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Tema: Catecismo Católico de la Crisis en la Iglesia

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    Re: Catecismo Católico de la Crisis en la Iglesia

    La disolución de las fórmulas eclesiales”


    Revista
    FUERZA NUEVA, nº144, 11-Oct-1969

    LA DISOLUCIÓN DE LAS FORMAS

    Por Jorge Siles Salinas

    Honra por primera vez estas páginas en ilustre profesor y escritor boliviano Jorge Siles Salinas, bien conocido del lector español por sus brillantes artículos en “ABC” y en diversas revistas literarias, así como por su reciente y famoso ensayo “Ante la Historia”, publicado por Editora Nacional.

    Tengo a la mano (1969) la segunda edición del libro de José Luis Aranguren “Catolicismo día tras día”. Es de febrero de 1956, un año después de hecha la edición original. Dio lugar esta obra a una serie de controversias y refutaciones, mas no cabe duda de que la prosa en que está escrito es una de las más depuradas y elegantes del ensayismo hispánico en los años recientes. En uno de los breves comentarios, bajo el título de “Divisiones entre católicos”, al tocar el tema de los conflictos productivos entre los católicos franceses, Aranguren anota la optimista observación (sin duda válida para aquel momento) de que tales discrepancias no se presentan en España: “Pero en la España actual -escribe el agudo pensador- los católicos, por distantes que estemos en nuestra manera de pensar, seguimos, gracias a Dios, unidos”.

    No nos proponemos, en la presente nota, averiguar si el extremo afirmado por aquel libro sigue siendo válido al cabo de los años desde entonces transcurridos. Hay en él otro concepto que nos interesa destacar por ahora; es aquél en que se expresa lo siguiente: “Mas, en trance de quebrantar toda forma, la propia Forma, estilizada y como desmaterializada, ¿no sería pronto reemplazada por un trozo de pan común”? Tienen estas líneas, ciertamente, una importancia decisiva, pues en ellas están contenidas, como en germen, gran parte de las transformaciones que han acompañado el desenvolvimiento de la Iglesia desde la ocasión en que fueron publicadas.

    “Quebrantar las formas”, “eliminar el juridicismo de la Iglesia”, “prescindir de lo institucional en aras de la autenticidad”, “la espiritualidad interior y no las formas rutinarias”, “la actitud de conciencia antes que el formalismo religioso”: he aquí unas cuantas expresiones empleadas una y otra vez por las diversas tendencias que responden al ansia de reforma que se ha apoderado de la conciencia cristiana en la actualidad (1969).

    En el curso de muy breves años, los anhelos contenidos en los lemas que acabamos de citar han tenido ocasión de ser aplicados cada vez más radicalmente en las distintas organizaciones de la Iglesia. Nadie podría negar el hondo aliento de renovación y de justicia que ha inspirado estas tendencias. Sin duda, en todas ellas hay una raíz común de sinceridad y de rectitud; la que ante todo se busca en el movimiento de reforma interna que agita al catolicismo contemporáneo es la eliminación de los gestos rutinarios y de toda falsa exterioridad, para dar paso, en sustitución de todo ello, a un auténtico impulso de liberación que permita a los fieles reconocer el rostro verdadero de la Iglesia -como ahora suele decirse- despojándolo de todo aparatoso ritualismo o, por mejor decir, rodeándolo de una luz de simplicidad y de pureza.

    Es preciso reconocer, sin embargo, que todos estos fenómenos, tan alentadores y promisorios en sus orígenes y en sus propósitos, no han podido producirse sin que los acompañasen diversas circunstancias que han ocasionado una honda crisis espiritual que amenaza tomar el aspecto de un estallido caótico y desintegrador.

    Nos detendremos aquí solamente en una de las dimensiones de esa crisis que acaso sea la más visible e inquietante, a saber, en el proceso que podríamos llamar de “disolución de las formas”, de cuyas tremendas consecuencias parecen no haberse percatado aún muchos de los que se hallan interesados en que no se malogren las esperanzas puestas en la nueva etapa que vive la Iglesia.

    En efecto, bajo el impulso de las nuevas orientaciones que agitan a la grey cristiana, todo lo que afecta a la vida institucional, a la estructura orgánica de la Iglesia parece hallarse en crisis y muestra un desolador panorama de incertidumbre y confusión. Parece oportuno recordar a este respecto un pensamiento de Ortega expuesto a través de una sugestiva anécdota que está en la memoria de todos los lectores: el gitano ha acudido a confesarse y,al preguntarle el sacerdote si se conoce los mandamientos de la ley de Dios, el aturdido feligrés responde: “Misté, padre; yo loh iba aprendé, pero he oío un runrún de que loh iban a quitá”.

    Se diría que todo es hoy materia de contradicción en el seno de la cristiandad. Nos sostenemos sobre terreno movedizo en que todo cambia de un día para otro y no hay nada seguro ni estable en punto a usos, a creencias, a las prácticas del culto, a las normas de la moral, al sentido de la autoridad y al valor del magisterio.

