digna de Dios. Crear es obrar con toda independencia; es no depender de su acción de ninguna materia ni de ningún instrumento. Luego la creación es posible.
    El dogma de la creación se impone. No queda fuera de ella otro medio para explicar el origen de los seres que forman el universo. El mundo es finito, limitado, sujeto a mudanzas, y, por lo tanto, no puede ser el ente necesario. Luego ha sido producido por otro. No puede ser una emanación de la substancia divina, porque el Ente divino es absolutamente simple, indivisible, inmutable. No queda otro recurso para explicar su existencia que decir que ha sido creado por la omnipotencia de Dios. Aquí, la razón, como la fe, se ven obligadas a exclamar: ¡Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra!

    LA DENUNCIA PROFETICA: La Religión Demostrada
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    Consecuencias funestas del ateísmo

    20. P. ¿Cuáles son las funestas consecuencias del ateísmo?
    R. El ateísmo conduce a las más funestas consecuencias:
    1° Quita al hombre todo consuelo en las miserias de la vida.
    2° Destruye la moral y entrega al hombre a sus perversas pasiones.
    3° Hace imposible la sociedad.
    1°El ateísmo quita al hombre todo consuelo. El corazón del hombre necesita de Dios cuando el dolor le hiere. Junto a un féretro, al borde de una tumba, hay un solo consuelo eficaz. Suprime a Dios, ¿y qué consuelo le ofrecerás al hombre que llora la pérdida de una madre, de una esposa, de hijos tiernamente amados? Para ser ateo es menester no tener corazón.
    ¿Qué serían, sin Dios, los pobres, los enfermos, los débiles, los desheredados de la vida? Dios es el amigo de los que no tienen amigos, el refugio de los perseguidos, el vengador de los calumniados, el tesoro de los inteligentes. Sin Dios, el mundo sería un infierno para las tres cuartas partes de la humanidad.
    Si Dios no existe, ¿de qué sirve nacer para trabajar, penar, sufrir durante cincuenta o ochenta años, languidecer algunos meses, en una cama de hospital y después morir y convertirse en pasto de gusanos? ¿Qué nos dan los crueles sofistas que dicen que Dios no existe? La embriaguez y la crápula: esto es lo que nos proponen en lugar del cielo. ¡Miserables!...
    ¿No es mejor mirar al cielo y decir a Dios: Padre, no te olvides de tus hijos que trabajan, que sufren y esperan tu reino?...
    2° El ateísmo destruye la moral. Si no hay Dios, ninguna autoridad soberana importe el deber, ninguna justicia infinita recompensa a los buenos y castiga a los malos como conviene; el hombre sin deberes, libre del temor del castigo y sin esperanza de recompensa, no tiene por qué no dar rienda suelta a sus pasiones. Se destruye toda moral.
    Una moral es esencialmente una regla de vida que obliga a un ser libre, prescribiéndole ciertos actos y prohibiéndole otros. Esta regla, obligatoria como toda ley, supone un legislador que la dicte, un juez que la aplique, un remunerador que recompense a los que la observan y castigue a los que la violan. Si falta Dios, no hay legislador, ni juez, ni remunerador de la virtud, ni castigador del vicio; el hombre queda entregado a sí mismo y a sus torcidas inclinaciones. La ley moral sin sanción carece de autoridad y será despreciada siempre que demande esfuerzos penosos y sacrificios.
    – Se nos dirá: ¿Y la conciencia?...
    – Si la conciencia que manda y prohíbe, no es el eco de la voz de Dios, ahogaremos sus gritos y no la obedeceremos. La conciencia nada significa si no habla en nombre de un superior. Si Dios no existe, yo desafío a todo el mundo a que se me muestre una ley que me obligue en conciencia. ¿Quién me impide satisfacer todas mis pasiones? ¿Con qué derecho viene un hombre a imponerme su voluntad?... Dios es el principio de donde dimanan todos los derechos y todos los deberes. Sin Dios, un niño será, con el tiempo, un mal hijo, un mal padre, un mal esposo, un mal ciudadano, el primero de los impíos, el último de los hombres. Será un joven sin buenas costumbres, un hombre maduro sin conciencia, un viejo sin remordimientos, un moribundo sin esperanza.
    3°Si no hay Dios, la sociedad es imposible. Una sociedad no puede subsistir si no existen la autoridad que impone las leyes, la obediencia que las cumple, y las virtudes sociales.
    Ahora bien, faltando la creencia en Dios, los gobernantes de los pueblos no tienen espíritu de justicia, se convierten en tiranos, y en el poder no buscan más que el modo de satisfacer sus pasiones. Los súbditos pierden el respeto a la autoridad, el espíritu de sumisión a las leyes, y no tienen más aspiración que el placer, ni más freno que el temor, ni más regla de conducta que la utilidad o el capricho. Una sociedad de ateos sería ingobernable.
    Si no admitimos a Dios, no se conciben, virtudes sociales, ni justicia, ni caridad, ni espíritu de sacrificio, ni patriotismo.
    Si la justicia no es impuesta por Dios, nadie la practicará. – Dos comerciantes ajustan una cuenta: – ¿Quiere usted un recibo? – Entre gente honrada no es menester: Dios nos ve, y esto basta. – ¿Usted cree en Dios? – Yo sí, ¿y usted? – Yo no. – Entonces, deme usted pronto un recibo...
    Para vivir en sociedad hay que consagrarse al bien general, a veces hasta el sacrificio de la propia vida. Soldado oscuro, colocado como centinela en los puestos avanzados, y sorprendido por el enemigo, si doy la señal de alarma, caeré hecho pedazos; la conciencia me intima que dé la señal y muera. Si Dios ha de recompensar mi abnegación, yo acepto la muerte. Pero si Dios no existe, ¿puedo yo sacrificar mi vida, único bien que poseo, sin tener ninguna recompensa?... Hay que morir por la patria, se dice; pero, ¿qué me importa la patria, si Dios no existe?...
    Donde no existe la creencia en Dios, no solamente no hay virtudes sociales, sino que, por el contrario, se multiplican todos los crímenes, y los hombres no son más que animales salvajes que se devoran unos a otros. – Pero objetarás: ¿Y la cárcel, y la policía?... – No siempre todos los asesinatos son descubiertos, muchos crímenes quedan ocultos e impunes. Si no hay un Dios a quien rendir cuentas, basta evitar la policía, o comprarla. Tal sociedad sería bien pronto un matadero.
    Todas las sociedades, desde el origen del mundo hasta ahora, han reposado sobre tres verdades fundamentales: la existencia de Dios, la del alma y la de la vida futura. Remueve estas tres bases morales, y arrojarás las sociedades al abismo de las revoluciones y las condenarás a muerte.
    Los horrores y las matanzas de la Revolución del 93 y de la Comuna de París en 1871, no eran más que el ateísmo puesto en práctica. El socialismo, que quiere destruir la sociedad hasta en sus cimientos, es fruto natural del ateísmo: los mismos positivistas lo declaran en sus libros y revistas. Por consiguiente, se necesita para fundamento, y fundamento estable, de las sociedades humanas un Dios todopoderoso, bueno, justo, creador de todas las cosas y gobernador del mundo material por medio de leyes físicas, y de los hombres por medio de leyes morales. Todo descansa sobre esta base.

    21. P. ¿Hay realmente ateos?
    R. Se dicen ateos aquellos que niegan la existencia de Dios. Se clasifican en tres categorías. Los ateos prácticos, que se portan como si Dios no existiera. Los ateos de corazón, que querrían que Dios no existiera, a fin de poder entregarse libremente a sus pasiones. Los ateos de espíritu, aquellos que, engañados por sofismas, creen que no hay Dios.
    Hay por desgracia, un número demasiado crecido de ateos prácticos que viven sin Dios, y no le rinden homenaje alguno.
    Hay también, para vergüenza del género humano, ateos de corazón, que desean que no haya Dios, que así se atreven a decirlo y a escribirlo en sus libros y en los periódicos, porque temen a un Dios que castiga el mal.
    Pero no existen verdaderos ateos que nieguen a sangre fría y con convicción la existencia de Dios. Solamente el corazón del insensato es el que desea que Dios no exista: Dijo el necio en su corazón, no en su inteligencia: ¡Dios no existe!
    Las principales causas productoras del ateísmo son: 1°, el orgullo, que obscurece la razón; 2°, la corrupción del corazón, al que molesta y espanta la existencia de Dios. Un día le dijeron a un hombre de ingenio: - ¿Cuál es la causa de que haya ateos? – La cosa en muy fácil de explicar, contestó; para hacer un civet[1], toma una liebre, dice la cocinera perfecta; para hacer un individuo que niegue la existencia de Dios, toma una conciencia y mánchala con tantos crímenes que no pueda ya contemplarse a sí misma sin exclamar: “¡Ay de mi, si Dios existe!” Ahí tienes el secreto del ateísmo.
    Los que creen o aparentan no creer en Dios son, por regla general pobres ignorantes que no han estudiado nunca la religión; o gente malvada, orgullosos, ladrones, libertinos, interesados en que Dios no exista para que no los castigue según lo merecen. Dios es una pesadilla de los malhechores, mucho más odiosa que la policía, y su existencia se niega para andar con mayor libertad... “Yo quisiera ver, dice La Bruyere, a un hombre sobrio, moderado, casto y justo, negando la existencia de Dios; ese hombre, por lo menos hablaría sin interés; pero un individuo así no se encuentra”. – Tened a vuestras almas en estado de desear que Dios exista, y no dudaréis nunca de El. – J.J. ROUSSEAU.

    Objeciones del ateísmo
    Todos los argumentos que presentan los falsarios sabios para librarse de creer en Dios, y particularmente para no hacer lo que El manda, se reducen a los dos siguientes: 1° A Dios no se le ve. 2° No se le comprende.
    1° Yo no creo sino lo que veo. Pero a Dios yo no le he visto. Luego Dios no existe.
    Respuesta. – Se les podría preguntar: ¿Han visto ustedes el Asia, el Africa, la Oceanía? ¿Han visto ustedes a Napoleón o a Carlos V? - ¿Han visto al relojero que construyó el reloj que usan? - ¿Ven el aire que respiran y que los hace vivir? ¿El fluido eléctrico que pasa rápido como el relámpago por el hilo telegráfico para transmitir el pensamiento hasta los últimos rincones del mundo? ¿Ven la fuerza que en la pólvora o en la dinamita hace pedazos las rocas más grandes? ¡Cuántas cosas admiten ustedes sin verlas, solo porque ven sus efectos!
    Pues bien, nosotros, por nuestra parte, creemos en Dios porque vemos en el mundo los efectos de un poder y de una sabiduría infinitos.Es cierto que a Dios no se le puede ver con los ojos del cuerpo, porque es un puro espíritu que no se puede ver, ni tocar, ni percibir con los sentidos. Pero, ¿acaso no tiene el hombre diferentes medios para conocer lo que existe?
    ¿No existe la inteligencia, que ve la verdad con evidencia, sea que se manifieste al espíritu como la luz se manifiesta al ojo, sea que resulte de una demostración o raciocinio? Los que solo quieren creer lo que ven, rebajan la dignidad del hombre y se colocan en un plano inferior a los brutos. ¿Te atreverías a negar la luz porque no la puedes percibir mediante el oído? ¿Puede un ciego negar la existencia del sol porque no lo ve? Pues de la misma manera, si no se ve a Dios con los ojos del cuerpo, se le ve con la razón, se le conoce por sus obras.
    Un misionero preguntaba a un árabe del desierto: – “¿Por qué creen en Dios? – Cuando yo percibo, respondió él, huellas de pasos en la arena, me digo: alguien ha pasado por aquí. De la misma manera, cuando veo las maravillas de la naturaleza, me digo: una gran inteligencia ha pasado por aquí, y esta inteligencia infinita es Dios”.
    Uno de los más célebres naturalistas, Linneo, decía: “En medio de las maravillas del mundo he visto la sombra de un Dios eterno, inmenso, todopoderoso, soberanamente inteligente, y me he prosternado para adorarle”.
    Narración. – Poco tiempo hace que vivía un viejo que no tenía menos de cien años; y este anciano, que había estudiado durante toda su vida, era uno de los hombres más sabios de Francia y del mundo entero. Se llamaba Chevreul.
    Un día que había hecho oración en público, un joven atolondrado de veinte años le dijo: – “¿Usted, pues, cree en Dios? ¿Le ha visto usted? – Claro que sí, joven, yo he visto a Dios, no en sí mismo, porque es un espíritu puro, pero sí en sus obras.
    “Sí; yo he visto su omnipotencia en la magnitud de los astros y en su rápido movimiento.
    2° Los incrédulos dicen también: Yo no puedo creer lo que no comprendo; y como no comprendo a Dios, no existe.
    “¿Crees tú en la tortilla?, decía, en 1846, el P. Lacordaire a un burgués incrédulo. – Seguramente. – ¿Y comprende usted cómo el mismo fuego que hace fundir la mantequilla endurece los huevos?” – El burgués no supo qué responder. ¡Cuántas cosas hay que admitir sin comprenderlas! ¿Cómo la misma tierra, sin color ni sabor, produce flores y frutos de matices y sabores tan variados? ¿Cómo el grano de trigo se transforma en tallo, y luego en espiga de 30, 40, 50 granos? ¿Cómo el pan se convierte en carne y en nuestra sangre? ¿Qué es la luz, el vapor, la electricidad?... ¿Qué es el cuerpo? ¿Qué es el alma? ¿Qué es la vida? ¡Misterio! Todo es misterio en torno nuestro, y a cada instante debemos inclinar nuestra pobre razón ante muchas cosas que nos vemos forzados a admitir.
    Es indudable que nosotros no podemos comprender a Dios, porque comprender en contener, y nuestro espíritu es demasiado pequeño, demasiado limitado para contener a Dios, que no tiene límites. Para comprender lo infinito es menester una inteligencia infinita; si el hombre pudiera comprender a Dios, Dios no sería Dios, porque no sería infinito. Pero nosotros podemos concebir a Dios, es decir, tener un conocimiento suficiente de su ser, de sus atributos y especialmente de su existencia.
    Dios es, aquí abajo, lo que hay de más caro y más obscuro al mismo tiempo; de más claro en su existencia, de más obscuro su naturaleza. Es visible en sus obras, que son a manera de otros espejos donde se reflejan sus perfecciones adorables, y está oculto a causa de las sombras que envuelven su grandeza infinita: es el sol oculto detrás de una nube. Pero se rasgará el velo que nos oculta la divinidad, y, semejante al crepúsculo que anuncia el sol, el tiempo presente no es más que la aurora del día eterno.
    Narración. – El célebre orador Combalot predicaba un día en Lyon. Acababa de exponer a su encantado auditorio las pruebas de la existencia de Dios; y, en una conclusión enérgica, había atacado al audaz sacrilegio de aquellos desgraciados que padecen la locura de rebelarse contra su Creador.
    El padre, agitado, sudando a mares, baja del púlpito. Al llegar a los últimos escalones, se detiene, se golpea la frente y vuelve a subir como si fuera a empezar un nuevo sermón. No fue muy largo.
    – Lioneses, dijo: desde vuestra ciudad se distingue el monte Blanco. Pues bien, ¡Las ratas no se lo comerán!...
    El público quedó maravillado y convencido. En efecto, sería cosa eminentemente ridícula una conspiración de ratas que juraran arrasar el monte Blanco. Pero no lo será nunca tanto como ese puñado de ateos que atacan a Dios y que se han prometido destruirlo. ¡Podres ratas, que quieren arrasar una montaña, millones de veces más grande que el monte Blanco de los Alpes!...
    Todo en un Dios anuncia la eternal existencia:
    A Dios no se le puede comprender ni ignorar.
    La voz del universo prueba su omnipotencia,
    La voz de nuestras almas nos le manda adorar.
    _________
    [1] Salsa hecha con carne de liebre.
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    III. Dios es el Creador, conservador y Señor de todas las cosas

    El lo gobierna todo con su Providencia

    La vista del universo nos ha mostrado la existencia de una causa primera, de un Dios, Ser necesario, eterno, infinito, dotado de todas las perfecciones posibles. Este mismo espectáculo nos muestra también lo que es Dios con relación a nosotros. Dios es el Creador de todas las cosas y su soberano Señor. El lo conserva y gobierna todo con su Providencia.

    22. P. ¿Por qué se llama a Dios Creador del cielo y de la tierra?
    R.Llamamos a Dios Creador porque ha sacado de la nada el cielo, la tierra, los ángeles, los hombres y todo cuanto existe.
    Crear es hacer algo de la nada por el solo acto de la voluntad. Sólo Dios es creador: la creación exige una potencia infinita, porque de la nada al ser hay una distancia infinita que solo Dios puede salvar. Aunque los hombres reunieran todos sus esfuerzos, no serían capaces de crear un grano de arena.

    23. P. ¿Por qué ha creado Dios el mundo?
    R.Dios ha creado al mundo para su propia gloria, único fin verdaderamente digno de sus actos: Y también para satisfacer su bondad comunicando a los seres creados la vida y la felicidad de que El es principio.
    Dios no podía crear sino para su gloria: El debe ser el único fin de todas las cosas, por la razón de ser su único principio. Dios no podía trabajar para otro, porque El existía solo desde toda la eternidad. Aparte de esto, ningún obrero trabaja sino para su propia utilidad. Si trabaja para otro, es porque espera ser remunerado. Dios, comunicando el ser, cuya fuente y plenitud posee, no podía proponerse otra cosa que grabar en sus criaturas la imagen de sus perfecciones, manifestarse a ellas, ser reconocido, adorado, glorificado por ellas como un padre es bendecido, amado, alabado por sus hijos.

    24. P. ¿Cómo procuran la gloria de Dios las criaturas inanimadas o sin inteligencia?
    R. Manifestando a los hombres, el poder, la sabiduría y la bondad de su Creador. Estas criaturas existen para el hombre y el hombre para Dios.
    Contemplando la magnificencia del universo, el hombre aprende a conocer las perfecciones divinas que brillan en todas partes, y se siente obligado a rendir pleito homenaje al Autor de todas las cosas, no sólo en su propio nombre, sino en nombre también de todos los seres inanimados o privados de razón, de los cuales él se ve hecho rey, y cuyo intérprete y mediadorlas criaturas materiales bendicen y adoran a su Creador, no por sí mismas, sino mediante el hombre, que como pontífice de la naturaleza entera, ofrece un homenaje a la divinidad.

    25. P. ¿Dios es el Dueño o Señor de todas las cosas?
    R. Sí; Dios es el Dueño de todas las cosas, porque El las ha creado y las conserva.
    Si el artista es dueño de su obra, con mayor razón Dios es el Señor del universo, porque El lo ha hecho, no solamente dándole la forma como el artista a su obra, sino comunicándole el ser a su materia, a su substancia. Y no es todo, sino que Dios lo conserva; de suerte que si por un solo instante dejara de sostenerlo, inmediatamente el mundo volvería a la nada.
    El dominio de Dios es universal, porque todo lo que existe le debe el ser y la conservación. Es absoluto, y nadie puede resistir a su poder soberano. Es necesario, es decir, que Dios no puede abdicar de él, porque nada es independiente de Dios. Por consiguiente, si el hombre es libre, no es independiente. Puede negar a Dios su obediencia, pero a pesar de su rebeldía, queda sujeto a este deber.

    26. P. ¿El mundo necesita de Dios para seguir existiendo?
    R. Sí; el mundo, que vino de la nada por la voluntad de Dios, no existe sino por la misma voluntad. Es necesario que Dios conserve los seres de una manera directa y positiva por una especie de creación continuada.
    Fue necesario que Dios sacara de la nada el mundo para que existiera. También es necesario que lo conserve para que no vuelva a la nada.
    Para que un ser contingente o producido sea conservado en todos los momentos de su existencia, necesita del mismo poder y de la misma acción que se necesitó para que fuera producido, porque no contiene en sí mismo el poder de existir. Si la acción de Dios se detiene, el ente cae en la nada.
    Dios, que conserva sus criaturas, concurre también a la acción de éstas de una manera positiva e inmediata. Y no es que El obre en lugar de ellas, sino que les da la facultad de obrar y las ayuda a ejercer esa facultad. Es lo que se llama concurso divino: las causas segundas obran siempre sometidas a la influencia de la causa primera.

    27. P. ¿Gobierna Dios el mundo?
    R. Sí; Dios gobierna el mundo con una sabiduría y poder infinitos. Gobierna el mundo material y el mundo espiritual; la actual sociedad civil y la sociedad religiosa; las naciones, la familia, los individuos; El dirige todos los acontecimientos, y nada sucede sin su orden o permiso. Este gobierno que Dios ejerce sobre el mundo se llama Providencia.
    Dios, después de haber creado el mundo, no lo deja entregado a sí mismo: no solamente lo conserva, sino que lo gobierna con su Providencia. Dios gobierna todas las cosas, es decir, las dirige a su fin propio, y no sucede nada en este mundo sin su orden o sin su permiso.
    El fin de las criaturas es el objeto para el cual Dios las ha criado; es la función a la cual el Criador las destina. Dios provee a todos los seres de los medios necesarios para alcanzar este fin, para desempeñar sus funciones.
    Nada sucede sin orden o sin permiso de Dios, porque hay cosas que Dios quiere y ordena positivamente, y otras que sólo permite. Dios quiere todo aquello que resulta de las leyes establecidas por El; pero el pecado sólo lo permite; El no lo autoriza, pero lo tolera por respeto a la libertad de que ha dotado al hombre.

    28. P. ¿Qué es la Providencia divina?
    R. En su acepción más amplia, la Providencia es el cuidado que Dios tiene de todas sus criaturas.
    En sentido estricto, la Providencia es la acción llena de sabiduría y de bondad por la cual Dios quía a cada criatura al fin particular que le ha señalado, y a todas a un fin general, que es su propia glorificación.
    La palabra Providencia significa prever y proveer; es una operación divina por la cual Dios prevé el fin de todas sus criaturas y las provee de los medios necesarios para alcanzarlo. Dios dirige así todas las cosas a la realización de sus eternos designios.

