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Tema: Aragón, Occitania y la batalla de Muret

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    Aragón, Occitania y la batalla de Muret

    Aragón, Occitania y la batalla de Muret



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    por Miguel Martínez Tomey 21/01/2013



    Por Miguel Martínez Tomey, director de la Fundación Gaspar Torrente


    Va de efemérides (cada año tiene las suyas). Para aragoneses y occitanos en 2013 se cumplen los ocho siglos de la batalla de Muret, en la que el rey aragonés Pedro II pereció en defensa de sus vasallos del otro lado de los Pirineos. Vamos a tratar de explicar qué hacía un rey aragonés combatiendo en las proximidades de Tolosa (en francés, Toulouse) en 1213 y por qué esa batalla y su muerte están (o deberían estar) llenas de significado para nosotros y ellos.





    Tradicionalmente, los condes y reyes de Aragón habían tenido tratos políticos y familiares con dignatarios del imperio carolingio. Con la unión de Aragón y Barcelona y, especialmente, durante el reinado de Alfonso II, dichas relaciones se intensificaron. ¿La razón?: numerosos nobles del sur de Francia, movidos por la sed de aventuras, redención de sus pecados y –cómo no- riquezas, partían en aquellos años en cruzada hacia Tierra Santa. Su prolongada ausencia era con frecuencia aprovechada por aquellos de sus rivales que se quedaban en Europa para inmiscuirse en sus asuntos, arrebatarles territorio o someterlo a su dominio. Entre esos señores y príncipes usurpadores, el propio rey de Francia, deseoso de restablecer el dominio que los carolingios detentaron sobre todos los territorios de su imperio, destacaba por su agresividad. Así que, nada mejor para proteger sus intereses en el propio terruño que recurrir a otro rey como el de Aragón, vecino, poseedor también de territorios patrimoniales en el mediodía francés (el que, en razón de la lengua allí hablada -el occitano- viene a denominarse como Occitania) y cuya cruzada contra el Islam no le llevaba a alejarse del territorio de la península ibérica. El rey de Aragón era, pues, para los occitanos, el protector de su autonomía y sus derechos.







    Ante esta situación, los reyes de Francia, carentes de todo pretexto para poner bajo su “protección” los territorios de los ausentes nobles cruzados occitanos, miraban con frustración y recelo la influencia aragonesa en el sur del que entendían debía ser su dominio reservado. Incluso reclamaban que Barcelona y los demás condados catalanes que progresivamente se iban incorporando a la Corona de Aragón no debían serlo, ya que pertenecían a la Marca Hispánica que crearon los emperadores carolingios a finales del siglo VIII. La relación establecida por los señores occitanos con el rey de Aragón era de vasallaje feudal, una institución inviolable en aquella época, y que estaba sacralizada por los Papas, el derecho y la sociedad. De acuerdo con ella, los señores occitanos habían entregado sus respectivos condados al rey de Aragón, y este se los devolvía para que los administrasen con total lealtad a su persona (incluyendo determinadas ventajas económicas). A cambio, el rey se obligaba a defender con su espada y todos sus recursos los intereses de estos sus nuevos vasallos, incluyendo su independencia e integridad territorial frente al propio rey de Francia. El rey de Aragón se había convertido así, especialmente para la leyenda, en el paladín protector de la independencia y las libertades de la mayor parte de Occitania.


    Así que el rey de Francia debía inventar algo que hiciese pedazos ese acuerdo feudal de lealtad entre la Corona de Aragón y los señores de Occitania. La ocasión la sirvió en bandeja la extensión de la herejía cátara (también conocida como “albigense”, en referencia a los habitantes de la ciudad occitana de Albi, uno de sus focos más representativos) en Occitania a lo largo del siglo XII. La situación de excepcionalidad que suponía una cruzada contra los herejes era ideal para poder intervenir de forma contundente (entiéndase “violenta”) en los territorios occitanos infeudados al rey de Aragón y cometer todo tipo de tropelías que perjudicasen la calidad de los aragoneses como protectores de los occitanos.
    Así pues, aprovechando sus estrechas relaciones con el Papa Inocencio III, el rey de Francia consiguió que éste predicase en 1209 una cruzada contra los herejes albigenses. Se puso al frente de dicha cruzada a un noble guerrero francés de origen anglonormando, Simón de Montfort, conde de Leicester. Montfort era reputado por su fanatismo religioso que combinaba sin ningún problema con la más implacable y extremada crueldad con sus enemigos, e hizo gala de estas cualidades en esta cruzada, que fue convenientemente financiada por Francia.





