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Tema: Silencio. Una película que no hace bien

  1. #1
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    Silencio. Una película que no hace bien



    Silencio. Una película que no hace bien



    Animado por informaciones provenientes de medios católicos que hablaban bien de la película, he ido a ver ‘Silencio’ el día de su estreno. Tengo que decir que fui un tanto receloso porque había leído críticas que me hacían desconfiar, pero por otra parte me parecía que debía aparcar prejuicios. Ahora, después de haberla sufrido, no me arrepiento de haberla visto pero si hubiera sabido lo que me iba a encontrar no hubiera ido.

    Sabía que iba a ver una película dura, con escenas de sufrimiento crudo, pero con eso contaba porque se trata de una película en la que se narra una persecución religiosa. Pero esa no es la causa de que el resultado me pareciera descorazonador. Y no por aburrimiento, que no fue el caso; al contrario, me ha parecido una película técnicamente muy bien hecha y con un relato que no deja escapar la atención ni por un instante. Pero el contenido, al menos para la persona de fe, es malo, mejor dicho, maléfico, porque hace daño. No digo negativo, ni desacertado, ni erróneo, no. Malo, directamente malo y trataré de explicar en varios puntos por qué me lo parece. Lo haré en dos partes, una referida al contenido del film y la segunda sobre el contexto actual.

    Sobre los contenidos de la película.

    1.- Porque justifica la apostasía. No digo que muestre la apostasía, sino que la disculpa, la hace aceptable e incluso compatible con la fe. La apostasía es un pecado muy grave porque consiste en renegar del mayor bien con el que cuenta una persona de fe, por encima de la propia vida. Y es más grave aún si los apóstatas son dos sacerdotes, como ocurre en la película. En épocas de persecución religiosa la apostasía es muy fácil de entender y yo no me escandalizo porque haya apóstatas. Los ha habido ininterrumpidamente en toda la historia de la Iglesia, desde el principio del cristianismo y no creo que haya ningún valiente capaz de señalar con el dedo acusador a un apóstata, sobre todo si la apostasía está provocada por una amenaza de sufrimientos horribles o una muerte segura. Solo Dios sabe cuál es la resultante de fuerzas poderosas y contrarias que empujan en el corazón del que apostata: presión física y psicológica a la que se encuentra sometido el perseguido, horror al sufrimiento y a la muerte, abandono de responsabilidades y personas a su suerte, desvalimiento de los que dependen de uno, peso de la fe, amor a Cristo crucificado, capacidad o incapacidad para el martirio, etc.


    Todo eso es comprensible, pero a un cristiano lo que le ayuda es la fortaleza del mártir no la debilidad del que reniega. Al apóstata lo juzgará Dios con su misericordia infinita y la Iglesia no ha condenado a nadie al infierno, ni siquiera a Judas, pero la persona de fe lo que necesita son los testimonios de los mártires, los que supieron resistir a pesar de las atrocidades de que fueron objeto, los que “no amaron tanto la vida que temieran la muerte” (Ap 12, 11). Yo, para debilidad, ya tengo bastante con la mía, no me hacen falta dosis de debilidades ajenas. Si además me presentan esa debilidad justificada, es muy probable que me vea tentado a justificar la mía en lugar de combatirla.


    2.- Hay que evitar el sufrimiento a toda costa. Con ello se plantea un evidente rechazo de la cruz. “Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (I Co 1, 23-24). Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios y esto es lo que cualquier cristiano que frecuente la Iglesia ha oído predicar en multitud de ocasiones. Pues bien, “Silencio” es un empeño constante, de principio a fin, por demostrar lo contrario. Creo que no exagero si digo que en “Silencio” se hace una enmienda a la totalidad del contenido de la Palabra de Dios en esta cita.


    3.- ‘Silencio’ es el título que responde al supuesto silencio de Dios en un martirio horrible, como es el que se describe. Se trata de un título descaradamente falso como se demuestra en una escena de la película. Al espectador se le quiere convencer del silencio de Dios, por una parte ante el sufrimiento y la muerte de una comunidad de cristianos japoneses formada por campesinos pobres y desvalidos, y por otra, ante el desgarro de dos padres jesuitas voluntariosos a quienes se les pone en el dilema de apostatar o permitir el sufrimiento ajeno. Estos dos silencios son los que la película quiere poner muy de relieve. La perversidad es manifiesta: Dios calla ante el sufrimiento de sus hijos más humildes, pero en un momento dado le habla directamente al protagonista para decirle: apostata, renuncia a tu fe. En la película la prueba de apostasía consiste en pisar un relieve de Jesucristo y es el propio Cristo el que le dice interiormente al jesuita: “Písame”. O sea, que para animar a renegar Cristo sí habla. Dios calla cuando sufres pero habla para que peques. Algo así como si Cristo le hubiera empujado a Judas a traicionarle susurrándole al corazón algo como esto: Ánimo Judas, entrégame, debes entregarme. ¿Hay mayor impiedad que presentar a Dios como fuente del mal?


    4.- El budismo y el cristianismo en el fondo son lo mismo. Reconozco que esto hoy entra muy bien en muchos oídos. Ya llevamos tiempo oyendo a muchos que están convencidos de que a fin de cuentas todos los credos son iguales. No pretendo argumentar sobre este error inadmisible para un cristiano. Basta decir que esa postura contradice el mandato final de Cristo: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20). Si todos los credos son igualmente válidos, ¿qué sentido tiene que la Iglesia sea misionera?