    29. P. ¿Cómo se prueba la existencia de la divina Providencia?
    R.Dios no sería infinitamente sabio, poderoso, bueno y justo, si no velara por todas sus criaturas, particularmente por el hombre.
    La historia enseña que todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, han creído en la Providencia; es pues, su existencia una verdad de sentido común.
    Fuera de eso, la negación de la Providencia implica las mismas funestas consecuencias del ateísmo.
    La idea de Dios, bien comprendida, demuestra la absoluta necesidad de la Providencia. Dios es infinitamente sabio, luego ha debido, al llamar a cada cosa a la existencia, señalarle un fin especial y proporcionarle todos los medios para alcanzarlo; infinitamente inteligente, conoce todas las necesidades de sus criaturas; infinitamente poderoso, tiene todos los medios para auxiliarlas; infinitamente bueno, las ama como a hijos, y es imposible que no se cuide de su perfección y de su felicidad; infinitamente justo, debe premiarlas y castigarlas según sus propios méritos.
    Negar estos atributos es negar a Dios.
    El orden y la armonía que reinan en el universo son una prueba de la divina Providencia; si Dios no gobernara el mundo, reinarían en él, de mucho tiempo atrás, la confusión y el caos. El orden que brilla en él proclama que el Ordenador no abandona su obra; así como la marcha segura del tren nos advierte que el maquinista está siempre en su puesto.
    Todos los pueblos de la tierra han admitido la Providencia: los sacrificios y las oraciones son una prueba concluyente. Estos actos de recurrir a Dios en las calamidades no tendrían razón de ser, si no se creyera en la intervención divina en las cosas humanas.
    La sabiduría popular ha concretado en dos proverbios su fe en la Providencia: El hombre se agita y Dios le lleva. – El hombre propone y Dios dispone.
    Esa es la verdad. Hablar de casualidad es una necedad. Nada marcha solo, porque nada se ha hecho solo. Nada sucede casualmente, porque nada sucede sin la voluntad de Aquél que lo ha hecho todo.
    Atribuirlo todo al azar o a las leyes de la naturaleza, pretender que Dios no se cuida de nosotros, es lo mismo que negar la existencia del verdadero Dios. Las consecuencias de esta negación serían tan demoledoras de toda la sociedad humana como las del ateísmo.

    30. P. ¿Cómo gobierna Dios el mundo con su Providencia?
    R. Dios ordinariamente no obra sino tras el velo de las causas segundas, es decir, de leyes por El establecidas. El rige los seres privados de razón por medio de las leyes físicas e inflexibles que jamás deroga sin especiales razones, aunque deban resultar algunos desórdenes parciales. Dios dirige a los hombres, seres racionales y libres, por medio de leyes morales; les impone la obligación o el deber de observarlas, pero no los fuerza a ello, por respeto a su voluntad libre.
    Los seres privados de razón alcanzan su fin particular, necesariamente, y por eso mismo su fin general, que es la glorificación de Dios. De acuerdo con las leyes que Dios ha establecido y que El dirige, cada día el sol nos alumbra, la tierra nos sostiene, el fuego nos calienta, el agua nos refresca; toda criatura, todo elemento se mantiene y obra según reglas constantes, cuyo autor y guardián es Dios mismo.
    El ha dictado a los hombres leyes morales, cuya observancia debe llevarlos a su fin particular, que es la salvación, y al fin general de la creación, que es la glorificación de Dios. El hombre, haga lo que haga, procura siempre la gloria de Dios, pero no siempre consigue su salvación; porque Dios le deja en libertad, lo mismo para el bien que para el mal. Dios da a todos los hombres los medios necesarios para alcanzar su fin; y ellos tienen la culpa si no lo consiguen. Dios subordina las cosas del tiempo a las de la eternidad; por ejemplo, si el justo no es recompensado en este mundo, lo será en el otro.

    31. P. ¿No es indigno de Dios cuidar de todos los seres, aun los más ínfimos?
    R. No; si Dios ha creído ser digno de El crearlos, ¿por qué ha de ser indigno de El velar por ellos? Precisamente porque el sol es muy grande y está muy alto, sus rayos llevan a todas partes la luz y la vida. Porque Dios es infinitamente grande, no hay chico ni grande en su presencia. Hay criaturas que El ha hecho por un acto de bondad de su corazón, y que El conserva, sostiene y alimenta, como un padre y como una madre. debe ser necesariamente. Así,

    El a los pajarillos alimenta,
    Y su bondad la creación sustenta.

    32. P. Si Dios cuidara de nosotros. ¿Habría diferencia de condiciones? ¿Por qué hay ricos y pobres?
    R. La desigualdad de condiciones proviene necesariamente de la desigualdad de aptitudes, de las cualidades físicas, intelectuales y morales de los hombres. Dios no debe a cada uno de nosotros más que los medios necesarios para conseguir nuestro fin, y no está obligado a dar a todos los mismos dones de fuerza, de inteligencia, etc.
    Fuera de eso, [esta desigualdad concurre a la armonía del universo y se convierte en fuente de las más hermosas virtudes y en lazo de unión entre los hombres.
    1º La desigualdad de condiciones es debida frecuentemente al hombre, más que a Dios mismo. Es el resultado de la actividad de unos y de la negligencia de los otros.
    2º Esta desigualdad entra también en el plan divino, porque es necesaria a la sociedad humana. Si todos los hombres fueran ricos, nadie querría trabajar la tierra; si todos fueran pobres, nadie podría dedicarse a las artes, a las ciencias, a la industria, etc.; luego es necesario que haya ricos y pobres.
    3º La desigualdad de condiciones manifiesta las más hermosas cualidades del hombre. Es hermoso ver al rico despojarse de sus bienes para socorrer al pobre; como lo es ver al pobre soportar las privaciones con paciencia y resignación a la voluntad de Dios… He aquí por qué esta desigualdad concurre a la armonía del universo; ella aproxima el rico al pobre, el débil al poderoso y, por las hermosas virtudes de la caridad, bondad y gratitud, establece entre ellos los dulces lazos de la verdadera fraternidad.
    4º Por último, es la otra vida la que restablecerá el equilibrio: los últimos, es decir, los pobres, serán los primeros, porque con sus penas y sufrimientos habrán adquirido mayores méritos.

    33. P. Si Dios cuidara de nosotros, ¿habría padecimientos en este mundo?
    R. Los sufrimientos provienen, frecuentemente, de nuestras propias faltas: tendríamos menos que padecer, si fuéramos más moderados en nuestros deseos, más razonables en nuestros proyectos, más sobrios y templados en nuestra vida.
    Dios permite el dolor, ya para hacernos expiar nuestros pecados, ya para probar nuestra fidelidad, así en la desgracia como en la dicha; ya finalmente, para desasirnos de este mundo de destierro y obligarnos a considerar el cielo como nuestra verdadera patria.
    1º Los males del cuerpo son, generalmente debidos a las culpas del hombre. ¡Cuántas enfermedades son el resultado de la sensualidad y de la intemperancia! Son una expiación que la naturaleza impone a los que infringen sus leyes.
    2º Hay otros males que son consecuencia de leyes generales establecidas por Dios para el gobierno del mundo: un hombre cae en el fuego, se quema. ¿Está Dios obligado a hacer un milagro para impedir este accidente?..
    3º Por último los males físicos pueden venirnos también directamente de Dios, sea como castigos por faltas cometidas; sea como pruebas para hacernos adquirir méritos; sea como medios de que Dios se sirve para convertirnos y desapegarnos de los bienes terrenos.
    ¡Cuántos hombres se perderían, embriagados por los placeres! Dios los detiene por la prueba, por la ruina, por las desgracias. El sufrimiento es para ellos lo que los azotes para el niño. Con el dolor se convierten. Nada aproxima tanto el hombre a Dios como el sufrimiento.

    34. P. Si Dios cuidara de nosotros, ¿podría existir el mal moral o el pecado?
    R.Sí; porque Dios no es la causa. Al contrario, lo detesta y castiga; pero lo permite para dejar al hombre el uso de su libre albedrío y para sacar bien del mal.
    Dios no es la causa del mal moral: Dios nos dio la libertad, lo cual es un bien; el pecado es el abuso de nuestra libertad, y en eso consiste el mal. La libertad viene de Dios; el abuso, del hombre. El mal es la consecuencia de la libertad otorgada al hombre.
    Dios llama a todos los hombres a la virtud para coronarlos a todos en el cielo; pero a su servicio no quiere sino voluntarios; por eso deja la posibilidad del mal.
    Indudablemente Dios tendría un medio radical para impedir el mal, y sería quitarnos la libertad; pero entonces ya no habría mérito. Ahora bien, hay más gloria para Dios en tener criaturas que le sirvan voluntariamente, que en tener máquinas dirigidas por una fuerza irresistible. “Para impedir que el hombre sea un malvado, ¿será preciso reducirlo al instinto y convertirlo en bestia?” No; Dios lo ha hecho libre, a fin de que fuera bueno y feliz.
    Además, Dios permite el mal para sacar un bien mayor; así ha permitido el pecado original, para repararlo con la Encarnación; ha permitido la malicia de los judíos contra nuestro Señor Jesucristo, para salvar el mundo; permite las persecuciones para hacer brillar el heroísmo de los mártires… El mundo se vería privado de grandes bienes, si el mal no existiera.
    ¿En qué consiste el bien que Dios saca del pecado? Consiste 1º en que lo hace servir a la ejecución de los designios de su Providencia; 2º en que hace brillar su bondad, atrayéndose nuevamente al pecador, o su misericordia, perdonándolo cuando se arrepiente, o su justicia castigando los crímenes; 3º en que el pecador, cuando se convierte, repara los ultrajes hechos a Dios con su penitencia y humillación voluntarias, y a veces, haciéndose más virtuoso y afirmándose más en el bien.

    35. P. La prosperidad de los malos y las pruebas de los justos, ¿no deponen contra la providencia?
    R. No; porque no es cierto que todos los malos prosperen y todos los justos sufran tribulaciones; los bienes y los males de este mundo son, en general, comunes a todos los hombres.
    Además, no hay en el mundo hombre tan malo que no haga alguna obra buena durante su vida; y Dios se la recompensa dándole la prosperidad aquí abajo, reservándose castigar sus pecados en el infierno. Del mismo modo, no hay hombre tan justo que no cometa algunas faltas. Dios se las hace expiar en la tierra, reservándose premiar sus virtudes en el cielo.
    Hay pecadores que viven en prosperidad, porque Dios quiere atraérselos por la gratitud, o premiarles aquí en la tierra el poco bien que han hecho, si deben ser condenados eternamente. A veces, sin embargo, Dios castiga aún aquí, y de manera ejemplar, a los escandalosos y a los perseguidores de la Iglesia.
    También hay justos en la prosperidad, según los hechos atestiguan; pero no se ven libres de sufrimientos, porque los sufrimientos y las pruebas de esta vida están destinados:
    1º] A desapegar a los justos de todos los falsos bienes de la tierra;
    2º A hacerlos entrar en sí mismos, para mejorarlos y perfeccionarlos;
    3º A hacerles granjear más méritos y, por consiguiente, mayor felicidad eterna;
    4º A hacerlos más semejantes a Jesucristo, modelo de los escogidos;
    5º A hacerlos expiar sus pecados en este mundo, donde las deudas con la justicia divina se pagan de una manera mucho menos penosa que en el purgatorio.
    Fuera de eso, el justo es, a pesar de todo, más feliz que el malvado, porque goza de la paz de alma, mientras que el malvado es presa de sus remordimientos y de sus pasiones tiránicas.
    Se dice muchas veces: ¿Por qué Dios no castiga inmediatamente a los malos? Dios es paciente, porque es eterno; porque quiere dar lugar al arrepentimiento; porque si castigara siempre el vicio aquí en este mundo, y aquí también recompensara la virtud, el hombre no practicaría el bien sino por interés. Finalmente nosotros no conocemos el plan divino, y debemos creer que Dios tiene buenas razones para proceder como procede.

    36. P. ¿Cuáles son nuestros deberes para con la divina Providencia?
    R. 1º Adorar con humildad, en todo, las disposiciones de la divina Providencia.
    2º Dar gracias a Dios por los bienes concedidos y valernos de ellos para nuestra salvación.
    3º Recibir con alegría, o por lo menos con paciencia, los males que nos envía, convencidos de que, viniendo de tan buen Padre, debe ser para nuestro bien.
    4º Ponernos en sus manos con confianza y entrega absoluta de nosotros mismos, según esta regla de los santos: cada cual debe obrar y trabajar como si todo tuviera que esperarlo de sí mismo: y cuando haya hecho todo lo que estaba de su parte, no esperar nada de su trabajo, sino esperarlo todo de Dios.

    LA DENUNCIA PROFETICA: La Religión Demostrada
    Última edición por Hyeronimus; 22/04/2009 a las 18:36

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    SEGUNDA VERDAD

    TENEMOS ALMA

    El hombre, criatura de Dios, posee un alma inteligente, espiritual,
    libre e inmortal

    37. P. ¿Qué es el hombre?
    R. El hombre es una criatura racional compuesta de cuerpo y alma.
    El hombre es una criatura, es decir, un ser que viene de la nada por el poder de Dios. Es una criatura racional, es decir, inteligente, capaz de discernir el bien del mal, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto. Es la razón la que distingue eminentemente al hombre del animal y de las otras criaturas del mundo visible.
    El hombre se compone de un cuerpo y de un alma. El cuerpo es esta envoltura exterior, esta substancia material que vemos, que tocamos; se compone de diversas partes: son nuestros miembros y nuestros diversos órganos. El alma es una substancia invisible que vive, siente, piensa, juzga, razona, obra libremente y da al cuerpo el ser, el movimiento y la vida.
    La unión del alma con el cuerpo constituye al hombre y lo hace un ser intermedio entre los ángeles, que son espíritus puros, y las criaturas sin inteligencia o son vida, que son materia.
    Así, pues, el cuerpo y el alma son dos substancias distintas, y su unión íntima, substancial, personal, constituye el hombre.

    38. P. ¿Es cierto que tenemos alma?
    R. Sí; es muy cierto que tenemos alma, pues hay algo en nosotros que vive e imprime el movimiento a nuestros miembros; algo que siente, que conoce, que piensa, raciocina y obra libremente. Pero como el cuerpo por sí mismo es inerte, sin vida, sin sentimiento, sin inteligencia y sin voluntad, un cadáver, debemos concluir que hay en nosotros algo diferente del cuerpo, y ese algo es el alma.
    Se llama alma, en general, el principio vital que da la vida a los seres vivientes de este mundo sensible; la planta, el animal, el hombre. Pero como el alma del hombre es infinitamente superior a los otros principios de vida, en el lenguaje ordinario, la palabra alma designa el alma humana.
    Tenemos un alma. Todo efecto supone una causa; todo viviente supone un principio de vida. La materia no vive.
    Tenemos en nosotros tres facultades principales: estas facultades son otras tantas pruebas de la existencia del alma.
    1º Estamos dotados de sensibilidad. Ahora bien, si tocamos un cadáver; nada siente. ¿Por qué? Porque el alma ya se ha ido de ese cuerpo.
    2º Somos inteligentes. Tenemos la facultad de pensar o de tener ideas. Pero la idea es algo simple e indivisible. Sería absurdo decir que el pensamiento es largo o ancho, redondo o cuadrado, verde o rojo… Luego el pensamiento no puede ser producido por un principio compuesto de partes, como todo lo que es materia. Hay, pues, en nosotros un alma distinta del cuerpo, simple e indivisible como el pensamiento.
    3º Tenemos una voluntad activa; mientras que la materia carece de movimiento y de acción propia. Si nuestro cuerpo se mueve a impulso de nuestra voluntad, quiere decir que está sujeto al poder de un alma que lo anima.


    APENDICE

    BREVE LECCION DE FILOSOFIA

    Para conocer mejor al hombre es conveniente conocer también los demás seres que le rodean y le sirven.
    En este mundo visible no hay más que tres clases de seres vivientes: las plantas, los animales y el hombre. Admítase distinción entre las tres cosas siguientes:
    1º El principio vital de las plantas.
    2º El alma sensitiva de los animales
    3º El alma inteligente del hombre.

    1º El principio vital de las plantas. – Los actos de la vida vegetativa son tres: 1º, la planta se nutre; 2º, crece y se desarrolla; 3º, se propaga, es decir, produce una planta igual.
    La materia bruta no vive; luego la planta necesita de un principio de vida. ¿De qué naturaleza es el principio vital de la planta? Los sentidos no lo perciben: sólo la razón, en vista de los fenómenos que ese principio produce, determina sus caracteres esenciales.
    Es simple, inmaterial, aunque de una manera imperfecta, puesto que no existe sino con la materia. Se diferencia de las fuerzas físicas y químicas del organismo, porque la química no puede producir ningún ser viviente, ni siquiera una substancia orgánica.
    Es producido por la virtud de la semilla, no obra sino en unión con el cuerpo organizado, y desaparece cuando la planta muere.
    Nosotros, los cristianos, sabemos que este principio vital viene de la palabra creadora de Dios, que ha dado la vida a los seres vivientes de la tierra y con ella el poder de reproducirse: Produzca la tierra hierva verde y semilla, y árboles frutales, que den fruto cada uno según su género, cuya simiente esté en él mismo sobre la tierra. Y así se hizo (Gén., I,11).
    2º Alma de los animales. – El animal posee una vida superior a la de la planta: goza a la vez de la vida vegetativa y de la sensitiva. Su alma, más noble y poderosa que la de las plantas, produce seis actos: los tres de la vida vegetativa: nutrirse, crecer y reproducirse como la planta, y los tres actos de la vida sensitiva.
    Efectivamente, esta vida se muestra por tres actos. 1º, la sensación: el animal conoce y experimenta las sensaciones de frío, de hambre o de placer o de dolor; 2º, el movimiento espontáneo: el animal se traslada de un lugar a otro; 3º, la fuerza estimativa y el instinto, que da al animal la facultad de elegir lo que le es útil y evitar lo que le sería nocivo.
    No hay más que un solo y único principio de vida en cada animal, en cada cuerpo orgánico: tenemos la prueba de la unidad indivisible de cada ser viviente; en la armonía de sus funciones, que tienden a un fin común; en la identidad persistente del ser, a pesar del cambio continuo de sus elementos materiales.
    El alma de los animales es una realidad que ni es cuerpo ni es espíritu: es un principio intermedio entre el cuerpo y el espíritu; aparece con la vida en el animal, es en él un principio de vida, y se extingue con la misma vida.
    El alma de los animales es simple, inmaterial, indivisible; si así no fuera, no sería capaz de experimentar sensaciones: la materia bruta no siente y la planta tampoco: Es el alma sensitiva la que da a los animales la facultad de sentir las impresiones de los exterior, la que los dota de sentidos exteriores, como la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto, y de los sentidos internos: la imaginación y la memoria sensibles.
    Con todo, el alma de los animales no puede obrar sino en cuanto forma con los órganos un mismo principio de operación; sin el concurso del cuerpo no puede producir acto alguno. Por eso depende absolutamente del cuerpo, y le es imposible vivir sin él. Esta alma es producida por la generación: viene con el cuerpo y con él desaparece.
    Sólo a la voz y mandato de Dios Creador la tierra produjo animales vivientes, cada uno según su especie. Dijo Dios también: Produzca la tierra alma viviente según su género (Gén., I,24). La palabra de Dios es eficaz: basta que hable para que todas las cosas existan. Así, la Sagrada escritura afirma de una manera más explícita, que todos los animales tienen un alma que no es su cuerpo, y que esta alma viviente es el principio de la vida del cuerpo. Esta alma no es creada directamente por Dios, sino engendrada por la virtud que el Creador da a los primeros a animales para reproducirse.
    El modo como Moisés narra la creación de los animales y del hombre, muestra la diferencia esencial que existe entre ellos. El alma sensitiva, salida de la tierra juntamente con el cuerpo, desaparece con él en la tierra; mientras que el alma del hombre, soplo de vida infundido por Dios en su cuerpo, es la obra inmediata de Dios, recibe el ser por la creación, y debe volver a Dios, su Creador y Padre.
    3º El alma inteligente del hombre. – El más noble de los seres vivientes de este mundo sensible es el hombre. El posee la vida vegetativa: como las plantas, se nutre, crece y se sobrevive en sus hijos. Posee la vida sensitiva: como los animales, siente, se mueve de un lugar a otro y elige lo que le conviene. Pero, además, posee la vida intelectiva, que establece una distancia casi infinita entre el hombre y los seres inferiores.
    En el hombre no hay más que un solo y único principio de vida: el ]alma inteligente; es el mismo ser que vive, que siente, que piensa, que obra libremente. La unidad del hombre es un hecho más íntimo y más profundo que la conciencia. Aquí, como siempre, la razón y la fe marchan de perfecto acuerdo[1].
    El alma humana contiene de una manera superior las fuerzas del principio vital y del alma sensitiva, al modo que una moneda de gran valor contiene en sí muchas otras de menor valor. Ella produce, con relación al cuerpo y de una manera mucho más perfecta, todo lo que los principios inferiores producen en las plantas y el los animales; y por añadidura ejerce en sí misma y por sí misma los actos de la vida intelectiva.
    Esta vida intelectiva se manifiesta también por tres actos, eminentemente superiores a los otros:
    1º El acto de pensar, de formar ideas;
    2º El acto de raciocinar, de inventar, de progresar;
    3º El acto de querer libremente.
    Una ligera explicación sobre cada uno de estos actos nos va a mostrar la diferencia esencial que existe entre el hombre y el bruto.
    1º El hombre piensa, abstrae, saca de las imágenes materiales suministradas por los sentidos, el universal, es decir, ideas universales, generales, absolutas; concibe las verdades intelectuales, eternas. Conoce cosas que no perciben los sentidos, objetos puramente espirituales, como lo verdadero, lo bueno, lo bello, lo justo, lo injusto. Sabe distinguir las causas y sus efectos, las substancias y los accidentes, etc.
    No pasa lo mismo con el animal. Indudablemente el animal ve, oye y sabe hallar su camino, reconocer a su amo, recordar que una cosa le hizo daño, etc. Pero el conocimiento del animal está limitado a las cosas sensibles, a los objetos particulares. No tiene ideas generales, no conoce sino aquello que cae bajo sus sentidos, lo concreto, lo particular, lo material: ve, por ejemplo, tal árbol, tal flor, pero no puede elevarse a la idea general de un árbol, de una flor; así, el perro se calienta con el placer al amor de la lumbre, pero no tendrá jamás la idea de encender el fuego ni aun la de aproximarle combustible para que no se extinga.
    El hombre conoce el bien y el mal moral. – El hombre goza del bien que hace, y siente remordimientos si obra mal. El animal no conoce más que el bien agradable y el mal nocivo a sus sentidos: jamás hallaréis a un animal rastros de remordimientos. Así como no conoce la verdad, este alimento de los espíritus, tampoco conoce el deber, esta fuerza de la voluntad, esta alegría austera del corazón. El bien y el mal moral no pueden ser conocidos sino por la inteligencia.
    2º El hombre raciocina, inventa, progresa, habla. – El hombre analiza, compara, juzga sus ideas, y de los principios y axiomas que conoce, deduce consecuencias. Calcula, se da cuenta de las cosas; sabe lo que hace y por qué lo hace. Descubre las leyes y las fuerzas ocultas de la naturaleza, y sabe utilizarlas para invenciones maravillosas. Por su facultad de raciocinar, inventa las ciencias, las artes, las industrias, y todos los días descubre algo admirable.
    El animal no raciocina, no calcula, no tiene conciencia de sus acciones, se guía solo por el instinto. Jamás aprenderá ni la escritura, ni el cálculo, ni la historia, ni la geografía, ni las ciencias, ni las artes, ni siquiera el alfabeto. Nada inventa, ni hace progreso alguno: los pájaros construyen su nido hoy como al siguiente día de haber sido creados.
    No cabe la menor duda de que el hombre, valiéndose de los sentidos, de la memoria y de la imaginación sensible del animal, puede llegar a corregirlo de ciertos defectos y hacerle aprender algunas habilidades; pero por sí mismo el animal es incapaz de progreso. El hombre puede amaestrarlo, pero él de suyo no tiene iniciativa.
    Sólo el hombre habla. – Por su razón, el hombre posee la palabra hablada y la palabra escrita. Sólo el hombre tiene la intención explícita y formal de comunicar lo que piensa: capta los pensamientos de los otros y dice cosas que han pasado en otros tiempos y que no tienen ninguna relación con su naturaleza.
    El animal no lanza más que gritos para manifestar, a pesar suyo, el placer o el dolor que siente; pero no tiene lenguaje, porque no tiene pensamiento.
    3º Sólo el hombre obra libremente. – Es libre para elegir entre las diversas cosas que se le presentan. Cuando hace algo se dice: Yo podrá muy bien no hacerlo.
    El animal no es libre, y tiene por guía un instinto ciego que no le permite deliberar o elegir. Por eso no es responsable de sus actos; y, si se le castiga después de haber hecho algo inconveniente, es a fin de que no lo repita, recordando la impresión dolorosa que le causa el castigo.
    Por último, el hombre tiene el sentimiento de la divinidad, se eleva hasta Dios, su Creador, y le adora; tiene la esperanza de una vida futura, y este sentimiento religioso es tan exclusivamente suyo, que los paganos definían al hombre: Un animal religioso.
    Así, el hombre, a pesar de su inferioridad física, domina los animales, los doma, los domestica, los hace servir a sus necesidades o placeres y dispone de ellos como dueño, como dispone de la creación entera. Basta un niño para conducir una numerosa manada de bueyes, cada uno de los cuales, tomado separadamente, es cien veces más fuerte que él. ¿De dónde le viene este dominio? No es, por cierto, de su cuerpo; le viene de su alma inteligente, porque ella es espiritual, creada a imagen de Dios.
    El hombre es el ser único de la creación que reúne a sí la naturaleza corporal y la naturaleza espiritual, y se comunica con el mundo material mediante los sentidos, y con el mundo espiritual mediante la inteligencia.

