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Tema: Virreinato del Río de la Plata

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    sábado, 11 de diciembre de 2010

    Los Mitos de la historiografía argentina sobre la Revolución de Mayo


    La historiografía argentina, en su mayoría, ha abrevado de fuentes “mitológicas” para tratar el tema de la Revolución de Mayo. Los “mitos” más difundidos, y que tienen la clara intención de fundamentar una doctrina política o social determinada, son varios, pero se resumen a uno solo. Por ello, Enrique Díaz Araujo decía que:


    “Tal historiografía partía de un postulado no demostrado: que la América española había gemido en una esclavitud de tres siglos, de lo que concluía en la necesidad de una revolución “regeneradora”. Furia anti-hispánica, tratándose de la Gran Castilla, de la España Imperial descubridora, conquistadora y colonizadora, que se trocaba en tibio “reformismo” respecto de la España Borbónica del Despotismo Ilustrado y de la Decadencia, y en estimulante emulación referida a la España de la Crisis, la Constitucionalista Liberal de Cádiz, que era la niña de sus ojos”


    En definitiva, “Ocurriera o no en la realidad, en las historias clásicas es inevitable el postulado ideológico. Así, al modo en que venía sucediendo en Cádiz (y en Bayona), en Buenos Aires se abría buscado atacar principalmente la Tradición Cristiana” [1]


    Es por todo lo expuesto que a continuación, y siguiendo el magistral ensayo de Enrique Díaz Araujo, Mayo Revisado, expondremos los “mitos” de Mayo más difundidos, ya sea por la historiografía liberal como por la marxista.




    La "Memoria Autógrafa" de Cornelio Saavedra




    Una de las fuentes más utilizadas por la historiografía “clásica” o liberal es la “Memoria Autógrafa” de Cornelio Saavedra. Dicha “Memoria” cae en cinco falsedades notorias, a saber:


    1ª) Que el conflicto se trabó entre “europeos” y “americanos”;


    2ª) que la plaza estuvo llena de gente con escarapelas azules y blancas;


    3ª) que el Obispo Benito de Lué y Riega mocionó en el Cabildo Abierto el día 22 para que se obedeciera a cualquier español que hubiera en América:


    4ª) que los secretarios de la Primera Junta prestaron igual juramento que los vocales;


    5ª) que hubo una “máscara” de Fernando VII. [2]


    No se reparó en tres factores desfavorables a su credibilidad:


    1°) dicha Memoria la fechó Saavedra el 1° de enero de 1829; esto es, diecinueve años después de los acontecimientos que pretendía rememorar, cuando su autor tenía 70 años de edad, y estaba algo próximo a morir (falleció el 29 de marzo de 1829).


    2°) En el orden general es sabido que, pasado el tiempo, los protagonistas de un suceso histórico tienden a reelaborar sus recuerdos en función de las nuevas y posteriores perspectivas epocales. En este caso, el horizonte de la Independencia, recién establecido en 1816, reenviaba hacia atrás todas sus implicancias, suscitando el anacronismo evidente de suponer que lo que era válido desde la década de 1820, también había estado vigente antes de 1810. Esto, sin descontar que ya anduviera dando vueltas una cierta mitología que tiñera con colores de epopeya popular y republicana los sucesos de Mayo.


    3°) Saavedra había estado perseguido y exiliado en Chile muchos años. No era difícil, pues, que en tren de reivindicación, no resistiera la tentación de actualizar sus laureles conforme los nuevos patrones políticos, y se presentara como “Precursor de la Independencia”


    “Como fuere –dice Díaz Araujo-, lo seguro es que aquellas cinco notas que se asentaban en esta “Memoria”, no pudieron ser corroboradas por otros documentos. Entonces se imponía una elemental precaución heurística. Empero, ese no fue el criterio predominante de la historia clásica; la cual, si bien era glorificadora de la posición morenista, o sea, anti-saavedrista por principio, concluía paradojalmente fundándose en dicha “Memoria” en forma exclusiva” [3]


    El historiador francés, Paul Groussac, aconsejaba su uso con “cautela y precaución” ya que había encontrado varios errores, entre ellos:


    1°) Fija como fecha del Cabildo Abierto el 20 de mayo cuando fue el 22


    2°) dice que Ruiz Huidobro decidió el voto por el reconocimiento de la Regencia!





    La fábula del pueblo protagonista postulada por Vicente Fidel López







    Vicente Fidel López, sobre la participación del “pueblo” en la Revolución del 25 de mayo decía:


    “Índice: Agitación general y ocupación de la plaza por la multitud… Entusiasmo espontáneo del pueblo… Irrupción del pueblo…
    Grupos numerosísimos de jóvenes, movidos por aquella inquietud febril que se apodera de todos los espíritus en estas ocasiones, recorrían las calles reuniendo adeptos por todas las casas de origen americano, para que no quedase duda de la imponente unanimidad con que la opinión pública exigía la destitución del virrey…
    De este modo, la asamblea debía resultar naturalmente compuesta de una inmensa mayoría de patriotas revolucionarios, apoyados por una multitud agitada que se había acumulado en la plaza… la enorme acumulación de las gentes, sin más nombre que el de “pueblo”, que bullía en la plaza…
    Pero el pueblo, con aquellas intuiciones de la segunda vista que iluminan los grandes entusiasmos, se había echado en el movimiento con una confianza absoluta en su triunfo…” [4]


    Por si acaso, López expresaba:


    “Los cuarteles de patricios y de las demás tropas urbanas –decía- estaban en una fermentación que por instantes tomaba las proporciones de una corrida a las armas” [5]


    ¿Por qué estas expresiones?


    “La historiografía clásica primigenia, ecléctica y salomónica, intentaba situarse a medio camino. Mentaba al “pueblo armado”, o las “milicias populares”, a fin de hacer más tolerable al paladar civilista la insoslayable presencia militar, de los “Cuerpos de Guarnición”, con sus Comandantes al frente. Esto es, que introducía en escena una primera “máscara”, la del pueblo protagonista, mediatizándola de inmediato con el co-protagonismo de las “milicias urbanas”. [6]


    En sucesivos post se tratará el tema de la participación popular en la Revolución. Por ahora apuntamos que no fue para nada popular.


    Visión marxista


    Díaz Araujo dice que “esa hipótesis liberal o “clásica”, fue mantenida como dogma intangible e inflexible por la historiografía posterior de signo marxista” y nos da el ejemplo de Norberto Rodríguez Bustamante:


    “Empezamos a ser país independiente (sic) con una revolución. Al igual que la francesa de 1789 y la norteamericana de 1776, aunque en mucho menor grado, ella significó aquí y para nosotros, la penetración de las ideas modernas superadoras de los privilegios feudales” [7]


    Entonces, dice Díaz Araujo, Mayo es “revolución ideológica con el “feudalismo” (y la “superstición y el fanatismo”, podría haberse añadido, para no dejar al cristianismo afuera). Visión “social-demócrata”: mitad marxismo, mitad liberalismo” [8]


    Los estudios contemporáneos destruyen esta falacia. En el estudio de Brian R. Hamnett se lee:


    “En la América Española, la Corona no gobernaba por medio de la nobleza territorial, es decir, la clase latifundista, que era predominantemente criolla. Los dueños de haciendas… no formaban parte integrante de la élite gobernante…
    No obstante, las sociedades de la Nueva España y del Perú no fueron sociedades feudales… Los virreinatos americanos no vivieron en un mundo feudal y medieval, sino bajo un sistema post-feudal del “antiguo régimen”, en el cual los principios del absolutismo se entrelazaban con los del corporativismo” [9]


    El “Dogma de Mayo” postulado por Estevan Echeverría







    El nombre de Mariano Moreno no se mencionaba en la primera época (1810-1852), salvo en las Memorias de su hermano Manuel. En cambio, “si se recorre lo escrito –dice Raúl A. Molina- después de la batalla de Caseros se advierte ya el panegírico de Mayo y muy particularmente de Mariano Moreno, que dura casi todo el resto del siglo…” [10]


    Estevan Echeverría parece ser el primero en postular las tres proposiciones falsas referidas al mito de Mayo:


    1°) “En Mayo de 1810 se inauguró en el Plata la revolución de la Independencia”


    2°) “En Mayo el pueblo empezó a existir como pueblo. Su condición de ser experimentó una transformación repentina. Como esclavo, estaba fuera de la ley del progreso, como libre entró rehabilitado en ella”.


    3°) “Mayo echó por tierra la barrera que nos separaba de la comunión de los pueblos cultos” [11]




    El mito de “los trescientos años del despotismo” hispano


    El primero que comenzó con este mito fue Mariano Moreno, quien en el “Prólogo” a la reedición castellana del “Contrato Social” de Rousseau, afirmaba que el ginebrino fue el primero que “disipando completamente las tinieblas con que el despotismo envolvía sus usurpaciones, puso en clara luz los derechos de los pueblos”.


    El otro escritor fue el Deán Gregorio Funes quien en su “Historia Civil” publicada en 1816 escribía:


    “La Revolución norteamericana, y la reciente de la Francia habían suscitado entre nosotros los derechos naturales del hombre”. Luego condenará los “trescientos años de esclavitud”.

    A modo de conclusión

    1. La historiografía liberal que deplora la figura de Saavedra utliza SOLAMENTE sus Memorias para fundar su posición "civilista y democrática" de la Revolución del 25, Memoria que no esta apoyada en ningún otro documento desapasionado, pues Cisneros y Salzar, este último del Apostadero Naval de Montevideo, siguen la línea de Saavedra en cuanto a la "Mascara de Fernando VII"

    2. La historiografía no confirma la "Mascara de Fernando VII", o sea, juramentar públicamente fidelidad al rey cautivo con la clara intención de no guardar sus augustos derechos sobre las Indias.

    3. La Revolución de Mayo NUNCA buscó la Independencia del Virreinato sino más bien la Autonomía, un contrato entre nuevas bases, entre el Rey y sus vasallos americanos.

    4. La Revolución de Mayo no la hicieron los letrados sino que la acompañaron. La Revolución la hicieron los patricios comandados por Saavedra y especialmente fue Chiclana quien impuso gran parte de las condiciones revolucionarias.

    5. La Revolución no fue para cambiar el sistema político y social imperante sino para CONSERVARLO de los sanguinarios y ateos revolucionarios franceses.

    6. No hubo participación del "pueblo" como lo entendemos hoy. Solo hubo una vanguardia civil-militar que acompañó el proceso. Fue una revolución ARISTOCRÁTICA, no popular.

    7. La Revolución fue "usurpada" (palabras de un médico mendocino testigo del proceso revolucionario) por Mariano Moreno y sus secuaces, que le dieron un tono sangriento y despiadado.


    NOTAS
    [1] DÍAZ ARAUJO, Enrique: Mayo Revisado. T. I. Buenos Aires, Editorial Santiago Apostol, 2005, p.41.


    [2] SAAVEDRA, Cornelio: “Memoria Autógrafa”, en: VARIOS AUTORES: Los años de la emancipación política. Colección dirigida por Adolfo Prieto. Rosario, Editorial Biblioteca, 1974, pp. 72, 73, 75.


    [3] DIAZ ARAUJO, Enrique: ob. cit., p.45.


    [4] LOPEZ, Vicente F.: Historia de la República Argentina, su origen, su revolución y su desarrollo político hasta 1852. Nueva Edición, Buenos Aires, La Facultad, 1911, t° III, pp. 9, 10, 21, 22, 23, 27, 28.


    [5] Ibidem, p.45, 46.


    [6] DIAZ ARAUJO, Enrique: ob. cit., p.47.


    [7] RODRIGUEZ BUSTAMANTE, Norberto: Prefacio, a: Hombres de Argentina. I – De Mayo a Caseros. Buenos Aires, Eudeba, 1962, p.10.


    [8] DIAZ ARAUJO, Enrique: ob. cit., p.47.


    [9] HAMNETT, Brian R.: Revolución y Contrarrevolución en México y el Perú. Liberalismo, Realeza y Separatismo (1800-1824). México, FCE, 1978, p.10.


    [10] MOLINA, Raúl A.: “La primera polémica sobre la Revolución de Mayo. Antecedentes del proyecto de monumento a los autores de la Revolución de Mayo. 1826”, en: Historia. Buenos Aires, XVI, n° 49, octubre-diciembre 1967, pp. 41-42.


    [11] HALPERIN DONGHI, Tulio: El pensamiento de Echeverría. Buenos Aires, Sudamericana, 1951, pp. 114, 115, 117.


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    La Revolución de Mayo: Los Mitos de la historiografía argentina sobre la Revolución de Mayo
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    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Los farrapos y el Rio de la Plata


    Por Alicia Vidaurreta


    Un.sistema geogräfico diferente al del resto del Brasil otorga a Rio Grande del Sur p.eculiares caracten'sticas: regadas por numerosos rios y arroyos, sus feraces tierras son cruzadas por cuchillas que descienden sobre el Atläntico y la Mesopotamia argentina. AI finalizar la döcada de 1820, como consecuencia de la incorporaciön de la Banda Oriental, se ex- pande la economia riograndense. Basada en la explotaciön del ganado, la producciön de charque y el cultivo del trigo, tuvo las caracten'sticas de una economi'a subsidiaria. En esta producciön de consumo interno, el charque destinado a la alimentaciön en las äreas de explotaciön azucarera y cafetera constituyö la principal fuente de ingresos. La importancia eco- nömica se acentuö mediante el träfico ganadero con los numerosos pro- pietarios rurales brasilenos establecidos en el Uruguay desde la epoca de la dominaciön luso-brasilena que lo derivaban a los saladeros o charquea- das riograndenses. En la practica, el territorio situado al norte del rio Negro en el Uruguay y la provincia de Rio Grande del Sur constituyeron una unidad econömica de profundas rafces coloniales fortalecidas por mültiples intereses.
    Esa frontera de gran movilidad conformö tambidn un contexto etnico diferenciado. Una gran hibridaciön social determinö que los riograndenses, geogräfica y culturalmente, se identificaran mäs con los pai'ses de la cuenca platense que con el Imperio. Tradiciones, costumbres y vocabula- rio otorgaron a Rio Grande del Sur un caräcter regional tipico de äreas de frontera. Ello contribuye a explicar tambien que sus jefes politicos se identificaran en forma natural con los caudillos uruguayos participando en sus movimientos revolucionarios mediante el auxilio armado, el de ga- nado y ofreciendo aquel territorio como seguro refugio a los vencidos, tal como sucediö tras el levantamiento del general Juan Antonio Lavalleja contra el presidente Fructuoso Rivera en 1834. En la realidad, la frontera era un limite ficticio, un espacio abierto sin trabas ni obstäculos, a la vez que una zona de intenso contenido cultural que permitiö la proyecciön del Brasil al sur de su territorio. Ello significö, en consecuencia, mantener una hegemom'a que chocaba con los intereses de la clase comerciante de Montevideo y con la poli'tica de neutralidad establecida con el gobierno argentino por la Convenciön Preliminar de Paz de 1828 que puso fin a la guerra entre ambos pai'ses y die nacimiento al Uruguay como naciön independiente.
    El ano 1834 moströ claramente la ambivalencia de la neutralidad brasi- lefia cuando el comandante de la frontera de Yaguarön, coronel Bento Gon?alves da Silva, procediö a internar a los revolucionarios lavallejistas, pero a la vez les permitiö reuniones y les facilitö la adquisiciön de arrnas. Paralelamente, el presidente Rivera enviaba emisarios a Rio Grande del Sur y en su häbil poli'tica de intrigas, logrö captarse la adhesiön del co- mandante general de armas de la provincia mariscal Sebastian Barreto Pe- reira Pinto, para anular la propaganda revolucionaria de los emigrados y contar con el apoyo militar y politico de la autoridad provincial'.


    La favorable acogida de Bento Goncalves a Lavalleja y sus companeros no es un hecho casual. El cisma entre republicanos - entre los que figura- ba el jefe riograndense en primer piano - y legalistas se gestaba desde antes de la decada de 1830. Proclamada la Independencia en 1822, las pre- siones que sufria la economi'a del sur sin participar totalmente en el regi- men esclavista de producciön, resultaron del pesado sistema tributario y del poder que lo regulaba. El regimen poli'tico-administrativo establecido durante el Imperio transformö a los presidentes de las provincias en dele- gados del gobierno central. En el caso de Rio Grande del Sur, pronto sur- gieron facciones locales que respondieron a aquel y a los disidentes, adop- tando las denominaciones de cßramwrws (legalistas) y liberales, respectiva- mente. La ruptura final habn'a de producirse con el gran movimiento de 1835, vinculado ideolögicamente al liberalismo rioplatense, que se conoce como Revoluciön de los Farrapos o Farroupilha^, de caräcter separatista y federativo, que fue la mäs violenta y costosa de todas las crisis que sufriö el Brasil en ese periodo.

    Proclamada en Porto Alegre el 20 de setiembre de 1835, moströ desde SU comienzo una fuerte competencia entre los caudillos dirigentes, todos pertenecientesal nücleo de los mäs fuertes propietarios rurales. En cuanto existiö ganado suficiente en la campana, sus rivalidades fueron minimas: de SU abundancia o escasez dependian directamente las transacciones y maniobras de los jefes, su ascendiente sobre la sociedad local y, en defini- tiva, el control de los propietarios identificados con el Imperio. En conse- cuencia, esta guerra no puede ser considerada solamente desde la optica de la ideologfa liberal que la sustentö, sino tambi^n como la reacciön de un fuerte grupo de presiön afectado por las imposiciones y trabas con que el gobierno central obstaculizaba su desenvolvimiento.


    Basada mäs en unidades locales definidas que en el concepto de estable- cer un gobierno fuerte y estable, la revoluciön aportö la marca indeleble de caudillos como Bento Gonfalves, Jose Antönio Souza Netto, Bento Manoel Ribeiro y Jose Antonio da Silveira, cada uno representantc de dis- tintas äreas subregionales. Lograron formar un ejercito de aproximada- mente cinco mil hombres reclutados en su mayon'a por la fuerza: gauchos, esclavos e indios, fueron, en consecuencia, los elementos social y econö- micamente marginados que constituyeron ese ejercito que recreaba la an- tinomia de la tradiciön platina: caudillo-estanciero; soldado-peön^. La revoluciön en las planicies meridionales de Brasil moströ tambien que la büsqueda sistemätica de nuevas fronteras, sea por ia confiscaciön de tierras o ganado de los legalistas, fue otro objetivo de los caudillos re- publicanos. Duenos de grandes recursos en la campafia, los jefes farrapos aumentaron su influencia y poden'o en relaciön directa con los bienes de que se apropiaban, un factor que en la primera epoca de la guerra contri- buyö a disminuir las tensiones y rivalidades entre ellos.