    La primera acción de Montfort fue la de atacar al principal protector de los cátaros, Raimundo Roger Trencavel, vizconde de Carcasona, Besièrs (en francés, Béziers), Albi y Rasés (en francés, Rasez), quien se rindió tras un largo asedio a la ciudad de Carcasona y que murió sospechosamente a los dos meses de ser hecho prisionero, siendo su familia desposeída de sus derechos sucesorios, que pasaron a manos de Simón de Montfort. Así, éste se convertía, paradójicamente, en uno de los vasallos del rey de Aragón: el cáncer ya estaba dentro. En su doble carácter de cruzado y de vasallo del rey aragonés, no dudó en desplegar una indiscriminada campaña de destrucción en Occitania que nada tenían que ver con las obligaciones de lealtad que también debía al rey, cuyas llamadas a la moderación en la represión (Pedro II, apelado “El Católico”, rechazaba la herejía cátara) eran sistemáticamente ignoradas por Montfort.
    El episodio más ilustrativo de la actitud de los cruzados de Montfort y de la del Papa se había producido un poco antes, en el sitio de Bèsiers, en el que, al entrar en la ciudad, y ante la duda de saber a quiénes tenían que masacrar por no distinguirse en apariencia los cátaros de los católicos, el legado papal Arnaldo Amalrico respondió: “¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!” Suficiente para Montfort, que asesinó con esta consigna a más de 7.000 personas.


    Montfort continuó su ofensiva dirigiendo su acción contra los condados de Tolosa y Fois (en francés, Foix), quienes presentaron batalla en septiembre de 1211 en Castèlnòu d’Arri (en francés, Castelnaudary) con un resultado incierto. Los aliados occitanos pidieron ayuda al rey de Aragón quien intentó una mediación entre las partes que, tras la campaña de las Navas de Tolosa, se dio por fracasada, lo que determinó a Pedro II a pasar los Pirineos con el ejército aragonés (lo hizo por el puerto de Gorgutes, o de la Glera, en la Bal de Benás) en el verano de 1213 para cumplir con su deber de auxilio de sus vasallos. Una tropa de refuerzo de Cataluña también se puso en marcha desde el litoral mediterráneo, entrando en Occitania a través del Rosellón, aunque retrasada con respecto al cuerpo de ejército aragonés. La situación que encontró Pedro fue la de un ejército cruzado ya muy disminuido por las deserciones y escasez de recursos (unos 700 u 800 caballos y unos pocos centenares de peones) que se encontraba sitiado en la villa de Muret, a orillas del río Garona, por un ejército de más de 5.000 peones (podrían llegar incluso a 10.000) de las milicias urbanas de Tolosa, Montaubán y su comarca (poco experimentados) y entre 1.000 y 2.000 guerreros a caballo de Occitania y mercenarios de otras procedencias. Las tropas aragonesas consistían en 800 guerreros a caballo experimentados, siendo de suponer que la mayoría de ellos eran veteranos de la batalla de las Navas de Tolosa.


