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Tema: Del Sudoeste Español a la Conquista de los Andes

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    Del Sudoeste Español a la Conquista de los Andes

    DEL SUDOESTE ESPAÑOL A LA CONQUISTA DE LOS ANDES :



    Dedicado a todos aquellos que hicieron posible que mi camino se volviera correcto por el sendero de la Tradición Hispánica; no hace falta dar nombres concretos para el caso.





    En estos humildes escritos trataré de plasmar pues, con el mayor amor conjugado a través de la mera historiografía y del Patriotismo Hispánico, toda una leyenda vital que no fue otra cosa que la biografía de Pizarro, hijodalgo de la Extremadura de León*; con todos los apuntes posibles para comprender buena parte de, no sólo la génesis de la Conquista del Perú en general, sino lo que va a predominar en la Conquista del Nuevo Mundo en general; que no puede comprenderse sin el aporte humano de esos valerosos hombres que salieron de la Extremadura Leonesa y de los Reinos de la Andalucía en una cifra superior al 60 % del total según las estadísticas del sevillano Archivo de Indias; y en especial, de ese sudoeste de la Piel de Toro que aún nota la saudade propia que sólo atribuyen a gallegos y portugueses; y que en verdad, según mi modesta opinión, es un sentir muy común de toda la franja occidental ibérica, que no puede entenderse su reafirmación sino a través de la Reconquista y del empuje del Reino Leonés, sin desmerecer otros aportes. En este sudoeste, de la Extremadura del Sur a la Andalucía Occidental, tenemos un espíritu osado, aventurero, y a veces tan melancólico…Aquello que no somos profetas en nuestra tierra….Quizá sea difícil entendernos, porque a veces creo que ni nosotros mismos nos entendemos…..No obstante, yo sí, a siglos luz, creo entender a Pizarro, al menos por mentalidad…A pesar de que los siglos pasan….Con ello, mi más profunda sinceridad radica en homenajear de esta humilde manera a Pizarro, oriundo de un terruño muy próximo en cultura, historia, lengua y tradición al mío; y a la grandeza tradicional que significaron los Reinos del Perú y que, ojalá que en un futuro, el río vuelva a su cauce y que de la tempestad venga la calma…..Y es que la Conquista del Perú no puede entenderse, al menos su génesis, sin esbozar también los grandes aspectos del sevillano Alonso de Ojeda, así como el influjo que estableció a través del Mare Nostrvm el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. También quiero insistir contra la historiografía oficial, que con mejores o peores intenciones, suele dotar de toda la empresa a la Corona de Castilla, como suele dotar a muchos reyes españoles históricos como “ exclusivísimamente castellanos “; cosa que no es cierta. La mayoría de los Reinos Españoles intervinieron en esta gesta ( En un principio y también durante buenos tiempos el Reino de Aragón no se involucró pues ya tenía su propio Imperio Mediterráneo, forjado por el Mediterráneo Europeo y continuado por los portugueses en el norte africano ) y siempre nos olvidamos de la también tierra hispánica de Portugal; y la concepción política de la España a la que nos remontamos era muy plural y aun así había un sentimiento de unidad patriota que a día de hoy adolecemos. Ello no quita que Castilla no interviniese, pero no sólo fue una empresa de Castilla. No podemos olvidar pues, como se acostumbra, la grandísima importancia que la parte sureña reconquistada por la base del Reino Leonés y el Reino de Sevilla, así como otros reinos con las Provincias Vascongadas, aportaron a esta viva épica. Fueron esas Españas Forales asimismo las que fijaron en América su cometido de esta guisa, a partir de los grandes virreinatos nucleares de Nueva España y Nueva Castilla.


    Claro está que todos los aspectos históricos del Imperio de Ultramar no constituyeron sólo santidad, pero tampoco sólo maldad como se empeñan desde siglos pseudohistoriadores al calor de la masonería mundialista, furibundamente antihispánica por el significado que la Fe en Cristo Rey tiene como nuestra original constitución de Patria y de Imperio. Quisiera plasmar en humildad todos los aspectos positivos y negativos que en ello hubo, no idealizando nada y siguiendo mi vocación de amor por la Historia y por la Verdad que nos hace Libres. No obstante, con todos los fallos reconocibles, jamás el hispano programó ningún exterminio. No podemos decir lo mismo de ciertos sitios que se erigen como “ cunas de libertades “….Como tampoco existen datos de la supuesta “ criminalidad “ de la mayoría de las ibéricas tripulaciones; y sí existen unas Ordenanzas como existió un Consejo de Indias….En cambio, en otros lares, existió el Séptimo de Caballería con los sioux, navajos, dakotas, chipewas, cheyennes, cherokees, comanches….Robespierre y Cromwell con los católicos, o Australia y los presos….Así como su Masónica Majestad Británica concediendo títulos de nobleza a los piratas; mientras que nuestra legislación los castigaba así fuesen españoles de pura cepa…En fin; y algunos se empeñan en contarnos así la Historia….



    * La “ Extremadura de León “ serían las actuales provincias de Cáceres y Badajoz; la primera parte del Viejo León junto con algunas zonas más; y el resto de comarcas pacenses pertenecientes al Reino de Sevilla. La Extremadura de Castilla radica en sorianas tierras, como bien poetizara Antonio Machado. Si acuño este término es por remarcar la importancia del Reino Leonés en la Reconquista de la franja peninsular occidental.





    Francisco Pizarro nació en Trujillo, importante población de la provincia de Cáceres, en la Extremadura del Sur del año de 1468. Como dato reseñable, cabe decirse que en Trujillo también nació Francisco de Orellana ( Apellido de raíz leonesa radicado por aquellas tierras tras las reconquistadoras mercedes ), intrépido explorador del Amazonas.


    Pizarro fue el fruto de los amores clandestinos de su progenitor, Gonzalo Pizarro ( Apellido de rancio abolengo vascón ), a la sazón Alférez y más tarde Capitán de los Tercios Españoles en Flandes, y de Francisca González, que era sirvienta en un convento de monjas, llamado de San Francisco del Real. Francisco Pizarro pues nació con ese duro sambenito que constituía el ser un hijo ilegítimo. Su padre pertenecía a la nobleza de la Extremadura de León, más bien a la hidalguía; según diversos historiadores, su nobleza estuvo probada en el arte de la guerra a las órdenes del Gran Capitán Gonzalo Fernández, del Reino Cordobés ( Insigne andaluz creador de los Tercios y todo un maestro en la táctica militar y envidia de su tiempo ), en las Guerras de Flandes e Italia. No obstante, la Tradición relata que Gonzalo Pizarro jamás reconoció a su hijo bastardo….Gonzalo jamás estuvo verdaderamente enamorado de Francisca González, y en el momento en el que ella daba a luz al retoño, Gonzalo marchaba presto a conquistar la gloria por medio de las armas. Para conseguirla peleó duramente durante largos años, aunque la muerte le alcanzó sin que su nombre pudiera pasar a la posteridad, a no ser precisamente por el ser el padre de un bastardo….


    Su madre, olvidada ya la pasión sentida por el hidalgo Gonzalo, pensó en su porvenir y contrajo matrimonio con un tal Martín de Alcántara, de quien tuvo un hijo, curiosamente también llamado Francisco, aunque sus apellidos fueron Martín de Alcántara González. No obstante, Francisco Pizarro siempre fue consciente de la sangre de nobleza que por sus venas corría; y siempre tenía introducido en su interior un nervio especial, fuerzas y aspiraciones inconformistas que no eran propias de tan jovenzuelo varón que ni sabía leer ni escribir.



    El biógrafo Busto Duthurburu relata una leyenda referente a la niñez de Pizarro, que no deja de ser cuanto menos interesante :


    En aquella época, la ley de hidalguía no era del todo justa según qué casos; puesto que un hijo de hidalga y villano era villano, pero el vástago de una villana y un hidalgo era hidalgo. Y, por este motivo, el hijo de Francisca la Ropera pudo disfrutar de ese cierto ( Aunque no pregonado ) sentimiento de sangre noble y fue bautizado con el nombre de Francisco, en la Iglesia Parroquial de Trujillo, bajo la invocación de San Miguel, y por eso se le impuso el apellido Pizarro, del padre, pese a que éste no lo reconoció oficialmente.


    La niñez del hidalguillo apenas ha dejado resabios historiográficos plausibles, puesto que el pequeño creció bajo la custodia de unos labradores, los cuales, si bien le enseñaron la devoción católica, nunca le enseñaron a leer ni a escribir. La escuela del chavalín fue la calle, y sus amiguetes, niños tan ignorantes como él. Y se dice que es en este contexto cuando el niño juró a sus amiguitos que algún día las puertas de la casa solariega de Pizarro se le abrirían cuando él regresara de conseguir ínsulas e imperios de los que en libros de caballería conquistaban los caballeros andantes….Todo ello lo sabía por la tradición oral de su pueblo ( la temática caballeresca digo ), siendo embelesadamente escuchado por su hermano de madre, Francisco Martín.


    Martín realmente fue el más humilde y cariñoso de sus hermanos, el que menos le pidió y el que, a llegar el momento en que se aquilatan verdaderos amores, no vaciló en ofrendar su vida en un último intento por salvar al Conquistador de la Nueva Castilla. Desde niño, se juró que seguiría a su hermano Francisco Pizarro hasta la muerte.....Y, en efecto, cumplió su palabra….


    Ya en su juventud, tras años de fantasías y de duro trabajo en la tierra, tras haber visto el manejo de los toledanos aceros, pasó por su terruño un regimiento que iba a Sevilla para embarcar en las galeras que iban a llevar a los soldados a lejanos pagos, donde la sangre hispánica se derramaba con generosidad y valentía forjando todo un Imperio. Ésta fue la respuesta a sus ansias : La carrera de las armas. Fue aquél el momento culminante en la vida del futuro Conquistador : O quedarse en La Zarza apacentando piaras de cerdos y comiendo el negro pan de siervos o marchar en pos de aquellos estandartes desgarrados por la metralla y manchados por la sangre de los que cayeron empuñándose….Así que no vaciló y se alistó en las huestes que marchaban a la Italia, para combatir al enemigo franchute. A las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba ( Artífice de la Reconquista de Granada, vástago segundón de la gran casa castellana de Aguilar, nacido en Montilla, Reino de Córdoba, el 1 de Septiembre del 1453; del matrimonio de Don Pedro Fernández de Aguilar y de Doña Elvira de Herrera. Fue el súbdito más destacado de los Reyes Católicos ) aprendió la dureza de las artes marciales que luego le habrían de servir para su gesta en el Nuevo Mundo. El Gran Capitán combatió a favor de Isabel la Católica en la lucha entablada tras la muerte de Enrique IV; y se destacó como gran militar en la batalla de Albuera, contra los portugueses. Afamadas eran su cultura y su discreción, así como el refinamiento de sus maneras, siendo proclamado en los torneos como el Príncipe de la Juventud. Fervor cristiano demostrado, estando de joven interesado incluso en el ingreso en una orden religiosa. Sus proezas en la Toma de Granada fueron legendarias, sobresaliendo la de introducirse en la Alhambra ( Hablaba bien la lengua árabe ) para lograr de Boabdil el Chico la ansiada capitulación. Su intervención en esta guerra le valió para reunir numerosas tierras. Y es sobre todo a partir de Granada cuando el Gran Capitán del Reino Cordobés se percató de la enorme utilidad de la briosa infantería de Las Españas; y de la combinación con la hábil artillería, haciendo olvidar en estas innovadoras y suyas tácticas los pesados caballeros medievalescos cubiertos de hierro sobre sus caballos caparazonados.


    Desde mediados del siglo XIII, la Corona Española de Aragón tenía que soportar que los gabachos, a través de la conspiradora Casa de Anjou, rivalizara contra sus italianos territorios ( Por entonces Sicilia y Nápoles ). Estas ansias envidiosas la tuvieron que sufrir los Reyes Católicas e Italia convirtióse, como antes Granada, en campo de batalla en los que se forjó tras siglo y medio la mejor infantería del mundo. Y así, el Gran Capitán defendió la idea de un ejército plenamente nacional, de patriotas concienciados, desdeñando el predominio mercenario.


    Con la entrada de Carlos VIII de Francia en Nápoles, fue en el año de 1495 por Fernando el Católico en defensa de su pariente, Fernando II de Nápoles. Aunque en principio fue derrotado por las francesas armas en Seminara, reorganizó sus tropas y logró recuperar toda la Calabria, reponiendo a Fernando II de Nápoles en su innegociable trono. Después liberó el puerto de Ostia, que estaba en poder del pirata de Vizcaya Menaldo Guerri. Por todo ello, el Papa ( De origen valenciano; el apellido valenciano Borja pasó a la Italia como Borghia ) Alejandro VI le concedió la Rosa de Oro, y Fadrique, sucesor de Fernando II, le dio los títulos de Duque de Terranova y Santangelo. Las doctrinas y prácticas guerreras del Gran Capitán recogidas por sus lugartenientes y sucesores y por señalados Conquistadores de Las Indias como Pizarro, que se foguearon en sus filas, dieron motivo a que podamos hablar con propiedad de una auténtica Escuela Militar Hispánica.


    Así pues Pizarro ( Que en su vejez utilizó zapatos y sombrero de color blanco, porque así los llevaba el Gran Capitán, aunque no le llegara a conocer personalmente ) sirvió en Italia a las órdenes de Fernández de Córdoba. No obstante, la guerra llegó a su fin sin que Pizarro pudiere haber destacado al menos con renombre. Y cuando licenciaron a parte de la tropa, Francisco volvió a la España.

    Entonces, la Extremadura le parecía demasiado corta para sus anchas ambiciones. Ya en Italia, en el mismo terreno donde en el 1503 libróse la Batalla de Cerignola, donde los franceses sufrieron su más terrible y humillante derrota, al contemplar el botín, se puso a pensar que el camino era difícil pero que no tenía por qué ser lento….Además, ya había oído hablar de aquel Nuevo Mundo que un gran navegante apellidado Colón había descubierto…..


    Así que, de nuevo en la Piel de Toro, pasó al Reino de Sevilla, y como en la capital hispalense estaba a punto de zarpar el también cacereño Nicolás de Ovando, al que llamaban el Comendador de Lares, y que se disponía a gobernar la Isla La Española por encargo de los Reyes Católicos, llevando para ellos un grande séquito de parientes y otras gentes, en su armada de 30 naves; Pizarro se enroló en el servicio del nuevo gobernador, y en el año de 1502 arribó a La Española. Había tomado la decisión fríamente y no prestó demasiada atención a las taberneras pláticas donde se relataba la dureza de los indios caníbales….Y Pizarro los despreciaba, al considerarlos seres débiles, sin energía ni voluntad, que no aprovechaban la hermosa oportunidad que la Patria mediante Dios brindaba.


    Cuando desembarcó en isla dominicana, contaba ya con 34 primaveras. En aquella época se decía que era mucha edad para meterse en americanos fregados, pero si hay algo que destacar en la persona del Conquistador del Perú es la enorme voluntad y su gran energía que arrampló contra los vulgares tópicos.


    En estas lides, Pizarro colaboró en la pacificación de La Española, principalmente sublevada contra los hermanos Cristóbal, Bartolomé y Diego Colón. Durante cinco años distinguióse como buen soldado, sereno y duro, pero aún sin mostrar todo su verdadero potencial. No obstante, en aquella virginidad terrenal lo que verdaderamente tenía importancia es el valor en el arte de la guerra…Y así iremos pues conociendo el crecimiento de una nueva nobleza, como en las armas castellanas se conoció por medio de los primeros y decisivos infanzones. Parecía que los procesos de formación de la España Medieval se repetían con idéntico espíritu guerrero en la América del Renacimiento…Y en este contexto, a Pizarro terminó pareciéndole más familiar el sofocante calor tropical que la fresca llanura extremeña.


    Con todo, en Santo Domingo abundaba la nobleza militar, e incluso una verdadera, aunque pequeña, corte. Pizarro fue admitido en ella y allí aprendió cortesanía ( Recordemos que la cortesanía de la época marcó su hito en los escritos de Castiglione ), adquiriendo su-natural y merecido-porte noble y distinguido.


    Y fue allí donde conoció a impetuoso y distinguido Alonso de Ojeda, este noble del Reino Hispánico de Sevilla, el Caballero de la Virgen, el Precursor, combatiente de Granada, temerario recorredor de una a priori imposible viga que sobresalía de la mampostería del revoco de lo alto de una torre en Sevilla para el asombro de la Reina Isabel la Católica; protegido del Duque de Medinaceli y del Arcediano Fonseca, y futuro Conquistador de la Pequeña Venecia…..Pizarro comprendió que aquel genio militar podría enseñarle mucho y, cuando movido por la última fantasía de Cristóbal Colón. Tras sufrir injusticias, Ojeda marchó hacia el territorio de Veragua, llevándose al hidalgo extremeño como lugarteniente. ( Plasmando pues una constante de toda la labor de la Conquista de América : Extremadura Leonesa y Reino de Sevilla….) Pizarro pues se forja antes que nada como explorador, para a posteriori pasar a ser Conquistador. Más de uno se ofreció a Ojeda para conquistar el fabuloso territorio de Veragua. Es de recibo recordar que también en Santo Domingo andaban héroes como los extremeños Hernán Cortés, Vasco Núñez de Balboa o el cordobés Martín Fernández de Enciso.


    Fue precisamente gracias a la protección del Arcediano Fonseca que Alonso de Ojeda llegó a Ultramar. Detrás, en Córdoba, dejó una hembra; un amorío cuyo padre no permitió un deseado matrimonio. Y el joven, colgada del cinto, junto a la espada, llevaba una tablilla con una pintura de la Virgen María; de ahí a su honroso sobrenombre.


    Ojeda llegó a las Américas, a las Pequeñas Antillas. Asombróle aquel escenario natural, tan distinto al que conocía….Los olores profundos de la selva tropical le hicieron soñar con mayor intensidad si cabe. No obstante, aquellas montañas de volcánico cariz, recubiertas de una verdosísima y exuberante vegetación, ocultaban a unos indios muy peleones, que recibieron a los Hijos de Las Españas a flechazos.


    Luego, Cristóbal Colón le encargó a Ojeda varias expediciones de castigo, y nada le resultó más grato al joven guerrero. Con su habitual audacia condujo a sus hombres contra los caribes ( Caníbales ), haciéndoles la guerra hasta la extenuación. El canibalismo le causó un terrible horror, pero también sirvió para su continuado entusiasmo; pues así legitimaba la empresa encomendada.


    En otra isla tuvo que combatir contra unas poderosas mujeres que disparaban sus arcos con tanto o mayor furor que los varones : La leyenda de las amazonas.


    Y así, llegó Ojeda al Fuerte de Navidad, donde en el viaje anterior de Colón había permanecido una guarnición. Pero, cuando él llega, se encuentra ruinas, destrucción….Y ni un solo amerindio en las proximidades. Todos entendieron en seguida la terrible tragedia sufrida por sus compatriotas que se habían quedado custodiando el fuerte. Colón sufrió entonces una de sus más terribles decepciones. Había que volver a empezar….



    No obstante, se llegó a conocer lo verdaderamente ocurrido en el Fuerte. Canoabó, el gran cacique insular, aprovechando las rencillas y la falta de unión de los hispanos, les había atacado por sorpresa y los había pasado a cuchillo.


    Ojeda comenzó a intervenir a diario en combates contra los caribes. Estos se mostraban ya francamente hostiles y no respetaban como antes a los hombres de raza blanca. Sin embargo, Ojeda parecía indestructible. Avanzaba siempre en la pelea sin reparar en el peligro, atrevido, valiente, decidido y hasta majestuoso. Y en La Española, a poca distancia de La Isabela, empezó a tomar cuerpo la leyenda de que el Capitán Alonso de Ojeda era invulnerable. Los indios ya le miraban con respeto e incluso el mismísimo Canoabó le temía y le respetaba.


    Ojeda, por su parte, también andaba enterado de los hechos del caudillo asiático-polinesio. En todas sus expediciones oía hablar del tal Canoabó y acabó por desear enfrentarse cara a cara contra él para medir fuerzas. Canoabó no era precisamente un rey ampuloso, no tenía palacios ni piedras preciosas; pero sí era un temible guerrero que aprovechaba todas las oportunidades que bien se le presentaban para atacar a los Conquistadores Españoles, sin mostrar la más mínima piedad.


    Cuando levantaron el Fuerte de Santo Tomás, Ojeda fue nombrado Comandante del mismo. Canoabó enteróse de que los soldados blancos habían dejado en la fortaleza una guarnición muy menguada y decidió intentar repetir lo del Fuerte de Navidad….Una noche, al frente de varios miles de guerreros, Canoabó avanzó forzadamente hacia el fortín. Pensaba tomarlo por sorpresa, a su estilo, pero los escasos 50 hombres de Ojeda obedecieron a la rígida disciplina militar impuesta por el Precursor, y el primer ataque indio quedó frenado por los fuegos de algunos arcabuces y un falconete. El ruido y las llamas hacían más daño que los propios proyectiles. Los muertos no fueron muchos, pero los indios huyeron despavoridos y en masa. Canoabó, viendo esto, determinó sitiar la fortaleza, y este asedio duró todo un mes, durante el cual los españoles realizaron diversas salidas en busca de alimentos, aunque para ello tenían que luchar para salvaguardar sus propias vidas. Los combates, pues, eran casi continuos, y sólo Ojeda parecía poseer un talismán que le protegía….


    Canoabó, mientras tanto, veía cómo iban cayendo sus guerreros. Y sus hombres se iban reduciendo en número de manera constante. Finalmente, el cacique caribeño hubo de abandonar su empresa, desechando la imposibilidad lógica de apoderarse del Fuerte, tan bien defendido por el genial sureño Caballero de la Virgen.