    Poco antes del estallido de la revoluciön riograndense, se produjo un vuelco poh'tico significativo en el vecmo Uruguay. El 1 ° de marzo de 1835 el general Manuel Oribe era electo presidente mientras a Fructuoso Rivera, sin desplazarlo del escenario poli'tico, se lo designaba Comandante Ge- neral de la Campana. El cargo, ya desempenado antes de 1830, estaba estrechamente vinculado con su conocimiento y gravitaciön en el medio rural y con las caracten'sticas de su personalidad. Rivera, sabido es, no era hombre de ciudad. Fue una aparentemente acertada medida de Oribe para contener a su rival, pero en la präctica funcionaron dos gobiernos al no aceptar Rivera su caräcter de subordinado^,
    El gobierno de Oribe, aliado en lo interno con Lavalleja y en lo externo con su protector, el gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas, con quien se entendi'a directamente a traves del comisionado en Montevi- deo Juan Correa Morales, fue observado con lögica desconfianza por el Imperio, no solo por la relaciön entre Oribe y Rosas, sino tambien porque a traves de Lavalleja existia la posibilidad de su apoyo a los disidentes riograndenses.


    Bento Goncjalves no perdiö minuto en entablar la relaciön. A poco de producida la revoluciön enviö documentos y una carta en que comunicaba a Oribe los sucesos de Rio Grande a fin de alejarle cualquier recelo o alarma que pudiese haber ocasionado la revoluciön. Las armas se habian le- vantado, aclara en la carta, "para salvar a la patria de la inepta y antina- cional administraciön" del Dr. Antönio Rodrigues Fernandes Braga, pre- sidente de la provincia que huyö siendo reemplazado por Marciano Pe- reira Ribeiro. La carta tiene una segunda connotaciön, ya que a la vez, el jefe riograndense formula severas quejas contra Rivera que desde su cargo de Comandante General de la Campafia habia asilado a varios emigrados legalistas y dificultaba el regreso de los republicanos que en persecuciön de aquellos se habian internado en territorio uruguayo^. Desde el primer momento existiö, pues, la voluntad de armonia y acerca- miento hacia el gobierno de Oribe, un hecho que debe vincularse tanto al influjo de Lavalleja como a la ambigua actitud de Rivera.
    De mäs peso, pero mucho mäs dificultoso, era establecer similares rela- ciones con Rosas. Se procurö su apoyo, al menos indirecto, comisionando a uno de los principales jefes civiles de la revoluciön, Antonio Paulino da Fontoura. Nada obtuvo de su viaje a Buenos Aires a pesar de las recomen- dadones de Lavalleja con quien lo uni'a antigua amistad. Muy cuidadoso se moströ el gobernador de Buenos Aires cuando al inaugurar las sesiones anuales de la provincia en 1836 declarö que se habia satisfecho la solicitud del encargado de negocios de Brasil evitando que los argentinos - Ma- nuel Rueda a la cabeza, aunque sin mencionarlo - se ingiriesen en los acontecimientos de Rio Grande y prohibi6ndose la extracciön de armas y municiones a esa provincia, que habia sido el objetivo de la infructuosa misiön de Fontoura®.


    Tan explicita y oportuna manifestaciön de neutralidad no convenciö a las autoridades brasilenas. A mediados de agosto de 1836, en tränsito a SU sede representativa en Perü y Bolivia, llegaba a Montevideo el diplomä- tico Duarte da Ponte Ribeiro designado por el canciller Antonio Paulino Limpo de Abreu (Vizconde Abaet6). Observö atentamente el panorama poli'tico uruguayo y, rioplatense por extensiön, escribiendo en sus infor- mes a la cancillen'a imperial la connotaciön de las rivalidades partidarias: blancos y Colorados no se habfan constituido como estructuras partida- rias orgänicas, pero ya en ese ano se defini'an sus tendencias, personaliza- das en los caudillos: Rivera, como jefe de los Colorados, aparece aliado a Lavalle y a la emigraciön unitaria, mientras Oribe se perfilaba ya como el jefe del partido nacionalista protegido por Rosas. Resulta muy sugesti- vo y esclarecedor el retrato de la personalidad de Ponte Ribeiro que ha dejado Souza: "
    "Era con verdadero placer que Ponte aceptaba una discusi6n. Hoy, de sus extensas notas sobre cualquier asunto que describiö, se siente que ese era SU verdadero elemento, principalmente si en las controversias podia atacar cualquier menosprecio al Brasil. En esos momentos, el diplomätico se tras- figuraba, dejaba su lenguaje de siempre, afable y cortes y lo sustitui'a por otro, muy diferente, intolerante, provocador tambien y altivo . . . Mas no paraba ahi. Desde que se tratase de cuestiones importantes, las trasladaba a memorias, oficios o memorandums, en los cuales explicaba profusamcnte lo ocurrido y recontaba punto por punto la discusiön en que se empefiara, escudrinändolo y desnudändolo todo!'


    Ponte Ribeiro fue testigo de la simpatia general del pueblo uruguayo hacia la causa riograndense pero tambiin del acto poli'tico de Oribe que adhiriö a Rosas declarando la neutralidad del pai's en la contienda. Resuel- to a hacerla efectiva, delegö el mando en el vicepresidente Carlos Anaya y a fines de 1835 ya se habi'a trasladado a la frontera de Cerro Largo donde tuvieron lugar sus conocidas conferencias con Rivera para imponerlo de la li'nea de conducta adoptada. El acuerdo no fue posible: Rivera, favore- cido por SU innegable poder y ascendencia en el medio rural no ocultö su apoyo a los legalistas riograndenses, que, en definitiva, fue el principal motivo que determinö la supresiön del cargo que ocupaba. Por su parte, Oribe intentö vanamente, a pesar de la declarada poh'tica de prescinden- cia, ocultar sus simpatias por el movimiento revolucionario. La inmediata entrevista que sostuvo con Bento Gon9alves en la frontera de Yaguarön no hizo mäs que avivar las disensiones entre los caudillos uruguayos contribuyendo a la definiciön de los dos bandos politicos.
    En el contexto de la misiön privadade Duarte da Ponte Ribeiro interesa- ba fundamentalmente observar las relaciones de los caudillos uruguayos con las facciones de Rio Grande. En nota al ministro de Negocios Extran- jeros Antönio Paulino Limpo de Abreu manifestö que los gobiernos de Buenos Aires y Montevideo armaban secretamente a los rebeldes riogran- denses y que Rosas, a pesar de sus declaraciones, fomentaba la separaciön de Rio Grande del Sur. Se conocia que antes de estallar la revoluciön va- rios particulares habtan adquirido armamento en Buenos Aires de donde habian sido embarcadas clandestinamente a Rio Grande, asl como que sesenta y ocho barriles de pölvora habian sido despachados de un depösi- to que el gobierno uruguayo teni'a en una isla pröxima a Montevideo con el mismo destino. La informaciön se extiende a Antönio Paulino da Fon- toura y EHseo Antunes Maciel, este ültimo comisionado por Bento Gon- galves ante Rosas para comunicarle que se habia negado a Jose Araujo Ribeiro, nombrado en Rio de Janeiro, para asumir el gobierno de la pro- vincia. Estos hechos prueban que existia una autentica voluntad de acer- camiento hacia Rosas aunque Maciel, como Fontoura, no encontrö la co- laboraciön que le habfa prometido Lavalleja. Sagazmente, Rosas cerrö los ojos a las operaciones privadas, pero rechazö todo contacto oficial para evitar un entredicho con el Imperio, aunque Ponte Ribeiro seüala que la revoluciön riograndense fue cortejada por el gobierno argentino, aunque con el tono de misterio con que Rosas rodeaba todos sus actos'.



    Aunque calculadamente Rosas no recibiö a los emisarios riogranden- ses, les hizo saber la conveniencia de entenderse con otros gobicrnos. Esto no signifacaba sino la indicacion del acercamiento a Oribe, desligändose asi' la Confederaciön de una relaciön de previsibles fatales consecuencias con el Imperio. De ahi que las entrevistas de los emisarios con Oribe mar- can un hito en la politica revolucionaria riograndense: a partir de ese mo- mento la neutralidad uruguaya pasa a ser letra muerta y todas las partidas legalistas que entran en el territorio en busca de ganado son repelidas y desarmadas mientras los republicanos penetran y salen a voluntad, reci- biendo armamento e incorporaciones de soldados, con pleno conocimien- to del gobierno. En pocos meses, estos hechos configuran la contradicciön mäs total de las enfäticas declaraciones de Oribe en Cerro Largo.


    Mientras desde Montevideo se favorecia esta conducta, Rosas des- pachaba notas circulares a los gobernadores de las provincias - los prin- cipales destinatarios eran los de Corrientes y Entre Rios - prohibiendo, en SU calidad de encargado de las Relaciones Exteriores de la Confedera- ciön, cualquier ingerencia en el movimiento riograndense. La orden tenfa un doble objetivo: estaba tambien destinada a ser conocida en Brasil, cuyo periödico oficial supo aprovecharla publicändola para mostrar el naufragio de las comisiones riograndenses en Buenos Aires'.

    La difusiön de la circular de Rosas no implicö, en modo alguno, que el gabinete flumjnense mantuviera sus reservas respecto a la colaboraciön que los rebeldes recibi'an en el Uruguay. Esa fundada desconfianza, basa- da en el contrabando de armas y ganado, crece con los informes que remi- te Manoel de Almeida Vasconcellos, encargado de negocios del Brasil en Montevideo, que se muestra convencido de que existia un eventual proyec- to de constituir una federaciön con la provincia rebelde. La hipötesis de Almeida Vasconcellos se basa en el encubrimiento de actos que contra- riaban declaraciones oficiales. Entre otras, constaban las efectuadas por el canciller de la Confederaciön Argentina Felipe Arana al encargado de negocios del Imperio Manoel Jose Lisboa al asegurarle que su gobierno "jamäs llegarä a desmentir su fidelidad y el interes que toma en la permanencia del orden, tranquilidad y seguridad interior de todos los Estados", aunque se nego a acceder a la solicitud del diplomätico de impedir la sali- da de pasajeros sospechosos para Brasil.

    El levantamiento de Rivera contra Oribe, que desembocö en la batalla de Carpinteria en diciembre de 1836, obligö al caudillo, tras su fracaso, a huir a Rio Grande del Sur. Se asilö en Alegrete desde donde fue invitado a conferenciar con el comandante de la frontera Bento Manoel Ribeiro, mientras Oribe reclamaba a este el desarme de los emigrados.

    En Buenos Aires se produjo una modificadön significativa en la acti- tud hacia Oribe. A pesar de su triunfo militar, Arana - es decir, Rosas - no trepidö en censurar su falta de energi'a en la conducciön poli'tica, opiniön que se hizo conocer al encargado de negocios de Brasil. Este reco- giö la critica y la inusual confidencia de Arana, vi^ndola como una falsa postura defensiva respecto del Brasil en los mismos momentos en que re- fugiados legalistas eran maltratados en Corrientes y Entre Ri'os y armas y pölvora continuaban siendo enviados a Colonia para ser luego remitidos
    a los revolucionarios riograndenses ".


    El II de setiembre de 1836 los farrapos obtuvieron una impresionante Victoria en Seival, proclamando la Repüblica en el mismo campo de guerra. Aunque poco desjjues fueron derrotados por Bento Manoel Ri- beiro en la batalla de Fanfa (3 de octubre de 1836), tras la cual fueron apre- sados y llevados al norte los principales jefes Bento Gongalves, Onofre Pinto y Livio Zambecarri, el primero fue electo presidente de la flamante repüblica y se organizö un ministerio compuesto por seis carteras, encabe- zadas por las figuras mäs relevantes de la revoluciön como Jose Mariano de Mattos, Domingo Jose de Almeida y Jos6 Pinheiro de Ulhoa Cintra.


    La nueva naciön funcionaba aün sin una constituciön. En parte, los le- galistas estaban en lo cierto cuando clasificaban al gobierno farrapo como Estado militar ambulante. La villa de Piratini fue dos veces sede de su go- bierno, que funcionö tambien en Casapava y Alegrete. Aunque mantu- vieron una Asamblea Legislativa y convocaron una Constituyente, las exi- gencias de la guerra tuvieron prioridad sobre el aspecto legal de la nueva naciön No las tenfan menos las relaciones con los Estados del sur, de las que en buena parte dependia la suerte militar. Ello explica que se solicitara a Rosas el reconocimiento del nuevo Estado, observando que la federa- ciön con las repüblicas del sur era una de las metas del nuevo gobierno, por lo que muy apresuradamente y sin medir ulterioridades, se le solicitö que asumiera el caräcter de protector de la Repüblica Riograndense'^.

    Esta proposiciön, sumada a la relaciön personal entre Oribe y Bento Gon^alves configura, segün Alfredo Varela, un triunfo incontrastable de la poh'tica platina contrapuesta a la desenvuelta por el Imperio'". Es co- nocido que desde tiempo aträs se propalaba la existencia de trabajos clan- destinos no solo para independizar a Rio Grande del Sur sino de otros mäs vastos, atrevidos y complejos que consisti'an en constituir una confede- raciön que con el nombre de Liga Oriental unin'a a aquella provincia con el Uruguay. De momento, se cumph'a la primera parte del ambicioso plan. Oficialmente, la instalaciön de la Repüblica de Piratini fue comunicada a Rosas mediante el envio de Jose Carlos Pinto, portador de la nota del canciller Ulhoa Cintra que declaraba que se habi'a llegado a ese paso por el cansancio de los habitantes de "sufrir por mäs tiempo el caprichoso or- gullo y despotismo de la Corte del Brasil", a la vez que se encargaba al comisionado el reconocimiento de la flamante repüblica y el estableci- miento de relaciones con el gobierno de la Confederaciön Argentina Aunque Rosas häbilmente eludiö tales compromisos, no se pusieron tra- bas para que el comisionado adquiriera y despachara desde el puerto de Buenos Aires cuarenta cajones repletos de material de guerra, a pesar de las seguridades dadas por Arana al encargado de negocios Lisboa y al agente secreto imperial Antonio Cändido Ferreira, de que eran destinadas para auxiliar a Oribe. De tan inexactas afirmaciones, asi' como de la pre- sencia coincidente del emisario secreto de la Corte, se infiere la importan- cia que esta asignaba al eventual concurso de Rosas a la causa de los farra- pos
    Anthero de Brito, el nuevo presidente legalista de Rio Grande con sede de gobierno en el puerto de ese nombre, tambien buscö la aproximaciön con Oribe para que interrumpiese la abierta protecciön que recibi'an los farrapos en la frontera. Para satisfacer el pedido, Oribe cotnisionö a Ata- nasio Cruz Aguirre, quicn marchö a aquel destino a fines de marzo de 1837, pero con el propösito de reclamar, por parte de su gobierno, la pro- tecciön que Bento Manoel Ribeiro otorgaba a Rivera y los emigrados que habi'an formado una brigada de aproximadamente ochocientos hombres que amenazaban invadir el Uruguay'^.


    La misiön de Aguirre obtuvo parcialmente los resultados buscados ya que Brito, desde el primer momento, se preocupö de hacer perseguir a al- gunos jefes iegalistas - sus enemigos personales en la facciön oficial - a los que, justificando su decisiön, calificö como acomodaticios y poco resueltos a la lucha. Para satisfacer el pedido de Oribe, los apresö junto con algunos emigrados riveristas, pero en la realidad la misiön de Aguirre sirviö mäs para que Brito se deshiciera de enemigos personales que de cumplir con el pedido del presidente uruguayo. Disconforme con los pro- cedimientos de Bento Manoel, Brito exige la guerra a muerte contra los insurrectos pero el jefe legalista sabe que es imposible. El ej^rcito imperial estä mal equipado: carece de armamentos, municiones y caballos, llave de la guerra, por lo que Bento Manoel pide su retiro. Esta fractura emre los Iegalistas coincide con la reapariciön de Rivera en Porto Alegre donde confabula con Caspar Menna Barreto y otros jefes Iegalistas para derro- car al presidente Anthero quien, sin p^rdida de tiempo, ordena al caudillo uruguayo trasladarse a Rio de Janeiro. AI no poder concretar la medida, Anthero dispone la prisiön de Rivera, acto que es seguido por la propia prisiön de Anthero ordenada por Bento Manoel por la mencionada razön de disidencia en cuanto el equipamiento del ejercito.


    Los preparativos revolucionarios de Rivera, preludio de la ya inevitable guerra civil en el Uruguay, otorgan un caräcter internacional a la contien- da tanto por el apoyo de los Iegalistas riograndenses como de los unitarios argentinos que, doctrinarios y desafectos a la personalidad de Rivera, se ligaron a el por la fuerza de su poder y por los intereses comunes contra el gobierno de Rosas. Desde Durazno, el caudillo ramificö la insurrecciön hacia Cerro Largo, Paysandü, Soriano y San Jose, mientras el gobierno no pudo controlarla a pesar de adoptar medidas defensivas. El encargado de cumplirlas fue el hermano del presidente, general Ignacio Oribe. Lo secundaba Lavalleja, pero la lentitud de las operaciones que emprendieron mereciö criticas en Montevideo y, particularmente, per parte de Rosas".
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    En tanto las fuerzas del gobierno uruguayo perdi'an elementos y tiempo en maniobras de escasa importancia, Rivera lo aprovechö para asolar las Misiones saqueando su ganado y arrebatando gran nümero de caballadas para la remonta de su ej^rcito. En vista de tal depredaciön y del peligro que significaba el aumento de fuerzas del opositor, Oribe - en gesto muy censurado por algunos y considerado patriötico por otros - intentö una conciliaciön para la que comisionö al general argentino Estanisiao Soler. Conforme a las instrucciones que le otorgö, Rivera debia desarmar inme- diatamente sus fuerzas, comprometerse a retirarse a Rio Grande y no re- tornar al Uruguay durante tres anos. Oribe se comprometiö a amnistiar a todos los rebeldes y con respecto a Rivera, con buen conocimiento de SU avidez de dinero, le prometiö una gratificaciön de 10.000 pesos en tres pagos anuales. El emisario cumpliö su cometido, pero ni la promesa de! dinero satisfizo a Rivera que, tras dejar al general Lavalle con doscientos hombres en Alegrete, cruzö el n'o Cuareim y, determinado a cumplir su plan, invadiö con un heterog^neo ej^rcito, compuesto por sus propias fuerzas y por indios armados de las Misiones. Se enfrentö con el ejercito del gobierno en Carpinten'a (19 de setiembre de 1836), batalla en que por primera vez los combatientes usaron las divisas blanca y colorada, que en adelante se transformarian en la de los dos partidos poHticos del Uruguay.


