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Tema: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

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  1. #1
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Nada, por muchas pruebas que se aporten, algunos son como el arzobispo de Sevilla, que no se enteran de las cosas:




    Pues nada, si tan buenos eran apostata, hazte pagano y adora a Huitzilopotchtli (uf, qué trabalenguas, no sé si lo habré dicho bien).
    Erasmus dio el Víctor.

  2. #2
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Cita Iniciado por Hyeronimus Ver mensaje
    Nada, por muchas pruebas que se aporten, algunos son como el arzobispo de Sevilla, que no se enteran de las cosas
    Como dijo Martín Fierro "al que nace barrigón, es al ñudo que lo fajen".



    Imperium Hispaniae

    "En el imperio se ofrece y se comparte cultura, conocimiento y espiritualidad. En el imperialismo solo sometimiento y dominio económico-militar. Defendemos el IMPERIO, nos alejamos de todos los IMPERIALISMOS."







  3. #3
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    viernes, 31 de enero de 2014

    HERNÁN CORTÉS. Disertaciones de José Vasconcelos (video)




    "Usé la vaga palabra Espíritu que en el lema (de la UNAM) significa la presencia de Dios, cuyo nombre nos prohíbe mencionar, dentro del mundo oficial, la Reforma protestante que todavía no ha sido posible desenraizar de las Constituciones del 57 y del 17. Yo sé que no hay otro espíritu válido que el Espíritu Santo"
    . D
    iscurso, en 1953, denominado “Los motivos del escudo”.


    La Filmoteca de la UNAM y TV UNAM rescataron y actualizaron unos cuantos capítulos de la serie "Charlas mexicanas con José Vasconcelos", producida en la década de los años 50. Se trataba de mesas redondas conducidas por el Maestro Vasconcelos en las que con toda libertad de expresión se externaban las diferentes y encontradas opiniones de diversos temas por reconocidos intelectuales mexicanos. Cabe considerar que entonces no existía aun el videotape, por lo mismo estos programas no fueron conservados por la televisora. Los pocos que la UNAM pudo rescatar fueron filmados con proyector de cine directamente de la pantalla televisiva. A continuación presentamos el que trató de la figura de don Hernán Cortés.

    Como a la fecha a muchos mexicanos les ha sido enseñada la Historia desde un punto de vista partidario y no objetivamente desde la óptica de su tiempo, desconociendo que somos el producto de la fusión de dos razas, al grado que se dice que "fuimos conquistados" como si la población de México fuera hoy predominantemente mexica (ignorando que, entonces, las demás tribus -que no tenían un concepto de nación- eran enemigas de ellos y muchas se aliaron con el mismo Cortés para liberarse de su yugo), aclaramos que este post no tiene por objetivo generar polémica sobre su figura ni analizar sus aciertos y errores, sino presentar un programa verdaderamente histórico y desconocido actualmente por la mayoría de mexicanos, en el que Vasconcelos figuraba como moderador de la serie. En otros posts ya hemos tratado el tema de la Conquista.

    Este programa viene a mostrar cómo era la televisión mexicana en sus inicios y nos permite conocer -en vivo- la figura de un personaje de la talla de don José Vasconcelos. En esa ocasión estuvieron como invitados antagonistas el doctor don Jorge Carrión, intelectual antihispanista de ideología izquierdista-liberal, militante del marxista Partido Popular y don Alfonso Junco (haz click AQUÍ para leer varios escritos suyos), reconocido escritor, historiador y poeta de criterio católico.

    Estamos seguros que nuestros lectores sabrán apreciar la importancia documental de este programa rescatado por la Universidad Nacional Autónoma de México.



    Parte 1





    Parte 2












    Fuente:

    Catolicidad: HERNÁN CORTÉS. Disertaciones de José Vasconcelos (video)

  4. #4
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    Ojalá se ponga ya fin al populismo histórico La Malinche-Cortés






    El español invasor y la indígena vendepatrias ha sido el episodio preferido de los historiadores oficialistas para exculpar a generaciones de gobiernos tan corruptos como ineficientes.
    En otros países el mestizaje fue aun más dramático y sin embargo han logrado progresar. Un reciente foro al respecto busca dejar atrás una controversia tan sempiterna como estéril

    NOVIEMBRE, 2010. El pasado 12 y 13 de octubre se celebró en la Ciudad de México una serie de conferencias sobre el mestizaje mexicano. Fue éste un paso importante para enfrentar el pasado, asimilar sus errores y virtudes y dejarlo, ahora sí, por la paz. Durante cientos de años, pero sobre todo desde finales del siglo XIX, se ha culpado al "mestizaje forzoso" de todas nuestras desgracias, de todo lo malo que nos sucede como nación. Enrique Krauze ha llegado a llamar la "sempiterna excusa" al responsabilizar a la mezcla de lo indígena con lo español, sobre todo la consabida historia de Hernán Cortés y la Malinche, él, un tipo venido de lejos, abusivo e incluso sifilítico, como dijo un historiador oficialista de los años 40 y ella una mujer que traiciona a los suyos y tiene hijos con el enemigo.

    El mestizaje va acompañado con la conquista de un pueblo sobre otro y se remonta a tiempos anteriores a civilizaciones como la fenicia y la babilónica.De hecho, como señaló uno de los asistentes, España, el "invasor", es un país que había sido dominado, y por ende su sangre mezclada, con romanos, judíos, árabes, godos, visigodos y aun tribus bárbaras procedentes del norte. La conquista sin asimilación no puede darse sin mestizaje, y esto fue precisamente lo que hicieron los españoles al llegar al Nuevo Mundo. Destruir las construcciones de la civilización dominada y erradicar sus creencias religiosas es algo considerado aberrante hoy, pero era la regla incluso a principios del siglo pasado. Los españoles no actuaron diferente a como lo hicieron otros pueblos que han sometido e implantado sus creencias a seres humanos con los que no tenían nada en común.

    La versión oficial ha influido tanto en la opinión pública que incluso se cree que Cortés "conquistó" a los mexicanos, como si en 1519 ya existiera un país llamado así y no un virreinato de nombre Nueva España, o como si el ibérico hubiera llegado con sus lanchas a someter a los aztecas. Como bien señala Luis González de Alba en Las Mentiras de mis Maestros, "Cortés es el padre de los mexicanos y uno de los primeros representantes del mestizaje, de lo que somos hoy". Sin embargo se le denuncia porque nos "invadió" esto por parte, agrega, "de gente que se apellida López González o López y tiene los ojos verdes o azules".

    La Malinche también es otro frecuente parrarrayos de la frustración nacional. La fuente oficialista nos ha dicho por décadas que se "vendió" al conquistador y por ello "traicionó a los mexicanos". De nuevo, México no existía como país en 1519 --estaba a tres siglos de distancia que por primera vez se le denominara así-- por lo que la originalmente llamada Malinantzi tenía un concepto totalmente distinto a lo que hoy entendemos como nación, bandera e identidad nacionales. Sin embargo el error histórico de llamarnos "mexicanos" antes de 1821 abunda y es defendido inclusive por gente culta y bastante empapada en historia.

    También se culpa a Cortés y a la Malinche (la llamada "maldición") a que a los mexicanos nos vaya mal en los deportes, específicamente el futbol. Allá en los setenta un conocido comentarista deportivo que luego fue diputado culpó de la eliminación de la selección mexicana en las eliminatorias del Mundial 74 a "Cortés y a la Malinche, un trauma que nos impide avanzar deportivamente". En primer lugar ¿cuál trauma? Que se sepa, el oriundo de Extremadura jamás dirigió a la selección nacional que haya llevado al equipo a una catastrófica derrota. Más bien, la "maldición" ha sido --de nuevo Krauze-- la excusa ideal, esta vez por parte de la Federación Mexicana de Futbol, para ocultar el pésimo manejo del balompié mexicano, o bien de los atletas en general. La "maldición", por cierto, desaparece una vez que los mexicanos se ponen a jugar en tierra ajena como bien lo pudo atestiguar Hugo Sánchez, quien no obstante también llegó a culpar a la "maldición" de que México perdiera en penales durante el Mundial de 1986 contra Alemania.