    A la vista de la superioridad del ejército aliado, Pedro decidió entablar el combate el 13 de septiembre de 1213 sin esperar a los 600 jinetes catalanes del cuerpo de reserva que todavía se hallaban a varios días de marcha de Muret. El propio Jaime I, que entonces contaba con seis años de edad, presenció los hechos, y así nos los cuenta (según su interpretación) en su Llibre dels feits:


    Simón de Montfort estaba en Muret, acompañado exactamente de ochocientos a mil hombres de a caballo y nuestro padre vino sobre él cerca de aquel lugar donde él estaba. Y fueron con él, de Aragón: Don Miguel de Luesia, Don Blasco de Alagón, Don Rodrigo Liçana, Don Ladrón, Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don Guillem de Puyo, Don Aznar Pardo y muchos otros de su mesnada y de otros de los cuales no nos podemos recordar. Pero bien recordamos que nos dijeron aquéllos que habían estado y conocían el hecho, de que salvo Don Gómez de Luna, Don Miguel de Rada, Don Aznar Pardo y algunos de su mesnada que murieron, los otros lo abandonaron en la batalla y huyeron. Y fueron, de Cataluña: Dalmau de Creixell, N'Hug de Mataplana, Guillem d'Horta y Berenguer de Castellbisbal; éstos huyeron con los otros. Sin embargo, bien sabemos con certeza, que Don Nuño Sanç y Guillem de Montcada, que fue hijo de Guillem Ramon de Montcada y de na Guilleuma de Castellví, no estuvieron en la batalla, pero enviaron mensajeros al rey diciéndole que los esperara, y el rey no les quiso esperar, y dio la batalla con aquéllos que eran con él. Y aquel día que dio la batalla había yacido con una mujer, ciertamente que Nós oímos decir después que durante el Evangelio no pudo estar derecho, sino que permaneció sentado en su sitial mientras que se decía misa. 
Y antes de que tuviera lugar la batalla, Simón de Montfort quería ponerse en poder suyo para hacer aquello que el Rey quisiera, y quería avenirse con él; y nuestro padre no lo quiso aceptar. Y cuando el conde Simón y aquellos de dentro vieron eso, hicieron penitencia y recibieron el cuerpo de Jesucristo, y dijeron que más se amaban morir en el campo que en la villa. Y con eso, salieron a combatir todos a una, de golpe. Y aquéllos de la parte del rey no supieron formar las líneas de batalla ni ir juntos, y cada caballero acometía por su lado, y acometían contra las reglas de las armas. Y por la mala ordenación, y por el pecado que tenían en ellos, y también porque de los que estaban a dentro de la plaza no encontraron merced, la batalla tenía que estar perdida. Y aquí murió nuestro padre. Y así siempre lo ha seguido nuestro linaje, en las batallas que ellos han hecho y en las que Nós haremos, que es vencer o morir. Y Nós permanecimos en Carcassona, en poder del conde, porque él nos hacía educar y era señor de aquel sitio.


    Jaime alude a dos causas para la derrota: una de orden “moral”, como era la de no guardar la norma ceremonial de la castidad la víspera de una batalla, y otra de mando y organización. Hay que señalar también que, estando en el momento más desesperado de su cruzada, Montfort se hizo acompañar en esa campaña por una pléyade de obispos y abades, para reforzar la moral de sus hombres con la idea el respaldo divino a sus actos. Algunos de estos dignatarios de la Iglesia fueron hasta tres veces hasta el campamento de Pedro, andando descalzos (en señal de sumisión) desde Muret, sin que el rey aceptase a recibirles.
    Así las cosas, Montfort decidió un golpe de audacia: salió de Muret a todo galope con su caballería pero, en vez de dirigirse contra las líneas de los aliados, enfiló hacia el sur, en lo que parecía ser claramente la huída de quien se daba por derrotado. Podemos imaginar a los entusiasmados soldados occitanos rompiendo sus filas y volviéndose hacia su campamento de sitio. Sin embargo, en ese preciso momento, los caballeros cruzados detuvieron su falsa huida, volvieron grupas y se lanzaron contra la desprevenida tropa enemiga. El rey de Aragón, que por seguridad había intercambiado antes de la batalla su armadura con la de otro caballero, al verse acosado por la caballería de Montfort gritó varias veces: “¡Soy el rey!”, con la intención de dejarse tomar prisionero antes que hacer peligrar su vida. O costumbre en la época era esto, lo cual proporcionaba enormes beneficios económicos y políticos a los captores. Parece ser que sus atacantes no lo creyeron o entendieron y acabaron con su vida y con la de sus acompañantes. Posteriormente, en lo que fue un combate breve pero intenso, los cruzados se dedicaron a masacrar a todos los peones occitanos que huían desordenadamente.


