Revista FUERZA NUEVA, nº 547, 2-Jul-1977
EL LLAMADO “PROBLEMA VASCO”: PEDID Y SE OS DARÁ…
La unidad de la patria no es un tópico cualquiera. Ni tampoco una figura dialéctica para ser esculpida en textos legales o discursos grandilocuentes. La unidad de las tierras de un patrimonio nacional es el elemento sustantivo que hay que cuidar, proteger y defender en toda función de gobierno. Por eso, cuando España tiene enfrentada a su población por culpa de una bandera, de un idioma, de una “nacionalidad” o de una autonomía, quiere decir que algo muy grave corroe las células vitales de un pueblo.
Nada hubiese ocurrido de no haber cedido continuamente el ejecutivo: que quieren “ikurriña”, tomad “ikurriña”; que un día gritan “¡presos a la calle!”, ahí tenéis a todos los asesinos sueltos y sin responsabilidad; que pedimos representación nacionalista vasca en el Parlamento, pues, a través de las urnas, que decidan si las Vascongadas son o no son España, ahí están vuestros albaceas; y así hasta un infinito que pone el Gobierno de nuestra nación en trance de destrozar la unidad política y moral de España, puesto que la cosa pública, sobre todo cuando mueve una obra trascendente, necesita del concurso imprescindible de una conducta sin fisuras.
No existe el “problema vasco”
Un día se cometió la gran imprudencia de volver la vista atrás en el llamado “problema vasco”. Y los ejecutivos del Estado no columbraron las graves consecuencias que podía traer una línea de enganche con el pasado.
Desde que el propio Partido Nacionalista Vasco traicionase la tradición vasca que decía defender, hasta la alianza adulterina con la España roja, que hizo banderín y estandarte del catolicismo de dicho partido, una mancha de iniquidades sembró el suelo de la región vasco-navarra poniendo a sus habitantes en una situación muy comprometida. Los que sufrieron prisión tras nuestra guerra, así como aquellos otros líderes del antiguo PNV que no pasaron por las celdas, no tuvieron actividad importante tras los años del régimen de Franco. Y no por falta de ganas, sino de consenso. Esto fue posible porque una política consecuente y prudente, que oteaba horizontes, había arrebatado la demagogia y la soberbia a unos cuantos vascos que confundían la gimnasia con la magnesia, sin entrar en el grado de bondad de intenciones que pudiesen o no llevar en la mochila.
Más tarde (años 60), la erosión brutal de algunos hombres de Iglesia en la región vasca pusieron los pilares para volver a una situación límite. Nada quedaba de aquella vieja fórmula de José Antonio Aguirre, excepto un recuerdo ya balbuceante y difuminado de su presencia en las Naciones Unidas para denunciar el régimen del Movimiento Nacional. Cuando empezaron a cantar las metralletas, y cuando el terror a lo Robespierre se extendía por los costados de Euskalerria, una nueva etapa aparecía ante los ojos de todos los españoles, quienes demostraron que las plazas mayores de nuestros pueblos (1970) que el llamado “problema vasco” era sentido en propia carne sencillamente porque era algo de todos, que afectaba al ser mismo de España. Ya no importaba siquiera que aquellos cenáculos del desamor decidiesen que ETA se convirtiera en el brazo ejecutor de la independencia de “Euskadi Sur”, sino que España -incluidos cientos de miles de vascos de pro- no pasaba por las horcas caudinas de una barbarie organizada.
… Y las consecuencias
Así llegamos a la situación actual (1977). La permanente cesión de autoridad por parte del Gobierno, que tras el pretexto de conceder más libertad a una región ha sometido a esclavitud al resto de las regiones de España, que también tienen derecho a decidir en la calle -y, de hecho, lo han decidido- si Vascongadas es o no territorio español (…)
Y todo esto es la consecuencia de que un Gobierno sin autoridad (A. Suárez) abrumado por la presión que han ejercido sobre él los editoriales de los periódicos, se ha echado la manta a la cabeza y ha dejado campar por sus respetos a quienes no tienen ningún derecho a recibir más de lo que les corresponde, y en ningún caso pasando por encima de cotas de humillación para otros españoles que jamás -al menos en lo conocido hasta hoy desde hace varias décadas- se habían enfrentado por ser vascos o andaluces, murcianos o gallegos. Este es un tanto que se deben apuntar al menos todos los Gobiernos de la Corona hasta hoy mismo. (…)
Luis F. VILLAMEA
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