    Derrotados y perseguidos los invasores, se refugiaron en Rio Grande donde se reincorporaron a las fuerzas legalistas pero Rivera, dando otra muestra de su düplice politica, enviö al coronel Martiniano Chilavert ante el gobierno republicano para firmar un tratado de "mutua seguridad", que no era sino una alianza tendiente a destruir los planes del Imperio y de Oribe. Chilavert debi'a convencer a los jefes farrapos de concluir sus divergencias personales, lograr un total entendimiento con Bento Manoei Ribeiro, volcändolo hacia su causa y ofrecer 1500 caballos a cambio de cuatro canones con su municiön^®.
    La amenaza de una nueva revoluciön en el Uruguay era voz generaliza- da en el Rio de la Plata desde principios de 1837. Se interceptö correspon- dencia de los emigrados que evidenciaba que Rivera, Lavalle y todos sus hombres permanedan armados e incorporados al ejercito imperial. El co- misionado argentino en Montevideo Juan Correa Morales advirtiö a su gobierno que las posibilidades de exito de Rivera eran muchas, favorecido por la debilidad de Oribe y el descontento de la poblaciön de departamen- tos situados en enclaves geogräficos y estrategicos como Maldonado y Paysandü^'. En la realidad, los emigrados riveristas magnificaban su fuerza o las autoridades de Rio Grande las minimizaban, ya que Bento Manoel Ribeiro informö que solo 279 uruguayos estaban incorporados al ejercito legalista^^.


    Pese a que el agente oficial riograndense Jose Carlos Pinto prefiriö reti- rarse de Buenos Aires, estableciendose en Montevideo, los farrapos no descuidaron estrechar la deseada vinculaciön con Rosas, ante quien desti- naron a los emisarios confidenciales Pedro Modesto Franco, antiguo ami- go de Lavalleja, y Marciano Pereira Ribeiro. El sigilo y la precauciön con que actuö Rosas, y que posiblemente exigiö a los agentes, hacen que el trämite de esa gestiön sea präcticamente desconocido. Solo se sabe que Lisboa hizo lo posible por entorpecerla, denunciando una compra de ar- mamentos por Franco, presionando para que se le impusieran tres dias de prisiön y obteniendo que su colega britänico no le concediera pasapor- te para regresar. Sölo en noviembre de 1837, tras siete meses de permanen- cia en Buenos Aires, Franco recibiö el pasaporte del gobierno de Buenos Aires previo pago de fianza. Durante todo ese pen'odo no cesaron las de- nuncias de Lisboa sobre las aparentemente toleradas actividades de Fran- co en relaciön a la compra de armamentos y una imprenta, lo que indica que el emisario pudo moverse con bastante libertad en Buenos Aires y que las denuncias no eran infundadas^^.


    De otro caräcter fue la misiön que cumpliö el coronel Macedo ante Ori- be en la misma epoca. Las intrigas de Rivera para obtener de los legalistas y de los republicanos al mismo tiempo habi'an tomado tal vuelo y propor- ciön que fue necesario aclarar la posiciön de los farrapos respecto al caudillo. Fue bien recibida por Oribe que prometiö que, si aquel era desarmado, pasan'a a auxiliar en forma directa a los revolucionarios, promesa que implicaba una definiciön y hasta un desafio a la polftica de Rosas.


    Rivera, sin ocultarlo, se aprestaba a cruzar nuevamente la frontera con el apoyo de los imperiales. La noticia de la defecciön de Bento Manoel a la causa legalista, que trajo como consecuencia su apoyo a Rivera bajo la condiciön de federar ambos Estados, ensombreciö el panorama poli'ti- co. El Imperio habia perdido a su figura mäs relevante en Rio Grande del Sur. Por su parte, y con vistas a desarticular el plan de su rival, Oribe inicia negociaciones con Almeida Vasconcellos para firmar un tratado de alian- za con Brasil a la vez que suspende la remesa de armas y viveres a los farra- pos. El acuerdo fracasö porque Brasil se negö a suscribir la clausula que Oribe quen'a imponer relativa a los derechos uruguayos hasta la barra del n'o Chuy, costa oriental del rio Mim' hasta la confluencia del n'o Yaguarön con aquel, en el curso de este n'o hasta la Cuchilla Grande, inmediata al antiguo fuerte espanol de Santa Tfecla, dejando al Brasil las tierras situadas entre los ríos Piratiní' y Yaguarön.


    Fracasada la negociacion y ante la expectativa del apoyo imperial a Ri- vera, Oribe decidiö ganar tiempo, enviando a Rio de Janeiro a Carlos G. Villademoros en calidad de encargado de negocios para acordar el tratado que no pudo concluir con Vasconcellos. El 7 de julio de 1837, en momen- tos en que la atenciön del gobierno de la Confederaciön Argentina estaba concentrada en la reciente declaraciön de guerra al Mariscal Santa Cruz, Villademoros presentö sus credenciales. Oribe imponia como preliminar la fijaciön de limites no conforme a los de 1821, como lo entendi'a el Impe- rio, sino a los fijados por el Tratado de San Ildefonso de 1777. Concluido este aspecto, el diplomätico debia negociar sobre extradiciön de esclavos y criminales, clausula esta que no tenia otro significado que la deporta- ci6n de los riveristas.
    El tratado conveni'a al Brasil por cuanto, con la alianza con Oribe, se desarticulaba un aspecto fundamental del auxilio a los rebeldes riogran- denses. Para concretarlo, se propuso a Villademoros que la negociacion se cumpliera directamente en Montevideo con Almeida Vasconcellos, ac- titud que desairö al diplomätico y resultö a la vez una sutil maniobra para debilitar a Oribe. El canciller Montezuma, que redactö el documento que plasmaba el pensamiento del en^rgico Regente Diego Feijö, senalö que con todas las dificultadas provocadas por la revoluciön de Rio Grande se- ria ventajosa la cooperaciön de Oribe pero las Cämaras, en definitiva, condujeron al fracaso de la negociaciön, argumentando que muy debil e incapaz se mostraria el gobierno al aceptar esa oferta para combatir a los rebeldes y emigrados en su propio territorio con el auxilio extranjero Este dictamen del 15 de setiembre de 1837 fue uno de los factores determi- nantes de la cai'da de Feijö. Por otra parte, la reciente derrota de las fuer- zas de Oribe en Yucutuyä, en las proximidades del rio Cuareim, contribu- yö a dar por tierra con los planes de alianza con Oribe que ordenö a Villa- demoros SU retiro de la Corte con el consiguiente cese de las nego- ciaciones.


    Conviene senalar que dsta fracaso aün cuando el Brasil estaba confor- me con ella, por cuanto le aseguraba apoyo para luchar contra los farra- pos, pero la exigencia sobre Ifmites y el voto de las Cämaras derivaron en la decisiön final del Imperio. Fracasada la gestiön de Villademoros y sin arribarse a ningün tratado en Montevideo por decisiön de Oribe, el 28 de junio de 1838 el coronel Jos6 Maria Reyes fue designado para reiniciarla en Rio de Janeiro con instrucciones similares a las de su predecesor y con plenos pöderes para intervenir en la negociaciön relativa al Tratado Defi- nitivo de Paz, pendiente desde 1828. El gobierno uruguayo, observa Pivel Devoto, persistiö en su actitud de supeditar todo a la consolidaciön inter- nacional del pais y a la fijaciön de limites, pero como Brasil no tenla inte- res en ninguno de estos puntos, esta negociaciön tambien se fruströ^'.


    Como lögico resultado de su politica de acercamiento al gobierno impe- rial, la actitud de Oribe cambiö abruptamente respecto a los farrapos. Los agentes en Montevideo continuaron, no obstante, la remisiön de armas y viveres, pero con grandes dificultades en razön de lo que calificaron co- mo "juego politico del gobierno uruguayo" que en ese momento alberga- ba a mäs de sesenta legalistas. Las ventajas que estos obtenian se consta- tan en el apresamiento de un pequeno corsario comandado por Jose Gari- baldi y por las dificultades que enfrentaba el agente Jose Carlos Pinto pa- ra la adquisiciön de armas y la imprenta. Fundamentalmente, Oribe habia dado un viraje de ciento ochenta grados en su relaciön con los farrapos, una conducta que Almeida Vasconcellos no vacilö en atribuir a la protecciön que sus amigos Joäo Manuel de Lima, Jose Antonio de Sil- veira y David Canabarro prestaban a Rivera^^ La poli'tica de Oribe resul- taba ahora incomprensible a los jefes farrapos de quienes fingi'a descon- fiar, segün la opiniön de Antonio Paulino de Fontoura: acampado en el Ibicuy, Rivera carecia de caballadas para cumplir sus planes y el rechazo de los republicanos constituia un Factor de gran peso negative en sus pla- nes. "Allä todos lo aborrecen y de muerte, porque lo conocen, pero las circunstancias lo protegen", son las palabras con que Fontoura concluye un informe sobre la situaciön al comenzar setiembre de 1837^'.


    Los preparativos revolucionarios, preludio de la ya inevitable guerra ci- vil, contaron con el apoyo de los emigrados argentinos en el Uruguay y se aceleraron desde principios de julio. Desde Durazno, el caudillo ramifi- cö la insurrecciön hacia Cerro Largo, Soriano, Paysandü, Colonia y San Jose mientras el gobierno adoptaba medidas defensivas que se encargö de cumplir Ignacio Oribe.


    Con estos sucesos coincide el cambio de ministerio en la Corte que el 4 de octubre de 1837 designaba encargado de negocios en Montevideo a Pedro Rodrigues Fernandes Chaves, hermano del presidente legal de Rio Grande. Solo en enero asumiö el cargo pero condujo instrucciones preci- sas relativas a la pacificaciön de Rio Grande. Debia entenderse con Oribe para destruir la influencia de Rivera, juzgado ahora por el Imperio como el enemigo de la tranquilidad de ambos paises asegurando que de ser hallado en territorio brasilefio, seria deportado. Esta promesa no pasaba de ser una figura retörica pues sobradamente eran conocidas la permanen- cia y actividades del caudillo en Rio Grande del Sur. Las instrucciones pri- vadas de Chaves incluian un aspecto hasta ahora no contemplado por el Imperio: debia obtener el consentimiento de Oribe para la formaciön de una divisiön de caballen'a integrada por residentes brasilenos en el Uru- guay, intento que fracasö por la decisiön del presidente de evitar una participaciön directa en la guerra civil riograndense que de hecho implicaba la alianza con el Imperio^'. Distintos fueron los motivos que, despues de la batalla de Carpinteria, lo habian decidido a deportar a la isla de Santa Catalina a los mäs prominentes unitarios integrantes de la logia que fun- cionaba en Montevideo dirigida por Julian S. De Agüero, Juan Cruz y Florencio Varela, medida que en Buenos Aires causö un efecto contrario ai buscado, pues Rosas la juzgö insuficiente para contener a sus enemigos. Poco despues, en correspondencia a los gobernadores Pedro Molina, Es- tanislao Löpez y Josd Fdiix Aldao revelö haber trabajado en privado para desbaratar los planes de Rivera vista la debilidad de Oribe^^. Tal juicio revela el disgusto de Rosas, resultado de la conducta moderada de Oribe que se opuso a la politica de violencia a que lo alentaba el gobernador de Buenos Aires.
    Las decisiones del presidente uruguayo crearon desconfianzas no solo en Buenos Aires sino tambien en Piratini' y Rio de Janeiro. Rivera, en tan- to, supo aprovechar esas divergencias. Diestro y astuto, a pesar de las reite- radas prevenciones de los farrapos contra su persona y de sus recientes di- sidencias con los legalistas, supo mover a unos y a otros de acuerdo a lo que reclamaban sus urgencias. Con suficiente caballeria, descendiö el rfo Uruguay y a orillas del Arapey sus fuerzas vencieron a las de Oribe que, mientras tanto, permitia que pastara en territorio uruguayo el ganado se- cuestrado por los farrapos a los legalistas.


    Contra lo supuesto, Rivera no buscö una victoria definitiva y empren- diö una häbil guerra de recursos que desorientö y debilitö a su rival. Poco a poco, sus fuerzas fueron internändose en el territorio hasta dominar toda la campaüa, con excepciön de Paysandü. El 4 de noviembre de 1837 Oribe abriö operaciones nuevamente y el 21 de ese mes venciö a los rebeldes en las märgenes del rio Yi, zona de antigua influencia del caudillo colorado que debiö replegarse al norte. Desde aqui desarrollö una campana de guerrillas, enviando partidas de saqueo a distintos puntos, acciones que debilitaron al ejercito del gobierno debido a su diversificaciön". En Buenos Aires, el triunfo del Yi no satisfizo precisamente porque se lo apre- ciö en su verdadera dimensiön de derrota parcial de los sublevados. En este sentido, la correspondencia de Rosas a los gobernadores es elocuente respecto al desprecio que en este periodo le mereciö la que considerö inhä- bil politica de Oribe.

    En enero de 1838 el presidente uruguayo solicitö el auxilio militar argen- tino. En este sentido, debe senalarse que los informes del comisionado Cornea Morales fueron adversos a que se prestara tal concurso, pero que Rosas, haciendo caso omiso de ellos, decidiö por si mismo no arriesgar esperando a que Oribe diera muestras mäs positivas de adhesiön a su go- bierno y estabilizara su propio regimen^'*.
    El 23 de enero las fuerzas de Rivera avanzaron hasta Canelones y al di'a siguiente el caudillo se presentö con mil hombres frente a Montevideo cre- ando una situaciön de gran riesgo para Oribe que solo dominaba la capital y Paysandü. El general Soler, comandante de armas de Montevideo, adop- tö severas medidas de precauciön, viviendose en !a capital di'as cn'ticos y de gran aflicciön econömica no solamente por la inacciön de Oribe sino por el aislamiento fi'sico que imponi'a el sitio de Rivera, cuyas fuerzas con- sumaron numerosas depredaciones y saqueos en la campana.
    La presencia en Montevideo de Luis Rosetti, el carbonario italiano que con Garibaldi, Zambecarri y Juan Bautista Cüneo se uniö a los farrapos, le permitiö observar claramente la situaciön. No viajö cumpliendo misiön diplomätica alguna sino para adquirir la imprenta de O Povo, que sen'a el örgano periodi'stico de los republicanos, cuya compra ya se habi'a inten- tado en Buenos Aires y en la misma Montevideo. Como resultado de su visita en momento tan crucial, aconsejö a su gobierno no desperdiciarlo pues, segün manifestö al canciller Almeida, "el peligro hace amigos a los hombres y el peligro del gobierno oriental nos es provechoso si sabemos utilizarlo". En cuanto a Rosas, precisö que las dificultades eran mayores: habiendose negado a recibir a los emisarios farrapos, se habi'a referido nuevamente en forma directa a la revoluciön riograndense manifestando que habi'a causado gran mal a la Confederaciön Argentina por el auxilio y proteccion que se habi'a brindado a Rivera^^ Aunque esta imputaciön correspondi'a en los hechos a los legalistas y no a los republicanos, quedö claro que Rosas, bajo ningün aspecto comprometen'a a la Confederaciön con los Ultimos, aunque toleraba las relaciones de Oribe. Los republicanos tentaron por otra via establecerlas con los argentinos, esta vez con la li- mitrofe provincia de Corrientes, eventual proveedora de ganado y caballerías, para lo que comisionaron a Sebastiän Ribeiro (hijo de Bento Manoel) para proponer una alianza al gobernador Genaro Berön de Astrada. El intento fracasö por cuanto este se abstuvo de proceder con independencia del encargado de las Relaciones Exteriores y dejö en claro su proceder co- municando a Rosas la negativa a la propuesta y que eran inexactas las no- ticias sobre vema de pölvora y otros arti'culos de guerra a los republicanos, hechos que en la realidad nunca fueron verificados^®.
    Rivera, con la seguridad y poder que le otorgaba el dominio de casi todo el territorio, buscö ahora la alianza con los farrapos que tanto habian despreciado sus manejos. Se dirigiö al presidente de la Repüblica Bento Gon?alves en terminos muy lisonjeros, pero en los que mostraba clara- mente la duplicidad de su poHtica:
    "Estando como estamos, hermanados en principios, pues una misma es la causa que peleamos - le escribt'a el 2 de marzo - , pues si Ud. aspira a libertär su patria sacudiendo el yugo dei gobierno monärquico, yo peleo por destronar un tirano que se ha entronizado en mi patria, por lo que debe- mos ponernos en inteligencia para favorecernos mutuamente y por mi par^ te, no se perdonarän medios para arribar a ello, asi que desde ya lo invito y lo hago con hechos y no con palabras. . . Tambien ya nos podemos conve- niren el modo de un golpe sobre las fuerzas legales que hay en esta frontera, lo que no sölo seria ventajoso para los liberales sino que yo hare aparecer esto como una intriga jugada por el gobierno de Montevideo!'^'


    Los terminos de la carta eximen de cualquier comentario sobre las in- tenciones del caudillo respecto a los riograndenses, conforme al giro de los hechos polfticos y militares y a su propia conveniencia.
    Para reforzar el pedido, y al no poder obtener recursos de Entre Ri'os, Rivera destinö nuevamente al coronel Martiniano Chilavert ante el gobier- no de Gongalves con instrucciones que lo autorizaban a concertar un tratado que asegurara mutuamente la seguridad de ambos Estados y la destrucciön tanto de las pretensiones de la Corte sobre la provincia co- mo de Oribe. La clausula primera de las instrucciones recomienda al comisionado que trabaje el änimo del gobierno republicano y de los in- dividuos influyentes para que dejen de lado sus intereses personales y en la segunda, le encarga que entreviste al general Bento Manoel Ribeiro "para que 6ste haga valer el influjo a que se desea llegar". Este no era otro que obtener el total apoyo de los republicanos, para lo que ofreciö centenares de caballos a cambio de cuatro piezas de artilleria^®.


    Las proposiciones no difen'an de las que Chilavert habia llevado des- pues de Carpinten'a, pero ahora los auxilios llegaron tarde y no resultaron indispensables, dados los refuerzos que llevö la divisiön del general La- valle cuando tuvo lugar la batalla del Palmar. Desde el aspecto diplomäti- co, la misiön Chilavert - que llevaba como secretario y auditor a Andres Lamas - obtuvo los fines que se propuso Rivera. El 10 de junio de 1838, en las vi'speras del que seria el encuentro militar decisivo con Oribe, Chila- vert firmö con Jose Mariano de Mattos el tratado de Piratini'. Consta de cinco articulos por los que se estableceel auxilio de las caballadas al ejerci- to riograndense a cambio de las piezas de artilleria, comprometiendose las partes contratantes al desarme de las fuerzas armadas y devoluciön de caballos que traspasaran la frontera^''.