    Colón, en tanto había marchado a recorrer los mares de la zona, y a su regreso, Ojeda abandonó el mando del Fuerte de Santo Tomás en manos de un subordinado y se fue a ver al Almirante. Este, tras hablar con Ojeda, comprendió las dificultades con que tropezaban los españoles en la isla. Canoabó, gran caudillo a pesar de los pesares, estaba reuniendo bajo su mando a un gran contingente de salvajes, agrupando a su alrededor a todos los reyezuelos amerindios de la isla dominicana. Colón insistió a Ojeda que era preciso librarse de aquel temible indio. El Precursor meditó profundamente esto….Comenzó a acordarse de la lucha de guerrillas llevada a cabo en la granadina Sierra Nevada, cuando un puñado de corajudos hispanistas cayó de improviso sobre un campamento musulmán, dejando un reguero de fallecidos y desapareciendo con rapidez tras los picachos antes de que los sorprendidos islamistas pudieran reaccionar. Así, en el cerebro de Ojeda se fue fraguando un buen plan, y el caso es que parecía descabelladísimo….Que nada más decirlo invitaba a lo imposible.


    Una mañana, al frente de 9 jinetes, partió al galope hacia el interior isleño, directamente hacia los dominios del cacicazgo. Canoabó, avisado por los correveidiles de su estirpe, ordenó que le dejasen llegar, pues deseaba conocerle en persona. Tras una galopada de 60 leguas, Ojeda y sus hombres llegaron ante el cacique, que estaba rodeado de todo su séquito. Los dos caudillos se contemplaron. Canoabó ya había entrevisto al hispalense por haberle observado cuando se luchaba en torno al Fuerte de Santo Tomás. Admiraba su decisiva valentía, y sentía enorme curiosidad por ese amuleto que, según se decía, le protegía de todo lance….Ojeda, por su parte, también admiraba a Caonabó y, manifestóle que traía un mensaje de paz del Gran Jefe-Esto es, Colón-, prometiendo a Caonabó regalarle la campana de la Iglesia de La Isabela, cuya voz de bronce causaba espanto y admiración a aquellos atolondrados indios, que a menudo iban a escucharla. Caonabó tenía pues que acompañar a Ojeda a La Isabela, donde el Gran Jefe Blanco le haría regalo de la gran campana. El cacique de los caribes adivinó las intenciones del ardoroso visitante, pero pretendió sacar tajada de la oferta. Al día siguiente, se puso en camino acompañado por sus duros guerreros.


    Ojeda en verdad comprendió que su estratagema se había vuelto contra él. Puede ser que sí le acompañara Caonabó, pero de un modo mucho más peligroso que si el indio hubiere permanecido en sus propios pagos. Ahora, La Isabela estaba en peligro ante la amerindia masa que se avecinaba….Los 10 españoles estaban rodeados por los indios, lo que hacía imposible la huida. Con todo, Ojeda llevó adelante a su plan, pues es que no podía desembarazarse de otra manera del peligro de Caonabó.


    Una mañana, cuando llevaban recorridas bastantes leguas de camino hacia la ciudadela ibérica, Ojeda se presentó a Caonabó. Llevaba en las manos unos grilletes de acero tan bruñido que parecía plata. Mediante palabras y señas, le explicó a Caonabó que aquéllas eran unas pulseras iguales a las usadas por los soberanos de la Europa durante las ceremonias mayormente relevantes. Atraído por el brillo del metal, Caonabó alargó las manos. Ojeda, no obstante, le expresó que antes de ceñírselas en las muñecas, tenía que purificar el cuerpo de toda suciedad, aconsejando que se bañase en el río, que se encontraba próximo. Caonabó accedió a ello entusiasmado. Sabía que podía estar seguro con la protección de sus fieles, y no se le ocurrió pensar siquiera en un plan tan audaz como descabellado…..Los jinetes de hispanogodo abolengo, que conocían las intenciones del Caballero de la Virgen, estaban asustados y emocionados al mismo tiempo. Cuando Caonabó salió del agua, Ojeda y otro español le colocaron las esposas, cerrándolas con buena fuerza. El indio sonrió orgulloso al observar aquel adorno que creyó digno de los Reyes de Las Españas, y entonces Ojeda lo colocó en la grupa de su propia montura y, al trote, seguido por los militares restantes de España, pasó ante las fuerzas amerindias, que vitorearon al cacique. Ojeda obligó a su caballo a caracolear y a pegar saltos, y los salvajes siguieron atentamente aquellas tan diestras maniobras. Ojeda y los suyos iban describiendo cada vez más amplios redondeles. Y, de repente, cuando en uno de tales círculos pasaron junto a la linde del bosque, Ojeda dio orden de internarse en él. Una vez estuvieron fuera de la vista de los demás indios, Ojeda y sus soldados precipitáronse sobre el jefe caribeño y lo amarraron con cuerdas, sujetándolo, sin que Caonabó, a causa de los grilletes, pudiese defenderse con eficacia. Una vez bien atado el indio, los españoles espolearon a sus cabalgaduras y se internaron bien adentro del bosque, antes de que los asombrados indios americanos fuesen capaces de esbozar la más mínima reacción. Cuantos intervinieron en esta hazaña quedaron maravillados y, más que ninguno, el propio Caonabó. Sólo había hecho falta audacia y valor. Lo mismo que necesitara años más tarde Hernán Cortés cuando se apoderó de Moctezuma en su palacio, o Pizarro en Cajamarca con Atahualpa….Ojeda, al apoderarse de Caonabó, privó a los indios de Santo Domingo del único caudillo que parecía capaz de vencer a Las Españas. De este modo, el dominio imperial hispánico sobre aquellas ínsulas ya podía ser efectivo; todavía más teniendo en cuenta que La Española era la principal base, el buque insignia, el punto de partida de la Conquista Continental. Todas las expediciones partían de esta isla.



    Durante el regreso a La Isabela, los españoles, conduciendo al cacique del Caribe, tuvieron que esquivar a las indómitas tribus de los poblados por los que pasaban y, cuando se terciaba, cruzaban al galope, lanza en ristre, blandiendo la espada. En las enormes selvas, tenían que abrirse camino por entre las zonas pantanosas, evitando las traicioneras arenas movedizas, y evitando las espantosas hordas de mosquitos casi invisibles que se cebaban contra la milicia.


    Finalmente, sucios, sudorosos, y hasta algunos febriles, arribaron los hijos de Iberia a las calles de la primera ciudad hispánica de la América. Cristóbal Colón, poco dado a alabar los éxitos de sus subordinados, lanzó exclamaciones de asombro sin ningún disimulo cuando se enteró de las proezas de Alonso de Ojeda. Se regocijaba de tener tan de cerca a un Caudillo tan astuto y feroz.


    Caonabó contempló desdeñosamente al Almirante y, a sus preguntas, respondió con un altivo silencio, y a sus amenazas con sonrisas de desdén. Mantuvo su tipo fiero hasta las últimas consecuencias. Luego, se jactó de haber degollado a los defensores del Fuerte Navidad, declarando aquello de : “ a no ser por el astuto jefe blanco, yo habría exterminado a todos los blancos de La Isabela “. Probablemente, esto a día de hoy, según las “ sacrosantas “ constituciones liberaloides de tres al cuarto, sería delito constitutivo de apología del genocidio o algo así….Lo curioso es que a Ojeda no le guardó ningún rencor. Lo consideró como un hombre noble de espíritu e incluso superior. Otro delito constitutivo de supremacismo racista para los demócratas del mundo….


    Conocida es la anécdota de que, habiéndole Colón alojado en su propia morada, para que no pudiese huir e intentar refundar el frente indio; como la casa era bien esmirriada, cuantos entraban en la misma tenían que pasar por delante del cuartucho donde se alojaba el cacique caribeño; que casi siempre pasaba las horas y las horas en silencio. Colón, que siempre fue muy jactancioso, había ordenado que al pasar él todos se levantasen y descubriesen. Los vigilantes de Caonabó cumplían la orden, pero el indio se negó siempre a obedecerla. Al divisar a Colón, se cruzaba de brazos y echaba la cabeza hacia atrás, altivamente. Un día, Alonso de Ojeda, ataviado con esmerada sencillez, entró a visitar a Colón, y los vigilantes de Caonabó continuaron su juego de dados, sin saludarle. Sin embargo, Caonabó, tan pronto como vio a Ojeda, se apresuró a levantarse y a saludarlo en señal del más profundo y admirado respeto….Entonces, los guardias le preguntaron que por qué saludaba de esa manera al barbudo hispalense y, sin embargo, no quería nunca saludar a Colón; a lo que Caonabó replicó enérgicamente : “ Tal vez el Almirante, como decís, es el gran jefe vuestro, pero jamás se habría atrevido a ir en mi busca, y mucho menos a apresarme. En cambio, el “ jefe menor “ sí se atrevió a ello, y me venció con valor y astucia. Por tanto, es Ojeda y no Colón quien merece todos mis respetos “….


    El cautiverio de Caonabó provocó la rebelión de toda la ínsula. El Almirante, ya enfermo de la gota, cedió el mando de La Isabela a Ojeda, el cual rápidamente logró reunir a todas sus leales fuerzas, que sumaban así como algo más de 300 valerosos hombres; y los organizó en férrea disciplina, siguiendo su costumbre.


    Tan pronto como Colón estuvo de nuevo en condiciones de tomar el mando isleño, Ojeda y los suyos partieron en busca de los belicosos amerindios. La Infantería los atacó con vigoroso pundonor y cuando, a fuerza de disparos, toques de trompeta y perrunos ladridos ( Por aquella época, los perros que gustaban más para estas lides eran los mastines y los lebreles-Estos últimos solían ser cruces de mastines y galgos-) consiguieron sembrar el desorden y la incertidumbre entre el salvajismo. Ojeda, al frente de 10 jinetes, cayó rotundamente sobre ellos ( Continuando la dificultosa labor de la Victoriosa Caballería Hispana ), acuchillándolos y dispersándolos. Esta victoria terminó con la combatividad de los asiático-polinésicos, cuya moral no era muy alta desde que perdieron a su cabeza visible.


    Cuando Ojeda dio fin a esta hazaña contaba con tan sólo 21 añitos. Los indios americanos retiráronse a las montañas, quemando sus sembrados para que los españoles, al carecer de nutrientes, se vieran obligados a irse de la isla. Ignoraban, no obstante, que los hombres blancos que habían conquistado casi toda la isla pertenecían a una raza de aventureros-acostumbrados a las más duras vicisitudes-muy difíciles de dejarse vencer así como así. Eso sí, cierto es que todos padecieron en notable demasía. Muchos perecieron, y la gloria no aparecía por ningún lado. Las ricas ciudades de oro y marfil profetizadas por Colón seguían sin ser avistadas. Sólo el noviazgo con la muerte era lo que les rondaba. Entonces, fue cuando se habló del regreso a la Vieja España, idea que secundaron más de 200 hombres. Y entre ellos estaba Ojeda. El Caballero de la Virgen había perdido su fe en las leyendas pronunciadas por Colón, como tantos otros, decidió regresar a la Patria; aunque eso sí, pensando en volver nuevamente a las Indias; pero ahora por su propia cuenta, por derecho, como Conquistador. Ojeda se separó del Almirante con gran frialdad y, una vez en Sevilla, fue a visitar al Arcediano Fonseca que ya era Obispo, para narrarle sus aventuras y desventuras.



    Transcurrieron más de 5 años, casi 6….Antes de que Alonso de Ojeda volviese al Nuevo Mundo. Durante todo ese tiempo, luchó en vano contra la atracción de aquel paraíso infernal donde la hermosura se hallaba en derredor de la más trágica muerte. Con todo, comprendió que aquello era mejor para él que permanecer en España. Y así, gracias a sus leales protectores, fletó cuatro buques, obtuvo permiso de Conquista y Descubrimiento y, como flamante y nuevo Gran Jefe, marchó hacia las Indias Occidentales. Llevaba como piloto al mismo que llevara Cristóbal Colón en su primer viaje : Juan de la Cosa. Asimismo, navegó con Ojeda un florentino que se llamaba Amerigo Vespucci, castellanizado como Américo Vespucio, que luego sería Maestro de la hispalense Casa de la Contratación.


    Ojeda estaba dispuesto a cosechar grandes triunfos y enriqueciéndose a él, enriqueciendo también a su Patria. A cada nueva isla que descubría descendía a tierra para atacar a los indios, que ofrecían una resistencia feroz, aunque a veces encontraba a algún cacique deslumbrado por las baratijas ofrecidas por los españoles.


    Poniendo siempre rumbo al Occidente, llegaron a una especie de golfo cerrado, una especie de mar interior, donde existían diversos poblados edificados sobre el agua, con calles y un sinfín de canales. Alonso de Ojeda bautizó a este nuevo territorio como la Pequeña Venecia o Venezuela, nombre que serviría más adelante para nombrar a todo un país conquistado.


    Continuando sus exploraciones, Ojeda buscaba un Imperio por conquistar. Así empezó a ir de lucha en lucha, pero el oro y la plata seguían sin aparecer. Ojeda, para que sus camaradas, aquellos que le habían costeado la expedición, no lo perdiesen todo, intentó cortar palo campeche en las costas de La Española, pero Colón no consintió y entonces hubo de volver a ir de isla en isla, apresando caribes para venderlos en el mercado de esclavos de Sevilla. No le movía el interés, pues todo lo que tenía lo repartía entre su gente. Pero le gustaba y servía para el mando, para la guerra, como si en él quisiera olvidar su cordobés amor desdichado….


    Le acompañaba una sumisa amerindia, enamorada del héroe caucasoide. Ojeda la hizo bautizar con el nombre de Isabel; como el de su amada y como el de la Reina Española.



    Tras el regreso de Ojeda a Sevilla, el Obispo Fonseca obtuvo el Permiso Real para otra conquistadora expedición. Asociados a Ojeda iban esta vez un tal Vergara y un tal Ocampo. Con ellos se embarcaron las gentes más intrépidas de la ciudad del río Betis, partiendo de nuevo en viaje hacia las Nuevas Indias.


    Pero, a pesar de su voluntad y energía, Alonso de Ojeda no tardó en verse desbordado por sus hombres. Éstos únicamente pensaban en el saqueo, la matanza de indios, incendios….Poco a poco, no obstante, se iba llenando un cofre con el oro que obtenían. Ojeda guardaba las llaves de dicho cofre, cosa que molestaba terriblemente a sus camaradas de expedición, hasta que al final lograron sublevar a las tripulaciones de los navíos y encerraron en el camarote al sevillano Adalid, para llevarlo a Santo Domingo. Allí fue acusado de malversación de fondos y retención de todo lo ganado. Mas, al llegar a la parte occidental de La Española, Ojeda, con los pies cargaditos de cadenas, se escurrió por un costado del barco y se arrojó a las aguas, con el ánimo de arribar nadando a la costa. Como era de esperar, el peso de las cadenas le obligó a pedir auxilio y sus carceleros acabaron recogiéndolo cuando se encontraba ya medio ahogado.


    Cuando llegaron a Santo Domingo, lo entregaron al Gobernador, el cual lo metió entre rejas, mientras que sus asociados repartíanse el oro que había sido almacenado en aquel dichoso cofre.


    Ojeda no estuvo preso mucho tiempo; fue pronto puesto libre, mas al verse el proceso se le despojó de todos sus bienes. Entonces, él recurrió a la justicia española y gracias a los buenos oficios de su protector Fonseca, consiguió recuperar el contenido de la célebre cajita….Contenido que hubo de gastar en las cotas del juicio.


    De este modo Ojeda quedó libre de culpas, y también de dineros….No obstante, no tardó mucho en enterarse de la nueva fantasía del Almirante, que había regresado a la Península Ibérica sofocadísimo ya por la gota y por los sufrimientos padecidos en la Jamaica. Esta fantasía nombraba a una fabulosa Veragua, país donde abundaría más el oro que los insípidos pedruscos….


    Ojeda, el soñador inagotable, se sintió pues de nuevo fascinado por aquellos relatos tan legendarios y, cuando en Santo Domingo se supo que Colón había fallecido en Valladolid, la ciudad leonesa del Pisuerga, Ojeda pensó que aquella Veragua ya no pertenecía realmente a nadie; y que debía ser conquistada por los más avezados.


    Como es de suponer, no era el único que así pensaba. Diego de Nicuesa, antiguo conocido suyo, tuvo el mismo pensamiento. Y era tan rico, tan despabilado y tan valentón como Ojeda, pero tal vez carecía de estabilidad.


    Ojeda no tardó mucho en convencer a Juan de la Cosa, el sesudo piloto de la Castilla Marinera, que ya había navegado en la suya compaña, y también en la de Amerigo Vespucci; a pesar de que el cántabro hubiera jurado no volver a embarcarse con el Caballero de la Virgen….


    De la Cosa ya se encontraba con riqueza y Ojeda le parló acerca de sus protectores en España. El castellano podría ir allí y obtener del Rey, por mediación del Obispo Fonseca, que estaba encargado de la administración de los nuevos países, el servicial privilegio de conquistar la Veragua y otras tierras colindantes y enormemente prometedoras. Y así, casi en la misma cronología, marchó a España el comisionado de Ojeda, y también el de Nicuesa. Ambos ambicionaban lo mismo; y si los protectores de uno eran poderosos, los del otro estaban emparentados con el mismísimo Monarca Católico.


    Ojeda quedóse en la dominicana ínsula, aguardando el resultado de aquel viaje. Mientras tanto, indolentemente, se paseaba entre los militares y colonos de la isla. Él fue el gigantesco héroe de los primeros años de la Conquista, el único que pudo lucir con dureza y coraje su valor, su bravura, el que combatió mejor a los peligrosos indios…Todo el mundo le conocía y admiraba.


    Además, por aquellos entonces ya se sabía que pensaba marchar hacia una nueva y fabulosa lucha. Y todos los soldados, todos los hidalgos que se aferraban a su linaje, se le ofrecieron muy servicialmente. Entre esa gran mesnada, Ojeda distinguía a Diego Velázquez, que al cabo de poco tiempo marcharía con otro amigo de Ojeda, Pánfilo de Narváez, a la Conquista de Cuba. Otros que seguían atentamente los pasos del sevillano era el mismísimo Hernán Cortés. Y junto a éste, contrastando con él por su seriedad y su más plena edad, se hallaba un tal Francisco Pizarro, quien, en la mayor sobriedad, harto admirábale. Otros de los muchos personajes que se hallaban a la sazón en Santo Domingo eran Vasco Núñez de Balboa, y también Martín Fernández Enciso ( Que se dedicaba a aquello que a día de hoy denominamos abogacía ) y debido a los numerosos pleitos que había en indiana tierra, había amasado una nada desdeñable fortuna.


    Así pues, se iba preparando toda una pléyade de Conquistadores y/o futuros pacificadores. Protagonistas que cabalgaban entre unos ideales plenamente guerreros, con una fe indómita que se forjó en el anhelo medieval de Reunificación Hispánica y los amplios horizontes que desafiaban la construcción de un Gran Imperio Cristiano; al abrigo de unos ideales cortesanos muy emparentados con la Italia y que se encontraban próximos a la Germanidad Tradicional. El hidalgo, antaño potente y orgulloso infanzón de Reconquista contra el moro invasor, veía así pues su mejor proyecto para, mediante el empleo de las armas, refundar su posición que se creía olvidada en la Piel de Toro. La gloria, la fama, la honra…Todo aquello que desde la Edad Media recogen grandes literatos luego, como Lope de Vega o Calderón de la Barca…El segoviano Diego de Almagro llegaría a confesar aquello de : “ Nuestro propósito fue y es servir a S.M. en el dicho descubrimiento porque obiese noticias de nosotros e nos honrase e hiciese mercedes e no respeto de otros provechos, pues teníamos los dichos quince mil pesos de que podíamos vivir…..” Lo propio viene a referir el extremeño del sur Hernán Cortés en sus Cartas de Relación y, Bernal Díaz del Castillo, rudo soldado como Pizarro y hombre de pocas letras, rezuma Renacimiento al hacer constar los hechos en los que de buena honra es dispuso a participar, y así contaba : “ ¿ Habíanlo de parlar los pájaros en el tiempo que estábamos en las batallas, que iban volando, o las nubes que pasaban por lo alto….? No, no lo contarán los pájaros, ni las nubes, lo narraré yo, yo y yo, dígolo tantas veces, que yo soy el más antiguo conquistador, y lo he servido como muy buen soldado de su majestad….También he escrito para que mis hijos y nietos descendientes osen decir la verdad. Estas tierras vino a descubrir y ganar mi padre a su costa, y gastó la hacienda que tenía en ello y fue en lo conquistar de los primeros….”



    Sería injusto e imposible pretender trazar una semblanza del Conquistador de la Nueva Castilla, Francisco Pizarro, sin hacerla al mismo tiempo de Alonso de Ojeda, puesto que sin éste, seguramente Pizarro no hubiera encontrado una tan clara inspiración en sus guerreras convicciones.


    En España, Fernando de Aragón, acosado por los protectores de Ojeda y Nicuesa, tomó una decisión que si bien no podría tildarse de genial, teniendo en cuenta la situación de aquellas tierras, tampoco podría acarrear grandes males. Realmente, la Monarquía siempre sopesaba de tal manera la carrera indiana. Deseaba satisfacer a este par de Caudillos, ya que sabía de su valía, y así se decidió a repartir territorios entre ambos. A uno y a otro se atrevió a concederle grandeza de títulos; no haciendo lo mismo en cuanto a barcos y monedas se refiere….A Ojeda, según el mejor Príncipe de la Europa del momento, le correspondía descubrir y poblar las costas de la Nueva Granada-Actual Colombia-, que se llamaron de Nueva Andalucía; y a Nicuesa le concedió la Gobernación de la Castilla del Oro, esto es, el Panamá, la Costa Rica y una parte de Honduras, que es la zona que Colón denominara como Veragua.


    Con esto, los aventureros de Santo Domingo se alistaron casi en su mayoría bajo la bandera de Nicuesa; sin embargo, los mejores, los más avezados en aquellas duras peleas, siguieron fieles al impetuoso Caballero de la Virgen. Pizarro y Cortés prometieron seguirle sin rechistar. La cosa es que el destino quiso que Cortés sufriera una herida antes de partir, por lo que tuvo que quedarse en La Española, para posteriormente, lograr la enorme gesta del Virreinato de la Nueva España….