    5.- En la película queda claro que el cristianismo no puede cuajar en Japón. También esto contradice las palabras anteriores del Señor: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”.


    Hasta aquí estos cinco postulados que yo he visto que la película defiende y justifica. Dicho de otro modo: desde diversas instancias católicas se está presentando como película recomendable para los católicos una película que ataca directamente algunas verdades de fe, que se permite corregir a Cristo y contradecir a la misma Palabra de Dios revelada en las Escrituras.

    Sobre el contexto actual.

    Reconozco que me resulta fácil y cómodo ver la película y criticarla. En ambos casos lo hago confortablemente, en un país con libertad religiosa aceptable y sin amenazas de ningún tipo. Más aún, escribo esto en parte porque con mi propia iniciativa concurre la petición de personas conocidas para que exprese mi opinión en público.


    Ahora bien, mientras que yo voy desgranando ideas con las que algunos estarán de acuerdo y me temo que algunos más en desacuerdo, soy consciente de que muchos de mis hermanos en la fe están siendo objeto de persecuciones tan cruentas como las que se narran en la película. Hoy las tierras de Siria, India, Pakistán, China, Irak, Egipto, Nigeria, Chad, Sudán, Libia, Yemen… están siendo regadas por las lágrimas y la sangre de quienes han mantenido viva su fe, mi misma fe, y han sufrido y siguen sufriendo a causa de la misma.


    ¿Recomendarías, lector, a estos cristianos perseguidos y amenazados que vean “Silencio” diciéndoles que es una película muy buena? ¿Tú crees que a los sacerdotes, pastores de estas comunidades, les será muy edificante el contraejemplo de los jesuitas apóstatas de “Silencio”? No hablo de supuestos ficticios ni probables, sino de una realidad muy cruda que están soportando nuestros hermanos en estos países día a día mientras nosotros discutimos de cine. ¿Tú crees que esto tiene algo que ver con la comunión de los santos?


    Yo no sé si en España se repetirá una persecución contra los católicos o no. Pero si volviéramos a tener que sufrirla, yo lo que necesito son palabras de ánimo y fortaleza de espíritu, porque me veo tan débil, al menos, como esos apóstatas. Y si eso se diera, querría tener en mi mente ejemplos de santos mártires, y a mi lado pastores que me edificaran porque van delante de sus fieles en la entrega gozosa de su vida, que es lo que han hecho todos los mártires de todas las épocas, no de gentes que sucumben a una flojera como la mía.


    Estanislao Martín Rincón

    Silencio. Una película que no hace bien - En Cristo y María
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  2. #2
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    .
    Última edición por Carolus V; 14/01/2017 a las 20:24

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  3. #3
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    ​Un silencio muy elocuente

    Un silencio muy elocuente

    · En el libro de Endō y en la película de Scorsese las persecuciones anticristianas en el Japón del siglo XVII ·


    En 1988, Martin Scorsese leyó con admiración y sobrecogimiento Silencio, una novela del escritor católico japonés Shūsaku Endō (1923-1996). En seguida supo que algún día tendría que hacer con ella una adaptación cinematográfica, que sin embargo se dilataría durante tres décadas, por diversos problemas financieros y artísticos. Silencio se trata, en su aparente sencillez y despojamiento, de una obra extraordinariamente compleja, no exenta de similitudes con El poder y la gloria, de Graham Greene. Publicada en 1966, se convertiría pronto en epicentro de una agitada controversia, por tratar el espinoso asunto de la persecución sufrida por los cristianos nipones desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII, con hitos tan dramáticos como la expulsión de todos los misioneros (1614) o la llamada Rebelión Shimabara (1637-38), que tras ser salvajemente sofocada daría lugar al “período Sakoku”, en el que el culto cristiano fue por completo prohibido. Sobre este desgarrador telón de fondo traza Endō la peripecia de Silencio, que recrea libremente la historia del jesuita portugués Cristóvão Ferreira (1580-1650), quien llegara a ser provincial en el Japón y a sufrir terribles torturas durante la época de persecución más sangrienta, antes de apostatar y adoptar el nombre de Sawano Chuan. La figura de Ferreira se convierte –a imitación del Kurtz de Joseph Conrad-- en el corazón tenebroso de la novela de Endō, en la que se narra la odisea de dos jóvenes jesuitas, los padres Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe, que viajan desde Macao al Japón, dispuestos a conocer la verdad sobre su superior.