    El tratado de Piratini constituye una clara victoria diplomätica de Rive- ra contra Rosas y Oribe que anulö, por otra parte, la oscilante conducta del ultimo respecto a Rio Grande. Pero tambien debe senalarse que antes de llegar a este paso y para contrarrestar la alianza Rosas - Oribe, Rivera intentö captar el apoyo del gobierno imperial prometiendo auxilios para sofocar la revoluciön riograndense a la par que mantenfa correspondencia con los rebeldes, los exhortaba a no desmayar en la empresa y les enviaba comisionados. Para obtener la alianza con la Corte nombrö a Santiago Väzquez, que no fue reconocido oficialmente por no representar a un go- bierno legal. Humillados, Rivera y Väzquez juraron venganza de donde proviene el giro politico que condujo al tratado de Piratiní.


    Hasta promediar junio de 1838 la situaciön se mantuvo sin variantes. Rivera exigiö la renuncia incondicional de Oribe mientras este, apremiado por Rosas, procurö resistir el asedio con todos los elementos de que dispo- ni'a. El 15 de junio de 1838 se puso-en movimiento hacia el Palmar del Arroyo Grande donde tuvo lugar el encuentro de su vanguardia con la de Rivera. El combate, sangriento y encarnizado, produjo la derrota de Igna- cio Oribe. Quedaron en poder de Lavalle, que comandaba la primera divisiön del ejercito de Rivera, toda su tropa de infanteria prisionera, caballa- das, parque, comisan'a y equipajes. La divisiön de Lavalle, Nünez y Medi- na lo persiguieron en completa dispersiön, lo que permitiö a Rivera ocu- par todos los departamentos, incluso el de Colonia, que se rindiö. Sölo Montevideo, donde quedaba Oribe, y Paysandü defendida per el general Lavalleja, permanecieron bajo el dominio del gobierno legal. Derrotado el presidente, buscö el auxilio de Rosas y de Bento Gongalves, amenazan- do ahora a los brasileiios legalistas residentes en Montevideo al punto que ni el encargado de negocios del Imperio se hallö seguro. En este momento cuando se produce el paso de las fuerzas de la provincia de Entre Rios al Uruguay y, aunque se asegurö que se trataba solamente de voluntarios enganchados, el hecho provocö los recelos de la Corte sobre algün convenio entre Rosas y Oribe que comprometiera la independencia del Uruguay y el equilibrio de los Estados del Plata.


    El triunfo de Rivera en el Palmar era un hecho decantado por las mis- mas circunstancias. Inütilmente, Oribe y la Asamblea Legislativa preten- dieron resistir. Aislados y sin auxilios argentinos, debido al bloqueo de ia escuadra francesa en el Plata, perdidas las esperanzas de alianza con el Imperio y cansada la poblaciön, Oribe debiö ceder resignando el man- do el 14 de octubre, ocasiön en que dio a publicidad una energica protesta en la que condenö a los franceses de haber influido en la exigencia de su renuncia. Dos di'as despues, se asilaba en Buenos Aires con otras figuras de SU gobierno. La mencionada acusaciön no era infundada. Si bien Rive- ra no precisö el prometido auxilio de los rebeldes riograndenses estipulado en el tratado de Piratini, habi'a hecho causa comün con el agente franc^s en Montevideo M. Baradere y con el contralmirante que bloqueaba a la sazön el litoral argentino. Esa relaciön asumiö en la practica el caräcter de un pacto, un entendimiento que permitiö que, mientras Rivera sitiaba Montevideo, el comandante frances declarara que bloquean'a la ciudad si salian buques de guerra para perseguir a Rivera, como pretendia Oribe. A fines de octubre, los ültimos elementos militares del gobierno, con sus armas, municiones y artilleria, se entregaron en Paysandü, acto final que permitiö al triunfador del Palmar convertirse en el ärbitro de la situaciön en el Uruguay.


    Con gran sentido de la oportunidad, a poco del triunfo, el 21 de agosto de 1838, Rivera ajustö otro tratado que le confirmaba la alianza de los farrapos. Se celebrö en Cangud y figuran como signatarios el presidente de la Repüblica de Rio Grande, representado por su secretario Jos6 Ma- riane de Mattos y Rivera, en calidad de "general en jefe defensor de la Constituciön de la Repüblica Oriental del Uruguay", representado a su vez por Chilavert y Andres Lamas. Los diecisiete arti'culos que conforman el tratado revalidan, en primer termino, el celebrado dos meses antes en Pi- ratini, reconociendo el presidente de la Repüblica Riograndense a Rivera como la ünica autoridad superior de la Repüblica Oriental del Uruguay y, consecuentemente, declara la guerra contra todos los enemigos internos y externos de la causa que este sostiene. Por el arti'culo 2°, Rivera reconoce a nombre de la Repüblica del Uruguay la independencia y ti'tulo de la Re- püblica Riograndense declarando, asimismo, el estado de guerra contra sus enemigos internos y externos mientras el arti'culo 4° fortalece el acuer- do al comprometerse Rivera a acreditar un enviado extraordinario provis- to de plenos poderes para concluir cualquier ajuste o convenciön que la guerra demandara, actitud que reciprocamente adopta el gobierno de la Repüblica Riograndense.


    El tratado presenta un contenido diplomätico y militar que difiere del anterior, basado en el trueque de caballen'as por armas, resultando indlca- tivo no solamente del poder total que ahora ejercia Rivera sino de su con- veniencia de estrechar relaciones con los republicanos. Se trataba, en con- secuencia, de una alianza contra Rosas y el Imperio. Estipula, asimismo, la expulsiön del territorio uruguayo de los legalistas alli refugiados. Para llevar a cabo esta acciön que implica la definitiva internacionalizaciön de la guerra riograndense, el arti'culo 8° establece que Rivera pondrä a dispo- siciön del gobierno de Rio Grande un escuadrön completamente armado y provisto de tres caballos por plaza, quedando tambi^n obligado el presi- dente de Rio Grande a proporcionar la misma fuerza en caso de serle re- querida. Pölvora, balas y tres mil caballos figuran tambien en las cläusu- las del acuerdo asi' como disposiciones sobre extradiciön de esclavos y contrabando de ganado''®.


    A pocos di'as de la firma del tratado de Cangue y con la seguridad de apoyo internacional que 6ste le confen'a, Bento Gonpalves, en su calidad de presidente de la Repüblica Riograndense, publicaba el 29 de agosto un manifiesto proclamando la separaciön de la naciön brasilena, reasumien- do todos los derechos de la libertad de la provincia "sin sujeciön o sacrifi- cio de la mäs pequena parte de su independencia y soberani'a a otra naciön o potencia extrafla", terminos que indirectamente aluden al Uruguay. A traves del documento, Bento Gon^alves hace conocer que el acto de separaciön del Brasil no fue obra de la precipitaciön sino una necesidad indis- pensable para sustraerse al "yugo insoportable, cruel e ignominioso" de la Corte. Dos son las consecuencias expli'citas de la declaraciön: Rio Gran- de quedaba separada del Imperio y Rivera seria su aliado militar. El mani- fiesto concluye con una reafirmaciön indicativa de la voluntad del gobier- no republicano de integrarse al Imperio solamente bajo un sistema re- publicano, punto que contribuyea abonar la tesis de los historiadores "in- tegralistas" (Spalding, Souza Docca, Porto, Assis Brasil) que sostienen que la revoluciön nunca tuvo un caräcter netamente separatista, contra la de Alfredo Varela, que inequivocamente se lo asigna'".


    El triunfo de Rivera y el bloqueo frances que aislaba a la Confederaciön Argentina favoreciö la resurrecciön del esquema de la formaciön de un gran Estado platino que induiria a Rio Grande del Sur, Paraguay, Uru- guay y las provincias argentinas de Entre Rios y Corrientes. Aunque la idea habfa sido presentada con algunas variantes con anterioridad, pero siempre con el objetivo de establecer un vasto, rico y poderoso Estado que actuara como antemural entre Brasil y la Confederaciön, no aparecen nunca como pensamiento coiectivo sino como una expresiön individual alentada, en este caso, por el triunfo de Rivera y por la protecciön france- sa. Salvador Maria del Carril es quien la expone desde su destierro en San- ta Catalina.
    El ambicioso plan no tuvo ningün eco por los problemas politicos y mi- litares en que inevitablemente desembocarfa de ponerlo en präctica. Entre •los factores negatives figuraban la inexistencia del necesario apoyo fran- ces y que el dictador del Paraguay Jose Gaspar Rodriguez de Francia, ja- mäs adheriria a el sacrificando la independencia de su pais. Con todo, la utopia unitaria preocupö al gobierno argentino. Lo revela la nota que Ara- ria dirigiö al encargado de negocios brasileno Gaspar Jose Lisboa, que habla reclamado por la intervenciön argentina en los asuntos internos del Uruguay, al declararle que era incuestionable la combinaciön en que ha- bia entrado Rivera para confederar a la provincia de Rio Grande con el Uruguay y las provincias mesopotämicas argentinas, un acuerdo que no solo atentaba contra la integridad de sus territorios sino, fundamentalmente, contra el equilibrio politico de los paises de! Atläntico sur''^.

    Ante la total reversiön de poder, influencias e ideologias que significaba el triunfo de Rivera, el gobierno imperial no trepidö en acercärsele para que a traves de su persona se negociara la pacificaciön de Rio Grande. El proyecto de tratado estaba formado por nueve articulos per los que se autorizaba a Rivera a prometer la amnistia a los rebeldes que abandona- ran la causa y a enganchar tropas uruguayas para ser empleadas contra la revoluciön a cambio de concesiones pecuniarias. Se le recomendaba, a la vez, que se abstuviese de concertar estipulaciones escritas que tuviesen el caräcter de una convenciön regulär, lo que en la practica invalidaba los tratados de Piratini y Cangue. Asimismo, dentro del caräcter secreto de la negociaciön, se le indicaba que informara al cönsul frances sobre la mis- ma y que influyese para que Santiago Väzquez - antes tan desairado en Rio de Janeiro - la concluyera con el encargado de negocios del Imperio Pedro Chaves. Ni Rivera ni Väzquez cedieron a las presiones imperiales y nada se hizo contra los aliados riograndenses evitando asi una häbil ma- niobra que hubiera significado no solo la sujeciön del Uruguay al Brasil sino tambien la completa hegemoni'a imperial hasta el Rio de la Plata


    Tan häbil y precavido se moströ Rivera en el rechazo de la propuesta de Rio de Janeiro como en la intenciön de aliarse al disidente gobierno de Corrientes con el que firmö un tratado en Montevideo el 31 de di- ciembre de 1838. El gobernador Genaro Berön de Astrada fue representa- do por el coronel Manuel de Olazäbal, mientras Santiago Väzquez lo ha- cia en nombre de Rivera. Luego de un extenso proemio contra la persona y gobierno de Rosas, los articulos estipulan la alianza ofensiva y defensiva que, segün sedeclara, noes contra la Confederaciön Argentina ni ninguna de sus provincias a las que se invita a adherir a la alianza. Se indica el nü- mero de tropas con que colaborarän Corrientes y Uruguay, estableciendo- se que la alianza no se disolverä ni se firmarä la paz por separado hasta conseguir que Rosas deje el mando con su completa desapariciön del esce- nario poh'tico del Plata. Logrado esto, que era el verdadero objeto de la alianza, las fuerzas volven'an a sus respectivos territorios. Por otra cläusu- la del tratado, se autoriza a Rivera a negociar con Francia el cese del blo- queo, aspecto vital para el comercio de Corrientes'".


    En enero de 1839, Jose Mariane de Mattos es designado encargado de negocios de la Repüblica de Piratini en Montevideo a fin de presionar sobre Rivera para que cumpla las estipulaciones del tratado de Cangue. Los farrapos no ignoran la que resultö frustrada negociaciön entre aquel y el Imperio, lo que motivö el räpido envi'o de Mattos a Montevideo. La desconfianza sobre Rivera era tal, y tan bien se conocian sus procederes, que en carta dirigida a Domingo Jos6 de Almeida, Mattos no ocultö su desprecio: "La conducta de Frutos es bastante equivoca: alimenta a uno y a otro partido y no obstante sus promesas, quien sabe a quien traiciona? No me atrevo a adelantar lo que practicarä - advierte el diplomätico - porque su caräcter versätil da lugar a los mäs justos recelos: de todo es capaz quien adora ciegamente el oro, su divinidad . . Mattos y sus companeros - Bonifacio Isäs Calderön, entre ellos, que actuö como in- termediario en su condiciön de antiguo amigo de Rivera - se exhibi'an sin embarazo alguno en püblico, luciendo la escarapela y las divisas del Estado Riograndense, como para probar que era con 6ste y no con el Im- perio con quien Rivera estaba aliado. Hubo un inconveniente, empero; puesto que el uso de tales emblemas solo era permitido a ciudadanos de naciones reconocidas, el encargado de negocios Chaves solicitö que se concluyera con "semejante abuso tan contrario a la dignidad del Imperio y a la amistad y simpati'a que el gobierno uruguayo le mostraba"'*®. El Imperio no tuvo obstäculos, sin embargo, en comisionar a Felipe Nery d'Oliveira que en los mismos di'as llegö a Montevideo donde adquiriö ca- ballos y armamentos que se cruzaron por la frontera de Vaguanin"*^. En tanto se cumpU'a esta operaciön, Rivera, sin descuidar su alianza con los farrapos, continuö remitiendoles caballos, segün denunciö Chaves"*®. El doble juego del caudillo no hace mäs que contribuir a justificar el elo- cuente y despectivo juicio que mereciö de Mattos: en cuanto se tratö de dinero, no tuvo reparos en comerciar con republicanos y legalistas sin el menor miramiento de las consecuencias poli'ticas de esos actos.
    Dentro de este marco de alianzas düplices, se sitüa tambi6n la comisiön que desempefiö el canönigo Pedro Pablo Vidal en Rio de Janeiro en la mis- ma epoca.

    En sus conferencias con el ministro de Negocios Extranjeros Antonio Peregrino Maciel Monteiro (despues Segundo Baron de Itamara- cä) en marzo de 1838 y con su sucesor Cändido Baptista de Oliveira en abril de ese ano, protestö por las exigencias de Chaves pero, por sobre to- do, puso en claro que el pretendido pronunciamiento exph'cito del Uru- guay a favor del Imperio significaba un peligro en el momento aunque la necesidad de destruir a Rosas lo justificaba. Fundamentalmente, dejö en claro que a su gobierno le era necesario "guardar miramientos" con los riograndenses. EI doble juego de Rivera es tan evidente en estos mo- mentos que el Brasil se desligö del asunto, aduciendo que el prometido subsidio no podia ser acordado sin autorizaciön de las Cämaras, respuesta que dio motivo al regreso de Vidal"".
    Ciertamente, el constante doble juego del gobernante uruguayo motivö justificadas sospechas en sus aliados republicanos. En carta cifrada a Bento Gon^alves, Jose Mariane de Mattos se refiere a la conducta equivo- ca de Rivera que no obstante promesas y alianzas se ignora si traicionarä a los republicanos^". Buscaba aliados, en efecto, por todos lados y sin menoscabo de acuerdos previos o de la influencia del agente frances en SU pai's. El 31 de diciembre de 1838 habia suscripto bajo la presiön de los unitarios y de los agentes franceses el tratado con Corrientes y el 13 de enero delegaba el mando en el presidente del Senado Gabriel A. Pereira para trasladarse a Durazno. El 10 de febrero formalizaba la declaraciön de la guerra a Rosas y a fines de ese mes, la Asamblea Constituyente lo elegi'a presidente constitucional.
    Si en materia de poh'tica interna Rivera procurö estabilizar el gobierno, en lo referente a la externa, ademäs de la decisiön adoptada respecto al gobierno de Rosas, volviö a procurar la aproximaciön al Imperio comi- sionando a Santiago Väzquez con la intenciön de obtener el apoyo brasile- fto en SU posible enfrentamiento con Rosas. Las instrucciones reservadas de Väzquez, firmadas por Rivera y su ministro Enrique Martfnez, expre- san la conveniencia a los intereses del Uruguay de la pacificaciön de la provincia de Rio Grande y el establecimiento del orden permanente con su incorporaciön al Imperio. Para alcanzar estos objetos se autorizö a Väzquez a promover, ajustar y concluir, de ser posible, un pacto secreto y convenios especiales sobre la base del compromiso de Rivera para influir en la reincorporaciön de la provincia al Imperio. De no ser posible por medios pacificos, se presentarfa en la frontera al aflo siguiente con un ejer- cito de cuatro mil hombres que se unirian a los legalistas. La traiciön de Rivera tenfa el precio de un subsidlo de 500.000 pesos fuertes y otro poste- rior de 1.000.000 de pesos fuertes, una vez que hubiera logrado la reincor- poraciön de Rio Grande. Si fracasadas todas las tentativas no se conseguia alcanzar el objetivo, el subsidio se considerarla y pagan'a como emprestito en el t^rmino de tres años^'.


    La llegada de Santiago Väzquez a Rio de Janeiro provocö mil conjetu- ras. No se confiaba en Rivera de cuya increfble duplicidad habia dado sobradas pruebas. El enviado pronto pudo percibir el "estado vacilante" del ministerio del Brasil, segün sus palabras. Aunque Väzquez nada obtu- vo, el gobierno del Brasil, al analizar la necesidad de proteger al de Rivera, patentizö a trav6s del diputado Andrade Machado que no habia perdido las esperanzas de restablecer al Uruguay como parte del Imperio, lo que traeria como consecuencia la incorporaciön del Paraguay, Entre Rios y Corrientes, esquema que en nada difen'a con los mencionados anterior- mente. Vuelto a tratar el temaen la sesiön del 11 de junio de 1839, el mismo diputado manifestö que la Repüblica Cisplatina era pequena para figurar como naciön independiente y que inevitablemente se uniria al Brasil De este modo queda probado cömo Brasil pretendiö ignorar la Conven- ciön de 1828 persiguiendo su antiguo plan de expansiön hasta el Rio de la Plata y los motivos del fracaso de la misiön de Santiago Väzquez que, aunque pretextando la colaboraciön de su gobierno en la pacificaciön de Rio Grande, en realidad procuraba el auxilio pecuniario para su gobierno. Coincide con esta fracasada negociaciön la que intentö Rivera con Rosas, no obstante la ya mencionada declaraciön de guerra. AI efecto enviö a Buenos Aires al ministro de Hacienda Francisco Joaqufn Munoz, figura nmy mal vista por Rosas, por la comisiön que habfa cumplido ante el ma- riscal Santa Cruz para concertar una alianza entre su pafs y Bolivia. Rive- ra cometiö un serio error en este sentido: la negociaciön estaba condenada al fracaso no sölo por la existenda de la declaraciön de guerra, sino por- que Rosas seguia considerando a Oribe presidente legal del Uruguay.