    La victoria cruzada hizo de Montfort conde de Tolosa, pero hay un epílogo: tras rearmarse en la Corona de Aragón, el desposeído conde Raimundo VI y su hijo Raimundo VII desembarcaron en agosto de 1216 en Marsella, derrotaron a Montfort y ocuparon de nuevo Tolosa. Montfort consiguió reorganizarse y poner la ciudad bajo asedio en 1218. El 25 de junio de ese año, un equipo de mujeres a cargo de una catapulta instalada en la muralla de la ciudad lanza un proyectil que impacta sobre la cabeza del mismísimo Simón de Montfort que se hallaba dirigiendo sobre su caballo las operaciones bélicas. El hecho no solo se ha considerado como una venganza por la muerte de Pedro II de Aragón, sino que también ha marcado toda una efemérides en el imaginario occitanista, que celebra cada 25 de junio el Día de la Mujer Occitana.


    La guerra continuó durante años -con la intervención de tropas aragonesas en diferentes momentos- en un intento desesperado por recuperar el estado de cosas anterior a la cruzada albigense. Sin embargo, el rey de Francia invadió Occitania sin ningún reparo en 1226 y obligó al conde de Tolosa a firmar un tratado de paz de condiciones leoninas (el tratado de Meaux o de París) que, de hecho, determinaron la incorporación de los condados occitanos a la corona francesa, el fin de sus libertades, la progresiva implantación de la lengua francesa a costa de la occitana y el alejamiento de toda pretensión aragonesa opuesta a la anexión francesa.
    Al igual que hacemos los aragoneses cada 20 de diciembre ante el monumento al Justiciazgo en la Plaza de Aragón de Zaragoza, conmemorando la invasión castellana de 1591 y el asesinato del Justicia, y haciendo de ese día el de las Libertades Aragonesas, los occitanos han hecho del 13 de septiembre el día de las Libertades Occitanas, poniendo flores ante el monolito que en una rotonda de Muret recuerda hoy día la batalla. Dos pueblos hermanos con vínculos históricos y un desgraciado destino para su progreso, cultura e identidad. Un buen motivo para aprovechar este año de conmemoración, viajar a conocer Occitania y acompañar a estas gentes en Muret este 13 de septiembre de 2013 compartiendo nuestros sentimientos comunes.



    Estela conmemorativa de Muret, en donde está inscrito en occitano: “En conmemoración del VII centenario de la batalla de Muret, en donde el rey Pedro, aragoneses, catalanes, lenguadocianos y gascones cayeron en defensa de las Libertades. Dedicado el 12 de septiembre de 1913”
    (Foto: Os Zerrigüeltaires)




    Corona de Aragón, año 1213:

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    ReynoDeGranada dio el Víctor.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Aragón, Occitania y la batalla de Muret

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    MIÉRCOLES, 4 DE OCTUBRE DE 2017

    El Jueves de Muret (Cataluña y Occitania: “convergència y desunió”)