    Algunos detractores de Endō han juzgado que Silencio es una novela “ambigua” en términos religiosos, por postular una vivencia privada de la fe y señalar la inutilidad del martirio. Pero se trata de una lectura simplista que la propia complejidad moral y teológica de la novela desmiente. La novela de Endō nos muestra el combate de la fe en circunstancias de sufrimiento extremo, allá donde la capacidad de resistencia humana se enfrenta al silencio de Dios. Desde luego, no hallamos en ella esa moralina edulcorada que tanto gusta a cierto catolicismo emotivista, tan propenso a brindar soluciones netas y facilonas (también irreales) a las cuestiones más delicadas y desgarradoras. Silencio es una novela que –como pedía Flannery O’Connor al artista católico—se adentra en “un territorio que es en gran medida propiedad del Enemigo” y se enfrenta al problema del Mal y del sufrimiento, mostrando sin ambages las tribulaciones de la fe en medio de una persecución crudelísima. Hay pasajes en la novela de una crudeza que nos hiela la sangre en las venas, en los que Endō nos describe los tormentos a los que fueron sometidos los mártires japoneses. Y hay pasajes de una potencia espiritual y una condensación teológica sublimes, en los que se exalta la heroicidad y la grandeza del martirio. Pero también hay en la novela un esfuerzo por comprender las flaquezas de quienes claudican por falta de valor, como el personaje a la vez bufonesco y trágico de Kichijiro, un truhán que una y otra vez niega a Cristo y delata a otros cristianos, pero una y otra vez reclama y encuentra perdón en el padre Rodrigues, a quien vuelve como un perrillo sin amo. Porque Cristo, en efecto, quiso salvar también a Judas, sabiendo que en todo Judas alienta un potencial Pedro. Así lo expresa el padre Rodrigues, en un pasaje especialmente revelador de la novela: “Cristo, en la Última Cena, le dijo a Judas: ‘Sal, ve y haz lo que tengas que hacer’. Ni aun ahora que soy sacerdote he podido captar bien el sentido de esas palabras. ¿Qué sentiría Cristo al lanzar esas palabras a la cara del hombre que le iba a vender por treinta piezas de plata? ¿Las diría con ira y con odio? ¿O serían más bien palabras nacidas del amor? Si eran palabras de ira, Cristo en ese momento estaba negando la salvación a este solo hombre entre todos los hombres del mundo. Judas habría recibido de lleno el ramalazo de la ira de Cristo y no se habría salvado; y el Señor habría abandonado a su suerte a un hombre caído para siempre en el pecado. Pero eso no podía ser. Cristo trató de salvar incluso a Judas. De no ser así, no tiene sentido que lo hiciera uno de sus discípulos”.


    Silencio nos enseña que la misericordia de Dios también comparte el sufrimiento de quienes reniegan de él; pues, como leemos en otro pasaje de la novela: “¿Quién puede asegurar que los débiles hayan sufrido menos que los fuertes?”. Pero sin duda el aspecto más controvertido de la novela de Endō –y de la película de Scorsese— es la solución final que adoptan los padres Ferreira y Rodrigues, que apostatan públicamente y prosiguen su labor evangelizadora en la clandestinidad. No se trata, ni mucho menos, de una vivencia privada y comodona de la fe, sino de una dolorosa renuncia a propagar en los terrados el Evangelio, a cambio de evitar el exterminio de sus hermanos. La novela de Endō, en fin, nos propone una reflexión sobre la llamada “disciplina del arcano”, que tiene un evidente fundamento evangélico: “No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y después, volviéndose, os despedacen” (Mt 7, 6). El propio San Agustín recomendaba a sus fieles que, para evitar la reacción furibunda de los paganos, ocultasen por prudencia sus creencias.

    Dios no quiere que rehuyamos el martirio; pero mucho menos quiere que nos arrojemos al martirio insensatamente, o que nuestra insensatez arroje al martirio a nuestros hermanos. Por supuesto, esta disciplina del arcano puede ser la coartada perfecta para los cobardes que callan y otorgan, deseosos de obtener las recompensas que ofrece el mundo, mientras los valientes son sacrificados; pero esta no es la tesis que se defiende en Silencio, donde en todo momento se nos presenta la fingida apostasía de los protagonistas como un trágico acto de amor a sus feligreses.


    Antes de que Scorsese adaptara para la gran pantalla Silencio ya lo había hecho Masahiro Shinoda en Chinmoku (1971), una obra de grandes cualidades fílmicas que, sin embargo, desvirtúa por completo el sentido de la novela, al pretender que el padre Rodrigues, tras apostatar, se deja arrastrar por la desesperación (como se deduce de una desafortunadísima secuencia final). La versión de Scorsese, por el contrario, es escrupulosamente fiel al original, tanto en la forma como en el fondo.

    Para traducir en imágenes el despojamiento de la prosa de Endō, Scorsese ha renunciado casi por completo al acompañamiento musical (lo que puede hacer un tanto árida la película para el espectador medio) y elegido un tempo pausado (incluso muy pausado, para los usos frenéticos del seudocine actual), así como un recurso discutible, pero extraordinariamente eficaz, que consiste en contar la historia renunciando a truculencias y efectismos, incluso adoptando una mirada que se finge neutral y que, en algunos momentos (por ejemplo, en la secuencia de la muerte del padre Garupe) puede resultarnos fría o distanciada. No creemos que lo sea en modo alguno; y mucho menos que tal aparente frialdad pueda interpretarse como un distanciamiento respecto al sufrimiento de los mártires: la hermosísima y terrible secuencia en la que se nos muestra la lenta muerte de los cristianos que han sido crucificados a la orilla del mar, para que la marea alta los ahogue lentamente, no deja sombra duda de la postura reverencial del director. Pero, sin duda, aún resulta más admirable el escrupuloso respeto que Scorsese muestra por el argumento y las intenciones de Endō, sin hacer ninguna concesión al espíritu incrédulo de nuestra época. Así, por ejemplo, el padre Rodrigues (magníficamente interpretado por Andrew Garfield, que encarna a la perfección la mezcla de ardor religioso y fragilidad del personaje de Endō) escucha, nítida y resonantemente, la voz de Cristo (no la voz de su conciencia) cuando finalmente decide pisar el fumie que se le ofrece, para salvar la vida de otros cristianos: “Písame… Yo he venido al mundo para que vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor”.


