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Honores2Víctor
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Tema: Silencio. Una película que no hace bien

  1. #1
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    Silencio. Una película que no hace bien



    Silencio. Una película que no hace bien



    Animado por informaciones provenientes de medios católicos que hablaban bien de la película, he ido a ver ‘Silencio’ el día de su estreno. Tengo que decir que fui un tanto receloso porque había leído críticas que me hacían desconfiar, pero por otra parte me parecía que debía aparcar prejuicios. Ahora, después de haberla sufrido, no me arrepiento de haberla visto pero si hubiera sabido lo que me iba a encontrar no hubiera ido.

    Sabía que iba a ver una película dura, con escenas de sufrimiento crudo, pero con eso contaba porque se trata de una película en la que se narra una persecución religiosa. Pero esa no es la causa de que el resultado me pareciera descorazonador. Y no por aburrimiento, que no fue el caso; al contrario, me ha parecido una película técnicamente muy bien hecha y con un relato que no deja escapar la atención ni por un instante. Pero el contenido, al menos para la persona de fe, es malo, mejor dicho, maléfico, porque hace daño. No digo negativo, ni desacertado, ni erróneo, no. Malo, directamente malo y trataré de explicar en varios puntos por qué me lo parece. Lo haré en dos partes, una referida al contenido del film y la segunda sobre el contexto actual.

    Sobre los contenidos de la película.

    1.- Porque justifica la apostasía. No digo que muestre la apostasía, sino que la disculpa, la hace aceptable e incluso compatible con la fe. La apostasía es un pecado muy grave porque consiste en renegar del mayor bien con el que cuenta una persona de fe, por encima de la propia vida. Y es más grave aún si los apóstatas son dos sacerdotes, como ocurre en la película. En épocas de persecución religiosa la apostasía es muy fácil de entender y yo no me escandalizo porque haya apóstatas. Los ha habido ininterrumpidamente en toda la historia de la Iglesia, desde el principio del cristianismo y no creo que haya ningún valiente capaz de señalar con el dedo acusador a un apóstata, sobre todo si la apostasía está provocada por una amenaza de sufrimientos horribles o una muerte segura. Solo Dios sabe cuál es la resultante de fuerzas poderosas y contrarias que empujan en el corazón del que apostata: presión física y psicológica a la que se encuentra sometido el perseguido, horror al sufrimiento y a la muerte, abandono de responsabilidades y personas a su suerte, desvalimiento de los que dependen de uno, peso de la fe, amor a Cristo crucificado, capacidad o incapacidad para el martirio, etc.


    Todo eso es comprensible, pero a un cristiano lo que le ayuda es la fortaleza del mártir no la debilidad del que reniega. Al apóstata lo juzgará Dios con su misericordia infinita y la Iglesia no ha condenado a nadie al infierno, ni siquiera a Judas, pero la persona de fe lo que necesita son los testimonios de los mártires, los que supieron resistir a pesar de las atrocidades de que fueron objeto, los que “no amaron tanto la vida que temieran la muerte” (Ap 12, 11). Yo, para debilidad, ya tengo bastante con la mía, no me hacen falta dosis de debilidades ajenas. Si además me presentan esa debilidad justificada, es muy probable que me vea tentado a justificar la mía en lugar de combatirla.


    2.- Hay que evitar el sufrimiento a toda costa. Con ello se plantea un evidente rechazo de la cruz. “Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (I Co 1, 23-24). Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios y esto es lo que cualquier cristiano que frecuente la Iglesia ha oído predicar en multitud de ocasiones. Pues bien, “Silencio” es un empeño constante, de principio a fin, por demostrar lo contrario. Creo que no exagero si digo que en “Silencio” se hace una enmienda a la totalidad del contenido de la Palabra de Dios en esta cita.


    3.- ‘Silencio’ es el título que responde al supuesto silencio de Dios en un martirio horrible, como es el que se describe. Se trata de un título descaradamente falso como se demuestra en una escena de la película. Al espectador se le quiere convencer del silencio de Dios, por una parte ante el sufrimiento y la muerte de una comunidad de cristianos japoneses formada por campesinos pobres y desvalidos, y por otra, ante el desgarro de dos padres jesuitas voluntariosos a quienes se les pone en el dilema de apostatar o permitir el sufrimiento ajeno. Estos dos silencios son los que la película quiere poner muy de relieve. La perversidad es manifiesta: Dios calla ante el sufrimiento de sus hijos más humildes, pero en un momento dado le habla directamente al protagonista para decirle: apostata, renuncia a tu fe. En la película la prueba de apostasía consiste en pisar un relieve de Jesucristo y es el propio Cristo el que le dice interiormente al jesuita: “Písame”. O sea, que para animar a renegar Cristo sí habla. Dios calla cuando sufres pero habla para que peques. Algo así como si Cristo le hubiera empujado a Judas a traicionarle susurrándole al corazón algo como esto: Ánimo Judas, entrégame, debes entregarme. ¿Hay mayor impiedad que presentar a Dios como fuente del mal?


