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Tema: Rosismo, Tradicionalismo y Carlismo

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    Rosismo, Tradicionalismo y Carlismo

    Las interpretaciones acerca de lo que Rosas y su época significaron para la historia argentina y americana son numerosas, algunas de ellas ocasión de legítimas polémicas entre “tradicionalistas” y “nacionalistas”. Otras adolecen, en cambio, de serios errores, aunque tengan el buen propósito de refutar las “mentiras a designio” de la falsificación liberal de nuestra historia. Es lo que sucede con la hermenéutica populista y/o clasista del llamado “revisionismo de izquierda”. Sea lo que fuere de todas estas cuestiones- cuyo análisis ha realizado con erudición y rigor científico el Prof. Antonio Caponnetto en su “Los críticos del revisionismo histórico” – hay un modo de entender el “rosismo” que es de sumo interés para todos aquellos que de un modo u otro simpatizamos con el tradicionalismo hispánico y sobre todo con el carlismo, siendo argentinos. Máxime si se considera que el mismo proviene de uno de los primeros historiadores revisionistas, que intentó darle al nacionalismo fundacional un carácter explícitamente católico y contrarrevolucionario. Nos referimos a Don Alberto Ezcurra Medrano. En un artículo de juventud (“La época de Rosas”), escrito en 1929, (cuando el revisionismo no era todavía “elemento común” de las incipientes corrientes nacionalistas), Ezcurra Medrano realizó una interpretación “tradicionalista” sobre Rosas, cuyos aspectos fundamentales continuó en un trabajo posterior (“El sentido histórico de la época de Rosas”), del año 1940, En ambos casos, se apoyó en ciertos juicios de José Ingenieros acerca del llamado “federalismo apostólico”, pero con una valoración opuesta, como veremos a continuación. Vale la pena citar en primer lugar los textos de Ingenieros, antes de remitirnos a los del propio Ezcurra:

    “Los iniciadores de nuestra historia – afirmaba Ingenieros - rara vez tuvieron tiempo y ocasión de remontar sus miradas al mundo europeo, de que las nacionalidades americanas se desprendieron; mirando la pieza sin ver el mosaico, no han podido abarcar en una visión sintética el significado real de la Restauración contrarrevolucionaria, personificada al fin en Juan Manuel de Rosas (…) La época de Rosas, contemplada en el cuadro general de la Restauración, es un episodio de un vasto movimiento internacional (…) Todos los países del mundo que hicieron coro a la Revolución Francesa han tenido su Vandea (sic), grande o pequeña (…) En las regiones rurales y serranas de Europa tenía más hondo arraigo la mentalidad feudal, cuyas características eran precisas: el espíritu localista, la superstición religiosa y un odio a la cultura de las ciudades (…) No sorprende, por consiguiente, que las más terribles insurrecciones contrarrevolucionarias de Francia ocurriesen en la Vandea (…). Los sacerdotes que no aceptaron la nacionalización de la Iglesia – los ‘refractarios’ – se lanzaron a predicar la sublevación contra el Estado, formando los ejércitos de la fe, inmensas partidas de ‘montoneros’ que en 1793 pusieron en jaque al gobierno (…). Por eso se llamaron apostólicos, nombre que predominó en España cuando se desenvolvió allí un proceso político semejante (…) En el virreinato del Río de la Plata se repitieron, estrictamente, esos alzamientos religiosos contra la Revolución, coincidiendo, con ligero retraso, con los de España. El primero ocurrió en el Alto Perú, contra la expedición revolucionaria de Castelli (…) El segundo alzamiento religioso hubo de ser general en todo el país, manejado desde Buenos Aires por el partido apostólico, en momentos de emprender Rivadavia la reforma eclesiástica. En la capital se tradujo por la conspiración Tagle (1822) y por el motín de los apostólicos (1823); tuvo expresiones simultáneas y semejantes en Santa Fe, Córdoba y San Juan, bajo la instigación de sacerdotes nativos que defendían los intereses de la Santa Sede contra los del estado argentino. Pero en ninguna parte la cruzada religiosa alcanzó un éxito comparable al que logró un célebre señor feudal de La Rioja, inspirado por el sacerdote papista Pedro Ignacio de Castro Barros, su cómplice y comprovinciano. Antes de reconstruir los sucesos, recordemos que corresponde al General Paz el mérito de haber denominado Vandea pequeña a la zona en que Quiroga paseó sus estandartes con la divisa ¡Religión o muerte! (…) ¿Qué significaba la restauración para los señores feudales? Simplemente: reasumir cada vecindario la autonomía que creía disminuida por la existencia de un gobierno nacional. En España los señores feudales eran condes u obispos; en América eran Comandantes de campaña como Quiroga e Ibarra, o religiosos de aldea, como Castro Barros (…). El sentido feudal de estos alzamientos (…) aparece más claro comparando el proceso de la Restauración en España y en la Argentina. El mismo partido apostólico que en la península enciende las campañas al grito de ¡religión o muerte!; sostiene los fueros locales contra la unidad nacional” y “rechaza cualquier Constitución que preceptúe idénticos derechos y deberes para españoles de todas las regiones (…). En la evolución ulterior del partido restaurador español, los absolutistas se pliegan a Don Carlos (apoyado por los gobiernos de Austria, Rusia y Prusia), que proclamó abiertamente el doble principio de los fueros localistas y de la intolerancia religiosa; la reina Cristina concentró, en cambio, los elementos liberales y nacionalistas (apoyada por Francia e Inglaterra). La conjunción de sentimientos teológicos- feudales era aquí igualmente explicable; la vieja sociedad colonial, se resistía legítimamente a compartir el liberalismo de la Revolución Argentina (…) Aquí, como en España, se llamó entonces apostólico al partido cuyo programa era combatir las innovaciones políticas y religiosas. El nombre fue de uso corriente, y, sin duda, se introdujo de la península (…) En ese momento los restauradores toman contacto y acaban por fundar una sociedad con dos caras visibles. Los hacendados y comerciantes ricos componen la ‘Sociedad Popular Restauradora’; los matarifes y mulatos, al servicio de los primeros, se agrupan en ‘La Mazorca’ (…) El modelo para la sociedad lo dio España; el mecanismo fue montado por hombres que habían trabajado ya en la península, como agentes de ‘El Angel Exterminador’. El famosísimo Andrés Parra, Ochoteco, Santa Coloma, venidos de ultramar fueron los primeros instrumentos que Doña Encarnación, Anchorena, Medrano, Tagle, pusieron en juego, junto con los capataces de los mataderos y los curas párrocos. Lo ocurrido en Buenos Aires es una copia fiel de lo ya conocido en Madrid”

    Ezcurra Medrano citaba, de este libro de Ingenieros otro párrafo elocuente:

    “La Restauración fue un proceso internacional contrarrevolucionario, extendido a todos los países cuyas instituciones habían sido subvertidas por la Revolución…La restauración argentina fue un caso particular de este vasto movimiento reaccionario, poniendo en pugna las dos civilizaciones que coexistían dentro de la nacionalidad en formación; su resultado fue el predominio de los intereses coloniales sobre los ideales del núcleo penante que efectuó la Revolución”

    Y aclaraba:

    “Ingenieros, imbuido de prejuicios liberales, confunde Revolución de Mayo y liberalismo. Así pues, donde dice ‘intereses coloniales’, léase ‘tradición’, y donde dice ‘los ideales del núcleo pensante…’ léase ‘liberalismo’ ”.