    La más patente consecuencia de todo ello es la pavorosa situación que afecta a los seminarios. Las vocaciones se acaban, las deserciones sacerdotales aumentan de día en día, las casas religiosas se despueblan. Vastos edificios de construcción reciente, como el seminario o el noviciado de los jesuitas de Santiago de Chile, carecen ya de objeto, pues se ha extinguido la corriente vocacional que los alimentaba. Levantado hace diez o veinte años, respondiendo a amplios diseños arquitectónicos, se ve que sus constructores estaban animados de la seguridad de que cada vez sería mayor el número de los postulantes que habrían de evitar detrás de sus muros. Hoy constituye un problema para las autoridades eclesiásticas el destino que habrá de darse a esos vacíos pabellones.

    Los ansiosos reformadores de la religión, poseídos de un ímpetu que ellos se jactan de llamar revolucionario, profesan un infinito desdén hacia todo cuanto signifique vida institucional en la Iglesia. A su juicio, las instituciones deberían ser todas demolidas sin tardanza. Universidades católicas, colegios católicos, periódicos católicos, sindicatos católicos: todo eso es falso, todo eso estorba, todo eso no es sino señal de un “triunfalismo” fuera de tiempo.

    Hemos leído en un texto reciente estas reveladoras palabras: “Las instituciones constituyen el mayor obstáculo para todo diálogo con los no cristianos”. El signo de los tiempos es el aconfesionalismo; por lo tanto, las universidades antes llamadas católicas deben apresurarse a cambiar de nombre; los sindicatos deben borrar de su sigla la “C” que delata sus antiguos orígenes. Las viejas Órdenes religiosas -cimiento de la institucionalidad de la Iglesia- pasan, ellas también, por una crisis profundísima que afecta su mismo ser, que alcanza a los motivos mismos de su subsistencia.

    Los límites se borran, las formas -que dan a las cosas su entidad reconocible y definida- se diluyen en la nada. Se suprimen las fronteras que antaño separaban a los cristianos de los que no lo son. No es posible ya distinguir al sacerdote del que no lo es. Con los trajes y los hábitos van desapareciendo los rasgos propios que daban a las cosas, a los lugares sagrados, a los templos mismos, su fisonomía inconfundible. Carecen de un perfil distintivo las moradas antaño reservadas a la oración y al culto. La vida conventual se dispersa. La desaparición de las imágenes en los templos católicos es, desde luego, una de las manifestaciones evidentes de esta disolución de las formas.

    Se desvanece la línea que distinguía lo permisible de lo prohibido. La noción misma de pecado parece ya carecer de sentido. Alegremente, unas ex monjitas neoyorquinas proclaman que “el pecado no existe”. La confesión es, entre los sacramentos, el más afectado por la universal perplejidad que embarga a los fieles y a sus pastores. Hay confesiones públicas, en conjunto, siguiendo una lista de transgresiones que alguien lee en voz alta. A los niños que se preparan a la primera comunión se les dice que no deben confesarse, pues se supone que en el alma del niño el pecado no tiene cabida.

    Por supuesto, ya no es pecado -se dice- dejar de oír misa el domingo. Da lo mismo hacerlo el sábado que el domingo. Ya no hay un calendario cristiano, puesto que los días de precepto van desapareciendo uno a uno. Toda la hermosa literatura acumulada en los últimos años sobre el significado del domingo -Guardini, Pieper, Bollnow, Lain- por lo visto no sirve ya para nada.

    La Misa se ve afectada por toda clase de audacias, por las innovaciones más desconcertantes, por intercalaciones, supresiones e improvisaciones que siembran la anarquía en el principal acto del culto, exasperando a los fieles mediante las alteraciones con que en cada ocasión se les sorprende y se les ofende en su anhelo de serena y confiada comunión con Dios. Como en el llamado “teatro del absurdo”, hecho para sacar al espectador de sus casillas, acuciándole con mil paradojas y sorpresas, así también parece que en la celebración de la Misa muchos sacerdotes buscaran el modo de impedir que sus feligreses asistieran rutinaria y burguesamente al acto eucarístico, llevando de un modo deliberado a su ánimo el desasosiego y la inquietud.

    ¿A qué seguir con nuevos ejemplos? Podrían llenarse páginas y páginas comentando toda esta furiosa ansia de novedades que agita hoy al mundo cristiano. Sin duda, se ha visto ya cumplida la aspiración que Aranguren expresara al preconizar el “quebrantamiento de toda forma”. Mas, ¿no habrá ocurrido con ello que se haya ofendido de mil maneras a Aquél que esconde su presencia real detrás de la Forma que el sacerdote consagra según las palabras aprendidas para siempre en la víspera de la crucifixión?


    Última edición por ALACRAN; 27/02/2025 a las 13:18
    "... Los siglos de los argumentadores son los siglos de los sofistas, y los siglos de los sofistas son los siglos de las grandes decadencias.
    Detrás de los sofistas vienen siempre los bárbaros, enviados por Dios para cortar con su espada el hilo del argumento." (Donoso Cortés)

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