    Lo más irónico es que acuse de infinitas desgracias a dos personajes que pensaban estaban haciendo lo mejor de su parte para la tierra y el momento que les tocó vivir. A diferencia de lo que harían los conquistadores ingleses llegados al norte del continente, Cortés jamás consideró eliminar a los indígenas e incluso fue de los primeros en impresionarse al ver las edificaciones construidas por pueblos que sus colegas pensaban eran semisalvajes.Al llegar a lo que hoy es Tlaxcala, refiere González de Alba, varias tribus le denunciaron la explotación de la que eran objeto por parte de los aztecas y ofrecieron unírsele para combatirlos. ¿Y quién fue el puente de comunicación entre conquistador y tribus? Naturalmente, la mujer que le acompañaba y que le había sido regalada por un cacique tabasqueño era la Malinche. Lo que proponían era liberar a varias tribus indígenas de un gobierno abusivo y totalitario, lo mismo que siglos después los historiadores oficialistas celebrarían cuando se derrocó al "tirano" Porfirio Diaz.

    En este punto se ha llegado al ridículo extremo de señalar que Cortés era un "intervencionista", tontería superlativa si asumimos que para 1519 España poseía la soberanía sobre el inmenso territorio. Lo cierto es que muchas de las acciones de Cortés se dieron sin el consentimiento de la Corona española. (Los anticortesistas con frecuencia omiten el hecho que éste vio con desprecio los sacrificios humanos, algo totalmente considerado aberrante hoy, y es que lo importante es retratarlo como diablo con tranchete y con peste a azufre).

    La realización de este foro sobre el mestizaje y la ausencia de protestas es un indicio alentador de que, por fin, estamos listos para debatir el asunto, aceptar sus logros y sus fallos, asimilarlo y finalmente dejarlo atrás.Los gobiernos posrevolucionarios se empeñaron en difundirla versión del "maldito" Cortés y la "vendepatrias" Malinatzin influidos por la corriente positivista de gente como Antonio Caso y Justo Sierra. El positivismo, como se sabe, es una corriente filosófica que busca, entre otras cosas, juzgar al pasado con la óptica del presente, y en tal sentido un Estado que buscaba aplicar la "justicia social" tenía como obligación juzgar a "alimañas" como Hernán Cortés, es decir, al verdadero padre de lo que hoy somos los mexicanos, pese a que ambos actuaron de acuerdo a las circunstancias del momento en que les tocó vivir.

    Sin embargo esa situación ha dejado abierto un debate que debió haber cicatrizado hace décadas. Tanto Cortés como La Malinche merecen descansar en paz y de paso dejar que el México actual siga su propio rumbo.





    Fuente:

    http://www.geocities.ws/fasenlinea/ojala_se.htm
    Última edición por Mexispano; 10/06/2014 a las 06:44

  5. #5
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    LA BATALLA DE OTUMBA