    Estos fracasos condujeron a Rivera a continuar sus relaciones con los farrapos. Cuero, vi'veres y materiales de guerra fueron enviados a Rfo Grande a la vez que destinaba al general Enrique Marti'nez para entrevis- tarse con Bento Gon9alves. El viaje a Casapava respondia a la necesidad de hacer efectivo el tratado gestionado por Josd Mariane de Mattos, con- forme lo dio a publicidad". El encuentro tuvo lugar en Alegrete, ocasiön en que el presidente de la Repüblica Riograndense anunciö a Rivera que haria lo humanamente posible para que de esa misiön resultaran las venta- jas a que teni'an derecho ambos Estados y de los que hasta la fecha se ha- bi'an privado por una fatalidad en la que personalmente no tenia parte, t^rminos que directamente, hacen referencia a la negociaciön de Rivera con la Corte".
    Conforme a la declaraciön de guerra, las operaciones debi'an comenzar en territorio argentino, actuando conjuntamente las fuerzas uruguayas y correntinas. Las ültimas fueron destrozadas por el gobernador Echagüe en Pago Largo, obligando a Rivera a regresar al Uruguay para rechazar la segura invasiön al territorio en momentos en que Lavalle, contrariando ördenes expresas de Rivera, embarcaba la tropa para emprender su expedi- ciön contra Rosas. Con estos episodios se inicia el perfodo histörico deno- minado Guerra Grande que se extiende hasta 1851. En julio de 1839, Echa- güe concreto el plan atravesando el n'o Uruguay cerca de Salto. Entre los jefes que lo secundaban se encontraban los generales Juan Antonio La- valleja y Eugenio Garzön y los coroneles Justo Jose de Urquiza y Servan- do Gömez. Diversos encuentros menores se producen por varios meses hasta que el choque decisivo dio la victoria a Rivera en la batalla de Ca- gancha, el 29 de diciembre de 1839.


    Poco despu^s del triunfo de Rivera los farrapos iniciaron una nueva po- litica designando a Jerönimo de Azambuya para entrevistarse con Servan- do Gömez que preparaba la reacciön oribista en el mayor secreto. Para completar la negociaciön se comisionö a Antonio Manuel Correa da Cä- mara para asegurar la alianza del nuevo gobernador de Corrientes, Pedro Ferre, pero no tuvo exito tanto por las prevenciones de 6ste hacia Bento Goncalves como hacia Rivera. Los objetivos de la misiön de Correa da Cämara consistian precisamente en justificar la conducta de la Repüblica de Piratini cuando adhiriö a la causa de Rivera contra la Confederaciön, pero las entrevistas fueron desarrolladas con gran carencia de tacto poh'ti- co, por lo que Bento Goncalves las desaprobö reemplazando al emisario con un personaje de gran significaciön y prestigio: el general Bento Ma- noel Ribeiro'^.


    La "causa americana" fue invocada por Ribeiro en la carta que enviö a Lavalleja anunciando su viaje. Llegö primero a Buenos Aires, pero Ro- sas, häbilmente y tal como habi'a sido su conducta en ocasiones anteriores, eludiö recibirlo. Argumentö que se trataba de un emisario de naciön no reconocida pero admitiö que lo recibiera Echagüe que lo entretuvo varios dias sin llegar a ningün resultado en las conversaciones.
    Por su parte, Ferre, amenazado por el ejercito federal y arrinconado en la ciudad de Corrientes, enviö al coronel Manuel de Olazäbal ante Ri- vera para darle cuenta del lamentable estado de la provincia y de la necesi- dad de prestarle doscientos a trescientos soldados uruguayos para que se unieran a su debilitado ejercito. La ambigua respuesta de Rivera no deja dudas sobre su conducta:


    "Yo debi'a haccrlo volver pronto [al emisario] con una contestaciön, mas no fue posible asl efectuarse porque en esos momentos fue preciso tener que atender algunas intrigas que por parte de mis enemigos se fraguaban contra la Repüblica, queriendo mezclar a nuestros amigos republicanos riograndenses y a mäs, yo tenia que organizar en el interin el pais y ponerlo a cubierto de cualquier tentativa por parte de Rosas y Oribc. Hoy, no sölo he concluido el arreglo de mi pais sino que estoy completamente satisfecho del Presidente de la Repüblica Riograndense y de todo cuanto ellos hacen, no sölo por la identidad de principios hacia nuestra causa sino porque es preciso que se unan los que profesan odio hacia la tirania"
    La elusiva respuesta muestra que, de momento, Rivera evitaba auxiliar a Ferre por la posible reacciön de Echagüe y que desairado por el gobierno imperial, volcaba nuevamente el fiel de la balanza hacia los republicanos riograndenses.


    La decisiön obtuvo el fin buscado. Ya entrado 1840, el gabinete de Casa- pava asume una posiciön definitiva con respecto a la Confederaciön Ar- gentina. Los editoriales de O Povo abordan lo que denominan "cuestiön argentina" declarando: "Nunca procuramos una alianza con Rosas aun- que si con el pais a sujeto, que no se ha dignado escuchar a nuestros representantes!' Exph'citamente indica que pasaba a entenderse con La- valle y Ferre, "los verdaderos representantes de la Argentina", adoptando esta posiciön porque ya no podia mantenerse neutral en el conflicto argen- tino. Completando esta opiniön, el mismo diario publicaba en esos di'as que desde mayo de 1839 hasta la fecha no se habi'a establecido sociedad alguna contra la libertad sin que el brazo argentino hubiera combatido per ella. Especificamente, aclara que Rio Grande no ha buscado la alian- za con Rosas aunque si con la Confederaciön Argentina, expresiön que semeja una limpieza de antecedentes pues a nadie podia escapar que la varias veces buscada alianza con la Confederaciön implicaba tenerla con Rosas".
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Las declaraciones del periödico oficial estän en consonancia con el en- vi'o del general Martinez a Rio Grande y la misiön de Sebastiän Ribeiro a Montevideo, a quien Rivera prometiö el auxilio de armas y municiones, en mayoria provistas por los franceses. Los ministros franc^s y britänico miraban con interes y buena voluntad esa relaciön, fundamentalmente por ver en Rivera el creador del nuevo lazo confederativo de los Estados del sur. En opiniön de Alfredo Varela, tanto De Lurde como Mandeville aspiraban a la formaciön de una federaciön independiente que permitiera a la navegaciön de sus naciones penetrar libremente por los n'os Uruguay y Paranä para explorar mercados inaccesibles como el Paraguay''. La apertura de los rfos quedö paralizada por aftos, como es sabido, monopo- lizando el comercio el puerto de Buenos Aires y sölo despues de Caseros se puso termino a tan asfixiante sistema.


    El triurifo de Cagancha produjo una mutaciön en Rosas con respecto al Brasil, aunque fue de corta duraciön. En buena medida, la relaciön vol- viö a ser tensa cuando se retirö de Buenos Aires el ministro brasileno, des- pues de efectuar reclamaciones por el paso del ej^rcito argentino al Uru- guay que fueron recibidas con total indiferencia por Rosas. Arana, por SUparte, eludiö la respuesta a varias notas, excusändose en sus muchas ocupaciones. Se comprobö, erapero, que Bento Ribeiro habi'a conferen- ciado con Echagüe, lo que motivö tambidn un ignorado pedido de explica- ciones". En tanto el ministro brasileno era desairado de tal forma, los republicanos riograndenses volvian a pronunciarse contra la neutralidad en el conflicto argentino que tan directamente afectaba sus intereses:


    "Su situaciön geogräfica, su situaciön politica, el caräcter de la causa [de Rosas], sus precedentes y los nuestros, todos se oponen a ella. Se trata de conquistar un principio que es comün a tres repüblicas: principio ünico e indivisible para todas tres; principio que es la base de todo un futuro que tiene una bandera, un mismo fin y que reclama per tanto soldados, esfuer- zos y sacrificios idinticos. Ei Estado Oriental y la Repüblica Argentina es- tän unidos; Rosas y sus satelites estän contra ellas. El campo estä abierto: las armas lo principian a disputar. Entretanto, que hace Rio Grande, cömo piensa estas cuestiones? El Rio Grande tiene que tomar un caräcter y un puesto . . . Prescindiendo de las obligaciones que imponen en la identidad de la causa y las simpatias particulares, 6sto es, sus intereses vitales, la alian- za abierta y decisiva a la causa de la libertad, Rosas es un tirano expirante, Rosas no puede extender su brazo protcctor o de exterminio a una pulgada mäs allä de su mezquino escondrijo. La Repüblica Riograndense que se ha puesto en la lucha y brazo a brazo con el Imperio, puede ligarse al corrom- pido y moribundo poder de Rosas? . . . Es de riguroso deber unirse y com- batir con los que tambien pelean por la misma libertad. Et Rio Grande Imprimirä una mancha eterna a su bella paz, ligändose hoy al caribe ameri- cano . , . Pcnsamos que en la epoca feliz de la libertad argentina podremos proclamar abiertamente las virtudes americanas, et civismo, la nobleza y bizarn'a de nuestros hermanos . ,


    La fluctuante relaciön de los farrapos con Rosas desde 1835 exime de comentarios sobre el texto, posiblemente escrito por Cüneo. Triunfante Rivera, asegurado el apoyo frances, se produce la definiciön que significa la ruptura con Rosas. Afianzada la alianza riograndense-uruguaya, sur- gen dificultades desde otro ängulo. El gobernador Ferre envi'a al diputado Juan B. Acosta ante el gobierno oriental y el general Lavalle para requerir refuerzos militares. Rivera aceptö la cooperaciön solicitada, ofreciendo tres mil hombres para actuar contra Echagüe, a la vez que facilitaba el co- mercio entre Montevideo y Corrientes, pero exigiö que se mantuviera el pacto de alianza de diciembre de 1838 que le otorgaba el mando militar supremo. Lavalle y los emigrados se opusieron a esta condiciön, de donde sobrevino una nueva discordia y el fracaso del plan de Ferre®'.

    Estas contradicciones de Rivera en cuanto a sus operaciones de guerra y a su relaciön con los farrapos son observadas por Sebastiän Ribeiro, que admite la imposibilidad de cumplir los compromisos establecidos en Can- gue. Rivera le ofreciö colocar seiscientos soldados a su disposiciön en Sal- to, lo que fue aceptado. "Si asi se hiciera - escribe Ribeiro a Juan Lavalle - me aplaudire de haber conseguido de eso, que a mi entender vale mäs que un buen tratado de alianza impracticable. Si queda en pura promesa, tambien sacare ventajas de haber sondado yo mismo las dificultades con que deben contar mis compatriotas en lo sucesivol' De lo que no quedan dudas a Ribeiro es que profundas divergencias separat! a los emtgrados argentinos: los divide entre los que sustentan puros principios republica- nos y los de transiciön, en otras palabras, los acomodaticios*^. Cuando Ribeiro aün se hallaba en Montevideo, Vicente J. Fialho es comisionado ante Rivera en abril de 1840. Se trata de una de las figuras mäs representa- tivas de los legalistas residentes en el Uruguay a quien el presidente recibe, aceptando por 10.000 pesos fuertes la entrega de mil caballos y permiso de enrolamiento a los voluntarios uruguayos en el ejercito imperial. Aun- que la negociaciön no llegö a concretarse, muestra una vez mäs la venali- dad y duplicidad del caudillo que en los mismos di'as recibia en Durazno al enviado imperial Anfbal Antunes Maciel a quien ofreciö doscientos hombres para auxiliar a los legalistas^'.
    En mayo de 1840 Sebastiän Ribeiro retornaba a Alegrete desde donde informö al canciller de la Repüblica Riograndense Domingo Jose de Al- meida que en su ültima entrevista con Rivera en San Jos6, este le asegurö SU firme adhesiön a la causa de los farrapos pero que hasta que no se pro- dujera la caida de Rosas, no podi'a comprometerse directamente contra el Imperio, aunque estaba dispuesto a auxiliarlos con armamentos y mu- niciones, declaraciones de politica escurridiza que confirman las observa- ciones que Ribeiro formulö a Lavalle^.


    En lo tocante a la otra aliada, Corrientes, hubo un nuevo acuerdo des- pues de los encuentros de Lavalle con Echagüe en Don Cristöbal y Sauce Grande, triunfo 6ste del gobernador de Entre Ri'os, pero anulado por la gran lentitud de operaciones posterior a la batalla que permitiö a Lavalle embarcar su ejercito hacia Buenos Aires. El 27 de agosto de 1840, Juan B. Acosta a nombre de Ferre y Luis J. Bustamante representando a Rivera firmaron una convenciön en Paysandü que permitiö que Corrientes ad- quiriera el material necesario para armar un ejercito de reserva, creändose un modus vivendi que se orientö hacia el restablecimiento del tratado con Berön de Astrada. Ferre ratificö de inmediato la convenciön aunque para la opiniön general rioplatense, la convenciön de Paysandü envolviö a Corrientes en la poh'tica y hegemonia de Rivera. La alianza, en los hechos, no brindö el fruto esperado: solo preocupö a Echagüe que demorö la invasiön a Corrientes hasta noviembre, cuando fue derrotado por el gene- ral Paz en Caaguazü.
    Antes de marchar a Corrientes para ocupar la jefatura del ejercito de reserva, Paz se entrevistö con Rivera en su cuartel general en San Jose, participando en la conferencia Jose Isäs Calderön, enviado de Corrientes ante el gobierno uruguayo. "En estas privadas conferencias- expresa Paz
    - manifeste siennpre miras conciliatorias, mis sentimientos argentinos y mis deseos terminantemente manifestados de que no se me considerase como un hombre de discordia"^^ Encontrö a Lavalle en las visperas de Sauce Grande, siendo recibido con frialdad y hasta desconfianza®®. Ferre, urgido por la situaciön del inminente ataque de Echagüe no des- cuidö la alianza con Rivera: en octubre de 1840 el naturalista Aime Bonpland y Gregorio Valdez llegaban a Montevideo comisionados ante el presidente uruguayo y los agentes franceses con el objeto principal de obtener recursos y elementos de guerra^^. En lo que respecta a Francia, el auxilio quedaba descartado: el convenio Mackau-Arana (29 de octubre de 1840) que pone termino al bloqueo al puerto de Buenos Aires por las naves francesas, concluye con el plan de apoyo. En cuanto al del Uruguay, Bonpland regresö con el magro socorro de 5000 pesos y sin documenta- ciön alguna que comprometiese a Rivera.


    Paralelamente, sin descuidar el apoyo del Brasil contra Rosas, Rivera enviö a Rio de Janeiro a Francisco Magarifios, cuando ya se encontraba alh' el general Tomas Guido, ministro de la Confederaciön Argentina.
    "El verdadero objeto que el gobierno se propone - expresan las instruc- ciones otorgadas a Magariiics - es inducir al gobierno del Brasil a interve- nir en la guerra que el gobernador de Buenos Aires hace a la Repüblica del Uruguay. Esta intervenciön la puede tomar como parte o como mediador Si el gabinete del Brasil conoce sus verdaderos intereses, no debe trepidar en hacerse parte no para hacer la guerra a Buenos Aires, sino para impedir que la Repüblica Oriental caiga bajo la influencia exciusiva del gobernador de Buenos Aires".


    De este modo, la intervenciön que tomase el Brasil serfa una consecuen- cia forzosa de lo estipulado en la Convenciön Preliminar de Paz de 1828. Con referencia a los disidentes riograndenses, Rivera no oculta que les ha prestado servicios. La enmaranada explicaciön aclara que lo hizo con ca- räcter distinto al de Oribe que les concedia armas, municiones y equipos en forma espontänea, mientras que su conducta fue resultado de la posi- ciön cn'tica y difi'cil en que se hallaba Rio Grande. Alianzas, comisionados y ventas de ganado y armas se esfuman en la artimanas. La misiön de Ma- garinos, que se prolongö por dos anos, fracasö en definitiva debido a la firma del tratado Guido-Carneiro Leäo (1843), pero Rivera continuö el doble juego. Recibiö al comisionado republicano Antonio Paulino de Fontoura al que reiterö la permanente armonia entre los dos Estados, aun- que sin comprometerse por el momento mäs que a remover algunos obstä- culos en la frontera, tibio resultado de una misiön que hizo que hasta los mismos jefes republicanos dudaran de la lealtad de Fontoura^'. El Impe- rio, ciertamente no podi'a fiarse de las amistosas declaraciones de Rivera. El ministro Vasconcellos lo juzgaba como el mayor enemigo de la integri- dad del Imperio por la protecciön efectiva y clandestina que habi'a dado a los rebeldes de Rio Grande pero tambien lo vei'a como "el motor" para hacerlos sucumbir para lo cual, conociendo su genio, era preciso conce- derle abundante dinero.


    El vicepresidente de la Repüblica Riograndense Josd Mariane de Mat- tos era designado ante Rivera en marzo de 1841 para iniciar una nego- ciaciön. La guerra detuvo su partida pero el 5 de julio firmö el convenio secreto de Durazno, cuyo contenido se desconoce hasta la fecha. Alguna informaciön deja trascender que el objeto del viaje era reclamar por las incursiones del ejercito imperial que se toleraban en el Uruguay, atacando propiedades y arrebatando caballadas. A su regreso, Mattos pudo infor- mar al canciller Almeida que habia encontrado muy buena disposición.

    hacia la Repüblica Riograndense, persuadido de que Rivera habia variado totalmente su politica aunque Mattos, que estaba lejos de ser un intrigante y conoda el caräcter de Rivera, desechö la posibilidad del plan confedera- tivo que este presentö en las conferencias^'.
    Dentro de la escasa informaciön existente sobre el Convenio de Duraz- no, Juan Andres Gelly - entonces oficial mayor de Gobierno y Rela- ciones Exteriores del Uruguay - proporciona datos mäs exactos sobre el contenido de la misma: se habia firmado, segün informa a Magarinos, una alianza ofensiva y defensiva de caräcter secreto por el que ambos Es- tados se garantian reciprocamente su libertad e independencia en caso de agresiön externa. El comentario final no tiene desperdicio: "Los riogran- denses ofrecen, ademäs, dos mil hombres para invadir Entre Rios. ^Le ca- be esto a un hombre cuerdo? No creo que se haga efectivo porque Ud. sabe que el autor del tratado o su signatario principal abandona los pro- yectos con la misma facilidad con que los combina, pero nos mata"^^.


