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Tema: Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

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    Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

    En el siglo XIX, mientras luchaban los católicos de Inglaterra e Irlanda por su libertad, en el seno mismo del anglicanismo se producía una crisis religiosa, que orientó a muchas y muy nobles almas hacia Roma.

    Sabido es que, de las sectas disidentes del siglo XVI, la que menos destruyó del depósito de la revelación cristiana fue el anglicanismo. Sin embargo, a principios del XIX, la Iglesia anglicana arrastraba una vida lánguida y se veía en peligro de sucumbir totalmente por la corrupción de su clero, atento únicamente a las comodidades de la vida, sin espíritu sacerdotal cristiano, para quien la religión se reducía a la recitación formalista de las oraciones del domingo. Sufría, además, los ataques de la escuela liberal, criticista y racionalista, cuyo espíritu dominaba en la llamada Iglesia latitudinarista (Broad Church). Los conservadores en política constituían la Alta Iglesia (High Church), grupo de selección y nobleza, que alardeaba de ortodoxia, pero sin popularidad alguna (high and dry). Otra tendencia era la que se decía evangélica, y que se inspiraba en el metodismo de J. Wesley; más que Iglesia era un partido religioso, que aspiraba a renovar la piedad individual con cierto fanatismo seudomístico, sin sólidoc ontenido dogmático y doctrinal.

    El romanticismo había removido el fondo sentimental del alma inglesa con Walter Scott, Coleridge, Wordsworth, como había sucedido en Francia con Chateaubriand y en Alemania con los Schlegel, Novalis y tantos otros. Después de las guerras napoleónicas sobrevino la preocupación religiosa. Varios sucesos habían contribuido a crear un ambiente propicio al catolicismo. Primeramente, los numerosísimos sacerdotes franceses del tiempo de la revolución, que al refugiarse en Inglaterra supieron borrar muchos prejuicios y actuar como un fermento en la masa del país. En segundo lugar, la actitud del papa Pío VII, oponiéndose al bloqueo continental decretado por Napoleón contra Inglaterra, y el levantamiento heroico de la católica España contra el tirano de Europa.

    Conviene, sin embargo, advertir que el movimiento de Oxford, de que vamos a tratar, en su origen y en su evolución obedece a móviles interiores y a razones espirituales. Y es curioso que este movimiento de reforma eclesiástica, con ansias de espiritualizar su Iglesia anglicana, libertándola del Estado y de la política, para retrotraerla a la pureza dogmática y disciplinar de los tiempos primitivos, es universitario, pues nace entre los más eminentes profesores de la universidad de Oxford, clérigos (clergymen) por lo general, que dejan la ciencia de sus cátedras para regentar una parroquia o tener cura de almas. Su origen es doble: brota del estudio serio y profundo de la historia de la Iglesia primitiva, y por otra parte, tiene raíces en un fondo sentimental, religioso, ascético y aun poético...
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    Re: Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

    2 El movimiento de Oxford

    No fue un libro de teología el primero que hizo volver a los anglicanos a la primitiva Iglesia, sino un librito de poesías titulado The Christian Year o Año cristiano, colección de cánticos espirituales para los domingos y fiestas. Aunque anónimo, su verdadero autor era Juan Keble, un cura de aldea nacido en 1792, que se había conquistado gran renombre en Oxford con su brillante carrera universitaria y vivía ahora en la oscuridad, llevando una vida piadosa, mortificada, ayunando todos los viernes del año y cumpliendo los deberes de su ministerio pastoral. El éxito maravilloso de aquellos sencillos versos, inspirados en los misterios de la fe, en la santidad del culto, en la gracia de los sacramentos, en la comunión de los santos, convirtió a su autor en imprevisto maestro y guía de cuantos soñaban en una evolución religiosa dentro del anglicanismo. Discípulo predilecto de Keble era Ricardo Froude, joven y entusiasta, generoso, original, amigo de todo lo bello y de un ascetismo riguroso con aspiraciones a la santidad.

    Amigo de Froude y miembro, como él, del Oriel College de Oxford, siente las mismas inquietudes un joven extraordinario, cuyo nombre será inmortal: Juan Enrique Newman. Nacido en 1801, de padre banquero y de madre descendiente de hugonotes, aquel universitario parecía una mezcla de S. Agustín y de Pascal; se había ordenado in sacris en 1824 y desde 1825 regentaba una cátedra. Enfrascado siempre en los estudios, aislado, silencioso, reservado, sin más distracciones que la música, alimentaba una profunda vida interior, por más que respecto del catolicismo romano estuviese lleno de prevenciones, hasta tal punto que en su Gradus ad Parnasum había borrado los epítetos que acompañan a la palabra “papa” como “sacer Christi vicarius”, “sacer interpres”, reemplazándolos por otros injuriosos.

