Isabel la Católica (y IV). Artículo de Elena Risco.

William Thomas Walsh
Según Dumont, la expulsión de los judíos se configuró como un medio para aliviar la represión que efectivamente era ejercida por la Inquisición -que no fuera la máquina de torturas que pinta la propaganda protestante y liberal no significa que no fuera represiva y, en ocasiones, severa-. Efectivamente, tras la expulsión se redujo radicalmente la actividad inquisitorial y las condenas.
Se estima que había en Castilla y Aragón aproximadamente 200.000 judíos en 1492, de los cuales 50.000 aceptaron la conversión y permanecieron aquí. De los 150.000 que partieron, al menos un tercio, según estima la historiadora Béatrice Leroy, retornaron tras haber sido estafados en Italia, asesinado por moros en el Magreb y maltratados y, finalmente, también expulsados de Portugal.
El Edicto de expulsión recogía varías medidas encaminadas a evitar los peligros del camino a la comunidad hebrea: les fue otorgada carta de seguridad y se exigió al pueblo y a las autoridades que respetaran su éxodo. Al plazo de cuatro meses para abandonar el lugar, se añadieron otros nueve días. También se les permitió que llevaran todos sus bienes muebles, excepto oro, plata, monedas y caballos, aunque ésta era una prohibición general, tanto para cristianos como para judíos. No obstante, podían depositar sus bienes en la banca y recuperarlos mediante letras de cambio, aunque los banqueros genoveses, al parecer siguiendo las enseñanzas de los propios judíos, se aprovecharon de la situación y les impusieron altas comisiones e intereses para recuperar sus dineros. En cambio, sí se vieron obligados a vender sus inmuebles, a veces con precios injustos, por lo que se enviaron jueces a las juderías para arbitrar las ventas. Más aún, los Reyes determinaron que los numerosos judíos que retornaban al territorio y se convertían al cristianismo pudieran recuperar sus bienes por el mismo precio por el que los enajenaron.
A menudo se critica el perjuicio económico que supuso a las Españas la expulsión y lo innoble de ésta, dado que los judíos habían permitido con sus préstamos la conquista de Granada y la financiación del descubrimiento de América. Desde mi punto de vista, el perjuicio económico efectivamente existente -aunque no en tan gran medida como se suele afirmar- refuerza la tesis de que la expulsión y el establecimiento de la Inquisición no fue sólo una política interesada y oportunista, sino que existía también un auténtico interés en preservar el cristianismo en la península por parte de los Reyes Católicos. Según investigaciones de Azcona y Melquíades Andrés Martín los judíos tributaron a la Corona una cantidad de 50 millones de maravedíes, mientras que la Iglesia, contando sólo con dos de sus impuestos: el diezmo y la cruzada, aportó 500 millones de maravedíes. Joseph Pérez descubrió en 1988 que el millón de maravedíes que se adelantó a Colón para su primera expedición por parte de Luis de Santángel, converso aragonés y funcionario real, no le pertenecían a él personalmente, sino que provenían de fondos de la Santa Hermandad, a la cual se la resarció posteriormente con fondos provenientes en su mayoría del cobro de la cruzada en la diócesis de Badajoz. Esto significa, en palabras del propio Pérez, que el descubrimiento de América «fue financiado esencialmente por cristianos humildes de Extremadura, a golpe de modestas limosnas.»
Con todo lo anterior no he pretendido, ni mucho menos, explicar en su totalidad una serie de acontecimientos históricos ciertamente complejos e interpretables. Soy consciente de que no aporto una interpretación claramente articulada, ni un estudio historiográfico concienzudo. Me he limitado a enumerar anécdotas y testimonios recogidos de aquí y allá con la intención de, a través de datos olvidados o tergiversados, señalar un punto de vista desoído y destacar figuras injustamente relegadas y vituperadas con la suficiente contundencia como para que, como mínimo, cuestionemos a quiénes nos cuentan nuestro propio pasado, cómo nos lo cuentan y por qué lo enfocan precisamente desde esa perspectiva.
MUJERES EN EL PODER
Quiero comentar brevísimamente cómo mientras la mujer, dentro del catolicismo, ha tenido un lugar destacado como madre y centro del hogar, sin renunciar por ello a una importante labor social, sin embargo, ha sido relegada y menospreciada por otras religiones y culturas. Explica Walsh: que la cultura mahometana, contra la cual Isabel había comenzado una lucha a muerte por el dominio de España, no otorgaba a la mujer la posición privilegiada que siempre ocupó en la civilización cristiana. El Corán apenas si la consideraba como ser humano; dividía a la humanidad en doce órdenes, de los cuales el undécimo comprendía a los ladrones, brujos, piratas y borrachos, y el más bajo, el duodécimo, a las mujeres. La práctica de la poligamia, propugnada por Mahoma, rebajaba la mujer a la condición de esclava y la convertía en pertenencia de los hombres.
Las hazañas de la Reina Isabel nos hacen recordar el hecho, algunas veces olvidado, de que las mujeres de talento gozaron de notable independencia en la Edad Media. Doña Lucía de Medrano fue una destacada profesora de griego y latín en la Universidad de Salamanca; doña Francisca de Lebrija sucedió a su padre en la cátedra de retórica de la Universidad de Alcalá; Santa Catalina de Siena, por sus propios esfuerzos, puso fin al exilio del papado en Aviñón. Era común que las mujeres administraran extensos territorios y gobernaran ciudades y aun provincias, dada la habitual ausencia de los hombres, obligados a la guerra fuera de sus hogares. Quiero añadir a este admirable elenco el nombre de Beatriz de Galindo, la Latina -de la que toma su nombre el barrio madrileño-, apodada de tal modo por su profundo conocimiento del griego y el latín. Fue preceptora tanto de la Reina como de sus hijos. Una mujer de cultura y fidelidad sin par, que añadió sus virtudes a la brillante corte que Isabel la Católica supo reunir a su alrededor.

El reinado de Isabel y Fernando hubo de enfrentar grandes retos: poner paz en unos territorios devastados por la dejadez y debilidad de reyes anteriores, paliar los abusos de los nobles fuera de control, lidiar con la amenaza de judíos y moros, establecer alianzas con unos monarcas europeos que, por cristianos que fueran, no eran en absoluto de fiar y manejar el descubrimiento de un Nuevo Mundo. Y mientras todo esto sucedía a nivel político, Isabel estaba teniendo hijos: cinco en total. Cabalgaba durante días, aun embarazada, para impartir justicia en una y otra ciudad, manteniendo una corte itinerante, sacrificando su propia comodidad y seguridad. Su presencia era requerida en todo el territorio puesto que su estancia era fuente de riquezas, en todos los sentidos, para las poblaciones que la acogían. Es un ejemplo de mujer, de madre, de esposa y de gobernante que todos, especialmente nosotras, deberíamos tener continuamente presente.«La reina Isabel era una devota cristiana. En cada una de sus situaciones críticas ponía humildemente sus dificultades a los pies de Dios; pero, luego de apelar a Él con toda confianza, hacía lo que estaba de su parte con una energía sin igual en la historia. Nada tenía su actitud del quietismo propio del fatalismo oriental. Creía que la voluntad humana, sometida a Dios, era el factor más importante de la existencia.
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