    A continuación copiamos la glosa que Ezcurra Medrano hizo, desde la Fe y la Tradición, del texto de Ingenieros:

    “Rosas fue la encarnación de ese movimiento reaccionario. La tradición argentina era católica y enemiga del exótico liberalismo rivadaviano. Pues bien: Rosas, apenas subido al gobierno, ordenó restablecer comunicaciones con la Silla Apostólica y reconoció en el carácter de Vicario al obispo designado por el delegado del Sumo Pontífice, decretando también que se le guardasen los mismos honores, distinciones y prerrogativas que le acordaban las leyes de Indias. En su segundo gobierno permitió restablecer la Compañía de Jesús, expulsada desde la época de Carlos III, mandándole entregar la Iglesia y el colegio, y autorizándola para desarrollar la enseñanza universitaria. Son numerosos los documentos y leyes que prueban el respeto de Rosas hacia la tradición católica, no siendo suficiente para demostrar lo contrario las cuestiones con los jesuitas y con el Vaticano, cuestiones de orden político y diplomático que no tuvieron por causa la ideología liberal que inspiró a otros gobiernos (…)
    La opinión, en ese tiempo, era también republicana. Diez años de complicaciones, diligencias y fracasos ante las cortes europeas (…) terminaron por desprestigiar la idea monárquica, que había contado entre sus adeptos a San Martín, Belgrano, Pueyrredón, Rivadavia, Alvear, Sarratea, Posadas, García, Gómez y la mayor parte de los congresales de Tucumán. Rosas, personalmente, no fue monárquico ni republicano (…) ‘Siempre he creído – dijo – que las formas de gobierno son un asunto relativo, pues monarquía o república pueden ser igualmente excelentes o perniciosas según el estado del país respectivo’. En esto (…) se contentó con respetar la tradición republicana que se iba formando y rechazó las tentativas de los que, como Roxas y Patrón, le propusieron el establecimiento de un régimen hereditario (…).
    Finalmente, la tradición argentina era federal. El Federalismo tradicional no tenía nada que ver con el federalismo norteamericano de Dorrego”.

    En el artículo de 1940 ampliaría este análisis:

    “Perteneciente a una familia rural de rancio abolengo, (Rosas) supo captar como nadie la realidad de la tierra. Se vio rodeado a la vez de la vieja aristocracia española y de todo el pueblo de la ciudad y campaña de Buenos Aires (…) Bajo cualquier aspecto que se examine la obra de Rosas, vemos aparecer en ella el sello tradicional. En el orden espiritual, por ejemplo, la Restauración es netamente católica: la obligación especialmente establecida de conservar, defender y proteger al catolicismo (…), la enseñanza obligatoria de la doctrina cristiana, la censura religiosa de la instrucción (…), la prohibición de libros y pinturas que ofendiesen la religión, la moral y las buenas costumbres (…), la fundación de iglesias, son medidas que caracterizan suficientemente el espíritu católico de la Restauración (…)
    En lo referente a la política interna, la época de Rosas no es otra cosa que una larga lucha por la restauración de la autoridad y de la unidad que caracterizaron al Virreinato, y que habían sido desquiciadas por los errores de federales y unitarios. Rosas, respetando (…) el régimen de confederación existente, realizó de facto, con el pueblo y en el sentido tradicional, lo que otros pretendieron realizar de jure, contra el pueblo y en el sentido liberal (…) Y toda esa obra verdaderamente organizadora – mucho más que las constituciones impresas en papel – se iba haciendo sobre la base de la legislación tradicional, sin improvisaciones constitucionalistas ni codificadoras.
    Hay, hasta en los detalles, un sabor tan tradicional en esa restauración de la autoridad ‘al modo hispánico’, que Ernesto Quesada ha podido hacer un paralelo exacto entre Rosas y Felipe II. Más aún, hay en ella (…) una acentuada repugnancia por el sufragio universal (…). Rosas que instintivamente desconfiaba de él, quería experimentarlo en cabeza ajena y se hacía informar por su ministro Alvear acerca de cómo funcionaba en los Estados Unidos, donde dejaba ‘muy mucho que desear’, según sus propias palabras (…)
    Hay en toda esa época un espíritu tradicional que sorprende hoy (…). Las canciones populares, de neta filiación hispánica, lo reflejaban….el restablecimiento del capilote en la Universidad…. de las corridas de toros…Son pequeños signos de algo muy grande y hermoso, de ese espíritu restaurador, tradicional, hispánico por consiguiente, que animó a Rosas y al grupo selecto de hombres que lo rodearon”

    ¿Fue sincero este afán restaurador de Rosas? ¿Respondía a su pensamiento íntimo o actuó así por simple cálculo político? Si tenemos en cuenta la lectura de los clásicos que fueron base de su formación política – aunque Rosas no fuera un intelectual - como Platón, Aristóteles, Cicerón, Gaspar de Real de Curban – discípulo de Bossuet -, Burke y Joseph de Maistre, si analizamos su hermenéutica tradicionalista de la Revolución de Mayo o sus opiniones en el exilio acerca de la Revolución Moderna, no caben muchas dudas acerca de la sinceridad de Rosas como de sus hondas afinidades con el tradicionalismo. Hace unos años escribimos un trabajo titulado “Ideas políticas y constitucionales de Don Juan Manuel de Rosas”. Reproducimos, con algunas correcciones, el final de ese escrito que, según nos parece, corrobora lo que decimos acerca de esta relación de semejanza entre rosismo, tradicionalismo y carlismo, y que está en la misma línea de lo que sostenía Don Alberto Ezcurra Medrano:

    “En la propia Argentina tuvo que enfrentar Rosas el poder secreto de las logias y el fermento de la Revolución. Lo dijo con toda claridad: “Las logias establecidas en Europa y ramificadas infortunadamente en América, practican teorías desorganizadoras y propendiendo al desenfreno de las pasiones, asestan golpes a la República, a la moral, y consiguientemente a la tranquilidad del Mundo”. Espíritu revolucionario que “ha penetrado infortunadamente hasta en alguna parte del clero”. En la Argentina, “toda la República está plagada de hombres pérfidos pertenecientes a la facción unitaria, o que obran por su influencia y en el sentido de sus infames deseos, y que la empresa que se han propuesto no es sólo de lo que existen entre nosotros, sino de las logias europeas ramificadas en todos los nuevos Estados de este Continente”