    Ojeda tenía bastantes hombres y permisos, pero le faltaba el dinero. De la Cosa había gastado ya el suyo en preparar la expedición y, naturalmente, eso no bastaba. Entonces, recurrió al cordobés Martín Fernández de Enciso, el cual, sin hacerse de rogar, lo cedió enterito.


    Los dos nuevos Gobernantes prosiguieron con fervor sus difíciles preparativos. Ojeda y Nicuesa llegaron al punto de considerarse algo así como enemigos íntimos….Las fuerzas de Nicuesa eran más poderosas, con más navíos y mejores pertrechos; pero entre los hombres leales a Ojeda se hallaba la flor y nata de las guerrilleras hordas celtíberas del Nuevo Mundo.


    De esta guisa, se empezaron a discutir los límites de los futuras Gobernaciones, contando como si los límites de aquellas tierras tuvieran una importancia decisiva…..Ojeda, menos paciente, menos político, desafió a éste en público. Nicuesa echóse a reír ante la idea de que los dos hombres pudieran matarse y, conociendo las dificultades económicas del Precursor, propuso en público que ambos pusieran depositaran una suma de 30.000 pesos como premio para el vencedor del desafío. Ojeda no poesía semejante cantidad y como no podía confesar su pobreza, declaró que tan pronto como hallara a Nicuesa lo haría preso de la furia de su espada. Fue Juan de la Cosa quien solucionó el espinoso asunto, logrando que ambos terminaran desistiendo del tan incómodo entuerto, conformándose con que el río Darién fuese la línea divisoria de sus respectivos Gobiernos.


    Fernando de Aragón también había concedido a los Conquistadores la Isla de Jamaica como base de partida y aprovisionamiento. Pero Diego Colón intervino en este asunto….Cuando Ojeda se embarcó para comenzar su Conquista, se enteró de que el hijo del Almirante había enviado a la Jamaica a Juan de Esquivel al frente de 70 hombres para apoderarse de la isla en su nombre. Ojeda, al enterarse de esto, juró que en cuantito viera a Esquivel procuraría cercenarle la cabeza.



    La expedición de Ojeda embarcó al fin en un par de carabelas y un par de naves de menor calado, adquiridas en La Española. Iban en dicha expedición unos 300 hombres, entre ellos y como lugarteniente Francisco Pizarro.


    La expedición de Nicuesa tardó dos días más en zarpar y, a pesar de su fortuna, Nicuesa estuvo a punto de ser detenido por las deudas contraídas para preparar la expedición. Le libró de dichas deudas un escribano público que le prestó el dinero necesario para pagar.


    La pequeña flota de Ojeda arribó pocos días más tarde al golfo de Urabá, fondeando en el mismo sitio donde años después se levantaría la ciudad de Cartagena de Indias. Juan de la Cosa, que ya conocía aquellas aguas, aconsejó al Caballero de la Virgen que no se fiase, ya que los naturales del país eran bastante peligrosos y era preferible seguir adelante, en busca de un lugar donde los indios fueran menos belicosos y que no gustaran tanto de disparar flechas envenenadas. Pero Ojeda, como de costumbre, no atendió tal consejo….No era precisamente lo que se dice un hombre cauto, o aparentemente sensato. Por tanto, desembarcó para hacer prisioneros para luego venderlos como esclavos y reunir más fondos para la nueva expedición que ya preparaba Enciso. Una vez en la playa, a los Hijos de España les aguardaron numerosos indios de raza caribe, armados hasta los dientes. Estaban seguros de su propio valor y dejaron que los recién llegados se le aproximasen.



    Se representa aquí la lectura del Requerimiento; un documento ya utilizado en la Reconquista y en las Canarias. Era el título de justificación de la toma de posesión de las nuevas tierras, que se hacía en nombre del Papado Católico y de los Reyes de Las Españas. La cosa es que los indios no entendían la lengua castellana….No obstante, aunque la situación pueda parecernos a día de hoy cómica, simboliza el espíritu de los gobernantes hispanos; pues no se trataba de exterminar a los naturales americanos ( Como sí se hizo en América del Norte por los ya Estados Unidos; todo un genocidio en toda regla que nadie parece denunciar….) sino de formar un nuevo Imperio, reconociendo las diferencias pero integrando a todas sus gentes bajo una soberanía común. Sea como fuere, para lo que nos compete con Ojeda, cabría decirse que un alguacil de su expedición empezó a leer solemnemente ( Acompañado de campaneo ) el documento, mientras los amerindios escuchaban, preguntándose si se trataba de algún hechicero conjuro….Como los indios ya se aburrían, el alguacil fue víctima de una lluvia de piedras y azagayas. Ojeda, que estaba junto al alguacil, se ofendió al ver la burda agresión, y ordenando que se guardasen los papeles, no dudó en echarse sobre los indios americanos. Juan de la Cosa siguióle con los demás y, tan sólo unos minutos más tarde, los caribes habían huido en masa. Entusiasmado por este primer triunfo, el Caballero de la Virgen quiso continuar la persecución, cosa que se dispuso a hacer a pesar de las continuas observaciones de Juan de la Cosa. Y así se adentraron en la selva con vehemente impulso, quedando sólo unos cuantos al cuidado de los navíos y de los prisioneros ya hechos. Cuando llegaron los celtíberos al centro de un inmenso claro, una multitud de polinesio-asiáticos les aguardaban con bastantes armas. Ojeda dio la voz de ataque y derrotaron a aquellos salvajes, que volvieron a darse a la fuga. Sin embargo, ocho caribeños se refugiaron en una choza, provistos de flechas envenenadas, y los españoles que se iban acercando a la guarida caían heridos de muerte, ya que los sitiados eran hábiles arqueros que no desperdiciaban su enorme puntería. Por su parte, en aquellos momentos los Conquistadores no portaban armas de fuego. Al ver la imposibilidad de desalojar a los amerindios con ataques frontales, Ojeda dio orden de que arrojasen leños encendidos sobre la techumbre de paja de la choza, y no pudiendo escapar, perecieron pues los ocho bravos caribes. En conjunto se tenían ya a 70 prisioneros y Pizarro, con unos cuantos soldados, recibió el encargo de llevarlos a los barcos. Ojeda, de esta guisa, no pensaba retroceder sino seguir adentrándose mucho más en la selvática espesura para atacar al resto de los caribeños; creyendo poder aprovechar su desmoralización y pudiendo vengar a los compatriotas caídos en combate. Juan de la Cosa seguía advirtiendo, y esta vez más aún si cabe, de la temeridad de semejante proyecto; todo fue en vano. Ojeda siguió adelante hasta llegar a un poblado abandonado. Apenas comenzaron a registrar las viviendas en busca de los ansiados metales preciosos, cayó sobre ellos una poderosa multitud amerindia que les impidió formar un grupo compacto, por lo que tuvieron que luchar de dos en dos o a lo sumo de tres en tres. Fue en aquel instante cuando Ojeda se dio verdadera cuenta de la locura de ese camino, y trató de abrirse paso por entre sus enemigos. Estos intentaban acabar con él, pero como hasta antes siempre había sucedido, las flechas no se acordaron de su persona, hasta verse rodeado de un montón de cadáveres. En aquel trágico momento, llegó Juan de la Cosa con los refuerzos que había podido reunir. Con esto, el valiente piloto de la Castilla Marinera-Artífice del trazo del primer mapa indiano-trató de contener a los caribes que acosaban al Comandante sevillano; pero las flechas envenenadas comenzaron a caer a su alrededor y, poco después, a pesar de su armadura, los pinchazos le hicieron ingresar en el Reino de los Cielos. Ojeda le llamó para que ambos pudieran abrirse paso entre las prietas filas enemigas, procurando llegar a la playa y, como preso de la locura, se arrojó por entre los indios, sembrando en ellos el más duro pánico. En unos instantes, Ojeda logró desaparecer sin una sola herida, entre los altos y copudos árboles que conformaban aquella formidable selva. Y así, con todo, dióse cuenta de que ni de la Cosa ni los otros seguíanle. El cántabro, que ya no podía sostener su espada, había caído en tierra, y llamando al único superviviente le ordenó que tratase de huir y le comunicase al Precursor su muerte. Así, de los 70 hombres que se alistaron para esta empresa de Ojeda, tan sólo uno se salvó….En el poblado indio quedaron todos los demás, entre ellos, Juan de la Cosa que, con un elevado sentido de la camaradería, se sacrificó por el Caballero de la Virgen, pese a que éste había obrado en contra de la prudencia de sus consejos. Y Ojeda, aunque se había abierto paso en la selva, rondando hacia el interior y no hacia el mar, para desorientar a los enemigos, ya se encontraba casi sin energías. Al fin, tras una noche espantosa en la selva, llegó a una playa virginal, sin ningún barco a la vista, y sin señal alguna de hombres blancos….Y así cayó rendido sobre la finura arenosa. Allí le encontró Pizarro y sus compañeros, los cuales se habían afanado en su búsqueda, con esmero. Respiraron aliviados cuando comprobaron que el soldado hispalense no tenía ni una herida en su cansado cuerpo. Tan pronto como se recobró de la dura fatiga, avistó unas naves que avanzaban viento en popa, en las que reconoció la flota de Nicuesa…..


    No obstante en contra de lo que Ojeda y cualquiera pudiera o debiera suponer, Nicuesa, en lugar de aprovecharse de las desgracias del joven Conquistador, sólo pensó en su socorro, prestándole víveres y hombres para vengar a los caídos por Dios y por España. Ojeda estrechó conmovido y agradecido la mano de Nicuesa y confesó en voz alta que había obrado mal al dudar de su caballerosidad. Inmediatamente, los dos hombres se pusieron a estudiar un preciso plan de ataque.


    Pudieron reunir unos 400 hombres y unos cuantos jinetes y, en la nocturna plenitud se dispusieron al avance hacia el poblado indio donde Juan de la Cosa y la restante camaradería hispánica habían muerto. Cuando llegaron allí, los caribeños dormían en la más tranquila placidez, sin sospechar que los blancos pudieran atacarle, y sin saber de sus portentosos refuerzos. Cuando quisieron darse cuenta, estaban ya rodeados por todas partes de españoles vengadores mientras que sus chozas ardían. Se decidió no dar cuartel a nadie, y que tampoco se harían prisioneros. Así, ni un caribe fue objeto del perdón o de la misericordia; ni ninguno pudo escapar. La cólera de los Conquistadores se encendió del todo cuando hallaron a de la Cosa atado a un árbol, ennegrecido e hinchado por el veneno mortal de aquellas flechas de guerra. Terminada la empresa vengadora, los españoles regresaron a la playa.


    Al día siguiente, los dos antiguos rivales se separaron como hermanos. Y Nicuesa marchó hacia el territorio de la Veragua. Ni él ni Ojeda volverían a verse….



    Sin Juan de la Cosa, Ojeda perdía uno de sus más firmes apoyos. Inútilmente trató de encontrar la desembocadura del Darién para establecer en ella una ciudad, puesto que el famoso piloto le había dicho que ese sería el lugar mayormente adecuado. Ojeda desembarcó en diversidad de lugares, pero siempre halló poblaciones de agresivos indios americanos cuyos dardos atravesaban las más férreas corazas…..


    No podían penetrar en la selva sin caer al momento en emboscadas que diezmaban a su gente. Por si los indios fuesen poca cosa; también las feroces alimañas de aquellas espesuras dificultaban sus intentos.


    Era preciso el descanso y, Ojeda, apremiado por sus hombres, decidió levantar en un altozano, cerca del mar, un fuerte y una población que debían llevar el nombre de San Sebastián. Y apenas levantadas las primeras empalizadas, ya se vieron con los ataques indios….Las provisiones escaseaban, por lo que se decidió que era necesario el envío de una nave a Santo Domingo con los hombres que no estuviesen en condiciones de luchar y los esclavos, para que con lo que obtuviesen de su venta y el tesoro ya conquistado en el pueblo donde murió Juan de la Cosa, Enciso pudiere organizar una expedición de refresco. En la misma nave marchó asimismo la india Isabel.


    El aprovisionamiento era cada vez más difícil, puesto que cuando los hombres de Ojeda intentaban una salida, caían sin remedio. Tanto llegó a ser el terror de todos, que se negaron a obedecer las órdenes de Ojeda y de su segundo, Pizarro.


    No obstante, las hambres apretaban y así consintieron en salir para buscar nutrientes, que ya estimaban más que el oro. En una de esas salidas, cayeron en una emboscada y fueron perseguidos hasta muy cerca del fuerte. Y muchos de los que al fin lograron penetrar en el recinto, murieron en medio de espantosas convulsiones; esto es, envenenados por las flechas.


    Como es lógico, la desmoralización en el fuerte era terrible. Los españoles llegaban al punto de preferir la inanición que ser víctimas de aquella muerte tan horrible que tan acostumbrados estaban ya a presenciar.


    Envalentonados por sus victoriosas incursiones, los caribeños sitiaron el fuerte. Los defensores no se atrevían en absoluto a salir, abandonando la relativa protección de sus muros. Ojeda, Pizarro y algunos más, tenían que ir en busca de víveres, arrebatándolos a los indios a punta de espada. Mientras tanto, el prestigio del Precursor ya se iba haciendo eco en las tribus vecinas. En cada salida, él sólo mataba más indios que todos sus compañeros juntos. No esperaba ser atacado, sino que, sencillamente, se arrojaba sobre ellos, buscándoles en sus más dificultosos escondrijos y burlándose de unas flechas que jamás daban en él. Por esto, los caribes empezaron en masa a desear la muerte de aquel hombre blanco….Y ante la inutilidad de los intentos, las más variopintas supersticiones se apoderaron de más de un indio americano…..


    Un día, hasta cuatro de los mejores arqueros de raza caribeña se emboscaron cerca del Fuerte de San Sebastián, con orden de disparar sólo contra el “ jefe blanco “. A posteriori, un grupo caribe fingió un ataque y tan pronto como los españoles salieron al rechace, los indios escaparon hacia el lugar donde se ocultaban los arqueros. Ojeda, como siempre, encabezaba la hueste. La vibración de las cuerdas de los arcos advirtióle del peligro, y más que poder ver, lo que hizo fue algo así como adivinar las cuatro saetas. Su escudo paró casi milagrosamente tres de ellas, pero la cuarta le hizo su primera herida, atravesándole un muslo. No obstante, más dolor que la propia herida causó el efecto moral : Ojeda parecía así pues vulnerable, la fe ciega de sus soldados se desvanecía….


    Hubo de volver al Fuerte de San Sebastián sentado en las lanzas cruzadas de dos guerreros. Llegó a pensar en la desesperación que su mariana protección le había abandonado….No obstante, Ojeda, todo un hombre de hierro, no podía dejarse abatir por una herida. Aquello tenía que ser por fuerza sólo un lapsus. En seguida volvió a su sitio su alma indómita, y tras un esfuerzo se enderezó y con voz firme ordenó un remedio que sólo un titán podría resistir : Sus soldados, amenazados por él con la horca si no cumplían lo cometido, conmovidos, encendieron una hoguera y pusieron a enrojecer una espada; una vez al rojo vivo, un valiente se encargó de cogerla con unas tenazas, acercándose al herido ( al que sujetaban Francisco Pizarro y otro capitán ); aplicándose el acero en la herida, llenándose el aire de un acre olor a carne quemada….Ojeda permaneció impasible, con los labios fuertemente apretados y bien cerrados los puños. No permitió que le apartasen la ordenase : Al no notar el frío producido por el veneno en la herida, fue cuando ordenó retirar la espada. Entonces, serenamente, pidió que lo envolviesen en paños empapados en vinagre y, aunque nadie creía que sobreviviese a tanto espanto físico ( Que se suponía remedio….), fueron transcurriendo las jornadas y Ojeda comenzó a mejorar; aunque sin poder empuñar las armas, muy a su pesar. Sus camaradas permanecieron inactivos pues.


    Fueron pasando días y días; sin que llegasen los refuerzos que, se supone, debía enviar el cordobés Enciso. Por fin, una mañana, el vigía situado en la torre central del Fuerte de San Sebastián divisó velamen en la lontananza. Era la de un buque que viajaba directo hacia ellos. En el Fuerte, nadie ocultó un profundo y sincero entusiasmo, y unas horas más tarde, Fray Bernardino de Talavera, el Capitán del navío, llegaba a presencia de Alonso de Ojeda. Éste, todavía postrado en el lecho, oyó con asombro lo que le contó el tipo que tenía delante. Talavera, con otros 70 desesperados, vagos, ladrones de la peor calaña que merodeaban en Santo Domingo, se había enterado de la llegada del buque que Ojeda había enviado en busca de víveres, cargado de oro y esclavos. La marinería, una vez en tierra, habló de las riquezas de la tierra que acababan de abandonar. Bernardino de Talavera pensó que, haciendo falta provisiones en el Fuerte de San Sebastián, los defensores de esta población estarían dispuestos a pagarlas a precio de oro. Y con los 70 personajazos bajo su mando asaltó un barco genovés cargadito de comestibles, y con él se hizo a la aventura del mar. Ni Bernardino ni su gente sabían nada de mareo, por lo que con una audacia insolente partieron mar adentro, con una noción vaguísima de la ubicación de la tropa de Ojeda. Así, tras diversos y pintorescos avatares, la nave arribó a su destino, y Bernardino y los demás piratas pronto vieron que el oro del Fuerte casi que no existía; de manera que tuvieron que conformarse con él. E, incluso peor para ellos : Tuvieron que quedarse por fuerza en aquella playa, ya que ninguno se hallaba en condiciones de dirigir el buque contra los fuertes vientos, hacia algún rescoldo de civilización….


    Pronto se terminaron las provisiones y al aumentar el desaliento entre aquellos individuos, Ojeda les propuso marchar él mismo en busca de refuerzos y provisiones. La hueste aceptó sin vacilaciones, sabedores de la inquebrantable lealtad de su Jefe, inasequible al desaliento. Los bandidos también ansiaban abandonar el Fuerte, por lo que decidieron marcharse con el del Reino de Sevilla. Éste subió al navío, y dejó al frente del Fuerte de San Sebastián a Francisco Pizarro, no sin antes advertir que si transcurridos 50 días no regresaba, podía irse de allí también con los buques que quedaban. Luego, tan pronto estuvo en el castillo de popa, declaró con vehemencia que él era el único Jefe de la partida. Los hombres de Bernardino de Talavera le obedecieron en un principio; pero cuando estuvieron bastante lejos de San Sebastián, en cuanto percibieron la facilidad con la que Ojeda dominaba la situación, creyeron poder hacer lo idéntico y cayeron sobre el Conquistador, lo cargaron de cadenas y lo encerraron en la bodega de aquel barco. A los cuatro días, la navegación que hasta entonces había sido fácil, se vio interrumpida por una terrible tempestad. A Talavera y al resto del bandidaje, que nada sabían de los tropicales océanos, no se les ocurrió otra cosa que arriar todas las velas, dejando la nave a merced de la corriente…El navío, sin ni siquiera el trinquete ni la cangreja, empezó a verse zarandeado por las enormes olas de aquel encolerizado mar. De pronto, los piratas acordáronse de que el prisionero se había convertido en el curso de aquellos años en un experto en pilotaje y fueron en su busca, colocándolo de nuevo en el puesto de mando. Ojeda se dio cuenta de que era imposible arribar a Santo Domingo, pues la nave se había desviado en demasía del rumbo previsto, por lo que optó por la única solución viable : Poner proa a la Isla de Cuba.


    Cuando llegaron a una playa del sur cubano, la nave, no pudiendo resistir más los embistes del furioso oleaje, se abrió por el fondo y empezó el hundimiento…Los piratas llevaron a tierra cuanto pudieron y Ojeda se asombró al darse cuenta de lo mucho que había coqueteado otra vez con la muerte….


    La Isla Cubana se hallaba sin ningún hombre blanco. Los navegantes sólo habían recorrido las costas, asegurándose de que, aunque grande, tan sólo se trataba de una isla. Pero la zona interior era realmente desconocida.


    Tan pronto como estuvieron en tierra, Talavera y sus hombres se negaron a obedecer a Ojeda, despojándole de todas sus armas. Sin embargo, al poco de haberse adentrado unos metros en la manigua fueron recibidos a flechazos; así que se convencieron que les hacía falta un Jefe que les condujera a la ya fundada Americana Hispanidad.


    Como es lógico, todos sabían que en Santo Domingo les esperaba la horca como castigo por haber robado la nave ( Y más de una nación aliada como lo era Génova ); no obstante, no podían soportar más el salvajismo caribeño. Ojeda, ya al mando, sabía que tales indisciplinados no podrían responder con precisión a ningún ataque; por ello, evitó pasar por sitios poblados. Así, avanzaron por el litoral, cruzando amplias extensiones boscosas, cuyos árboles humedecían sus raíces en el mar. Los primeros días de marcha por la costa cubana fueron más o menos facilotes; con todo, el Caudillo de Híspalis comenzó a notar que el terreno perdía en firmeza, transformándose en pantanoso; así que más de un caminante se la tuvo que ver y desear en el lodo….


    Ojeda creyó que aquellos terrenos no podían ser demasiado extensos, por lo que animaba a los otros a seguir adelante. Pero durante toda una semana, el territorio no mejoró, sin que pudieran descansar en ningún lugar seco, siempre mojados y continuamente aguijoneados por los montones enfurecidos de mosquitos que infestaban aquella región. No hubo día que no conociera la muerte de algún pirata. Un mes entero tardaron en atravesar aquella gran extensión de fango y agua, de 125 kilómetros de longitud; toda una hazaña que nadie volvió a repetir…..


    Al fin llegaron a una aldea caribe, cuyo cacicazgo les recibió con impresionante bondad, dándoles todo aquello cuanto era necesario. Ojeda contó el número de supervivientes : De 76 quedaban 35….El cacique de la aldea, llamado Cueybas, demostró una gran admiración por la estampa de la Virgen que portaba el Precursor. Éste había prometido que si salía bien del trance dejaría la imagen en el primer sitio habitado que encontrara, elevándole un Altar y haciendo que todos tomaran la devoción que le correspondía. Cuando embarcó en la carabela que desde la Jamaica enviaron para salvarle, se despidió de la tablilla con los ojos aínos de lágrimas, que se quedó para siempre con los indios.