    Estatua de Jaime I el Conquistador en Valencia


    Jean Palette-Cazajus


    “El jueves de Muret” es el título de un grueso libro de Martin Alvira Cabrer publicado en Barcelona en 2002 y dedicado a la batalla que, el día 12 de septiembre de 1213, en los inicios de la cruzada convocada por el papa Inocencio III contra los cátaros o albigenses se desarrolló en las cercanías de esta pequeña localidad francesa situada unos 20 kms al sur de Toulouse. Se enfrentaron las huestes de Simon IV de Monfort y las tropas aliadas de Pedro II de Aragón y el conde Raimundo VI de Toulouse. El libro publicado sólo constituye la segunda parte de una tesis universitaria bastante monumental cuya primera parte está dedicada a otra batalla, de todos conocida ésta, ocurrida poco más de un año antes, el 16 de julio de 1212, la de Las Navas de Tolosa. Por otra parte, está claro que el título del libro de Alvira Cabrer es un guiño de ojo y un homenaje al bellísimo libro del gran historiador francés Georges Duby (1919-1996), publicado en 1973 (1988 para la edición española por Alianza editorial) y titulado “El domingo de Bouvines”. La batalla de Bouvines, conocida de todos los pequeños educandos franceses, tuvo para Francia –por cierto, también para Inglaterra– una importancia comparable a la de Las Navas de Tolosa para la posterior historia de España. Opuso, el domingo 27 de julio de 1214, en ese pueblo del norte de Francia, el rey Felipe Augusto a una coalición de ingleses, flamencos y germánicos del emperador Otón IV. Tres batallas decisivas, pues, en el cortísimo plazo de tres años, en pleno período áureo de los valores feudales.


    La Corona de Aragón en vísperas de Muret

    Es posible que muchos ignoren hasta el nombre de la batalla de Muret. Se enfrentaron algo menos de 1000 caballeros franceses acompañados por un número indeterminado de peones, probablemente inferior a 3000, a los aproximadamente 2000 caballeros catalanes y occitanos, reforzados por unos 8000 peones pertenecientes a las milicias ciudadanas del condado de Toulouse que no llegaron a participar en el choque decisivo, pero padecieron sus consecuencias. La cifra de beligerantes sólo les puede parecer modesta a quienes persisten en confundir las realidades de la historia con sus reinterpretaciones hollywoodianas. Las batallas medievales siempre enfrentaron un número limitado de combatientes por evidentes razones logísticas, económicas y demográficas. En batalla tan legendaria como fue la de las Navas de Tolosa los caballeros cristianos no llegaban a los 4000 (Entre 2000 y 2300 castellanos, la mitad de esta cifra para los aragoneses, unos 200 o 300 navarros y entre 150 y 200 caballeros franceses. Multiplicar el número de caballeros a lo sumo por tres da una idea razonable del número de peones. O sea que en Las Navas de Tolosa serían unos 12000, probablemente bastante menos. Enfrente el “ingente” ejército musulmán descrito por las crónicas constaría de unos 20 000 combatientes, tal vez algo más. Hasta la modernidad, por evidentes razones geográficas y de productividad agrícola, las tierras del norte de Francia y de los Países Bajos eran las más pobladas de Europa. Más que el Reino de Castilla y muchísimo más que la Corona de Aragón. Tendremos ocasión de recordarlo para insistir sobre la sensación frustrante de asimetría que esta debilidad demográfica en tierras catalanas pudo producir en momentos históricos. Así y todo es probable que en Bouvines los jinetes franceses no pasasen de 2600 por 3000 de los coaligados. Felipe Augusto dispondría de unos 6000 peones y sus enemigos de unos 9000.


    En Muret, Pedro II de Aragón se presentó con 1000 o 1200 lanzas, las mismas o tal vez algo más de las que aportase al ejército cristiano en Las Navas, lo que indica la importancia que concedía a esta ocasión. El conde Raimundo VI de Toulouse vino con 800 o 900 caballeros. Por su lado, los señores cruzados del norte de Francia no habían venido en misión de ONG humanitaria sino a labrarse nuevos feudos a sangre y fuego con el pretexto del restablecimiento de la verdadera fe. Simón de Montfort arrastra una justificada reputación de crueldad –tampoco sus adversarios se anduvieron con chiquitas–, pero era también un excelente caudillo. Sabedor de su inferioridad numérica con sus 700 o 1000 caballeros, entendió que su salvación residía en la iniciativa y la rapidez de decisión. Sus escuadrones cayeron con furia sobre los de la nobleza catalanoaragonesa, cegada por el recuerdo de su destacada contribución a la victoria contra los Almohades, el año anterior, y confiada en su superioridad. Los franceses tuvieron además la suerte de que el monarca aragonés, que iba vestido y armado como un caballero más, no pudiera evitar un alarde de arrogancia caballeresca exclamando “El Rei, heus-el aquí”, “Aquí está el Rey”. La élite de los caballeros de Simón de Montfort no paró hasta alcanzarlo y darle muerte lo que precipitó el desenlace. Añadiremos de paso que buena parte de los desharrapados e incautos peones de la milicia tolosana fueron alegremente masacrados.