    Estando Rosas en el exilio, pudo contemplar el espectáculo terrible de las revoluciones liberales, socialistas y nacionalistas (del nacionalismo exagerado y jacobino, no del contrarrevolucionario) que asolaban al Viejo Continente. Su respeto a la Religión Católica, su amor al Orden y a la Tradición, su defensa de la Justicia – en especial con los pobres –, su convicción de que propiedad privada y herencia son instituciones fundamentales de la sociedad, su aborrecimiento de las logias masónicas , del socialismo y del comunismo quedan patentes en las ideas expresadas en diversas oportunidades. Transcribamos algunas como ejemplo de lo que venimos diciendo:

    “Se quiere vivir en la clase de licenciosa tiranía a que llaman libertad , invocando los derechos primordiales del hombre, sin hacer caso del derecho de la sociedad a no ser ofendida (…) Si hay algo que necesita de dignidad, decencia y respeto es la libertad, porque la licencia está a un paso”

    “Conozco la lucha de los intereses materiales con el pensamiento; de la usurpación con el derecho; del despotismo con la libertad. Y están ya por darse los combates que producirán la anarquía sin término. ¿Dónde está el poder de los gobiernos para hacerse obedecer? Los adelantos y grandes descubrimientos de que estamos tan orgullosos. ¡Dios sabe solamente adonde nos llevarán! ¡Pienso que nos llevan a la anarquía, al lujo, a la pasión de oro, a la corrupción, a la mala fe, al caos!

    “La plebe sigue su camino insolente. Pero es que los gravámenes continúan terribles. Los labradores y arrendatarios sin capital siguen trabajando sólo para pagar la renta y las contribuciones. Viven así pidiendo para pagar, pagando para pedir”

    “La Internacional …sociedad de guerra y de odio que tiene por base el ateísmo y el comunismo, por objeto la destrucción del capital y el aniquilamiento de los que poseen, por medio de la fuerza brutal del gran número que aplastará a todo cuanto intente resistirle. Tal es el programa que con cínica osadía han propuesto los jefes a sus adeptos, lo han enseñado públicamente en sus Congresos e insertado en sus periódicos. Sus reglas de conducta son la negación de todos los principios sobre que descansa la civilización”.

    Carlos Ibarguren sintetizaba del siguiente modo estos pensamientos del Restaurador:

    “La expansión de las ideas liberales y de la democracia, la inquietud del proletariado y la propaganda del socialismo; la indisciplina general, las consecuencias económicas de la gran industria mecánica, las luchas civiles en ambas Américas, las guerras europeas, la violenta acción imperialista de las poderosas monarquías, el positivismo y el materialismo que embestían contra la religión y la Iglesia, todo ese gran movimiento político, económico, científico y filosófico que fermentó después de 1850 conmoviendo a la sociedad, provocaba repulsión en el espíritu reaccionario y conservador de Rosas (...) Para conseguir la paz social y la armonía internacional, Rosas no encuentra otro remedio que `reunir un Congreso de representantes de todos los países’” y “el establecimiento de una Liga de las naciones cristianas, del tipo de la Santa Alianza y presidida por el Papa (...) Piensa que para salvar las dificultades que rodean a las monarquías se deben fortalecer los ejércitos” y para “alcanzar el mejor equilibrio social y político en Europa y sostener a la Iglesia” promover “la unión de los reyes alrededor del Sumo Pontífice y la `dictadura temporal del Papa en Roma, con el sostén y el acuerdo de los soberanos cristianos’”. Finalmente y fiel a esta mentalidad tradicionalista, combate la libertad de enseñanza tal como la entendía y la entiende el liberalismo laicista: “Por la enseñanza libre la más noble de las profesiones se convierte en arte de explotación a favor de los charlatanes, de los que profesan ideas falsas subversivas de la moral o del orden público. La enseñanza libre introduce la anarquía en la ideas de los hombres, que se forman en principios opuestos o variados al infinito. Así el amor a la patria se extinguirá, el gobierno constitucional será imposible, porque no encontrará la base sólida de una mayoría suficiente para seguir un sistema en medio de la opinión pública confundida, como los idiomas en la Torre de Babel” Y en una frase que recuerda la profecía de Donoso Cortés en su famoso Discurso sobre la Dictadura (…) decía: “Ahora mismo Francia, España y los Estados Unidos están delineando el porvenir. Las Naciones, o vivirán constantemente agitadas, o tendrán que someterse al despotismo de alguno que quiera y pueda ponerlas en paz”.

    Es claro que no dejaba de haber en el pensamiento de Rosas ciertas ambigüedades: invocaciones a la soberanía popular, que por aquel entonces aparecían también en tradicionalistas hispánicos como Aparisi y Guijarro; ambivalencias en torno al librecambismo y al proteccionismo económicos (como en el conservadorismo anglosajón heredero de Burke); expresiones confusas sobre la separación Iglesia – Estado (que consideraba mala por “inoportuna”) o sobre el papel del Concilio en relación al Papa ( que pueden dar pie a una interpretación ortodoxa, pero que suenan extrañas en el lenguaje de aquellos tiempos); cierta visión benévola de la Primera República Española, etc. Pero son ideas sueltas, no necesariamente constantes y que en todo caso desentonan en un cuadro general y firme, de adhesión al Papado, a la Cristiandad, y a la Tradición y que le llevaba a rezar dolorido: “¡Dios nuestro perdonadnos, e iluminad la marcha de los primeros hombres, en las Naciones de la Cristiandad!”

    Por eso Don Juan Manuel, Caudillo natural del “federalismo apostólico” pudo afirmar – y esto es de vital importancia en el Bicentenario de la Revolución de Mayo – que la instalación de la Primera Junta se hizo, “no para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para preservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por el acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus desgracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella y no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida España”

    Carlismo y rosismo son pues y según podemos entender, dos páginas de una misma historia – una en la Península, otra en América -, de una “guerra contrarrevolucionaria” basada en los mismos principios y valores: la Cristiandad y la Hispanidad. En España bajo el lema “Dios, Patria, Fueros, Rey” y en la Argentina con la divisa de la “Santa Federación”, que suponía la defensa de la Fe católica, de la unidad argentina y americana, de las legítimas autonomías provinciales y de la cultura tradicional hispano- criolla

    Fernando Romero Moreno




    Bibliografía

    Corvalán Lima, Héctor, Rosas y la Formación Constitucional Argentina, Separata de Idearium, Revista de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Mendoza, N° 2, Mendoza, 1977

    Ezcurra Medrano, Alberto, La Epoca de Rosas, en El Baluarte, 1929

    Ezcurra Medrano, Alberto, El sentido histórico de la época de Rosas, en Ofensiva, 12 de octubre de 1940

    Ibarguren, Carlos , Juan Manuel de Rosas. Su vida, Su drama, su tiempo, Ediciones Teoría, Biblioteca de Estudios Históricos, Buenos Aires, 1962

    Ingenieros, José, Obras completas revisadas y anotadas por Anibal Ponce, Volumen 15, La Evolución de las Ideas argentinas, Libro III, La Restauración

    Sampay , Arturo Enrique, Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas, Juarez Editor, Buenos Aires, 1972.