    39. P. ¿Qué es el alma del hombre?
    R. El alma del hombre es una substancia espiritual, libre e inmortal, criada a semejanza de Dios y destinada a estar unida a un cuerpo.
    1º El alma es una substancia. – Una substancia, según la misma palabra, indica, es una cosa, una realidad que subsiste sin necesidad de estar en otra para existir.
    2º El alma es un espíritu. – Un espíritu es un ser simple, inmaterial, substancial, vivo, capaz de existir, conocer, querer y obrar independientemente de la materia. Un espíritu es inmaterial, es decir, inextenso, indivisible, que no tiene ninguna de la propiedades sensibles de la materia, y no puede ser percibido por los sentidos.
    Dos condiciones se requieren para constituir un espíritu:
    a) Es necesario que sea simple; inmaterial, indivisible.
    b) Que sea independiente de la materia en su existencia y en sus principales operaciones.
    3º El alma es libre, es decir, el alma posee la facultad de determinarse por su propia elección, de hacer una cosa preferentemente a otra, de obrar el bien o de hacer el mal. Esta facultad se llama libre albedrío.
    4º El alma es inmortal, es decir, que la naturaleza del alma pide una existencia que no tenga fin: debe sobrevivir al cuerpo y no dejar nunca de vivir.
    5º El alma es creada a imagen de Dios, porque es capaz, como El, de conocer, de amar y de obrar libremente. Dios es un espíritu, nuestra alma es un espíritu; Dios es inteligente, nuestra alma es inteligente; Dios es eterno, nuestra alma es inmortal; Dios es inmenso, está presente en todas partes y todo entero en todos los sitios del mundo; nuestra alma está presente en todo nuestro cuerpo y toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo que ella anima. El alma es imagen de Dios.
    6º El alma está destinada a unirse al cuerpo para formar con él una sola naturaleza humana, una sola persona con un yo único. El alma comunica al cuerpo el ser, el movimiento, la vida; y el cuerpo animado por el alma, completa la naturaleza humana de tal suerte que el hombre resulta de la unión de estas dos substancias.

    40. P. ¿Cuáles son los principales cualidades del alma?
    R. Las principales cualidades del alma son tres: el alma es espiritual, libre e inmortal.
    Estas tres grandes prerrogativas: la espiritualidad, la libertad y la inmortalidad constituyen la naturaleza del alma humana, la distinguen esencialmente de todos los seres inferiores y la hacen semejante a los ángeles y a Dios mismo.

    1° Espiritualidad del alma

    41. P. ¿Cómo probamos que nuestra alma es un espíritu?
    R. Se prueba que el alma del hombre es un espíritu por sus actos, como se prueba la existencia de Dios por sus obras. Es un principio evidente que las operaciones de un ser son siempre conformes a su naturaleza: Se conoce al operario por sus obras. Es así que nuestra alma produce actos espirituales, como los pensamientos, los juicios, las voliciones; luego nuestra alma es espiritual.
    Hemos probado ya que el alma existe, que es simple y distinta del cuerpo. Nos queda por demostrar ahora que es un espíritu, es decir, una substancia espiritual capaz de existir y de ejercer, sin el cuerpo, actos que le son propios.
    1° Todo el mundo reconoce que se puede juzgar de la naturaleza de un ser por sus actos: por la obra se conoce al operario. Los actos de un ser son conformes a su naturaleza; el efecto no puede ser de una naturaleza superior a su causa: así hablan en todos los siglos la razón y la ciencia. Si, pues, un ser produce actos espirituales, independientes de la materia, él mismo debe ser espiritual, independiente de la materia.
    2° Nuestra alma produce actos espirituales. La inteligencia conoce objetos invisibles, incorpóreos, eternos, que el cuerpo no puede alcanzar, como lo verdadero, lo bello, lo bueno, el deber, lo justo, lo injusto... Nosotros juzgamos del bien y del mal; discernimos lo verdadero de lo falso; por el raciocinio vamos de las verdades conocidas a las desconocidas y establecemos los principios de las diversas ciencias... Ahora bien, estas operaciones no pueden depender de un órgano material, porque el objeto de las mismas es completamente inmaterial; luego, para producirlas, se requiere una substancia espiritual. Así, los actos de nuestra inteligencia prueban que nuestra alma es un espíritu; pues si así no fuera, el efecto sería superior a su causa, y el acto no sería conforme a la naturaleza del ser que lo produce.
    3° La voluntad, por su parte, tiende hacia bienes inaccesibles a los sentidos y a sus apetitos. Necesita de un bien infinito, del bien moral, de la virtud, del orden, del honor, de la ciencia... A veces, para conseguir estos bienes, llega hasta sacrificar los bienes sensibles, únicos que deberían conmoverla, si fuera una facultad orgánica. Luego, la voluntad, tan prendada de los bienes espirituales y despreciadora de los objetos materiales, es una facultad espiritual que no puede hallarse sino en un espíritu.
    La voluntad es dueña absoluta de sus operaciones; se determina a sí misma a obrar o no; la voluntad es libre. Mi conciencia me dice que cuando mi cuerpo busca el placer, yo puedo resistirle; cuando mi estómago siente hambre, yo puedo negarme a satisfacerla; además, yo puedo infligir a mi cuerpo castigos y austeridades, a pesar de los sufrimientos de los sentidos. Ahora bien, ¿cómo podríamos nosotros tener imperio y libre albedrío sobre nuestras tendencias instintivas, si la inteligencia y la voluntad no tuvieran actos propios, independientes del cuerpo, si nuestra alma no fuera espiritual? Sería imposible.
    Nuestra alma es, pues, espiritual.

    __________
    [1] El Concilio de Viena, de 1311, definió que el alma era la forma substancial del cuerpo. En cuanto forma substancial, el alma humana se hace su cuerpo transformado en carne humana los elementos materiales y comunicándoles la vida vegetativa, la vida sensitiva y la vida del hombre.

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    El hombre, criatura de Dios, posee un alma inteligente, espiritual,libre e inmortal


    continuación

    42. P. ¿Quiénes niegan la espiritualidad del alma?
    R.Los materialistas y los positivistas. Ellos afirman que nada existe fuera de la materia y de las fuerzas que le son inherentes; su sistema se llama materialismo. Es una doctrina absurda, degradante, contraria al buen sentido, a la conciencia, a la sana filosofía, no menos que a la religión.
    Efectivamente, si no hay más que materia, no hay inteligencia, ni libertad, ni ley moral, ni Dios. El hombre puede seguir sus instintos, aun los más perversos; la sociedad queda sin base, y no hay otra ley que la del más fuerte.
    La opinión dominante entre los incrédulos de nuestros días es que el hombre desciende del mono, que no es más que un mono transformado, perfeccionado. Así estos pretendidos sabios, que no hablan más que de la dignidad del hombre, del respeto de los derechos del hombre, no temen atribuirle un origen bestial y reducirlo a un nivel inferior al de los brutos.
    El género humano ha visto siempre en el hombre dos cosas: el alma y el cuerpo, el espíritu y la materia. El género humano ha visto siempre una diferencia esencial entre el hombre y el animal, porque el hombre está dotado de un alma inteligente y espiritual. Epicuro fue el primero que enseñó el materialismo. El mundo pagano rechazó horrorizado su sistema, y no vaciló en calificar a los pocos discípulos de Epicuro con el expresivo epíteto de puercos. ¿Es posible que, después de veinte siglos de cristianismo, los materialistas modernos osen renovarlo?... Sólo las pasiones y el deseo de liberarse de la justicia de Dios pueden inducirnos a errores tan groseros.
    P. ¿Qué razones aducen los positivistas para negar la espiritualidad del alma?
    Dicen ellos:
    1° El alma no se ve.
    2° No se comprende lo que sea una substancia espiritual.
    3° El alma sufre las vicisitudes del cuerpo, envejece con él. Cuando el cerebro está enfermo, no se piensa, o se piensa mal; luego es el cerebro el que piensa.
    1° El alma no se ve, porque es un espíritu, pero se le conoce por sus actos. Ella manifiesta su existencia mediante efectos sensibles, y estos efectos son tales, que exigen una causa espiritual. Los actos de la inteligencia y de la voluntad, ¿no son efectos espirituales y, por consiguiente, no reclaman una causa de la misma naturaleza? Esto es evidente.
    2° No se comprende lo que sea un espíritu. Pero entonces hay que negar también la existencia de la materia, porque tampoco se la comprende. Por lo demás, hemos contestado ya a estas dos objeciones al hablar de Dios.
    3° El alma sufre las vicisitudes del cuerpo... Indudablemente, hay relación entre el cuerpo y el alma, y especialmente entre el cerebro y el ejercicio de la inteligencia. ¿Qué prueba esta relación? Prueba que el alma se vale del cuerpo como de un instrumento, frecuentemente necesario en la vida presente, para ejercer sus funciones; pero esto no prueba que el alma no sea distinta del cuerpo. Cuando el alma es mal servida por órganos enfermos o gastados, ¿cómo puede ejercitar toda su actividad y su energía? Si la cuerda de un instrumento está rota o destemplada, el músico no saca de ella más que sonidos débiles o desacordes; pero esto no disminuye en nada la habilidad del artista.
    Muchas veces en un cuerpo débil y enfermizo se encierra un alma grande; como también muchas veces un alma mezquina anima un cuerpo robusto. Pascal emite sus pensamientos más sublimes en el momento de su muerte: y, ¿cuántos hombres debilitados por la edad, no han mostrado que un alma viril era la reina del cuerpo que animaba?
    Los positivistas agregan: Cuando el cerebro está enfermo, el hombre no piensa; luego es el cerebro el que piensa.
    Esta es una objeción muy vieja y que ha sido refutada hace siglos.Es como si se dijera: cuando una pluma está rota, el escolar no puede escribir más; luego es la pluma la que compone los ejercicios escolares. La lengua habla; luego es ella la que hace la palabra. Los animales que tienen una lengua como nosotros, ¿hablan por ventura? Es necesario el aire para vivir, ¿luego el aire es la vida? El reloj indica la hora, ¿luego, él hace el tiempo? No hay duda de que, en la vida presente, las operaciones del cerebro son una condición para el ejercicio de la memoria y de la inteligencia, pero no es su causa. Se necesita un cerebro para pensar, como una pluma para escribir: mas el cerebro no piensa, no es más que un instrumento de la inteligencia. El cerebro es material, y el pensamiento es espiritual; luego el cerebro no puede producir el pensamiento; de lo contrario, el efecto sería superior a la causa.
    Un positivista se esforzaba en probar que el alma era materia como el cuerpo. Un sabio le contestó: “¡Cuánto ingenio habéis gastado, señor, para probar que sois una bestia!... Como se trata de un hecho personal os creemos bajo vuestra palabra...”


    2° Libertad del alma


    43. P. ¿Es libre nuestra alma?
    R. Nuestra alma es libre: tiene la facultad de poder determinarse por su libre elección, de hacer u omitir, de elegir el bien o el mal. El libre albedrío se prueba:
    1° Por el sentido íntimo de la conciencia.
    2° Por la creencia universal de todos los pueblos.
    3° Por las consecuencias funestas que resultarían del error contrario.
    1º Sentido íntimo y conciencia. Nosotros tenemos el sentido íntimo de nuestra libertad: siento que soy libre, como siento que existo. Siento en mí la libertad de seguir la voz del deber o los halagos de las pasiones. Es ésta una verdad tan apodíctica, que basta entrar dentro de sí mismo para convencerse de ella. Tanta es nuestra libertad que podemos contrariar nuestros gustos, nuestros instintos, nuestros intereses, aun los más queridos. El hombre, en la plenitud de su libre albedrío, sacrificará sus bienes, su libertad, su familia, su vida, todo, por la verdad que él no ve, por la virtud que contraría sus apetitos.
    Me ordenas con el cuchillo al cuello, que niegue a mi Dios, que abjure mi fe… Yo siento que ningún poder me hará cometer semejante vileza. Yo encuentro en mi camino una bolsa de monedas de oro, y podría apropiármela, pues nadie me ha visto recogerla. Pero si la tentación me asalta, yo la rechazo rápidamente, y devuelvo la bolsa a su dueño, prefiriendo vivir en mi indigencia antes que mancharme con un robo a los ojos de Dios. Es innecesario multiplicar los ejemplos.
    “Oigo hablar mucho contra la libertad del hombre, y desprecio todos esos sofismas, porque, por más que un razonador trate de probarme que no soy libre, el sentimiento íntimo más fuerte que todos los razonamientos, los desmiente sin cesar” (J.J.Rosseau).
    2º La creencia universal de todos los pueblos.En todos los tiempos y en todos los países, los hombres han sentido, hablado y obrado como seres libres. Deliberan, hacen promesas y contratos, aprueban las buenas acciones y condenan las malas. Todo esto supone libertad. ¿Se delibera, acaso, acerca de aquello que no depende de uno mismo?, la muerte, por ejemplo? ¿Se promete resucitar a los muertos? No se proyecta, no se promete sino aquello que se cree poder hacer u omitir.
    ¿Por qué aprobar lo bueno y reprobar lo malo, si el hombre no es libre de sus actos?
    Todos los pueblos han establecido leyes: ¿con qué utilidad si el hombre no es libre? No se dictan leyes a una máquina que ejerce mecánicamente sus funciones.
    3º Funestas consecuencias que resultarían del error contrario. Si el hombre no es libre, no es dueño de sus actos, y, por consiguiente, no es responsable sino de aquellos actos de los cuales uno es realmente la causa, y si la voluntad no es libre, no es causa de los actos que produce.
    Si el hombre no es responsable, no hay deber, porque no se puede estar obligado a querer el bien sino cuando uno tiene libertad de elegirlo.
    Si el hombre no es libre, si no es responsable de sus actos, no hay ni virtud, ni vicio, como no hay ni bien ni mal para los animales. Entonces, el asesino no es más culpable que su víctima.
    No hay conciencia, pues ella no tiene el derecho de imponer el bien y prohibir el mal si no existen. El remordimiento es un absurdo.
    No hay justicia, porque los jueces no podrían condenar a un criminal que no es responsable de sus actos. Estas consecuencias tan monstruosas, tan reprobadas por el sentido común, bastan para demostrar la falsedad del fatalismo.

    44. P. ¿Quiénes niegan la libertad del alma?
    R. Los fatalistas, los positivistas y ciertos herejes.
    Los antiguos fatalistas atribuían a una divinidad ciega, llamada hado (del latín fatum), todas las acciones del hombre. Aun hoy, los mahometanos dicen: Estaba escrito; es decir, todo lo que acontece debía necesariamente acontecer.
    En nuestros días, los positivistas caen en el mismo error, al decir que nuestra voluntad se determina a la acción por la influencia irresistible de los motivos que la solicitan; y así atribuyen los actos del hombre a las influencias del medio, del clima, del carácter, del temperamento.
    Ciertos herejes, como los protestantes y los jansenistas, se han atrevido sostener que, por el pecado de Adán, el hombre habría perdido la facultad de hacer el bien, y que era arrastrado por la concupiscencia.
    Aceptar estos errores equivale a decir que no hay ni bien ni mal, que las leyes son un contrasentido, que el hombre es una simple máquina, etc.


    3º Inmortalidad del alma

    El alma del hombre es inmortal, no dejará jamás de existir. Todo lo prueba de una manera evidente:
    1º La naturaleza del alma.
    2º Las aspiraciones y los deseos del hombre.
    3º Las perfecciones de Dios.
    4º La creencia de todos los pueblos.
    5º Las consecuencias funestas que resultarían de la negación de esta verdad fundamental.

    46. P. ¿Cómo probamos por la naturaleza del alma que es inmortal?
    R. Un ser es naturalmente inmortal cuando es incorruptible y puede vivir y obrar independientemente de otro. Ahora bien, el alma es incorruptible, porque es simple, indivisible; puede vivir y obrar independientemente del cuerpo, porque es un espíritu; luego es inmortal por naturaleza. Un espíritu no puede morir.
    Si nuestra alma debiera perecer, sería:
    1º o por encerrar en sí misma principios de corrupción;
    2º o por tener otra razón de existir que dar la vida al cuerpo;
    3º o, finalmente, por aniquilarla Dios. Pues bien, ninguna de estas tres hipótesis puede ser admitida.
    1º Nuestra alma es incorruptible,es decir, que no encierra en sí ningún principio de disolución y de muerte. ¿Qué es la muerte? La muerte es la descomposición, la separación de las partes de un ser. Es así que el alma no tiene partes, pues es simple e indivisible; luego no puede descomponerse, disolverse o morir.
    ]2º La vida del alma no depende del cuerpo, de donde se sigue que, en virtud de su propia naturaleza, nuestra alma sobrevive al cuerpo. La vida de los sentidos, única que poseen los animales, muerto el cuerpo, es incapaz de ejercer función alguna; porque esta clase de alma, que es substancia imperfecta, en cuanto substancia, muere con el cuerpo.
    Mas no acontece lo mismo con el alma del hombre. Hemos demostrado ya que es espiritual, es decir, que posee una vida, la vida de la inteligencia, que es completamente independiente de nuestros órganos corporales, en sus operaciones, y en su principio. Esta vida no cesa, pues en el momento de la muerte, en virtud de su naturaleza espiritual, nuestra alma sobrevive al cuerpo.
    Por lo demás, las aspiraciones de nuestra alma hacia la plena posesión de la verdad, hacia la felicidad de la vida sin fin, cuya sombra solamente tenemos aquí, no podrán existir en ella, si no fuera por naturaleza inmortal. Es lo que prueba la pregunta siguiente.
    3º Ningún ser puede aniquilar el alma, excepto Dios; pero no tiene, en su naturaleza espiritual, los principios de una vida inmutable.