    Provincias actuales y límites, en rojo, de la Occitania lingüística

    El desafortunado Pedro II, también conocido como “el Católico” (1196-1213), sólo era el segundo monarca de la incipiente Corona de Aragón. El primero en ostentar el título fue su padre, Alfonso II el Casto (1164-1196). El fatal resultado de la batalla de Muret llevó la Corona de Aragón a modificar sus ambiciones geopolíticas. Renunciaron a la posibilidad de crear un reino transpirenaico y catalán-occitano-provenzal que hubiese cambiado probablemente el destino y la construcción nacional tanto de España como de Francia y se volcaron hacia la Reconquista y la proyección peninsular. Los cátaros o albigenses no se acabarán de exterminar hasta 1255. Todavía quedará algún ejemplar suelto hasta un siglo después, atreviéndose a predicar por Italia o el Reino de Valencia antes de terminar en la hoguera. El poderoso Condado de Toulouse con sus numerosas posesiones era lo más parecido a la Corona de Aragón que hubiera en la Francia de principios del siglo XIII. Sólo él podría haber estado en condiciones de aglutinar a su alrededor una realidad política occitana capaz de generar el inherente sentimiento identitario. Pero el Condado quedó desmembrado en 1229 por el tratado de Meaux, quedando en situación de dependencia hacia la Francia de los Capetos hasta ser reunido definitivamente a la Corona en 1271.


    Cruz occitana

    En vísperas de la batalla eran muchos los feudos occitanos y provenzales que ya sea eran posesión directa del monarca aragonés, o ya tenían asumida con él una relación de vasallaje. Mi propio Bearn natal, en el extremo occidental, húmedo y pirenaico, de las tierras de “Oc” rendía homenaje a la corona aragonesa (foto 2). Advirtamos de paso que si bien existió siempre una entidad geopolítica llamada Provenza, nunca ocurrió lo mismo con la llamada Occitania. Recordaremos que hoy, en la realidad cotidiana, el conjunto de las tierras meridionales se conoce habitualmente como “le Midi”, el Mediodía. La palabra Occitania aparecía de vez en cuando en los documentos reales para referirse a los territorios de la Corona francesa que hablaban la lengua de Oc. Pero su uso sólo triunfará con los intelectuales decimonónicos herederos del llamado “Felibrige”, movimiento creado en 1854, con el propósito de recuperar las lenguas y las culturas de Oc. Las metas eran básicamente culturales, pero a veces también políticas. Bueno será recordar que la Occitania lingüística abarca valles piemonteses en Italia, y enclaves españoles de Navarra y País vasco, el Valle de Arán, por supuesto, e incluso algún minúsculo enclave… calabrés (foto 3). La Occitania francesa, 97% del total, representa unos 16 millones de habitantes y 186 000 km2, es decir la exacta tercera parte meridional del país. Bajo tal concepto engloba también la Provenza, contra el criterio de muchos provenzales.