    Muchos de sus prejuicios fueron cayendo a medida que se engolfaba en la lectura de los Santos Padres, a los que, tanto él como sus dos amigos Keble y Froude, se entregaron con apasionamiento en busca de la auténtica regeneración cristiana. Froude metió en el alma de Newman la idea de la tradición y la trascendencia de una Iglesia independiente del Estado y bien jerarquizada. En 1828 escribía que su espíritu no hallaba descanso, que estaba en camino, que “se sentía avanzar lentamente, conducido como un ciego por la mano de Dios, sin saber adónde". No obstante, cuando al año siguiente vio que se otorgaba a los católicos el bill de emancipación, solo dedujo que aquello era una prueba de la invasión del filosofismo y del indiferentismo religioso.

    Desde 1826, desempeñaba el cargo de repetidor (tutor) en el colegio Oriel de Oxford, colocación que le daba gran influencia sobre los jóvenes universitarios, los cuales se apiñaban en torno a él, atraídos por su prestigio, su rectitud, su simpatía y honda religiosidad. Y no menguó esta autoridad cuando en 1828, sin dejar de ser tutor,recibió el nombramiento de párroco o vicario de Santa María de Oxford.

    Por motivos de salud, Froude y Newman pasaron el invierno de 1833 viajando por las costas del Mediterráneo y disfrutando de las evocaciones históricas, literarias y religiosas que les sugería el paisaje y los monumentos artísticos. Entraron en Roma y hablaron con Nicolás Wiseman, rector entonces del Colegio inglés, y aunque ambos amigos admiraron en la Ciudad Eterna “un profundo substratum de cristianismo”, no se desprendieron de sus prejuicios contra la que Newman llamaba “gran enemiga de Dios, bestia maldita del Apocalipsis”. Creyó ver allí supersticiones y politeísmos idolátricos (son sus palabras) que repugnaban a su espíritu, y exclamaba: “¡Oh Roma! ¡Si no fueras Roma!... En cuanto al sistema católico romano, lo he detestado siempre tanto que no puedo detestarlo más; pero en cuanto al sistema católico, yo le estoy cada día más aficionado”. Casi diariamente, aquel viajero poeta expresaba sus impresiones en poesías, hasta que regresó con su amigo en la persuasión de que algo grande que hacer le esperaba en Inglaterra.

    Entre tanto, un bill del Gobierno (1833) acababa de suprimir parte de los obispados anglicanos en Irlanda, porque no tenían súbditos, y en protesta contra semejante intervención de la política en el terreno religioso y eclesiástico, que consideraban como una medida arbitraria y persecutoria, el teólogo de Cambridge Hugh Rose, con sus amigos W. Palmer y Arturo Perceval, levantó su grito de protesta.

    Los de Oxford no se contentaron con protestar; Juan Keble subió al púlpito y con su famoso sermón sobre La apostasía nacional, predicado ante la universidad el 14 de julio de 1833, inició un movimiento religioso de retorno al cristianismo primitivo, al dogma y a la teología. Este sermón, que corrió impreso por toda Inglaterra, recordaba que Inglaterra, en cuanto nación cristiana, era una parte de la Iglesia de Cristo, y que estaba sujeta en su legislación y en su política a las leyes fundamentales de esa Iglesia. “Todo fiel -churchman- debe consagrarse enteramente a la causa de la Iglesia apostólica”. Esta Iglesia por ellos proclamada debía seguir una vía media entre Roma y el anglicanismo, teniendo por norma las palabras de san Vicente de Lerins, “quod ubique, quod Semper, quod ab omnibus”.

    (continúa)
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    Re: Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

    3 Conversión de Newman

    Juan Enrique Newman se adhirió con toda el alma al movimiento y se puso al frente de él con una serie de hojas volantes o artículos sueltos (Tracts for the Times), el primero de los cuales, anónimo y de sólo tres páginas, empezaba así: “A mis hermanos en el sagrado ministerio, los presbíteros y diáconos de la Iglesia de Cristo en Inglaterra, ordenados para ello por el Espíritu Santo y la imposición de las manos...” (9 septiembre 1833). Los tracts de Newman hablaban de los sucesores de los apóstoles y de que el poder de los obispos y presbíteros no depende del Estado, sino de Cristo por sucesión apostólica; y, por tanto, la reforma de la Iglesia anglicana depende exclusivamente de las autoridades eclesiásticas; denunciaban las alteraciones en la liturgia, y especialmente en los funerales; trataban de la constitución divina de la Iglesia, de los sacramentos, etc., aproximándose, sin pretenderlo, a Roma. Convencido de que “las universidades son los centros naturales de los movimientos intelectuales”, Newman no firmaba los Tracts, porque quería que saliesen como emanados de la Universidad de Oxford.

    Froude, imposibilitado por la enfermedad, no puede hacer otra cosa que animar a Newman y estimular su ardor; pero en cambio le viene la colaboración de otro personaje, profesor de máximo respeto por su saber y sus virtudes, Eduardo Pusey (1800-1882), amigo de Newman, de Froude y de Keble.

    Desde 1835, Pusey continúa la serie de Tracts (90 tracts hasta 1841) con otro estilo menos brillante, pero haciendo sólidos estudios y largas disertaciones eruditas, v. gr., los tratados sobre el bautismo, sobre el ayuno, sobre la penitencia. Al mismo tiempo fundaba una Biblioteca de Padres de la santa Iglesia Católica antes de la división de Oriente y Occidente, traducidos al inglés.