    47. P. Los deseos y las aspiraciones del alma, ¿prueban que es inmortal?
    R. Sí; el deseo natural e irresistible que tenemos de una felicidad perfecta y de una vida sin fin prueba la inmortalidad del alma; porque este deseo no puede ser satisfecho en la vida presente y, por lo mismo, debe ser satisfecho en la vida futura; si no, Dios, autor de nuestra naturaleza, se habría burlado de nosotros, dándonos aspiraciones y deseos siempre defraudados, nunca satisfechos; lo que no puede ser.
    Si el deseo de la felicidad no debiera ser satisfecho, Dios no lo hubiera puesto en nosotros.
    1º Todo hombre que penetre en su corazón encontrará en él un inmenso deseo de felicidad. Este deseo no es un efecto de su imaginación, pues no es él quien se lo ha dado, y no está en su poder desecharlo. Este deseo no es una cosa individual, pues todos los hombres, en todos los climas y en todas las condiciones, lo han experimentado y lo experimentan diariamente. Esta aspiración brota, pues, del fondo de nuestro ser y se identifica con él. La felicidad es la meta señalada por Dios a la naturaleza humana.
    Ahora bien, ¿es posible que Dios haya puesto en nosotros un deseo tan ardiente, que no podamos satisfacer? ¿Nos ha creado para la felicidad, y nos ha puesto en la imposibilidad de conseguirla? Evidentemente, no; que en ese caso Dios no sería Dios de verdad. Dios no engaña el instinto de un insecto, ¿y engañaría el deseo que ha infundido en nuestra alma? Luego es necesario que, tarde o temprano, el hombre logre una felicidad perfecta, si él, por propia culpa, no se opone a ello.
    2º Pero esta felicidad perfecta no se halla en esta tierra: nada en esta vida puede satisfacer nuestros deseos; todos los bienes finitos no pueden llenar el vacío de nuestro corazón: ciencia, fortuna, honor, satisfacciones de todas clases, caen en él, como en un abismo sin fondo, que se ensancha sin cesar. ¡Extraña cosa!, los animales, que no tienen idea de una felicidad superior a los bienes sensibles, se contentan con su suerte. Y el hombre, sólo el hombre, busca en vano la dicha, cuya imperiosa necesidad lleva en el alma. Nunca está contento, porque aspira a una bienaventuranza completa y sin fin. Puesto que no es feliz en este mundo, es necesario que halle la felicidad en la vida futura.
    Este raciocinio también se aplica a nuestras aspiraciones intelectuales: el hombre tiene sed de verdad y de ciencia; quiere conocerlo todo: nunca puede llenar su deseo de saber. Ha sido creado, pues, para hallar en Dios toda verdad y toda ciencia. A la manera que el cuerpo tiende hacia la tierra, así el alma tiende hacia Dios y hacia la inmortalidad.

    48. P. ¿No podría Dios aniquilar el alma?
    R. Sí; absolutamente hablando, Dios podría aniquilarla en virtud de su omnipotencia; pero no lo hará, porque no la ha creado inmortal por naturaleza para destruirla después. Además de esto, sus atributos divinos, su sabiduría y su justicia a ello se oponen.
    El alma no existe necesariamente; Dios la ha creado libremente y, por lo tanto, podría destruirla con sólo suspender su acción conservadora, que no es más que una creación prolongada. Sin embargo, este aniquilamiento requiere nada menos que la intervención de toda la omnipotencia divina. Aniquilar y crear son dos actos que piden igual poder, y sólo Dios puede producirlos.
    Ahora bien, la ciencia demuestra que nada se destruye en la naturaleza; nada se pierde, todo se transforma. El cuerpo es, evidentemente, menos perfecto que el alma; y el cuerpo no se aniquila, sino que sigue existiendo en sus átomo. ¿Por qué, pues, el alma, la porción más noble de nosotros mismos, sería aniquilada?... Tenemos pleno derecho para suponer que el alma del hombre no es de peor condición que un átomo de materia.
    Dios es libre para no crear un ser, esto es indudable; pero una vez que lo ha creado, se debe a sí mismo el tratarlo de acuerdo con la naturaleza que le ha dado. Dios le ha dado al alma una naturaleza espiritual y una constitución inmortal; luego El no abrogará esta disposición providencial: Dios se debe a sí mismo no contradecirse. Además, conforme veremos inmediatamente, los atributos de Dios requieren que el alma sea inmortal.

    49. P. La sabiduría de Dios demanda que nuestra alma sea inmortal.
    R. Esto es porque un legislador sabio debe imponer una sanción a su ley, es decir, debe establecer premios para que los que la observan y castigos para los que la violan. Esta sanción de la ley divina debe necesariamente hallarse en esta vida o en la futura.
    Pero nosotros no vemos en la vida presente una sanción eficaz de la ley de Dios; por lo tanto es necesario que exista en la vida futura, so pena de decir que Dios es un legislador sin sabiduría.
    Dios ha creado al hombre libre, pero no independiente. Todos los seres creados están regidos por leyes conformes a su naturaleza. Los seres inteligentes y libres han recibido de Dios la ley moral para que los dirija hacia su último fin. Esta ley, conocida y promulgada por la conciencia, se resume en dos palabras: hacer el bien y evitar el mal.
    Un legislador sabio, que impone leyes, debe tomar los medios necesarios para que sean observadas. El único medio eficaz son los premios y los castigos: es lo que se llama sanción de una ley. En la vida presente no vemos una sanción eficaz para la ley de Dios.
    ¿Dónde estaría? ¿En los remordimientos o en la alegría de la conciencia? Pero los malvados ahogan los remordimientos, y la alegría de la conciencia bien poca cosa es comparada con los sufrimientos y las luchas que requiere la virtud.
    ¿Estaría en el desprecio público, o en la estimación de los hombres? ¡Ah!, con demasiada frecuencia vemos que son precisamente los grandes culpables los que gozan de la estima de los hombres, mientras que los justos son el blanco de todas las burlas.
    ¿Estaría en la justicia humana? No; porque ella no alcanza hasta los pensamientos y deseos, fuentes del mal; no tiene recompensas para la virtud; no puede descubrir todos los crímenes: ella puede ser burlada por la habilidad, comprada por el dinero, intimada por el miedo; y si, a veces, vindica los derechos de los hombres, no vindica los derechos de Dios.
    Fuera de eso, ¿cuál sería en este mundo la recompensa de aquel que muere en el acto mismo del sacrificio, como el soldado sobre el campote batalla; o el castigo para el suicida?
    Por consiguiente, la sanción eficaz de la ley de Dios no puede hallarse más que en los castigos o premios que nos esperan después de la muerte.

    50. P. ¿También la justicia de Dios demanda que el alma sea inmortal?
    R. La justicia pide que Dios de a cada uno según sus méritos; que recompense a los buenos y castigue a los malos. Pero, ¿es en esta vida donde los buenos son premiados y los malos castigados? No; en esta vida, los buenos frecuentemente se ven afligidos, perseguidos y oprimidos, mientras que los malos prosperan y triunfan. Luego la justicia de Dios pide que haya otra vida donde los buenos sean recompensados y los malos castigados; si no, no habría justicia. Entonces se podría decir que no hay Dios, porque Dios no existe, si no es justo.
    Es necesario que haya una justicia por lo mismo que hay Dios. Si Dios no es justo, no es infinitamente perfecto, no es Dios. Un Dios justo debe retribuir a cada uno según sus obras. Sería imposible que mirara de la misma manera al bueno y al malo, al parricida y al hijo obediente, al obrero honrado y al pérfido usurero.
    Y, ¿qué sucede frecuentemente? Sucede que el malo triunfa y el bueno sufre; que la virtud es ignorada o despreciada y el vicio honrado. Hay tribunales para los malhechores vulgares (¡y no todos ellos llegan!); pero no los hay para los canallas de primer orden. Nerón, corrompido, cruel, perjuro, sentado en el trono del mundo. Y en los calabozos de Nerón, San Pedro, San Pablo… Y la justicia de Dios, ¿dónde está?...
    Por todas partes se ven tiranos adulados, coronados, viviendo entre delicias, mientras que los justos son perseguidos, torturados, martirizados… ¿Dónde está la justicia de Dios?... ¡Cuántos despotismos, proscripciones, perjurios e iniquidades sobre la tierra! Pero, ¿qué se ha hecho la justicia de Dios? Yo os aseguro que ella no ha abdicado, que ella cuenta todas las gotas de sangre y todas las lágrimas que los malvados hacen derramar: tan cierto como que Dios es Dios, El retribuirá a cada uno según sus obras.
    Y como ciertamente todo eso no se hace en esta vida, se hará en la otra; luego es necesario que el alma sobreviva al cuerpo, es necesario que ella sea inmortal.
    Así, Dios permite los sufrimientos de los justos, porque hay otra vida para restablecer el equilibrio. Los dolores de esta vida son pruebas que santifican, son combates que llevan a la gloria, son avisos del cielo para que no dejemos el camino de la virtud. Pero estos sufrimientos nada son, comparados con la felicidad eterna que Dios tiene reservada al justo.
    -¿Crees tú en el infierno?, preguntaron a un sacerdote los jueces revolucionarios de Lyon.
    -¡Y cómo podría yo dudar, viendo lo que está pasando! ¡Ah!, si yo hubiera sido incrédulo, hoy sería creyente…
    Es el raciocinio del propio J.J. Rousseau: “Si no tuviera yo más prueba de la inmortalidad del alma, que el triunfo del malvado y la opresión del justo, esta flagrante injusticia me obligaría a decir: No termina todo con la vida, todo vuelve al orden con la muerte”.

    51. P. Todos los pueblos de la tierra, ¿han admitido siempre la inmortalidad del alma?
    R. Sí; es un hecho testificado por la historia antigua y moderna que los pueblos del mundo entero han admitido la inmortalidad del alma, como lo prueba el culto de los muertos, el respeto religioso de los hombres por las cenizas de sus padres y los monumentos que ha erigido sobre sus sepulcros.
    Esta creencia universal y constante no puede proceder sino de la razón, que admite la necesidad de la vida futura, o de la revelación primitiva, hecha por Dios a nuestros primeros padres y transmitida por ellos a sus descendientes. Ahora bien, el testimonio, sea de la razón, sea de la revelación, no puede ser sino la expresión de la verdad; luego la creencia de los pueblos es una nueva prueba de la inmortalidad del alma.
    Todos los pueblos han creído en la existencia de un lugar de delicias, donde los buenos eran recompensados y de un lugar de tormentos, donde los malos eran castigados. ¿Quién no conoce los Campos Elíseos, y el negro Tártaro de los griegos y de los romanos?... Basta leer la historia de los pueblos.
    ¿Cómo explicar esta fe universal en la vida futura? Esta fe no es el resultado de la experiencia, porque toda la vida parece extinguirse con la muerte, y los muertos no vuelven para asegurarnos de la realidad de la otra vida.
    No es una invención de los reyes y de los poderosos, porque muchos de aquellos a quienes los antiguos creían condenados a los castigos futuros eran precisamente reyes como Sísifo, Tántalo… No es tampoco la enseñanza de una secta religiosa, porque la creencia en una vida futura es el fundamento de todas las religiones.
    No se puede atribuir a las pasiones humanas, porque es su castigo; ni a la ignorancia, porque existe también en los pueblos civilizados; y, conforme a una ley de la historia, un pueblo es tanto más grande cuanto su fe en la inmortalidad es más firme y pura.
    Este hecho no puede reconocer sino dos causas:
    1º La revelación primitiva, infalible como Dios mismo.
    2º El instinto irresistible de la razón humana, que por todas partes y siempre, por el buen sentido, está obligada a reconocer las mismas verdades fundamentales. Según frase de Cicerón, aquello que conviene la natural persuasión de todos los hombres, necesariamente ha de ser verdadero. Es un axioma de sentido común contra el cual en vano protestan algunos materialistas modernos.

    52. P. ¿Qué debemos pensar de los que dicen: Una vez muertos se acabó todo?
    R. Los que se atreven a decir que todo acaba con la muerte son insensatos que tienen el loco orgullo de contradecir todo el género humano y de conculcar la razón y la conciencia.
    Son criminales, y no desean el destino del animal sino para poder vivir sin el temor y los remordimientos.
    Son infelices, pues lejos de obtener lo que desean, no podrán escapar a la justicia divina, y aprenderán a sus propias expensas lo terrible que es caer en manos de un Dios vengador.
    1º Si fuera cierto que con la muerte todo acaba, habría que decir: a) que Dios se ha burlado de nosotros al darnos el deseo irresistible de la felicidad y de la inmortalidad. b) Que todos los pueblos del mundo han vivido hasta ahora en el error, mientras que un puñado de libertinos son los únicos que tienen razón. c) Que la suerte del asesino sería la misma que la de su víctima; que los justos que practican la virtud y los malvados que se entregan al crimen, serán tratados de la misma manera, etc. ¿No es esto inadmisible? ¿No es esto hacer del mundo una cueva de ladrones y de bestias feroces? Y, sin embargo, tal es la locura de los materialistas.
    2º Los que niegan la inmortalidad del alma son los ateos, los materialistas, los positivistas, los librepensadores, todos aquellos que tienen interés en no creerse superiores a los animales. Este dogma tiene los mismos adversarios que el de la existencia de Dios: son los hombres que, para acallar sus remordimientos o para no verse obligados a combatir sus pasiones, quieren persuadirse de que no hay nada que temer, nada que esperar después de esta vida. Pero cuando un insensato cierra los ojos y declara que el sol no existe, se engaña a sí mismo y no impide al sol que alumbre.
    3º Los que niegan la inmortalidad del alma son semejantes al hijo pródigo, que deseaba, sin conseguirlo, el sucio alimento de la piara de puercos que tenía a su cuidado. Estos hombres reclaman en vano la nada del bruto que les interesa conseguir; nadie se la dará; no serán aniquilados y el infierno les aguarda. ¡cuán dignos son de lástima!...

    LA DENUNCIA PROFETICA: La Religión Demostrada
    Última edición por Hyeronimus; 23/04/2009 a las 19:24

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    Respuesta: La religión demostrada

    53. P. ¿Cuáles son las consecuencias de la inmortalidad del alma?
    R. Así como se conoce el árbol por sus frutos, se conocen los dogmas verdaderos por los buenos frutos que producen. La creencia en la inmortalidad del alma produce excelentes frutos: es para el hombre consuelo en la desventura, móvil de la virtud, fuente de los mayores heroísmos.
    Por el contrario, la negación de la inmortalidad del alma produce frutos de muerte. Si el alma debe morir, no hay virtud, ni deber, ni religión, ni sociedad posible. Todo se desmorona. Juzgad, pues, el árbol por los frutos de muerte que produce.
    1º El dogma de la inmortalidad del alma sostiene, anima,, consuela al hombre virtuoso, puesto que le hace esperar una recompensa y una felicidad que no tendrá fin.
    Si suprimimos la otra vida, la muerte no tendría consuelos ni esperanzas. ¿Qué puede decir un incrédulo junto a un féretro? ¡Son amigos que se separan con la certeza de no volverse a ver jamás!... Miren a esa madre, loca de dolor, junto a una cuna, herida por la muerte; el impío sólo puede decirle: “Hay que ser razonable; esto les sucede también a otros, también nosotros moriremos”. En cambio, una Hermana de la Caridad dirá a esa pobre madre: “Hallaréis vuestro hijito en el cielo; está con los ángeles y un día irá a juntarse con él”. Una doctrina tan consoladora viene de Dios. Vosotros que lloran vuestros muertos queridos, consolaos, los encontrarán en una vida mejor. No, no termina todo al cerrarse la fría losa de la tumba.
    La creencia en la inmortalidad del alma es la única que puede formar hombres, llevarlos a la práctica de grandes virtudes, despertar en ellos nobles abnegaciones por Dios, por la sociedad, por la patria, puesto que esa creencia nos hace esperar alegrías tanto mayores cuanto más grandes hayan sido los sacrificios hechos por nosotros. Ella nos hace despreciar todo lo transitorio para no estimar sino lo que es eterno.
    2º Decir, por el contrario, que cuando uno muere, todo muere con él, es suprimir toda virtud, todo deber, toda religión. Y en verdad, si no hay nada que esperar, nada que temer después de esta vida, ¿qué interés podemos tener en practicar el bien, el deber, la religión, a menudo tan penosos? ¿Qué digo? El bien y el mal, la virtud y el vicio no son más que vanas preocupaciones y odiosas mentiras.
    La virtud cuesta grandes sacrificios, mientras que el vicio agrada a nuestra naturaleza caída. Ahora bien, si nuestra existencia se limita a esta tierra, si la virtud no produce frutos de felicidad eterna, si el vicio no acarrea dolores inconsolables para la vida futura, es una tontería sufrir tanto para practicar la virtud y preservarse del vicio. Entonces fallan por su base la virtud, la familia, la religión, la sociedad. Si fuera cierto que con la muerte todo muere, el mundo se vería inundado por un diluvio de crímenes. El robo, el homicidio, las más vergonzosas pasiones, no tendrían barreras, porque se tiene, con frecuencia, la facilidad de escapar de los gendarmes y de las prisiones.
    “Una sociedad que no cree en Dios, ni en el alma, ni en la vida futura, no respeta ni justicia ni moral. Verdaderamente, si todo se limita a la vida presente, ¿por qué se ha de consentir que la autoridad, la fortuna, los placeres sean para los poderosos? ¿Por qué la sumisión, la pobreza, la miseria y los sufrimientos han de estar reservados a las clases bajas?... Si la vida futura es un sueño, el hombre tiene sobrada razón para buscar en la vida presente su gozo, su felicidad. Si no los halla, le asiste toda la razón para conquistarlos con la fuerza de las armas y la revolución. Y si fracasa, nadie puede reprocharle el que se abandone a la desesperación y busque en el suicidio el único remedio posible que le queda.
    Está visto: la ausencia de toda creencia en la en la vida futura es el camino cerrado a toda virtud, a todo heroísmo, a toda abnegación. Es el camino abierto a todas las pasiones, a todos los crímenes, a todas las revoluciones. El materialismo, propagado por la masonería, ahí tenéis la causa de todas las desgracias, de las ruinas y los crímenes que desolan, en la hora presente, a nuestra hermosa Francia”. CAULY

    54. P. La inmortalidad del alma, ¿prueba la eternidad del cielo y la eternidad del infierno?
    R. Las mismas razones que prueban que el alma es inmortal, prueban también que será o eternamente feliz en el cielo, o eternamente desgraciada en el infierno. La vida presente, en efecto, es el tiempo de la prueba, y la vida futura es la meta, el término adonde debe llegar el hombre inteligente y libre.
    Después de la muerte, ya no habrá tiempo para el mérito ni para el demérito, ni habrá lugar para el arrepentimiento. Por consiguiente, los buenos quedarán siempre buenos, y los malos siempre malos; es justo, pues, que así la recompensa de los primeros, como el castigo de los segundos, sean eternos.
    Un ser libre y responsable debe ser llamado, tarde o temprano, a dar cuentas de sus actos. Por lo tanto, su destino se divide en dos partes: la primera es la de la prueba, de la tentación, de la lucha; la segunda, la de la recompensa, o del castigo.
    Para el hombre, el tiempo de la prueba termina con la muerte. Tal es el sentir de todos los pueblos y de la razón misma. Porque si la muerte no alcanza el alma, destruye, sin embargo, el compuesto humano que constituye al hombre. Pero como es al hombre precisamente a quien se dirige la ley moral y a quien se impone el deber, corresponde al compuesto humano alcanzar o no su última meta.
    El cielo es eterno. Dios ama necesariamente al justo, y es amado por él. ¿Por qué, pues, se ha de matar este amor, puesto que el justo permanecerá siempre justo? Por otra parte, la felicidad de la vida futura debe ser perfecta, y no sería perfecta una felicidad que no sea eterna. Luego el premio del justo debe ser eterno
    El infierno es eterno. Análogas consideraciones prueban que el castigo del culpable debe ser eterno. El alma penetra en la vida futura en el estado y con los afectos que tenía en el momento de la muerte; y este estado y afectos son irrevocables, porque los cambios no pueden pertenecer sino a la vida presente, que es vida de prueba, pasada la cual todo ser queda fijado para siempre. El culpable persevera, pues, en el mal: permanece eternamente culpable, y no cesa, por consiguiente, de merecer el castigo. “El árbol queda donde ha caído: a la derecha si ha caído a la derecha, a la izquierda si ha caído a la izquierda”.