  2. #2
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    Re: Rosismo, Tradicionalismo y Carlismo

    EL CID, ROSAS Y LA CUESTIÓN DINÁSTICA PRÁCTICA

    Por Mario Fidel Bianchetti
    Buenos Aires — Argentina

    La preocupación práctica por la cuestión dinástica tiene en nuestros días a muchos carlistas sumamente ocupados en estos menesteres. No me refiero al trabajo académico de investigación y estudio de las distintas dinastías —que siempre debe estar presente entre quienes conocemos como ideal a la sociedad monárquica— sino a la preocupación actual y sin poder que lo sustente por decidir quién debe ser reconocido como el sucesor legítimo de la Corona Española, oponiéndose a quienes intenten hacerles reconocer la esterilidad de estos desvelos.

    A pesar de su buena fe, en las actuales circunstancias sufrimos la incapacidad material de ofrecerle al —aun suponiéndolo legítimo— heredero de la corona... ¡sobre qué reinar!

    Hoy por hoy, lamentablemente —aunque resulte doloroso decirlo— no podemos hacer más que difusión de nuestros principios, y aún esto con gran esfuerzo, conscientes de que la coronación del rey legítimo, en el mejor de los casos, no va a ocurrir antes de uno o dos siglos, lo cual es muy optimista teniendo en cuenta el tiempo que llevó al enemigo hacer el trabajo inverso.

    A fin de aclarar estas afirmaciones ensayaremos, en un par de ejemplos de la historia patria, la exposición de circunstancias que fueron propicias para atender la cuestión dinástica práctica.

    Estamos tan lejos de la monarquía legítima que a veces —debido al brillante trabajo del enemigo— nos cuesta reconocer ¡qué es lo que debemos revertir...!

    Y es por eso la tan grande confusión cuando de asignar títulos de héroes y próceres se trata, sin distinguir quiénes han orientado sus esfuerzos y aún sus vidas en la defensa o recuperación del Imperio Cristiano y quiénes, aún defendiendo principios cristianos, lo han traicionado. Decimos esto teniendo por verdad incontestable que lo único que puede contrarrestar el avance del gobierno mundial anticristiano es precisamente la consolidación y crecimiento de su único obstáculo: el Imperio Cristiano.

    Ese crecimiento presupone en sus gobernantes el de las virtudes cristianas, especialmente la humildad y el desapego de las cosas de este mundo, siendo la ambición de poder un vicio que ha contribuido grandemente a la destrucción del Imperio Cristiano.

    Y es esa ambición de poder la que facilita al enemigo el éxito de los separatismos revolucionarios, instrumento práctico y eficacísimo para la destrucción del Imperio.

    Cuando la Cristiandad crecía, siempre lo hacía en virtud de esa entrega incocional a la causa de Cristo y de su Rey, entrega total, de la cual el Cid es ejemplo y acabado arquetipo del héroe cristiano.

    Pareciera que Dios, en su infinita misericordia, cuando la corona aparece acosada o tambaleante en sus dominios, suscita el personaje clave de la historia, capaz de ocuparse de la cuestión dinástica práctica para que, usando del talento que lo distingue de los demás hombres, restaure la corona al legítimo monarca.

    También en esta España Americana, "fundada y deudora" —como bien la llama el Dr. Pacheco Seré— Dios ha puesto personajes de gran talento capaces por sí solos, sobre la base de sus dotes naturales y en la práctica —dada la importante instancia de poder alcanzado— capaces, decimos, de restaurar en estas tierras la autoridad de la Corona Española.

    Nadie puede negarle a Don Juan Manuel de Rosas su inteligencia, su extraordinaria capacidad de mando, su habilidad política y estratégica, sus condiciones para la milicia, sus dotes de conductor natural, al punto que al igual que con el Cid, la tropa se alistaba voluntariamente a su mando en detrimento de los otros jefes. Sin duda la Providencia los puso a ambos en momentos y lugares clave de la historia.

    ¿Qué los diferencia entonces?

    Los distingue el fin al que aplicaron sus capacidades: mientras el Cid sólo acumula triunfos y tierras para Dios, su Patria y su Rey, Rosas pacifica y consolida la unidad territorial para la revolución, como lo testimonia la presencia de tantos revolucionarios en su gobierno, como Manuel Moreno representando a la Confederación en Inglaterra, Sarratea en Francia, Tomás Guido en Río de Janeiro, Vicente López y Planes, Felipe Arana, Tomás Manuel de Anchorena y tantos otros, como así mismo sus propias palabras que reproducimos en esta nota. [1]

    Mientras el Cid —cuando la multitud quiere coronarlo Rey— entrega a Alfonso la corona de Valencia, Rosas es quien instaura en estas tierras el festejo del "Día de la Independencia", que muestra a las claras sus intenciones revolucionarias. [2]

    Y no podemos decir que esto se debe a que el Cid tuvo mejor rey que Rosas a quien serle fiel: Alfonso es regicida, fratricida y perjuro, y sólo logra convertirlo la actitud del héroe; en cambio Rosas tiene nada menos que a Don Carlos V de España, nuestro rey carlista, a quien servir y ofrecer sus conquistas.

    Tampoco vamos a comparar enemigos, pero no creo que el partido unitario y sus aliados ingleses fueran más "salvajes" que los temibles moros.

    Los diferencia la Lealtad.

    Nos recuerda Anzoátegui: "Todo el heroísmo de España reposa sobre la lealtad" y es El Cid quien "preside la lealtad de España"

    "Es el hombre jerárquicamente impulsado a mantener la realidad de España para vivir una virtud indispensable —por heroica— a la vida española".

    "La moral española... obliga a servir al Rey hasta la muerte, en el trono y en el destierro". [3]

    Rosas es español, nacido en el Virreinato del Río de la Plata —en la América Española— 11 años antes de las invasiones inglesas, durante las cuales pelea bravamente, aún niño, por Dios, por su Patria Española y por su Rey, lo cual le vale el reconocimiento de las autoridades porteñas. [4] No interviene, en cambio, en los acontecimientos de mayo de 1810.

    Los que sí lo hacen —argumentando para ello la crítica situación española en la península ocupada por una potencia extranjera— dicen que España no hace nada por sus posesiones americanas. Como si hubiera sido poco hacer la evangelización del vastísimo territorio americano al costo de trescientos años de sangre española, debiéndole a España nada menos que la Fe y la instauración de la Civilización Cristiana en estas tierras, a cuya organización debían hasta la contundente victoria militar de nuestra ciudad obtenida sobre la mayor potencia militar de la época. Dicen con prepotencia y vileza y en un momento trágico de nuestra historia: "España no está haciendo nada por nosotros" —olvidando que "nosotros" también somos España— cuando en verdad debieran decir: ¿Qué estamos haciendo nosotros por España?