    El gobernador de la jamaicana ínsula era Juan de Esquivel, el hombre a quien Ojeda había prometido decapitar….Avisado aquél por Pedro de Ordaz, que realizó en una frágil canoa amerindia la travesía entre Jamaica y Cuba, Juan de Esquivel no vaciló en ayudar a su rival, y cuando él y Alonso se hallaron cara a cara, se dieron un fraternal abrazo, como si los antiguos recuerdos de Santo Domingo se esfumaran en aquel instante.


    Ojeda deseaba regresar a La Española, a fin de enviarle a Pizarro y a sus compañeros el auxilio que necesitaban. Y tan pronto como le fue posible zarpó de Jamaica; donde quedaron Bernardino y el resto del bandidaje, que ya no eran demasiados….Ninguno de ellos deseaba volver a donde tendrían que pagar por sus fechorías.


    Pero el Virrey, enterado del paradero de Talavera y sus secuaces, envió con rapidez una nave en su búsqueda a fin de hacerles comparecer ante el tribunal dominicano que debía juzgarles por el asalto del barco genovés y las muertes que por ello hicieron.


    Ojeda fue llamado a declarar contra los primeros piratas de las Indias. Con todo, sus declaraciones no pudieron ni mejorar ni empeorar la situación de aquéllos; y así asistió a la ejecución de sus indisciplinados compañeros de viaje en aquellos pantanos de Cuba. Y con todo, no pudo evitar el lamento.


    En sus últimos tiempos, Ojeda parecía, a pesar de su juventud, un anciano decrépito. A pesar de su centroamericana pacificación, de sentar las bases de la Conquista de la incipiente Venezuela y de alguna zona de la futura Nueva Granada…..Su prestigio parecía desvanecerse entre españoles e indios. Y, como a perro flaco todo se le vuelven pulgas, una noche, al regresar a su mísero domicilio, se vio obligado a desenvainar su sable ante una docena de espadachines que, supuestamente, le echaban las culpas del triste yacimiento de la piratería…..El viejo León Hispánico resurgió de sus cenizas cual Ave Fénix, tumbando a unos cuantos y haciendo huir al resto.


    Mientras, ya en la “ incipiente “ Tierra Firme, Vasco Núñez de Balboa se apoderaba ( No sin honroso trabajo; todo hay que decirlo ) de lo que a priori el Monarca Hispano concedióle a él y a Nicuesa. Y con todo, Ojeda comprendía que la protesta conllevaba inutilidad….El Conquistador seguía cojeando, y cada vez más. El veneno de la maldita saeta, a pesar del cauterio autoadministrado, le había intoxicado la sangre y su salud andaba bien deteriorada. No admitía auxilios de nadie porque no gustaba del limosneo para con su figura; esperando siempre recuperar lo que por derecho le correspondía…..


    A diario iba visitando a los frailes franciscanos del nuevo convento. Contábales sus glorias y tormentos de no tan pasados tiempos; aunque en el ambiente americano parecía olvidarse….Y aquellos rincones de paz contagiaban al cansancio y dolor de Ojeda. Ya empezó a disponer de su entierro y exigió que su epitafio fuera sencillo; esta nota de humildad, como sabemos, es tan característica en el guerrero hispánico….


    Cuando el Reino de los Cielos le reclamó para la Eternidad Cristiana, le halló en soledad. Alejado de sus hijos y de la india Isabel, Alonso de Ojeda murió como había vivido; con la mirada fija y altanera, sin que una mísera contracción le desfigurase el rostro. Acababa así la vida de un fiero León Hispánico, inmortalizado a través de los siglos en la legendaria épica que supusieron sus primeras piedras como base innegable para la Conquista Indiana; y que a día de hoy, como todo en general que citamos en esta obra, merece nuestro ejemplarizante reclamo como hispanistas ante el desafío del futuro.


    Entre sus papeles, los religiosos del convento hallaron su última voluntad : En la tumba no debía haber nombres ni títulos ni relatos de sus briosas hazañas ni alarde de sus desgracias. ( Emulando al Cid Campeador en la primera Reconquista de Valencia, cuando dejó bien claro a sus hijas ante una multitud de hispanos entusiasmados aquello de : “ Sólo he cumplido con mi deber….” )


    Y así fue enterrado bajo el pórtico de una Iglesia, sin pompas ni ostentaciones de ningún género. Detrás dejó a unos hijos mestizos de los que nunca se preocupó realmente y de los que tampoco fue querido; y la única mujer que le amó de veras, la india Isabel. Según la leyenda, ella murió abrazada a la losa de su tumba, al poco de morir el Caballero de la Virgen…..



    El nombre de Ojeda fue cayendo en el olvido, mientras que resonaba con fuerza la hidalguía cacereña a través de Pizarro. Por entonces, incluso el Almirante Colón había perdido su oportunismo, puesto que el Nuevo Continente ya se estaba conociendo por justicia y real sabiduría como América; ya a través del mapa de Martín de Waldseemüller, profesor de Geografía del Colegio de Saint Didier ( Lorena ), que lo dejó plasmado en su Cosmographia Introdvctio en el año de 1507, junto con sus estudiantes; en honor a Amerigo Vespucci, el que supo de veras hallar la verdad continental del Nuevo Mundo. Ya en el XVIII fue ganando el topónimo considerable terreno. Vespucci había acompañado a Ojeda en su expedición por el Caribe. Posteriormente hizo dos viajes más al Nuevo Mundo y uno a Malaca. Aunque él mismo, en su relato, indica que fueron cuatro viajes a América, esta afirmación a día de hoy está siendo bastante discutida. Pertenecía a una ilustre familia de Florencia, acaudalada y culta en su época. En su juventud sirvió en una casa comercial de los Médici, y en el 1492 pasó a la sucursal de dicha casa en la briosa Sevilla, en aquel entonces una maravilla de Europa….Y aquí fue donde entró en los círculos oceánicos. Se afirma que en su carta dirigida a Lorenzo de Médici en el 1503, publicada en el 1504, y otra también firmada en la Lisboa del 1504 y dirigida a Pietro Soderini ( Su buen amigo ), les hacía saber la continentalidad de las nuevas tierras, rechazando los empeños asiáticos de Colón. En el 1505 pasó a ser ciudadano legal ( No obstante, hemos de recordar que en aquella época no existía Documento Nacional de Identidad; lo que se le concedió pues a Vespucci fue el reconocimiento a sus aportes a los Reinos Españoles y a su especialización laboral para el bien del Imperio y como reconocimiento también como aliado, o de una nación aliada ) de Las Españas y en el 1508 obtuvo el especializado cargo de Piloto Mayor de la Casa de la Contratación de Sevilla.



    Una vez Jefe del Fuerte de San Sebastián, Pizarro, fiel a la palabra dada ( Como no podía ser de otra manera ), aguardó los 50 días pedidos por Alonso de Ojeda antes de adoptar una decisión. Finalmente, convencido ya de que el Conquistador no regresaría al Fuerte, determinó embarcarse con la hispana hueste que quedaba.


    Durante la incierta travesía, perdió una de las dos carabelas, que se hundió con toda su tripulación….No obstante él logró llegar a Cartagena de Indias, donde Enciso preparaba una expedición de auxilio para los Defensores de San Sebastián.


    Cuando Pizarro volvió a la Veragua, halló una total destrucción. Fue en aquella expedición donde Pizarro conoció a su paisano Balboa, que se ha convertido a lo largo de los tiempos en toda una figura “ romántica “ de la Conquista.



    Vasco Núñez de Balboa nació en Jerez de los Caballeros ( Badajoz ), hacia el año de 1475. Tras haber llevado una adolescencia bastante disoluta ( Y hay que tener en cuenta su nobleza de sangre…), embarcó en el año de 1501 con el sevillano Rodrigo de Bastidas, tras contraer unas deudas con el Bachiller del Reino de Córdoba Enciso; el cual acabó perdonándolo en un tono de magnanimidad propia de los gentiles hombres.


    Pizarro notó en aquel joven una fuerte personalidad, comprendiendo que ambos habían nacido para la gesta en vida. Así, cuando en rápida ascensión, Balboa marchó hacia el descubrimiento de la Mar del Sur ( Esto es, el Océano Pacífico ), entre su Capitanía figuró Francisco Pizarro, quien en el 1513, a los nueve años de haber llegado a las Indias Occidentales y, tras casi conocer la mortandad en Veragua, desde una altura fue quien oteó el Pacífico……Éste fue un momento crucial en la vida del Capitán de Trujillo. Eso sí, de efectos más morales que materiales ( Al menos en aquel momento ). Cuando regresaron a La Española, miraron orgullosamente al resto de la soldadesca hispana. Y es que, no se avista un océano desconocido todos los días….


    Aun en segundos términos, Pizarro continuó su progresión. Como segundo del Capitán Gaspar de Morales, tomó parte en la toma de posesión de la Isla de las Perlas.


    Balboa, por su parte, ascendió sorprendentemente rápido, acarreando una enorme popularidad entre la mesnada. Y ello comenzó pronto a suscitar envidias varias y, sobre todo, el odio del nuevo gobernador del Panamá, esto es, Pedrarias Dávila. Éste, basándose en supuestos “ conspiracionismos “ del genial hombre de milicia, a quien el historiador Gonzalo Fernández de Oviedo coloca en segundo lugar de la lista de los cuatro Grandes Césares de la Conquista de América, antes que Cortés y Pizarro; y acabó condenándole a la pena capital.


    El comisionado para la detención de Balboa fue Pizarro. Fue todita una amargura para el futuro Conquistador del Perú. Aquel genial varón, a quien tanto admiraba y sentía como un gran socio de armas, ahora iba camino del patíbulo. La breve carrera de Núñez de Balboa había sido seguida atentamente por Pizarro. Vióle glorificado en fama con la toma de Enciso, en la cumbre ya en el Mar del Sur y, al cabo de unas míseras jornadas, vería como su cabeza era separada del tronco por el hacha del mandado verdugo, iniciándose con esta muerte la etapa trágica dentro de toda una épica.


    Después de la muerte del Héroe de Jerez de los Caballeros, que tanto daño causó a los españoles de verdad al privarles de tan poderoso Caudillo, Pizarro residió durante otros cinco años en el panameño istmo. Durante este tiempo, marchó un par de veces a terminar de templarse en las luchas para someter a las indómitas tribus de Veragua. Fue en estas refriegas cuando concediósele la titulación de Capitán. Su ascenso fue lento, pero aún era inimaginable lo que quedaba por hacer….



    Pedrarias Dávila se trata de una de las figuras más negras de la época de la Conquista, por no decir la peor. Según el cronista Fernández de Oviedo, se trataba de “ un cortesano fuerte, que lo sabía hacer muy bien….”. Era de un carácter muy fuerte. Ni el mismísimo antihispano de Las Casas le es favorable en sus carroñas escritas. Jerónimo de Herrera escribirá a la Monarquía diciendo aquello de : “ cuando el viejo gobernador hablaba, nos hacía orinar de miedo…..”


    Dos meses después de la tragedia del Gran Balboa en Acla, Pedrarias marchó al Occidente Americano con el fin de reconocer la costa del Pacífico, donde pensaba fundar una ciudad. Recorrió las tierras avistadas en anterioridad por Vasco Núñez y a posteriori pasó al Archipiélago de Las Flores. Poco después, su lugarteniente Gaspar de Espinosa avisóle de que había encontrado el lugar idóneo para tal fundación. Pedrarias se encontró con su subordinado y el 15 de Agosto del año de 1519, día de la Asunción, fundaron el primer centro hispánico y, por ende, cristiano, a orillas del mar que Pizarro y Balboa descubrieran. Tal localidad recibió el nombre de Nuestra Señora de la Asunción del Panamá. La ciudad pasó a ser muy pronto la real capital de la Castilla del Oro y foco de irradiación de las futuras exploraciones y conquistas al Norte y Sur del Continente Americano; constituyendo el necesario preámbulo para las grandes Conquistas del Imperio Azteca y del Incario.



    Y así con todo, hacía tiempo que al Panamá llegaron noticias de la existencia de un poderosísimo imperio situado más al Sur, cuyos monarcas se denominaban Incas, y cuya civilización era muy superior a todo lo hasta entonces conocido por los españoles en las Américas.


    Así, Pascual de Andagoya marchó en exploradora y atrevida expedición a una bahía que llamóla de San Miguel, donde según noticias recalaban unas balsas de Túmbez, en busca de sustancias colorantes y otros productos de la natura. Allí, Andagoya embarcó a unos cuantos naturales del país para que le sirviesen con el pilotaje, llegando al Chimú, en la desembocadura del río Virú; origen del nombre de la nueva patria, que en lengua castellana conocióse como “ Pirú “. Andagoya no dudó en adentrarse por la extensa región, ocupando un poblado, encontrando oro y plata, y reuniendo a diversos amerindios para enseñarles el castellano para que pudieran ser sus traductores. No obstante, aquel descubridor no demostró en aquel momento muchos afanes de Conquista; el caso es que no disponía de suficiente logística, la verdad, así que se vio obligado a regresar al Panamá, anunciando su rico descubrimiento.


    Pedrarias Dávila, el asesino de Núñez de Balboa, envió a Juan de Basurto a verificar el hallazgo de Andagoya. Sin embargo, no sería Basurto quien debería conquistar la futura Nueva Castilla, puesto que la muerte cerróle el paso en vísperas de la embarcación hacia la búsqueda de asociados para los gastos de la noble empresa. Así que, el destino así se abría de par en par para hacer justicia al genial Francisco Pizarro….Éste, tras los 18 años trabajando ardorosamente en América, estaba ya en condiciones de emprender una gran gesta para su honra, la de España y la de Dios Padre Omnipotente.


    Pizarro llevaba ya cinco años de aburrida inactividad; eso sí, había aumentado considerablemente su patrimonio. Contaba ya más de 50 veranos, y empezaba a pensar que sólo se quedaría en sus juveniles sueños….


    Entre sus amigos se encontraba el castellano Diego de Almagro, el cual, había llegado a las Indias Hispanas en la expedición de Dávila, huyendo de España por haber matado a un hombre en una pendencia ( No extraña en según qué ambientes de la época….). Almagro estaba peor todavía que el propio Pizarro, pues ni siquiera sabía quiénes eran sus progenitores. Se sabía que había sido abandonado en el atrio de una iglesia, y que debería haber nacido entre el 1475 y el 1480. Había sido militar hasta el 1524 y, como Pizarro, apenas podía defenderse en la lectura. En el Nuevo Mundo guerreó con el máximo pundonor, ganando fama de valiente soldado y mejor compañero, pero no había mejorado su suerte como deseaba.


    Pizarro y Almagro, durante largo y tendido tiempo, hablaron de sus fantasías para con las nuevas y prometedoras tierras recientemente contrastadas. Y, aunque Pizarro contara ya con 55 años y Almagro rondara probablemente la cincuentena ( Almagro era llamado así probablemente por haber nacido en dicha población….), empezó a germinar en sus cerebelos la idea de lanzarse a la Conquista de aquel fabuloso Perú.



    Se reunieron todas las monedas que se pudieron, y después de obtener el permiso de Pedrarias, que era el gobernador del país, comenzaron su reclutamiento. Todo se llevó a cabo con sumaria rapidez; sin tener demasiadas zancadillas que evitar en el momento.


    El 14 de Noviembre del 1524, Pizarro zarpó rumbo al Sur Americano en el barco, acompañado por 80 camaradas de Infantería y 4 jacos. En el Panamá se quedó Almagro, reuniendo más dineros y gentes, pensando unirse más adelante con su querido compañero de fatigas.


    En el puente de su nave, Pizarro flechaba su vista en el oceánico horizonte y su corazón palpitaba con inusitada fortaleza. La nave avanzó siguiendo la costa y el desembarco tuvo lugar en el que luego pasó a llamarse Puerto del Hambre….Precisamente por lo mucho de esto que la hueste pizarrista hubo de padecer. A pesar de terminarse pronto los víveres, creyeron que le sería fácil encontrar de todo en aquellos parajes aún desconocidos….El caso es que los indios huyeron despavoridos tras divisar a los guerrilleros celtibéricos, y así, nada lograban conseguir de ellos, como es normal….Y los soldados pronto empezaron a arrepentirse del embarque en la dichosa empresa…..


    Pizarro, que jamás había aprovechado su posición para comer mejor que sus hombres, no cedió ante las demandas que le hicieron de volver hacia atrás. Su espíritu le decía que el triunfo debía ser costase lo que costase, y se siguió hacia adelante.


    El caso es que, en los posteriores desembarcos, la situación no fue lo que se entiende por mejorable….Al contrario, fue de mal en peor, por lo que fue necesario el regreso al maldito Puerto del Hambre, pues la que allí se pasaba era menor que la sufrida en otros pagos….


    Por “ lógica “, no habría más remedio que volver al Panamá….Pizarro se hallaba tan pronto ante un obstáculo que su indómita energía parecía no poder vencer…..Pero tanto él como sus subordinados poseían obstinación en su estilo, un orgullo racial que en nuestros decadentes tiempos parece no entenderse, y así, les repugnaba la idea de regresar con el rabo entre las piernas hacia la capital del istmo, para encima exponerse a las burlas de los que ya les habían advertido de la supuesta locura….Por tanto, enviaron la vieja nave a Puerto Piñas, en busca de provisiones. Los escasísimos alimentos que poseían se entregaron a los tripulantes de aquella sufridísima nave, de la cual dependía la vida y la esperanza de los que se exponían a duras penas en aquel inmenso continente. Pero los cocos y los palmitos que llevaban no bastaron y al final tuvieron que recurrir a la heroicidad de comer cuero de vaca en remojo…..Los que permanecieron en el Puerto del Hambre se mantuvieron milagrosamente, durante todo un mes. Se alimentaban a base de raíces desconocidas y de todo tipo ( Algunas dulzonas ), cocos, hierbas desconocidas….27 perecieron hinchados a causa de algún vegetal venenoso…..


    En aquel tan duro trance, Pizarro se mostró con la majestuosidad que le correspondía. El León Hispánico volvía a rugir como en los antillanos principios. Sin el menor desmayo compartía la suerte de su sociedad, marchando el primero-como uno más-a buscar alimentos a través de las selváticas incertidumbres, prestando su más sincero auxilio a los moribundos, y enterrándolos con honda compasión y afecto cuando se daba el fatal caso.


    Al fin, regresó su barco. En su bodega se hacinaba maíz, así como también plátanos-Llamados en América “ bananas “- y raíces comestibles. Los ánimos volvieron a alzarse. Pizarro, al ver que sus hombres volvían a disfrutar de una serena-mas escueta-nutrición, se propuso continuar su proyección sudamericana.


    Y de esta guisa, desembarcaron en Pueblo Quemado, y en un bohío encontraron, además de una buenísima cantidad de alimentos, una olla que contenía restos humanos….Hubo diversas batallas contra los indios, que eran caníbales y no se amilanaban ante el peligro; pero al fin, Pizarro logró salir bien parado de aquella región y continuar con su viajero sueño.


    No obstante, visto lo visto, Pizarro comprendió que era inútil amén de injusto el continuar en ese lamentable estado. La gente estaba muy debilitada y era preciso regresar al Panamá, donde podrían mostrar su aurífera recolección.



    Una vez en el Panamá, Pizarro y Almagro decidieron disponer una expedición superior en número, mejor armada y provista de más víveres. Ya las experiencias pasadas aconsejaban no exponerse a mayores sorpresas. Entre ambos convencieron al sacerdote Fernando de Luque, el cual pactó con ellos para colaborar con una importante suma de dinero. Pizarro tenía esta vez los necesarios medios para seguir adelante, por lo cual, volvió junto a sus hombres que aguardábanle en la Isla de las Perlas ( O Tararegui ). En el Panamá se quedaron Almagro y Luque, intentando reclutar milicianos y reuniendo todo lo posible para la ansiada Conquista por el bien de Dios y de Las Españas.


    Reorganizada la expedición con novedosos elementos, se exploraron bastantes metros de costa y se descubrió la Isla del Gallo, que tanta fama adquiriría a posteriori….Por allí obtuvieron ingentes cantidades de oro y, al fin, Almagro, con 46 soldados bien equipados, se reunió con su camarada. Sin embargo, las penalidades no dejaban de ser tremendas. Hasta aquellos soldados tan habituados al sufrimiento las hallaban irresistibles, por lo que se sublevaron, pidiendo sin ambages que se abandonase aquella empresa que tantas vidas costaba. Bartolomé Ruiz, famoso piloto, tuvo que volver al Panamá en busca de más auxilios. Con él se fue Diego de Almagro, dispuesto a reclutar más gente, llevándose consigo a los enfermos y a los descontentos, y con un espíritu altanero que asombraba a propios y extraños. En la Isla del Gallo permanecieron 85 españoles y un centenar de amigables indios.


    Pizarro y Almagro se habían trasladado a la Isla del Gallo porque quedaba bastante lejos del continente, a salvo de los ataques de los caníbales salvajes, y también por estar poblada por gentes pacíficas que le ayudaban en la pesca y en las más diversas y cotidianas faenas.


    Cuando marchó Almagro, por consejo de Pizarro, destruyó todas las cartas que los que se quedaban le habían entregado para darlas a los familiares del Panamá. Pero alguien logró hacer llegar a manos de la esposa del Gobernador un documento en el que, en verso, se explicaba la situación de los hombres de Pizarro, en donde se le calificaba de “ carnicero “…..



    El gobernador del Panamá era Pedro de los Ríos ( Sucesor del envidioso Pedrarias Dávila; el ya mencionado envidioso, mordaz y asesino de Vasco Núñez de Balboa ), viendo la situación del grupo de aventureros que Almagro y Pizarro lideraban, a falta de resultados prácticos, envió a Juan Tafur a la Isla del Gallo, encargándole recoger a los descubridores y obligarles a regresar al Panamá.


