No, hombre, la Iglesia no se debe abandonar sólo porque haya malos pastores. Hay mucha mala mezclada con el trigo bueno, y cada vez es más la cizaña. La sal se ha vuelto sosa, y muchos sacerdotes y obispos contemporizan y ceden ante el mundo, pero precisamente entonces es cuando más debemos preocuparnos por ser la sal de la tierra.
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