Lecciones de historia
JUAN MANUEL DE PRADA
La degeneración que se aprecia en los retratos de los caballeros de la Orden de Malta se aprecia también en la fe de la Cristiandad
A través de la pintura uno aprende mucha historia, pero sobre todo mucha filosofía de la historia. En la isla de Malta, me tropiezo en pinacotecas y palacios, como no podía ser de otro modo, con abundantes retratos de caballeros de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, más conocida como Orden de Malta. Si uno repara en los retratos de los caballeros y maestres del siglo XVI, enseguida entiende la razón por la que el emperador Carlos I les donó esta pequeña posesión aragonesa: eran hombres valerosos y austeros, de rasgos adelgazados por una fiebre mística, llenos de una gallardía severa, mitad monjes y mitad soldados, que lucían sus uniformes sin boato, como si fuesen hábitos religiosos tras los cuales se oculta una loriga. Malta ya era por entonces una plaza codiciada por los turcos; y el emperador español debió de entender que en manos de aquellos hombres curtidos por igual en el ejercicio de la caridad y de las armas, aquellos hombres que habían limpiado las llagas a los leprosos y combatido a los infieles en Tierra Santa, la isla estaba en manos seguras. Pocos años después tendrían ocasión de demostrarlo, durante el asedio de 1565, en el que los caballeros de la Orden de Malta lograron retener la isla frente al empuje de los turcos, protagonizando episodios de desmedido heroísmo. Después de esta victoria, la isla de Malta alcanzaría su mayor pujanza; y el arte barroco –el hermoso arte de la contrarreforma— adquiriría en estas tierras un esplendor único.
Pero, ¿qué le ocurrió a la Orden de Malta, en apenas un siglo o siglo y medio? No hay sino que seguir contemplando los retratos de sus grandes maestres: donde antes había austeridad, descubrimos armiños y oropeles; donde antes había rostros enjutos, macilentos, embellecidos por el ayuno y la oración, ahora descubrimos rostros sonrosaditos, blandulosos, estragados por la vida muelle y regalada; donde antes contemplábamos barbas viriles y cabellos casi monacales, ahora nos sobresaltan bigotes almidonados de guías superlativas, pelucones escarolados, barbitas de petimetre (más bien moscas o perillas); donde antes los caballeros miraban con ojos severos, como tallados en pedernal, ahora miran con ojillos aviesos, lascivos, gelatinosos. ¿Cómo iban a aguantar estos lechuguinos un asedio similar como el que soportaron sus predecesores? Bastó con que Napoleón acercara sus naves a la isla para que se cagaran por la pata abajo. Ciento cincuenta años antes, sus predecesores habrían mandado a muchos gabachos al infierno, antes de entregarse; y lo habrían hecho, por supuesto, rezando una oración por la improbable salvación de sus almas.
Pero, en realidad, esta degeneración que se aprecia en los retratos de los caballeros de la Orden de Malta se aprecia también en la fe de la Cristiandad; y esto también nos lo muestran las pinturas. En la época de la contrarreforma pintaban en Malta maestros como Mattia Preti o Caravaggio; tal vez fueran unos pecadores contumaces, pero su arte religioso está lleno de arrebato, genialidad y tensión estética. En el siglo XVIII, el pintor predilecto de la Orden de Malta era Antoine de Favray, que tal vez fuese un meapilas de misa diaria, pero su pintura muestra el desfondamiento de la fe, su conversión en ritualismo huero y sensiblería de cagapoquito. Viendo esta evolución penosa de la pintura religiosa en los museos e iglesias malteses, uno entiende las calamidades que pronto azotarían a la Iglesia, que ya desde entonces no han dejado de azotarla. Cuando la Revolución Francesa estallase, la fruta ya estaba madura (¡y hasta un tanto podrida!). Y es que los enemigos más peligrosos siempre acampan intramuros.
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