    Luque y Almagro ( Que se encontraban buscando refuerzos ), al enterarse de las disposiciones gubernamentales, escribieron a Pizarro, diciéndole que bajo ningún pretexto regresara, sino que continuase, como mejor pudiere, su proyecto conquistador.


    Cuando Tafur llegó a la Isla del Gallo halló a Pizarro y a su hueste envueltos en una tristísimo miseria material. No pudo ante ello ocultar su admiración ante el valor de aquellos 85 hombres, sublimes héroes, tachados de locos, que aun sufriendo lo impredecible, continuaban con un vigoroso espíritu. Por todo ello, ni dispuso a mostrarse con severidad.


    El Caudillo Pizarro contempló a sus soldados; muchos andaban pidiéndole el abandono, con el consiguiente regreso al Panamá, escudándose en Tafur. Pizarro, acercándose a las sesenta primaveras, no osó entregarse a la pobreza de espíritu. Siempre soñó con que su gloria personal fuera en relación con la Cruzada de su Patria; y ser reconocido por todo ello en su Trujillo natal.


    Tras las razones del extremeño leonés, Tafur-visiblemente emocionado-seguía invitándole con fuerza al regreso. Pizarro no podía devolver ni un peso de los muchos miles que Hernando Luque fióle; y le movía la lucha. De pronto, decidió quedarse en la isla, así fuese sólo su triste figura. Fue un momento culminante, todo un ilustrativo ejemplo del genio racial hispánico. Al fin, Tafur-pensando en serio que Pizarro era alcanzado por la demencia-accedió a las súplicas. Pizarro, con voz tronante, cansado de todos los decepcionantes padecimientos, se dirigió a sus camaradas de esta guisa .


    “ ¡ Por acá-dijo, señalando la mar-, se va a Panamá, a vivir con la humillación de la derrota ! ¡ Por allá-dijo, señalando el interior de la isla-se va al hambre y a la miseria de hoy, pero también a la hartura, a la riqueza y a la gloria del mañana. Los que sean valientes, que me sigan ! “


    Y sin volver atrás, cruzó la línea. La lista que se ha conservado de aquella expedición hacia el Perú es la de los “ Trece de la Fama “ :


    - Pedro de Halcón


    - Francisco Cuellar


    - Cristóbal de Peralta


    - Alonso Ponce


    - García Jarín


    - Nicolás de Rivera


    - Pedro de Candía


    - Alonso de Molina


    - Domingo Soraluce


    - Antonio de Carrión


    - Martín Paz


    - Juan de la Torre


    - Francisco de Villafuerte



    Exponemos un trozo de la epístola que envióle Pascual de Andagoya a Pizarro :


    “…al levante por la mar del sur tengo enviada otra armada como le he escrito a vuestra magestad a descobrir con el capitán Piçarro, mi teniente de levante con muy buena gente y buenos adereços do espero muy nuevas cada hora, que de Dios e Vuestra Magestad serán servidos y estos Reinos* ennoblecidos porque hay nuevas de mucha riqueza. Plega a Nuestro Señor guiarlo todo de manera que en algo pueda servir a Vuestra Magestad. Para esta armada de levante me han ayudado con sus haciendas el reverendo Fernando de Luque, maestrescuela y el dicho capitán Piçarro y Diego de Almagro, con aquella voluntad que verdaderos vasallos de Vuestra Magestad devia hacer. “


    * Se deja bien claro “ estos Reinos “; claro testimonio histórico de que esta empresa no fue, ni por asomo, solamente de Castilla; eso por no ahondar ya en que este Reino Español intervino realmente poco. España en su concepto imperial de Patria, manteniendo la diversidad de sus reinos. Pizarro no sabía leer, pero sí algún camarada, que le informaría de la carta.



    Mientras tanto, Pizarro y sus hombres vivieron en la Isla del Gallo durante cinco meses, para trasladarse a posteriori a la vecina Isla de la Gorgona ( Nombre debido a la abundancia de fuentes y ríos ) Realmente, la Isla del Gallo era demasiado inhóspita por la belicosidad amerindia. Almagro y Luque, desde el panameño istmo, seguían buscando recursos de todo tipo; mientras su asociado sufría las lluvias torrenciales con su hueste, guarecidos en barracones; y una canoa les permitía la pesca.


    Por fin el gobernador permitió que zarpase una nave con víveres y auxilios para la Gorgona. Lo hizo encargándole al piloto Bartolomé Ruiz que aconsejara al terco capitán que abandonase su proyecto. Pizarro sonrió ante el consejo, y en ese momento-más que nunca-decidió a poner rumbo a la futura Nueva Castilla; dejando a dos hombres en la isla por enfermedad. Partió pues con los once restantes y los indios que tenía a su servicio ( Evocando al también hidalgo extremeño Hernán Cortés con los hijos de Tlaxcala ) en el navío de Bartolomé Ruiz y siguió el mismo derrotero que antes había seguido éste hacia el Mediodía.


    Llevaban ya veinte días de navegación cuando avistaron una isla, que después llamaron de Santa Clara, situada en el Golfo de Guayaquil. Decidieron el desembarco y avistaron una avanzada civilización : Bellas construcciones, un templo, diversos dijes de plata y oro. Volvieron al embarque y no tardaron en cruzarse con un buen número de balsas y canoas en las cuales viajaban indios que les explicaron que eran de Túmbez y que iban a combatir a los de la Isla de Puna; acompañando de buen grado a Pizarro; no tardando en divisar la tumbecina ciudad. Pizarro permitió a los asiático-polinesios ir a la ciudad, y les pidió que transmitieran sus intenciones pacíficas. El cacique de la zona, impresionado, mandó aprovisionar en alta cuantía a esa República de Españoles. Pizarro se mostró cortésmente agradecido, acabando pues, comiendo con el cacicazgo.


    Cuando se retiraron los amerindios, Pizarro solicitó permiso para que sus hombres visitaran la ciudad; permiso que fue concedido. Desembarcó en Túmbez Alonso de Molina, quedándose admirado, diciendo ver un buen gobierno, buenas construcciones de viviendas, viendo su templo, su fortaleza, y en la lejanía, sementeras, acequias y ganados. Pizarro recibió pues grata satisfacción y se estimuló en su afán explorador.


    Volvieron a poner rumbo hacia el Sur y se descubrieron puntos muy importantes en aquella costa : Descubrimiento del Puerto de Paita, la Punta de Aguja, el Puerto de Santa Cruz, la Tierra de Coloque y el Puerto del Santo. Allá donde arribaban encontraban evidencias de civilización; y ellos mismos eran agasajados en abundancia por los lugareños.


    Pizarro se dio cuenta de que con la escasez de efectivos que disponía era imposible conquistar aquel rico país, por lo que resolvió regresar al Panamá. Aplazaba su empresa, pero ganaba rigor; el principio de la gloria y la futura compañía. Eran los últimos días del año de 1527 y Pizarro había cumplido 59 años.


    Conocedores de todas sus vicisitudes, los del Panamá acogieron a la hueste de Pizarro en olor de triunfo. En estos apoteósicos momentos, Pizarro, Almagro y Luque trataban de enrolar gente para el proyecto definitivo. El gobernador, receloso de tanto triunfalismo, intentó impedirlo. Los tres socios, hastiados, no vacilaron más y dispusiéronse a llegar al mismísimo Emperador de Las Españas para conseguir la autorización; conviniendo en que el mejor emisario sería Francisco Pizarro, el cual pediría para sí el Gobierno del Descubrimiento, y para Almagro el Adelantamiento de las tierras, mientras que Luque debería obtener el Obispado; Bartolomé Ruiz debería ser el Alguacil Mayor, y el resto de los 13 que quedaban en la Isla del Gallo, el título de hidalgos y otras recompensas.


    Se consiguió un préstamo de 1500 pesos de oro y a comienzos del 1528 Pizarro embarcóse hacia la Piel de Toro, acompañado de Pedro de Candía, algunos indios, oro en cantidad y algunas muestras de artesanía peruana.


    El caso es que, tan pronto como Pizarro arribó a la capital hispalense, fue detenido por orden del Bachiller Enciso, a causa de un pleito que éste había ganado contra los primeros pobladores de la región del Darién. Pero al enterarse del asunto el César Carlos, ordenó la inmediata liberación del americano capitán y que del dinero que le había sido incautado le entregaran el suficiente para que pudiera presentarse dignamente en Toledo, donde se encontraba la Corte. Delante del Emperador, Pizarro, que se había mostrado siempre parco en palabras, mostróse como un convicente y arrebatador orador. El César de la Germania y de Roma, muy influenciado por las demostraciones de Hernán Cortés, le recibió y escuchó con buenos ojos. En la misma Corte, los intrépidos extremeños se saludaron, mostrándose mutua admiración.


    Por fin, el 26 de Julio del 1529, se firmó en la Ciudad Imperial Hispanogoda la Capitulación por la cual se autorizaba la Conquista del Perú. Se nombraba a Francisco Pizarro Gobernador a perpetuidad de los territorios que se descubriesen y se conquistasen; a Luque se le concedía el Obispado de Túmbez, y a Diego de Almagro la Comandancia de la tumbecina fortaleza. En verdad, éste fue el primer escollo en su relación con Almagro; Pizarro pensó en sus sufrimientos mientras que su compañero andaba más o menos cómodo por el Panamá, y no pidió realmente al Emperador los deseos de Almagro.


    Revestido ya de los poderes que ansiaba, Pizarro se trasladó a su amada población. Al cabo de los 60 años, las puertas de la casa solariega se abrieron de par en par para el antaño desdichado bastardo. Sus hermanos acudieron en son de honores a recibirlo; todo el pueblo se volcaba con su presencia; hasta los más viejos y curtidos soldados de los Tercios Imperiales que eran de la zona. Entre los muchos del pueblo que Pizarro reclutó se hallaban :


    - Garcimanuel de Carvajal, fundador de Arequipa


    - Nuflo de Chávez, fundador de Santa Cruz de la Sierra


    - Francisco de Carvajal, el “ Demonio de los Andes “


    - Francisco de Orellana, descubridor del Río Amazonas



    ; y otros que serían también Grandes Conquistadores del Perú y del Chile. Entre los que siguieron a Pizarro hacia el Nuevo Mundo figuraron en lugar preeminente su hermano Hernando Pizarro, el legítimo heredero del apellido y el único entre todos que regresó con vida a España; Gonzalo y Juan Pizarro, también hermanastros del Conquistador, y, finalmente, su hermano por parte de madre, Francisco Martín de Alcántara.



    Al llegar la nueva expedición al Panamá, Almagro y Luque estimaron que Pizarro se había preocupado demasiado de su persona y poco de ellos dos; para colmo de males, Hernando Pizarro mostró desde el principio hondo desprecio, especialmente por Almagro. Almagro, de un carácter muy orgulloso, demostró no tolerar el tema; haciéndose desentender y pretendiendo ir a una mina que poseía cerca del Panamá; por ello, el mismo Pizarro tuvo que pedirle las oportunas disculpas.


    Con todo, lograron reclutar una marinería de 180 hombres y alrededor de una treintena de caballares cabezas. Así partió la Capitanía de Pizarro el 28 de Diciembre del 1530, después de oír Santa Misa Católica y comulgar. En tierra se quedó Almagro, que debía aguardar a un grupo de soldados que vendrían de la Nicaragua para reunirse con Pizarro. De esta guisa, se inició la epopeya que significó la Conquista del Imperio mayormente civilizado de las Américas.


    La tradición del Incario hacía remontar su monarquía a orígenes remontísimos; siendo iniciada su civilización por dioses blancos, a través de seres como Manco Cápac y su esposa Mama Ocllo; proclamados Hijos del Sol-Inti- Fundaron la ciudad del Cuzco, capital del Imperio Inca, el cual abarcaba una vastísima región sudamericana : Desde el sur, por las tierras chilenas y argentinas, y por el norte, la línea del Ecuador. Con Huayna Cápac, el Imperio habría llegado al culmen de su esplendor. Fue este un hombre conquistador; gobernante sabio y gran propulsor de la civilización. Constructor de anchos caminos, continuó una organización política peculiar, sin reconocimiento de la propiedad privada, con asignaciones personales según la familia. Era algo así como un semidiós.


    Cuando los españoles llegaron a tener noticias más o menos veraces de las fabulosas tierras peruanas, Huayna Cápac, el hijo de Túpac Yupanqui y nieto de Pachacútec, se encontraba consolidando su importante labor; hasta conquistar definitivamente Quito. La leyenda de la vuelta del dios Wiracocha-representado como pelirrojo y de ojos verdes-se había hecho realidad; habían sido avistados los blancos barbudos. El Hijo del Sol, Señor de las Cuatro Partes del Mundo y Ordenador de la Tierra les envió por medio de mensajeros muestras de cori, amarillo y grueso; pero no pudieron, pues ya los blancos se habían marchado….


    Se ha relacionado la cultura del Incario con las antiguas culturas egipcias e hititas. Sus momias, netamente caucásicas y conservadoras de cabellos claros, delatan la presencia milenaria del hombre blanco. Las castas superiores practicaban la endogamia y se perforaban las orejas de tal modo que se las deformaban, siendo llamados “ orejones “ por los españoles. Sobre la peculiaridad incaica conviene leer a Busto Duthurburu, biógrafo de Pizarro.


    Tras la muerte de Huayna Cápac, se sabe que Huáscar pertenecía al bando de los Hanan Cuzcos, y entre los 50 hijos de su padre, gozaba de prioridad por ser el único legítimo, heredando por ello la mascapaicha colorada y siendo reconocida Inca de los Cuatro Suyos. Se preveía, no obstante, la problemática sucesoria.


    La máquina bélica de la Hispanidad así se puso en marcha, en el comienzo de las disputas entre los partidarios de Huáscar y Atahualpa. Al llegar a Coaque, se tuvieron que esperar un par de años para tomar Túmbez. Una vez logrado esto, Pizarro dejó allí una guarnición y avanzó unas 25 leguas, para fundar la ciudad de San Miguel, que guarneció con 80 soldados, para emprender el fin de la definitiva etapa de la Conquista.-San Miguel fue fundada el 15 de Julio del 1532-


    El 24 de Septiembre del 1532, Pizarro salió de San Miguel, al frente de 170 hombres, en dirección a Cajamarca. Según las propias crónicas indias, los partidarios de Huáscar habían sido vencidos, pero no se había extinguido el odio de aquéllos contra el usurpador Atahualpa. Los españoles iban avanzando por los territorios que habían pertenecido al emperador vencido y prisionero, y las gentes los iban recibiendo como libertadores, como dioses blancos.


    Así, atravesó Pizarro el desierto de Sechura, escaló la barrera del a Cordillera Occidental y, a mitad de camino, viendo que entre sus soldados alguno reculaba, decidió avanzar sólo con los verdaderamente decididos.


    Atahualpa no se sentía inquieto, envalentonado por los varios millares de guerreros que le seguían. Al enterarse que se iba a entrentar a unos 200 hombres, no los tomó como encarnaciones del Wiracocha, sino como a un atajo de pobres locos que pronto yacerían. Hacia Cajamarca, a través de los altísimos montes, el Capitán Pizarro avanzaba sin prisa pero sin pausa, entablando cordialidad con los partidarios de Huáscar, al mismo tiempo que empezaba a recibir embajadores de Atahualpa, los cuales iban con regalos; realmente, queriendo saber la cantidad de la mesnada.


    El Capitán de la Extremadura Leonesa llegó al pueblo de Zarán, desde donde envió un pelotón para explorar las cercanías, para cerciorarse de la presencia de tropas de Atahualpa que, según le habían notificado los indios, se hallaban acampadas en la población de Caxas. Pero no encontraron a nadie en ese lugar, aunque la exploración tuvo excelentes resultados, ya que en aquella población y vecindades pudieron ver los hijos de Las Españas fortalezas muy bien construidas y provistas en abundancia de militar vestuario, y magníficas calzadas y sólidos puentes que ponían en contacto los principales centros de aquel tinglado político. Un indio indicóle a Pizarro que Atahualpa los recibiría en Cajamarca. Sin embargo, no tardaron en llegar a oídos de Pizarro otra noticia que contradecían las de aquel personaje : Un indio, obligado a declarar la verdad sobre las intenciones de Atahualpa, explicó que éste les esperaban en son de guerra al frente de una potente armada. Queriendo salir de dudas, el hidalgo de la Extremadura Sureña envió a un amerindio de los que acompañaban en su mesnada para que les informase con buena definición acerca de las actitudes y movimientos de Atahualpa; y para lograr mejor su propósito, nombróle como su embajador, para que llevara al incaico la seguridad de la benevolencia para con sus intenciones y amistad.


    Mientras, Pizarro y sus hombres llegaron al pie de las escarpadas sierras que les separaban de Cajamarca. Por un lado seguía el camino ancho y llano, que con un rodeo un poco largo podía llevarles a la ciudad. Muchos fueron del parecer que lo más conveniente y seguro era seguir aquella magnífica calzada para evitar las imponentes fragosidades de las cumbres que se levantaban frente a ellos. No obstante, Pizarro cada vez iba siendo más consciente de la necesidad de su entrevista con Atahualpa; así que resolvió llevar a sus soldados por el camino más breve, que no era otro que el de las escarpadas sierras. Aquellos valentones que seguían al Capitán aceptaron sin vacilaciones su decisión, y empezaron a escalar aquellos ásperos montes. Pizarro tomó la delantera con cuarenta caballos y sesenta hombres de a pie, mientras dejó encargado a los demás que le fueran siguiendo a corta distancia, atentos a sus órdenes. En diferentes cimas encontraron dos fortalezas abandonadas, y decidieron pernoctar en una de ellas.


    Al día siguiente, se había escalado ya la principal altura de la sierra, y se encontraron entonces con los mensajeros de Atahualpa, los cuales llevaban a los españoles diez bueyes como presente. Indicáronles a Pizarro que Atahualpa les esperaba en Cajamarca, y que deseaba saber qué día podría recibirles, a lo cual Pizarro contestó que iría para allá sin perder la más mínima cantidad de tiempo.


    Sin embargo, al poco tiempo se presentó el embajador indio de Pizarro, el cual le indicó las malas disposiciones que le habían presentado los incas, y los malos tratos de los cuales había sido víctima sin que se le hubiera permitido parlamentar con Atahualpa. También explicó que Cajamarca había sido evacuada por el ejército incaico y que había encontrado a éste acampado a las afueras de la ciudad.


    Aquellas noticias contradictorias inclinaron al Caudillo sureño a una mayor cautela y a una prudente y lógica desconfianza. Con todo, se dirigió a marchas forzadas hacia la enigmática ciudad.


    Por fin, el día 15 de Noviembre, Pizarro llegó a la ciudad de Cajamarca, que divisó extendida a sus pies. A lo lejos se hallaba acampada la armada de Atahualpa, compuesta por unos 30.000 soldados. La desproporción numérica no podía ser mayor….



    El rey usurpador de los incas, al ver que realmente era tan escasa la hueste pizarrista, pensó cederles sin resistir la urbe de Cajamarca, tendiéndoles una trampa, ya que una vez en ella serían con notable facilidad sus prisioneros, rodeados por toda su altiva tropa.


    Así, el Conquistador avanzó por las desiertas calles de la ciudad, llegando a la plaza. Inmediatamente, hizo que su gente se ocultase en los edificios que circundaban la plaza, y sin temporal pérdida, envió a Hernando de Soto ( Que a posteriori exploraría la América del Norte y quedaría sepultado en las aguas del río Mississippi ), al frente de quince poderosos jinetes, seguido de Hernando Pizarro, que dirigía a otros veinte militares.


    Al llegar frente al monarca, Hernando Pizarro, por medio de “ Felipillo “, un jovencito indio del Perú a quien los españoles habían enseñado la lengua castellana, invitó al inca a visitar a Francisco Pizarro, el Gran Jefe, en Cajamarca. Tras unos momentos de cavilaciones, Atahualpa contestó diciendo que al día siguiente, acompañado por varios miembros de su nobleza, visitaría al Gran Jefe.


    De Soto aprovechó aquel instante para lucir sus habilidades como caballero. Lanzó a su rocín al galope, realizando algunos ejercicios de equitación, y se precipitó hacia el lugar donde se hallaba Atahualpa, frenando con su férrea mano a la noble bestia a los pies mismos del autoproclamado emperador; el cual ni tan siquiera pestañear pudo. En cambio, algunos de los nobles que formaban su séquito, asustados por la carrera del caballo, se echaron atrás. Tan pronto como se marcharon los hijos de Las Españas, según las crónicas, Atahualpa mandó matar a los nobles que tanto temor habían demostrado ante los hombres de tez blanca. Pizarro, cuando supo de buena tinta que Atahualpa se disponía a la visita, inició sus preparativos.


    En la oscura estancia de la casa que ocupaba Pizarro en Cajamarca, a la luz de humosas teas, el Conquistador andaba meditando, acompañado de su mejor y leal capitanía. Estaba claro : Era preciso dar un golpe decisivo.


    Al día siguiente, tal y como prometióse, llegó Atahualpa, y era necesario pues apoderarse del rey inca. Pero con él venían 30.000 militares, a los que sería imposible vencer con apenas doscientos soldados. Cierto que ellos poseían armas de fuego, ballestas y caballos. Pero….¿ Contra tantísima gente….? Por poco valor que tuviesen los amerindios-y todas las noticias referían que se trataban de muy bravías personas-, todo quedaría perdido. Los hispanos serían degollados y sus cabezas paseadas cual trofeo en lo alto de las picas de los guerreros.


    Con todo, ya nada podía hacerse para remediar la evidencia de la situación. Pizarro hacía ya algún tiempo que “ había pasado el Rubicón “; como antaño Julio César….En caso de echarse atrás, todo el ejército del Incario caería sobre ellos, siendo aniquilados sin el más mínimo miramiento. Por consiguiente, únicamente podía salvarlos el a priori descabellado plan que proyectaba el de Trujillo; de acuerdo con sus más fieles consejeros. También sabía Pizarro que contaba con la lealtad de sus hombres. Mejores no los podría tener ningún otro guerrero. Reunió pues, a todo su ejército y explicóles detalladamente la precisión de lo que debería plasmarse en la realización. Los Conquistadores entendieron el grande y mágico momento que estaban viviendo, la hazaña que se disponían a plasmar, para honor y gloria de todos ellos por Dios y Las Españas; y se dispusieron a seguir despacito y con buena letra las difíciles instrucciones de su Adalid. Así, Pizarro recorrió sigilosamente las filas de sus militares, hasta que al cabo de casi media hora se dispuso a seleccionar a una veintena. Fue con ellos como se apoderaría de Atahualpa….