    Scorsese, en fin, refleja fidelísimamente la intención de Endō en el tramo final de la película, donde la voz narradora (que hasta entonces ha monopolizado el padre Rodrigues) adopta en la novela un tono notarial y algo críptico, para insinuarnos que el protagonista ha seguido evangelizando en secreto a los vigilantes que se encargan de su custodia. Scorsese añade explicitud a lo que Endō apenas insinúa: nos permite ver sin ambages cómo Ferreira hace la vista gorda ante la introducción en el Japón de objetos cuya significación católica pasa inadvertida a las autoridades; nos permite ver sin ambigüedades cómo Rodrigues escucha en confesión a Kichijiro, su delator, y le perdona los pecados; y, en fin, nos brinda un arrebatador plano final que –naturalmente—no desvelaremos, en el que se nos confirma del modo más elocuente que Cristo nunca ha abandonado al protagonista, y que el protagonista no ha cesado de predicar el Evangelio entre las personas que lo han acompañado.
    Silencio
    es la elocuente película de un artista descomunal y un católico que, como Flannery O’Connor, no vacila en adentrarse en territorio enemigo para medirse con los demonios que asaltan a dentelladas la fe. Y, adentrándose en ese territorio, logra remover nuestra fe fofa o mortecina y nos permite escuchar la voz amorosa de Cristo, resonando como un hosanna eterno en nuestro interior, compartiendo nuestro dolor y perdonando a cada instante nuestras flaquezas y desfallecimientos.

    Juan Manuel de Prada
    Última edición por Carolus V; 14/01/2017 a las 20:22
    Kontrapoder y raolbo dieron el Víctor.

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  4. #4
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    En los tiempos de las persecuciones romanas, la Iglesia siempre fue compasiva con los lapsi, y la postura de quienes los consideraban perdidos para siempre fue condenada por herética (no sé qué habrían hecho con San Pedro). Ahora bien, una cosa es la compasión con el pecador, al que siempre se ha absuelto cuando está sinceramente arrepentido, y otra muy diferente hacer apología de las debilidades humanas. La gente está muy necesitada de modelos, y sobre todo hoy en día en que hay tantísima persecución, hacen más falta que nunca ejemplos de mártires y héroes. No se trata de juzgar a nadie, y es cierto que los métodos empleados en Japón para obligar a apostatar eran terribles y es comprensible que muchos cayeran; pero hoy en día que vivimos en una sociedad comodona y son tan pocos los que se arriesgan a dar la cara, esta película puede desde luego ser perjudicial para muchas personas, aunque haya otras mejor formadas y con más convicción que puedan digerirla sin problemas. Si aquí en Occidente, donde (al menos por el momento) no nos están matando a los cristianos como en otros lugares, ya hay tanta cobardía por parte de muchos católicos que no dan la cara, o que adoptan posturas ambiguas o no se quieren comprometer en muchos sentidos, no ayudan mucho películas así. En general tiendo a estar de acuerdo con Prada, y sabéis que he posteado muchos artículos suyos en Hispanismo, pero aunque entiendo lo que quiere decir, en este caso disiento. Amicus Plato, sed majus amica Veritas. Necesitamos estímulos que nos ayuden a ser consecuentes con nuestra fe y dar la vida por ella, cosa que en últimas sólo podremos hacer por la gracia de Dios, claro.
    Chanza, ReynoDeGranada y DOBLE AGUILA dieron el Víctor.

  5. #5
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    Cruda realidad/ En respuesta a Juan Manuel de Prada ¿Qué hacemos con ‘Silencio’?

    Acabo de leer aquí, en estas mismas páginas, la defensa que Juan Manuel de Prada hace de 'Silencio', de Scorsese, y he acabado con el mismo mal sabor de boca con que salí de la película.

    Antes de seguir, dos cosas: la película, para un cristiano cinéfilo y bien formado, vale la pena, pese a todo lo que voy a decir a continuación. Así que -dos-, si no la ha visto y no quiere que se la destripen, deje inmediatamente de leer. Porque voy a ir a degüello, y los ‘spoilers’ van a ser constantes.

    Toda la película -y la novela de Shūsaku Endō- gira en torno a un dilema moral, a su vez basado en hechos reales: si está justificada la apostasía para salvar la vida de otros. Y la respuesta de Scorsese -y, por ende, de Prada- parece ser que sí.

    Les resumo deprisa:

    En Japón se ha desatado la más terrible de las persecuciones contra el naciente cristianismo y se rumorea que el provincial de los jesuitas, el Padre Ferreira, ha apostatado.

    Dos jesuitas en Roma se proponen, casi en plan comando, desembarcar en las islas, averiguar qué ha pasado y tratar de ‘rescatar’ -espiritualmente, al menos- al Padre Ferreira.

    Pero el protagonista, el padre Rodríguez, acaba encontrándose con el padre Ferreira que le dice que no hay nada que hacer, que toda resistencia es fútil, y que si él mismo no apostata, torturarán a sus feligreses. Al final apostata -pisa una imagen de Jesús- y, siguiendo los pasos de Ferreira, adopta un nombre japonés y se casa.