    UN EJEMPLO DE LA HISTORIA PROVIDENCIAL


    Entre el 7 y 14 de julio de 1520 se desarrollaron varios sucesos, muy dispares en las consecuencias relativas a la Conquista de Hernán Cortés sobre las huestes de los mexicas o cohlúas. Desde que el Conquistador y sus compañeros entraron en guerra declarada por la supervivencia de uno de los contrarios: El Poder meshica o los Conquistadores españoles y sus aliados indios; Hernán Cortés y sus capitanes y soldados, unidos a los numerosos escuadrones enemigos de los mexicas, especialmente totonacas y tlaxcaltecas o el Poder cohlúa que con sus guerreros en bloque les mostraba la ofensiva. Por lo tanto, la decisiva batalla de Otumba, fue el parteaguas que delimitó nítidamente los dos bandos de la guerra.
    Para esta exposición de los hechos voy a seguir la relación que de ella hace el soldado cronista Bernal Díaz del Castillo (1) en su “Historia de la Verdadera Conquista de la Nueva España”, para lo cual seguiré el Capítulo 128 de la versión paleográfica de don Genaro García en 1904, al códice autógrafo de 1568, llamado el manuscrito de Guatemala. No he cambiado el texto ni el lenguaje, únicamente la ortografía, para dar mayor facilidad a la lectura de su Relación.
    (1) Asiento algunas notas genealógicas de Bernal Díaz del Castillo. Según don Edgar Juan Aparicio, Marqués de Vistabella. Del tercer tomo del Códice autónomo, 1568, que el Gobierno del Estado de Chiapas, México, publicó en 1992.
    La familia Díaz del Castillo es originaria del valle de Toranzo en donde tuvieron su primer solar hidalgo, pasando después a establecerse en Medina del Campo (Cerca de la ciudad de Valladolid, España).
    Bernal Díaz del Castillo era hijo de don Francisco Díaz del Castillo, llamado el “Galán”, natural y Regidor de Medina del Campo, y de su mujer doña María Díez Rejón. Nació en Medina del Campo hacia el año de 1496, pasó al Nuevo Continente en 1514 acompañando a Pedrarias Dávila para reforzar la conquista de Vasco Núñez de Balboa en el Darién. Después pasó a Cuba desde donde acompañó a Francisco Fernández de Córdoba y Juan de Grijalva en las dos expediciones previas a la de Hernán Cortés y la conquista del Poder Cohlúa. Estando también en las expediciones a Yucatán, Honduras y Guatemala, donde finalmente se asentó. Casó por segunda vez con doña Teresa Becerra hija del conquistador Bartolomé Becerra, tuvo varios hijos, entre ellos a Francisco quien fue su ayudante en la escritura de la Relación Verdadera de la Conquista de Nueva España, porque Bernal en 1568 cuando la relató, estaba prácticamente ciego. Murió Bernal, casi a sus noventa años e1 3 de febrero de 1584. En la ciudad Antigua de Guatemala y sus restos quedaron sepultados en la Catedral. Existe un digno monumento a su persona, con un busto de bronce y el escudo de sus armas en la ciudad capital de Guatemala. Otro busto más modesto se le ha levantado en el centro histórico de Medina del Campo, España.
    También, he de advertir que cuando Bernal Díaz del Castillo escribe México y mexicanos, se está refiriendo a la casta cohlúa de los que gobernaban y vivían en la isleta de Meshico-Tenochtitlan, capital del poderoso reino al que estaban sometidas las demás tribus y poblados alrededor de las lagunas del altiplano; ninguno de estos se llamaban a sí mismos como “meshicas” ni mucho menos la voz españolizada “mexicanos” que usa Bernal en toda su Relación. Muchos lectores han confundido el significado que le da Bernal Díaz, al término “mexicano” con el que se refiere a los pobladores de todo el Anáhuac. De ninguna manera hay que entenderlo así. Los meshica eran solamente los pobladores de la capital, y el término “azteca” que algunos les dan, ni siquiera era conocido por ellos.
    La ciudad de Meshico y sus pobladores componían la élite religiosa y política que detentaba el poder de ese Estado dictatorial, que podríamos llamarlo como imperial a la manera de los antiguos romanos, porque sus jefes eran elegidos por la élite cohlúa. Aunque la diferencia esencial con el concepto de Imperio o emperador, es que los jefes máximos de los meshica eran dos en el gobierno, como el “Hueitlatoani” (El que habla más fuerte, el que manda más) y su gemelo el Cihuatl-cúatl; el Gemelo o cuate que todo gobernante máximo de los meshica debía tener.
    ANTECEDENTES
    Bernal describe en su amena historia los antecedentes del encuentro y choque de Otumba:
    “Y con cinco indios tlaxcaltecas que atinaban el camino de Tlaxcala, sin ir por camino nos guiaban con mucho concierto, hasta que llegábamos a unos caserías de un cerro que estaban y ahí, junto a un adoratorio como fortaleza a donde nos reparamos. Quiero tornar a decir que íbamos seguidos de los mexicanos (sic) que con flechas y varas y pedradas que con sus ondas nos tiraban, y como nos cercaban, dando siempre en nosotros es cosa de espantar……. Y mataban muchos de nosotros que nos defendíamos”.
    “En aquel Cu (templete para los sacrificios) e Fortaleza nos albergamos y se curaron los heridos…..pues de comer, ni por pensamiento…… y en aquel adoratorio, después de ganar la gran ciudad de Méshico hicimos una iglesia que se dice Nuestra Señora de los Remedios, muy devota, y van agora, en romería muchos vecinos y señoras para hacer novenas…… qué lástima era ver curar y apretar con algunos paños nuestras heridas, y como habían resfriado y estaban hinchadas, dolían.”
    “Pues más de llorar fue de los caballeros y esforzados soldados que faltaban, los de Cortés y los de Narváez…… el Juan Velázquez de León, su mujer doña Elvira, Francisco de Saucedo, Francisco de Morla, el buen jinete Lares y el astrólogo Blas Botello.”
    Tornemos a decir como allí quedaron en las puentes muertos, ansí los hijos e hijas de Moctezuma, como los prisioneros que traíamos, y el Cacamatzin señor de Texcoco y otros Reyes de provincias……. Y estábamos pensando en lo que por delante teníamos, y era que todos estábamos heridos y no escaparon sino 23 caballos, y de los tiros y artillería, y pólvora no sacamos ninguno, las ballestas fueron pocas….y lo peor de todo era que no sabíamos la voluntad que habíamos de hallar en nuestros amigos de Tlaxcala. Además de esto, siempre cercados de mexicanos(sic)…… acordamos nos salir de allí, a media noche, y con los tlaxcaltecas, nuestros guías por delante, con muy buen concierto, caminar los heridos en medio y los cojos con bordones, y algunos que no podían andar y estaban muy malos, a ancas de caballos cojos que eran para batallar. Y los de a caballo que no estaban heridos adelante.
    E a un lado y a otro repartidos, y de esta manera todos nosotros, los que más sanos estábamos, haciendo rostro y cara a los mexicanos, y los tlaxcaltecas heridos dentro del cuerpo de nuestro escuadrón, porque los mexicanos(sic) les iban siempre picando, con grandes voces y gritos….. y decían allá: iréis donde no quede ninguno de vosotros con vida…….
    He de escribir el contento que recibíamos de ver viva a nuestra doña Marina y nuestra Doña Luisa la hija de Xicoténcatl, que las escaparon en las puentes unos de los tlaxcaltecas, y también una mujer (española) que se decía María de Estrada, que no teníamos otra mujer de Castilla sino aquella, y los que las escaparon, y salieron primero de las puentes, fueron unos hijos del Xicoténcatl, hermanos de Doña Luisa, y quedaron muertas las más de nuestras naborías (las servidoras) que nos habían dado en Tlaxcala y la ciudad de México.
    Y siempre los mexicanos(sic) siguiéndonos y como se juntaban muchos y procuraban de nos matar, y nos comenzaban a cercar y tiraban tantas piedras con hondas que mataron a dos de nuestros soldados e hirieron a muchos de los nuestros en un paso malo……….Y también nosotros matamos a algunos de ellos a estocadas…..y así dormimos en aquellas casas y comimos un caballo que mataron.
    LA GRAN BATALLA
    E poco más de una legua de allí, ya que creíamos ir en salvo, vuelven nuestros corredores de campo que iban descubriendo y dicen que están los campos llenos de guerreros mexicanos(sic) aguardándonos……
    E cuando lo oímos bien que teníamos temor, pero no para desmayar ni dejar de encontrarnos con ellos y pelear hasta morir…. Y allí reparamos un poco, y se dio orden de como se había de entrar E salir los de a caballo, a media rienda, y que no se parasen a lancear, sino las lanzas por rostros hasta romper sus escuadrones.
    E que a todos los soldados, las estocadas que les diésemos, les pasáramos las entrañas, y que hiciésemos de manera que vengásemos muy bien nuestras muertes y heridas por manera de que, si Dios fuese servido, escapásemos con las vidas y después de nos encomendar a Dios, e a Santa María muy de corazón, e invocando al nombre del Señor Santiago, desde que vimos que nos comenzaban a cercar. De cinco en cinco de a caballo, rompieron contra ellos y todos nosotros juntamente……. Oh que cosa era de ver esto, tan temerosa y rompida (sic) batalla, como andábamos tan revueltos con ellos, pie con pie y qué cuchilladas y estocadas les dábamos, y conque furia los perros peleaban, y que herir y matar hacían en nosotros, con sus lanzas y macanas y espadas de dos manos, y los de caballo, como era el campo llano, como alanceaban a su placer, entrando y saliendo. Y aunque estaban heridos ellos y sus caballos no dejaban de batallar muy como varones esforzados, pues todos nosotros los que no teníamos caballo, parece ser que a todos se ponía doblado esfuerzo, que aunque estábamos heridos y de refresco teníamos otras heridas, no curábamos de las apretar por no nos parar a ello que no había lugar, sino con grandes ánimos apechugábamos con ellos a darles estocadas.
    Pues quiero decir cómo Cortés y Cristóbal de Olid y Gonzalo de Sandoval, y Gonzalo Domínguez y un Juan de Salamanca los cuales andaban de una parte a otra y aunque bien heridos, rompían los escuadrones, y las palabras e Cortés decía a los que andábamos envueltos con ellos, que la estocada o cuchillada que diésemos fuera en señores señalados, porque todos traían grandes penachos de oro y ricas armas e divisas, pues ver cómo nos esforzaba el valiente y animoso Sandoval e decía: ¡Ea señores! ¡Que hoy es el día que hemos de vencer, tened esperanza en Dios que saldremos de aquí vivos para algún buen fin!, E a nuestros soldados que los herían e los mataban eran muchos.
    Y dejemos esto, y volvamos a Cortés y Cristóbal de Olid y Sandoval y Gonzalo Domínguez y otros soldados que aquí no nombro. Y Juan de Salamanca y todos los soldados poníamos grande ánimo a Cortés para pelear, y esto Nuestro Señor Jesucristo e Nuestra Señora la Virgen Santa María, nos lo ponía en corazón, y el señor Santiago que ciertamente nos ayudaba. Y quiso Dios que llegó Cortés con los capitanes ya por mí memorados que andaban en su compañía. A la parte donde andaba con su gran escuadrón el general de los mexicanos (sic) con su bandera tendida con ricas armas de oro y con grandes penachos de argentería, y (desde) que lo vio Cortés, con otros muchos mexicanos(sic) que eran principales, que todos traían grandes penachos, dijo a Gonzalo de Sandoval y a Cristóbal de Olid y Gonzalo Domínguez, y a los demás capitanes: ¡Ea señores rompamos contra ellos y no quede ninguno de ellos sin herida! Y encomendándose a Dios arremetió Cortés…..y dio un encuentro con el caballo al capitán mexicano (sic) que le hizo abatir su bandera, que aún no había caído del encuentro que Cortés le dio.