    55. P. ¿Hay más pruebas de la eternidad del infierno?
    R. Sí; la razón nos provee de varias otras pruebas decisivas de la eternidad del infierno.
    1º La creencia de todos los pueblos la afirma.
    2º La sabiduría de Dios pide como vindicación por la violación de sus leyes.
    3º La justicia divina reclama para castigar al hombre que muere culpable de una falta grave.
    4º Finalmente, la soberanía de Dios la demanda para tener la última palabra en la lucha sacrílega del hombre contra su Creador y su soberano Señor.
    1° La creencia de todos los pueblos la afirma. – En todos los tiempos, desde el principio del mundo hasta nuestros días, todos los pueblos han creído en la existencia de un infierno eterno. Hemos hecho notar esta creencia al hablar de la inmortalidad del alma. ¡Cosa asombrosa! El dogma del infierno eterno, que subleva todas las pasiones contra él y causa horror a la naturaleza humana, es el único que los hombres no han discutido. Basta consultar los poetas, los filósofos, los escritores de la antigüedad, y todos, sin excepción, hablan del infierno eterno.
    Hesíodo y Homero lo pintan a los habitantes de Grecia; Virgilio y Ovidio lo describen en la Roma idólatra. ¿Quién no recuerda los suplicios de Prometeo, de Tántaro, de Sísifo, de Ixión y de las Danaides? Sócrates, citado por Platón, habla de las almas incurables que son precipitadas al eterno Tártaro, de donde no saldrán jamás.
    Un pagano, gran despreciador de los dioses, el impío Lucrecio, trató de destruir esa creencia, “porque, decía él, no hay reposo y es imposible dormir tranquilo, si se está obligado a temer, después de esta vida, suplicios eternos”. Sus esfuerzos fueron inútiles. La creencia en el infierno eterno fue siempre el dogma fundamental de la religión de todos los pueblos.
    Celso, filósofo pagano, enemigo acérrimo del Cristianismo, lo confirma en el segundo siglo de la Iglesia. “Tienen razón los cristianos, dice él, en pensar que los malos sufrirán suplicios eternos. Por lo demás, este sentimiento les es común con todos los pueblos de la tierra”.
    Leyendo la historia de todas las razas: egipcios, caldeos, persas, indios, chinos, japoneses, galos, germanos, etc., vemos que todos creían en un infierno eterno, como en la existencia de Dios.
    Cuando Colón descubrió América, comprobó que los habitantes del Nuevo Mundo tenían la misma creencia. Un viejo jefe le amenaza con el infierno, diciéndole: “Sabe que al salir de la vida hay dos senderos, uno fulgurante de luz y otro sumido en las tinieblas; el hombre de bien toma el primero, mientras que el malvado echa a andar por el sendero tenebroso hacia el lugar de los suplicios eternos”.
    ¿Cuál es el origen de esta creencia de todos los pueblos? No pueden ser los sentidos, ni las preocupaciones, ni las pasiones, porque una pena eterna es una pena espantosa que aterra el espíritu y lo desola, tortura el corazón y lo desgarra. Esta creencia no puede tener su origen sino en la razón, que reconoce la necesidad de un infierno eterno para impedir el mal o castigarlo; o bien este dogma se remonta hasta Dios mismo: forma parte de la revelación primitiva, que es la base de la religión y de la moral del género humano. Pero, tanto en un caso como en otro, esta creencia no puede ser sino la expresión de la verdad.
    2º La sabiduría de Dios pide la eternidad de las penas como sanción preventiva. – Todo legislador sabio debe dar a sus leyes una sanción eficaz; y la única sanción eficaz para las leyes de Dios es la eternidad de las penas. Porque, para que surta el efecto deseado, es menester que toda sanción pueda neutralizar las seducciones del vicio, y determinar al hombre a que observe la ley divina, aun con pérdida de su fortuna y de su vida. Ahora bien, la sola esperanza de escapar un día de la justicia de Dios haría ineficaz toda sanción temporal. Todo lo que tiene término no es nada para el hombre, que se siente inmortal. Lo que constituye la eficacia de la sanción no es el infierno, es su eternidad. Lo prueba el hecho de que los malvados aceptan sin dificultad que haya castigo después de esta vida, con tal que no sea eterno.
    Un infierno que no es eterno es un purgatorio cualquiera. Y el pensamiento del purgatorio, ¿refrena acaso a los malvados? Ese pensamiento apenas inquieta a los justos, porque el purgatorio tiene término. Cierto alemán se avenía a pasar dos millones de años en el purgatorio por gozar el placer de una venganza. Es, pues, la eternidad lo que constituye la eficacia de la sanción. Sin la eternidad de las penas, Dios no sería más que un legislador imprudente, incapaz de hacer observar sus leyes, o de castigar a los calculadores de las mismas.
    3º La justicia de Dios requiere la eternidad del infierno, como pena vindicativa para castigar el mal. – Es un principio admitido por todos, que debe existir proporción entre la culpa y la pena, entre el crimen y el castigo… Ahora bien, a no ser por la eternidad del infierno, no habría proporción entre la culpa y la pena… Y, en verdad, la gravedad de la culpa se deduce de la dignidad de la persona ofendida. El pecado, ofendiendo a una Majestad infinita, reviste, por lo mismo, una malicia infinita, merecedor de un castigo infinito.
    Pero como el hombre es limitado y finito en su ser, no puede ser susceptible de una pena infinita en intensidad; pero puede ser castigado con una pena infinita en duración, es decir, eterna. Es justo, por consiguiente, que sea condenado al fuego eterno, a fin de que el castigo guarde proporción con la culpa.
    4º La soberanía de Dios pide la eternidad de las penas. – Si el infierno debiera tener término, cada uno de nosotros podría hablar a Dios de esta suerte: “Yo sé que Vos me podéis castigar, pero también sé, que tarde o temprano, os veréis obligado a perdonarme a aniquilarme. Me río, pues, de Vos y de vuestras leyes; me río también del infierno, al que me vais a condenar, porque sé que algún día saldré de allí”-. ¿Se concibe que una criatura pueda con razón hablar así de su Creador? Dios es el Señor del hombre, y su soberanía no puede ser impunemente despreciada. El hombre, pecando mortalmente, declara guerra a Dios: ¿quién será el vencedor? Necesariamente debe ser Dios, quien pronuncia la última palabra mediante la eternidad de las penas. Luego, la soberanía de Dios exige que el infierno sea eterno.
    CONCLUSION.O el infierno eterno existe, o Dios no existe; porque Dios no es Dios, si no es sabio, justo y Señor soberano. Pero como quiera que sea imposible, a menos de estar loco, negar la existencia de Dios, así también fuera menester estar loco para negar la existencia de un infierno eterno. La existencia del infierno es un dogma de la razón y un artículo de fe.
    Con el dogma del infierno acontece lo que con el dogma de la existencia de Dios: el impío puede negarlo con palabras, su corazón puede desear que no exista, pero su razón le obliga a admitirlo. La misma rabia con que el incrédulo niega este dogma prueba a las claras que no puede arrancarlo de su espíritu: nadie lucha contra lo que no existe; nadie se enfurece contra quimeras.
    Es tan difícil no creer en el infierno, que el propio Voltaire no pudo eximirse de esta creencia. A uno de sus discípulos, que se jactaba de haber dado con un argumento contra la eternidad de las penas, le contestó: “Os felicito por vuestra suerte; yo bien lejos estoy de eso”. Voltaire tembló en su lecho de muerte, agitado por el pensamiento del infierno, y la muerte de ese impío ha hecho decir: “El infierno existe”.
    J.J. ROSSEAU, sofista mil veces más peligroso que Voltaire, no se atrevió a contradecir la tradición universal, y se contentó con volver la cabeza para no ver el abismo: – No me preguntéis si los tormentos de los malvados son eternos; lo ignoro – No tuvo la audacia de negarlo. ¡Tanta autoridad y fuerza hay en esas tradiciones primitivas que Platón conoció, que Romero y Virgilio cantaron y que se encuentran en todos los pueblos del Viejo y del Nuevo Mundo; tan imposible es derribar un dogma admitido en todas partes, a despecho de las pasiones unidas desde tantos siglos para combatirlo!

    56. P. ¿Qué valor tienen las suposiciones ideadas por los incrédulos para suprimir la eternidad del infierno?
    R. Contra la eternidad del infierno no se pueden hacer más que las tres siguientes hipótesis:
    1° o el pecador repara sus faltas y se rehabilita;
    2° o Dios le perdona sin que se arrepienta;
    3° o Dios le aniquila.
    Estas suposiciones son contrarias a los diversos atributos de Dios y están condenadas por la sana razón.
    1° Para explicar lo que sucederá más allá del sepulcro, ciertos incrédulos modernos proponen teorías absurdas. Juan Reynaud (Tierra y Cielo), Luis Figuier (El Mañana de la Muerte) y Flammarión (Pluralidad de los mundos habitados) renuevan el viejo error de la metempsicosis, y suponen que las almas emigran a los astros para purificarse y perfeccionarse cada vez más.
    Todas estas teorías no pasan de ser afirmaciones gratuitas, ilusiones y quimeras que hacen retroceder la dificultad sin resolverla. ¡Si es posible rehabilitarse después de esta vida, no hay sobre la tierra sanción de la ley divina! ¿Para qué inquietarse en esta vida? ¡Ya nos convertiremos en los astros! Y si, después de varias peregrinaciones sucesivas, el hombre sigue siendo perverso, ¿será condenado a errar eternamente de astro en astro, de planeta en planeta?... Pero en este caso, el hombre no llegaría jamás a su meta, lo que es contrario al sentido común.
    Por lo demás, si después de la muerte existiera un segundo período de prueba, nada impediría que hubiera un tercero, un cuarto, y así sucesivamente. ¿Adónde llegaríamos? Llegaríamos a esto: que el malvado podría pisotear indefinidamente las leyes de Dios y burlarse de su justicia… Esto no puede ser: la muerte es el fin de la prueba, la eternidad será su término.
    2º ¿Puede Dios perdonar al pecador en la vida futura? No; esto es imposible. El perdón no se impone, se otorga y no se concede sino al arrepentimiento. Ahora bien, el réprobo no puede arrepentirse, porque la muerte ha fijado su voluntad en el mal para toda la eternidad. Ya no es libre. El infierno es para él un centro de atracción irresistible, y es tan imposible para el desgraciado elevarse a Dios por un movimiento bueno, como lo es para la piedra elevarse a los aires por sí misma. Las agujas de un reloj cuyo movimiento se detiene, marcarán siempre la misma hora; un alma detenida por la muerte en el mal, seguirá marcando lo mismo por toda la eternidad.
    Además, el perdón concedido por Dios en la vida futura destruiría toda la eficacia de la sanción de la ley divina. ¿Qué podría detener al hombre en el momento de la tentación, si abrigara alguna esperanza de obtener su perdón en la eternidad? ¡Cuántos perversos se entregarían gustosos a la práctica del mal, si el infierno no fuera eterno! Y si el temor de las penas eternas no sujeta a todos en el sendero del deber, la idea de castigos temporales no ejercería sobre ellos ninguna influencia.
    3º ¿Puede Dios aniquilar al culpable? No; Dios no puede aniquilarlo sin ir contra los atributos divinos, y esto por diversos motivos:
    1º El aniquilamiento es opuesto a todo el plan de la creación. Dios ha creado al hombre por amor, y le ha creado libre e inmortal; pero quiere que el hombre le glorifique por toda la eternidad. Dios no puede, por mucho que el hombre haya abusado de su libertad, cambiar su plan divino, porque entonces resultaría esclavo de la malicia del pecador. Dios quiere ser glorificado por su criatura y, no podría ser de otra suerte. Es libre el hombre para elegir su felicidad o su desdicha; pero de buen o mal grado, la criatura debe rendir homenaje a la sabiduría de Dios, que es su Señor, o celebrando su gloria en el cielo, o proclamando su justicia en el infierno.
    2º Si Dios aniquilara al culpable, su ley carecería de sanción eficaz. Para el pecador el aniquilamiento, lejos de ser un mal, sería un bien. Eso es, precisamente, lo que él pide: sus deseos son gozar de todos los placeres sensibles, y luego morir todo entero, para escapar de Dios y de su justicia; a esta muerte completa, él la llama reposo eterno. El aniquilamiento, pues, no sería una sanción eficaz de la ley moral, puesto que Dios aparecería impotente y sería vencido por el hombre rebelde.
    3º Además, el número y la gravedad de las faltas piden que haya grados en la pena, y le sería imposible a Dios aplicar este principio, si no tuviera otra arma que el aniquilamiento para castigar al hombre culpable. El aniquilamiento no tiene grados: pesa de un modo uniforme, pesa indistintamente sobre todos aquellos a quienes castiga, confundiendo todas las vidas criminales en el mismo demérito. Esta monstruosa igualdad destruiría la justicia. Luego, después de esta vida, el pecador ni puede obtener el perdón ni ser aniquilado; debe sufrir un tormento eterno.
    OBJECIONES. – 1ª ¿No es injusto castigar un pecado de un momento con una eternidad de suplicios?
    No; porque la pena de un crimen no se mide por la duración del acto criminal, sino por la malicia del mismo. ¿Cuánto tiempo se necesita para matar a un hombre? Basta un instante; y sin embargo, la justicia humana condena a muerte al asesino; castigo que es una pena, por decirlo así, eterna, puesto que el culpable es eliminado para siempre de la sociedad (lo mismo con la pena de cadena perpetua).
    ¿Cuánto tiempo se necesita para provocar un incendio? Un instante. Pues bien, el incendiario es condenado a presidio por tiempo indeterminado, es decir, alejado para siempre de sus conciudadanos y de su familia.
    No se mide, pues, la duración de la pena, por la duración de la culpa, sino por la gravedad de la misma.
    Hay que considerar también que el crimen de un momento se ha convertido en crimen eterno. La acción del pecado es pasajera, fugitiva; pero sus efectos duran, y la voluntad perversa del pecador es eterna; porque ha de tenerse presente que sólo son condenados aquellos que mueren en pecado, con el afecto persistente en el mal. Pero como después de la muerte la voluntad no se muda, quedando eternamente mala, se comprende que debe ser eternamente castigada. El hombre que se arranca los ojos queda siego para siempre.
    2ª ¿Puede un Dios infinitamente bueno condenar al hombre a suplicios eternos?
    Sí; porque si Dios es infinitamente bueno, es también infinitamente justo, y su justicia reclama un castigo infinito para un pecado de malicia infinita.
    Pregunto: ¿Sería bueno un padre que no impidiera a uno de sus hijos el hacer daño a los otros hermanos? – No; sería cruel e injusto -. ¿Sería bueno si perdonara a sus hijos malos que se atrevieran a ultrajar y a herir a sus hermanos?- No; sería un acto de debilidad imperdonable-. ¿Qué remedio le queda a un buen padre de familia para impedir que los hijos malos se entreguen al crimen? – No le queda otro de que encerrar a esos malos hijos en una cárcel y tenerlos allí para que se conviertan-. ¿Cuánto tiempo debe durar la separación de los malos de la compañía de los buenos? – Hasta que los malos se hayan convertido-. ¿Y si siguen siempre malos? – La separación debe ser para siempre… Ahora bien, los malos seguirán siempre malos, porque el tiempo del arrepentimiento ha pasado para ellos; maldicen a Dios y desean aniquilarle. ¿Cuándo, pues, han de salir de la cárcel? – ¡Jamás! – Sí, nunca: la bondad de Dios exige la eternidad del infierno.
    Por otra parte, cuando el hombre ha cometido un pecado mortal, ¿no ha consentido libremente en el castigo eterno? ¿No ha consentido en él, en la hora de la muerte, al no querer arrepentirse de sus culpas?... Nada ha querido saber de Dios en la tierra; ¿no es justo que Dios nada quiera saber de él en la eternidad?...
    Finalmente, el infierno eterno es el mayor beneficio de la bondad divina. A veces nos imaginamos que Dios ha creado el infierno sólo para ejercer su justicia; no es exacto. Dios ha creado el infierno para obligarnos merecer el cielo. Dios, infinitamente bueno, quiere proporcionar al hombre la mayor felicidad posible por los medios más eficaces. La mayor felicidad del hombre es el cielo libremente adquirido por sus méritos. Pues bien, el medio más eficaz de que Dios puede valerse para obligar al hombre a hacer un buen uso de su libertad, es el temor de una infelicidad eterna. El temor del infierno puebla el cielo. “El infierno, decía Dante, es la obra del eterno amor”.
    3ª Dios es demasiado bueno para condenarme.
    Tienes razón, mil veces razón: Dios es demasiado bueno para condenarte. Por eso mismo no es Dios quién te condena, son ustedes mismos los que os condenáis.
    La prueba de que Dios no os condena, es que lo ha hecho todo por tu salvación; es que, a pesar de vuestros crímenes, está pronto a concederte un generoso perdón, el día que le presentes un corazón contrito y arrepentido.
    Lo que os condena es vuestra obstinación en el mal, vuestra terquedad en despreciar los mandamientos divinos; sois, pues, vosotros mismos, los que os condenáis por vuestra culpa.
    Dios nos ha dejado completamente libres en la elección de nuestra eternidad. Si nos empeñamos en elegir el infierno, tanto peor para nosotros. En el momento de la muerte, Dios da a cada uno lo que cada uno ha elegido libremente durante su vida: o el cielo o el infierno. Dios no puede salvarnos contra nuestra voluntad. Nos ha criado libres, y no quiere destruir nuestra libertad.
    A pesar del infierno eterno, la bondad de Dios queda, pues, intacta, como también su justicia; y el dogma de la eternidad de las penas es la última palabra de la razón y de la fe, sobre Dios, sobre el hombre, sobre la moral y sobre la religión: es la sanción necesaria de nuestra vida presente.
    4ª Nadie ha vuelto del infierno para testificarnos su existencia.
    No: nadie ha vuelto de infierno, y si entráis en él tampoco volveréis. Si se pudiera volver, aunque fuera por una sola vez, yo os diría: Id y veréis que existe. Pero precisamente porque una vez dentro no se puede salir, es una locura exponerse a una desgracia espantosa, sin fin y sin remedio.
    Nadie ha vuelto del infierno, ¿y, cómo volver, si el infierno es eterno? ¿No ves que apeláis a testigos que no podrán venir jamás a daros una respuesta? No están en el infierno para atestiguar su existencia: están como forzados, condenados a galeras perpetuas para expiar sus crímenes. Si se entra en el infierno, no se sale de él jamás.
    Y fuera de eso, este testimonio del infierno, ¿es acaso necesario? Acabamos de oír la deposición de todo el género humano; hemos escuchado las conclusiones justísimas de la razón… ¿No basta eso para demostrarnos la existencia del infierno? ¡Cuántas verdades conocemos sólo por el testimonio de nuestros semejantes, y cuántas otras hemos aprendido únicamente con la luz de la razón! Decís: Dos y dos son cuatro… diez por diez son cien… ¿Cómo lo sabes? – El simple raciocinio, me contestáis, basta para daros esas convicciones. – ¡Muy bien! Raciocina, pues, y llegarás fácilmente a convencerte de que Dios es justo y de que su justicia requiere que los malvados sean castigados… El castigo de los malvados es el infierno, y el infierno eterno.
    Nosotros, los cristianos, tenemos otra consideración que dar: El Hijo de Dios en persona ha venido del otro mundo a certificarnos la exigencia de un infierno eterno: puedes leer en los sagrados Evangelios sus testimonios inefables…
    Además, nuestro Señor Jesucristo es una prueba viviente de la eternidad del infierno. ¿Por qué se hizo hombre? ¿Por qué murió en una cruz? Un Dios debe proceder por motivos dignos de su infinita grandeza. Si el pecado no merecía una pena infinita, por lo menos en duración, es decir, eterna, no eran necesarios los padecimientos de un Dios. ¿Se requería acaso, que el Hijo de Dios se encarnara y muriera en una cruz, para ahorrar al hombre algunos millones de años de purgatorio?... No, por cierto.
    Si la malicia del pecado explica el Calvario, el Calvario, a su vez, explica el infierno. El Calvario nos muestra una Redención infinita; el infierno debe mostrarnos una expiación sin límites. El Calvario es la expiación de un Dios; el infierno es la expiación del hombre, infinita la una y la otra; la una en dignidad, la otra en duración. Así todo se coordina en la religión: el dogma de la eternidad de las penas está perfectamente explicado por el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios y de la Redención del mundo.
    En resumen:l testimonio de todo el género humano y sus más antiguas tradiciones; el testimonio de la razón, y, especialmente, el testimonio infalible de Dios mismo, se unen para afirmar, con certeza absoluta, que hay un infierno eterno para castigo de los pecadores impenitentes. Si no queremos caer en él, tenemos que evitar el sendero que a él conduce, en la seguridad de que, una vez dentro del infierno, no saldríamos jamás.

    Narración. – Una religiosa enfermera se encontraba junto al lecho en que, enfermo de muerte, yacía un viejo capitán, que no quería convertirse. El enfermo pide agua; y la religiosa, en su celo por la salvación de esa alma, le dice al servirle la copa.
    – Beba usted, capitán, beba hasta hartarse, porque se va al infierno, y durante toda la eternidad pedirá una gota de agua sin obtenerla...
    – Le he dicho mil veces que no hay infierno.
    – Sí, me lo ha dicho usted, capitán; pero, ¿lo ha demostrado?... Negar el infierno no es destruirlo.
    – ¿Lo ha demostrado? ¿Lo ha demostrado?..., repetía en voz baja el enfermo, revolviéndose en el lecho. ¡Vamos! No... no lo he demostrado... ¿Y si fuera cierto?
    Después de algunos instantes añadió:
    – Dios es demasiado bueno, sí, demasiado bueno para arrojar un hombre al infierno.
    – Dios no castiga porque es bueno, sino porque es justo. El simple buen sentido nos dice que Dios no puede tratar de la misma manera a lo que le sirven que a los que conculcan sus santas leyes, a sus fieles servidores que a sus servidores negligentes.
    Por otra parte, agrega la Hermana con mucha tranquilidad, ya verá usted bien pronto, capitán, si el infierno existe...
    La religiosa guarda silencio y continúa su oración. Después de algunas horas de reflexión, el enfermo pide un sacerdote. Se decía hablando consigo mismo: Hay que decidirse por el partido más seguro; no es prudente ir a verlo; cuando se entra no se sale.