    En una última escena -que, por cierto, no está en la novela de Endo-, cuando el apóstata Rodríguez muere y se celebra el sepelio siguiendo el rito budista, la cámara se centra en su puño cerrado, que aprieta una diminuta cruz. Volveremos a ello.


    Ahora, si un cineasta o novelista se propone hacer una obra sobre el triste caso real de un apóstata, no hay nada que decir, salvo que también son ganas de centrarse en un caso tan deprimente.


    Fotograma de Silencio, la nueva película de Martin Scorsese sobre la persecución religiosa

    Como reza el dicho, los amores cobardes dan malas historias, y es poco probable que, digamos, ‘Romeo y Julieta’ hubiera llegado a la cumbre de la literatura universal si en el segundo acto vemos a un Romeo que ha recapacitado, se ha dado cuenta de que no vale la pena enfrentar a Capuletos y Montescos por un calentón adolescente y deja a Julieta.

    Prada tira de San Agustín, en uno de los párrafos más endebles que le he leído jamás y que no me queda otra que citar ‘verbatim’:

    “Dios no quiere que rehuyamos el martirio; pero mucho menos quiere que nos arrojemos al martirio insensatamente, o que nuestra insensatez arroje al martirio a nuestros hermanos. Por supuesto, esta disciplina del arcano puede ser la coartada perfecta para los cobardes que callan y otorgan, deseosos de obtener las recompensas que ofrece el mundo, mientras los valientes son sacrificados; pero esta no es la tesis que se defiende en Silencio, donde en todo momento se nos presenta la fingida apostasía de los protagonistas como un trágico acto de amor a sus feligreses”.

    Los católicos de nuestro siglo estamos tan, pero tan acostumbrados a las ‘penumbras’ y ambigüedades y ‘conflictos interiores’ y cosas de ese tipo entre nuestros propios teólogos que es fácil sumergirse en esta dulce nube hipnótica y ceder el juicio.

    Sería injusto decir que Dios nos envía apóstoles y el diablo, teólogos, pero no demasiado. Así que pondré una analogía que todo el mundo hoy es capaz de entender con absoluta claridad moral: los nazis. Venga, hagamos un Godwin.

    Imaginen un comando aliado que penetra en la Alemania nazi para reunirse con la resistencia, tipos que viven cada día el peligro, que se la juegan constantemente y que caen como moscas en las manos torturadoras de la Gestapo.


    Silencio, la nueva película sobre la persecución a los cristianos en _Japón

    Estos, ciudadanos corrientes, ayunos de todo auxilio durante años, reciben a los miembros del comando con los brazos abiertos, les agasajan, les convierten inmediatamente en sus líderes.

    Pero he aquí que el jefe del comando cae, a su vez, en manos de la Gestapo y este, después de un tiempo indeterminado de tortura, abjura de la democracia, se pone el brazalete con la esvástica, lanza un sonoro “¡Heil, Hitler!” y dedica el resto de su vida -años y años y años- a escribir panfletos nacionalsocialistas y a trabajar con minuciosidad para que no entre en Alemania el menor mensaje que pueda poner en riesgo el Reich de los Mil Años. ¿Creen que alguien les consideraría héroes? ¿Hablaría alguien de su “apostasía fingida”? ¿A que se entiende mejor así?

    A ver, dejémoslo claro: no pretendo que no se comprenda la actitud de los apóstatas. No daría dos duros por mi resistencia si me enseñaran una rata, no digamos si me sometieran a horribles suplicios. Pero es que el pecado es siempre comprensible. Y, para Dios, siempre perdonable. Pero es pecado, no mérito.

    Volvamos a Silencio. Hay tres personajes, dos de ellos colectivos. Por un lado están los padres que apostatan. Repito que encuentro comprensible su caso, pero también es cierto que contaban con satisfacciones puramente humanas que, sugiero, quizá tuvieron algo que ver en su apostasía. Las escenas de la película son reveladoras: los fieles les reciben como dioses. El propio Padre Rodríguez reconoce que en su vida se ha sentido más útil, más necesario. Estos son los que apostatan y los que Scorsese hace héroes.

    Luego están los fieles corrientes, los miles de mártires anónimos. Bastante menos sofísticados, con muchos menos ‘conflictos de conciencia’. Esa masa que no solo no es anónima para Dios, sino que son los verdaderos héroes de la novela, la película y la historia. Han entendido el mensaje, y saben que la vida en este mundo es poca cosa comparada con la Gloria.

    Y por último está un personaje quintaesencialmente cristiano, que es con el que más me identifico. Kichijiro es repugnante. Scorsese no ha querido hacer la menor concesión con él, ni el menor rasgo redentor: hasta físicamente es repulsivo. No peca con esos pecados de moda que tan poco nos cuesta perdonar porque, en el fondo, no los consideramos realmente pecados-pecados: la magnífica ira homicida de un vengador, la chulería soberbia de un héroe, la lujuria “por amor” -¿sigue alguien considerando un pecado la lujuria?-, la ambición de un atractivo banquero de Wall Street…

    No, los de Kichijiro son de esos pecados que nos hacen decir: “Yo estoy dispuesto a perdonar, pero lo que ha hecho este es imperdonable”. Y lo es, probablemente, para nosotros. Pero no para Dios. Kichijiro no solo apostata repetidamente, como los padres: traiciona a sus amigos, apostata después de ver a su mujer y sus hijos morir mártires, vuelve a traicionar, una y otra vez.


