Abadía de Santa Maria d’Alcobaça en Portugal (I)
Hay edificios y hay EDIFICIOS, así, en mayúsculas. Me refiero a aquellos que transcienden la arquitectura para convertirse en la seña de identidad de un país, de una orden religiosa o de una historia de amor tan dramática que a su lado Romeo y Julieta o Cleopatra y Marco Antonio no son sino meros romances anodinos. Espero que ya les haya picado la curiosidad y quieran saber a qué obra me refiero…

Abadía de Santa María d’Alcobaça (Portugal)
El edificio del que quiero hablar hoy es la abadía de Santa María d’Alcobaça; El país es Portugal y la historia de amor tan tremebunda es la del rey Pedro I e Inés de Castro. En la mayoría de los sitios, en vez de abadía, se le nombra erróneamente como el monasterio de Santa María d’Alcobaça. Aprovechemos este error tan común para explicar muy brevemente la diferencia entre abadía y monasterio que en la actualidad pasan como si fueran sinónimos.
Una abadía consta de una Iglesia y de un monasterio con territorio propio regidos por un abad, como es el caso de Santa María d’Alcobaça. En cambio, un monasterio es aquella casa, ordinariamente fuera de poblado, donde viven en comunidad los monjes.
El origen de la historia de la abadía de Santa María d’Alcobaça surge paralelamente al nacimiento de Portugal como reino independiente del reino de León. La abadía será una seña de identidad de este joven reino, tanto que será elegido como panteón real por la monarquía portuguesa. Es el primer rey de Portugal, Alfonso I, quién traza un plan para consolidar en su poder los territorios que había reconquistado a los musulmanes. Este plan consiste en “recristianizar” estas conquistas a través de entregar a la Orden del Císter varios lugares para la construcción de abadías. De este modo nace la futura abadía.

Bernardo de Claraval enseñando en la sala capitular, Heures d’Étienne Chevalier, ilustradas por Jean Fouquet, museo Condé, Chantilly
El nombre de la región dónde se edifica la abadía procede de la unión de los dos ríos que la rodean, el Alcoa y el Baça. La abadía cisterciense de Santa María d’Alcobaça se funda en 1153, el año mismo en que sucede la muerte de San Bernardo de Claraval. Con él, la Orden del Císter se expande por toda Europa y se convierte en la autoridad religiosa más influyente de su época. Es canonizado poco tiempo después en 1174 y declarado Doctor de la Iglesia en 1830. La comunidad de monjes cistercienses original constaba de doce monjes provenientes de la abadía de Claraval , que comenzaron por instalarse en un edificio provisional de madera. En 1178 se inician las obras de la abadía que tienen que interrumpirse en dos ocasiones por sendos ataques de los ejércitos musulmanes. Estos ataques se saldan con la destrucción de algunos de las construcciones ya iniciadas y, lo que es peor, con el asesinato de toda la comunidad cisterciense allí asentada. No podemos olvidar que todas estas regiones estaban situadas en tierras de frontera con el Al-Andalus islámico. Hay que esperar hasta 1206, bajo el gobierno del abad Fernando Menéndez, para que lleguen nuevos monjes y se retomen las obras de la abadía. A lo largo del siglo XIII, primero con el rey Sancho I y luego con su hijo Alfonso II, la abadía de Santa María d’Alcobaça comienza a vivir su época de máximo esplendor. La construcción de la Iglesia y del monasterio, en un hermosísimo gótico de líneas puras y austeras definen a la perfección el espíritu de la Orden del Cister. Los monjes son unos excelentes agricultores y ganaderos, que llevan a rajatabla la norma de San Benito: “Ora et Labora” una vida dedicada a la oración, al silencio y al trabajo manual.

“Monjes cistercienses trabajando en el campo” de Jörg Breu el Viejo (1500).
En el siglo XIV es cuando se produce la conmovedora historia de amor que comenté al principio. En 1336 el monarca portugués Alfonso IV concierta por motivos de estado el matrimonio de su hijo don Pedro con doña Constanza, infanta de Castilla, como era habitual en aquel tiempo. Con ella llegan a la corte portuguesa un séquito de damas de honor, siendo la protagonista de esta historia una de ellas: Inés de Castro. Tanto Inés como Pedro se enamoran perdidamente el uno del otro, lo cual no es óbice para que don Pedro cumpla con sus deberes de estado y tenga tres hijos con doña Constanza, el último de ellos Fernando, heredero al trono.
Tras la muerte de doña Constanza en 1345, don Pedro decide casarse clandestinamente con doña Inés de Castro y fruto de este matrimonio nacen cuatro vástagos. El rey Alfonso IV teme que este nuevo matrimonio de su hijo ponga en peligro los derechos sucesorios de su nieto Fernando. Para mayor complicación, los parientes de Inés, una familia noble e influyente de Castilla, intentan inmiscuirse en los asuntos del reino portugués para aumentar su poder. Como solución a estos problemas Alfonso IV toma la terrible decisión de mandar asesinar a Inés .
Don Pedro, preso de ira y desesperación por el asesinato de su amada, se rebela contra su padre, asolando con sus hombres toda la región que se extiende entre los ríos Duero y Miño. Su padre se ve obligado a firmar un armisticio con su hijo. Cuando asciende al trono como Pedro I exige a Castilla la extradición de los asesinos de su esposa condenándolos al suplicio y a la muerte.

El cadáver de Doña Inés de Castro sentado en el trono junto a Don Pedro.
Según las crónicas de su tiempo, el monarca exhuma el cadáver de doña Inés para coronarla y que toda la corte le rinda honores de reina. Pedro I ordena que sus tumbas se coloquen en el transepto de la iglesia de la abadía de Santa María d’Alcobaça. La tumba del rey se sitúa en frente del de la reina, separadas ambas por los pies, ya que, confiando Pedro I en ser juzgados dignos por Nuestro Señor Jesucristo, deseaba fervientemente alcanzar tras el Juicio Final la resurrección de sus cuerpos para volver a ver, nada más resurgir de la muerte, el rostro radiante de su amada.

Tumbas de Don Pedro y Doña Inés de Castro.
Los dos túmulos funerarios son un magnífico ejemplo del estilo funerario gótico portugués (escuela de Coímbra). El primero en construirse es el de doña Inés. Ella aparece vestida a la usanza de la época, su cabeza apoyada en un almohadón que finaliza en un baldaquino. A su alrededor unos ángeles la custodian y a sus pies un pequeño perro le hace compañía. En los frisos se mezclan el escudo de armas de la familia Castro con los de la familia real portuguesa y escenas del Nuevo Testamento; en la cabecera un Calvario y, en el lado opuesto, el Juicio Final.

Túmulo de Doña Inés de Castro.
Pedro I aparece vestido y armado de caballero. Porta una espada como símbolo de la justicia, mientras es sostenida la tumba por seis leones. Un lebrel o galgo se sitúa a sus pies como símbolo de su fidelidad. En los frisos aparecen escenas de la vida de San Bartolomé y en la parte de la cabecera un rosetón compuesto de tres circunferencias concéntricas, polilobuladas y llenas de menudas figuras entre las que descubrimos hechos de la vida de los amantes y una leyenda que dice: “hasta el fin del mundo”.

Túmulo de Don Pedro I.
Continuara…
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