    Cuando se dio el amanecer, aquellos veteranos habían dormido tan plácidamente como si lo que les aguardaba fuera cosa de poca importancia. El resto había paseado su nerviosismo a través de las mal alumbradas estancias, comprobando el funcionamiento de arcabuces y ballestas.


    Todos se hallaban ya escondidos en sus puestos. Un centinela, desde lo alto de una torre, comunicaba a Pizarro el movimiento de las fuerzas del usurpador inca. Millares de soldados iban avanzando hacia la ciudad, cortando toda la retirada posible a los celtíberos. Al mediodía, llegó el emperador bien sentadito en un trono y conducido por altos dignatarios, y precedidos por altos servidores que limpiaban y desbrozaban el camino que los otros debían hollar. A ambos lados marchaban multitud de guerreros.


    El falso rey se detuvo a corta distancia del casco urbano de Cajamarca, anunciando que iba a pasar la noche fuera de la capital, por aproximarse la puesta del sol.


    Pizarro, hecho un manojo de nervios, prefirió enviarle un representante, invitando al inca a una cena. Atahualpa, tras una breve indecisión, aceptó tal convite y se dispuso a entrar en la ciudad, rodeado por unos 5000 militares. Según parece ( O más bien se supone….) no llevaban visiblemente armas; pero sí entre sus ropajes ocultaban flechas, ondas y piedras. Al llegar a la gran plaza central, Atahualpa observó los alrededores, y al no ver a nadie, preguntó dónde se hallaban los hombres blancos. Su extenso séquito respondióle con chulescas sonrisas que andaban ocultos por el miedo. No obstante, el mismísimo Pedro Pizarro confesaría que, en aquel momento, muchos españoles andaban de esa guisa….


    Como respondiendo a la incógnita de Atahualpa, se presentó pues el Capellán Velarde, el cual le habló a Atahualpa del Emperador Carlos I de España y V de Alemania, al que debía reconocer como su superior y, asimismo, el reconocimiento que todo ello implicaba hacia la autoridad divina del Papado como representante de la Catolicidad.


    Era el indio Felipillo quien iba traduciendo como mejor sabía este ampuloso discurso, e incluso arrancó una sonrisa de Atahualpa, el cual, cogiendo el breviario que el capellán entrególe, lo arrojó de muy malas maneras al suelo.


    En aquel instante, sonó un fiero disparo de arcabuz y los Conquistadores se abalanzaron contra los indios, acuchillándolos sin piedad; lo cual aumentó la confusión, aprovechando la sorpresa. Pero los que rodeaban al mal soberano del Incario no le abandonaron, y fueron muertos antes de que Pizarro y sus escogidos guerreros llegaran junto al monarca, a quien el viejo Conquistador tomó preso, tras recibir una herida en la mano.


    Acto seguido, se continuó batallando a los polinesio-asiáticos, de los que en huida cayeron más de 2000; según relató Pedro Pizarro. El factor sorpresa, el valor de la hueste pizarrista, la jactanciosa vanidad de Atahualpa….Todo ello contribuyó al éxito de aquel temerario Cantar de Gesta; saldado con excelente resultado. Así se imprimió la valía y la casta de los Hijos de Las Españas; acaudillados en este caso por la Extremadura de León.



    Sobre el Imperio Inca encontramos opiniones muy diversas, y asimismo, amplias fuentes. Las más elogiosas ( Que llegan a calificarlo de “ socialismo “ ) las encontramos en autores como Louis Baudin, De Carlis, Lorente, Martens o Reclus; mientras que autores como Payne, Cunow o Latcham se muestran contrarios al epíteto “ socialista “ y a la idealización del estado político incaico. No obstante, como amante de la Historia ( Con todo lo que ello representa ), es de recibo pues, a título individual, sopesar todas las teorías para así poder realizar un balance justo.



    El botín obtenido brilló por su exhuberancia, pero aún se las prometía mayor. Atahualpa, a quien procuróse el máximo respeto, se le permitió hasta que tuviera a su lado a sus servidores. Observaba las ganas con las que los “ dioses blancos “-encarnaciones del Wiracocha-realizaban acopio del oro y de la plata. No obstante, Atahualpa meditaba un plan….


    Atahualpa se aproximó al Hidalgo, y le prometió llenarle de oro el aposento donde se hallaban, a cambio de que lo pusiesen en libertad. Pizarro, cuando escuchó semejante proposición, quizás dudara en un principio; pero le hizo reflexionar a fondo. La ambición del espíritu aventurero seguía ardiendo en su interior, y en ese momento triunfalista, más que nunca si cabe….Por todo ello, el nuevo Gobernador se quedó pensando en la certeza de la jugosa propuesta, ya que aquel aposento mediría unos 25 pies de longitud por unos 15 de anchura….


    Atahualpa entendió el cierto titubeo del Capitán y para terminar de convencerlo, añadió que también rebosaría dos galpones grandes de plata. Impresionado, Pizarro acabó preguntándole que cuántos días tardaría en cumplir su promesa, a lo que Atahualpa contestó que bastarían unos 40. De hecho, apenas transcurridos 8 días de la promesa del inca, empezaron a llegar a Cajamarca grandes caravanas portando vasos y botijos de oro….


    Atahualpa se mostraba parlanchín y jovial con los Conquistadores españoles; e incluso llegó a entablar buena amistad con Hernando de Soto, prometiéndole éste que no permitiría que le pasase mal alguno; cosa que también le aseguró Hernando Pizarro.


    Mientras tanto, las caravanas seguían llegando a Cajamarca, pero los soldados, descontentos, empezaron a murmurar que el oro que traían era insuficiente para llenar el aposento señalado y los dos galpones o cobertizos grandes en el plazo prometido.


    Atahualpa, al darse cuenta de tales quejas y deseando acabar con ellas, se dispuso a llamar a Pizarro. El incaico le propuso que él mismo enviase a sus soldados en busca del oro. En primera instancia le habló de un templo, cerca de la costa, abarrotado de riquezas y tesoros; después de la ciudad sagrada del Cuzco….


    Pizarro reunió a su Capitanía de mayor confianza para discutir la propuesta del usurpador; decidiendo al final que Hernando Pizarro marcharía hacia dicho templo con 16 hombres de Caballería; mientras que para ir al Cuzco se pedirían voluntarios, puesto que el viaje encerraba dosis de considerable peligrosidad.


    Resuelto esto, Pizarro volvió hacia Atahualpa y dijóle : “ Yo quiero enviar a mi hermano a Pachacamac con algunos españoles; mira que si algún indio se levantare y contra ellos fuere, te tengo que matar. Luego también quiero que vaya a Xauxa y traiga consigo a Challicuchima, tu capitán, porque tengo deseo de velle, que me dicen que es muy valiente “. A lo que Atahualpa le respondió : “ Señor, vaya tu hermano y no tema que nadie se osará menear mientras yo viviere. “


    Así, Atahualpa pensó que, al menos, hasta el regreso de Hernando Pizarro, seguiría con vida. Así, llamó a unos sacerdotes del culto a Pachacamac, que se hallaban en Cajamarca y los entregó al Gobernador para que guiasen a los españoles hasta el santuario.


    Pizarro dióse cuenta de que Atahualpa trataba mal a aquellos sacerdotes, y que incluso hablaba con irreverencia de su ídolo y, entonces-siempre por medio de su intérprete-preguntóle que “ por qué había dicho que aquello no era su dios “. El inca, tras una larga pausa, respondió : “ Porque es mentiroso “. Pizarro quiso saber a toda costa a qué se debían tales palabras, a lo que el usurpador dijo : “ Has de saber, Señor, que estando mi padre malo en Quito le envió a preguntar qué haría para su salud, y el dios dijo que lo sacasen al sol, y en sacándolo murió. Huáscar, mi hermano, le envió a preguntar quién había de vencer, él o yo, dijo que él y vencí yo. Cuando vosotros vinisteis, yo le envié a preguntar quién había de vencer, vosotros o yo, y envióme a decir que yo. Vencisteis vosotros. Así que es mentiroso y no es dios, pues miente “.


    Admirado Pizarro ante la contundencia de la respuesta, acudió a la plaza a despedir a su hermano, que aguardaba la orden de partida. Era el día 5 de Enero del año de 1533, víspera de la Festividad de los Reyes Magos.


    Acto seguido, Pizarro pidió voluntarios para la marcha hacia el Cuzco, pero nadie se le ofrecía….Tenían miedo de que, a pesar de las seguridades ofrecidas por el usurpador, los indios pudieran abatirles. No obstante, al final sí que se le presentaron 3 voluntarios : Pedro Martín Bueno, Pedro Martín de Moguer y Pedro de Zárate. A estos tres, los puso el inca bajo la protección del “ orejón “ principal, encargados de conducirlos al mismo Cuzco, y tras subir en unas cómodas literas, los tres guerreros partieron el 15 de Febrero del mismo año de 1533.


    Durante el par de meses necesarios para reunir en Cajamarca el tesoro ofrecido por el inca, éste mandó a sus sicarios matar a su hermano Huáscar, como así lo hicieron. Atahualpa, con esta medida, demostró estar seguro de que Pizarro lo dejaría a él con vida y podría regresar a sentarse con libertad en su trono.


    Con todo, el montón de oro del aposento iba creciendo rápidamente. Hernando Pizarro, sin necesidad de derramar una sola gota de sangre, obtuvo lo que se había propuesto por indicación del falso rey, y regresó asimismo con el general de Atahualpa; esto es, el famoso Chalcuchima, lo que debilitó la resistencia que más adelante debían oponer los incaicos.


    Cuando ya la cantidad aurífera del rescate se halló reunida, llegó Diego de Almagro con sus hombres a Cajamarca. El Conquistador traía 150 soldados de Infantería y 50 de Caballería, que grata falta le hacían al Hijo de Extremadura. Fue entonces cuando dióse comienzo al reparto del gran tesoro entre los que habían intervenido en la empresa. Cada guerrero recibió un auténtico fortunón y, de haber vivido de la Piel de Toro, habrían quedado enriquecidos de por vida; pero en el Perú, realmente nada podía tener gran valor. Como no había hierro, se herraba a los caballos a base de plata y cualquier artículo de la Europa alcanzaba precios de fábula. Haberlos haylos que, al tener en su poder parte del rescate, abandonaron la empresa y volvieron a España, donde vivieron a lo principesco.



    Hernando Pizarro fue el encargado de conducir a la Vieja España la parte destinada al enriquecimiento de sus Reinos. El César Hispánico de la Casa de Austria concedió títulos de nobleza ( Pizarro ya era hijodalgo ) a Pizarro y a Almagro ( A éste último concedióle el título de Adelantado )



    Viendo la situación del preso Atahualpa, Pizarro alejó a su hermano y a De Soto, partidarios de cumplir el compromiso. Tras una larga plática, Pizarro y Almagro acordaron que, no sólo no había que cumplir con Atahualpa, sino que era preciso darle muerte.


    Muy poco tiempo después, y tras un Consejo de Guerra que estuvo juzgando toda la noche al usurpador, el escribano Pedro Sancho le comunicó la capital condena. Atahualpa no daba crédito y, por esto, se empeñó en que le tradujeran palabra por palabra la sentencia. La condena a muerte se justificaba por la fatal traición a su hermano, el legítimo Huáscar, Inca del Tahuantinsuyo; por haber aniquilado a la panaca imperial, por practicar actos repugnantes contra Dios, el Único, el Verdadero, tales como dormir con sus hermanas y, sobre todo, por haber engañado a la tropa ibérica, prometiéndole la paz, cuando su real propósito era aniquilarlos mediante la traición. Por todo ello, condenado a muerte estaba y, le correspondía como idólatra pertinaz, la pena de la hoguera. Atahualpa rechazó estas acusaciones, pero el escribano mandó firmar a dos testigos y marchóse. Atahualpa pidió entrevistarse con Pizarro, mas éste lo rechazó.


    El inca, ante la situación, deseando salvar su vida, prometió más cobertizos de oro y aseguró que jamás había pensado matar a los cristianos españoles. El indio Felipillo, buen servidor de los españoles, enemigo de Atahualpa, añadió aquello de : “ Los incas no acostumbran a mentir, pero Atahualpa jamás había sido inca. “


    Poco después, los españoles formaban en la plaza para asistir a la ejecución. A las 7 de la tarde, sacaron a Atahualpa de su celda, y con unos cuantos españoles a ambos lados, avanzó hacia el centro de la plaza. El grupo que escoltaba al reo lo formaban, en primer lugar, Fray Vicente Velarde, que le predicaba la Verdad de la Fe Católica-traducido todo por Felipillo-. También formaban parte del grupo Juan de Salcedo y el Alcalde Mayor Juan de Porras. Atahualpa avanzaba más o menos sereno, con las manos atadas a la espalda y una cadena al pescuezo. No cesaba de inquirir aquello de : “ ¿ Por qué me matan a mí….? “


    Cuando llegaron al centro de la plaza, pusieron de espaldas al usurpador, atándole fuertemente a un grueso tronco que allí estaba dispuesto. Algunos soldados arrimaron a sus pies haces de leña y luego pidieron una antorcha. Atahualpa, viendo tan cercano su fin, le preguntó a Fray Vicente que a dónde iban los cristianos al morir; a lo que éste respondió que al cielo, mientras que los idólatras al infierno….Entonces, Atahualpa dijo que por lo visto era mejor ser cristiano que idólatra, y que deseaba serlo, y ser enterrado en la Iglesia. Fray Vicente, antes de que Atahualpa se arrepintiese, le bautizó allí mismo, imponiéndole el nombre de Juan, aunque otros dicen que se le llamó Francisco.


    Entonces, Pizarro, atendiendo a la conversión del inca, le conmutó la pena del fuego por la de garrote. Y una vez cumplida la fúnebre ceremonia, el cadáver de Atahualpa quedó en la plaza toda la noche de pie, atado al poste, con la cabeza torcida. El antes poderoso inca invitaba como mínimo a la compasión….


    Al día siguiente, a eso del 27 de Julio del 1533, tuvo lugar el funeral del inca, siendo llevado su cadáver con gran ceremonial a la Iglesia, donde le rezaron el Oficio de Difuntos, dándole a continuación cristiana sepultura. El Gobernador Francisco Pizarro, Diego de Almagro y los Oficiales Reales, de gran gala, salieron a la puerta del templo para recibir aquellos restos mortales.



    Pedro Pizarro relataría : “ Pues habiéndose ahorcado mucha gente, quedaron dos hermanas que andaban haciendo grandes llantos con atambores y cantando, contando las hazañas de su marido. Pues aguardaron a que el Marqués ( * Francisco Pizarro ) saliese de su aposento y viniendo donde Atabalipa ( Atahualpa ) solía estar, me rogaron las dejase dentro, y entradas que fueron empezaron a llamar a Atabalipa, buscándole por los rincones muy pasito. Pues visto que no le respondía, haciendo un gran llanto se salieron; salidas, yo les pregunté qué buscaban; y dixéronme lo que tengo dixo. Yo las desengañé y dixe que no volvían los muertos….”



    Acto seguido fue nombrado Inca Taparca, el cual acompañó a los españoles a la ciudad de Xauxa o Jauja. Realmente, la ciudad de Jauja recuerda a un país legendario donde se suponía que la felicidad reinaba. La leyenda fabulosa sobre Jauja procede de la interpretación popular de las primeras relaciones de Pizarro ( Datadas en el lugar llamado Xauxa, conquistado en el 1533 ), que identificó el nombre de esta ciudad con toda la supuesta riqueza del Perú. En el Imperio Inca, serían otras tantas “ jaujas “ los lugares en donde se repartía entre el pueblo el sobrante del impuesto asignado al soberano, una vez satisfechos los gastos de los ejércitos en guerra y de los incapacitados para el trabajo. En la Francia y en la Italia se extendió la leyenda de una Jauja rebosante de leche, vino y miel, y de árboles de cuyas ramas pendían lechones asados. La región peruana del Valle de Jauja fue habitada por los huanca, sometidos en el siglo XV por Pachacutec Inca Yupanqui. Pizarro fundó la ciudad de Santa Fe de Hatun Xauxa ( Hacia el 1533-1534 ); efímera capital del Perú antes de la fundación de Lima, la Ciudad de los Reyes. El suave clima hizo de ella un lugar apreciado por los limeños de la época virreinal novocastellana.


    Poco a poco, Pizarro y el resto de españoles fueron ocupando el resto del país. Hasta el Panamá había llegado la noticia de los fabulosos tesoros encontrados en el Perú ( Llamado inicialmente Pirú ) y numerosísimos individuos acudieron junto a Pizarro quien, al cabo de un año de la Victoria de Cajamarca, entró triunfalmente en la Ciudad Imperial del Cuzco. Allí, a pesar de las órdenes del Jefe, la tropa se entregó al pillaje. Durante varias jornadas, los militares sólo se preocuparon de aumentar el tesoro, que aunque no tan inmenso como esperaban, no era en modo alguno desdeñable. Con todo, con la Conquista del Cuzco se cerró el ciclo que podría tildarse de “ pacífico “, para empezar la tragedia de la Conquista. Iba, en efecto a dar principio un tristísimo baño de sangre en el cual se ahogarían casi todos cuando intervinieron en el mismo….


    La parte principal de la Conquista parecía ya realizada. Pizarro dominaba en todo el país, aunque se tenía la sensación, sobre todo a través de su propia persona y de la de Diego de Almagro, que tal dominación tenía más de aparente que de real. Los dos se pusieron a pensar que los quechuas estaban demasiado acostumbrados a un soberano natural suyo y, por ello, eligieron rápidamente a Taparca, hijo de Huayna Cápac. La mala suerte se fue a cebar : El reciente emperador moriría envenenado; se dice que por el general Chalcuchima, que a su vez fue ejecutado.


    Había que buscar un nuevo jefe para los inquietos amerindios….Dos príncipes reunían las condiciones exigidas por las costumbres incaicas para la herencia de la monarquía : Manco II y Paulo Inca. Pizarro, tras muchas meditaciones y consultas con Almagro y sus oficiales, decidióse por el primero y anunció al Incario que él había llegado al país, no a destronar reyes, sino a consolidar una nueva base imperial.

    Manco II, caudillo de gran inteligencia y valor, que iba a hacerse mundialmente famoso, aceptó agradecido la pizarrista merced y a cambio le prestó la colaboración de sus leales y valientes guerreros para acabar con Quisquis, el último general de Atahualpa, que todavía luchaba contra los Conquistadores. Esto último encerró un breve conflicto, y saldado con la muerte de Quisquis a manos de sus propios soldados….


    Apenas terminado este escollo, Pizarro y Almagro se enteraron de que Pedro de Alvarado, el compañero de Hernán Cortés en la Conquista de la Nueva España, había abandonado la Gobernación de Guatemala y marchaba con el fin de apoderarse de Quito….Almagro salióle al encuentro y ambos celebraron diversas entrevistas, tras las cuales, Alvarado, a cambio de 100.000 pesos, cedió sus fuerzas a Almagro, y juntos marcharon a ver a Francisco Pizarro, celebrándose entre los tres Adalides una cordial entrevista, tras lo cual Alvarado se dispuso a regresar a la Guatemala.


    El hecho de que sus fuerzas se uniesen a las de Almagro es un detalle importante para comprender hechos futuros : Tanto los hombres de Almagro como los de Alvarado estaban descontentos, desengañados…..Habían llegado tarde al reparto del oro, aunque no por ello habían dejado de padecer tantas penalidades como los otros; y en todos ellos andaba reinando un fuerte sentimiento de frustración contra la hueste pizarrista, que habían recibido riquezas fabulosas…..


    Pizarro se dio cuenta del peligro, viendo que, acaso mal aconsejado por su hermano Hernando y otros jefes, no había obrado todo lo justamente que el Conquistador Castellano se merecía. En realidad, no albergaba inquina alguna contra su viejo camarada. Ellos dos se hubiesen entendido perfectamente; pero, tanto en el bando de Pizarro, al que Carlos I de Las Españas le había concedido el título de Marqués, aunque sin determinar exactamente a qué nombre iba tal Marquesado-por lo que a Pizarro sólo se le podía conocer como “ el Marqués “-, como en el de Almagro, cuyos servicios sólo fueron recompensados con Adelantamiento….Había intrigantes que movían a aquellos dos héroes, obligándoles a dar unos pasos y adoptar unas medidas de las que sólo pudieron causar el más triste arrepentimiento….



    Con todo, Pizarro aconsejó a Almagro, tal vez por intentar quitárselo de encima y eliminar posibles desavenencias, que marchase a la Conquista del Chile, país del cual se tenían noticias por los indios que debía ser muy rico. Pizarro le aseguró a su compañero que allí hallaría con qué quedar recompensando de las desdichas pasadas. Y en el 1535, los dos hombres se separaron. Almagro marchó hacia el Chile, seguido de numerosos militares españoles y también guerreros amerindios de Paulo Inca. Pizarro regresó a su querido cetro limeño, cuyos cimientos habían empezado a echarse en Enero de aquel mismo, coronándose como la Ciudad de los Reyes.


    Sin embargo, antes de llevarse a cabo aquella separación, ya se habían producido diversas reyertas por la posesión del Cuzco. Carlos de Augsburgo le había dado a Pizarro el Gobierno de 270 leguas de tierras y, contándolas en línea recta, la ciudad del Cuzco entraba en sus dominios; pero entrando en la costa y ciñéndose al litoral, contando todas las curvas, cabos y promontorios, el Cuzco quedaba dentro de lo asignado a Almagro; o sea, fuera de ese entorno de 270 leguas pizarristas.