    Andrew Garfield es el Padre Rodrigues en ‘Silencio’

    Pero, a diferencia de los padres, no deja a Dios en paz. Se diría que conoce de Dios algo que los sacerdotes protagonistas parecen haber olvidado
    . Y vuelve tozudamente, vuelve y vuelve a pedir confesión, aunque todos sabemos, y probablemente también él, que volverá a hacerla aún más gorda a continuación. Apostaría que Kichjhiro se ha salvado.

    Y vamos con la cruz en el puño del cadáver del ex padre Rodríguez, tabla a la que se agarran tanto Scorsese como Prada. Es como si dijera:
    “¡Jaque mate, torturadores! Es cierto que he pisado una imagen de Jesús, he maldecido su nombre, me he dedicado a convencer de que las Suyas son falsas doctrinas en decenas de tratados y he muerto como budista, pero al final os he burlado: ¡estaba fingiendo!”.

    Imaginemos que uno de los responsables de la descristianización de la Era Tokugawa tuviera noticia de aquella pequeña cruz, que la descubriera en el puño del apóstata antes de disponer del cadáver o lo confesara su mujer. ¿Creen que le rechinarían los dientes, que se sentiría burlado, que maldeciría en japonés?

    No.

    Sonreiría, con toda probabilidad. Me atrevo a imaginar que el asunto le parecería delicioso, mejor que su contrario.

    Las autoridades anticristianas de entonces, como las de ahora, nada podrían desear más que esa cruz en el puño… mientras siga oculta en el puño.

    Me sorprende extraordinariamente de Juan Manuel de Prada, tan certeramente crítico con quienes quieren reducir el cristianismo a una fe exclusivamente privada, incomunicada, convertida en ‘espiritualidad’. Muchas cosas malas pueden decirse del Diablo, pero no que sea materialista.

    El Mundo -y me refiero aquí al concepto teológico- no tiene absolutamente nada contra la ‘espiritualidad’; es la religión lo que no tolera. Más bien al contrario: los comunistas demostraron sobradamente los peligros del materialismo más burdo. Se dieron cuenta de que deja al hombre vacío e insatisfecho, y un súbdito insatisfecho es un súbdito peligroso por dos motivos: porque puede dirigir su insatisfacción contra el Poder y, sobre todo, porque se hace especialmente vulnerable a los que predican la Fe.

    En cambio, si se da ‘espiritualidad’ al vulgo, el Poder está doblemente protegido. El ‘espiritual’ le dirá al religioso: “Es muy interesante lo que me
    cuentas, y esas cosas que dice Jesús, me sirven mucho. Pero creo, hermano, que le has entendido mal. Él nunca quiso montar una religión organizada, solo que vivieras interiormente su mensaje, en privado”.

    El Mundo babea de anticipado placer ante esa cruz en el puño. Defended nuestras causas inicuas, desfilad como os mandamos, no deis la lata a nadie con vuestras ‘opiniones privadas’ que puedan poner en peligro nuestro asfixiante control. Pero mantened -bien oculta en el puño, eso sí- esa cruz diminuta si os hace sentir mejor.


    Cruda realidad/ En respuesta a Juan Manuel de Prada ¿Qué hacemos con 'Silencio'?
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  6. #6
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    La disciplina del arcano

    Juan Manuel de Prada

    Me ha resultado muy revelador, mientras leía recensiones de Silencio, la recién estrenada película de Martin Scorsese, encontrarme con vituperios tanto desde ámbitos descreídos (donde la película se contempla como una tediosa exaltación de la fe) como desde ciertos ámbitos católicos (donde se considera una vergonzosa defensa de la apostasía). Tales reacciones convergentes nos confirman que el asunto medular de la película tiene una vigencia estremecedora. Pues Silencio trata, en su meollo más íntimo, de la supervivencia de la fe en circunstancias de hostilidad extrema, cuando su proclamación puede acarrear la muerte no sólo a quien la proclama sino a quienes lo siguen. El protagonista de Silencio, un joven y fervoroso jesuita, decide apostatar públicamente para evitar que otros cristianos sean martirizados; y el resto de su vida se dedica a evangelizar y a impartir los sacramentos clandestinamente a sus guardianes y a la familia que le han impuesto. En realidad, no hace otra cosa sino acogerse a lo que los antiguos llamaban la ‘disciplina del arcano’, que fue muy empleada por los primeros cristianos en épocas de persecución feroz, para evitar un martirio innecesario. En otro momento posterior, cuando los cristianos ya no eran martirizados, San Agustín recomendaba todavía la disciplina del arcano ante los paganos, que por contagio de sus mitologías o por cerrazón mental entendían los misterios de la religión cristiana de manera demente. Así, por ejemplo, como oían que los cristianos adoraban a un Dios que se había hecho niño y también que en el sacramento de la eucaristía tomaban el cuerpo y la sangre de ese mismo Dios, los paganos llegaban a la conclusión de que los cristianos, en sus misas, descuartizaban y se comían a los niños. Por lo tanto, se juzgó que lo más prudente era ocultar cuidadosamente estas cuestiones a quienes no las entendían y, llegado el caso, podían denunciarlas ante los tribunales. No en vano Jesús exige a sus seguidores que sean «astutos como serpientes» cuando la ocasión lo exija; y, en otro momento, llega a aconsejar sin ambages: «No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y después, volviéndose, os despedacen».