    A partir de esos años Rosas, lejos de la política, consolida su situación económica y reaparece en escena recién cuando los efectos de la revolución producen —como siempre—un caos de tal magnitud que se hace imprescindible un hombre con la autoridad y capacidad necesaria para recomponer el orden pre-revolucionario. Esta tarea la realiza Rosas con brillantez meridiana, demostrando a las claras que se trata del personaje puesto por la Providencia para tal fin.

    Y es esa continuidad con la situación pre-revolucionaria que produce Rosas, la que lleva a muchos a confundir su conducta con la de quienes han sido fieles a Dios y leales a la Patria y a su Rey, como sólo los grandes de la historia.

    Escribe el Dr. Pacheco Seré: "Si el considerado libertador era tradicionalista, al menos en lo religioso y lo cultural, hubo cierta continuidad; si era logista, "regular" o irregular", sólo hubo revolución y anarquía". En nuestras tierras podemos observar ambos casos. [5]

    Y es aquí donde Rosas flaquea, se enanca en sus triunfos, olvidando que "la victoria pertenece al Señor de las Batallas, a nosotros nos pertenece nada más que la batalla." [6]

    Es entonces cuando pudo quizás alcanzar la estatura de los héroes que hicieron grande España, y quizás también cambiar la historia del mundo, tan solo renunciando a los honores y a su propia y efímera gloria y ofreciendo las conquistas a su Rey, don Carlos V, legítimo heredero de la corona española.

    Imaginemos por un momento a Don Carlos V —nuestro Rey— en Buenos Aires, encabezando la contrarrevolución desde estas tierras americanas...

    Y no pensemos que es esto tan descabellado o su posibilidad tan remota: poco hacía que la corte lusitana en pleno se había instalado en América.

    Además Don Carlos, al final de la guerra debió partir hacia el exilio. Bien pudo ser acá, en sus dominios americanos, su exilio y su gloria....

    Era el momento justo en que Rosas pudo mantener la continuidad natural del poder que sólo puede garantizar la monarquía legítima, en lugar de —en definitiva— haber trabajado para consolidar la revolución. Porque el resultado final de su paso por el poder es la constitución liberal de 1853, constitución que no pudo darse antes porque las caóticas condiciones no lo permitían.

    Pero leámoslo en sus propias palabras desde el exilio, en 1873, a más de 20 años de Caseros, ya sin apremios y con los resultados de su gestión a la vista: "La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio, y esto requiere.... un pueblo... que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y a la vez un deber...

    Era preciso, pues, antes de dictar una constitución, arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida democráticas..... cuando me retiré, con motivo de Caseros – porque había con anterioridad preparado todo..... poniéndome de acuerdo con el ministro inglés – el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional"

    Y también afirma, despejando toda duda acerca de sus intenciones: "Otorgar una constitución era un asunto secundario, lo principal era preparar al país para ello, ¡y esto es lo que creo haber hecho!". [7]

    Es lo que han hecho, por otra parte —salvando las distancias en cuanto a la capacidad de los personajes—, todas las asonadas militares americanas del siglo XX: restablecer el orden desquiciado por la revolución, para que ésta pueda volver a instalarse a continuación con renovado vigor.


    Podríamos agregar —reforzando lo esbozado al principio de esta nota— que en Europa también han aparecido, apenas caídas las coronas legítimas, personajes providenciales de singular capacidad, pero en lugar de restaurar las respectivas monarquías católicas fortificando el Imperio, las ambiciones personales hicieron estéril el tremendo esfuerzo de material y sangre que los acompañó. Nos referimos a esos hombres que la Providencia hizo surgir a la caída de cada monarquía legítima, tanto en Francia como en Italia, España, Austria, Alemania, Portugal. Es cierto que todos fallaron, pero creo que la reacción del enemigo milenario, a través de sus ataques, muestra que él advirtió antes que nosotros el verdadero peligro, que no era la permanencia en el poder de un solo hombre fuerte —que dura a lo sumo lo que le queda de vida— sino la posible restauración de lo que aquél acababa de destruir.

    Olvidó Rosas que los tiempos de los hombres son limitados y que todo sería en vano si no reinstalaba el poder legítimo en estas tierras. Poder que sin lugar a dudas tendría grandes posibilidades de extenderse, recuperando los territorios que le eran propios, ya que aún no estaba instalada aquí la maquinaria de propaganda infernal encargada de borrar a España de las raíces de América y eran muchos los que se sabían españoles: casi hasta 1840 permaneció fiel la resistencia monárquica en el Perú, al mando del General Huachaca, que sólo pudo ser vencida con el apoyo de las anglófilas tropas chilenas luego de años de duro combate [8]. Hoy ya casi nadie advierte que quien ha nacido en América Española es español.

    Y aún en la década de 1840, y hasta el 51, cuatrocientos carlistas, "lo mejor de la juventud carlista", fogueados en la guerra hasta el Convenio de Vergara, peleaban en la Banda Oriental del Río de la Plata al mando del Teniente Coronel Artagaveytia, natural de Vizcaya, formando parte de las tropas del Gral. Oribe . [9]

    También confirman su pensamiento revolucionario sus deseos (diríamos que proféticos) acerca de la Monarquía Española, los que expresa en carta dirigida a su amigo Roxas y Patrón en 1869: "el remedio radical para España era cambiar la dinastía. Dicen que ya ha sido proclamada su destitución y que se convocaron las cortes para determinar la forma de gobierno que ha de seguir. Dios quiera que adopten la Democracia Real para dar al mundo un gran ejemplo; y que al hacer jurar el soberano la constitución exijan lo haga bajo la antigua fórmula (cuyas palabras exactas no recuerdo): «Juramos obedecerla si cumpliereis con las leyes que te presentamos - Y si no, no»". [10]

    Es Rosas quien produce en veinte años la falsa seguridad de que podíamos vivir sin Rey, que es el punto de partida para acabar creyendo que se puede vivir sin Dios.

    Sin Rosas, el caos pudo haber provocado en la población la añoranza de España y de su Rey, y con ella su sana reacción; con él, todo quedó borrado en el pasado.

    ¿Será quizás por eso que San Martín le escribiera, diciéndole que parte de su obra era más importante que las guerras de la independencia y le donara su sable? [11]

    Tampoco podemos alegar ignorancia: Rosas conocía a la perfección la situación americana y europea, a tal punto que cuando el General Flores, del Ecuador, arma una flota para iniciar la reconquista de estas tierras americanas para la corona española, es Rosas el mayor opositor a esta iniciativa, junto con Gabriel García Moreno, su par en Ecuador. Y no por la filiación masónica de Flores o porque su empresa fuera a favor de los isabelinos, ya que le hubiese sido a él mucho más fácil que a Flores (a quien Inglaterra confiscó finalmente las naves) acompañar a don Carlos V en la reconquista de estas tierras. [12]

    Y así como San Martín por el sur y Bolívar por el norte, y tantos otros, entregan las Españas Americanas a la revolución, Rosas y García Moreno pudieron haber sido dos pilares fundamentales de la reconquista del poder español y con él, del Imperio Cristiano, único freno a la demoníaca mundialización actual.

