A propósito de las canonizaciones de Juan Pablo II y Juan XXIII
Marcelo González
El domingo 27 de abril de 2014 pasará a ser una fecha histórica.Ese día –si Dios no dispone otra cosa- serán canonizados los papas Juan XXIII, Angelo Roncalli, y Juan Pablo II Karol Woytila. Dos figuras emblemáticas de la llamada por sus propios miembros “Iglesia conciliar” y por el ilustre teólogo argentino P. Julio Meinvielle, “iglesia de la publicidad”.La expresión primera indica una ruptura: hay una Iglesia de “antes” y una de “ahora”, no como mera referencia temporal, sino como producto de un cambio esencial. El cambio es en la doctrina y en la liturgia. Antes se creían ciertas cosas y se rezaba oficialmente (culto público, liturgia) de determinada manera. Ahora se creen otras cosas y se reza de otra manera. Consecuencia del viejo apotegma “lex orandi, lex credendi”.“Iglesia de la publicidad” se aplica a ese raro fenómeno que nace del neomodernismo conciliar, y que pone a la Iglesia en una situación inédita en su historia: papas verdaderos, legítimamente electos, con todo su poder de jurisdicción, con responsabilidades propias de su oficio, a la vez favorecen, promueven, enseñan doctrinas y prácticas reñidas con la ortodoxia de la FE.¿Son estos papas, en sus personas, enemigos ocultos de la Iglesia que se han infiltrado para destruirla? ¿Podría Dios permitir que una persona con tales intenciones llegara al Solio Pontificio? La respuesta más bien se orienta en el sentido de que son personas trabajadas por ideas liberales, es decir, que creen en la autonomía del pensamiento humano de las normas divinas, hasta cierto punto, de modos diversos, en materias diversas. Creen en los derechos del hombre codo a codo con los derechos de Dios. Dios es Dios, pero el hombre puede o no creer en Él, no como mero hecho, sino como derecho.El hombre tiene –dicen- el derecho de creer en Dios o no, o de creer que Dios es como al hombre le parece y que se le rinde culto de cualquier manera o de ninguna manera. Y esto no obstaculiza su salvación. Porque Dios ha dado al hombre una dignidad que es inmarcesible, y en esa dignidad misma, dicen los conciliares, está el mérito de la salvación. El hombre se salva por hombre, porque cada hombre, ha dicho reiteradamente Juan Pablo II, por el hecho de serlo está unido al sacrificio salvífico de Cristo. De modo que en última instancia, se salva.Esta doctrina la ha repetido el P. Cantalamessa en su homilía del Viernes Santo en presencia de Francisco: hablando de “il nostro fratello Juda”, Judas Iscariote, ha puesto énfasis en que su traición no le ha merecido necesariamente la condena. De hecho, dijo el predicador, no consta que persona alguna se haya condenado. De modo que el pecado es un condimento de la vida humana, no un obstáculo para alcanzar la visión beatífica, fin último del hombre.Es difícil saber si estos papas han ingresado a la Iglesia con intención de destruir su doctrina o su liturgia. Lo seguro es que cuando fueron elegidos tenían sus propias ideas sobre lo que es “bueno” para la Iglesia. Roncalli, su “concilio pastoral”; Paulo VI, su reforma litúrgica; Juan Pablo II, su encarnación del Concilio en toda la estructura jurídica, disciplinaria, litúrgica y en su praxis pastoral.Son papas que, paradojicamente, se han lamentado de sus obras: Juan XXIII murió amargado por el curso del Concilio, cuyos esquemas oficiales eran de muy distinto tenor que los impuestos luego por los modernistas. Paulo VI, se sabe, con sus quejas por la “autodestrucción”, “el humo de Satanás”, meramente declarativos, y también porque algunas de sus encíclicas trataron de reencausar las cuestiones que el concilio disparó con ferocidad hacia el abismo: la doctrina matrimonial, la constitución de la Iglesia, la presencia real en el Santísimo Sacramento… Juan Pablo II obró algo contra el dislate de la Teología de la Liberación, hizo inútiles recomendaciones sobre disciplina sacerdotal –mientras dejaba que cada uno hiciera lo que le venía en ganas en la materia, e inclusive apañó personalmente graves situaciones de inmoralidad de sacerdotes-. Se quejó al fin de sus días de la “apostasía silenciosa” de la Europa cristiana, como si él no hubiese tenido nada que ver con ello tras 26 años de pontificado.Pero no es mi intención aquí discutir las de los papas, que por otro lado solo la historia podrá vislumbrar y conoceremos completamente en el juicio final. Mi intención es tomar posición sobre lo que va a ocurrir, si Dios no lo remedia interviniendo directamente, impidiendo que por un capricho de secta (la secta modernista) y pasando por encima de los procedimientos normales, aún los abreviados por Juan Pablo II, se canonice a dos papas por razones ideológicas, cuando a ojos vista han sido responsables de inmensos daños doctrinales, disciplinarios y cultuales de la Iglesia.Se pretende canonizar las ideas de la secta neomodernista, y los catastróficos resultados de su aplicación por la vía del Concilio Vaticano II y sus derivaciones. Se han saltado los plazos, se han omitido las objeciones, se han aprobado milagros dudosos, y en el caso de Juan XXIII, se obvió el proceso completo. Estas canonizaciones constituyen un acto de flagrante ilegalidad e ilegitimidad.Cuando digo: “si Dios no lo remedia” quiero decir que tengo la esperanza cierta de su intervención directa que lo impida. Pero no tengo (obviamente nadie podría tenerla) la certeza de los tiempos divinos. Dios podría detener aquí esta espantosa crisis, que Francisco ha potenciado de un modo increíble, o ponerle un freno brutal. Son los tiempos de Dios, es su Providencia, El está en el comando de la historia y con más razón de la historia de la Iglesia, de la que sabemos con certeza de dogma que “las puertas del Infierno no prevalecerán sobre Ella”.Millones de personas corren riesgo de perder sus almas siguiendo las falsas doctrinas que se predican desde el mismo Solio Pontificio. Y a partir del domingo, más aún, refrendando todos estos errores con unas canonizaciones írritas e ilegales.A los que estamos ciertos de esta situación, nos queda solamente reforzar la esperanza en la hora que Nuestro Señor ha elegido para intervenir en la historia, del modo que El haya elegido, y con las consecuencias que El haya previsto. Fuertes en la Fe, dolidos por Caridad hacia nuestros hermanos, sacerdotes y fieles y por la humanidad toda en tinieblas a causa del apagamiento del faro de verdad y certeza que ha sido siempre la Iglesia.No pretendamos dar respuesta a aquello que está fuera de nuestra competencia, asumiendo falsas soluciones que solo complican más las cosas. Ni amargando nuestro celo con obsesiones por saber lo que nos está vedado conocer. Ese es el camino de la inquietud, el sobresalto permanente y hasta la pérdida del equilibrio mental. Ya hemos visto demasiado de eso.Asumamos humildemente la gravedad de la hora, con sencillez evangélica, porque en el Evangelio mismo está previsto que este tiempo sobrevendría para gran confusión, pero también como castigo por los pecados de los propios católicos. Recemos sin cesar y sacrifiquémonos por la Iglesia y por aquellos que están en el error.Que Dios, el Señor, tenga piedad de nosotros y nos guarde de todo mal, nos fortalezca en la Fe y en la Esperanza y reavive nuestra desfallecida Caridad.
¿Qué hacer ante lo que viene? | Panorama Católico Internacional
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