    4.- El budismo y el cristianismo en el fondo son lo mismo. Reconozco que esto hoy entra muy bien en muchos oídos. Ya llevamos tiempo oyendo a muchos que están convencidos de que a fin de cuentas todos los credos son iguales. No pretendo argumentar sobre este error inadmisible para un cristiano. Basta decir que esa postura contradice el mandato final de Cristo: “Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28, 19-20). Si todos los credos son igualmente válidos, ¿qué sentido tiene que la Iglesia sea misionera?


    5.- En la película queda claro que el cristianismo no puede cuajar en Japón. También esto contradice las palabras anteriores del Señor: “Id y haced discípulos a todos los pueblos”.


    Hasta aquí estos cinco postulados que yo he visto que la película defiende y justifica. Dicho de otro modo: desde diversas instancias católicas se está presentando como película recomendable para los católicos una película que ataca directamente algunas verdades de fe, que se permite corregir a Cristo y contradecir a la misma Palabra de Dios revelada en las Escrituras.

    Sobre el contexto actual.

    Reconozco que me resulta fácil y cómodo ver la película y criticarla. En ambos casos lo hago confortablemente, en un país con libertad religiosa aceptable y sin amenazas de ningún tipo. Más aún, escribo esto en parte porque con mi propia iniciativa concurre la petición de personas conocidas para que exprese mi opinión en público.


    Ahora bien, mientras que yo voy desgranando ideas con las que algunos estarán de acuerdo y me temo que algunos más en desacuerdo, soy consciente de que muchos de mis hermanos en la fe están siendo objeto de persecuciones tan cruentas como las que se narran en la película. Hoy las tierras de Siria, India, Pakistán, China, Irak, Egipto, Nigeria, Chad, Sudán, Libia, Yemen… están siendo regadas por las lágrimas y la sangre de quienes han mantenido viva su fe, mi misma fe, y han sufrido y siguen sufriendo a causa de la misma.


    ¿Recomendarías, lector, a estos cristianos perseguidos y amenazados que vean “Silencio” diciéndoles que es una película muy buena? ¿Tú crees que a los sacerdotes, pastores de estas comunidades, les será muy edificante el contraejemplo de los jesuitas apóstatas de “Silencio”? No hablo de supuestos ficticios ni probables, sino de una realidad muy cruda que están soportando nuestros hermanos en estos países día a día mientras nosotros discutimos de cine. ¿Tú crees que esto tiene algo que ver con la comunión de los santos?


    Yo no sé si en España se repetirá una persecución contra los católicos o no. Pero si volviéramos a tener que sufrirla, yo lo que necesito son palabras de ánimo y fortaleza de espíritu, porque me veo tan débil, al menos, como esos apóstatas. Y si eso se diera, querría tener en mi mente ejemplos de santos mártires, y a mi lado pastores que me edificaran porque van delante de sus fieles en la entrega gozosa de su vida, que es lo que han hecho todos los mártires de todas las épocas, no de gentes que sucumben a una flojera como la mía.


    Estanislao Martín Rincón

    Silencio. Una película que no hace bien - En Cristo y María

  2. #2
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

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    Última edición por Carolus V; Hace 2 días a las 20:24

    Todo el mundo moderno se divide en progresistas y en conservadores. La labor de los progresistas es ir cometiendo errores. La labor de los conservadores es evitar que esos errores sean arreglados. (G.K.Cherleston)

  3. #3
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    Re: Silencio. Una película que no hace bien

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    ​Un silencio muy elocuente

    Un silencio muy elocuente

    · En el libro de Endō y en la película de Scorsese las persecuciones anticristianas en el Japón del siglo XVII ·