    Que la película de Scorsese haya sido interpretada de formas tan rocambolescas desde ámbitos tan antípodas demuestra que tal vez nos estemos adentrando en una época en que vuelve a ser necesario acogerse a la ‘disciplina del arcano’. Y no me estoy refiriendo tan sólo a aquellas regiones del atlas donde la persecución de la fe es tan atroz que la más elemental prudencia exige su ocultamiento, sino también (aunque por razones bien distintas) a nuestro mundo tan supuestamente libre, en donde uno puede decir lo que quiera, pero donde casi nadie entiende nada. Y donde, por lo tanto, todo lo que uno diga corre el riesgo de ser torticera o rocambolescamente interpretado, conforme a parámetros mentales que nada tienen que ver con los parámetros desde los que ha sido formulado; o, todavía peor, conforme a conveniencias coyunturales, conforme a partidismos sectarios, conforme a oportunismos cambiantes. ¿Qué sentido tiene defender determinadas posturas en un mundo donde ya casi nadie te entiende, y los pocos que todavía te entienden se dedican al postureo, cambiando de postura como de camisa, para acompasarse a los tiempos?

    Por llevar mucho tiempo defendiendo posturas que el espíritu de mi época repudia, he meditado en muchas ocasiones sobre la conveniencia de acogerme a la disciplina del arcano, haciendo ‘reserva mental’ de determinadas cuestiones que me granjean animadversiones. He de reconocer, sin embargo, que las mayores tentaciones de hacerlo no me las ha provocado el encono de los adversarios, sino lo que alguien denominó, con jocosa amargura, ‘la desidia de los buenos’. Pues el encono de los adversarios, por implacable que sea, al menos es constante, terco, inamovible; y, por lo tanto, merece el calificativo de leal. Pero en la ‘desidia de los buenos’ hay algo mucho más desleal y desalentador, algo sórdidamente movedizo y culebreante, una fluctuación motivada por razones de pura conveniencia que según la ocasión nos brinda su aplauso o nos lanza su dardo, nos juzga “valerosos” o ‘intransigentes’ dependiendo de intereses políticos o clericaloides, nos encumbra o nos denigra según los gobiernos sean de uno u otro signo, o según cómo bajen las aguas del Tíber. Esta ‘desidia de los buenos’ hace temblar nuestra fe como un junco mucho más que el encono de los adversarios; y es la incitación más eficaz para acogernos a la disciplina del arcano.

    FUENTE: La disciplina del arcano - XL Semanal
    Última edición por Kontrapoder; 24/01/2017 a las 00:39
    raolbo dio el Víctor.
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

  7. #7
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    Para no variar, la "postura del mal menor", lo que se nos ha vendido desde el CVII, lo contrario de lo que debería ser.


    Al parecer, se está difundiendo la idea en ciertos círculos eclesiales de que hay situaciones de pecado de las que es muy difícil, si no imposible, salir. De modo que, como no puede ser que les pidamos tanto, ni que Dios les pida tanto, debemos dejar que sigan como están, y para adormecer sus conciencias hay que tejer un manto misericordioso que les ayude a no cambiar sus vidas sin inquietarse.

    Por supuesto que esta pastoral voluntarista y derrotada no recuerda de cuánto es capaz la gracia de Dios ya que, por lo visto –como dice Luis Fernando- “no creen en el poder de la gracia. Eso es todo.”


    Ejemplo vivo y cotidiano de lo que es capaz de darnos hacer la gracia de Dios son los perseguidos y mártires por Cristo. Sin embargo, esta pastoral voluntarista y nada graciosa parece no acordarse, por ejemplo, de la pakistaní Asia Bibi. Todos ustedes la conocen y saben de ella. Siete años encarcelada por una acusación de blasfemia. Cada vez más triste y más enferma. Y el juicio definitivo no llega nunca. (¿Llegará alguna vez o seguirán enredando para que se les muera en prisión?)

    “- Si no quieres morir –añade el joven mulá-, debes convertirte al islam. ¿Estás de acuerdo en redimirte convirtiéndote en una buena musulmana?


    ¿Y… por qué no apostatar? ¿No les pedimos demasiado?



    ¿Alguien es capaz de imaginar que consecuencias tendría para todos si Nuestro Señor Jesucristo hubiese apostatado de la Voluntad del Padre?:

    Padre, Si Quieres, aparta de mí esta copa; Pero no se Haga mi Voluntad, sino la tuya

    (Pater si vis transferencia calicem istum un yo verumtamen no mea voluntas, sed tua fia )

    Él nos salvó de la Muerte y del Pecado con su sacrificio, pero ¿acaso no sabía las consecuencias posteriores para todos los que lo hemos seguido durante dos mil años? Sólo en los primeros siglos en el Imperio ya hubo diez persecuciones, ¡qué fácil habría sido haber apostatado! a muchos se les ofreció, desde los Apóstoles hasta los que se iban convirtiendo. Hoy, sin martirios de por medio, una apostasía a tiempo puede ser la solución a muchos problemas ¿o no?