    Fue Juan de Salamanca, ya por mi nombrado, que andaba con Cortés en una buena yegua hovera que le dio una buena lanzada y le quitó el rico penacho que traía, e se lo dio luego a Cortés diciendo pues…… que era suyo…..que lo encontró primero y lo hizo abatir su bandera y le hizo perder el brío de pelear con sus gentes…… Desde obra de tres años su Majestad se lo dio por Armas (escudo heráldico) al Salamanca, y lo tienen sus descendientes en sus reposteros.
    Pero volvamos a nuestra batalla que nuestro Señor Dios fue servido, que muerto aquel capitán, que traía la bandera mexicana (sic), y otros muchos que ahí murieron, aflojó su batallar. Y todos los seguían los de a caballo, y ni teníamos hambre ni sed, sino que parecía que no habíamos pasado ningún mal ni trabajo, seguíamos la victoria matando e hiriendo, pues nuestros amigos los de Tlaxcala estaban hechos unos leones y con sus espadas y montantes, y otras armas que allí apañaron lo hacían muy bien y esforzadamente…..
    Ya vueltos los de a caballo de seguir la victoria, dimos muchas gracias a Dios que escapamos de tan gran multitud de gente. Porque no se había visto ni hallado en todas las Indias, en batalla que se haya dado tan gran número de guerreros juntos porque allí estaba la flor de México (sic) y de Texcoco y de todos los pueblos que están alrededor de la Laguna y otros muchos sus comarcanos, y los de Otumba y los de Saltocan.
    Ya con pensamiento que de aquella vez no había de quedar “roso ni velloso” de nosotros. Pues, que armas que traían….. e divisas y todos los más, capitanes y personas principales.
    Allí donde fue esta reñida y nombrada batalla, allí junto se puede decir, donde Dios nos escapó con las vidas, estaba un pueblo que se dice Otumba, la cual batalla tienen muy bien pintada, en retratos tallada, los mexicanos(sic) y tlaxcaltecas entre otras muchas batallas que con los mexicanos(sic) hubimos hasta que ganamos a México(sic).
    Y tengan atención los curiosos lectores que esto leyeran; que cuando entramos al socorro de Pedro de Alvarado en México (sic) fuimos por todos sobre más de mil e trescientos soldados, con los de a caballo que fueron 97 y ochenta ballesteros, y otro tanto escopeteros, a más de dos mil tlaxcaltecas y metimos mucha artillería.
    Y fue nuestra entrada en México (sic), día del Señor San Juan (24 de junio) de mil e quinientos veinte años (1520), e fue nuestra salida huyendo a diez del mes de julio (10 de julio de 1520) del dicho año.
    Y fue esta batalla de Otumba a catorce del mes de julio (14 de julio de 1520)
    E quiero dar otra cuenta que tantos nos mataron, ansí en México como en puentes e calzadas, como en todos los reencuentros y en esta de Otumba, y los que mataron por los caminos, digo que en obra de cinco días fueron muertos y sacrificados sobre ochocientos y setenta soldados, con setenta y dos que mataron en un pueblo que se dice Tuxtepec, y cinco mujeres de Castilla, todos estos eran los de Narváez…..y mataron sobre mil tlaxcaltecas.
    Cortés nos dijo que éramos pocos, que no quedábamos sino cuatrocientos e cuarenta con veinte caballos y doce ballesteros y siete escopeteros y no teníamos pólvora y todos heridos y cojos y mancos y que mirásemos muy bien cómo nuestro Señor Jesucristo servido de escaparnos con las vidas por lo cual siempre le hemos de dar muchas gracias y loores, y que volvimos otra vez a disminuirnos en el número y copia de los soldados que con él pasamos y que primero entramos en México (sic) cuatrocientos soldados y que nos rogaba que en Tlaxcala no les hiciéramos enojo ni les tomásemos ninguna cosa y esto dio a entender a los de Narváez porque no estaban acostumbrados a ser sujetos a capitanes en las guerras como nosotros, y más dijo que tenía esperanza en Dios que (a los de Tlaxcala) los hallaríamos buenos y muy leales. Pero si otra cosa fuese, la que Dios no permita, que nos han de contrariar. Que debíamos andar los puños con corazones fuertes y brazos vigorosos y que para eso, fuésemos muy bien apercibidos.
    Y con nuestros corredores de Campo adelante, llegamos a una fuente que estaba en una ladera, y allí estaban unas como cercas y mamparas de tiempos viejos. Nuestros amigos tlaxcaltecas dijeron que allí partían términos entre los mexicanos (sic) y ellos, y de buen reposo nos paramos a nos lavar y a comer de la miseria que traíamos.
    Luego, comenzamos a marchar y fuimos a un pueblo de tlaxcaltecas que se dice Gualtipan donde nos recibieron y nos daban de comer, más no tanto, sino se lo pagábamos con algunas piezas de oro y chalchihuis (3) que llevábamos algunos de nosotros, no nos lo daban de balde, y allí estuvimos un día curando nuestras heridas y de nuestros caballos.
    (3) Chalchihuitl o chalchihuites eran pedrezuelas de un mineral verde parecido a las esmeraldas, entre los indios eran piezas de gran valor religioso y económico. Los que pertenecían a la élite mexica las usaban como joyas.
    DISCURSO DE MATZICATZIN
    En la cabecera de Tlaxcala vinieron mase Escaçi (Matzicatzin) y Xico tenga (Xicoténcatl) el Viejo y otros muchos caciques y principales y todos los más, los vecinos de Guaxoçingo (Huajotzingo) y como llegaron a aquel pueblo fueron a abrazar a Cortés y todos nuestros capitanes y soldados, y llorando algunos de ellos dijeron a Cortés: ¡Oh Malinche, y como nos pesa de vuestro mal y de todos vuestros hermanos y de los muchos de los nuestros que con vosotros han muerto. Ya os lo habíamos dicho muchas veces que no os fiaseis de gente mexicana (sic) porque un día u otro os habían de dar guerra, no me quisisteis creer, ya hecho es, no se puede al presente más que curaros y daros de comer, en nuestras casas estáis. Descansa e iremos luego a nuestro pueblo y os aposentaréis. Y no pienses Malinche, que has hecho poco en escapar con las vidas, de aquella tan fuerte ciudad, con sus puentes. Y yo te digo, que si antes os teníamos por muy esforzados, agora os tengo en mucho más.
    Bien sé, que llorarán muchas mujeres e indios de estos nuestros pueblos, las muertes de sus hijos y maridos y hermanos y parientes, no te congoxes por ello, y mucho debes a tus dioses que te han aportado aquí y salido de tanta multitud de guerreros que os aguardaban en lo de Otumba, que cuatro días había que lo supe que os esperaban para os matar, yo quería ir en vuestra busca con treinta mil guerreros de los nuestros e no pude salir a causa de que no estábamos juntos y los andaban juntando.
    Cortés y todos nuestros capitanes los abrazamos y le dijimos que se teníamos en mucho, y Cortés les dio a todos los principales joyas de oro y piedras que todavía se escaparon, cada cual soldado lo que pudo y ansí mismo dimos, algunos de nosotros a nuestros conocidos de lo que teníamos,
    Pues qué fiesta y que alegría mostraron con doña Luisa y doña Marina desque las vieron en salvamento, y qué llorar y tristeza tenían por los demás indios que no venían y quedaron muertos. En especial el Mase Escaçi por su hija doña Elvira y lloraba la muerte de Juan Velázquez de León a quien la dio.
    Y de esta manera fuimos a la cabecera de Tlaxcala con todos los caciques. Cortés y los caciques se aposentaron en las casas de Mase Escaçi. Y Xicontega dio sus aposentos a Pedro de Alvarado. Allí nos curamos y tornamos a convalecer, y aún se murieron cuatro soldados y a otros que las heridas no se les habían sanado. Y dejarlo aquí, y diré lo que más pasamos.
    Bernal Díaz del Castillo, capítulo CXXVIII.
    UNA ACLARACIÓN Y ALGUNAS REFLEXIONES
    Respecto a la aclaración, he de decir que en la fecha de la Batalla de Otumba hay discrepancia entre los historiadores, no se ha querido aclarar imparcialmente ese hecho histórico, como muchos otros en nuestra historia nacional. En este pequeño texto me he propuesto seguir la información que escribió el soldado Cronista Bernal Díaz del Castillo, que los investigadores tenemos de él, la amena veracidad de un soldado que vivió, participó y sufrió los pormenores de esa gesta única y primordial para nuestro país, en los momentos de su nacimiento. La fecha de la Batalla de Otumba que hemos tomado de sus apuntes, es el 14 de julio de 1520. Bernal a sus 24 años de edad era soldado de a pie, porque durante todos esos primeros años de la Conquista no tuvo el dinero suficiente para comprarse un caballo. Comparativamente con nuestra época los caballos eran mucho más caros que los automóviles para los jóvenes del tercer milenio.
    En cuanto a las Reflexiones, primero hay que hacer notar, cuando leemos lo referente a la Batalla de Otumba, que humanamente era imposible obtener la victoria de un total de unos seiscientos españoles y poco menos de mil tlaxcaltecas, contra los numerosos escuadrones aliados de los mexicas. De poco hubieran valido los caballos y los tiros ante la avalancha de guerreros enemigos.
    Por tanto, he de afirmar sin ambages que en los hechos históricos, debe ser tomado en cuenta lo imponderable, lo sobrenatural y no quedarse en lo meramente material y naturalista de la historia humana.
    Por la descripción de Bernal vemos que la Fe cristiana era, en los soldados españoles, parte integrante de sus personas. Antes de entrar en batalla se encomendaban a Dios, a la Virgen María y a los santos, para que les dieran la victoria sobre Satanás quien tenía bajo su poder a los habitantes nativos del Nuevo Mundo.
    LA HISTORIA DISTORSIONADA QUE SE ENSEÑA
    Es de lamentar la enseñanza parcial y distorsionada por materialista, que los pobres niños de las escuelas primerias y secundarias reciben de sus profesores “laicos”, más bien ateos y picados de ideas marxistas, que desprecian con soberbia a Cristo y a su Doctrina, Fe de la mayoría del pueblo mexicano.
    Un ejemplo muy difundido de lo anteriormente expuesto, es la mentira y mala voluntad que ha difundido desde hace casi doscientos años, el Partido Liberal Mexicano sobre el pueblo católico: Como es, la supuesta traición de los tlaxcaltecas a su “raza mexicana”.
    La gran mayoría de los mexicanos actuales, que por su nociva inercia, juzgan de esa manera al pueblo tlaxcalteca y a los indios que se unieron a los soldados de Hernán Cortés; llaman traidores a los tlaxcaltecas. La enseñanza de la Historia, deformada, como hemos expuesto, pasa por alto el odio por generaciones, de todas las tribus indígenas, sometidas al Poder Mexica. Ya no podían soportar la explotación de la élite que desde Meshico-Tenochtitlan ejercía cruel y despiadadamente sobre los tlaxcaltecas y otros pueblos comarcanos. Los Tlaxcaltecas, después de su heroica defensa ante el paso por su tierra de Cortés con sus tropas y aliados totonacos, viendo que no podían hacerle frente; decidieron en común acuerdo, sus cuatro caciques mayores, “hacer generación con los recién llegados españoles, ofreciendo a sus doncellas para que tuvieran hijos de los teúles principales, y así vengarse del Poder Mexica” con esto demostraron ser más inteligentes que sus enemigos ancestrales.
    Como premio por su lealtad a la Corona Española, ésta, los nombró en conjunto: PUEBLO HIDALGO, los exentó de varios impuestos, les dio la primera Diócesis de toda Tierra Firme, permisos para que sus caciques viajaran a España, y que acompañaran a los españoles en todos sus descubrimientos y conquistas. A Sudamérica, al Norte de América y a las Islas Filipinas, donde los tlaxcaltecas fundaron colonias.
    Solamente la investigación y la difusión de La Verdad Histórica por medio de la enseñanza a los niños y jóvenes mexicanos y, desde luego, a los hispanoamericanos también, los hará conscientes de su cristianismo, de su cultura mediterránea y de la Historia.
    LA BATALLA DE OTUMBA | Ecce Christianus