    LA DENUNCIA PROFETICA: La Religión Demostrada
    Última edición por Hyeronimus; 23/04/2009 a las 19:35

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    Respuesta: La religión demostrada

    57. P. ¿Cuál es el destino del hombre?
    R. El hombre ha sido creado para conocer, amar y servir a Dios sobre la tierra, y gozarle después en la eternidad.
    Se llama destino de un ser, el fin que debe procurar obtener y para el cual Dios le ha dado la existencia.
    El hombre tiene un doble fin: el fin próximo, que debe cumplir sobre la tierra; y el fin último, es decir, la meta a que debe llegar después de esta vida, la bienaventuranza eterna.
    1º Dios ha creado al hombre para su gloria. Todo ser inteligente obra por un fin: obrar sin un fin es absurdo. Dios, sabiduría infinita, no podía crear sin tener un fin, y un fin digno de El. Este fin digno de Dios no es sino Dios mismo. Nada de lo que se haya fuera de El es digno de su grandeza infinita… - ¿Qué saca El de la creación? Dios es el bien infinito, y no puede ser ni más perfecto ni más feliz. Pero Dios puede manifestar su bondad, sus perfecciones infinitas, y de esta suerte, procurar su gloria. Debemos distinguir en Dios, la gloria interior, esencial, y la gloria exterior, accidental. La gloria interior es el conjunto de sus perfecciones infinitas, y no es susceptible de aumento.
    Dios se glorifica exteriormente cuando manifiesta sus perfecciones con los bienes que da a sus criaturas, cada una de las cuales es como un espejo en el que se reflejan, con mayor o menor brillo, las perfecciones divinas. Cuando el hombre conoce, estima, alaba y bendice con amor estas perfecciones divinas, que le son manifestadas por las criaturas, entonces glorifica a Dios y para recibir este homenaje, esta alabanza, esta gloria exterior, Dios ha creado al hombre. Dios podría no haberlo creado, puesto que la creación nada añade a su gloria interior o esencial; pero creando, Dios debía poner en su obra seres inteligentes y libres: inteligentes para que conocieran sus perfecciones; libres, para darle gloria con homenajes voluntarios.
    2º El hombre procura la gloria de Dios consagrando su vida a conocerle, amarle y servirle. En esto consiste su fin próximo. Dios ha dado al hombre tres facultades principales: una inteligencia para conocer, una voluntad, un corazón para amar y los órganos del cuerpo para obrar. Es justo, pues, que el hombre consagre a la gloria de Dios su inteligencia para conocerle cada vez más; su corazón para amarle intensamente; su cuerpo para servirle con abnegación. El hombre es el servidor de Dios; no debe vivir para sí, pues no se ha dado a sí mismo la vida, no es dueño de si, no se pertenece. El hombre lo ha recibido todo de Dios, ha sido creado para Dios y no tiene otra razón de ser que procurar la gloria de Dios. Como el sol ha sido creado para alumbrar y calentar, el agua para lavar y refrescar, la tierra para sostenernos y nutrirnos, así el hombre ha sido creado para glorificar a Dios. Todo lo que en mis pensamientos, palabras o acciones no sirva para la gloria de Dios, no sirve para nada, y es del todo inútil. Conocer, amar y servir a Dios, tal es, por consiguiente, el fin próximo del hombre.
    3° Sólo Dios es el fin último del hombre. Dios podría no haberme creado; si lo hizo, fue por pura verdad: primer acto de amor. – Dios podía crearme únicamente para su gloria, sin reservarme ninguna felicidad ni temporal ni eterna. Pero su bondad infinita ha querido unir su gloria y la felicidad del hombre: segundo acto de amor. La felicidad del hombre, tal es el fin secundario de la creación. Luego, el hombre ha sido creado para ser feliz.
    Sólo en Dios puede el hombre hallar su felicidad. La felicidad es la satisfacción de los deseos del hombre, el reposo de sus facultades en el objeto que las llena y satisface. La inteligencia del hombre tiene sed de verdad, y la verdad infinita es Dios. – La voluntad, el corazón del hombre ama el bien, la belleza; y Dios es el bien y la belleza infinitas. – El cuerpo del hombre ansía la plenitud de la existencia y de la vida, y únicamente en Dios se halla esta plenitud.
    La experiencia nos dice que ni la ciencia, ni la gloria, ni la fortuna, ni cosa alguna creada, puede saciar al hombre. El siente deseos de un bien infinito. Por consiguiente, sólo en el conocimiento y posesión de Dios puede el hombre hallar su felicidad.
    En la vida futura, Dios puede ser la felicidad del hombre de dos maneras, según que sea conocido directa o indirectamente.
    1° Se conoce a Dios indirectamente por medio de sus obras. Contemplando las criaturas de Dios se ven resplandecer en ellas, como en un espejo, las perfecciones divinas. Así es cómo el niño reconoce al padre viendo el retrato más o menos parecido. Conocer así a Dios, amarle con un amor proporcionado a este conocimiento indirecto, es lo que constituye el fin natural del hombre.
    2° Se conoce a Dios directamente, cuando se le ve en su misma esencia, contemplada cara a cara. Un niño conoce mejor a su padre y le ama mucho más cuando le ve en persona que cuando sólo ve su retrato. Ver a Dios cara a cara, amarle con un amor correspondiente a esta visión inefable, es lo que constituye el fin sobrenatural del hombre y de los ángeles.
    Dios podía contentarse con proponernos un fin puramente natural; pero por un exceso de amor, como veremos más adelante, nos ha elevado a este fin sobrenatural, infinitamente más grande y excelso.




    TERCERA VERDAD

    EL HOMBRE NECESITA DE UNA RELIGION



    La religión es necesaria al hombre. – No hay más que una religión verdadera y buena. – La verdadera religión ha sido revelada por Dios. – Señales por la cuales se la puede conocer.


    La religión es necesaria al hombre. – No hay más que una religión verdadera y buena. – La verdadera religión ha sido revelada por Dios. – Señales por la cuales se la puede conocer.

    58. P. ¿A qué nos obliga el conocimiento de Dios y del hombre?
    R. Este conocimiento nos obliga a practicar la religión, que une al hombre con Dios como a su principio y último fin.
    Conocemos a Dios y al hombre: a Dios, con sus atributos infinitos, con su Providencia que todo lo gobierna; al hombre, criatura de Dios, con su alma espiritual, libre e inmortal. De ahí resultan las relaciones naturales, esenciales y obligatorias del hombre para con Dios. Estas relaciones constituyen la religión.

    59. P. ¿Qué es la religión?
    R. La religión es el lazo que une al hombre con Dios. Este lazo se compone de deberes que el hombre debe llenar para con el Ser Supremo, su Creador, su Bienhechor y su Señor.
    Estos deberes contienen verdades que creer, preceptos que practicar, un culto que tributar a Dios.
    Se define la religión: el conjunto de deberes del hombre para con Dios.
    La palabra religión viene, según unos, de religare, ligar fuertemente; según otros, de, reeligere a Dios; es decir, que el hombre debe ligarse libremente a Dios como a su principio, y debe elegir a Dios como a su último fin.
    Así como entre los padres y los hijos existen lazos o relaciones naturales y sagradas, del mismo modo existen entre Dios Creador y Padre del hombre, y el hombre criatura e hijo de Dios. El lazo que une al hombre con Dios es más fuerte que aquel que une al hijo con el padre. ¿Por qué? Porque nosotros debemos mucho más a Dios de lo que debe un hijo a su padre. Dios es nuestro creador y nuestro último fin, no así nuestros padres. Así, nuestros deberes para con Dios son mucho más santos que los de los hijos para con los padres.
    La religión, considerada en cuanto que reside en el alma, es una virtud que nos lleva a cumplir nuestros deberes con Dios, a rendirle el culto que le debemos. Considerada en su objeto, encierra las verdades que hay que creer, los preceptos que hay que practicar, y el culto, es decir, la veneración, el respeto, el homenaje que debemos rendir a nuestro Creador.
    Se distinguen dos religiones: la religión natural y la sobrenatural o revelada.
    La primera es la que se conoce por las luces naturales de la razón y se funda en las relaciones necesarias entre el Creador y la criatura. Esta religión natural obliga absolutamente a todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares, porque ella dimana de la naturaleza de Dios y de la naturaleza del hombre. Encierra en sí las verdades y preceptos que el hombre puede conocer por la razón, aunque, de hecho, los haya conocido por la revelación: la existencia de Dios, la espiritualidad, la libertad e inmortalidad del alma, los primeros principios de la ley natural, la existencia de una vida futura, sus recompensas o castigos.
    La religión sobrenatural o revelada es aquella que Dios ha hecho conocer al hombre desde el origen del mundo. El Creador impuso al primer hombre verdades que creer, como el destino sobrenatural del hombre, la necesidad de la gracia para llegar a este fin sublime, la esperanza de un Redentor..., y deberes positivos que cumplir, como el descanso del sábado, la ofrenda de sacrificios, etc.
    Ante todo, vamos a probar que, aun cuando no existiera la religión revelada, la sola naturaleza del hombree y las relaciones esenciales que lo unen al Creador le imponen una religión al menos natural. Veremos después que el hombre está obligado a abrazar la religión revelada.
    Tenemos pues, que tratar seis cuestiones:
    I.- Necesidad de una religión.
    II.- Naturaleza de la religión.
    III.- Futilidad de los pretextos aducidos por los indiferentes.
    IV.- No hay más que una religión buena.
    V.- La religión buena es la que Dios ha revelado.
    VI.- Señales o notas de la verdadera religión.

    I. Necesidad de una religión

    a) Es un deber para el hombre

    60. P. La religión, ¿es necesaria al hombre?
    R. Sí; porque está fundada sobre la naturaleza de Dios y sobre la naturaleza del hombre, y se basa en las relaciones necesarias entre Dios y el hombre. Imponer una religión es derecho de Dios; practicarla es deber del hombre.
    Dios es el Creador, el hombre debe adorarle.
    Dios es el Señor, el hombre debe servirle.
    Dios es el Bienhechor, el hombre debe darle gracias.
    Dios es el Padre, el hombre debe amarle.
    Dios es el Legislador, el hombre debe guardar sus leyes.
    Dios es la fuente de todo bien, el hombre debe dirigirle sus plegarias.
    Todos estos deberes del hombre para con dios son necesarios y obligatorios, y el conjunto de todos ellos constituyen la religión. Luego, la religión es necesaria.
    Dios es el Creador, el hombre debe adorarle. Dios es el Creador del hombre: le sacó todo entero de la nada, y conserva su existencia. Y en realidad, el hombre tiende hacia la nada, como una piedra que cae hacia el centro de la tierra, y a cada instante caería en la nada si la mano de Dios no le sostuviera. El hombre, sin el concurso de Dios, no puede hacer cosa alguna, porque los seres creados no pueden obrar sin el concurso de la Causa primera.
    Por consiguiente, el hombre, en todo su ser y en todas sus acciones, depende de Dios su Creador y su Señor. Ser creado y ser independiente, es quimérico y contradictorio. El hombre, criatura inteligente, conoce esta dependencia; criatura libre, debe proclamarla. Cuando la proclama, adora a Dios. La palabra adorar significa rendir el culto supremo, el honor soberano, que consiste en reconocer en Dios la más alta soberanía y en nosotros la más alta dependencia. La ley natural nos dice: Puesto que Dios es tu Creador, tu Señor y tu Dueño, debes reconocer su majestad suprema y anonadarte como su más rendido servidor y su más humilde criatura. Adorar a Dios es, pues, el primer deber del hombre.
    Dios es el Señor, el hombre debe servirle. El artista es el dueño, el propietario de su obra. Ahora bien, la propiedad fructifica para su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir a su dueño; el siervo, por consiguiente, debe servir a su dueño según sus facultades. Estas son verdades incontrastables y admitidas por todos.
    Dios es el Señor y Dueño del hombre por un título superior a todos los títulos de propiedad, por el título de Creador. El hombre nada tiene que no haya recibido de Dios; luego, debe emplear todas sus facultades en el servicio y para la gloria de su Señor. Debe emplear su inteligencia en conocer a Dios y sus perfecciones, su corazón en amarle, su voluntad en obedecerle, su cuerpo en servirle; finalmente, todo su ser en procurar su gloria. Servir a Dios es, pues, un gran deber para el hombre.
    Dios es el bienhechor, el hombre debe darle gracias. Es cosa por todos admitida que, con relación a un bienhechor, la gratitud es un deber, la ingratitud un crimen. Dios es el bienhechor soberano del hombre; todo en nosotros es un favor de Dios, todo lo recibimos de El: cuerpo, alma, vida. Fuera de nosotros, también todo es favor de Dios: el pan que nos alimenta, el agua que apaga nuestra sed, el vestido que nos cubre, la luz que nos ilumina, el aire que nos hace vivir, en fin, todas las cosas que nos sirven. Luego debemos a Dios el tributo de nuestra gratitud. Este en un deber riguroso para todo el mundo.
    Dios es el Padre, el hombre debe amarle. En la familia, el hijo debe a su padre respeto, sumisión y amor; es un deber innegable. Y ¿Por qué el hijo está obligado a honrar así al padre? ¿Acaso porque el padre es rico? No. ¿Porque es sabio? No… Aunque sea pobre, ignorante, enfermo, tiene siempre derecho a la veneración y al amor de su hijo, por el solo motivo de ser su padre.
    Ahora bien, Dios es para nosotros más que un padre y una madre. Dios ha modelado con sus manos divinas el cuerpo del hombre; le ha dado el alma y la vida: cada día vela por él, y le colma de los beneficios de su Providencia. Luego es un deber del hombre amar a su Padre celestial. El hijo que olvida los deberes que tiene para con su padre es un hijo desnaturalizado, un ser degradado, un monstruo de ingratitud. ¿Qué diremos entonces del hombre que olvida sus deberes para con Dios, su Bienhechor y su Padre?
    Dios es el legislador, el hombre debe obedecer sus leyes. Nadie puede negar la existencia de la ley natural que Dios impone al hombre como consecuencia de la naturaleza que le ha dado; esta ley natural está escrita en el corazón de todo hombre por la mano de Dios mismo, de modo que nosotros tenemos en nuestro interior una voz, la voz de la conciencia, que nos hace conocer las prescripciones de esta ley divina. Si el hombre no sigue los principios de moralidad grabados en su conciencia, se hace culpable ante el soberano Legislador. Dios, infinitamente justo y santo, debe castigarle. Por consiguiente, el hombre que ha violado la ley de Dios, debe hacer penitencia, bajo pena de caer en manos de un juez inexorable. De ahí la obligación para el hombre de satisfacer a la justicia divina y ofrecer a Dios expiaciones por sus faltas.
    Dios es la fuente de todos los bienes, el hombre debe elevar a El sus plegarias. Dios es el océano infinito de todo bien y el libre dispensador de todos los dones; y, al contrario, el hombre no posee nada por sí mismo, y debe, por lo tato, pedírselo todo a Dios. En este mundo, el pobre suplica al rico, el enfermo al médico, el ignorante al sabio y el criminal al Jefe del Estado. Pero Dios es el rico, y el hombre, el pobre; Dios es el médico y el hombre el enfermo; Dios es el sabio y el hombre el ignorante; Dios es el soberano y el hombre el culpable. De ahí para el hombre el gran deber de la oración; es de necesidad absoluta.
    Así la adoración, la sumisión, la gratitud, el amor, la expiación, la oración son los principales deberes del hombre, deberes que dimanan de la naturaleza de Dios y de sus relaciones con nosotros. Todos estos deberes son obligatorios, necesarios, y forman los actos esenciales de la religión. Luego la religión es obligatoria y necesaria.
    Dios tiene derecho a estos diversos homenajes de parte del hombre, y los exige, porque El lo ha creado todo para su gloria; y son precisamente los seres inteligentes y libres los encargados de adorarle, de amarle, de darle gracias, de alabarle en su nombre y en el de toda la creación.

    LA DENUNCIA PROFETICA: La Religión Demostrada
    Última edición por Hyeronimus; 30/04/2009 a las 21:51

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    61. P. ¿Necesita Dios de los homenajes de los hombres?
    R. Dios nada necesita, se basta plenamente a sí mismo y nuestros homenajes no le hacen más perfecto ni más feliz. Pero Dios nos ha dotado de inteligencia y de amor, para ser conocido y amado por nosotros; tal es el fin de nuestra creación.
    La religión es, pues, un deber de estricta justicia; el hombre está obligado a practicar la religión para respetar los derechos de Dios y obtener así su último fin.
    Indudablemente, Dios no necesita de nuestro culto. Esta palabra necesidad no puede ser empleada sino con relación a las criaturas, jamás con relación a Dios. Pero ¿necesita Dios crearnos? ¿Necesita conservarnos? ¿Nuestra existencia le hace más feliz?... Si, pues, Dios nos ha creado, si nos conserva, aunque no necesite de nosotros, no debemos apreciar lo que nos pide por el provecho que le resulta.
    El ser necesario, siendo necesariamente todo lo que es y todo lo que puede ser, se basta a sí mismo. Pero es necesario determinar lo que debemos a Dios, tomando como punto de partida lo que piden nuestras relaciones esenciales con El. – Dios no necesita, necesariamente, que honremos y amemos a nuestros padres; sin embargo, lo manda porque los deberes de los hijos nacen de las relaciones que los ligan con sus padres. – Dios no precisa que nosotros respetemos las reglas de la justicia; sin embargo lo manda porque estas reglas están fundadas sobre nuestras relaciones con nuestros semejantes. – Así, aun cuando Dios no necesite de nuestros homenajes, los demanda porque son la expresión de las relaciones del hombre con Dios. La religión quiere que seamos religiosos para con Dios, como la moral quiere que seamos justos para con los hombres.
    A todo derecho corresponde un deber: a los derechos de Dios corresponden los deberes de los hombres. Los derechos de Dios sobre el hombre son evidentes, eternos, imprescriptibles, más que los derechos de un padre sobre su hijo; luego, tales son los deberes del hombre para con Dios. La religión es para nosotros un deber de justicia, que hay que llenar so pena de violar los derechos esenciales de Dios.

    62. P. ¿Puede Dios dispensar de la religión al hombre?
    R. No; porque Dios no puede renunciar a sus derechos de Creador, de Señor, de fin último. Así como el padre no puede dispensar a sus hijos del respeto, de la sumisión y del amor que le deben, así tampoco puede Dios dispensarnos de practicar la religión.
    Dios, sabiduría infinita y justicia suprema, debe necesariamente prescribir el orden. Pero el orden requiere que los seres inferiores estén subordinados al Ser supremo, que las criaturas glorifiquen a su Creador, cada una conforme a su naturaleza. Luego el orden requiere que el hombre inteligente y libre rinda a Dios: 1º, el homenaje de su dependencia, porque El es su Creador y su Señor; 2º, el homenaje de su gratitud, porque El es su bienhechor; 3º, el homenaje de su amor, porque El es su Padre y su Soberano Bien; 4º el homenaje de sus expiaciones, porque El es su legislador y su juez; 5º el homenaje de su oraciones, porque El es la fuente y el océano infinito de todos los bienes. Dios no puede renunciar a este derecho esencial de exigir nuestros homenajes, porque no sería Dios, ya que no amaría el orden y la justicia.
    Dios podía no crearnos, pero desde el momento que somos la obra de sus manos, su dominio de nosotros es inalienable. Nosotros debemos emplear nuestra inteligencia en reconocer su soberano dominio; nuestra voluntad, en obedecer sus santas leyes; nuestro corazón, en amarle sobre todas las cosas, y en dirigir nuestra vida hacia El, puesto que es nuestro fin último.

    b) La religión es necesaria al hombre

    63. P. ¿Puede el hombre ser feliz sin religión?
    R. No; sin religión el hombre no puede ser feliz ni en este mundo ni en el otro.
    El hombre no es feliz en este mundo sino cuando sus facultades están plenamente satisfechas: es así que sólo la religión puede dar tranquilidad al espíritu, paz al corazón, rectitud y fuerza a la voluntad. Luego sin religión el hombre no puede ser feliz en este mundo.
    No puede serlo en la vida futura, porque sin religión no puede alcanzar la felicidad, que es la posesión de Dios, Soberano Bien.
    Así, todo lo que la religión pide al hombre para conducirle a la felicidad eterna, es el permiso de hacerle feliz en la tierra.
    El hombre ha nacido para ser bienaventurado, y aspira, natural e irresistiblemente a la felicidad como a su fin último. Pero el hombre ha recibido de su Creador la facultad de conocer, de amar y de obrar: la facultad de amar al Bien supremo, que es el objeto de su corazón; la facultad de obrar, es decir, de aspirar libremente a conseguir la verdad y el Bien supremo, que debe ser el trabajo de su voluntad libre.
    1º La inteligencia necesita de la verdad y de la verdad en entera: las partículas de verdad esparcidas por las criaturas no pueden bastarle; necesita de la verdad infinita, que sólo se halla en Dios. Luego, ante todas las cosas, la inteligencia necesita del conocimiento de Dios, su principio y su fin. Pero como la religión es la única que ofrece soluciones claras, precisas y plenamente satisfactorias a todas las cuestiones que el hombre no puede ignorar, debemos concluir que la religión es necesaria.
    Por eso todos los sabios, verdaderamente dignos de tal nombre, se han mostrado profundamente religiosos. La frase de Bacon será siempre la expresión de la verdad: Poca ciencia aleja de la religión, mucha ciencia lleva a ella.
    2º El corazón del hombre necesita del amor de Dios, porque ha sido hecho para Dios, y no puede hallar reposo ni felicidad sino amando a Dios, su Bien supremo. Ni el oro, ni los placeres, ni la gloria podrán jamás satisfacer el corazón del hombre: sus deseos son tan vastos, que no bastan a llenarlos todas las cosas finitas y pasajeras. Por eso todos los santos, todos los corazones nobles, todos los hombre hallan en la religión una alegría, una plenitud de contento que no podrán dar jamás todos los placeres de los sentidos y todas las alegrías del mundo.
    3º La voluntad del hombre necesita de una regla segura para dirigirse hacia el bien y de motivos capaces de sostener su valor frente a las pasiones que hay que vencer, a los deberes que hay que cumplir, a los sacrificios que hay que hacer. Pues bien: sólo la religión puede dar a la voluntad esta firmeza, esta energía soberana, mostrándole a Dios como al remunerador de la virtud y castigador del crimen. A no ser por el freno saludable del temor de Dios, el hombre se abandonaría a todas las pasiones y se precipitaría en un abismo de miserias…
    Finalmente la religión nos proporciona en la oración un consuelo, en la esperanza un remedio, en el amor de Dios una santa alegría, en la resignación un socorro y una fuerza; y además, nos hace entrever después de esta vida, una felicidad completa y sin fin. El hombre religioso es siempre el más consolado.
    El hombre sin religión es, no solamente un gran criminal para con Dios, sino también un gran desgraciado, aun en este mundo. Es evidente que será más desgraciado todavía en la vida futura, porque sin la práctica de la religión no se puede alcanzar el bien supremo, que es la posesión de Dios.

    c) La religión es necesaria a la sociedad.