    Porque la restauración del Imperio Cristiano en América no podrá ocurrir sin la restitución de esta América a su cabeza natural, que es el legítimo heredero del trono español.

    Como bien dice el Dr. Ricardo Fraga: "la fractura de América sólo podrá superarse alguna vez por la voz convocante de aquella Corona que le dio ser y vida."

    Y agrega a continuación: "sin Rey legítimo no habrá verdadera restauración".

    "Sin la legitimidad, que brota del orden divino y natural, jamás España recuperará su vocación evangélica: ser instrumento providencial en la edificación de la Cristiandad temporal." [13]

    Y, verdaderamente, no vemos en la historia americana una oportunidad más clara que ésta para haber revertido la farsa revolucionaria que nos ha llevado al vergonzoso estado actual.

    Notas:
    [1] Félix Luna. Juan Manuel de Rosas — Grandes Protagonistas de la Historia Argentina. Editorial Planeta (1999).
    [2] Juan Pablo Oliver. El Verdadero Alberdi. Ed. Dictio (1977).
    [3] Ignacio B. Anzoátegui. Genio y figura de España. Ed. Nueva Hispanidad (2000).
    [4] Carlos Ibarguren. J.M. de Rosas, Su Vida su Drama su Tiempo. Ed. Theoria (1985). Sabemos que esta versión no es compartida por otros biógrafos de Rosas, sin embargo pensamos que es muy verosímil teniendo en cuenta su temprana madurez. Por otra parte la versión cuenta que él sirve un cañón durante la batalla, lo que probablemente significa que alcanzaba los pesados proyectiles a quién realmente se encargaba de la compleja carga, apuntado y encendido de la pieza de avancarga. Debemos destacar también que a diferencia de lo que ocurre en nuestra época, en esos tiempos, el ingreso a la milicia y de allí al combate ocurría a muy temprana edad, por lo que la participación de Rosas a los 11 años podía parecer totalmente normal.
    [5] Álvaro Pacheco Seré. Contribución de la Hermandad Tradicionalista Carlos VII a la doctrina Carlista. Boletín de la Sociedad de Estudios Tradicionalistas Don Juan Vázquez de Mella, Año 4, N° 12, marzo 2001.
    [6] Federico Wilhelmsen. Conferencia pronunciada en el Colegio Lasalle de Bs. As. Año 1966.
    [7] Ernesto Quesada. La Época de Rosas. Ed. Del Restaurador (1950).
    [8] Fernán Altuve-Fevres. Los Últimos Estandartes del Rey. Boletín de la Soc. de Est. Trad. Don Juan Vázquez de Mella, Año 4, N° 11, agosto 2000 (Reproducido de "Razón Española", N° 98 – nov/dic 1999)
    [9] Álvaro Pacheco Seré. Carlistas en la Banda Oriental del Virreinato del Río de la Plata. Boletín de la Soc. de Estudios Trad. Don Juan Vázquez de Mella, Año 1, N° 2, julio de 1997.
    [10] Carta de Juan Manuel de Rosas a José María Roxas y Patrón (del 7/2/1869). A. G. N. Archivo Farini.
    [11] Idem 2.
    [12] Manuel Gálvez. Vida de Don Gabriel García Moreno. Editorial Difusión (1942)
    [13] Ricardo Fraga. Una Dimensión Americana del Tradicionalismo Carlista. Boletín de la Sociedad de Estudios Tradicionalistas Don Juan Vázquez de Mella, Año 3, N° 8, junio 1999.

  3. #3
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    Re: Rosismo, Tradicionalismo y Carlismo

    Defensor, a lo que parece obviaste enlazar la página donde aparecen tan buenos artículos:

    Carlismo Argentino

  4. #4
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    Re: Rosismo, Tradicionalismo y Carlismo

    Crítica al artículo “El Cid, Rosas y la cuestión dinástica práctica”

    He leído atentamente este texto y no he podido determinar por donde va su análisis: ¿es un texto que intenta hacer Historia o utilizando los hechos históricos intenta ser argumentativo? Adjunto mi humilde crítica.

    El texto dice:

    “Los distingue el fin al que aplicaron sus capacidades: mientras el Cid sólo acumula triunfos y tierras para Dios, su Patria y su Rey, Rosas pacifica y consolida la unidad territorial para la revolución, como lo testimonia la presencia de tantos revolucionarios en su gobierno, como Manuel Moreno representando a la Confederación en Inglaterra, Sarratea en Francia, Tomás Guido en Río de Janeiro, Vicente López y Planes, Felipe Arana, Tomás Manuel de Anchorena y tantos otros, como así mismo sus propias palabras que reproducimos en esta nota.”

    Si hablamos de Historia, la presencia de estos personajes para nada testimonian una actitud revolucionaria. Lo mismo podríamos decir de Godoy o Floridablanca. Nunca podríamos afirmar que, ni Carlos IV ni Fernando VII eran revolucionarios por el solo hecho de tener en su Corte gran cantidad de funcionarios afiliados a la masonería.

    “Mientras el Cid —cuando la multitud quiere coronarlo Rey— entrega a Alfonso la corona de Valencia, Rosas es quien instaura en estas tierras el festejo del "Día de la Independencia", que muestra a las claras sus intenciones revolucionarias.”

    Aquí se utiliza el binomio independencia = revolución que no necesariamente son los mismo. Una cosa es independencia y otra revolución. La independencia se puede hacer para conservar los intereses del reino y la revolución puede no ser independentista, tal la actitud del morenismo en el Río de la Plata. Tampoco este es un dato para considerar. Dice Richard Konetzke:

    “dentro de la historia universal-, se presenta la emancipación hispanoamericana como un ejemplo de otros, donde un Real patrimonio se resiste a participar en la necesaria transformación que sufre la Monarquía del Antiguo Régimen al constituirse en un moderno Estado unitario” [1]

    “Y no podemos decir que esto se debe a que el Cid tuvo mejor rey que Rosas a quien serle fiel: Alfonso es regicida, fratricida y perjuro, y sólo logra convertirlo la actitud del héroe; en cambio Rosas tiene nada menos que a Don Carlos V de España, nuestro rey carlista, a quien servir y ofrecer sus conquistas.

    Tampoco vamos a comparar enemigos, pero no creo que el partido unitario y sus aliados ingleses fueran más "salvajes" que los temibles moros.”