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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España


    13 de Agosto Celebración de la liberación de Tenochtitlan (Ciudad de Méjico) por Cortés y sus aliados los indígenas del valle de Puebla-Tlaxcala. El espíritu que les animaba


    Cuando se viaja por América, todavía hoy, y las gentes se asombran ante la fuerza y la grandeza de la naturaleza, se admira con más intensidad la obra de titanes que supusieron los descubrimientos, la conquista y la liberación de las Américas, obra que valora más cuando se miden las condiciones y medios con que se realizó.
    Y la pregunta que se puede hacer a continuación es ¿qué es lo que diferenciaba a estos héroes de otros hombres vulgares?:
    Y la respuesta es la Fe.

    En el aniversario de la liberación, 13 de agosto de 1521, de México-Tenochtitlan por Cortés le tomaremos como modelo y representante del espíritu y valores que informaban a estos conquistadores, del que disponemos de mucha información gracias a los cronistas y biógrafos: Bernal Díaz del Castillo, Francisco Cervantes de Salazar, Gomara, Herrera, Fernández de Oviedo, Navarrete, Madariaga...


    Escudo de los Cortés


    Sobre el libro de éste último sobre Cortés nos apoyaremos especialmente.

    Sus juicios son especialmente agudos y provienen de un pensador que por sus posiciones políticas no son "sospechosos".

    Como él indica, "Cortes, es uno de aquellos hidalgos de fortuna que se precipitaban en tumultuoso torrente hacia el continente desconocido con sus personas, sus bienes, su vida entera; del mismo linaje histórico que Ojeda y Nicuesa, Pedrarias y Balboa, Pizarro y Solís, u otros tantos conquistadores vigorosos centauros del Descubrimiento-Conquista que galopaban sobre el continente sin dejarse arredrar ni por la flecha indígena, ni por la naturaleza inhóspita y cruel, ni por sus propios rivales, hasta que el indígena, la naturaleza o el rival ponía trágico fin a su vida y aventura.

    Como ellos, Cortés se lanzaba al Nuevo Mundo movido por una ambición tácita y oculta que la mera existencia de lo ignoto provocaba en su alma, por la tensión entre la vitalidad virgen de su ser y el ámbito sin límites en qué aplicarla, tensión que actuaba en todos ellos, pues estaba en el aire, pero que sólo sentía cada cual según el metal de su ánimo.

    Estas tendencias naturales habían ido tomando forma histórica concreta durante los siete siglos de la Reconquista en que España había sido almáciga de guerreros.

    En aquellos siete siglos (que terminaron cuando Cortés tenía seis años de edad), la única profesión que un español viril creía digna era la lucha contra el infiel.

    De esta tradición surgen Cortés y todos los conquistadores.

    Fueron al Nuevo Mundo a «fazer nuevas moradas» y «a ganar el pan» con su lanza y espada, y tan lejos estaban de abrigar la menor duda sobre la ética de su profesión como el accionista de una empresa lo está hoy de abrigar dudas sobre la ética de sus dividendos o el obrero especializado sobre la de sus altos jornales.

    Era una forma de vida establecida y reconocida tácitamente, una ley no escrita que obligaba al hidalgo o caballero a ganarse la vida, hacerse la fortuna y fundar o mantener su linaje por medio de las armas.

    El trabajo no tenía nada de deshonroso en sí; al contrario, el buen artífice era objeto de universal estima, quizá mayor que en nuestra era mecanizada. Sólo era vergonzoso el trabajo para el caballero o hidalgo, porque implicaba falta de valor para ganarse la vida y la fortuna por medios más peligrosos.

    Por tanto, los conquistadores, vástagos de veinte generaciones de vencedores de moros, acudían al Nuevo Mundo imbuidos de la certeza absoluta de estar en su derecho y en su deber como hidalgos al ganar nuevas moradas y abundancia de pan luchando contra aquellos nuevos infieles en tierras ignotas.

    Pero además sentían igual derecho e igual deber no sólo como hidalgos sino como soldados de Cristo.

    Como Cortés solía repetir en cuanto a él concernía, «no tengo otro pensamiento que el de servir a Dios y al Rey».

    ¿Qué quería decir con servir a Dios? Hombre de su siglo, profundamente empapado en la fe, más todavía, de alma tejida con fibra de la misma fe, para Cortés no eran frase vana estas palabras.

    ¿Cómo podríamos nosotros, para quienes la fe es una lotería que se gana o se pierde según la suerte de cada alma, comprender aquella edad en que era la fe como el aire y la luz, una de las condiciones mismas de la existencia, el aliento con el que se hablaba, la claridad con que se veía?

    Cortés respiraba la fe de su tiempo. «Rezaba por las mañanas en unas Horas —dice Bernal Díaz— e oía misa con devoción.» Era una fe sencilla, fundada sobre la roca viva de la unidad y de la verdad. Verdadera porque una; una porque verdadera.

    Lutero había nacido ya, pero su voz no resonaba todavía —al menos en el Nuevo Mundo—. Todos los hombres, cualquiera que fuese su nación o su color, eran o cristianos o infieles o capaces de que la luz del Evangelio los iluminara e hiciera ingresar en el girón de la cristiandad.

    Servir a Dios quería decir una u otra de estas dos cosas tan sencillas: traer al rebaño de la Iglesia a los pueblos ignorantes todavía ajenos a la fe, o guerrear contra aquellos infieles que, por negarse a la conversión, se declaraban enemigos de Dios y de su Iglesia.

    Este era precisamente el plan de acción de Cortés en aquellas tierras desconocidas que le aguardaban a Occidente: si los «indios» se declaraban dispuestos a escuchar a su fraile, a dejarse bautizar y a aceptar la soberanía del Emperador de la cristiandad, paz; si se oponían, guerra.

    Este servicio de Dios era desde luego también servicio del Rey-Emperador. Al fin y al cabo ¿no era el Emperador ministro de Dios en la tierra?

    Este pensamiento era la base de toda la filosofía política, no sólo española sino europea, y es seguro que Cortés lo oiría definir y comentar más de una vez en las aulas salmantinas: había que obedecer al Rey no como Rey sino como ministro de Dios.

    Cortés serviría pues al Rey por el mero hecho de que conquistaría para la cristiandad el ánimo y la voluntad de un nuevo Imperio.

    Téngase en cuenta que, en aquellos tiempos, Estado y religión, civilización y fe, eran una misma cosa, de modo que el servicio de Dios y el del Rey eran uno y lo mismo en este otro sentido de que la conversión, a ojos de aquel siglo, no era tanto un acto religioso e individual como social y colectivo.

    Cujus rex eius religio era el principio de aquella edad no sólo entonces, cuando nadie soñaba todavía con la Reforma, sino aún más tarde cuando la Reforma vino a hacer de este principio, tan extraño para la actualidad, factor de tan grave importancia para la historia de la Cristiandad.

