Vuelve el Maestro Gelimer:CAERSE DEL CABALLO
EL ANTIQUÍSIMO SÍMBOLO DE LA CAÍDA DEL CABALLO
Cuando la reina María Cristina de Borbón entró en la corte se le ordenó al coronel D. Tomás de Zumalacárregui que, al frente de su regimiento, diera escolta a la recién llegada. Como si de un funesto presagio se tratara, Zumalacárregui sufrió ese mismo día una caída del caballo.
Pensemos en el profundo simbolismo que se oculta en la caída del caballo.
Desde los tiempos más remotos, el caballo de por sí contiene un profundo simbolismo que comparten los pueblos indoeuropeos: para los celtas era el animal psicopompos (que conducía a las almas de los difuntos -sobre todo, heroicos- al otro mundo), pero en el mundo helénico también cabe encontrar dos ilustres relatos míticos relativos a la caída, sino del caballo sí que de carruajes tirados por caballos.
Nos referimos al famoso mito de Faetonte, hijo de Helios (el sol) y Clímene. Faetón, desoyendo las recomendaciones de Helios, quiso conducir el carro del sol, perdió el dominio del carruaje y cayó en el río Po, donde los dioses lo convirtieron en cisne.
El otro relato nos lo procura Platón en su diálogo "Fedro" con el no menos famoso "mito del carro alado", donde el filósofo, después de establecer una correspondencia entre el alma y un carro tirado por dos caballos y conducido por un auriga, nos insta a gobernarnos por la parte racional (el auriga), pues si preponderara alguna de las dos partes inferiores (cualquiera de los dos caballos, símbolo de la concupiscencia y la irascibilidad) nos arrastraría a la caída.
Con el cristianismo se produce una de las más ruidosas caídas del caballo, la del fanático judío Saulo que, derribado en el camino de Damasco, queda ciego para recuperar la visión en la conversión a Cristo. Hechos de los Apóstoles: "Estando ya cerca de Damasco, de repente se vio rodeado de una luz del cielo; y cayendo a tierra, oyó una voz que le decía: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?"...".
En la literatura del siglo de oro el asunto de la caída del caballo prolifera. Algunos ejemplos:
En la primera jornada de "Peribáñez y el Comendador de Ocaña", de Lope de Vega, las bodas de Peribáñez con Casilda se verán ensombrecidas por el accidente que sufre el Comendador al caer de su caballo. Por la práctica imposibilidad de representar la escena en el teatro de aquel tiempo, nos lo cuenta con donosura el personaje Bartolo:
"El Comendador de Ocaña,
mueso señor generoso,
en un bayo que cubrían
moscas negras pecho y lomo,
mostrando por un bozal
de plata el rostro fogoso,
y lavando en blanca espuma
un tafetán verde y roxo,
passaba la calle acaso;
y viendo correr el toro
caló la gorra y sacó
de la capa el braço airoso.
Vibró la vara, y las piernas
puso al bayo, que era un corço;
y, al batir los acicates,
revolviendo el vulgo loco,
trabó la soga al caballo,
y cayó en medio de todos."
La caída del caballo acarrea al Comendador ver por vez primera, en el día de las nupcias de la lugareña, a la bella Casilda. El Comendador se quedará prendado de la recién casada y hará todo lo que esté a su mano para lograrla, desafiando las normas morales y labrándose el aciago desenlace que de ahí se precipitará.
La primera escena de "La vida es sueño", también nos pone ante los ojos al personaje de Rosaura, disfrazada de hombre, recién caída del caballo y, por las referencias que brotan en el discurso de Rosaura, podemos afirmar que Calderón de la Barca sabía lo que estaba haciendo:
"Hipogrifo violento,
que corriste parejas con el viento,
¿dónde, rayo sin llama,
pájaro sin matiz, pez sin escama,
y bruto sin instinto
natural, al confuso laberinto
desas desnudas peñas
te desbocas, te arrastras y despeñas?
Quédate en este monte,
donde tengan sus brutos su Faetonte;
que yo, sin más camino
que el que me dan las leyes del destino,
ciega y desesperada
bajaré la cabeza enmarañada
deste monte eminente
que abrasa al sol el ceño de la frente".
Dice Rosaura.
Otras "caídas del caballo" podemos hallar en otras obras dramáticas, como en "La serrana de la Vera" de Luis Vélez de Guevara.
Podemos decir que existe una larguísima tradición que se remonta a remotas edades en que la caída del caballo fue interpretada como fatal presagio de desgracia. El caballo y el jinete forman una unidad, similar a la que el dualismo antropológico afirma haber entre cuerpo y alma. Contra la superstición que existía ante el suceso de caer del caballo, creemos que la caída del jinete vendría a simbolizar, más que una indefectible desgracia próxima, la ruptura de un proceso en la vida del personaje.
La enseñanza que nos transmiten los relatos sobre el carro de Faetonte y el Auriga platónico nos advierten del peligro que entraña cualquier desmesura contraria a la sensatez. En el ámbito cristiano, tanto las caídas de San Pablo, la del Comendador o la de Rosaura (permítasenos incluir a los personajes literarios en nuestra consideración), también la de Zumalacárregui, nos presentan un momento crucial de la vida de quienes caen. Ser derribados del caballo será como el punto de inflexión que marcará un antes y un después.
Después de caernos del caballo, puede que podamos volver a montarnos. Pero nada será ya lo mismo.
LIBRO DE HORAS Y HORA DE LIBROS: CAERSE DEL CABALLO
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