    Una comparación tal sin tener en cuenta las circunstancias y el espíritu de la época solo es dialéctica, para nada histórica. No se pueden comparar en Historia dos personajes que han vivido a siglos de distancia.

    "La moral española... obliga a servir al Rey hasta la muerte, en el trono y en el destierro"

    ¿Hubo en España una Monarquía Absolutista al estilo de la francesa de Luis XIV?

    Dice Jaime Delgado parafraseando a Alfonso García Gallo:

    “Ahora bien, si el origen último del poder real era Dios, su origen inmediato estaba, en cambio, en el pueblo, el cual había cedido al monarca la soberanía en virtud de un “contrato callado”, que obligaba al rey a tener a sus súbditos en justicia. Tal contrato recibía su formalización en el acto de jura del rey, en el que este se comprometía a guardar los fueros, usos y libertades de los reinos. Lo mismo sucedía en las Indias, donde el juramento real tenía su réplica en el que todo virrey hacía, al visitar por primera vez una ciudad, de guardar los privilegios, franquicias y ordenanzas. Y por lo que se refiere al origen del poder real respecto de los indios, también era de tipo popular, ya que, aparte de la concesión pontificia, se basaba en la aceptación por los indígenas de la soberanía del monarca en el acto del “requerimiento” [2]

    Esta doctrina estaba viva en las Indias durante el siglo XVIII. Allí la clase culta siguió aprendiéndola en las universidades, cuyas bibliotecas guardaban cuidadosamente los tratados de Suárez, Molina, Mariana y otros autores, que eran bien leídos en las cátedras.

    En España, en cambio, ese pensamiento tradicional sufrió graves desviaciones debido a la influencia del absolutismo borbónico, y de ese modo llegaron a enfrentarse la ideología oficial de la Corona y el pensamiento de la clase cultivada criolla, como se pone de manifiesto en las polémicas surgidas en el seno de los Concilios de México, Lima, Santa Fe y Charcas, celebrados entre 1770 y 1778. [3]

    Dos consecuencias implicaba esta doctrina:
    1. la obligación para el rey de gobernar bien y mantener en justicia a sus vasallos; el ejercicio tiránico de la soberanía no podía justificarse, e incluso podía llegar a ocasionar la deposición del monarca
    2. cuando se produjese, por cualquier causa, la falta del soberano, el poder revertía al pueblo, titular habitual de la soberanía. Y precisamente lo que distingue de modo esencial las sublevaciones y movimientos americanos de los siglos XVI, XVII y XVIII de los que se produjeron en 1810 es la distinta motivación que, respectivamente, tuvieron. [4]


    “Los que sí lo hacen —argumentando para ello la crítica situación española en la península ocupada por una potencia extranjera— dicen que España no hace nada por sus posesiones americanas. Como si hubiera sido poco hacer la evangelización del vastísimo territorio americano al costo de trescientos años de sangre española, debiéndole a España nada menos que la Fe y la instauración de la Civilización Cristiana en estas tierras, a cuya organización debían hasta la contundente victoria militar de nuestra ciudad obtenida sobre la mayor potencia militar de la época. Dicen con prepotencia y vileza y en un momento trágico de nuestra historia: "España no está haciendo nada por nosotros" —olvidando que "nosotros" también somos España— cuando en verdad debieran decir: ¿Qué estamos haciendo nosotros por España?”

    Creo que este juicio es bastante apresurado y habría que precisar un poco más. ¿Quiénes dicen que “España no hace nada por sus posesiones americanas”? ¿Son juicios de la época o juicios actuales? El argumento de quienes han realizado la reacción juntista en América no fue “España no esta haciendo nada por nosotros” pues ellos se consideraban un Reino de la Corona y no de España, no esperaban nada ni de Sevilla ni de Aragón y menos de su rey que estaba preso!. Igualmente si hubiesen pensado así rápidamente se hubiesen declarado independientes, y no fue así. ¿Qué han hecho por España? Es la pregunta. Han guardado los derechos que Fernando VII tenía sobre el Reino de Indias, manteniendo ese “contrato callado” que obligaba al rey a tener a sus súbditos en justicia, como nos dice Alfonso García Gallo.

    “Y es esa continuidad con la situación pre-revolucionaria que produce Rosas, la que lleva a muchos a confundir su conducta con la de quienes han sido fieles a Dios y leales a la Patria y a su Rey, como sólo los grandes de la historia.

    Esta demostrado que Rosas ha sido fiel a Dios y a su Patria, la de los conquistadores que se habían sometido al suave yugo del Rey de Castilla.

    Citamos nuevamente a García Gallo: “Ahora bien, si el origen último del poder real era Dios, su origen inmediato estaba, en cambio, en el pueblo, el cual había cedido al monarca la soberanía en virtud de un “contrato callado”, que obligaba al rey a tener a sus súbditos en justicia. Tal contrato recibía su formalización en el acto de jura del rey, en el que este se comprometía a guardar los fueros, usos y libertades de los reinos. Lo mismo sucedía en las Indias, donde el juramento real tenía su réplica en el que todo virrey hacía, al visitar por primera vez una ciudad, de guardar los privilegios, franquicias y ordenanzas. Y por lo que se refiere al origen del poder real respecto de los indios, también era de tipo popular, ya que, aparte de la concesión pontificia, se basaba en la aceptación por los indígenas de la soberanía del monarca en el acto del “requerimiento”

    Si había un contrato entre los descendientes de los conquistadores y la Corona era porque cabía la posibilidad de romperlo si las situaciones –o las interpretaciones de las situaciones- lo disponían. Quienes realizaron el levantamiento juntista en América lo hicieron imitando a España y con la misma intención que España: guardar los derechos de Fernando. Ahora bien, una circunstancia totalmente nueva a la llegada de Fernando al Trono en 1814 trocó esta fidelidad A FERNANDO, porque una cosa era Fernando y otra la investidura que tenía Fernando, por ello este contrato callado “obligaba al rey a tener a sus súbditos en justicia”, cosa que los revolucionarios consideraron que no sucedía. ¿Fernando VII demostró “guardar los fueros, usos y libertades” del reino de las Indias, tal como esta estipulado?

    “Era el momento justo en que Rosas pudo mantener la continuidad natural del poder que sólo puede garantizar la monarquía legítima, en lugar de —en definitiva— haber trabajado para consolidar la revolución. Porque el resultado final de su paso por el poder es la constitución liberal de 1853, constitución que no pudo darse antes porque las caóticas condiciones no lo permitían.”

    ¿o sea que Rosas pacificó la Confederación para entregarsela a los liberales? ¿Cómo pudo hacer esto si los persiguió y los echo del país? Que el resultado haya sido la Constitución liberal de 1853 no quiere decir que su gestión haya sido con dicha intención.

    “Pero leámoslo en sus propias palabras desde el exilio, en 1873, a más de 20 años de Caseros, ya sin apremios y con los resultados de su gestión a la vista: "La base de un régimen constitucional es el ejercicio del sufragio, y esto requiere.... un pueblo... que tenga la seguridad de que el voto es un derecho y a la vez un deber...