    Así se explica que Cortés se embarcase en su aventura con quinientos soldados y sólo un fraile y que tanto él como sus compañeros tuviesen una certeza tan absoluta de la santidad de su causa, pues, una vez establecido su poder sobre la tierra conquistada y «pacificado» el pueblo, la conversión era pan comido. No había en esta actitud ni sombra de tiranía espiritual:

    La conversión era pan comido puesto que la fe cristiana era la única verdad, y, por lo tanto, los indios, libertados de su paganismo por las armas españolas, no podrían dejar de ver con sus ojos ya libres la luz de aquella única verdad.

    No nos extrañe esta actitud: no sonriamos con sonrisa de superioridad, porque los hombres de nuestros días piensan y obran de idéntica manera con respecto a su religión, que llaman Democracia liberal.

    En ella creen con fe no menos ingenua, teniéndola por la felicidad evidente para todo hombre de buen sentido, y en esta fe cobran fuerzas para imponer el progreso y la libertad a todas aquellas sociedades que no comparten su religión cívica.

    Ha cambiado la letra pero la música es la misma. Pecaríamos de injustos al ver hipocresía en la actitud de Cortés. Hipócritas y egoístas los hay hoy y los había entonces, pero entonces como ahora, la mayoría de los hombres de acción no veía contradicción o falta de armonía alguna entre sus fines y sus métodos.

    Cortés era sin duda uno de estos conquistadores sinceros. Cuando hablaba de servir a Dios y al Rey decía lo que sentía, es decir, su fe como agente cristianizador y civilizador de almas paganas y de Estados bárbaros.

    A buen seguro que no era cosa fácil encarnar una religión tan absoluta en sus normas.
    El Capitán, como sus soldados, hallaría a veces la armadura de un soldado de Cristo bien rígida para los movimientos libres que pide la vida de los humildes humanos.

    En tales momentos, Cortés pecaba; a no ser que hallase en su conciencia una junta elástica entre el ideal absoluto del Evangelio y la práctica relativa de la realidad. Así le veremos aceptar mujeres indias, regalo frecuente de sus amigos indígenas, no sin bautizarlas primero.

    Pero en cuanto a la conquista en sí, Cortés se nos presenta como un conquistador persuadido de su derecho a dominar a aquellos infieles para hacerlos entrar en el jirón de la Iglesia, pero a la vez consciente de su deber de no recurrir nunca a las armas hasta haber agotado todos los medios pacíficos de hacerse con la voluntad de los indígenas.

    Esta actitud no era tan sólo mero deseo de economizar sus escasas tropas; era también consecuencia de su opinión teórica basada en su concepción religiosa, como lo prueba su práctica de hacer leer por el escribano público ofertas de paz tres veces repetidas antes de iniciar un ataque.

    Esta ceremonia, no era para él mero trámite de leguleyo..

    Ejemplos de su actuación, poniendo por encima los intereses espirituales sobre los materiales, aunque los primeros pusieran en peligro los segundos, los tenemos abundantemente.

    Como cuando los españoles asistiendo a un servicio religioso indígena, escuchando en silencio un sermón de un sacerdote indio, vestido con largas mantas de algodón y que llevaba el cabello, al modo ritual, sin lavar ni peinar desde que había sido ordenado, masa sólida cimentada con la sangre de sus víctimas humanas. Cortés, por media de Melchoi, el intérprete indio, explicó a los indígenas que «si habían de ser nuestros hermanos, que quitasen de aquella casa aquellos sus ídolos que eran muy malos y les hacían error, y que no eran dioses, sino cosas malas, y que les llevarían al infierno sus ánimas v se les dio a entender otras cosas santas y buenas y que pusiesen una imagen de Nuestra Señora que les dio y una cruz y que siempre serían ayudados y tendrían buenas sementeras y se salvarían sus ánimas».

    Los indios no se atrevían por miedo a sus dioses y desafiaron a los españoles a que se atreviesen ellos, con lo que pronto verían cómo los dioses les harían perderse en el mar. Cortés mandó entonces despedazar a los ídolos y echarlos a rodar gradas abajo; hizo limpiar y purificar el templo, lavar las espesas capas de sangre seca que cubrían los muros y blanquear todo y después hizo edificar un altar sobre el que puso la imagen de la Virgen adornada con ramos y flores: «Y todos los indios estaban mirando con atención».





    Esta escena parecerá sin duda de lo más anticientífico a muchos arqueólogos y no faltarán racionalistas escépticos que, blandiendo la Inquisición, declaren la religión de Cortés tan sangrienta como la de los indígenas y, por lo tanto, el cambio de ídolos sin significación alguna para la humanidad.

    Pero el observador sobriamente imparcial pensará de otro modo. No hay quien lea la página en la que Bernal Díaz refiere este episodio sin sentir la fragancia de la nueva fe y de la nueva leyenda que vienen a llenar el vacío creado por la destrucción de los sangrientos ídolos:

    La Virgen Madre y el Niño, símbolos de ternura y de debilidad, de promesa y de abnegación, en vez de los sangrientos y espantosos dioses.

    Al realizar este acto simbólico, Cortés obedecía sin duda al impulso de una fe ingenua y sencilla -único rasgo ingenuo y sencillo en aquel carácter tan redomado- pero también a un seguro instinto del valor de los actos y de los objetos concretos y tangibles en el gobierno de los pueblos.

    La destrucción de los ídolos iba a transfigurarse en una de las escenas legendarias de su vida en cuanto sus inauditas hazañas hiciesen de él una figura heroica cubierta de leyendas floridas; porque, en efecto, la leyenda es un acto cuya verdad vive en la esfera de los símbolos y Cortés iba a ejecutar más de una vez este acto tan simbólico y creador, único que podía elevar a los indígenas de Nueva España de sus sórdidos ritos caníbales al nivel elevado del ritual cristiano.

    Los indígenas estaban por lo visto más dispuestos de lo que hubiera podido creerse para aceptar el cambio, pues cuenta Bernal Díaz que, al volver la armada inesperadamente a causa de una avería en un navío, hallaron «la imagen de Nuestra Señora y la cruz muy limpio y puesto incienso». Y añade: «Dello nos alegramos».

    Cortés consideraba gracia de Dios las victorias que había conseguido y se preocupa en su correspondencia de los sacramentos. Leámoslo en Bernal Díaz,: «En las cuales cartas les hizo saber las grandes mercedes que Nuestro Señor Jesucristo nos había hecho en las victorias que hobimos en las batallas y reencuentros desque entramos en la provincia de Taxcala, donde agora han venido de paz, y que todos diesen gracias a Dios por ello, y que mirasen que siempre favoreciese a los pueblos totonaques nuestros amigos y que le enviase luego en posta dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento...»

    Caída sensible, se pensará, para un caudillo que así pasa de sus consejos de política en favor de los totonaques y su devoto agradecimiento al Señor a Quien atribuye su gloria y sus victorias, a pedir que le manden dos botijas de vino escondidas en su aposento de Veracruz.

    Pero, un momento. Sigamos leyendo: «... dos botijas de vino que había dejado soterradas en cierta parte señalada de su aposento y ansí mismo trujesen hostias de las que habíamos traído de la isla de Cuba porque las que trujimos de aquella entrada ya se habían acahado».

    Aquel vino no era pues para banquetes y no lo había ocultado a sus sedientas tropas para aplacar la sed del General; era para la misa y se había apartado para asegurar la continuidad del sacramento. «En aquellos días —añade Bernal Díaz — en nuestro real pusimos una Cruz muy suntuosa y alta y mandó Cortés a los indios de Çimpançingo y a los de las casas questaban juntos de nuestro real que lo encalasen y estuviese bien aderezado»

    Junto con la confianza en sus hombres, fe en la victoria sin la que la victoria es imposible, Cortés sentía la vocación de conquistar vastos territorios y pueblos para el Imperio cristiano cuyo soldado tenía conciencia de ser.

    Para él, la propagación de la fe y la de las banderas de España eran una misma cosa, y tan evidente que no admitía ni duda ni discusión.

    Así escribe al Emperador cómo, para animar a sus soldados, les hizo valer que estaban «en disposición de ganar para Vuestra Majestad los mayores reinos y señoríos que había en el mundo. Y que demás de facer lo que a cristianos éramos obligados, en puñar contra los enemigos de nuestra fe, y por ello en el otro mundo ganábamos la gloria, y en éste conseguíamos el mayor prez y honra que hasta nuestros tiempos ninguna generación ganó».