    En 1988, Martin Scorsese leyó con admiración y sobrecogimiento Silencio, una novela del escritor católico japonés Shūsaku Endō (1923-1996). En seguida supo que algún día tendría que hacer con ella una adaptación cinematográfica, que sin embargo se dilataría durante tres décadas, por diversos problemas financieros y artísticos. Silencio se trata, en su aparente sencillez y despojamiento, de una obra extraordinariamente compleja, no exenta de similitudes con El poder y la gloria, de Graham Greene. Publicada en 1966, se convertiría pronto en epicentro de una agitada controversia, por tratar el espinoso asunto de la persecución sufrida por los cristianos nipones desde finales del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII, con hitos tan dramáticos como la expulsión de todos los misioneros (1614) o la llamada Rebelión Shimabara (1637-38), que tras ser salvajemente sofocada daría lugar al “período Sakoku”, en el que el culto cristiano fue por completo prohibido. Sobre este desgarrador telón de fondo traza Endō la peripecia de Silencio, que recrea libremente la historia del jesuita portugués Cristóvão Ferreira (1580-1650), quien llegara a ser provincial en el Japón y a sufrir terribles torturas durante la época de persecución más sangrienta, antes de apostatar y adoptar el nombre de Sawano Chuan. La figura de Ferreira se convierte –a imitación del Kurtz de Joseph Conrad-- en el corazón tenebroso de la novela de Endō, en la que se narra la odisea de dos jóvenes jesuitas, los padres Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe, que viajan desde Macao al Japón, dispuestos a conocer la verdad sobre su superior.




    Algunos detractores de Endō han juzgado que Silencio es una novela “ambigua” en términos religiosos, por postular una vivencia privada de la fe y señalar la inutilidad del martirio. Pero se trata de una lectura simplista que la propia complejidad moral y teológica de la novela desmiente. La novela de Endō nos muestra el combate de la fe en circunstancias de sufrimiento extremo, allá donde la capacidad de resistencia humana se enfrenta al silencio de Dios. Desde luego, no hallamos en ella esa moralina edulcorada que tanto gusta a cierto catolicismo emotivista, tan propenso a brindar soluciones netas y facilonas (también irreales) a las cuestiones más delicadas y desgarradoras. Silencio es una novela que –como pedía Flannery O’Connor al artista católico—se adentra en “un territorio que es en gran medida propiedad del Enemigo” y se enfrenta al problema del Mal y del sufrimiento, mostrando sin ambages las tribulaciones de la fe en medio de una persecución crudelísima. Hay pasajes en la novela de una crudeza que nos hiela la sangre en las venas, en los que Endō nos describe los tormentos a los que fueron sometidos los mártires japoneses. Y hay pasajes de una potencia espiritual y una condensación teológica sublimes, en los que se exalta la heroicidad y la grandeza del martirio. Pero también hay en la novela un esfuerzo por comprender las flaquezas de quienes claudican por falta de valor, como el personaje a la vez bufonesco y trágico de Kichijiro, un truhán que una y otra vez niega a Cristo y delata a otros cristianos, pero una y otra vez reclama y encuentra perdón en el padre Rodrigues, a quien vuelve como un perrillo sin amo. Porque Cristo, en efecto, quiso salvar también a Judas, sabiendo que en todo Judas alienta un potencial Pedro. Así lo expresa el padre Rodrigues, en un pasaje especialmente revelador de la novela: “Cristo, en la Última Cena, le dijo a Judas: ‘Sal, ve y haz lo que tengas que hacer’. Ni aun ahora que soy sacerdote he podido captar bien el sentido de esas palabras. ¿Qué sentiría Cristo al lanzar esas palabras a la cara del hombre que le iba a vender por treinta piezas de plata? ¿Las diría con ira y con odio? ¿O serían más bien palabras nacidas del amor? Si eran palabras de ira, Cristo en ese momento estaba negando la salvación a este solo hombre entre todos los hombres del mundo. Judas habría recibido de lleno el ramalazo de la ira de Cristo y no se habría salvado; y el Señor habría abandonado a su suerte a un hombre caído para siempre en el pecado. Pero eso no podía ser. Cristo trató de salvar incluso a Judas. De no ser así, no tiene sentido que lo hiciera uno de sus discípulos”.


    Silencio nos enseña que la misericordia de Dios también comparte el sufrimiento de quienes reniegan de él; pues, como leemos en otro pasaje de la novela: “¿Quién puede asegurar que los débiles hayan sufrido menos que los fuertes?”. Pero sin duda el aspecto más controvertido de la novela de Endō –y de la película de Scorsese— es la solución final que adoptan los padres Ferreira y Rodrigues, que apostatan públicamente y prosiguen su labor evangelizadora en la clandestinidad. No se trata, ni mucho menos, de una vivencia privada y comodona de la fe, sino de una dolorosa renuncia a propagar en los terrados el Evangelio, a cambio de evitar el exterminio de sus hermanos. La novela de Endō, en fin, nos propone una reflexión sobre la llamada “disciplina del arcano”, que tiene un evidente fundamento evangélico: “No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y después, volviéndose, os despedacen” (Mt 7, 6). El propio San Agustín recomendaba a sus fieles que, para evitar la reacción furibunda de los paganos, ocultasen por prudencia sus creencias.