    La renovada protecciön de Rivera a los farrapos provocö un desagra- dable cambio de notas entre la legaciön brasilefia en Montevideo y el mi- nistro Francisco A. Vidal. AI promediar 1841 el canciller Aureliane Souza Oliveira realizö mudanzas diplomäticas en el Rio de la Plata. No tenian otro objeto que otorgar mayor representatividad a las legaciones, envian- do diplomäticos con experiencia y conocimiento del medio. El barön de Ponte Ribeiro pasö a desempefiarse en Buenos Aires y Joäo Pedro Regis en Montevideo.
    El gabinete de San Cristöbal percibiö claramente, como lo demuestran sus actos, que Rivera intentaba ganar ventajas para si, agenciando pactos con el Imperio al mismo tiempo que firmaba tratados con el gobierno
    farroupilha. Fue con escändalo y despecho que se supo en la Corte que Rivera prometia a los ültimos un contingente militar formado por escla- vos liberados por los republicanos en 1836, pero tambien causö sorpresa SU negativa a Mattos para armar patachos y zumacas como corsarios. No se distingue con nitidez el designio de Rivera pero sj su solicitud de pago de 60.000 piastras que reclamö a la legaciön imperial, posiblemente adu- ciendo su reciente negativa a los farrapos

    Mientras subsistiö el bloqueo franc^s, Rivera tuvo ayuda y protecciön, pero el cese de este lo colocö en situaciön apuradi'sima, lo que explica su constante büsqueda de alianzas^"*. Pocos retratos de la personalidad del caudillo han sido escritos en forma tan ajustada como el que le destinö el general Tomas Guido:
    "No he conocido en la guerra de America un hombre expectable, de quien haya tenido en cuanto a lealtad y buena fe, concepto mäs bajo que el que generalmente se tiene sobre Rivera. Degradado en la opiniön püblica por la Serie de sus falsi'as, no se ha privado de los mismos medios sino bajo una fuerza que lo sujete. En el Brasil se lo conoce como en ninguna otra parte y hasta ahora no he oi'do una sola palabra de los influyentes y mäs respe- tables de la Corte concedcr a Rivera otra calidad que la de la pillen'a."


    Si el desprecio de Guido era total, no lo era menor el que le mereda al general Jose Maria Paz, quien en sus Memorias Pöstumas lo puntualiza con motivos fundados y t^rminos aün mäs peyorativos^^.


    La guerra continuaba en territorio argentino. A fines de 1841, el general Paz obtuvo la victoria de Caaguazü contra el ejercito de Echagüe que re- sultö aniquilado. No participaron elementos militares riograndenses con- forme al ofrecimiento de Bento Gongalves a Paz, pero las fuerzas de Rive- ra siguieron actuando en Entre Ri'os. AI mismo tiempo, el presidente uru- guayo combinaba un encuentro con el presidente de la Repüblica de Rio Grande en'San Fructuoso, lugar pröximo a la frontera. El 15 de diciembre de 1841 delegö el mando en el vicepresidente, llegando al punto de reuniön a fin de mes en compani'a de Jose Luis Bustamante, quien fue quien ce- lebrö la conferencia por enfermedad de Rivera. Con Domingo Jose de Al- meida ajustö el 28 de diciembre de 1841 un tratado de mutuos auxilios que complementaba el Convenio de Durazno y establecfa que Rio Grande envian'a una divisön mixta compuesta por quinientas plazas de cazadores y doscientas de artillen'a como fuerzas auxiliadoras en la campana de Entre Ri'os, mientras Rivera proveeria armas y municiones^^.


    Por el convenio celebrado en la hacienda de Galarza (abril de 1842) entre los representantes de Rivera, Entre Ri'os y Santa Fe se otorgö al primero la jefatura de las operaciones militares. Fue un torpe golpe llevado al general Paz y a los intereses de la revoluciön contra Rosas.


    Rivera, animado aün en su plan de confederaciön alentado con altiba- jos a lo largo de diez anos'^ proyectö las conferencias de Paysandü. Hi- zo publice convite y dedicö atenciones especiales a Bento Gon?alves. De- signö a Melchor Herrera y Obes como el edecän que lo acompanan'a desde SU ingreso al Uruguay donde nada faltö para que se hiciese patente la cate- gon'a del visitante al que se le rindiö el homenaje de la salva de veintiün canonazos al arribar a Paysandü.


    A fines de 1842 se reuni'a el congreso en el que, segün los deseos del caudillo, se logran'an las bases de una potencia sudamericana. Asistieron, ademäs de Rivera y Gonpalves, el gobernador de Corrientes Pedro Ferre, el de Santa Fe Juan Pablo Lopez y el general Jose Maria Paz. La oposiciön de este a los planes de Rivera impidiö que se llegase a ningün resultado concreto al oponerse al plan de confederaciön. Presentia, posiblemente, una pröxima traiciön del caudillo uruguayo quien, a su juicio, no preten- dia otra cosa que extender su influencia y dominio territorial.


    En los mismos di'as, el 6 de diciembre de 1842, Rivera librö batalla deci- siva contra el nuevo gobernador de Entre Rios, Justo Jose de Urquiza, en Arroyo Grande. Su derrota fue absoluta: präcticamente perdiö todo su ej^rcito, pero el triunfo de Urquiza significö que no solamente se habi'a derrotado a una fuerza militar sino tambien al ambicioso plan poli'tico que pretendia remodelar el mapa sudamericano. La victoria abriö camino a Oribe hacia Montevideo, cuyo sitio comenzö el 16 de febrero de 1843. La batalla fue tambiön decisiva para los disidentes riograndenses que con el eclipse de Rivera perdian a su aliado principal, mientras se acentuaba el conflicto entre los jefes farrapos debido a la creciente escasez de ganado y caballares para proseguir la lucha.
    Con la llegada del barön de Caxias, el pacificador de Säo Paulo y Minas Geraes, la guerra riograndense tomö nuevo rumbo hasta que en mayo de 1843 tuvo lugar el celebre encuentro de Poncho Verde, lucha titänica entre dos ejercitos dispuestos a vencer o morir. Bento Manoel Ribeiro, unido nuevamente a los imperiales, se impone a los republicanos que sufren otros reveses al ano siguiente, entre ellos, el asalto a la villa de Piratini y la perdida de los coroneles Jose Mariane de Mattos y Joaqufn Pedro Soa- res.
    La presencia del nuevo encargado de negocios de Brasil en Montevideo, Joäo Lins Vieira Cansangäo de Sinimbü, signific6 la bipolarizaciön del frente externo para Rosas. El posible bloqueo brasileno del Rio de la Pla- ta, en conjunciön con potencias europeas, fue el mayor insulto. Con saga- cidad lo eludiö como excusa en su biisqueda de par con Brasil. La pro- puesta de Rivera para acordarla con este pais, pagando el mäs alto precio, que consistia en remitir como garantia a Rio de Janeiro al notable jefe republicano Bento Gongalves, fue el verdadero motor de la räpida reac- ciön de R o s a s E l 20 de marzo de 1843 el canciller Honörio Hermeto Carneiro Leäo y el representante Tomas Guido firmaban el tratado - bus- cado, pero no ratificado por Rosas - que anulaba a Rivera. 1843 habria de ser, en consecuencia, el afio de la decadencia completa de los farrapos que continuö sin variantes hasta la pacificaciön de 1845.

    CONCLUSIONES


    La revoluciön farroupUha fue una tentativa de establecer autonomia politica y econömica regional, para lo cual era indispensable el concurso de los paises del Plata. Para ello, ciertos farrapos, antes de 1835, estaban dispuestos a cumplir el drästico paso de la secesiön. La difusiön de las ideas y actitudes platinas en Rio Grande contribuyö a formar la atmösfera revolucionaria. Rosas, sin tomar partido en la lucha, volcö toda su activi- dad en el sentido de separar a Rivera del Brasil, aspecto que tuvo prioridad en la misiön del general Guido, aunque el tratado que firmö en 1843 no fue ratificado por la Confederaciön Argentina.
    Los farrapos, especialmente la elite de la frontera, contaron con el apo- yo extranjero y con alianzas tanto poh'ticas como personales en su tentati- va de independencia. Su ideologia, vista con simpatia y propalada por los diarios de Montevideo, tuvo empero un caräcter netamente regional que poco a poco se desvaneciö. Con todo, el fenömeno del flujo de ganado con el Uruguay continuö durante todo el siglo XIX, en una situaciön muy similar a la existente antes de la guerra. La estabilidad econömica riogran- dense, aün despues de la pacificaciön de 1845, dependiö siempre de la ma- nutencion y expansiön de pasturas y ganados que le provefa el pais vecino. Para suplir la demanda de charque, los riograndenses continuaron expan- diendose en territorio uruguayo. El acceso a esas tierras y el flujo constan- te de ganado, libre de impuestos, fueron las principales metas que influye- ron en la convivencia entre Rio Grande y el Uruguay a pesar de la gran Variante politica que impuso la Guerra Grande*




    http://anaforas.fic.edu.uy/jspui/bit...reta_farra.pdf
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Tenencia de Gobierno de Guayrá


    La región del Guayrá, el territorio del Guayrá, la «Provincia de la Guayra»[1]​ o bien, la tenencia de gobierno del Guayrá desde el 14 de octubre de 1575, fue una extensa región geográfica conquistada por los españoles en 1554 con la fundación de la «Villa de Ontiveros», en el oriente de la entonces tenencia de gobierno general de Asunción que a su vez estaba ubicada en el nordeste de la gobernación del Río de la Plata y del Paraguay, hasta su fáctica división en 1618, por lo que el Guayrá quedaba incluido en la nueva gobernación del Paraguay, y que en su conjunto formaban parte del gran Virreinato del Perú, y por ende, del Imperio español.


    Tenencia de gobierno del Guayrá
    (14 de octubre de 1575 - 1639)
    Actual estado brasileño de Paraná
    Entidad subnacional

    Bandera

    Escudo

    Ubicación de Guayrá
    Capital Ciudad Real del Guayrá
    Entidad Estructura arquitectónica
    País Paraguay

    División política actual de Sudamérica
    [editar datos en Wikidata]
    Su definitivo abandono por fuerzas españolas fue en 1638, debido a las continuas malocas de los bandeirantes y mamelucos, ya que se había dejado de tener en cuenta el antiguo Tratado de Tordesillas debido a una unión dinástica de los reinos de España y Portugal, con el monarca Felipe II de Habsburgo.
    El 15 de diciembre de 1640 el Duque de Braganza sería proclamado como el rey Juan IV de Portugal, por lo cual provocó el inicio de la Guerra de Restauración que terminó con la unión personal hispano-lusitana de Felipe IV de España y III de Portugal, provocando mayor inestabilidad en esta región litigiosa del Guayrá, en donde los portugueses venían ocupando el litoral marítimo desde 1578, con un caserío y la capilla Nossa Senhora do Rosário que derivó en un pueblo, y luego de la extracción de oro, se elevó al título de villa de Paranaguá en 1648. También fundarían, más hacia el interior, el pueblo de Nossa Senhora da Luz e Bom Jesús dos Pinhais en 1630, elevada a villa en 1693con el nombre de Curitiba.
    Posteriormente, con el Tratado de Madrid de 1750 se reconoció como portugueses los territorios del Guayrá, por lo cual pasaría a conformar definitivamente el Virreinato del Brasil, al reino luso-brasileño y al Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve. Al independizarse formó parte del Imperio del Brasil y actualmente integra el estado federativo brasileño de Paraná.


    Toponimia


    La palabra Guayrá proviene del nombre de un cacique de la zona llamado Guayrá o Guayracá. La Pinería se debe a que gran parte del territorio se encontraba cubierta de "pinos Paraná" o "curý" (Araucaria angustifolia); también se le dio –aunque más difusamente– el nombre de País de los Guayanas o Territorio de los Guayanas, que no debe confundirse con el territorio llamado Guayana en el norte de América del Sur, los "guayanas" de la región eran una etnia que parece haber tenido alguna mixogénesis con los españoles a partir de los primeros viajes de descubrimiento y, sobre todo tras la fundación de San Francisco de Mbiaza en las costas del Atlántico.


    Límites


    Los límites del Guayrá eran por el sur el río Iguazú, al oeste el río Paraná, al este la línea del Tratado de Tordesillas que la separaba del Brasil y al norte el río Tiete (o Añemby, río que separaba a los guaraníes de los tupíes). El ámbito de acción jesuita se desarrolló en el territorio más reducido entre los ríos Paraná, Iguazú, Tibagí (o Tibajiva, que era el límite efectivo con los portugueses) y Paranapanema.


    Principales características geográficas


    La región, en su mayor parte una meseta con varias sierras como la de Paranapiacaba estaba cubierta por una densa selva y, sobre todo –dado el clima bastante templado en la mayor parte del territorio por la altitud media y el régimen de vientos– bosques de la coníferallamada curý entre esos bosques y selvas se encontraban zonas de mata baja o sino de pastizales llamadas campos; el territorio está surcado por muchos cursos de agua como los ya citados Paraná, Tiete, Iguazú (o "Río Grande de Curytiba"), Paranapané, Ivaí, Tibagy, Piquiry, Pirapó, Yapó etc.


    Historia


    Indígenas

    Antes de la llegada de los europeos el territorio había estado poblado por la etnia llamada Kaigang que suele ser adscripta al conjunto Ye, sin embargo cuando se estaba realizando la primera irrupción europea ya estaba muy consolidada (con hostilidades mediante) la presencia Avá (o Guaraní) que resultó hegemónica al poseer una agricultura más desarrollada y con la misma una demografía y cultura material más evolucionada que la de los Kaigang; sin embargo el conflicto interétnico fue acicateado tras la presencia de los portugueses quienes hicieron una alianza expansiva –a costas de territorios Kaigang y guaraníes– con otro pueblo amazónido muy relacionado con los guaraníes pero en ancestral guerra contra ellos: los Tupíes. Los Tupíes aliados con los portugueses contra los Avá o Guaraníes, e incluso contra los Kaigang, invadieron muy violentamente estos territorios desde fines del siglo XVII.

    Descubrimiento europeo


    En 1522 Alejo García atravesó la región. En 1533 Domingo Martínez de Irala recorrió el valle del río Paraná. El límite sur del Guayrá fue explorado por el adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien partiendo desde la isla de Santa Catarina descubrió las cataratas del Iguazú y llegó a Asunción el 1 de marzo de 1542. En 1551 Diego de Sanabria realizó el mismo recorrido desde San Francisco de Mbiaza (Mbiaza –o "salida"– era el nombre de la zona costera de la Guayrá).

    Poblaciones españolas


    La villa (con el significado usado entonces de ciudad) de Ontiveros fue fundada por el capitán García Rodríguez de Vergara por orden de Irala en 1554 en la margen izquierda del río Paraná, entre los ríos Iguazú y Piquirí en el actual noroeste del Estado de Paraná, unos 50 kilómetros al norte del Salto del Guairá, en tierras del cacique Canendiyú, con el objeto de servir como enlace con el Brasil.
    La Ciudad Real del Guayrá fue fundada en 1556 por el capitán Ruy Díaz de Melgarejo en la margen izquierda del río Paraná, sobre la desembocadura del Piquiry a 3 leguas de Ontiveros, en las inmediaciones de la actual ciudad de Maringá. Fueron trasladados allí los pobladores de la abandonada Ontiveros.


    Tenencia de gobierno del Guayrá


    Ruy Díaz de Melgarejo fundó Villa Rica del Espíritu Santo el 14 de mayo de 1570, a 350 km al este de los saltos del Guairá y 60 leguas de Ciudad Real –en el actual municipio brasileño de Nova Cantu– y en 1575 fue trasladada por Ruy Díaz de Guzmán a la confluencia de los ríos Corumbataí e Ivaí (actual municipio brasileño de Fênix).
    El día 14 de octubre de 1575, se separaría de la jurisdicción de Asunción para formar la nueva tenencia de gobierno del Guayrá[2]​ que comprendía también la región de Itatín, hasta su separación en una nueva entidad administrativa llamada Santiago de Jerez, el 13 de enero de 1596.

    Misiones jesuíticas

    Aprovechando los bosques densos y las selvas, la región de la Guayrá hacia principios del siglo XVII se había convertido en un lugar de refugio de los guaraníes que huían de los encomenderos del Paraguay y de los esclavistas portugueses quienes aprovechando el período de la unión dinástica aeque principaliter[3]​ de Portugal y Castilla, traspasaban la línea de Tordesillas en busca de oro y de esclavos para las plantaciones de caña de azúcar en la Capitanía de San Vicente.[4]
    Los jesuitas Manuel Ortega y Tomás Fields, conocedores del idioma tupí, similar al guaraní, por haber predicado antes en el Brasil, se dirigieron a explorar el Guayrá y luego se establecieron en Villa Rica del Espíritu Santo en 1588. En 1593 exploraron la región los jesuitas Juan Saloni y Marcial Lorenzana, pero poco después la misión del Guayrá fue abandonada y los jesuitas se trasladaron al Tucumán.
    Luego los jesuitas fueron dirigidos a zonas más alejadas de Asunción, una Real Cédula del 16 de marzo de 1608 ordenó al gobernador paraguayo Hernando Arias de Saavedra –Hernandarias– para que los jesuitas se dirigieran al Paraná, al Guayrá y a la región de los guaycurúes en donde los indígenas quedarían eximidos del servicio de la encomienda.
    Los sacerdotes jesuitas José Cataldino y Simón Mazeta salieron de Asunción el 8 de diciembre de 1609 enviados por el obispo Lizárraga y por el gobernador Hernandarias con instrucciones del provincial jesuita Diego de Torres Bollo para apostolar en el Guayrá. Estos padres fundaron las reducciones de Nuestra Señora de Loretoy San Ignacio Miní (I) en 1610 a orillas del río Paranapanema, junto al Pirapó la primera y en la zona llamada Itambaracá la segunda.
    En 1612 fueron enviados al Guayrá los sacerdotes Antonio Ruiz de Montoya y Antonio de Moranta, quien se enfermó y regresó a Asunción desde Mbaracayú. Ruiz de Montoya continuó hacia el Guayrá y luego se le unió el sacerdote Martín Xavier Urtaner (o Urtazu). En 1622 Ruiz de Montoya fue designado Superior de la Misión del Guayrá como sucesor de Cataldino.
    Entre 1622 y 1628 los jesuitas fundaron once reducciones más en el Guayrá. Instaladas en el valle del Paranapanema estaba las reducciones de Nuestra Señora de Loreto y San Ignacio. En el valle del Tibagy estaban San José, San Francisco Xavier, Encarnación y San Miguel. En las márgenes del Ivaí estaban Jesús María, San Antonio y San Pablo y en el río Corumbatai estaban Santo Tomé y Siete Arcángeles. En las cabeceras del río Piquirí se hallaban San Pedro y Concepción y en el medio Piquirí la ermita de Nuestra Señora de Copacabana.
    Así, además de las ciudades "blancas" de Ontiveros, Ciudad Real del Guayrá y Villa Rica del Espíritu Santo, existieron las siguientes reducciones o "pueblos de indios" en soberanía española y con administración misional de los jesuitas:

    A orillas del río Paranapanema:


    A orillas del río Tibagí y sus afluentes:

    • San Francisco Javier –en grafía arcaica San Francisco Xavier– (1622)
    • Nuestra Señora de la Encarnación (1625)
    • San José (1626)
    • San Miguel (1627)

    A orillas del río Ivaí:

    • Siete Arcángeles (1627)
    • San Pablo del Ivagy (1627)
    • Santo Tomé (1628)

    A orillas del río Piquirí:

    • Jesús María de Guaraverá (1628)
    • San Pedro de los Pinares (1627)
    • Nuestra Señora de la Concepción (1627)


    Invasión portuguesa


    A partir de 1627 comenzaron los ataques de los bandeirantes en busca de los indígenas no reducidos en la zona del Guayrá y desde 1629atacaron también las reducciones. En 1628 los bandeirantes Antonio Raposo Tavares y Manoel Preto, construyeron un fuerte en la margen izquierda del Tibagí. Los indígenas sobrevivientes concentrados en las dos únicas reducciones que permanecían sin atacar (Loreto y San Ignacio Miní), a fines de 1631, siendo dirigidos por el padre Antonio Ruiz de Montoya protagonizaron el éxodo guayreño, en el que 12 mil indígenas en 700 balsas viajaron río abajo por el Paranapanema y luego por el Paraná. Cerca del Salto del Guayrá los encomenderos de Ciudad Real intentaron impedir la expedición, pero debieron desistir, los indígenas atravesaron por tierra los saltos del Guayrá en donde perdieron gran parte de sus embarcaciones y allí se les unieron 2000 guaraníes provenientes de las reducciones del Tayaoba dirigidos por el padre Pedro Espinosa. Tras grandes penurias divididos en grupos que avanzaron por tierra y por el río, lograron llegar a las reducciones de Natividad del Acaray y Santa María del Iguazú en donde recibieron auxilios para continuar luego por el Paraná hasta que en marzo de 1632 refundaron San Ignacio Miní y Nuestra Señora de Loreto a orillas del arroyo Yabebirí. Sólo lograron llegar 4000 guaraníes.