    Estas palabras de su pluma prueban hasta qué punto eran inseparables en su espíritu los motivos nacionales y los religiosos, lo que no ha de sorprendernos en un hombre de su tiempo, sea cual fuere su nacionalidad, y menos todavía en un español, acostumbrado por una guerra siete veces secular contra el moro invasor a ver en el extranjero al infiel y a identificar la fe con el patriotismo.

    Además, al arrostrar tan ingentes peligros, Cortés confiaba de pleno en la ayuda divina.

    El relato de Bernal Díaz es aquí inestimable, en contraste con el más corto y sobrio del propio Cortés; pues mientras el soldado, a pesar de su tendencia a sacar a luz a los de filas, se ve arrastrado por la belleza misma del valor sereno de su caudillo a ensalzar los méritos de Cortés, de cuya alma inconmovible hace irradiar ante nuestros ojos todo el ánimo que inunda a su ejército, Cortés se limita a apuntar al cielo como la fuente de la fuerza que él comunica a sus hombres en palabras cuya misma sencillez hacen llegar haste nosotros el aroma de su sinceridad: «Y que mirasen que teníamos a Dios de nuestra parte y que a El ninguna cosa es imposible, y que lo viese por las victorias que habíamos habido, donde tanta gente de los enemigos eran muertos y de los nuestros ningunos» .

    La constancia y la firmeza de esta seguridad en el apoyo de Dios, que Cortés sentía como una fuerza siempre viva en su alma, resaltan y se confirman en una escena que debemos a Andrés de Tapia.

    Había procurado Cortés hacerse con toda la información y con todos los consejos posibles por parte de los indígenas en quienes confiaba, y en particular de Teach, el cempoalés, «hombre cuerdo, e según él dicie, criado en las guerras entre ellos. Este indio dijo al marques: "Señor, no te fatigues en pensar pasar adelante de aquí, porque yo siendo mancebo fui a Mexico, y soy experimentado en las guerras, e conozco de vos y de vuestros compañeros que sois hombres e no dioses, e que habéis hambre y sed y os cansáis como hombres; e hágote saber que pasado desta provincia hay tanta gente que pelearán contigo cient mill hombres agora, y muertos o vencidos éstos vendrán luego otros tantos, e así podrán remudarse e morir por mucho tiempo de cient mill en cient mill hombres, e tú e los tuyos, ya que seáis invencibles, moriréis de cansados de pelear, porque como te he dicho, conozco que sois hombres, e yo no tango más que decir de que miréis en esto que he dicho, e si determináredes de morir, yo iré con vos." El marqués se lo agradeció e le dijo que con todo aquello quería pasar delante, porque sabie que Dios que hizo el cielo y la tierra les ayudarie, e que así él lo creyese».

    Estas eran las fuerzas que alimentaban su valor. No eran nuevas en él. Le habían impulsado desde el principio, iluminando sus ambiciones más densas con una luz y elevándolas con un espíritu sin los cuales no hubiera sido capaz de mantener su dominio sobre los soldados y capitanes que impacientes se agitaban en torno suyo como abejas y avispas; pero aunque le animaron desde el principio, no cabe duda de que fueron creciendo en poder e intensidad a medida que iba pasando de prueba a prueba, elevándose de victoria a victoria, entre peligros que hubieran quebrantado el coraje de un hombre sólo impulsado por una vitalidad animal.

    Cortés veía en su victorias la mano protectora del Señor cuyos intereses servía devotamente, por pecador que tuviera conciencia de ser.

    De modo que, sin darse cuenta aún de la índole primordial de su victoria, que los acontecimientos iban a revelarle, y así, demasiado realista para atribuirse todo el mérito del triunfo, le concede sólo ocho líneas de una larga carta al Emperador, explicando la victoria porque «quiso Nuestro Señor en tal manera ayudarnos».

    Cortés hizo repetidos esfuerzos para convertir a Moteczuma. No es posible que correspondiesen a lo arduo de la tarea. la distancia espiritual que los separaba era demasiado grande, aparte de que le faltaban los elementos mentales y lingüísticos necesarios para construir el puente sobre aquel abismo, acercándose al ser recóndito y remoto del Emperador azteca.

    Es significativo que, aunque Cortés en persona se daba cuenta de la vanidad de los ídolos mejicanos, sus soldados, sin exceptuar a Bernal Díaz, y no pocas de sus cronistas, entre ellos Torquemada, Cervantes de Salazar y Gómara, creían a pies juntillas en su existencia y en su poder para aconsejar directamente y «hablar» a Moteczuma y a sus sacerdotes, con no menos fe (quizá con más fe) que los mismos mejicanos.

    Así resulta que la religión, si no de Cortés, al menos de parte de los españoles que en su órbita giran, era tan capaz como la de Moteczuma y los suyos de absorber otros dioses, gracias a la virtud proteica del diablo.

    Para los cristianos sencillos de aquellos días, para todos los soldados y para gran número de los fralles, aun de los más cultos, era el diablo el que se hacía pasar por Vichilobos, Tetzcatlipoca y demás figuras monstruosas que adoraban los mejicanos; con lo cual aquellos «bultos» cesaban de ser meras figuras de piedra o de simientes amasadas con sangre, meros apoyos materiales de los ensueños vacuos de una estirpe atrasada, para transfigurarse en criaturas vivientes, dotadas de una voluntad y de un lenguaje propios —hecho que hacía de la conversión de los indígenas una especie de conquista espiritual, una cruzada de los soldados de Dios contra el espíritu del Malo.

    Puede compararse la actitud mental popular en estas materias con la del propío Cortés cotejando el relato de Cortés sobre su famosa destrucción de los dioses del Gran Teocalli con la página en que Andrés de Tapia refiere la misma escena.



    Significativa imágen, metáfora de la liberación de Méjico, la Catedral sustituyendo el Gran Teocalli, Templo Mayor azteca, lugar de asesinatos rituales


    Cortés escribe con su concisión usual y con su elegancia positiva y concreta. Al referirse a los dioses indígenas y al Dios universal de los cristianos, habla un lenguaje claro, inteligente, casi pudiera decirse que moderno y racionalista «los bultos y cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen -escribe al Emperador— son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre. Son hechos de masa de todas las semillas y legumbres que ellos comen, molidas y mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos, y les sacan el corazón, y de aquella sangre que sale de él, amasan aquella harina, y así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes. E también, después de hechas, les ofrescía más corazones, que asimismo les sacrifican, y les untan las caras con la sangre. A cada cosa, tienen su ídolo dedicado, al uso de los gentiles que antiguamente honraban sus dioses, por manera que para pedir favor para la guerra tienen un ídolo, y para sus labranzas otro, y así para cada cosa de las que ellos quie ren o desean que se hagan bien, tienen sus ídolos a quien hon ran y sirven.»

    Estos fueron los ídolos, bien claro lo dice y bien claro lo ve, que creyó necesario derrocar: «los más principales de estos ídolos y en quien ellos más fe y creencia tenían, derroqué de sus sillas y los fice echar por las escaleras abajo, e fice limpiar aquellas capillas donde los tenían, porque todas estaban llenas de sangre que sacrifican, y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora y de otros santos, que no poco el dicho Mutecçuma y los naturales sintieron; los cuales primero me dijeron que no lo hiciese porque si se sabía por las comunidades, se levantarían contra mí, porque tenían que aquellos ídolos les daban todos los bienes temporales y que, dejándoles maltratar, se enojarían y no les darían nada y les secarían los frutos de la tierra y moriría la. gente de hambre. Yo les hice entender con las lenguas cuan engañados estaban en tener su esperanza en aquellos ídolos que eran hechos por sus manos de cosas no limpias; e que habían de saber que había un solo Dios, universal Señor de todos, el cual había criado el cielo y la tierra y todas las cosas, y hizo a ellos y a nosotros, y que éste era sin principio, y inmortal, y que a El habían de adorar y creer y no a otra criatura ni cosa alguna».

    Lenguaje de hombre inteligente y claro, muy por encima no sólo del de sus soldados, que no habían pasado por Salamanca, sino también del de muchos frailes educados en la Universidad y que, en punto a erudición, sobrepasaban a Cortés.

    En estas palabras, Cortés mide la religión de los mejicanos como hombre del Siglo, y bien devoto creyente de los dogmas de la Iglesia entonces universal para todos los europeos.

    Pero, al lado de esta transparencia intelectual, vibraba en él otra calidad que no deja pasar tan fácilmente en sus cartas, fríamente objetiva, al Emperador; bajo su mente clara ardía un corazón religioso que explica su acción violenta contra los dioses indígenas, referida con tanta sencillez en su informe al Emperador.

