Revista FUERZA NUEVA, nº 521, 1-Ene-1977
De Charles Maurras a Luis María Ansón
(por Jaime Tarragó)
Charles Maurras es una cúspide imbatible del pensamiento contrarrevolucionario. Nacido en Martigues, el 20 de abril de 1868, en la Provenza francesa, se traslada a París y allí comienza sus estudios. Su juventud está sumamente entregada a rumiar, obsesionado, problemas filosóficos. La poesía, la cultura clásica y la política le atraen definitivamente. También Anatole France y Augusto Compte influyen en la formación de Maurras. El asunto Dreyfus servirá para que el cerebral, apasionado e indestructible patriotismo de Maurras se manifieste con toda plenitud. Entonces entenderá y expresará su eslogan “polítique d’abord”, que no contiene ningún resabio falso como algunos quisieron presuponer. Maurras especificó:
“Cuando decimos primero la política, afirmamos: la política primero, pero, en el orden del tiempo, de ninguna manera en el orden de la dignidad. Equivale a decir que el camino debe ser emprendido antes de llegar a su punto terminal, la flecha y el arco deben ser asidos antes de que se alcance el blanco y que el medio de acción procederá al punto de destino”.
La obra intelectual de Maurras
Charles Maurras es el glorioso fundador de la Acción Francesa, diario y movimiento. Se rodea de intelectuales de primera fila, como Jacques Bainville, Henry Vaugeois, León Daudet. La actividad de Maurras desborda en sus grandes obras, “Encuesta sobre la Monarquía”, “El porvenir de la inteligencia”, “El dilema de Marc Sangnier”, y muchas otras. El pensamiento de Maurras, tocado de positivismo, alcanza las leyes perennes de la civilización católica. Maurras define nuestro presente así: “Que no se burlen de la cristiandad. La cristiandad es, en el pasado, los Estados Unidos de Europa sencillamente”. Y añade: “El mundo moderno no está atrasado sólo respecto al Imperio romano, sino respecto a la Edad Media, puesto que está menos unificado”. Maurras es evidentemente contrario a todo el artilugio, falso y absurdo, de la Revolución francesa y de la democracia revolucionaria, o sea, del parlamentarismo liberal. Escribe Maurras:
“La idea de una representación, que sea también soberanía, confunde dos funciones distintas y las cierra a medida que las aplica a colectividades más densas y más complejas; la cuestión no se plantea en absoluto para las ciudades muy pequeñas, hechas de pequeños intereses muy simples. Representar a un gran pueblo en el interior o en el exterior, no es gobernarlo, y nada le dispensa de ser gobernado”.
Maurras, con el sentido común y la experiencia histórica, destapa todo el crimen que encierra la monstruosidad del sufragio universal y de la democracia:
“Una ley justa no es en absoluto una ley regularmente votada, sino una ley que concuerde con su objeto y que convenga a las circunstancias. No se la crea, se la saca y se la descubre en el secreto de la naturaleza, de los lugares, de los tiempos y de los Estados… En una sociedad bien construida, el individuo debe aceptar la ley de la especie; no la especie perecer por la voluntad del individuo”.
Maurras es el gran debelador de la democracia, contraria al orden, a la sociedad, a la Monarquía, al bien común. Nos dirá Maurras: “En cuanto a la organización del Estado -democrático-, es la locura pura, ya que consiste en escoger para mantenedores del Estado aquellos que se destacan más en el papel de destructores interesados”. Y sentencia: “La democracia es el mal, la democracia es la muerte”.
Y la influencia de Maurras tenía un atractivo invencible en Francia, en la que dominaba por el esfuerzo y el patriotismo de sus “Camelots du Roi”, la dialéctica de sus pensadores, las adhesiones de las mejores inteligencias católicas y patrióticas al servicio de la Francia eterna.
El enemigo: la democracia cristiana
Nunca se dirá bastante el mal que ha hecho la democracia cristiana. En Francia y en España. Ayer y hoy. Maurras se enfrentó con Marc Sangnier, fundador de “Le Sillon” (traducido: “El Surco”). Maurras, embebido de filosofía, de razón y de patriotismo, capta toda la malicia y desviacionismo de la democracia cristiana. Y sus disparos hacen diana. La democracia cristiana, el “sillonismo”, lo que Dom Sturzo en Italia y Don Ángel Herrera Oria en España, con José María Gil Robles, han venido sembrando, ha sido la sofisticación del Evangelio, queriéndolo enmaridar con la Revolución francesa. El “Sillon” encontraba en Robespierre y en Danton nada menos que “la sustancia misma del cristianismo de que vivía Francia”. Y la democracia cristiana, el “sillonismo”, fue solemnemente condenada por Pío X en su encíclica “Notre charge apostolique”. La censura de San Pío X contra el “sillonismo”, o sea, la democracia cristiana, no ha sido levantada. Permanece actual, patente e irrebatible.