    Los bandeirantes atacaron en 1631 y 1632 las villas de Ciudad Real del Guayrá y Villa Rica del Espíritu Santo. Villa Rica fue sitiada por tres meses en 1632 y luego se trasladó al occidente del río Paraná y en 1682 al centro del Paraguay actual. Finalmente en 1638 fue arrasada Ciudad Real del Guayrá terminando el dominio español en el Guayrá.
    El avance sistemático de los bandeirantes paulistas por el este y la pasividad de las autoridades españolas metropolitanas debido a que trataban de evitar conflictos dentro de la unión dinástica aeque principaliter[3]​ con los demás reinos españoles, obligó a los españoles del Guayrá a replegarse a la margen derecha del río Paraná, mudando sus villas.


    Territorio portugués del Guayrá


    En 1750, el Tratado de Madrid de límites entre España y Portugal, al abolir la línea del Tratado de Tordesillas, reconoció como portugueses los territorios del Guayrá.
    Artículo V: Subirá desde la boca del Ibicuí, por las aguas del Uruguay, hasta encontrar la del río Pepirí o Pequirí, que desagua en el Uruguay por su ribera occidental; y continuará, aguas arriba del Pepirí, hasta su origen principal, desde el cual seguirá por lo más alto del terreno, hasta la cabecera principal del río más vecino, que desemboca en el grande de Curitibá, que por otro nombre llaman Iguazú; por las aguas de dicho río, más vecino del origen del Pepirí, y después, por las del Iguazú, o Río Grande de Curitibá, continuará la raya hasta donde el mismo Iguazú desemboca en el Paraná por su ribera oriental y desde esta boca seguirá, aguas arriba del Paraná, hasta donde se le junta el río Igurey, y por su ribera occidental.


    Consolidación brasileña


    Durante la ocupación portuguesa y durante gran parte de la historia brasileña del siglo XIX La Guayrá fue parte de la provincia de São Paulo, luego tras 1853 pasó en su casi totalidad a formar la entonces provincia de Paraná.
    La ocupación brasileña de la región del Guayrá se concretó en 1870 al finalizar la Guerra de la Triple Alianza, siendo luego bautizado con el nombre de Departamento de Guairá el pequeño departamento ubicado en el centro del Paraguay Oriental a donde fue trasladada Villa Rica del Espíritu Santo, en un territorio que no estaba incluido el Guayrá original. La consolidación brasileña no se concretó sino en las primeras décadas del siglo XX cuando quedaron fijados los actuales límites con Argentina y cuando concluyó la guerra del Contestado.