    Este Cortés vibrante y trepidante es el que nos transmite Tapia en su relato, si bien algo desfigurado por la visión personal del narrador. Refiere Tapia cómo, cuando Cortés fue a visitar el teocalli, había en Méjico poca gente española por andar casi todos en busca de minerales por las provincias:

    «e andando por el patio me dijo a mí: "sobid a esa torre e mirad que hay en ella"; e yo sobí [...] e llegué a una manta de muchos dobleces de cáñamo, e por ella había mucho número de cascabeles e campanillas de metal; e quiriendo entrar, hicieron tan gran ruido que me creí que la casa se caía. El marqués subió como por pasatiempo, e ocho o diez españoles con él; e porque con la manta que estaba por antepuerta, la casa estaba escura, con los espadas cuitamos de la manta; e quedó claro. Todas las paredes de la casa por de dentro eran hechas de imaginería de piedra [...] eran de ídolos, e en las bocas déstos e por el cuerpo a partes tenían mucha sangre de gordor de dos e tres dedos; e descubrió los ídolos de pedrería e miró por allí lo que se pudo ver, e sospiró, habiéndose puesto algo triste, e diJo, que todos los oímos: "¡Oh Dios! ¿Por qué consientes que tan grandemente el diablo sea honrado en esta tierra?" E: "Ha, Señor, por bien que en ella te sirvamos".»

    Tal fue sin duda el estado de ánimo en que se puso Cortés, mas no su lenguaje, que ya conocemos directamente por sus cartas al Emperador. El soldado cronista empaña con sus propias supersticiones el cristal claro en que Cortés reflejaba la realidad. Al ruido de los cascabeles habían acudido sacerdotes y otros circunstantes.

    Cortés mandó llamar a los intérpretes y les dijo: «Dios que hizo el cielo y la tierra os hizo a vosotros y a nosotros e a todos, e cría lo con qué nos mantenemos, e si fuéremos buenos nos llevará al cielo, e si no, iremos al infierno, como más largamente os diré cuando más nos entendamos; e yo quiero que aquí donde tenéis estos ídolos esté la imagen de Dios y de Su Madre bendita, e traed agua para lavar estas paredes, e quitaremos de aquí todo esto.»

    Aquí ya refleja Tapia con alguna mayor fidelidad el estilo de su jefe, y sigue diciendo: «Ellos se reían, como que no fuera posible hacerse, e dijeron: "No solamente esta ciudad, pero toda la tierra junta tienen a éstos por sus dioses, y aquí está esto por Uchilobos, cuyos somos; e toda la gente no tiene en nada a sus padres e madres e hijos, en comparación déste, e determinarán de morir ; e cata que de verte subir aquí se han puesto todos en armas y quieren morir por sus dioses." El marqués dijo a un español que fuese a que tuviesen gran recaudo en la persona de Motecçuma, e envió a que viniesen treinta o cuarenta hombres allí con él, e respondió a aquellos sacerdotes: "Mucho me holgaré yo de pelear por mi Dios contra vuestros dioses, que son nonada"; y antes de que los españoles por quien habia enviado viniesen, enojóse de palabras que oía, e tomó con una barra de hierro que estaba allí, e comenzó a dar en los ídolos de pedrería; e yo prometo mi fe de gentilhombre, e juro por Dios que es verdad que me parece agora que el marqués saltaba sobrenatural, e se abalanzaba tomando la barra por en media a dar en lo más alto de los ojos del ídolo, e así le quitó las máscaras de oro con la barra, diciendo: "A algo nos hemos de poner por Dios"».

    Este admirable relato confirma en un todo el carácter de Cortés analizado en nuestras páginas.

    En aquel momento era el dueño de hecho y sin disputa de un imperio que había conquistado por una obra maestra de previsión, cautela, sagacidad, paciencia y astucia.

    Y una mañana, «por pasatiempo», va a visitar al Gran Teocalli, ve los ídolos y las trazas repugnantes del cruel culto y sacrificio; se entristece, interroga a Dios, ofrece servirle para libertar aquella tierra y gente de tales abominaciones; predica a los sacerdotes como puede; oye su resolución de morir por sus dioses y cauto como Capitán, adopta rápidamente ciertas precauciones tácticas, pero ¿cambia su estrategia?

    ¿Da ni un segundo de atención a la idea de que en un instante puede destruir el éxito espléndido de todo un invierno de trabajos, de bravura y de inteligente perseverancia? ¿Recuerda que tiene cantidades ingentes de oro en sus arcas? ¿Piensa en su potencia, ya seguramente establecida?

    Ni un segundo. Echa mano de una barra de hierro y, sin esperar siquiera a que hayan llegado los treinta o cuarenta españoles que ha mandado llamar, se abalanza sobre los ídolos y los destroza, dándoles primero en lo alto de los ojos en presencia de los sacerdotes espantados.

    Tapia, y sin duda también sus compañeros presentes, le vieron entonces «saltar sobrenatural», elevarse en el espacio tan alto como los ídolos gigantescos que iba a desafiar y a destruir.

    Era en efecto sobrenatural y se elevaba más alto que sí mismo. «Considerando que Dios está sobre natura» —había escrito poco antes al Emperador—.

    Así ahora alzado hacia Dios por su fe, se elevaba sobrenatural. La marcha que había comenzado unas semanas antes en las marismas de Veracruz, hacia lo alto, elevándose paso a paso, lucha a lucha, victoria a victoria, por los escalones gigantescos de la cordillera haste la altiplanicie de la capital misteriosa y recóndita, tenía que terminar en la más alto de las ascensiones haste aquella cúspide del Teocalli más empinado donde Cortés dio un golpe de barra histórico entre los ojos del feroz Uitehilipochtli.

    Aquél fue el momento culminante de la conquista, la hora en que el anhelo del hombre por alcanzar lo más alto triunfa sobre su querencia a contentarse con disfrutar de lo ya conseguido; la hora en que la ambición y el esfuerzo vencen al éxito, en que la fe vence a la razón.

    Si Cortes hubiera sido un hombre menos razonable, aquel acto hubiera podido descontarse como una temeridad por bajo de las normas que todo hombre debe alcanzar para que se le considere como en plena madurez; pero Cortés encarnaba la razón y la cautela.

    Su acto no puede pues interpretarse como caída por bajo de la razón, sino al contrario, como subida por encima de la razón. Por eso ha entrado de lleno en la leyenda, como todos los actos en que el hombre se eleva por encima de los hombres."

    Estos son los espíritus que conformaban los hombres notables de la España del Siglo de Oro. ¿Volverán sus inquietudes a llenar nuestros anhelos.

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    Montealegre dio el Víctor.

  7. #7
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    Re: Respuesta: Hernán Cortés; Conquistador de la Nueva España

    13 de agosto de 1521: Liberación de México


    No fue el 16 de septiembre de 1810 el día de la liberación de México, sino que esta (la verdadera) ocurrió casi tres siglos antes (la otra, la falsa, no fue más que un absurdo rompimiento, que se debió a intereses mezquinos). El 13 de agosto de 1521, los mexicas se rindieron ante las tropas españolas, lideradas por el marqués Hernán Cortés, y sus aliados indígenas, enemigos de los aztecas. Ese día no empezó -como mentirosamente nos dicen los indigenistas e izquierdistas- una época de opresión, menos aún un genocidio. Muy por el contrario. Aquel día, más bien, puede ser señalado como el comienzo del fin de una era de terror impuesta por los sangrientos aztecas. Ya nunca más 20 mil personas serán sacrificadas en un solo día (como efectivamente alguna vez ocurrió) para aplacar la sed de sangre de un falso ídolo; ya nunca más la muerte en masa de niños y jóvenes por razón de un culto idolátrico; ya no más se habría de incrementar la cifra de cinco millones de asesinados en sacrificio por obra de los aztecas en sus dos siglos de dominio aterrador. En adelante, si algo se le podrá atribuir a los españoles no será el provocar un genocidio, sino el haber puesto punto final a uno, el evitar que se siga dando. Ya no más la perdición por culpa del satánico culto a dioses falsos; en adelante, la verdadera religión de Cristo, la salvación. En fin, fue el día del inició de la liberación de México: Liberación de la barbarie, del horror y de la perdición de almas en manos del Maligno.

    YA NUNCA MÁS EN MÉXICO ESTO:



    EN ADELANTE ESTO:





    La Reacción: 13 de agosto de 1521: Liberación de México
    Hyeronimus dio el Víctor.


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