    Dios no quiere que rehuyamos el martirio; pero mucho menos quiere que nos arrojemos al martirio insensatamente, o que nuestra insensatez arroje al martirio a nuestros hermanos. Por supuesto, esta disciplina del arcano puede ser la coartada perfecta para los cobardes que callan y otorgan, deseosos de obtener las recompensas que ofrece el mundo, mientras los valientes son sacrificados; pero esta no es la tesis que se defiende en Silencio, donde en todo momento se nos presenta la fingida apostasía de los protagonistas como un trágico acto de amor a sus feligreses.


    Antes de que Scorsese adaptara para la gran pantalla Silencio ya lo había hecho Masahiro Shinoda en Chinmoku (1971), una obra de grandes cualidades fílmicas que, sin embargo, desvirtúa por completo el sentido de la novela, al pretender que el padre Rodrigues, tras apostatar, se deja arrastrar por la desesperación (como se deduce de una desafortunadísima secuencia final). La versión de Scorsese, por el contrario, es escrupulosamente fiel al original, tanto en la forma como en el fondo.

    Para traducir en imágenes el despojamiento de la prosa de Endō, Scorsese ha renunciado casi por completo al acompañamiento musical (lo que puede hacer un tanto árida la película para el espectador medio) y elegido un tempo pausado (incluso muy pausado, para los usos frenéticos del seudocine actual), así como un recurso discutible, pero extraordinariamente eficaz, que consiste en contar la historia renunciando a truculencias y efectismos, incluso adoptando una mirada que se finge neutral y que, en algunos momentos (por ejemplo, en la secuencia de la muerte del padre Garupe) puede resultarnos fría o distanciada. No creemos que lo sea en modo alguno; y mucho menos que tal aparente frialdad pueda interpretarse como un distanciamiento respecto al sufrimiento de los mártires: la hermosísima y terrible secuencia en la que se nos muestra la lenta muerte de los cristianos que han sido crucificados a la orilla del mar, para que la marea alta los ahogue lentamente, no deja sombra duda de la postura reverencial del director. Pero, sin duda, aún resulta más admirable el escrupuloso respeto que Scorsese muestra por el argumento y las intenciones de Endō, sin hacer ninguna concesión al espíritu incrédulo de nuestra época. Así, por ejemplo, el padre Rodrigues (magníficamente interpretado por Andrew Garfield, que encarna a la perfección la mezcla de ardor religioso y fragilidad del personaje de Endō) escucha, nítida y resonantemente, la voz de Cristo (no la voz de su conciencia) cuando finalmente decide pisar el fumie que se le ofrece, para salvar la vida de otros cristianos: “Písame… Yo he venido al mundo para que vosotros me piséis, he cargado con la cruz para compartir vuestro dolor”.


    Scorsese, en fin, refleja fidelísimamente la intención de Endō en el tramo final de la película, donde la voz narradora (que hasta entonces ha monopolizado el padre Rodrigues) adopta en la novela un tono notarial y algo críptico, para insinuarnos que el protagonista ha seguido evangelizando en secreto a los vigilantes que se encargan de su custodia. Scorsese añade explicitud a lo que Endō apenas insinúa: nos permite ver sin ambages cómo Ferreira hace la vista gorda ante la introducción en el Japón de objetos cuya significación católica pasa inadvertida a las autoridades; nos permite ver sin ambigüedades cómo Rodrigues escucha en confesión a Kichijiro, su delator, y le perdona los pecados; y, en fin, nos brinda un arrebatador plano final que –naturalmente—no desvelaremos, en el que se nos confirma del modo más elocuente que Cristo nunca ha abandonado al protagonista, y que el protagonista no ha cesado de predicar el Evangelio entre las personas que lo han acompañado.
    Silencio
    es la elocuente película de un artista descomunal y un católico que, como Flannery O’Connor, no vacila en adentrarse en territorio enemigo para medirse con los demonios que asaltan a dentelladas la fe. Y, adentrándose en ese territorio, logra remover nuestra fe fofa o mortecina y nos permite escuchar la voz amorosa de Cristo, resonando como un hosanna eterno en nuestro interior, compartiendo nuestro dolor y perdonando a cada instante nuestras flaquezas y desfallecimientos.

    Juan Manuel de Prada
    Última edición por Carolus V; Hace 2 días a las 20:22
    Kontrapoder y ReynoDeGranada dieron el Víctor.

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