    Por supuesto, he leído todo el artículo de Actuall, por que no pienso ver la película ni hacer un céntimo más rico a Scorsese.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  8. #8
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    Yo no he visto la película, por lo que no puedo juzgar. Aporto el testimonio de Juan Manuel de Prada porque creo que enriquece el debate. He leído a otros católicos que se expresan en el mismo sentido, con lo que en esta ocasión la cosa está más disputada. Algo me dice que Prada podría tener razón, así que tengo interés en ver la película y ya después juzgaré. También hay que entender que en Hollywood nunca han producido vidas de santos. Es esperable que en estas películas no todo sea como nosotros querríamos. Y de todas formas es verdad que en la Iglesia no sólo hay santos. Habrá que estudiar si el balance final de la película compensa y si puede acercar a la gente a la Iglesia.
    raolbo dio el Víctor.
    «Eso de Alemania no solamente no es fascismo sino que es antifascismo; es la contrafigura del fascismo. El hitlerismo es la última consecuencia de la democracia. Una expresión turbulenta del romanticismo alemán; en cambio, Mussolini es el clasicismo, con sus jerarquías, sus escuelas y, por encima de todo, la razón.»
    José Antonio, Diario La Rambla, 13 de agosto de 1934.

  9. #9
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    Cita Iniciado por Kontrapoder Ver mensaje
    Habrá que estudiar si el balance final de la película compensa y si puede acercar a la gente a la Iglesia.
    ¿Acercar? no me parece a mi que una película sobre la apostasía vaya tener esa virtud por encima de las propias palabras de Nuestro Señor. Creo que la gente no necesita de espectáculos, de imágenes cinematográficas más o menos logradas o momentos impactantes, o de moqueos y lloriqueos en la oscuridad de una sala. Lo que yo creo es que la gente necesita una interiorización de si misma, tal como afirmaba San Juan de Ávila que sostenía que la verdadera reforma es la que tenemos que hacer cada uno de nosotros en nuestro interior. Pero bueno, cada cual entiende su fe a su manera, incluidos los que no la viven acorde con lo que manda Dios y la Santa Madre Iglesia.
    "He ahí la tragedia. Europa hechura de Cristo, está desenfocada con relación a Cristo. Su problema es específicamente teológico, por más que queramos disimularlo. La llamada interna y milenaria del alma europea choca con una realidad artificial anticristiana. El europeo se siente a disgusto, se siente angustiado. Adivina y presiente en esa angustia el problema del ser o no ser.

    Hemos superado el racionalismo, frío y estéril, por el tormentoso irracionalismo y han caído por tierra los tres grandes dogmas de un insobornable europeísmo: las eternas verdades del cristianismo, los valores morales del humanismo y la potencialidad histórica de la cultura europea, es decir, de la cultura, pues hoy por hoy no existe más cultura que la nuestra.

    Ante tamaña destrucción quedan libres las fuerzas irracionales del instinto y del bruto deseo. El terreno está preparado para que germinen los misticismos comunitarios, los colectivismos de cualquier signo, irrefrenable tentación para el desilusionado europeo."

    En la hora crepuscular de Europa José Mª Alejandro, S.J. Colec. "Historia y Filosofía de la Ciencia". ESPASA CALPE, Madrid 1958, pág., 47


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  10. #10
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    Habría que ver también qué fue lo que dijo exactamente San Agustín. No se trata de ir a buscar alegremente el martirio, pero si llega, se acepta la voluntad de Dios. Que por debilidad humana se reniega de la fe, Dios siempre puede perdonar, como perdonó a San Pedro, en tanto que estemos verdaderamente arrepentidos. Pero los ejemplos que convienen son los de los héroes, no de los cobardes, y más en épocas en que la fe anda de capa caída. No me parece que convenga dar más valor a la tesis de una película que a las palabras de Cristo: "Si alguno me niega delante de los hombres, Yo lo negaré delante de mi Padre". Además, en una novela hay más lugar para exponer los mil y un recovecos del alma humana, la gran complejidad de los sentimientos y las situaciones, y el lector tiene más tiempo para meditar lo que lee y sacar sus conclusiones, si es una persona formada. Hoy en día casi nadie lee, y los medios visuales se entran fácilmente por los ojos sin dejar apenas tiempo para reflexionar. No me parece que la gran mayoría del público actual, tan mal formado en cuanto a la fe, vaya a extraer una buena enseñanza de la película. El final de la película no fue que San Pedro renegara en un momento en que experimentó una emoción tan humana como el miedo, sino que más tarde sufrió el martirio. Ese es lo que vale el testimonio que dio de su fe.
    Chanza y ReynoDeGranada dieron el Víctor.

  11. #11
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Me he encontrado con dos enlaces de sendos obispos comentando la película sobre todo el simbolismod el final.

    En español, el obispo Munilla.
    Extracto: Crítica a la película 'SILENCIO' de Martin Scorsese en Sexto Continente por Mons. Munilla en mp3(20/01 a las 19:45:18) 10:43 16563498 - iVoox

    en inglés, el obispo auxiliar de Los Ángeles, Rbert Barron.
    https://www.youtube.com/watch?v=5Th7Tiz1cEk
    Los subtítulos son muy buenos para ser automáticos, en español son bastante aceptables

    Ambos son críticos con la postura acomodaticia de la película.

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