Pero no se podía perdonar a la Santa Sede la condenación de la democracia cristiana. Y entonces se buscó la condenación de la Acción Francesa, no porque la Acción Francesa políticamente tuviera errores doctrinales, sino porque, personalmente, Maurras era un agnóstico, no tenía fe, y por obras escritas en su juventud, como “Le chemin de Paradis”, “Anthinéa”, “Les amants de Venise” y “Trois idées politiques”. Y así las maniobras dentro del Vaticano, los republicanos franceses, que no podían esgrimir argumentos frente a Maurras, Bainville, Daudet: los demócratas cristianos, la Compañía de Jesús, Alemania y la diplomacia de Briand, ayudado del cardenal Gasparri, afecto a la Secretaría de Estado y perteneciente al mismo grupo del cardenal Rampolla, lograron un golpe fatídico contra la Acción Francesa, maniobrando sobre Pío XI, descendiente familiarmente de los que asaltaron la Puerta Pía con Garibaldi y profundamente germánico por ser su madre de la Suiza alemana. Sin negar a Pío XI otros grandes méritos de su pontificado.
La condenación de las obras citadas y del diario “L’Action Française” estaba preparada desde el tiempo de Pio X. El padre Pegués, recibido por Pío X, en enero de 1914, preguntó al Papa: “Santísimo Padre, ¿Maurras tiene enemigos muy poderosos en la Congregación del Santo Oficio?” Y Pío X contestó: “Sí, están allá confabulados contra él. Ma faranno niente... no harán nada”. Pio X envió a Maurras una bendición especial por medio del padre Pegués. El padre Pegués era un teólogo importante, como el cardenal Billot y tantos otros que encajaban perfectamente la doctrina política con el nacionalismo sano de la Acción Francesa. El mismo Pío X comentó con Camille Bellaigue cómo le asediaban los curiales contra Maurras: “Condénele, Santo Padre, condénele”. Y Pío X les contestaba. “Marchaos, rezad vuestro breviario y rogad por él”. Pio X sostenía que Maurras era “un buen defensor de la fe”. Él afirmaba que “mientras viviera, la Acción Francesa jamás sería condenada; ella defiende el principio de autoridad. Ella defiende el orden”. Benedicto XV se mantuvo en la misma postura y se negó a cualquier condenación contra Maurras.
Tenía que ser Pío XI, presionado por Briand y con finalidades políticas, quien lanzaría la condenación contra el diario “L’Action Française”, e incluiría en el Índice sus cuatro obras juveniles, las menos significativas de su enorme acervo bibliográfico. Era la “hora y el poder de las tinieblas”, como denunció el cardenal Billot, el mejor teólogo de su tiempo, quien, fiel a sus convicciones políticas perfectamente coherentes con la fe, tuvo la elegancia de renunciar al capelo cardenalicio, así como el padre Le Floch, que presentó su renuncia de rector del seminario francés de Roma.
Lisieux y la Segunda Guerra Mundial
El Carmelo de Lisieux, el de Santa Teresa del Niño Jesús, sintió enormemente las condenaciones abusivas e injustas de Pío XI contra la Acción Francesa. Todos sabían distinguir entre la actitud interior de Maurras, falto de fe, la ganga naturalista de algunas de sus obras y la ejecución política de la Acción Francesa. Lo que era evidente está testificado por el Abbé Egret, cuando escribe:
“Si Maurras hubiera sido republicano lo hubieran convertido en un santo Padre de la Iglesia. Pero, justamente, la fuerza de Maurras consiste en no ser republicano. Si hubiera sido republicano, no hubiera sido Maurras”.
Y añade el mismo Egret:
“Maurras ha hecho un inmenso bien visible; más aún, un inmenso bien invisible. Él ha llevado miles de almas a Dios, él ha facilitado el desarrollo de la gracia en millares de almas... La obra de Maurras (…) hace pasar del error político a la política verdadera, real... Ella conduce poco a poco a la fe católica por etapas que van de la admiración a la adhesión”.