    De haber obrado adecuadamente, cediendo todos un poco y mirando más por el interés general de la tamaña empresa, no se hubiese llegado a los extremos que se llegó…..Y, aparte de haberse salvado muchas y valiosas vidas, se hubiese facilitado mejor la estabilización en el nuevo Virreinato de la Nueva Castilla. No obstante, Almagro lo que hizo fue marchar hacia el Chile, y Pizarro quedóse supervisando la edificación de Lima.



    El Cuzco fue la más grandiosa y rica de las ciudades americanas prehispánicas; capital del Perú Inca y del Perú de la primera Conquista. Se hallaba estratégicamente ubicada en el cruce de las vías imperiales del inmenso imperio andino. El Virrey Toledo, Sarmiento de Gamboa y otros cronistas recogieron leyendas un tanto vacilantes acerca de unos primitivos pobladores de la legendaria urbe, llamados huallas, pojes y lares, alfareros sacrificadores de llamas, según algunos, collas de lengua aymará, y según otros, quechuas. En quechua, “ hualla “ significa “ degenerado “, “ poje “, “ primerizo “, y “ lares “, “ salvaje “. Los huallas fueron despojados por una nueva oleada de “ gentes conocidas “; ya indiscutiblemente quechuas, y después por los ayas, cuyos nombres corresponden a los productos después privilegiados por el imperio : coca, sal, ají o chile, maíz, llama, gualdrapa…..Esta “ refundación “ del Cuzco ( Probablemente, hacia el siglo XI ) se relaciona ya con la pareja simbólica de Manco Cápac y Mama Ocllo o Culla, y con la de los cuatro hermanos Ayar.


    Según Sarmiento de Gamboa, fue Manco quien dibujó el trazado de la nueva ciudad pétrea, roturó tierras, fundó el templo del Sol o Coricancha, dividió la ciudad en sus cuatro cuarteles….., etc. El nombre de la ciudad, según el Inca Garcilaso, significa “ ombligo o centro del mundo “; según González Holguín, “ allanamiento del terreno, allanamiento de dificultades “, “ pacto “….El cronista Betanzos, buen conocedor del quechua, dice por su parte que el verdadero significado de la palabra “ Cuzco “ se había perdido ya. En víspera de la Conquista, la fama del Cuzco trascendió, englobándola en uno de los mitos de El Dorado….Una vez conquistada, todos los viajeros exclamaban al entrar aquello de : “ ¡ Yo te saludo, Gran Ciudad del Cuzco ! “. Cuando en los caminos del Imperio Hispánico se cruzaban viajeros, el que venía del Cuzco era reverenciado por el que se dirigía hacia allá.



    En el Cuzco se halló de Gobernador Hernando Pizarro; allí donde tuvo la corte Manco II. Este monarca incaico, harto de sufrir humillaciones de los poderosos hispanos y dolorido por los padecimientos de su pueblo, huyó, y en unas pocas semanas acudieron a su rebelde grito hasta 100.000 de su raza, con los cuales sitió el Cuzco, llegando hasta las mismas puertas de Lima, matando a todos los españoles que vivían fuera de las ciudades y poniendo en graves aprietos a los mismísimos Pizarro. El sitio del Cuzco duró 16 meses. Los indios, en grandes cantidades, atacaban sin piedad y parecían apoderarse de la población. La Caballería, el gran terror de los primeros tiempos de Conquista, quedaba casi inutilizada gracias al brío de los boleadores, que manejando hábilmente sus bolas, las ligaban a las patas de los nobles equinos, haciéndoles caer.



    Las armas de fuego tampoco causaban ya mucho efecto, por lo que los españoles se veían obligados a ir cediendo poco a poco el terreno. Las posiciones cambiaban de manos repetidas veces, hasta que se llegó al combate cuerpo a cuerpo.


    Juan Pizarro, valiente como todos sus hermanos, era el encargado de contener a los indios. En una ocasión, sufrió una lastimera herida en la mandíbula y no pudo ponerse el morrión, por lo que luchó con la cabeza descubierta, y una piedra lanzada como un rayo le hirió de muerte. Era el primer Pizarro que caía en tierras americanas….Y no sería el último…..


    Los sitiadores lograron apoderarse de unas torres muy altas dentro de la ciudad, desde las cuales hostilizaban sin descanso a los sitiados españoles. Hernando Pizarro decidió asaltarlas, y fue rechazado en varias ocasiones. Al fin, se dispuso él al sitio, esperando a que se agotaran las reservas de agua. Al cabo de cierto tiempo, la sed convenció a los indios del Perú que era inútil toda resistencia, pero antes de rendirse, los de la torre prefirieron arrojarse desde lo alto estrellándose contra el suelo. Entonces, Hernando ordenó el asalto de otra torre. Pero ésta se hallaba defendida por un noble inca de indudable valía, cuyo nombre sigue siendo desconocido hasta en las crónicas de la época. Este guerrero andaba armado a base de casco, espada y escudo, y hacía tan buen uso como la escuela militar hispana que allí se encontraba; era imposible que los españoles y sus aliados indios auxiliares que al asalto escalaban la torre entraran en ella. Aquel inca parecía valer más que todo un ejército….Viendo Hernando que el ataque no surtía el menor efecto y que, al contrario, costaba ya demasiadas vidas, ordenó que se colocasen tres o cuatro escalas y que los soldados subiesen a la vez por todas ellas. De este modo, el terrible defensor no podría atender a todas y le resultaría imposible volver a vencer. Pero, admirado de tanta voluntad y valentía, dio orden de prenderlo vivo, prometiendo terribles castigos si lo mataban….El noble inca, al ver que iba a ser atacado por varios sitios a la vez y, comprendiendo que ya era inútil hacer lo que fuera, rompió la espada para que no sirviese contra los suyos, y, cubriéndose el rostro con el manto, saltó por encima del parapeto, destrozándose contra el suelo de la plaza…Todo un acto de heroísmo y fidelidad, la verdad. La defensa del Cuzco fue una clara demostración de la bravura de los indios peruanos. Durante los 16 meses que duró el asedio, los asiático-polinesios dieron innumerables ejemplos de su arrojo. Hernando Pizarro ordenó rendir honores a aquel misterioso y legendario cadáver, que fue entregado a los indios para que lo enterrasen con la pompa fúnebre que le correspondía.


    Mientras tanto, Almagro avanzaba a través del Chile, yendo de decepción en decepción…..Las penalidades tan duras que soportaba parecían no tener fin. Peleaban más contra el desconocimiento de las inclemencias temporales que contra los indios, si bien tampoco era cosa fácil la lucha contra aquellos salvajes indómitos.


    Al fin, decidió regresar al Cuzco, pues sus hombres ya no podían más. Por el camino recibió el aviso de la rebelión de Manco II, viejo amigo suyo, y avivó el paso para acudir al auxilio de sus nobles compatriotas.


    Pizarro, en la Ciudad de los Reyes, también se hallaba en apuros serios a causa de los indios. Con todo, allí el terreno era llano y permitía las evoluciones lógicas de la Caballería, pudiendo, por consiguiente, mantener alejados de la capital a sus sitiadores; que en realidad, lo único que lograban era impedir toda comunicación posible entre Lima y el Cuzco.


    El flamante Marqués comprendió la altura del peligro que lidiar intentaba, y encima, nada sabía de sus amados hermanos…..Todo parecía estar derrumbándose….Los habitantes de la ciudad le rogaron que se embarcase y huyese, pero, Pizarro, ya conocedor de las más adversas situaciones militares, se creció como era su particularidad. Así, envió varias naves al Panamá, la Nicaragua, la Guatemala y la Nueva España, en demanda de hombres y logística.


    No fallaron sus esperanzas. Mientas él contenía con solera a los soberbios amerindios, fueron llegando refuerzos, siendo posible al fin el alejamiento de los insufribles hostigadores. En estas lides, mandó un trío de expediciones de socorro hacia el Cuzco, aunque casi todos cuantos las componían conocieron la Eternidad a mano de los furiosos incaicos.


    El Cuzco parecía destinada a la hecatombe; a pesar del montón de aliados de raza india que allí pudieron encontrar los valerosos hispanos. Sin embargo, la proporción numérica nunca dejó de ser demasiado desproporcionada entre sitiados y sitiadores….


    Fue en aquel trance cuando llegó Diego de Almagro. El Adelantado se entrevistó con Manco II y le pidió que levantara el cerco y, al mismo tiempo, procuró aliarse con el Inca. Si tal alianza se hubiera llevado a cabo, la historia del Perú hubiera cambiado y bien de signo….Pero Manco, que andaba enterado de las rivalidades más que desarrolladas entre los Pizarro y Almagro, y también por el rencor que albergaba Almagro por la gran diferencia frente a las mayores recompensas obtenidas por el Capitán extremeño, prefirió dejar a los españoles frente a frente, con la esperanza de que se destruyesen en su propio beneficio….No obstante, también intentó un ataque por sorpresa al campamento de Almagro; pero, “ los de Chile “ ( Como ya era conocida la hueste almagrista ) estuvieron alerta y repelieron con holganza la agresión, causando infinidad de bajas a la ofensiva incaica.


    Después de esto, la rebelión de Manco II que parecía llegar al punto de tener capacidad de poder expulsar a los Conquistadores de la Nueva Castilla, fue derrotada. Almagro y los suyos avanzaron hacia las puertas del Cuzco, llegando el 18 de Abril del 1537. Las fuerzas almagristas se componían de 550 españoles y 12.000 aliados amerindios, muy bien adiestrados; todo un temible ejército.


    Almagro, a pesar de que su ardua labor no se había recompensado como él estimaba, no deseaba la pérdida de los Pizarro, pero sí estaba dispuesto a apoderarse del Cuzco por creerla dentro de los límites que le habían sido asignados por el Emperador Hispano.


    Los Pizarro, al ver avanzar las tropas del Adelantado, no presagiaron nada agradable….Y una noche, a pesar de haberse acordado que no habría lucha, los “ chilenos “ ( almagristas ) atacaron por sorpresa la ciudad, apoderándose de la misma, y no haciendo ascos en la multiplicidad de los saqueos. Hernando y Gonzalo Pizarro se despertaron al ruido de las armas, se vistieron con enorme prisa, y con unos cuantos soldados que le guardaron máxima lealtad, se dispusieron a defender su alojamiento, colocándose uno ante una puerta y guardando el otro la segunda. Los almagristas no tardaron en llegar y así empezó una lucha terrible, a la par que indeseable. Hernando Pizarro, que a pesar de sus muchos defectos, poseía un valor irrefutable, con el escudo erizado de flechas, defendió tan bien con la espada la entrada de su aposento, que todos los esfuerzos por desalojarle de allí fueron inútiles. Fue preciso prender fuego a la casa para que al fin, y para salvar la vida de sus compañeros, se entregara a los “ chilenos “. Éstos querían acabar con él en aquel mismito instante, pues su excesiva altanería había provocado el rencor en muchos, pero Almagro se negó al derramamiento de sangre española y prohibió que se le causara el menor daño al prisionero, el cual fue encerrado en el Templo del Sol, con una notable carga de cadenas.



    Alonso de Alvarado, que se dirigía a auxiliar al Cuzco, se enteró de que el sitio había sido ya levantado y que los hermanos de Pizarro estaban presos en manos de la hueste almagrista. Ante esta noticia, reunió a toda su gente, unos 400 hombres, y, a marchas forzadas, avanzó contra los “ chilenos “. Pero, el Adelantado castellano, advertido a tiempo, reunió asimismo a su potencia militar y se dispuso a cerrar el paso al Capitán pizarrista. Ambos ejércitos se encontraron separados por la corriente del río Apurimac. Sin embargo, Alonso de Alvarado había llegado antes y por eso logró apoderarse del puente que cruzaba tal río. Almagro, que en el arte de la guerra era mucho más hábil que su contrincante, ordenó que al aparecer la noche se comenzara con el artillero empleo. Y al mismo tiempo, les ordenó a los indios auxiliares que le seguían con absoluta fidelidad, que apedreasen, mediante su pericia con las ondas, a los soldados de Alvarado, impidiéndoles de esta manera aproximarse a los vados del río. Tampoco permitióle tal cosa dormir de noche, manteniéndoles alerta en la guardia, en tanto que los suyos descansaban con sosiego.


    Antes del amanecer, se pusieron en movimiento los almagristas, y 300 caballeros se precipitaron a través de los vados gritando aquello de : “ ¡ Por Almagro ! ¡ Por Almagro ! ¡ Por Chile ! “. Rápidamente hiciéronse con un baluarte, y luego, se arrojaron sobre los militares de Alvarado, a los que hicieron huir o apresaron; y entre estos últimos, radicó el mismísimo Alvarado…..Entonces, Almagro se dirigió a los vencidos y con su particular habilidad, consiguió atraerse a su bandera a los aprisionados, aumentando pues sus fuerzas. Se dijo a Almagro que sería conveniente degollar a Alvarado, mas, como en el caso del joven Pizarro, se opuso al derramamiento de sangre.



    Cuando el extremeño Marqués se enteró de los duros sucesos, comprendió arrepentido muchos de sus errores. Todavía incluso podría hallarse solución al conflicto, a pesar de los pesares….Pero, al revés que Cortés y Balboa, aquel par de Conquistadores habían trocado la empresa en un triste asunto de cariz personalista,


    Alonso de Alvarado y algunos pizarristas más lograron huir del Cuzco y fueron a reunirse con su Jefe, echando con ello más leña al fuego…No obstante, tanto en el bando “ chileno “ como en el pizarrista había por fortuna gente sensata que venía a presentir los daños que podrían ocurrir si el asunto seguía o aun empeoraba…Y Pizarro, aconsejado por algunos de estos hombres, le pidió a Diego de Almagro que evitase toda lucha y sometiese a su pleito, o sea, la posesión de la ciudad del Cuzco, al arbitrio de Fray Francisco de Bobadilla.


    El Padre Bobadilla, Provincial y Comendador de la Orden de la Merced, y que era amigo de ambas partes, llevo las negociaciones con suma imparcialidad. Desde un principio propuso que los dos contrincantes se entrevistasen en su presencia; y se convino que tal entrevista se celebrara en Mala. El primero que arribó a la cita fue Francisco Pizarro, el cual se presentó, conforme a lo acordado, con un acompañamiento de una docena de jinetes. Almagro no tardó en aparecer, con una comitiva similar a la del pizarrismo.


    Habiendo sido avisados el Padre Bobadilla y Pizarro de la llegada del Adelantado segoviano, fueron a recibirle a la puerta de la casa donde debía tener lugar el encuentro.


    Cuentan las crónicas que Almagro, al llegar cara a cara ante su rival, se bajó del jaco y le saludó con una grave reverencia…Pizarro contestó al saludo llevándose la mano a la celada e inclinándose ligeramente. Entonces, Fray Bobadilla llevó a los dos a la habitación dispuesta para la conferencia, y cuando ya estuvieron instalados les pidió que expusieran uno tras otro sus quejas y razones.


    Como resultado de la petición de Francisco Pizarro, fue puesto en libertad Hernando, el cual regresó al lado de su hermano como ya lo pudo hacer Gonzalo. Fue en aquel momento cuando un emisario de Carlos I llegó con un mensaje que echó por tierra la dura labor de Fray Francisco. El Emperador, enterado de que entre Pizarro y Almagro existían diferencias que urgían de inmediata solución, les ordenaba que cada uno conservase sus conquistas, y que esperasen la llegada de un delegado suyo que arbitraría el conflicto. El noble César Hispano-Austriaco, al enviar dicho mensaje, ignoraba lo sucedido en los últimos tiempos; por lo que el mensaje que se supone encaminaría la paz, no hizo otra cosa que acelerar la guerra.


    Pizarro, al leer el mensaje del Rey Habsbúrgico, afirmó que el Cuzco, tanto si quedaba dentro de los límites de Almagro como si no, le pertenecía por Derecho de Conquista; a lo cual, Almagro replicó que si bien era verdad que Pizarro había conquistado primeramente la gran ciudad, él la había conquistado por último, o reconquistado, y que, por tanto, siguiendo la orden de Carlos I de España, seguiría conservando esto hasta que el Emperador dispusiese.


    Los dos antiguos camaradas se veían poseídos por los excesos del orgullo, desechando la sensatez y hasta el ideal del bien común por Dios y la Hispanidad. Sus capitanes, para colmo de males, parecían ávidos por guerrear. Pizarro dejóse “ guiar “ por las voces que pregonaban peleas, llegando a creer que al acabar con Almagro, podría gobernar en paz la Nueva Castilla…..


    Por consiguiente, cediendo a los deseos de su hermano Hernando, que odiaba a muerte a Almagro, le nombró jefe del ejército que debía reconquistar Cuzco para el pizarrismo. Y Hernando, cargado de rencores, teniendo siempre presentes esas malditas humillaciones sufridas durante su presidio, marchó a la lucha dispuesto a vengar con un baño de sangre las afrentas que el atrevido Diego de Almagro le hizo; olvidando que éste tuvo en sus manos su muerte y que, contra el deseo de sus más furiosos y leales soldados, le perdonó en ese sentido.


    Francisco Pizarro cometió, y por desgracia en estos momentos tan trágicos para la Conquista de América por parte de la Cristiandad Hispánica, el peor yerro de su larga y austera vida. Hernando no era la persona más indicada para asumir su mando. Tal vez, no se le pasó por la cabeza que su hermano se extralimitaría….O tal vez creyó, como dijimos antes, que la muerte de Almagro era lo mejor para la definitiva Conquista…..La Historia nos deja estas posibilidades…..Y para elucubrar están los elucubradores…..


    Hernando Pizarro, con milicia numerosa y buenas armas : Unos 80 arcabuceros, en tanto que Almagro sólo poseía 15….Se dirigió de esta guisa al Cuzco. El Capitán Orgóñez, que estaba al frente de las fuerzas “ chilenas “, hubiese podido, no obstante, aniquilar a los rivales parapetándose en la incomodidad montañosa de la región que los de Pizarro debían cruzar….Pero tenía la orden de continuar hasta el Cuzco y desaprovechó aquella oportunidad para derrotar a sus adversarios.


    La rivalidad viva enfrentóse en la llanura de las Salinas, a una legua escasa del Cuzco. Los almagristas eran mejores, más veteranos, pero los pizarristas les superaban en logística, siendo al fin pues los que ostentarían la victoria.


    En el combate pereció la mejor capitanía “ chilena “, entre ellos, Orgóñez, a quien por la sublimidad de su valía, se honróle como se mereció. Herido en plena batalla, rodeado por seis militares adversarios, y uno de ellos, Fuentes, criado de Hernando Pizarro, le decapitó….A partir de aquel instante, sintió un delirio de sangre. Se remató a infinidad de heridos, sin tener en cuenta que todos eran compatriotas, hermanos de estirpe que al fin y al cabo luchaban por un proyecto común arropados por la Monarquía Tradicional……


    El caso es que, muy tristemente, se termina rozando lo imposible cuando se intenta pedir moderación a los soldados y no la muestran en absoluto sus adalides….Almagro fue a la guerra sin ningún odio personalista hacia sus enemigos; en cambio, Hernando Pizarro, odiaba a muerte al que había sido leal compañero de su hermano.


    Almagro fue preso; ya que debido a una dura dolencia apenas podía articular movimientos. Inmediatamente, ordenó Hernando que se le procesase, sin esperar a que su hermano Francisco, el Gran Marqués, indicara qué debía hacerse con el castellano.


    En Lima, el Obispo Valverde, el tesorero Espinel y otros más suplicáronle que hiciese lo más posible por guardar la vida del prisionero. Todos recordaban que antaño, el ya viejo cacereño, había destacado en las más duras lides por su saber estar, por su mesura, por su desprendimiento, por su benevolencia; claro que, amén de por su arrojo, por su valentía….Y aunque reconocibles eran sus defectos, como todo hijo de vecino, no se querían creer que pudiera condenar a muerte a Almagro, ya que, en el peor de los casos, tal sentencia debería recibir la sanción aprobadora del César Carlos.


    El triste caso es que Francisco Pizarro no se interpuso en los rencores de su hermano. Y el segoviano fue juzgado sin que pudieran presentarse contra él pruebas grandes para la pena capital….Pero Hernando no cesó en sus pretensiones, llegando a sobornar a los jueces, que por fin la dictaron….El ya anciano Almagro pretendió recurrir contra tan inicua sentencia ante el César de Romanos y Germánicos, pero Hernando se negó en rotundo. Entonces, el empobrecido anciano, se humilló en súplicas por su vida, teniendo en cuenta sus hechos, puesto que gracias a su persona, los Pizarro ocupaban tales puestos….Además, recordóle que, estando en la cúspide, le salvó la vida aun en contra de lo “ corriente “ para en esos difíciles casos. Inexorablemente, Hernando Pizarro no prestó la más mínima atención para el precursor de la Conquista del Chile, reprochándole incluso cobardía….Aquello de “ cobardía indigna de un caballero…..”; a lo que Almagro respondióle con la fuerza del trueno : “ No soy indigno. Soy un hombre, y como tal temo a la muerte, como el mismo Jesucristo la temió. Y no sólo la siento por mí, sino también por mis amigos, que quedarán sin ningún apoyo….”.


    El hermano del Marqués le respondió que lo mejor que hacía era prepararse bien para morir, y fue entonces cuando Diego de Almagro otorgó testamento a favor del Rey Español y de su propio hijo, el mozo Diego de Almagro, que entonces contaba 18 primaverillas. Acto seguido, Almagro se confesó y comulgó; tras lo cual, sin mayor ceremonial, fue ahorcado en la cárcel. Después, sacaron su cadáver a la plaza, siendo allí decapitado.



    De este modo tan triste y penoso falleció uno de los españoles que más y mejor contribuyeron a la Americana Conquista. Todo un héroe que, a pesar de los pesares, merece nuestro mayor reconocimiento, y nuestro pasado, legado de toda una Historia que nos permite la moraleja….Hay que ser bien consciente de que esto es tanto para lo bueno como para lo malo….