    64. P. ¿Es necesaria la religión a la sociedad?
    R. La religión es absolutamente necesaria al hombre para vivir en sociedad con sus semejantes.
    La sociedad necesita:
    1º En los superiores que gobiernan, justicia y pronta disposición a servir y favorecer a los demás.
    2º En los súbditos, obediencia a las leyes.
    3º En todos los asociados, virtudes sociales.
    Ahora bien, sólo la religión puede inspirar: a los superiores la justicia y la disposición a sacrificarse en bien de los súbditos; a éstos, el respeto al poder y la obediencia; a todos, las virtudes sociales, la justicia, la caridad, la unión, la concordancia y el espíritu de sacrificio por el bien de los demás. Luego la religión es necesaria a la sociedad.
    El fundamento, la base de toda sociedad, es el derecho de mandar en aquellos que gobiernan, y el deber de obedecer en aquellos que son subordinados. ¿De dónde viene ese derecho de mandar, que constituye la autoridad social? No puede venir del hombre, aun tomado colectivamente, puesto que todos los hombres son iguales por naturaleza, nadie es superior a sus semejantes. Este derecho no puede venir sino de Dios que, creando al hombre sociable, ha creado de hecho la sociedad. Luego para justificar este derecho, hay que remontarse hasta Dios, autoridad suprema, de la cual dimana toda autoridad.
    1º Las autoridades deben ser justas y estar consagradas al bien público. La sociedad necesita de buenas autoridades que gobiernen con justicia, que se den por entero a procurar la felicidad de sus súbditos y sean para ellos verdaderos padres de familia. Ahora bien, gobernantes sin religión no pueden procurar la felicidad de los pueblos, como reconoce el mismo Voltaire: “Yo no quisiera, decía, tener que ver con un príncipe ateo, que hallara su interés en hacerme machacar en un mortero; estaría seguro de ser machacado…” y añade: “Sí el mundo fuera gobernado por ateos, sería lo mismo que hallarse bajo el imperio de los espíritus infernales que nos pintan cebándose en sus víctimas”.
    La religión, en cambio, enseña a los que tienen en sus manos el poder, que ellos son los ministros de Dios para el bien de los hombres sus hermanos; les enseña que la autoridad es un depósito del que rendirán cuenta al juez supremo. ¿Este no es soberanamente eficaz para obligar a las autoridades a practicar la justicia y consagrarse a la felicidad de sus pueblos?
    2º Los súbditos deben respeto y obediencia a la autoridad. El espíritu de revuelta y de insurrección es incompatible con la tranquilidad y la felicidad de los pueblos. Los súbditos sin religión estarán siempre prontos para hacer revoluciones, y no retrocederán ante ningún crimen, con tal de satisfacer sus apetitos: testigos, los anarquistas modernos. Sólo la religión muestra en el poder legítimo una autoridad establecida por Dios: sólo ella enseña de una manera eficaz el respeto y la obediencia; sólo ella ennoblece la sumisión y nos enseña que el legislador ha recibido de Dios su poder y que los súbditos están obligados a obedecer las leyes justas y honestas como a Dios mismo. Dando a Dios lo que es de Dios, los súbditos aprenden a dar al César lo que es del César.
    3º Todos necesitan de las virtudes sociales. Los derechos y bienes de cada uno, la propiedad, el honor, la vida, deben ser respetados. No puede existir la felicidad donde priva el robo, la calumnia, el homicidio… Pero es imposible obtener de un pueblo sin religión el respeto a los derechos y bienes de todos los asociados. La única ley del hombre sin religión es sufrir lo menos posible y gozar de todo lo que pueda. Este hombre estará, por consiguiente, siempre pronto a robar, calumniar, matar, si su interés personal se lo aconseja. Y, ¿qué seguridad, qué felicidad puede esperar entonces la sociedad con semejantes ciudadanos? “El hombre sin religión es un animal salvaje, que no siente su fuerza sino cuando muerde y devora”. – MONTESQUIEU.
    La moral sin Dios, la moral independiente, es una moral sin base y sin cumbre, una moral quimérica, que carece de fuerza obligatoria y de sanción eficaz. Dios debe ser la base y fundamento de la moral. Por eso la moral sin religión es una justicia sin tribunales, es decir, nula.
    Cuando la conciencia no está dirigida por el temor y el amor de Dios, no tiene más norma que sus pasiones, sus deseos, sus caprichos, sin más móvil que el antojo, el egoísmo, la astucia, el fraude.
    Es pues, manifiesto que sin Dios no hay virtudes sociales. El mismo incrédulo Rousseau lo confiesa: “Yo no acierto a comprender cómo se puede ser virtuoso sin religión; he profesado durante mucho tiempo esta falsa opinión, de la que me he desengañado”. No se halla heroísmo y la abnegación sino en la religión que los inspira.
    CONCLUSION. – “Si la religión es necesaria a la sociedad, ésta debe, como el individuo, reconocer, mediante un culto público y solemne, el soberano dominio de Dios; tanto más cuanto que, particularmente por medio de sus ceremonias religiosas, eleva los pensamientos, depura los sentimientos del pueblo y lo mejora. Era menester llegar a nuestros tiempos para hallar hombres que piden la separación de la Iglesia y del Estado; esta concepción es un producto del ateísmo moderno”. – GUYOT.

    d) La experiencia prueba la necesidad de la religión

    Además de lo dicho, podemos acudir en este punto a las lecciones de la experiencia. Las ciudades y las naciones más religiosas han sido siempre las más tranquilas y florecientes. “En todas las edades de la historia, dice Le Play, se ha notado que los pueblos penetrados de las más firmes creencias en Dios y en la vida futura se han elevado rápidamente sobre los otros, así por la virtud y el talento como por el poderío y la riqueza”.
    Los crímenes se multiplican en una nación a medida que la religión disminuye. Por esto, los que tratan de destruir la religión en un pueblo son los peores enemigos de la sociedad, cuyos fundamentos socavan. “Sería más fácil construir una ciudad en los aires, que construir una sociedad sin templos, sin altares, sin Dios”. PLUTARCO. – “Aquél que destruye la religión, destruye los fundamentos de toda sociedad humana, porque si religión no hay sociedad posible”. PLATON.
    MAQUIAVELO ha dicho con razón: “La adhesión a la religión es la garantía más segura de la grandeza de un Estado; el desprecio de la religión es la causa más cierta de su decadencia. Si nuestro siglo está bamboleando, si el mundo está amenazado de muerte, no hay que buscar el origen de este mal sino en la falta de religión. La vieja sociedad pereció, porque Dios no ha entrado todavía en ella”. La revolución, al reconquistar la sociedad sobre bases nuevas, ha olvidado que Dios debía ser la piedra angular del edificio: y en ese olvido está la fuente del mal. Ni cambios políticos ni revoluciones conseguirán nada. No hay más que un remedio: restablecer sobre los derechos de los hombres, los derechos de Dios; reconocer, de una vez para siempre que si el hombre es el rey de la creación, no es su creador. A este precio únicamente se puede conseguir la salvación. Privado de Dios, el edificio social no puede permanecer mucho tiempo en pie.
    Devolved, pues, la religión a la sociedad, vosotros a quienes están confiados sus destinos, si queréis que viva. En vez de tratar a la religión como enemiga, sabed que ella es vuestro auxilio indispensable, y que el primer deber de todo gobernante, es el profesar, proteger y defender la religión.
    Napoleón I, que había visto de cerca al hombre sin religión, decía: “A ese hombre no se le gobierna, se le ametralla. ¡Ah!, ¡Vosotros queréis que ese hombre salga de mis colegios!... No, no; para formar al hombre yo pondré a Dios conmigo”. En otra ocasión decía: “Sin religión, los hombres se degollarán por cualquier insignificancia”.



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    65. P. ¿Han reconocido todos los pueblos la necesidad de la religión?
    R. Sí; y lo prueba la existencia de templos y altares en todos los tiempos y en todos los pueblos.
    Así como las escuelas demuestran que los pueblos han reconocido la necesidad de la instrucción, y los tribunales la de la justicia, así los templos y los altares demuestran que han reconocido la necesidad de la religión.
    Así como es imposible hallar un pueblo que no conozca la existencia de un Dios, también lo es hallar uno que no le honre. “Jamás se fundó un Estado sin religión, y si lo encontráis, estad seguros de que no se diferencia de las bestias”.- Hume.


    II. Naturaleza de la religión

    Culto interno, externo y público

    66. P. ¿Cuáles son los elementos esenciales de toda religión?
    R. Hay tres elementos esenciales que integran el fondo de toda religión. Todas tienen verdades que creer, leyes que guardar y un culto que rendir a Dios. Tres palabras expresan estos tres elementos: dogma, moral y culto.
    La religión es el conjunto de los deberes del hombre para con Dios. El hombre debe a su Creador el homenaje de sus diferentes facultades. Debe emplear su inteligencia en conocerle, su voluntad, en conservar sus leyes, su corazón y su cuerpo, en honrarle con un culto conveniente. Tal es la razón íntima de estos tres elementos esenciales de toda religión.

    67. P. ¿Cómo manifiesta el hombre su religión?
    R. Las relaciones del hombre con Dios deben traducirse por sentimientos interiores y por actos exteriores, que toman el nombre de culto.
    El culto es el homenaje que una criatura rinde a Dios. Consiste en el cumplimiento de todos sus deberes religiosos.
    Hay tres clases de cultos: el culto interno, el externo y el público o social. Estos tres cultos son necesarios.
    La religión no es una ciencia puramente teórica; no basta reconocer la grandeza de Dios y los lazos que nos unen a El: debe haber, de parte del hombre, un homenaje real de adoración, de respeto y de amor hacia Dios: eso es el culto.
    Debemos honrar, respetar a todas las personas que son superiores a nosotros, ya por sus méritos, ya por su dignidad, ya por su poder. El culto es el honor, el respeto, la alabanza que debemos a Dios. El culto, pues, no es otra cosa que el ejercicio o la práctica de la religión que ciertos autores definen: El culto de Dios.
    1° El culto interno consiste en los homenajes de adoración, de amor, de sumisión que nuestra alma ofrece a Dios, sin manifestarlos exteriormente por actos sensibles.
    Este culto interno constituye la esencia misma de la religión; por consiguiente, es tan necesario y tan obligatorio como la religión misma. Un homenaje exterior cualquiera, que no dimane de los sentimientos del alma, no sería más que una demostración hipócrita, un insulto más que un homenaje. Dios es espíritu, y ante todo, quiere adoradores en espíritu y en verdad.
    El primer acto de culto interno es hacer todas las cosas por amor de Dios; referirlo todo a Dios es un deber, no sólo para las almas piadosas, sino también para todos los hombres que quieran proceder de acuerdo con las leyes de la razón, porque ésta nos dice que, siendo servidores de Dios, debemos hacerlo todo para su gloria.
    2° El culto externo consiste en manifestar, mediante actos religiosos y sensibles, los sentimientos que tenemos para con Dios. Es la adoración del cuerpo, que junta las manos, se inclina, se prosterna, se arrodilla, etc., para proclamar que Dios es el Señor y Dueño. Así, la oración vocal, el canto de salmos e himnos, las posturas y ademanes suplicantes, las ceremonias religiosas, los sacrificios son actos de culto externo. Estos actos suponen los sentimientos del alma, y son con relación a Dios, las señales de respeto y de amor que un hijo da a su padre.
    3° El culto público no es más que el culto externo rendido a Dios, no por un simple particular, sino por una familia, por una sociedad, por una nación. Este es el culto social.
    Ciertos deístas pretenden elevarse por encima de las preocupaciones populares, no aceptando más culto que el del pensamiento y del sentimiento, ni más templo que el de la naturaleza. Tienen, según ellos, la religión en el corazón, y rechazan como inútil todo culto externo y público. Nada más falso que esta teoría, conforme se probará en las dos siguientes preguntas.

    68. P. ¿Es necesario el culto externo?
    R. Sí; el culto externo es absolutamente necesario por varios motivos:
    1° El cuerpo es obra de Dios como el alma; es junto, por tanto, que el cuerpo tome parte en los homenajes que el hombre tributa a Dios.
    2° El hombre debe rendir a Dios un culto conforme con su propia naturaleza; y como es natural al hombre expresar, mediante signos sensibles, los sentimientos interiores que experimenta, el culto externo es la expresión necesaria del culto interno.
    3° El culto externo es un medio de sostener y desarrollar el interno. A no ser por las exterioridades de la religión y sus prácticas, la piedad interior desaparecería y nuestra alma no se uniría nunca a Dios.
    a) Mediante el culto externo, el homenaje de la Creación entera, cuyo pontífice es. Prosternándose para adorarle, edificando iglesias, adornando santuarios, el hombre asocia la materia al culto del espíritu y, por su intermedio, la creación material rinde a su Criador un legítimo homenaje.
    b) El culto externo es natural al hombre. Este, como hemos visto, es un compuesto de dos substancias, tan estrechamente unidas entre sí, que no puede experimentar sentimientos íntimos sin manifestarlos exteriormente. La palabra, las líneas del rostro, los gestos expresan naturalmente lo que sucede en su alma. El hombre no puede, pues, tener verdaderos sentimientos religiosos que vayan dirigidos a Dios, si no los manifiesta por medio de oraciones, cánticos y otros actos sensibles. El hombre que vive sin religión exterior, demuestra, por eso mismo, que carece de ella en su corazón. ¿Qué hijo, penetrado de amor y de respeto para con sus padres, no manifiesta su piedad filial?...
    c) Hay más todavía: el culto externo es un medio eficaz para desarrollar el culto interno. El alma, unida al cuerpo, lucha con grandísimas dificultades para elevarse a las cosas espirituales sin el concurso de las cosas sensibles. Ella recibe las impresiones de lo exterior por conducto de los sentidos. La belleza de las ceremonias, los emblemas, el canto, etc, contribuyen a despertar y avivar los sentimientos de religión. Que un hombre deje de arrodillarse ante Dios, que omita la oración vocal, que no frecuenta la iglesia, y bien pronto dejará de tener religión en su alma. Lo averigua la experiencia. Con razón se ha dicho: “Querer reducir la religión a lo puramente espiritual, es querer relegarla a un mundo imaginario”.

    69. P. ¿Es necesario el culto público?
    R. Sí; es culto público es necesario.
    1° Dios es el Creador, el Conservador y el dueño de las sociedades y de los individuos. Por estos títulos, las sociedades le deben homenaje social y, por consiguiente, público de sumisión.
    2º El culto público es necesario para dar a los pueblos una idea elevada de la religión y de los deberes que impone.
    3º Es un medio poderoso para conservar y aumentar en todos los hombres el amor a la religión. El ejemplo arrastra, y nada es tan eficaz como el culto público para hacer popular la religión.
    Fuera de eso, el género humano ha reconocido siempre la necesidad del culto público, como lo prueban las fiestas, los templos, los altares establecidos en todos los pueblos.
    1º Dios ha hecho al hombre sociable; no vive, ni crece, ni se conserva sino en la sociedad. Sus necesidades, sus facultades, sus inclinaciones, todo en el hombre justifica estas palabras del Creador: No es bueno que el hombre esté solo. De ahí la institución de la familia o sociedad doméstica; y también la de la sociedad civil que no es otra cosa que la prolongación de la familia. Un particular debe adorar a Dios en su corazón y expresar, mediante actos exteriores, los sentimientos de su alma: su naturaleza lo requiere así. Cada sociedad, compuesta de un cierto número de individuos a los cuales de entre sí, constituye una persona moral, que tiene sus deberes para con Dios, puesto que de El depende, como el individuo. Es la divina Providencia la que forma y dirige las familias y las sociedades, y las eleva o las deprime, según sean fieles o no a las leyes divinas. Necesita, pues, la sociedad de un culto público o social para dar gracias a Dios por los bienes que sus miembros reciben en común: el estado social del hombre lo pide.
    2º Sin el culto público, Dios no recibe el debido honor, y los hombres no comprenden la importancia de la religión. En la sociedad civil, para infundir respeto a la autoridad, se emplea el culto civil. Cuando el Jefe de Estado pasa por una ciudad, se levantan arcos de triunfo, flotan las banderas al aire, las bandas ejecutan marchas, lo jefes militares, vestidos de brillantes uniformes, van a saludar al gobernante, y las muchedumbres le aclaman… Pues bien, el primer Jefe de Estado, el Soberano de los soberanos es Dios. ¿Podrá el hombre negarle aquellos homenajes públicos y solemnes que rinde a sus representantes en la tierra? No, no; el culto público es necesario.
    3º El culto público es el medio más eficaz para desarrollar los sentimientos religiosos. Suprimid en el hogar doméstico la oración en común, las buenas lecturas, el canto de plegarias, gozos e himnos, las imágenes sagradas, etc., y muy pronto los miembros de la familia dejarán de pensar en Dios. Entonces, el hijo pierde el respeto al padre; la hija a la madre; la unión, los afectos y atenciones mutuos dejan de existir… ¡Qué triste y desgraciada es una familia sin religión!...
    En la sociedad civil, ¿hay algo más conmovedor que ver reunidos en torno del mismo altar a los gobernantes y a los gobernados, a los grandes y a los pequeños, a los ricos y a los pobres, formando una sola familia, arrodillada, delante del mismo padre?... El ejemplo ejerce una gran influencia y es soberanamente eficaz para excitar en alma el pensamiento y el amor de Dios.
    Suprimid las iglesias, las asambleas, las fiestas, la solemne voz de la campana, las cruces erigidas en las plazas, y millones de hombres ya no verán nada que les obligue a decir: He aquí a tus hermanos que piensan en Dios; es menester que tú también pienses en El. ¡Que distinta una parroquia piadosa, de un barrio impío, donde nada recuerda a Dios y su culto!...
    Si prescindís del culto público, ¿de qué medio te valdréis para movilizar a las masas? Del teatro, de los clubs, de los cafés, de los lugares de orgías… Cerrad las iglesias y las capillas, y en seguida os veréis obligados a construir cárceles. Desterrad la religión de las calles y plazas públicas, prohibiendo las procesiones, y no tardarán en verse frecuentadas por otras procesiones de gentes que, por cierto, no es santa… El culto público, por consiguiente, no es tan sólo un deber, sino también una cuestión de vida o muerte para la sociedad doméstica o civil.

    70. P. ¿Qué se necesita para el culto externo y público?
    R. Para el culto externo y público se necesitan la oración, los edificios sagrados, las ceremonias, un sacerdocio y días consagrados al culto. Estos cinco elementos se hallan en todos los pueblos.
    1º Se necesita de la oración. Ella es una parte esencial del culto: con la oración se adora a Dios, se le alaba, se le dan gracias, se le ama, se le implora. De esta suerte, la oración incluye el ejercicio de las más excelentes virtudes: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la confianza, la oración honra todas las perfecciones divinas: el poder, la sabiduría, la bondad de Dios. La oración es la primera necesidad de nuestra flaqueza, el primer grito del dolor y de la desgracia. Es un instinto que Dios ha puesto en nosotros; el mundo ha rezado siempre, y a pesar de los sofismas de la impiedad, el mundo no dejará nunca de rezar. Nunca el hombre es tan grande como cuando se anonada ante el Creador para rendirle homenaje e implorar su socorro.
    “Yo creo, escribía Donoso Cortés, que los que rezan hacen más por el mundo que los que combaten, y que si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones. Si nosotros pudiéramos penetrar en los secretos de Dios y de la historia, quedaríamos asombrados ante los prodigiosos efectos de la oración, aun en las cosas humanas. Para que la sociedad esté tranquila, se necesita un cierto equilibrio, que sólo Dios conoce, entre las oraciones y las acciones, entre la vida contemplativa y la vida activa. Si hubiera una sola hora de un solo día en que la tierra no enviara una plegaria al cielo, ese día y esa hora serían el último día y la última hora del universo”.
    2º Se necesitan iglesias. Los edificios sagrados no son necesarios para Dios, porque todo el universo es su templo; pero lo son para el hombre, y los hallamos en todos los pueblos. En el templo estamos más recogidos, nos sentimos más cerca de Dios, rezamos en común, somos instruidos y excitados a la piedad por las ceremonias. Se necesitan casas especiales para los diversos servicios públicos: ministerios, palacios de justicia, casas consistoriales, escuelas, etc.; ¿y no se necesitarán iglesias donde el pueblo pueda reunirse para tributar a Dios un culto conveniente? Los edificios sagrados son tan necesarios para el culto, que los impíos comienzan a destruirlos, tan luego como tienen en sus manos el poder para perseguir a la religión. Si adornáis vuestros palacios, vuestras casas, vuestro monumentos públicos, con mucha más razón debéis adornar las iglesias, porque nada es demasiado hermoso para Dios.
    3º Se necesitan las ceremonias. Ellas dan a los hombres una elevada idea de la majestad divina; estimulan y despiertan la piedad debilitada o dormida, y simbolizan nuestros deberes para con Dios y para con nuestros semejantes.
    4º Se necesita un sacerdocio, es decir, presbíteros elegidos de entre los hombres para velar por el ejercicio del culto. Sucede con el culto lo que con las leyes: para asegurar el cumplimiento y aplicación de las mismas, se requiere jueces y magistrados; así también se requieren sacerdotes para vigilar por la conservación del culto y de las leyes morales. El sacerdote instruye, dirige, amonesta y preside los acontecimientos más importantes de la vida; él es quién, en nombre de todos, ofrece el sacrificio, acto el más importante del culto.
    En todas las religiones se hallan sacerdotes, señal clara de que todos los pueblos los han reconocido como necesarios.
    Si hay alguna religión que debiera prescindir de los sacerdotes, sería seguramente la protestante, puesto que no hace falta el sacerdote cuando no hay altar, cuando cada cristiano está facultado para interpretar la Biblia a su manera. Sin embargo, los protestantes tienen sus ministros, que, aunque desprovistos de todo mandato y autoridad, comentan el Evangelio.
    Los masones tienen sus logias, que vienen a ser su templo. Allí, con la aparatosa majestad de un pontífice, el venerable, revestido de ornamentos simbólicos, preside ritos y juramentos, que serían ridículos si no fueran satánicos.
    ¡Y los librepensadores!... Proclaman ferozmente a todos los vientos que no quieren culto ni sacerdotes; y después inventan el bautismo civil, el matrimonio civil, el entierro civil, etc., donde, en lugar del sacerdote católico, está el sacerdote del ateísmo, que parodia la liturgia y las oraciones de la Iglesia.
    ¡Tan cierto es que los hombres no pueden mudar la naturaleza de las cosas! No hay sociedad sin religión, ni religión sin culto, ni culto sin sacerdotes. Si no se adora a Dios, se adora a Satanás o a sus ídolos; si no se obedece al sacerdote de Dios, se obedece al sacerdote de Lucifer.
    5º Se necesitan días especialmente consagrados al culto. Así como el hombre debe a Dios una porción del espacio, que le consagra edificando templos, también le debe una porción del tiempo, que le da consagrando al culto algunos días de fiesta. Todos los pueblos han tenido días festivos en honor de la divinidad, hecho extraño que sólo puede explicarse por la revelación primitiva. La división del tiempo en semanas, la santificación de un día cada siete, es una costumbre constantemente observada de todos los pueblos. “La semana, dice el incrédulo Laplace, circula a través de los siglos; y cosa muy digna de notarse es que sea la misma en toda la tierra”. El séptimo día se convierte en el día de Dios y en el día del hombre. Los pueblos cristianos lo llamaron domingo. Es el día en que Dios y el hombre se encuentran al pie de los altares y en que se establece entre ellos un santo comercio por el intercambio de plegarias y de gracias.
    Si no existiera el domingo, el hombre olvidaría que hay un cielo eterno que debemos ganar, un alma que debemos salvar, un infierno que debemos evitar… ¿Es acaso demasiado pensar en esto un día por semana?
    Faltando la institución del domingo, los habitantes de un pueblo no se reunirían nunca para alabar a Dios y rendirle culto público y social.
    El domingo trae aparejadas otras ventajas: 1º Es necesario para el cuerpo humano, porque éste se abatiría luego sin un día de reposo por semana. 2º Es necesario a la familia, cuyos miembros no pueden reunirse más que ese día para gozar de las verdades y dulzuras de la vida. 3º Es necesario a la felicidad social, porque la Iglesia es la única escuela de fraternidad, de concordia y de unión de clases.
    Por esto, hacer trabajar al obrero el domingo, no es solamente un crimen contra Dios, sino también un ultraje a la libertad de conciencia y a la fraternidad social.
    Faltar a las prácticas del culto público equivale a profesar el ateísmo y la impiedad, además de constituir un grave escándalo para la propia familia y para los conciudadanos del que falta a tan sagrado deber.