La madre Agnés, superiora del Carmelo de Lisieux y hermana de Santa Teresa del Niño Jesús, inició un epistolario con Pío XI y con Charles Maurras para tender puentes de inteligencia. Al mismo tiempo, en el Carmelo de Lisieux, la hermana María Teresa del Santísimo Sacramento ofrecía su vida a Dios “por el arreglo del conflicto de la Acción Francesa con Roma y por el alma de Maurras”.
Y vino la segunda guerra mundial. Francia sufría la séptima de las invasiones alemanas desde 1792, hasta la de 1940. Maurras, visceralmente, antigermánico, al terminar la guerra fue condenado por haber colaborado con el enemigo. Aquel Maurras que había luchado sin descanso contra la Alemania del Lutero, Fichte, Schelling, Hegel, hasta Hitler, criminalmente era llevado a los tribunales y colocado junto a los que habían traicionado a Francia. Con toda razón, pudo enfrentarse con el fiscal para decirle:
“Usted deshonra la toga respetable que viste al llamarme asesino. Soy un viejo filósofo y no un criminal. Es monstruoso que esté usted en el lugar que debería ocupar yo”.
Pío XII rehabilita a Maurras
En 29 de diciembre de 1926, se había publicado la condenación pontificia contra Maurras y Acción Francesa. Esta medida, a todas luces, desproporcionada e inoportunísima, ha marcado la vida de Francia hundiéndola en el caos. Francia y Europa habrían sido otra cosa si la Acción Francesa hubiera seguido su andadura. Y esto lo entendió Pío XII. El mismo Pío XI midió, ya antes de morir, la tragedia que había provocado. Y a los pocos meses de su elevación al pontificado, Pío XII, el 10 de julio de 1939, rehabilitó totalmente a Charles Maurras y a la Acción Francesa. No se le exigió ninguna retractación. Hay que decir bien claro que permanecen vigentes las condenaciones contra la democracia cristiana, pero que la Acción Francesa salió purificada y rediviva de aquella prueba de fuego, a la que fue sometida por miserias políticas procedentes de la masonería, del Estado francés, de la democracia cristiana y de sus agentes en el Vaticano.
Charles Maurras, gran amigo de España, de la Cruzada y de Franco, que conoció toda clase de pruebas y de peligros, que supo de la cárcel, que estuvo chapado con el número 8.321 en la cárcel de Clairvaux, en la que estuvo recluso 2.749 días, enfermo de gravedad, es trasladado a un hospital. Allí, asistido por el canónigo Cormier, con la mayor sinceridad pide los sacramentos y vuelve con una emoción única a la fe católica y a la Iglesia. Había triunfado el Carmelo de Lisieux, aquellas religiosas que ofrecieron su vida por Maurras, el hombre más clarividente de Francia, sacrificado por todas las bajezas. El Maurras que había cantado a la Virgen, que sus palabras últimas fueron pedir un rosario, en cuyas manos lo llevó entrelazado al sepulcro, al recibir la Sagrada Eucaristía dijo estas palabras: “Por primera vez siento que viene Alguien”. François Mauriac tiene que confesar, en sus “Mémoires interieures”, que “es la frase más bella que jamás le ha inspirado a un hombre, sordo desde la niñez, la cercanía de la eternidad”.
Santa Juana de Arco y San Pío X, desde la bienaventuranza, rescataron el alma de Maurras. Y se ha cumplido ahora el cincuentenario de la condenación de la Acción Francesa. Pero Pío XI no ha subido a los altares. Y, en cambio, San Pío X, a pesar de la oposición cerrada del cardenal Gasparri, está canonizado por la Iglesia. Pero la fecha bendita y jubiloso del 10 de julio de 1939 será siempre el refrendo de Pío XII confirmando que la doctrina de la Acción Francesa responde al orden natural y cristiano de la sociedad. Y por los siglos de los siglos permanecerá condenada la democracia cristiana, la democracia del sufragio universal, la democracia inorgánica, por este documento permanentemente válido: “Notre charge apostolique” de Pío X. Lo que vale para los demócratas cristianos de Francia, y también de España, si es que se consideran miembros de la Iglesia católica. ¡Charles Maurras tenía razón! (...)
Jaime TARRAGÓ
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