    Estado del Reino de Francia (en verde) hacia 1430

    Conviene recordar también que el concepto de Occitania corresponde casi exactamente a la que era provincia romana de Aquitania la cual se extendía algo más al norte. Pese a quedar amputado por las vastas posesiones de los Condes de Toulouse anteriores a Muret y a la Cruzada contra los Albigenses -contra el Mediodía dirían los occitanistas- el Ducado de Aquitania era un inmenso territorio que correspondía a una buena tercera parte suroccidental de la Francia actual. Esto fue lo que Alienor (Leonor) de Aquitania (1122-1204) aportó a la bandeja de sus nupcias con Henri Plantagenet, futuro Enrique II de Inglaterra, en 1152. Progresivamente cercenado por la “Reconquista” francesa, el residual ducado de Aquitania que permanecía en poder de los ingleses en los estertores del conflicto, es decir la fachada atlántica desde el Pirineo hasta la altura de Burdeos (foto5) es lo que hoy se sigue considerando la Aquitania de Oc. Para no complicar más las cosas, digamos que la muy nombrada Gascuña es prácticamente sinónima de Aquitania, al menos de su mitad meridional. Vemos, pues, que unos occitanos lucharon en las filas anglo-angevinas y, otros, progresivamente la mayoría, en las filas francesas. Mis antepasados bearneses, situados en la incómoda raya entre Gascuña/Aquitania y Francia y fieles a su justificada fama de nadadores y guardadores de ropa solían pelear al lado de quien mejor les conviniese. En el peor momento del conflicto plusquecentenario, durante el primer tercio del siglo XV, justo antes del milagro llamado Juana de Arco (1412-1431) y tras la letal alianza borgoñona con Enrique V de Inglaterra, lo que quedaba del Reino de Francia lo constituían en gran parte las tierras occitanas (foto 5).


    No mucho más tarde, en 1448, el Parlamento de Toulouse decidió motu proprio redactar sus documentos oficiales en lengua de “Oil”, o sea en francés, renunciando a la lengua vernácula y anticipándose casi un siglo a la famosa “Ordenanza de Villers-Cotterets”. Promulgada en 1539 por el Rey Francisco I, el de Pavía y la Torre de los Lujanes, la dicha ordenanza imponía el francés como lengua obligatoria sobre todo el territorio de la Corona, para la redacción de cualquier documento político, administrativo o jurídico. Por su parte y hasta 1934, los forofos de la restauración cultural occitana defendieron un concepto “pan occitano” que incluía el área lingüística del catalán. Ello hasta el “Manifest, maig de 1934” publicado en “La Veu de Catalunya” del 6 de mayo de 1934 que proclama la independencia lingüística del catalán: “La nostra Pàtria, per a nosaltres, és el territori on es parla la llengua catalana. Comprèn, doncs, de les Corberes a l’Horta d’Oriola i de les comarques orientals d’Aragó a la Mediterrània. Composta de quatre grans regions, Principat, València, Balears i Rosselló”. La lectura de la totalidad del artículo es muy edificante y anticipa en todo la grave actualidad. Con mucha ligereza y sin excesivo respeto por la historia, Francia procedió a principios de 2016 a una radical reforma regional destinada a crear grandes conjuntos reputados más eficaces económicamente. Se ha creado una región de “Occitanie” (foto 3), con capital en Toulouse que coincide en gran parte con la máxima extensión de las posesiones de los Condes de Toulouse. En ella ha quedado englobado el departamento de Pirineos Orientales constituido por la Cataluña francesa, o sea el Rosellón y la Cerdaña. Su renuencia a aceptar el término Occitania ha sido notable. También se ha creado una vasta “Nouvelle Aquitaine” (foto 3) que además de la Aquitania/Gascuña de Oc incorpora tierras de “oil” y se parece bastante, si no lo excede, al ducado de Alienor. Algunas de las nuevas regiones creadas en el norte y el este del país tienen todavía menos coherencia histórica y han provocado escozores. No se han consultado las poblaciones. Creo que esta reforma hubiese sido imposible en España donde el peso de la memoria territorial es férreo e intangible.