    Diego de Almagro habría nacido en Almagro ( O tal vez en Malagón o en Aldea del Rey, en la castellana tierra de Segovia ). Comparte con honra a través de los siglos la Conquista del Perú junto a Pizarro. Los cronistas dicen que era bajo, feo y tuerto a consecuencia de un flechazo. Sencillo y generoso, buen administrador, el futuro Adelantado fue el indispensable auxiliar de Pizarro. Su figura queda siempre en un segundo plano y hay quien piensa que su enemistad hacia Pizarro fue fruto de su envidia…..


    Diego de Almagro, el Mozo, nació en el Panamá en el año de 1518. Fue hijo de Ana Martínez, una india criada de su padre. Llegó al Perú en el 1535, un par de años después de la entrada de los Hijos de España en el Cuzco, cuando su progenitor se encontraba en la chilena expedición. Muerto su padre, el Mozo acaudillaría el grupo almagrista y de su casa salieron los conjurados para dar muerte al Marqués natural de Trujillo….El Mozo, preso en el Valle del Yucay, fue decapitado en el Cuzco y enterrado junto a su padre en la Iglesia de la Merced…


    Hernando Pizarro nació en Trujillo en el 1478. Estuvo en las Guerras de Italia con su padre, y a posteriori fue a parar a la Nueva Castilla, llevado por su hermano Francisco. Siempre fue demasiado soberbio….A su regreso a la Piel de Toro, fue encarcelado en el Castillo de La Mota, por haber dado muerte al Adelantado Almagro….Falleció en el 1557.


    Juan Pizarro nació también en Trujillo en el 1505. Llegó al Perú en el 1530, con sus hermanos. Tomó parte codo con codo con Almagro en la expedición que descubrió el Valle de Jauja. Gobernador del Cuzco, terminó pereciendo, como ya dijimos, por una terrible pedrada lanzada por los partidarios de Manco Cápac, en el 1536. . Fue sepultado en la Catedral del Cuzco….


    Gonzalo Pizarro nació en la misma localidad cacereña en el 1511. El menor del clan Pizarro. Alto, fuerte, de luengas barbas, valiente, desenfadado, gran jinete. Llevó a cabo la expedición del “ País de la Canela “; que terminará con el Descubrimiento del Amazonas por un grupo capitaneado por Orellana. Años después se enfrentará con el primer Virrey de la Nueva Castilla, Blasco Núñez de Vela, por oponerse a las Leyes Nuevas. Derrotado en la Batalla de Jaquijaguana, fue decapitado y enterrado en la Iglesia de la Merced, en el Cuzco, donde yacían los Almagro…..



    En la Ciudad de los Reyes, Pizarro siguió sin hallar la calma que tanto anhelaba. Las preocupaciones de muy hondo calado seguían atosigándole. Allí andaban quejosos por causa de los repartos. Decía que ya era hora de definir aquéllos, y que era urgente efectuar el repartimiento general de todos los indios de la tierra. Pizarro consultó el caso con Fray Vicente de Velarde ( En algunas crónicas aparece como Fray Vicente de Valverde ), ya nominado Obispo del Cuzco, que no se mostró contrario a la idea. Entonces, el Gobernador llamó a su secretario Picado, y con las listas de los Conquistadores en la mano, inició el ansiado reparto de las encomiendas; el anhelo del ideal de la hidalguía tan llevado a la América….Posteriormente, la Corona confirmólas a sus legítimos poseedores. Pizarro, a ninguno obsequió con un solo palmo de tierra, mas dio a todos los indios tributarios, como nuevos vasallos pecheros del Imperio Español y no como esclavos; pues en esto se basaba el principio de ese régimen encomendero.


    Seguidamente, por distraer a los “ chilenos “ y quitarles todo pesar por no haber recibido ese reparto, el Conquistador de los Andes envió a Gómez de Alvarado-hermano de Pedro-a fundar la ciudad de León de Huánuco, cerca del río Huallaga. La fundación se caracterizó por su temprano éxito; lo cual vino de perlas para, al menos, durante un tiempo, lograr una cierta calma para con el entorno limeño.



    Pero, fue entonces cuando Pizarro recibió una misiva cifrada del Factor Suárez de Carbajal, advirtiéndole que tuviera cuidado, porque sabía que el sector almagrista, en grupos de tres o dos, y con un carácter belicoso, dirigíanse a Lima. A pesar de este aviso, el Marqués no mudó su carácter….


    Se había nombrado un juez para que, llegado a Lima, se ocupase de desentrañar toda la verdad acerca de la muerte de Diego de Almagro, y al enterarse de su venida, los precursores del Chile que se encontraban radicados en la Ciudad de los Reyes no ocultaron su contento.


    Al parecer, a eso de un viernes 24 de Junio del 1541, Festividad de San Juan el Bautista, los amerindios comenzaron un murmullo….Lanzando aquello de que los almagristas andaban armándose para matar al flamante Gobernador….El tema llegó a los oídos de Francisco Pizarro, el cual, tratando de contrastar la información, envió a llamar a Juan de Rada, principal valedor del malogrado Adelantado. Rada encontró al Marqués en el huerto de su mansión…..Busto Duthurburu, biógrafo de Pizarro, sigue una de las crónicas de la época de esta guisa :

    “ - ¿ Qué cosa es esta, Juan de Rada-le preguntó Pizarro-, que me dicen que vais comprando armas, aderezando cotas, todo para efecto de darme muerte ?

    Juan de Rada le respondió :

    - Verdad es, señor, que yo he comprado dos pares de coracinas e una cota, para defender con ello mi persona.

    - ¿ Qué causa os mueve-inquirió el Marqués-a buscar armas más que en otros tiempos ?

    Juan de Rada tornó a responder e dijo :

    - Porque nos dicen y es público que vuestra señoría recoge lanzas para matarnos a todos-y diciendo esto dijo más-: ¡ Ea, pues acabemos ya, y vuestra señoría haga de nosotros lo que fuere servido, pues que habiendo empezado por la cabeza, no sé yo por qué se tiene respeto a los pies; y asimismo dicen que vuestra señoría ha mandado matar al juez, y si piensa matar a los de Chile no lo haga; destierre en un navío a D. Diego, pues es inocente y no tiene culpa, que yo me iré con él adonde la ventura nos quisiera echar.

    El Marqués, airadamente, respondió :

    - ¿ Quién os ha hecho entender que tan gran maldad o traición como ésa sea yo capaz de cometer ? Porque yo nunca lo pensé.



    El caso es que Juan de Rada se había ganado fama de traicionero, y tan pronto se despidió de Pizarro fue a reunirse con Almagro el Mozo, “ Los Caballeros de la Capa “; y con otros almagristas, para comunicarles que el Conquistador extremeño tenía pensamiento de dar muerte a todos; “ argumentando “ que el juez ya venía sobornado. Fue en aquel instante cuando los almagristas terminaron por convencerse de que había que matar a Pizarro para, supuestamente, adelantarse a sus funestos propósitos y vengar al Adelantado. Y así idearon su mortífero plan, dejando señalada la mañana del domingo 26 de Junio, a la hora de la Misa Mayor; en la Festividad de San Pelayo Mártir….


    Sería a eso de las once de la mañana cuando, oída ya su Misa, Pizarro invitó a sentarse a su mesa al Capellán Garci-Díaz, designado recientemente Obispo de Quito, a Francisco Martín de Alcántara, su hermano de madre, al Capitán Francisco de Chávez, al doctor Juan Blázquez, y a otras 15 personalidades, todos indianos de veteranía. El Marqués, con su barba canosa, lucía una ropilla de grana y hacía los honores a sus invitados. Estando pues, todos en reunión-sin que se supiera con exactitud si fue en aquel preciso instante o algo después-entró corriendo un paje apellidado Tordiya, dando voces para alertar a los convidados e indicando que venían los de Chile para acabar con la vida del cacereño hijodalgo. Pizarro se puso en pie y, seguido por su hermano y por el Obispo, bajó hasta el descansillo de la escalera, para averiguar qué diantres ocurría. No vio nada, a pesar de que todos oyeron gritos que repetían obstinadamente aquello de : “ ¡ Viva el Rey, mueran los tiranos ! “…Y es que, hasta el estallido de la funestísima Revolución Liberal, y sobre todo en la Hispanidad, las revueltas con mayor o menor justicia implicaban ese carácter fidelísimo al Rey; contra el supuesto mal gobierno de turno. Es por ello que, aun en revueltas como las de los comuneros y/o irmandiños, y hasta los portugueses contra el Conde-Duque de Olivares, no se perseguía ese falso ideal de “ revolución social “ tan ardientemente defendido por la historiografía marxista; sino que se buscaba justicia; justicia que el marxismo, al ser heredero del cuerpo liberal, falsea y pervierte. Por tanto, como hispanos, hemos de ser consciente de los verdaderos caracteres de nuestra Historia.


    Retomando el tema, hemos de decir que Francisco Pizarro regresó al comedor y pidió su armamento, pero todos los criados habían desaparecido junto al resto de su dominical comitiva; unos se descolgaron hacia la huerta, siguiendo al Doctor Blázquez, que lo hizo con la vara entre los dientes, otros fueron a parar debajo de las camas y aun algunos dentro de los aparadores….Pizarro penetró entonces en su alcoba con Francisco Martín y Don Gómez de Luna, e hizo que sus pajes Vargas y tordota le vistiesen un par de coracinas, entre tanto los dos primeros también se armaban.


    De repente, el griterío aumentó, resultando en cercanía….Y subieron muy asustados varios amigos de Pizarro que huían del patio. Se trataba de Francisco de Chávez, Pedro López de Cazalla, Diego Ortiz de Guzmán, Juan Ortiz de Zárate y Bartolomé de Vergara; todos los cuales ya habían huido antes del comedor.


    El Marqués oriundo de la Extremadura Leonesa, sin terminar de armarse, se asomó al comedor, y al presenciar tanto susto en sus amistades, dijóle a Chávez aquello de : “ Señor Chávez, cerrad esa puerta y guardádmela mientras me armo “. Chávez obedeció, atrancando la puerta que daba a la escalera.


    Entre tanto, los del Chile subían por la escalinata con las espadas desenvainadas. Al frente de ellos iba Juan de Rada exclamando aquello de : “ ¡ Oh, día dichoso y de grande felicidad, y como todos han de conocer que Almagro fue digno de tener tantos amigos, pues tan bien supieron vengar su muerte en el cruel tirano que fue causa de ello ! “….Y al terminar las últimas palabras, Rada y los suyos hallaron cerrada la puerta que daba al comedor del portador de aquel apellido de antigua raíz vasca, por lo que se vieron obligados al detenimiento.


    De haber seguido cerrada la puerta, los de dentro habrían tenido tiempo de recibir refuerzos, pero Francisco de Chávez, que confiaba en su amistad con los “ chilenos “, mandó abrir contra la generalizada y lógica opinión, y salió….También hay quien asegura que hizo esto porque sabía que el Marqués le dejaba como Gobernador en un testamento que había realizado….La cosa cierta es que una vez fuera se topó con Juan de Rada y sus secuaces. Y al notar la más nerviosa furia en su expresión, no se le ocurrió otra cosa que dirigirles la palabra en términos conciliadores, haciéndose el abrumado, y en verdad, de una manera muy cobardica…..Diciendo aquello de : “ Señores, ¿ qué es esto ? No se entienda conmigo el enojo que traéis con el Marqués, pues yo siempre fui amigo “……De repente, una diestra estocada lo derribó al suelo, haciéndole rodar por la escalera hasta el patio…Hecho lo cual, los almagristas abrieron del todo la puerta de la estancia de los comensales y penetraron en tropel. En seguida dirigiéronse al dormitorio para consumar el asesinato de Francisco Pizarro en su propia cama, y así de paso, comprobar si era verdad que se encontraba enfermo….Y resultó ser que les salió al paso Francisco Martín, el cual defendió con una espada la puerta….Los de Chile se refrenaron, mas al divisar detrás de Martín de Alcántara a Pizarro, exclamaron con soberbia aquello de : “ ¡ Muera el tirano, que se nos pasa el tiempo y podría ser que viniese favor ! “. Pizarro apartó a los pajes, y extrayendo la espada de la vaina, le dijo a Juan de Rada ( como ya presintiendo la inmediatez de su fin vital ) : “ Mira mi espada, fiel compañera de mis trabajos….”. Luego, fue a ponerse codo con codo con su hermano para defender la puerta de la estancia y se entabló una crudísima pelea.


    Gomara aseguró que el Marqués “ luchaba esgrimiendo la espada con tal destreza y bravura que ninguno se le acercaba, por valiente que fuese “. Había tomado el primer puesto en la refriega y, tal era su brío, que no había adversario capaz de trasponer la puerta; parecía que para con la esgrima no pasaran los años para tan valiente e indiano Capitán….En esto, cayó Francisco Martín de Alcántara de una dura estocada en el pecho, y también los dos pajes, con Gómez de Luna. Entonces, Pizarro no tuvo más remedio que defender en soledad el umbral. Sus atacantes no pudieron hacer que retrocediese, puesto que continuó combatiendo con más saña y furia que al principio.


    Entonces, viendo Rada que así no lo podrían vencer en la vida, imaginó un ardid traicionero ( Haciendo honor a su fama….). Tomó a uno de los suyos apellidado Narváez y empujólo hacia la anciana figura de Pizarro; el Marqués lo amparó con la espada, pero su peso corporal le obligó a retroceder, cosa que aprovecharon los del Chile para penetrar en el aposento y rodear a Pizarro….De esta guisa se formó un círculo de atacantes en torno al viejo León Hispánico, el cual estaba ya herido y encontraba muy menguadas sus naturales fuerzas. Finalmente, Pizarro recibió una herida en la garganta, mas, sin mostrar flaqueza alguna, pretendió reincorporarse. Luego, aún consciente, desplomóse sobre el baño de sangre que ofrecía su hogareño suelo….Sintiendo ya la mortífera agonía, se llevó la mano derecha a la garganta y, mojando los dedos en su propia sangre, se trazó la Señal de la Cruz; balbuceando poco después el nombre de Cristo e inclinando la cabeza para besar la Cruz….Entonces, uno de sus enemigos, con la intención de rematarlo, le quebró un cántaro de Guadalajara en el rostro. Pizarro se derrumbó en pesadez, quedando ya inmóvil.



    A eso de una hora más tarde, Lorenzo Hernando de Trujillo y una fémina llamada la Cermeña, acomodaron el cuerpo presente en su cama. Pero estando en esto, penetró en la alcoba Martín Carrillo y otros “ chilenos “, y arrastraron el cadáver hasta el patio.


    El Obispo Garci-Díaz pudo conseguir que no profanasen el cadáver; ni que tampoco fuera decapitado. Por otro lado, algunos amigos del Marqués impidieron que lo sacasen a la plaza.


    Y así, quedó ya enterrado en una fosa ya abierta junto a la Iglesia Mayor, en el muro de la Nave del Evangelio, sitio que más tardíamente llamóse “ Patio de los Naranjos “. De esta guisa terminó la vida del Gran Conquistador de la Nueva Castilla…..


    Actualmente, su sepulcro está radicado en el atrio de la Catedral de Lima, y frente a la Catedral se alzaba una estatua ecuestre del Conquistador; arrancada por el corrupto gobierno peruano ( No menos corrupto que todas las políticas liberaloides en general; incluida por supuesto la española ) para mayor satisfacción del embustero y ahistórico indigenismo, que tan de moda está sobre todo en los más diversos sectores progresistas. Aunque, su mejor monumento es su propia fundación : Lima, la Ciudad de los Reyes, Santo y Seña de la Tradición, de la Hispanidad, del Occidente….Todo un máximo exponente del Barroco Indiano; ese Barroco que tanto fue a llegar al Reino de Sevilla…..



    Así pues, en este punto, acabo mis escritos con el sentido que comenzarlos quise. Semejante epopeya que forma parte del orgullo de nuestra Historia, así como enseñanza por todos los aspectos negativos ante el futuro, no puede ser entendida sino desde sus mayoritarias entrañas : De la Extremadura del Sur y el Puerto de Sevilla ( sin desmerecer otros aportes pero, ya que siglos de insufrible historiografía no lo hacen; reivindicar yo, pues, como natural de esta tierra española, nuestro irrefutable papel ), hasta llegar a la forja de la Nueva Castilla Virreinal.


    Con todo este legado, tanto para lo bueno como para lo malo, nos quieren hacer creer que debemos sentirnos inferiores y culpables hasta la eternidad, cuando por razones obvias que nos aporta el trabajo en la Historia, tenemos mucho aún que ofrecer al mundo. La Hispanidad no se entiende sin ese hondo Ideal de Misión que lleva siglos estancado; mientras presenciamos nuestra sumisión a los dictados del extranjerismo más burdo. Si no somos pues los hispanistas los que nos ocupamos de trabajar por nuestra Verdad, por nuestro Camino, por nuestra Vida; nadie lo hará.


    Espero pues, por pequeñez que resulte, haber puesto un granito de arena en todo eso que conlleva los que, desde hace muchos siglos, vienen demostrándonos su hermosa labor por la lucha hispánica.


    No se trata de patrioterismo de estilo yanqui-sionista, ni de chauvinismo, ni nada de lo que nos “ ofrecen “ los parámetros de nuestros nefandos sistemas “ políticos “ : De lo que se trata es ir, poco a poco, desenmascarando todas las mentiras que contra la Hispanidad se profieren, tanto en la Piel de Toro como en Ultramar. Es la Verdad la que nos hace libres; ya lo dijo Nuestro Señor Jesucristo.


    Y si bien, como escribióle Antonio Machado a Ramiro de Maeztu ( Tras recibir el sevillano el Defensa de la Hispanidad que gustosamente le mandó el alavés ) uno de los rasgos del español es esa excesiva modestia que, muy probablemente, también ha impregnado en las Américas; esperemos que esto deje de rallar en ese maldito e insufrible complejo de inferioridad y encima a favor de la New Age, el liberalismo, el marxismo, y demás formas que nos “ legó “ la triste y cruel Revolución Francesa. Es España esa que morir no puede como exclamaba Vázquez de Mella, las Etimologías y la tradición litúrgica de San Isidoro de Sevilla, la Defensa de la Hispanidad que nos dejó Maeztu, el alma de América de Santos Chocano, el Quijote de Cervantes, las Lusiadas de Camoens, las tradiciones peruanas de Palma, el Gaucho Martín Fierro de Hernández, el Panhispanismo de V.Silva, el iberismo inteligente y tradicional ( Lo mejor de esa corriente que tanto degeneró ) de Oliveira Martins, els Jocs Florals de Verdaguer, Maragall o Rusinyol, la constitución de un estado tradicional de Aparisi y Guijarro, el Caballero de las Espuelas de Oro de Casona, el alcalde de Zalamea de Calderón de la Barca, las crónicas del Inca Garcilaso, De Arregui, Oviedo Baños, Vázquez de Espinosa, De la Calancha; los ideales cortesanos de Castiglione, el Tirant lo Blanc de Martorell, las elegías de Garcilaso de la Vega, la poesía de Gabriel Ruiz Llanos, el Segundo Sombra de Güiraldes, la Fuenteovejuna de Lope de Vega, la amplitud estudiosa de un Menéndez Pidal, un Menéndez Pelayo, un Caro Baroja o un Gómez Dávila; el teatro de Ruiz de Alarcón, la poesía de Iparagirre, el romance de los muertos en el campo de Pemán, los estudios literarios de Giménez Caballero, las semblanzas del tradicionalismo hispanoamericano de Calderón Bouchet, De Ruschi, Pacheco Seré; los estudios historiográficos de di Giovane, Tejada, Guiñazú; la herencia etnocultural remarcada por Rodó, la poesía y la acidez humorística de Quevedo, los cantares gallegos de Rosalía de Castro, el Conde Lucanor de Don Juan Manuel, el Libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, la Mística de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz, Santa Rosa de Lima, la revolución anunciada de Boixadós, la grandeza mejicana de Balbuena, la Araucana de Ercilla….Si bien nos fijamos, nuestra literatura es un fiel reflejo de nuestro carácter y una proyección inevitable de nuestros hechos históricos. Y dicen que nuestra literatura es la mejor del mundo. Algo tendrá el agua cuando la bendicen….


    Lo dicho; del Sudoeste Español a la Conquista de los Andes….
    Strassenbahn dio el Víctor.

  2. #2
    tacuarista está desconectado Proscrito
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    Re: Del Sudoeste Español a la Conquista de los Andes

    Distinguido Ordoñez:
    Que si pensaba tutearlo, ahora ya no me atrevo ante la seriedad que impone su artículo. Y no se piense que lo mío es ironía, ya que detesto ese estilo, sino simple admiración por su trabajo.
    Tal vez la modestia que Ud. justamente atribuye a los literatos hispanos haya también afectado a otros escritores nacidos en Argentina que nunca dieron reportajes, pero tambien hay ahora un ocultamiento premeditado. Tal el caso del Padre Leonardo Castellani o de Hugo Wast (Gustavo Martínez Zuviría). Ambos dos autores prolíficos y de prosa fluida, militantes activos del nacionalismo y sobre los cuales pesa aún hoy la censura.
    En fin, gracias por difundir las letras hispanas, es especial su mención a Martín Fierro, que como decía Castellani :"...no lo leemos más porque lo sabemos de memoria..."Y esto que decía era cierto.
    Un afectuoso saludo brazo en alto

  3. #3
    Rogelio Alonso está desconectado Miembro novel
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    Respuesta: Del Sudoeste Español a la Conquista de los Andes

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    Estimado Sr. Ordoñez,

    He comenzado a leer su trabajo y antes de terminarlo no resistí la tentación de hacerle llegar mis felicitaciones y, sobre todo, mi agradecimiento por lo suyo, que nos permite revivir, en buenas letras, la epopeya.

    Además, la foto, ¿es la del hermano del Generalísimo con el Plus Ultra, verdad?

    Ese avión está en el Museo de la ciudad donde vivo, Luján, en la Provincia de Buenos Aires, Argentina.

    Nuevamente, muchas gracias.

    Prometo volver

    Rogelio Alonso

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