    El entusiasmo despertado entre la parte más sana del clero y de los universitarios fue increíble; pero ¿no era aquello puro romanismo?Acusaciones de este género aparecían de vez en cuando contra los “tractarianos”. Y no sin razón. Estudiando a los Santos Padres, Newman se persuadió, como lo confesará más tarde, que, de persistir él en sus ideas antirromanas, debería haber estado de parte de los herejes monofisitas y, por tanto, contra la Iglesia antigua. De la influencia y autoridad que por entonces gozaba en los círculos de Oxford es claro indicio la respuesta que solía dar William J. Ward cuando le interrogaban por su fe: “Credo in Newmanum”.

    Y Newman se dio cuenta de que por la vía media no iban a ninguna parte, porque pensar en una Iglesia nueva era absurdo, y, por otra parte, la anglicana no poseía ni catolicidad ni sucesión apostólica que se remontase hasta Cristo. Problema terrible, para cuya solución necesitaba del auxilio divino. Había que retirarse a orar. Así lo hizo en 1842, recogiéndose con unos amigos en la soledad de Littlemore, “su Torres Vedras”, como él dirá, aludiendo a la campaña de Wellington. Tres años de oración y de estudio. En 1843 publica una retractación de sus antiguas invectivas contra Roma. Su amigo G. J. Ward da a luz en 1844 «El ideal de la Iglesia anglicana», poniendo como modelo la Iglesia romana, y al año siguiente se hacía católico. La conversión de Newman no se hizo esperar. El 8 de octubre de 1845 pronunciaba su abjuración en Littlemore ante el P. Dominic, pasionista.

    Por consejo de N. Wiseman abandonó Inglaterra y se dirigió a Roma, a fin de prepararse para el sacerdocio católico, que recibió en la primavera de 1847. Aficionado a los oratorios de San Felipe Neri, cuando a fines de aquel año regresa a Inglaterra, lo primero que hace es fundar en Birmingham la primera casa del Oratorio. Inmediatamente se le agrega Federico G. Faber, convertido pocos días después de Newman, y que llegará a ser un gran escritor ascético-místico.

    Eran muchísimos los que dieron el paso decisivo hacia la Iglesia católica en unión con Newman o siguiendo su ejemplo. Sin embargo, ni Keble ni Pusey -y éste pasaba por un santo del anglicanismo- acompañaron a su amigo. El mismo Froude, confidente de Newman y que se había acercado más que él con sentimientos de simpatía hacia Roma, había muerto tísico antes de entrar por las puertas de la Iglesia. El movimiento de conversiones fue creciendo. Basta citar entre los nombres más ilustres a Enrique y Roberto Willberforce, T.G. Allies, E. Manning, C. Patmore, G. M. Hopkins, F. Bishop, etc. El mismo lord Gladstone vaciló algún tiempo, mas no se sintió con ánimo bastante.

    (continúa)

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    Re: Historia del catolicismo en Inglaterra (ss. XIX-XX): Newman, Manning, Wiseman...

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    4 El puseyismo

    Terminada con la conversión de Newman la primera etapa del movimiento (el tractarianismo), empieza la segunda, denominada el puseyismo, porque su verdadero jefe es Eduardo Pusey. Éste, aunque casado, como Keble, llevaba una vida ascética de oración, penitencia y estudio. Buscaba sinceramente la verdad y creyó hallarla, no en Roma, sino en la unión de las tres Iglesias (romana, griega y anglicana). En unión con sus partidarios y amigos, esforzábase por dar al anglicanismo una vida religiosa más intensa, mientras llegaba la hora de darle la catolicidad por la unión con la Iglesia romana, purificada. El ritualismo, por él acaudillado, reproducía lo más exactamente posible las instituciones y devociones católicas, restringiendo, eso sí, la autoridad del papa y el culto a la Santísima Virgen, en lo cual pensaba que los católicos se excedían.

    Por lo demás, no solo admitía la doctrina de la tradición, la justificación, la presencia real de Cristo en la Eucaristía, la transubstanciación, el purgatorio y la veneración de los santos, sino que restablecía los ritos y ceremonias de la liturgia católica, frecuentaba la comunión, exhortaba a la confesión auricular, y él mismo escogió por confesor a Keble, y oía las confesiones de otros muchos, y hasta restableció el estado monástico, fundando las hermanas de la Caridad (con ayuda de miss Sellon), las primeras monjas anglicanas, que dirigió espiritualmente hasta su muerte.

    En 1865 publicó su obra «Eirenicon» contra el católico Enrique E. Manning, porque éste había negado que la Iglesia anglicana formase parte de la católica y universal. Aquí Pusey insiste en su idea, que el anglicanismo profesa todas las verdades esenciales de la Iglesia de Cristo; llega a admitir la supremacía papal, aunque solamente como útil y conveniente para la unidad, no como necesaria, ni de derecho divino, sino tan sólo eclesiástico; y tropieza en lo que él estima como mariolatría, interpretando mal ciertas prácticas y devociones católicas. Newman, fiel amigo de Pusey, salió a poner las cosas en su punto, haciendo la defensa de la devoción a la Virgen María.

    (continúa)

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