    Corona de Aragón a la muerte de Jaime I (1276)


    La Corona de Aragón retuvo todavía por un tiempo algunas posesiones en tierras occitanas. Así el llamado Señorío de Montpellier perteneció al reino de Mallorca hasta 1349, fecha en que pasó al rey de Francia. La madre del heredero del trono era precisamente María de Montpellier. Allí nació, tras ser engendrado por Pedro II en muy truculentas circunstancias, el que llegaría a ser Jaime I el Conquistador o Jaume I el Conqueridor (1208-1276). Jaime I conquistaba Mallorca en 1229, terminó de someter las restantes Baleares en 1236, culminaba la reconquista del Reino de Valencia en 1242 y proseguía hacia el sur hasta llegar, en 1245, a los límites estipulados entre Castilla y Aragón por el tratado de Almizra, en 1244 (foto 6). Un artículo de ABC, el 11 de Octubre de 2015 lo pinta así: «… incluso colabora con los castellanos en la pacificación de Murcia, por su gran espíritu cruzado e hispano. Lo hace "la primera cosa per Deu la segona per salvar Espanya". Así lo afirmaba en su “Llibre dels Fets”». Hablar aquí de “españolismo” sería anacrónico pero sí cabe percibir tal vez una conciencia del determinismo peninsular y de la unidad lógica de destino, hoy tan irracionalmente negada por algunos.


    Mapa fiscal de Francia antes de la Revolución



    Vemos, pues, como solamente 32 años después de la derrota de Muret la Corona de Aragón había alcanzado su máxima extensión peninsular, paralela a la similar progresión castellana. Tendremos posteriormente una constante interpenetración cultural, dinástica y, lógicamente, conflictiva entre ambos reinos. Vale la pena observar que los esporádicos conflictos armados entre ellos son mucho menos cruentos y frecuentes que los graves y constantes conflictos civiles que ensangrientan la historia propia de cada una de las dos Coronas. Ningún “hecho diferencial” se articula jamás sin alguna referencia traumática al cauce del pasado. El de la “longue durée” que decía el maestro Braudel, el de “la larga duración”. Creo que el catalanismo político sería inconcebible sin la vertebración inicial de la memoria alrededor de la fuerza simbólica de la Corona de Aragón y la asombrosa historia de su expansión peninsular y mediterránea hasta Fernando II de Aragón y V de Castilla. Pero la intensidad del recuerdo no prejuzga la calidad de sus herederos y así han salido algunos hoy, mezquinos, provincianos y autistas. Ciertamente fueron admirables los logros de la Corona de Aragón con tan endeble demografía. Cataluña mantuvo durante toda la Edad Media una población no superior a los 300 000 habitantes. Podemos considerar que la población del Reino de Castilla llegó a ser en las buenas épocas 20 veces superior. El Reino nazarí de Granada tendría unos 400 000 habitantes. El Reino de Valencia andaba por los 250 000 moradores. En 1717, inmediatamente después de los Decretos de Nueva Planta, la población catalana todavía no pasaba de los 400 000 habitantes. Que se duplican de pronto hacia 1780 y otra vez hacia 1855 para alcanzar 1650 000 habitantes. Con lo que parece que el sistema borbónico no fue tan desastroso para el Principat. Mucho incidirá tal recuperación demográfica sobre el orto de la “Renaixença” y del neocatalanismo.


    Todo lo que fue en la Corona de Aragón estructuración de una identidad fue en Occitania desestructuración de ella. No estoy emitiendo ningún juicio de valor. Es una distante y objetiva constatación. Curiosamente los Reyes de Francia consiguieron mantener hasta la Revolución un rescoldo negativo de identidad al gravar con una fiscalidad injusta y abusiva las provincias inicialmente no francesas (foto 7). Convendrá proseguir con la comparación hispanofrancesa en los tiempos modernos y contemporáneos.


    La CUP es su modelo, pero son cuatro gatos




    Salmonetes Ya No Nos Quedan: El Jueves de Muret (Cataluña y Occitania: “convergència y desunió”)
    "¿Cómo no vamos a ser católicos? Pues ¿no nos decimos titulares del alma nacional española, que ha dado precisamente al catolicismo lo más entrañable de ella: su salvación histórica y su imperio? La historia de la fe católica en Occidente, su esplendor y sus fatigas, se ha realizado con alma misma de España; es la historia de España." - Ramiro Ledesma Ramos

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    Por Lo ferrer en el foro Historia y Antropología
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