    Era preciso, pues, antes de dictar una constitución, arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida democráticas..... cuando me retiré, con motivo de Caseros – porque había con anterioridad preparado todo..... poniéndome de acuerdo con el ministro inglés – el país se encontraba quizá ya parcialmente preparado para un ensayo constitucional"

    Y también afirma, despejando toda duda acerca de sus intenciones: "Otorgar una constitución era un asunto secundario, lo principal era preparar al país para ello, ¡y esto es lo que creo haber hecho!".

    La Ciencia Histórica tiene un método. Muchas veces solo se hace uso de las fuentes para argumentar y no hacer Historia. Por ejemplo, la Historiografía Liberal Argentina ha utilizado las Memorias de Saavedra para fundamentar la Teoría de la “Máscara de Fernando VII”. Es verdad que la Memoria de Saavedra habla de una “Máscara” pero toda fuente necesita un análisis crítico interno y en contexto. Gracias a grandes historiadores se sabe que Saavedra al escribir sus Memorias estaba pronto a morir. Por otro lado, en ellas fundamentaba una posición dada luego del 25 de Mayo: la de la independencia. No quería quedar fuera de los honores!. Por último, dicha fuente no tiene ninguna relación con los hechos y con otras fuentes de la época. La única que menciona dicha Máscara es esta Memoria y el Informe despechado de Cisneros y Salazar. Ahora bien, ¿podemos considerar esta carta como una fuente fiable para conocer los designios ocultos de Rosas de instaurar la Modernidad en nuestro país? Rápidamente: pasaron más de 20 años, con sus hechos y sus rápidos cambios mundiales y nacionales.
    Para esto es bueno citar el texto de Fernando Romero Moreno:
    “Es claro que no dejaba de haber en el pensamiento de Rosas ciertas ambigüedades: invocaciones a la soberanía popular, que por aquel entonces aparecían también en tradicionalistas hispánicos como Aparisi y Guijarro; ambivalencias en torno al librecambismo y al proteccionismo económicos (como en el conservadorismo anglosajón heredero de Burke); expresiones confusas sobre la separación Iglesia – Estado (que consideraba mala por “inoportuna”) o sobre el papel del Concilio en relación al Papa ( que pueden dar pie a una interpretación ortodoxa, pero que suenan extrañas en el lenguaje de aquellos tiempos); cierta visión benévola de la Primera República Española, etc. Pero son ideas sueltas, no necesariamente constantes y que en todo caso desentonan en un cuadro general y firme, de adhesión al Papado, a la Cristiandad, y a la Tradición y que le llevaba a rezar dolorido: “¡Dios nuestro perdonadnos, e iluminad la marcha de los primeros hombres, en las Naciones de la Cristiandad!”

    “También confirman su pensamiento revolucionario sus deseos (diríamos que proféticos) acerca de la Monarquía Española, los que expresa en carta dirigida a su amigo Roxas y Patrón en 1869: "el remedio radical para España era cambiar la dinastía. Dicen que ya ha sido proclamada su destitución y que se convocaron las cortes para determinar la forma de gobierno que ha de seguir. Dios quiera que adopten la Democracia Real para dar al mundo un gran ejemplo; y que al hacer jurar el soberano la constitución exijan lo haga bajo la antigua fórmula (cuyas palabras exactas no recuerdo): «Juramos obedecerla si cumpliereis con las leyes que te presentamos - Y si no, no»".

    Otra vez un texto que merece un análisis historiográfico: ¿qué significa “Democracia Real” en este contexto?

    “Es Rosas quien produce en veinte años la falsa seguridad de que podíamos vivir sin Rey, que es el punto de partida para acabar creyendo que se puede vivir sin Dios.

    Sin Rosas, el caos pudo haber provocado en la población la añoranza de España y de su Rey, y con ella su sana reacción; con él, todo quedó borrado en el pasado.”

    Perdóneme, pero estas afirmaciones no son para nada históricas. En la Historia no hay lugar al “que hubiera pasado si…”.


    NOTAS
    [1] KONETZKE, Richard, La condición legal de los criollos y las causas de la independencia, Sevilla, edición separada de Estudios Americanos, 1950, pp.33-37.

    [2] GARCÍA GALLO, Alfonso: “El derecho indiano y la independencia de América” En: Revista de Estudios Políticos, Madrid, 1951, número 60, pp.160-161.

    [3] GIMENEZ FERNÁNDEZ, Manuel: Las doctrinas populistas en la independencia de América, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1947, p.25.

    [4] DELGADO, Jaime: La Independencia americana.
    ReynoDeGranada dio el Víctor.

  5. #5
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    Re: Rosismo, Tradicionalismo y Carlismo

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    ElSecretario de Estado de la Suprema Junta Conservadora de los Derechos del Señor Don Fernando VII en Venezuela, Juan Germán Roscio, en carta al Gobernador inglés de la Isla de Curazao, Tte. Gral. Layard el 12 de julio de 1810 expresaba lo siguiente:

    “Hemos desconocido como ilegítimos e ineptos para reinar en estos dominios a los cuatro o cinco individuos que obtuvieron el título de Regencia en la Isla de León. Establecidos sin noticia ni conocimiento de las Américas y contra la forma constitucional del Reino, ningún derecho adquirieron para exigir de nosotros el homenaje tributado y debido a la Real Persona de Fernando VII. Ni los miembros de la Junta Central que les dieron el título de Regencia, tuvieron jamás poder para este nombramiento…
    Agotado entonces el sufrimiento de este fiel y honrado pueblo, usó de su derecho, rehusó prostituir su obediencia y vasallaje, se consagró de nuevo a su adorado Rey el Señor Don Fernando VII; estableció un nuevo Gobierno conservador de sus derechos…
    Por el contrario las relaciones serviles que pretenden y procuran los nuevos gobernantes (de la Isla de León) son opuestos a la libertad e igualdad de esta parte integrante y esencial de la Corona; son incompatibles con los derechos cardinales de su descubrimiento y adquisición establecidos en la Bula de Alejandro VI y en la 1 s. t.s. lib. 3 de las recopiladas para estos dominios. Sobre estos elementos constitucionales está fundado el privilegio que tienen los españoles de este Nuevo mundo, los descendientes de los Descubridores y primeros pobladores para conservarlo por sí mismos en las críticas circunstancias del día y mantenerlo ileso para su legítimo soberano. Procurar otra cosa mientras no logramos su restitución al trono o mientras por el voto libre y general de todos sus vasallos no se fije un centro de poder representativo de su Real Persona en toda la extensión de sus dominios, es atentar contra la Majestad y Soberanía de las Leyes elementales de nuestra constitución.”

    [Mendoza, Cristobal: Las primeras misiones diplomáticas de Venezuela. Caracas, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, 1962, T. 1, p.298.]

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