    LA DENUNCIA PROFETICA: La Religión Demostrada

  16. #16
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    Respuesta: La religión demostrada

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    III. Futilidad de los pretextos alegados por los indiferentes para dispensarse de practicar la religión.

    1. ¿Qué me importa la religión? Yo puedo pasar sin ella.
    R. Es lo mismo que si dijeras: ¿Qué me importan las leyes civiles? Yo puedo pasar sin ellas; quiero seguir mi antojo… Si no observas las leyes de tu país, te expones a que te recluyan en una cárcel. Si no observas las leyes de Dios, El, infaliblemente, te encerrará en una cárcel eterna, de la que no se sale jamás.
    Puedes pasar sin religión, como puedes pasar sin el cielo. Pero si no vas al cielo, tienes que ir al infierno. No hay término medio: o el cielo o el infierno. Al cielo van los fieles servidores de Dios, y al infierno los que se niegan a servirle. Ahora bien, el servicio de Dios consiste en la práctica de la religión. Puedes protestar cuanto te plazca, pero no lograrás cambiar los eternos decretos de Dios, tu Creador y Señor.
    Un hombre sin religión es un rebelde y un ingrato para con Dios; un insensato para consigo mismo; un escandaloso para con sus semejantes.
    1º Un rebelde. Dios nos ha creado. Nosotros le pertenecemos como la obra pertenece al obrero que la ha hecho. Negarnos a cumplir el fin para el cual nos formaron las manos divinas, es negar la relación incontestable de la criatura al Creador; es la destrucción del orden, la rebelión.
    Es un rebelde el hijo que desobedece a sus padres, los cuales no son sino los instrumentos de que Dios se ha servido para darle el ser. ¿Cuál será el crimen de aquél que desobedece a Dios, a quien se lo debe todo: su cuerpo, su alma, su corazón y la promesa de una felicidad sin término?...
    2º Un ingrato. Un hombre sin religión es un ingrato. Nosotros marcamos con este estigma la frente del hijo que desprecia a su padre, la frente del favorecido que olvida a su bienhechor. Pues bien, Dios es el Padre por excelencia, y todo lo que tenemos, todo lo que somos, todo nos viene de Dios.
    Huelga decir que la gratitud es el primero de los deberes. El niño lo sabe: las dos manitas que salen fuera de la cuna dicen: mamá, yo te amo. La voz conmovida del pobre, sus lágrimas cayendo sobre la mano que le ha alimentado o vestido, traducen los sentimientos de su corazón. Y nosotros, hijos de Aquél que nos ha dado todo: nosotros, infelices mendigos, a quienes Dios sacó de la nada, ¿nosotros tendremos el derecho de pasar por el camino de la vida sin decir “gracias” a Aquél a quien le debemos todo?... No, no es posible. El día que el hombre pueda decir sin mentira: yo no debo nada a Dios, me basto a mi mismo… ese día será independiente, y dispensado de todo deber. Pero ese día no llegará nunca: seremos eternamente las criaturas, los deudores del Altísimo y, por lo tanto, le deberemos el testimonio de nuestra gratitud eterna.
    3º Un insensato. Se considera insensato todo el que destruye sus bienes, rompe los enseres de su casa y arroja su dinero a la calle. ¿Y qué debemos pensar de aquél que, deliberadamente, destruye sus bienes espirituales, se cierra el cielo y arroja para siempre su alma al infierno? Tal es el hombre sin religión. El se pierde completamente, y su pérdida es irreparable, eterna.
    4º Un escandaloso. El mayor escándalo que el hombre pueda dar es el mostrarse indiferente para con Dios. Sin duda dirá: Yo no ofendo a nadie. Pregunto: ¿Y no injurias a Dios no glorificándole? ¿No injurias tu alma, que arrojas al fuego eterno? ¿No injurias a tu familia, a tus semejantes con el gran escándalo de tu indiferencia? No les puedes causar mayor perjuicio que el de arrastrarlos con tu ejemplo al desprecio de la religión y a la condenación eterna.

    2. ¿Para qué sirve la religión?
    R. 1° Esta es una pregunta impertinente, que raya en impiedad. No se trata de saber si la religión no es útil y agradable; basta que su ejercicio sea un deber para nosotros. Hemos probado que la religión es un deber estricto para el hombre; sabemos, por otra parte, que es bueno quien cumple con sus deberes y malo quien no los cumple. Que el deber, pues, nos sea agradable o desagradable, poco importa; hay que cumplirlo. Luego es necesario practicar la religión.
    Pero no hay nada más dulce que el practicar la religión, puesto que ella responde a las más nobles aspiraciones del alma. ¿Qué es Dios? ¿Qué es el hombre? Dios es la luz, la belleza, la grandeza, el amor y la vida. El hombre, inteligencia y corazón, aspira con todas sus ansias a la luz, a la belleza, a la vida; con sus debilidades, indigencias y dolores llama en su auxilio el poder, la bondad y la paternidad de Dios.
    Si tal es Dios y tal el hombre, ¿no ves que todo los une? Dios se inclina con sus bondades y sus tesoros, y el hombre se eleva con sus aspiraciones y necesidades: la religión es el templo donde ambos se encuentran y abrazan. Dios, amando al hombre y descendiendo hacia él; el hombre, llevado en las alas de la fe, de la esperanza y del amor, remontándose hacia Dios y descansando su corazón de Padre: he ahí su grandeza, su armonía...
    La religión sirve a Dios y sirve al hombre; y ahí tienes la razón que explica por qué la religión jamás será destruida. Para ello sería necesario aniquilar a la vez el infinito amor de Dios y el corazón del hombre, que se buscan y se encontrarán siempre.
    Muchos volúmenes se han escrito y podrían escribirse sobre los beneficios de la religión, y nunca se agotaría la materia.
    ¿Para qué sirve la religión? Para distinguir al hombre del animal; es la ciencia moderna quien lo dice y lo prueba. QUATREFAGES, en su hermoso libro de La Unidad de la Especie Humana, demuestra que dos rasgos caracterizan al reino humano: la conciencia, fundada sobre la distinción del bien y del mal, y la noción de Dios y de la vida futura, a lo que él llama la facultad religiosa. Estos dos rasgos, exclusivamente propios del hombre, son del todo extraños al animal. Un hombre no es un hombre sino porque es religioso. Luego, los que viven sin religión se separan de la humanidad, descienden un grado en la escala de los seres y se clasifican a sí mismos entre los monos más o menos perfeccionados: tal es la conclusión lógica de la ciencia.
    Un día, el ilustre Newton, presidiendo un banquete de sabios, se levantó y dijo: “Propongo un brindis solemne y de honor por todos los hombres que creen en Dios y que le adoran: ¡bebo a la salud del género humano!”
    El instinto religioso es el más profundo y más universal de la naturaleza humana. Donde hay rasgos de hombre, hay rasgos de religión.
    ¿Para qué sirve la religión? Pregunta más bien, ¿para qué no sirve? Un gran filósofo declara que la religión es el aroma de la ciencia; ¿y no es acaso el aroma de la vida entera? Sin la religión no hay más que una felicidad: la de no haber nacido. ¿Para qué sirve la religión? Pregúntaselo a los pobres, a los afligidos, que encuentra en ella su consuelo; al joven, a quien preserva de las pasiones; a la joven, a quien convierte en ángel; al soldado, a quién infunde valor; a los obreros; a quienes hace honrados y económicos; a los habitantes de la ciudades, a quienes guarda de la corrupción; a los labradores, a quienes procura la felicidad en su vida sencilla y ruda.
    Un gran criminal iba a ser ejecutado. Sentado en el jergón de su calabozo, escuchaba a un sacerdote que trataba de hacer penetrar en su alma el arrepentimiento y la esperanza. – “¡Padre!, grita de pronto el reo, yo soy muy culpable, pero conozco otros más culpables que yo; son aquellos que me han hecho ignorar lo que me estáis diciendo. La religión me habría salvado: sin ella, me he convertido en un monstruo, y ahora vedme aquí frente al patíbulo”.
    A la mañana siguiente, estando ya en el patíbulo, abrazó el sacerdote y al crucifijo, y mostrándolos a la conmovida muchedumbre, gritó: “¡Pueblo! Aquí tienes a tus verdaderos amigos. Crean al hombre que va a morir por haberlo sabido demasiado tarde”.
    ¿Para qué sirve la religión? Ella es la égida de la familia: inspira al esposo y al padre la dignidad y ternura; a la madre, el respeto y la abnegación; a los hijos, el sentimiento del deber y la piedad filial.
    La religión es la salvaguardia de la sociedad: inspira a los gobernantes la justicia en sus resoluciones; impone al pueblo el respeto a la ley y el amor a la patria. ¿Qué sería de la sociedad sin religión? Un famoso socialista, Pedro Leroux, nos lo va a decir:
    “– Puesto que hay en la tierra más que cosas materiales, bienes materiales, oro y estiércol, dadme mi parte de ese oro y estiércol – tiene el derecho de decirnos todo hombre que respira.
    “ – Tienes hecha tu parte – le responde el fantasma social que tenemos hoy.
    “ – Juzgo que está mal hecha – responde el hombre a su vez.
    “ – Con ella te contentabas antes – dice el fantasma.
    “ – Antes – insiste el hombre – había un Dios en el cielo, una gloria que ganar y un infierno que temer. Había también en la tierra una sociedad en la cual tenía yo mi parte, pues siendo vasallo tenía a lo menos el derecho del vasallo: obedecer sin envilecerme. Mi amo no me mandaba sin derecho o en nombre de su egoísmo, porque su poder se remontaba a Dios, que permitía la desigualdad en la tierra. Teníamos una misma moral y una misma religión; en nombre de esa moral y de esa religión, servir era mi suerte, mandar era la suya. Pero servir era obedecer a Dios y pagar con mi abnegación a un protector en la tierra. Y si era yo inferior en la sociedad seglar, era igual a todos en la sociedad espiritual, que se llamaba Iglesia. Y aun esta Iglesia no era más que el vestíbulo y la imagen de la verdadera Iglesia, de la Iglesia celestial, a la cual se dirigían mis esperanzas y miradas...; sufría para merecer; sufría para gozar la bienaventuranza... Tenía la oración, los sacramentos, el santo sacrificio. Tenía el arrepentimiento y el perdón de Dios. Ahora he perdido todo eso. No puedo esperar un cielo; ya no hay Iglesia. Me habéis enseñado que Cristo era un impostor; no sé si existe un Dios, pero sí sé que lo que hacen las leyes creen poco en ellas, y las hacen como si no creyesen ni poco ni mucho en su eficacia. Lo habéis reducido todo a oro y estiércol. ¿Para qué obedecer?... Si no hay Dios, no hay patronos; si no hay paraíso allá arriba, yo quiero mi parte en la tierra...”
    Ahí tienes lo que hoy se llama cuestión social. Cuestión terrible que agita al mundo y se agrava más cada día. ¿Quién la resolverá? Los políticos parecen que no la comprenden; los filósofos disparatan, los fusiles son impotentes; sólo Dios puede resolverla.
    La religión previene a los pobres y a los obreros contra el lujo, los placeres y los gastos inútiles, que son la causa primera de sus desgracias. Fomenta el amor al trabajo, los hábitos de orden y economía, la paciencia en las adversidades y las penas, que son la fuente de la felicidad. Inspira a los ricos la caridad, la solicitud por los pobres, y conserva así la unión entre las diversas clases sociales.
    Un pensador eminente, LE PLAY, que recorrió todo el mundo para estudiar la cuestión social, después de largas observaciones declara:
    1º Que donde quiera que halló honrada la religión y observados los diez mandamientos de la ley de Dios, florecían la familia, el trabajo, la fuerza física, las costumbres, la prosperidad pública, la felicidad social.
    2º Que donde, por el contrario, declinan la fe religiosa y la observancia del decálogo, allí se alteraban la moralidad, el amor al trabajo, el vigor de las razas, la fecundidad de las familias. Allí germinaban las discordias sociales que causan la ruina de los pueblos. Y Le Play habla aquí no como cristiano, sino como observador imparcial y muy reposado, con columnas de números y con pruebas palpables de todo género.
    CONCLUSION: – Nada es más útil que la religión.

    3. La religión es buena para las mujeres.
    R. 1º ¿Y por qué no para los hombres? Hombres y mujeres, ¿no son iguales ante Dios? ¿No tienen la misma naturaleza, los mismos deberes, los mismos destinos? Los hombres, ¿no son criaturas de Dios, y no deben, como las mujeres, proclamar su adhesión al Creador? Si Dios tiene derecho a las adoraciones de las mujeres, ¿por qué no ha de tener el mismo derecho a las adoraciones de los hombres? ¿O es porque tienes barba te crees con derecho para tratar a Dios de igual a igual?...
    2º O la religión es verdadera o es falsa. Si es verdadera, tan verdadera es y, por lo mismo, tan buena para los hombres como para las mujeres. Si es falsa, es tan mala para las mujeres como para los hombres, porque la mentira no es buena para nadie.
    3º La religión es necesaria a la mujer; pero lo es más todavía para el hombre, que ha recibido más beneficios de Dios y le debe, por consiguiente, más agradecimiento. En una familia, el hijo mayor, por ser el más favorecido en el reparto de los bienes patrimoniales, ¿no debe a sus padres mayor reconocimiento y amor que los demás hijos?
    El hombre es el primero en todo: el primero en la sociedad, el primero en las ciencias y en las artes, etc. Es conveniente, pues, que sea también el primero en glorificar a Dios y en practicar la religión. El es el jefe de la familia, y ha recibido la misión de guiarla a su destino, que es Dios. ¿Acaso podría hacerlo, si no le da ejemplos de piedad, si no marcha el primero, como un capitán al frente de su compañía, bajo la bandera de la religión?
    4º Dirás: La religión es cuestión de sentimiento. La mujer vive con el corazón, necesita emociones; el hombre es más positivista.
    ¿Y qué cosa hay más positivista que la religión? ¿Qué cosa más real que tu existencia? Vives, esto es positivo, y debes interrogarte para qué estás en la tierra. Tu razón te contestará: Tú vienes de Dios, tú eres su siervo, habitas su mansión, te calientas a los rayos de su sol, te alimentas con sus dones y no existes sino para ejecutar sus órdenes. El es tu Señor y Dueño. Si no quieres acatar sus leyes, sal de su casa… Pero, ¿adónde irás que no te encuentres en su casa?...
    ¿Qué pensarías de un servidor que dijera a su señor: – Yo soy alimentado y vestido a tus expensas: muy bien. Pero no te debo obediencia y respeto; tu mandatos son cuestión de sentimiento, buenos únicamente para tus sirvientas, que viven del corazón?... – El lenguaje de este servidor, ¿no será un insulto a su patrón? Si no practicas la religión, ¿no eres más criminal con respecto a Dios?
    5º ¿Qué quieres de más positivo que salvar tu alma, que el cielo que merecer, que el infierno que evitar? Para conseguirlo, ¿no es necesario vencer tus pasiones, practicar las virtudes, cumplir, en fin con todos tus deberes? Ahora bien, nada de esto puedes hacer sin la ayuda de la religión.
    CONCLUSION: – La religión es buena y necesaria para todos: Ella nos enseña a conocer, amar y servir a Dios, que es el Dios de todos. Ella nos conduce a cielo, que es la patria de todos. Y puesto que en el género humano el hombre ocupa siempre el primer puesto, el debe ser también el primero en la práctica de la religión.
    Preguntaban un día a un viejo magistrado: – ¿Por qué hay menos mujeres que hombres en las cárceles? – la razón es, contestó, porque hay más mujeres que hombres en las iglesias.

    4. Basta ser honrado.
    R. 1º Sí; basta para evitar el patíbulo, pero no para ir al cielo. Basta ante los hombres quizá; pero no basta ante Dios, Soberano Juez.
    2º Todo el mundo, hoy en día, pretende ser honrado. El joven que se entrega a sus pasiones desenfrenadas, te dirá con toda seriedad: ¡Soy un hombre honrado! – El patrón que abusa de sus obreros y los obliga a trabajar el domingo, so pena de ser despedidos, te dice: ¡Soy un hombre honrado! – El obrero que no aprovecha bien el tiempo porque trabaja a jornal, se atreve a decir que es un hombre honrado. – Todos los comerciantes se dicen honrados; y, sin embargo, los oyes decir, quejándose unos de otros: Por todas partes no se ven más que fraudes, injusticias, engaños… Los hombres honrados que solo temen a los gendarmes son los partidarios de esta bella religión. ¡Qué religión tan cómoda la religión del hombre honrado!...
    3º No tienes, dices, nada que te reproche: dominas tus pasiones y vives como Bayardo, sin miedo ni tacha. Pues entonces eres un milagro viviente, una verdadera maravilla; ¡es tan difícil vencer las pasiones sin el auxilio de la religión!... Si tus debilidades y tus caídas no aparecen a la luz del sol, es que sabes disimularlas bajo el manto de una repugnante hipocresía.
    ¡Cuántos hombres honrados para el mundo (que no juzga sino de lo exterior) son grandes criminales a los ojos de Dios, que penetra los pensamientos más íntimos del alma… Pero aun cuando lo que afirmas fuera exacto, aun cuando fueras casto, justo, buen hijo, buen padre, buen ciudadano, etc., no serías el hombre honrado que la conciencia reclama.
    4º No se es honrado cuando no se practica la religión. La honradez es, ante todo, la justicia, que consiste en dar a cada uno lo suyo. Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia para con Dios. Luego aquél que no practica la religión no es honrado, porque no es justo para con Dios. ¿Qué le debes a Dios? Todo. ¿Qué le dais a Dios? Nada, o casi nada. Luego no eres honrado. Un ingrato, un rebelde, ¿puede decir: No tengo nada que reprocharme, soy un hombre honrado?...
    5° Hay que reprobar la imprudente condescendencia que tienen algunos cristianos para con los hombres sin religión. Sucede muchas veces que, después de haber hecho u inmerecido elogio de esos desgraciados, se añade: ¡Sólo le falta un poquito de religión!... ¡Cómo! ¿Te atreves a llamar honrado a un hombre que no tiene religión? Pero, entonces, el Señor nuestro Dios, ¿merece tan poca estimación de los hombres, que descuidar su servicio no es a sus ojos una falta digna de censura?... Violar los derechos del Creador, del Padre celestial, de nuestro soberano Señor, ¿dejará de ser un delito suficientemente grave para perjudicar la buena reputación de un hombre e impedirle gozar fama de bueno y honrado? ¡Qué escándalo!
    Los ladrones, los asesinos son menos culpables que los impíos, o que los hombres que viven sin religión, porque nuestras obligaciones para con Dios son mil veces más importantes que nuestras obligaciones para con los prójimos.
    No hay que olvidar que Dios nos ha creado y colocado en este mundo para conocerle, amarle y servirle. El hombre que no sirve a Dios es un monstruo de la naturaleza, como lo sería el sol que no alumbrara ni calentara. El hombre que no tiene religión no se porta como hombre; es un ser degradado, una afrenta de la creación.

    5. Yo tengo mi religión: sirvo a Dios a mi manera.
    R. 1º Tendrías razón, si Dios hubiera dicho: Cada cual podrá servirme como quiera…; pero no es así. Dios es el único que tiene derecho para decir cómo quiere ser honrado, lo mismo que el dueño tiene derecho para decir a su siervo la manera cómo se le ha de servir.
    2º Un criado que, para excusarse de no haber cumplido las órdenes de su amo, le dijera: Te sirvo a mi manera, sería despedido inmediatamente. El obrero que quisiera hacer el trabajo a su capricho, sería despedido inmediatamente. Un soldado que dijera: Hago el ejercicio a mi manera, no se libraría del castigo. Juzguemos por esos ejemplos el castigo que merecería el hombre que tuviera la insolencia de decir a Dios: Yo tengo mi religión, os sirvo a mi manera. Si Dios es el Señor, ¿no es claro que al El corresponde regular el culto que le conviene, y ordenar la manera cómo quiere que se le honre y se le eleven las plegarias?
    3º Si cada uno se arrogara el derecho de crearse una religión a su manera, nacerían millares de religiones, ridículas y contradictorias, como lo prueba la historia de los pueblos pagano y de las sectas protestantes.



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