    Tenientes de gobernador del Guayrá








    Última edición por Michael; 02/05/2018 a las 02:16
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    TORNO A LAS ACTAS DEL 25 DE AGOSTO DE 1825
    Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989
    EN TORNO A LAS ACTAS DEL 25 DE AGOSTO DE 1825
    Para poder valorar con criterio histórico las dos Leyes Fundamentales dictadas el 25 de Agosto de 1825 por la Asamblea Nacional de la Florida, preciso es que previamente sustraigamos por un momento nuestra atención de ese tema concreto y aún también de los motivos con él relacionados de ambiente oriental y consagraremos ese tiempo al anunciado de algunos antecedentes de historia general americana que, como ha de verse después, proyectarán claramente la luz que necesitan nuestras interpretaciones.
    Se sabe que Montevideo y la Banda Oriental, las dos partes sustanciales de nuestro territorio que Artigas reunió definitivamente unificándolas en cuerpo de Estado bajo el nombre de Provincia Oriental del Uruguay, fueron hasta 1810, de hecho y de derecho, segmentos o simples sectores de una unidad imperial – el Reino de las Indias – que abarcaba en su inmenso perímetro los territorios de ambas Américas que habían poblado los españoles.
    Una ley de las iniciales del período de Carlos V (la Real Cédula de 1519) que nunca fue modificada ni cayó en desuso, ley que ha sido invocada, y no sin razón, como precedente el más antiguo y sólido de la doctrina o actitud de Monroe porque puso el cimiento de la que ha sido llamada “política de los dos hemisferios”, autodenegó al Rey y a sus sucesores en la corona de Castilla, la potestad de disposición sobre las Islas y Tierras comprendidas ya entonces oficialmente bajo el nombre de Reyno de Indias.
    Y porque es nuestra voluntad y lo hemos prometido y jurado – dice el texto a que nos referimos – que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas”. Y continúa: “Y mandamos que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra real corona de Castilla, desunidas (nótese) ni divididas en todo o en parte ni a favor de ninguna persona. Y considerando la fidelidad de nuestros vasallos y los trabajos que los descubridores y pobladores pasaron en su descubrimiento y población, para que tengan mayor certeza y confianza de que siempre estarán y permanecerán unidas a nuestra real corona, prometemos y damos nuestra fe y palabra real por Nos y los reyes nuestros sucesores de que para siempre jamás no serán enajenadas ni apartadas en todo o en parte ni sus ciudades ni poblaciones por ninguna causa o razón de ninguna persona; y si Nos o nuestros sucesores hiciéramos alguna donación contra lo susodicho, sea nula, y por tal declaramos”.
    Si esta ley memorable estatuyó la unidad y declaró la intangibilidad de nuestra América que por eso mismo se salvaría incólume de todos los negociados que envolvieran a España con las demás Cortes de Europa durante tres siglos, otra ley posterior en cincuenta años aún (la 4ª de las Ordenanzas de Felipe II de setiembre de 24 de 1571) la complementó sabiamente al autorizar al Consejo de Indias a subdividir los territorios de la unidad y volverlos a subdividir una y cuantas veces lo juzguen necesario según sus respectivos progresos en lo referente a administración (en sentido amplio) y también para lo espiritual. Vale decir que dentro de la unidad que seguía siendo indefectible se podían establecer y quitar o modificar jurisdicciones de virreinatos, gobernaciones, adelantazgos, audiencias, corregimientos, etcétera. Todo mudable, todo sujeto a cambios en categoría y límites, según pesaran en cada momento los distintos factores dignos de contemplar a juicio del jerarca. Por eso vemos que las Provincias Argentinas integrantes del Reino de Cuyo y la arribeña de Puno, al crearse el Virreinato del Reino del Plata con carácter de provisoriedad o prueba (1777) fueron agregadas a éste y segregadas de Chile y Perú, sin que esos cambios que mantuvieron para el primer caso y para el segundo, produjeran ni inquietudes ni rebeldías, y se vivía – notémoslo – en el último cuarto del siglo XVIII.
    De todo lo que va dicho resulta para extraer, porque nos interesa especialmente, una conclusión. Es ésta: al comenzar la guerra de la revolución (1810) en nuestra América no había fronteras de derecho; existían simplemente jurisdicciones de estabilidad y jerarquía no aseguradas. Lo firme, lo que tenía su tono y características propias inmutables que se explican por diversas razones del proceso histórico que en esta ocasión no es necesario entrar a detallar, eran las ciudades que ejercían según su importancia una hegemonía territorial más o menos visible y dilatada, pero en todo caso indiferente a las variaciones de jurisdicción siempre posibles.
    Pensamos por eso mismo que, durante la mal llamada época colonial, esta América nuestra fue en realidad, con respecto a lo sustancial, una asociación de repúblicas comunalistas que se distinguían entre sí por sus privilegios (verdaderas Cartas-Pueblas), sus riquezas o su posición geográfica.
    La indianidad, o sea la existencia y predicamento en la América civilizada por españoles de un concepto vital de unidad, sentido uniformemente en todas partes, era en 1810 una realidad más tangible, más clara, mucho más firme que el posible pero históricamente muy dudoso – para nosotros – de las restrictas nacionalidades.
    Y se explica. Las mismas leyes en lo civil, en lo comercial y en lo penal regían igualmente en todas partes. Eran idénticos idioma y religión. Las costumbres no tenían generalmente localidad porque el mismo frecuente trasiego de funcionarios eclesiásticos, civiles y militares las hacía recorrer en sus bagajes el ámbito entero y tomar asiento por lo mismo en todas partes. Recuerdo ahora de pasada haber leído que un inquisidor de Cartagena de Indias que anteriormente había servido en el Río de la Plata y cuyo nombre no retengo, falleció a mitad del siglo XVIII, según diagnóstico médico, por sorber con demasiada frecuencia yerba del Paraguay.
    En los documentos de identidad personal hasta aquella época y aún posteriormente, no se especifican – salvo excepciones – a uruguayos, argentinos, venezolanos, etc. Se habla entonces de nativos de Montevideo, o de Buenos aires, o de Caracas, o de Córdoba o de Maracaibo.
    Cuando Juan Ángel Michelena viene a gobernar a Montevideo, no es un venezolano el que llega sino un hijo de Coro; cuando Francisco Urdaneta va a combatir por la revolución en Venezuela, no es un uruguayo a quien se nombra, sino un montevideano. La patria es entonces para los Indianos la localidad nativa y sólo además su región de real hegemonía. La nación es América española entera. “Paisanos” se llaman siempre entre sí en Europa los originarios del continente. El porteño Miguel Belgrano así nos lo dice en nota aclaratoria puesta en una poesía publicada en 1801 con referencia al cubano Zayas, cuyo recuerdo allí evoca. “Es natural de la Habana –escribe Belgrano – y por costumbre nos llamamos paisanos todos los americanos aunque seamos de distintos continentes”.
    En la ocasión en que las tropas expedicionarias de Ortiz Ocampo en marcha de Buenos Aires a las Provincias de “Arriba” iban a entrar en Córdoba (septiembre de 1810) el jefe las proclamó diciéndoles: “En este instante, hermanos y compatriotas, pisáis ya el terreno que divide a vuestra amada Patria de la ciudad de Córdoba; de esta ciudad que habiendo dado en todos tiempos” etc. Y al final: “Acordaos que todo el continente americano (nótese cómo el concepto de estímulo no se detiene dentro del ámbito del virreinato) tiene fixa la vista sobre vuestra conducta sucesiva, tened presente que vuestra patria, vuestra amada Patria Buenos Ayres os observa y que pendiente de vuestros triunfos solo espera tener la primera noticia de ellos para escribiros en el número de sus primeros y más distinguidos defensores”, etc.
    Con motivo precisamente de aproximarse a Salta esta expedición “auxiliadora” de Ortiz Ocampo, el Patricio Garruchaga exhorta desde aquella ciudad a sus conterráneos a recibir como libertadores a los porteños que avanzan y les dice: “No, amados compatriotas, no, mis hermanos, no os dexeis alucinar de hombres tan sanguinarios” (refiere a Liniers y demás reaccionarios que también procuraban influir sobre los salteños). “Dejad – continúa – a esos campeones inhumanos en el abandono, corred únicamente con la más fraternal unión a consolidar nuestro Patrio y sabio gobierno (alude al revolucionario de Salta), corred unánimes todos a defenderlo con generosidad y entusiasmo; ya tenéis el ejemplo de valor amoroso de vuestros hermanos los Porteños”.
    Patria es entonces término equivalente en lo social a República en lo político, de modo que dentro del imperio indiano existen multitud de patrias o repúblicas comunalistas (unidas invariables, distribuidas dentro de jurisdicciones de la administración Real variables: los virreinatos, gobernaciones, etc.) que ellas sí tienen sus rasgos propios y diferenciados impresos por los factores circundantes o derivados del otorgado privilegio real o del grado de evolución de la cultura ambiente o de la situación jerárquica predominante o de subordinación en lo que respecta al funcionariado perteneciente a la Iglesia o a la Corona.
    La fuerza potente de las Repúblicas comunalistas (base de los “Pueblos Libres” que instituye Artigas) obstaba tanto como la inestabilidad de las jurisdicciones a la formación real de agregaciones mayores del tipo nación dentro del continente. Cuando alguna de éstas se nos muestra antes de 1810, como el Paraguay, no es en realidad más que una apariencia. Lo verdadero en este caso como en cualquier otro que se presente es que existe influyendo decisivamente en toda la región una sola comuna fuerte y dotada de vigor hegemónico; en el ejemplo citado se ve a Asunción, ciudad en donde casi un siglo antes de la Revolución el Dr. Mompox “inculcaba” al pueblo, según el Padre Lozano que “el poder del Común de cualquier república, ciudad, villa o aldea”… “era más poderoso que el mismo rey”.
    En la obediencia a la autoridad del Monarca se hallaba el lazo permanente más eficaz de unión de las repúblicas y cuando aquél dejó el Trono envuelto por las maniobras y luchas de la tentativa usurpadora de Napoleón, dicho lazo se halla para todas por igual, en convergencia de sentimientos tan espontáneos como naturales en la defensa común del continente, interés de todos interpretado de diversas maneras, pero con igual intención conservadora.
    Para los revolucionarios, América suple al Rey; para los reaccionarios la unidad indiana sólo se conservará si permanece, aunque idealmente, la obediencia al monarca.
    En las ciudades ahora libres, se otorgan cartas de ciudadanía que anteriormente sólo concedía el Trono, pero no es su nombre ni a título de vasallos de él, o nuevos integrantes de la comunidad concedente, sino en nombre de América y con la extensión de “ciudadanos de América”. El 14 de diciembre de 1810, en acuerdo del Ayuntamiento de Potosí, se dispuso: “Siendo constantes y notorios a este Ilustre Cuerpo y su numeroso vecindario los sentimientos patrióticos que ha mantenido el presentante en honor de la verdad y de la justa causa que defiende la Exma. Junta de la Capital de Buenos Aires, hasta sufrir por el antiguo gobierno y de su tropa militar los insultos de su persona en Tupiza y su retroceso a esta Villa con perjuicios insanables en su giro de comercio y abandono de sus cargas y últimamente con la prisión fulminada a principios de Noviembre por no ser partidario del despotismo y la tiranía; bajo de este concepto y del largo transcurso de más de veinte años que habita en estos dominios; declárese (nótese bien) a don Pablo Soria por ciudadano americano, honrado y fiel hijo y patriota suyo”, etc.
    En 1812, el gobierno triunviral de Buenos Aires, para regularizar el otorgamiento de los mismos documentos que hasta allí habían sido expedidos en forma desordenada, estableció un formulario oficial único que lleva estas palabras por encabezamiento: “Del título de ciudadano americano del Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata”, etc. En el cuestionario a que se sujetarán a sus efectos los solicitantes, se establece la necesidad de “haber dado las pruebas más positivas de su adhesión a la causa santa de la libertad del pueblo americano”, etc. Por otra parte, en fórmula que debía llenar el gestionante para iniciar el respectivo trámite, tenía que manifestar su aspiración a (textual) “formar una parte de la gran familia americana, reconocer la soberanía del pueblo, obedecer a su gobierno, sostener la conservación del sistema y resistir con las armas cualesquiera agresiones que se intenten contra el país, por los españoles o cualesquiera otra nación extranjera”.
    Recalcamos como nota importante de estas transcripciones, el concepto vigente, aun cuando ya los nuevos Estados comenzaban a perfilarse, de considerar nacionales a todos los hijos de nuestra América y extranjeros a los que no lo eran, incluso, desde luego, los españoles.
    Este concepto rige entonces en todas partes y siguió imperando hasta mucho después. Se explica; no era de aparato, no era producto de elucubraciones intelectuales más o menos brillantes. Respondía a un estado de cosas de existencia antigua y visible. Éste es el mismo que permitía a Francisco de Paula Santander, hoy héroe nacional de Colombia, cuando si fuésemos más lógicos debíamos considerarlo como prócer de América nacido en Bogotá, que escribiese en julio 6 de 1818 al Director del “Correo del Orinoco” una epístola en la que entre otras cosas, dice: “aunque he nacido en la Nueva Granada no soy más que americano y mi patria es cualesquiera rincón de América en que no tenga el más pequeño influyo el gobierno español”.
    Es también dicho estado de cosas el mismo que determinaría a Bernardo O´Higgins, hoy héroe nacional de Chile, cuando si fuésemos más sinceros tendríamos que señalarlo como prócer de América nacido en Chillán, a publicar en el “Mercurio Peruano” de 7 de septiembre de 1826 una proclama que empieza así: “Por la independencia de América sacrifiqué en Chile mi patria, mis mejores años, mi salud y mis bienes”, etc.
    Por lo demás, concretando al campo de la historia rioplatense, nuestra observación para establecer pruebas objetivas de la vigencia de dicho concepto (no entramos a la historia general porque solo este tópico agotaría nuestro tiempo) advertimos que, por ejemplo, el proyecto de constitución elaborado en la Sociedad Patriótica de Buenos Aires en 1812 estatuía que “todo hombre, libre y nacido y residente en las Provincias Unidas es ciudadano americano desde que llegue a la edad de veinte años”.
    Tomamos nota de que la Constitución de Santa Fe en 1820 disponía en lo que respecta al punto: “Todo americano es ciudadano más debe estar suspendido de este ejercicio, siempre que se halle en la actitud que especifican los artículos siguientes”, y en éstos, dicho sea de pasada, sólo se alude a las causales de suspensión comunes a todos los códigos políticos de la época.
    Estatuía igualmente en esta Sección la Constitución de Entre Ríos de 1822: “Son ciudadanos y gozan de todos los derechos de tales activos y pasivos en la provincia, todos los hijos nativos de ella y demás americanos naturales de cualquier pueblo o provincia de los territorios que fueron españoles en ambas Américas, que residan en ella de presente y residiesen en adelante”.
    La Constitución o Reglamento de Corrientes de 1822, complementado en esta parte por una ley interpretativa de 28 de diciembre, declaró igualmente comprendidos en la categoría de ciudadanos de la Provincia a todos los hijos de nuestra América, allí avecinados y de edad determinada.
    No a otra razón que la anteriormente apuntada podría deberse en 1822 en la “Provincia y República Federal de Tucumán” se otorgasen cartas de ciudadanía del tenor de las que extractaré a continuación: “Por cuanto D. Bernardo Caribe y Ribacoba natural de los Reinos de España y vecino de esta capital de muchos años a esta parte, después de reunir a satisfacción de esta Suprema Presidencia, todas las calidades acordadas para la naturalización de los individuos nacidos en otros Reinos, ha protestado de nuevo los ardientes deseos que lo asisten de ser incorporado (nótese) en la sociedad americana, etc. etc., he venido en declararlo como lo declaro, etc. etc.”
    Proyectando ahora la atención sobre nuestro propio país, comprobamos que idénticas a las expuestas son las ideas y los hechos que pasan. A iguales causas, efectos semejantes. En 25 de abril de 1816, el Cabildo de Maldonado (una de nuestras cinco repúblicas comunalistas) que con anterioridad había circulado órdenes a los jueces territoriales de su jurisdicción para que levantasen el Padrón regional, volvía a oficiarles así: “En el Padrón que debe formarse en esa jurisdicción deben alistar únicamente americanos, pues, no siendo éstos, los demás son extranjeros”. Sigue siendo aún de aplicación entre nosotros este concepto, nueve años más tarde. En 1825, justamente con motivo de la elección de los miembros de la Asamblea Nacional de la Florida, se estableció lo siguiente en el artículo 9º de las Instrucciones pasadas por el Gobierno Provisorio de los Pueblos, el día 17 de junio: “Acto continuo reunidos los electores, harán el nombramiento del Diputado en el individuo que mereciese su confianza, sea de la clase civil, militar o eclesiástica, reuniéndose (nótese) las circunstancias de Americano o con carta de ciudadanía; propietario y residente en cualquiera de los distintos pueblos de la Provincia, y conocido amigo de su independencia”. No había, pues, distinción entre orientales y americanos; éstos para nosotros no eran considerados extranjeros. El cambio de rumbo recién se operaría por disposición constitucional, pero como las leyes no modifican jamás los sentimientos sinceros ni pueden tampoco acallar las voces de la sangre, resulta que no obstante el precepto, para los hombres bien nacidos – por lo menos – sigue rigiendo moralmente el viejo y natural concepto fraternalista.
    El general Manuel Oribe en julio 4 de 1835 al agradecer y acusar recibo de una cariñosa felicitación que le enviara el coronel argentino pero nativo de Montevideo, José María Echeandía por su ascensión al solio presidencial, escribió esto: “Antiguo y apreciado compañero” (aclaremos que Oribe y Echeandía pertenecían a la misma promoción académica). “Contesto con algún retardo a su estimada del 1º p.pdo. Junio agradeciéndole la sincera expresión que vierte en las felicitaciones que me dirige. Trabajaré constantemente para merecer, tanto de los extranjeros como de los argentinos y orientales mis caros compatriotas los honoríficos conceptos con que V. me favorece”, etc.
    El mismo Oribe a principios de Marzo había librado a todos los pueblos del Continente, por conducto de su Cancillería, una nota circular destinada a hacerles conocer su elección, en la que se emplearon estos términos que armonizan en suprema concordancia con las expresiones de su carta privada a Echeandía: “Al instalarse en tan delicada misión, contempla que el primer paso que ella le aconseja como Jefe de uno de los pueblos que integran (nótese) la gran familia americana es manifestar a los Gobiernos que presiden los demás Estados de la Confederación, los sentimientos que le animan para la prosperidad de las Repúblicas hermanas”, etc.
    Pero no paran aquí las manifestaciones profundamente fraternalistas del general Oribe. Como que ellas obedecían a una sentida convicción, a un concepto de parentesco más prosaico que político, pero también por lo mismo más espontáneo y más rutinario en las reacciones (no interesan si pueden éstas escandalizar) ocurrió que a los doce años de haber hablado como se ha visto de una Confederación que materialmente no existía al referirse a los demás Estados de nuestra América, se le presenta la superior oportunidad de darle contenido a aquel pensamiento y poner de relieve, por otra parte, su fidelidad a la tradición.
    El caso a que referimos está inscripto en un volumen publicado no ha mucho del Archivo Diplomático del Perú y se constituye con la respuesta que dio a una consulta del Gobierno de aquel país hermano sobre las posibilidades de apoyarlo en la eventualidad de tener que repeler por la fuerza la invasión que entonces (1846 - 47) se anunciaba amenazante del Mariscal Santa Cruz en connivencia o bajo la protección del Gobierno Español.
    A esa consulta respondió en nombre del General Oribe su ministro de Relaciones Exteriores Dr. Villademoros expresando: “Por su parte el Gobierno de S.E. el Presidente no correspondería a sus ardorosos sentimientos Americanos, si pudiese un solo momento mirar con indiferencia el atentado que se prepara torpemente contra la libertad e independencia de las Repúblicas Sud Americanas. Así es que uniendo el suyo al grito del Continente indignado declara sin exsitaciones que mirará como injuria o ofensa propia la que en este caso se infiriese a cualquiera de las Repúblicas de Sud-América; que pondrá en acción todos sus esfuerzos y recursos para combatir la odiosa invasión y que estará pronto a correr con ellos, a donde quiera que lo haga necesario el peligro común”.
    Dejamos librado al pensamiento de los oyentes las reflexiones que suscita el texto leído y pasamos a tratar un nuevo punto de esta exposición.
    Todas las precisiones que hasta aquí hemos establecido y especialmente las destinadas a fijar, por una parte, la acepción o alcance que daban los americanos de 1810 a 1830 al vocablo “extranjero” y por otra la de la inexistencia para aquéllos de motivos de diferenciación entre ellos mismos por razones de nacimiento en tal o cual de las subdivisiones administrativas del unitario imperio Indiano que empezaron en 1810 a desenvolverse y actuar de hecho como Estados, nos van a permitir que sigamos desde ahora camino adelante hacia el fin propuesto por una nueva ruta histórica de perspectivas singularmente atractivas.
    En ésta corresponde atender en primer término a la valoración exacta de las “Actas”,”Proclamaciones” y “Decretos” de Independencia dictadas en nuestra América con anterioridad a las Leyes Fundamentales sancionadas en la Florida el 25 de agosto de 1825. Éstas no interesan por ahora. Forman el desenlace de un proceso histórico distinto a todos los demás y ya se ve por ahí una razón valedera para apreciarla por separado.
    La serie de estos documentos a que referimos, si se descarta como corresponde en nuestro concepto la Declaratoria de la Independencia de las dos Floridas de Octubre de 1810 (éste fue un movimiento artificial fraguado por “extranjeros”) comienza con el “Acta” de las Provincias Unidas de Venezuela de 5 de julio de 1811 y debe concluir con la “Declaración” del Congreso Alto-Peruano de Chuquisaca de 6 de agosto de 1825.
    Entre dichas piezas se catalogan numerosas más y cómo una de ellas desde luego deberá contarse aunque no sepamos aún el dato formal relativo al modo de su presentación (Acta-Decreto o Proclama), la dictada por Artigas para nuestro propio Estado o Provincia Oriental del Uruguay que quedó constituido entre el 5 y 6 de abril de 1813.
    Ahora bien; examinados todos estos documentos, que pasan fácilmente de una veintena, a la luz de los antecedentes históricos , políticos, legislativos y de carácter social que hemos relacionado y si se recuerda y aprecia además el hecho de que no hubo ni podría hablarse válidamente de reasunción de soberanía usurpada en el caso a que referimos porque nuestros pueblos se desligaban de una dependencia que podría llamarse natural en el sentido de consubstanciación desde los orígenes con su propia vida a la manera de la filiación y no de una dependencia de extraño o extranjero impuesta en un determinado momento anterior por la violencia o el engaño ¿qué advertimos? ¿Qué consecuencias dignas de tenerse en cuenta se pueden extraer de dichos textos considerados en su letra y espíritu?
    Desde luego hallamos, sin afinar el análisis sino hasta lo indispensable para ver claro lo que ahora interesa, que ninguna de aquellas “Actas”, “Decretos” o “Proclamaciones”, salvo la del Alto Perú o Bolivia de 6 de agosto de 1825 (y la excepción sirve precisamente para fijar la regla) establece ni expresa ni implícitamente que la independencia declarada lo es en un sentido absoluto y general, vale decir, - para ser más precisos – ilimitadamente, respecto a todo el resto del mundo, incluso, por supuesto, los demás pueblos hermanos y convecinos de América.
    Razones políticas que no es del caso explayar en este momento, razones ajenas y por entonces superiores a la misma voluntad de los bolivianos determinaron que, como ya se ha expresado, en su “Declaratoria” se manifestase con intención de desligamiento total y sin condiciones “Y siendo” – como dice el documento referido, después de establecer el cese de toda dependencia de Fernando VII – “al mismo tiempo interesante a su dicha” (la futura del país) “no asociarse a ninguna de las repúblicas vecinas, se erige en un Estado soberano e independiente de todas las naciones tanto del viejo como del nuevo mundo”.
    Y bien; esta precisión final del vibrante texto alto-peruano no existe en las piezas congéneres a que referimos, ni por la letra ni en la intención presumible de sus redactores.
    Todo lo contrario; que, por otra parte, es lo que armoniza con el proceso histórico general de la Revolución es lo que allí puede advertirse. Para no engolfarnos por vía de comprobaciones en una pesada transcripción de textos, veamos simplemente cómo se formula en Tucumán el juramento de Independencia solemne, trámite complementario o de refrendo del “Acta”: “Juráis por Dios N. Señor y esta señal (de la cruz) promover y defender la Livertad de las Provincias Unidas en Sud América y su independencia del Rey de España Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y toda otra dominación extranjera?"
    Se ha dicho antes y ya se sabe por lo tanto, cuál era entonces en toda nuestra América la acepción del vocablo “extrangero”. Era lo mismo que en los tiempos anteriores a 1810, la calificante en abstracto de los que no siendo españoles tampoco eran indianos. De donde resulta, pues, que este juramento como el “Acta” que complementó hacía reserva bien que implícita de lo referente al resto de América.
    Seguíase en verdad reconociendo como existente la unidad territorial intangible que declaró la Real Ordenanza de Carlos V en 1519. Absoluta, irremediable, definitiva era desde luego la emancipación con respecto al Rey Fernando VII y sucesores, así como la equivalente independencia con respecto a los pueblos extraños o extranjeros, pero sólo DE HECHO y condicionada a la legítima exigencia de que se concordara en aquel libre voto con relación a los demás pueblos hermanos de América a quienes, sin cálculo anterior, con naturalidad y calma, se aguardaba para la “continuación” que diría gozoso nuestro Artigas.
    Y a propósito. Ya se ha expresado que con toda certeza en los días iniciales del Congreso que en abril de 1813 reunió en Tres Cruces el Jefe de los Orientales de viva voz o registrándola en documento que aún está perdido, también declaró o hizo que fuese declarada nuestra emancipación respecto a Fernando VII y sucesores e independencia frente a los pueblos extraños o extranjeros. Sin ese pronunciamiento previo que de hecho, por otra parte, ya se había manifestado en “la marcha de Salto” y negociaciones ulteriores con Paraguay y Buenos Aires, no se concebiría la exigencia 6ª del Pliego de condiciones establecido el 5 de abril para el juramento de subordinación a la Asamblea General Constituyente: “Será reconocida y garantida la Confederación ofensiva y defensiva de esta Banda con el resto de las Provincias Unidas renunciando cualquiera de ellas a la subyugación que se ha dado lugar por la conducta del anterior Gobierno”.
    Tampoco sería compatible sin esa previa exteriorización, la organización de un gobierno propio libremente estructurado como el que se establece el 20 de abril. Pero, por lo demás, existe para asegurar la firmeza de nuestra proposición conjetural el texto de la fórmula del juramento que los funcionarios dependientes de dicho gobierno debían de prestar al asumir sus cargos. Esta fórmula, modelada en la Declaración de Independencia de Massachusetts a la que por momentos copia letra a letra, decía así:
    “Juráis solemnemente que desempeñaras fiel e imparcialmente todas las obligaciones que te incumben a la felicidad de los pueblos y sus habitantes?
    “A que respondió Sí, Juro.
    “Juráis que esta Provincia pr. derecho deveser un estado libre soberano e independiente y que debe ser reprovada toda adección sujección y obediencia al Rey, Reyna, Príncipe, Princesa, Emperador y Gobierno Español y a todo otro poder Extrangero cualquiera que sea y que ningún príncipe Extragero persona Prelado, Estado potentado tienen ni deverá tener Jurisdicción alguna superioridad preminencia autoridad no otro poder cualquiera material sibil Eclesiástica dentro de esta Provincia esepto la autoridad y Poder que es o puede ser conferida pr. el Congreso Gral. de las Provincias Unidas?”
    “A que respondió Sí, Juro.
    Repítense en esta fórmula, como acaba de verse, los mismos conceptos del juramento establecido tres años después por el Congreso de Tucumán. Independencia absoluta irrevocable y sin condiciones con respecto a la dinastía española y a los Estados extranjeros. Sólo condicional y limitada al tiempo que fuese necesario para la integración de la libre familia americana, con respecto a los pueblos componentes de ella y cuya vinculación sellada en tres siglos de convivencia y comunes anhelos sólo – se piensa – duraría rota mientras persistiera “el estado de necesidad” creado por las urgencias de la Revolución General.
    Pero, lo que por lo demás interesa especialmente comprobar es que tampoco Artigas, como O´Higgins y Santander, otro prócer de América catalogado equivocadamente como sólo héroe nacional de su país nativo, concebía siquiera posible la disgregación continental. No, no era así; su mentalidad nutrida de tradiciones y enseñanzas de un pasado histórico de gloriosa unidad, no podía dejar de amarla sin motivo. En territorio limitado realizaba sin embargo su sacrificio de “sangre, sudor y lágrimas”! bajo el acicate inspirado y persistente de servir a toda nuestra América. Al coronel Domingo French le escribía el 14 de febrero de 1813 en momentos de preocupación agobiadora: “La libertad de la América es y será siempre el objeto de mi anhelo. Si mi honor empeñado ahora por la conducta maligna del señor Sarratea hace oir el grito de mi defensa, mi honradez nivelará mis pasos consiguientes, sin envilecerme jamás. Un lance funesto podrá arrancarme la vida, pero mi honor será siempre salvo y nunca la América (¡nótese!) podrá sonrojarse de mi nacimiento en ella”.
    ¡Ah, si se le hubiera escuchado a tiempo! ¡Si las oligarquías nacientes en lugar de ocultar sus planes de predominio centralizado en concepciones constitucionales extrañas a nuestro ambiente y por lo mismo de tonalidades atractivas para los amigos de la novelería, hubieran cedido en sus designios y reconocido personalidad d los “Pueblos Libres” que Artigas fomentaba en base a las repúblicas comunalistas de resplandeciente tradición indiana! Rotos los vínculos con la Corona, también naturalmente desaparecían las jerarquías de pueblo a pueblo que aquélla había establecido por solo razones – no siempre ajustadas – de mejor servicio. Lo único sólido, serio y con derecho a permanecer que quedaban eran los Cabildos de jurisdicciones preestablecidas. Y bien, todo el plan confederativo de Artigas consistía substancialmente en erigirlos en “Pueblos Libres” y reunirlos luego mediante pactos de común y recíproca garantía de los derechos retenidos. Centenares de Repúblicas, verdaderamente democráticas porque las regiría siempre y a veces directamente el vecindario, habrían florecido así en un primer momento sobre las ruinas de virreinatos y gobernaciones. Luego, sin violencia y sin esfuerzo, por la misma virtualidad unionista habrían venido surgiendo las nuevas y auténticas asociaciones de reuniones regionales; al fin – no es imaginación este vislumbre – no hubiera demorado mucho la concentración en Dieta General Confirmativa, nueva expresión de nuestra América.
    Sencillo y austero de pensamiento, Artigas escribía a Bolívar en 1819, sintiéndolo hermano de causa, sino de ideas estrictas: “Unidos íntimamente por vínculos de naturaleza y de intereses recíprocos, luchamos contra Tiranos que intentan profanar nuestros más sagrados derechos. La variedad en los acontecimientos de la Revolución y la inmensa distancia que nos separa, me ha privado la dulce satisfacción de impartirle tan feliz anuncio”. Y cerrando: “No puedo ser más expresivo en mis deseos que ofertando a V.E. la mayor cordialidad por la mejor armonía y la unión más estrecha. Afirmarla es obra de sostén por intereses recíprocos. Por mi parte nada será increpable y espero que V.E. corresponderá escrupulosamente a esta indicación de mi deseo”.
    En los mismos días de fechada esta carta al Libertador, - la coincidencia nos parece notable prueba del espíritu de hermandad americana – el ministro de Relaciones de Colombia firmaba en Angostura las instrucciones que extendió, de acuerdo con Bolivia, a los Comisionados en Londres Peñalver y Vergara y así se expresaba en el número 26: “Si el General Artigas tuviera algún Agente en la Corte Británica, será tratado con la consideración que merece un Jefe irreconciliable con la tiranía española; se hará cuando sea posible por la reunión a las Provincias de Buenos Aires y por su reconciliación con el Director de ellas”. Y continúa: “Los corsarios armados por M. Joli con bandera de Venezuela han represado y conducido a Margarita algunas presas hechas por los del General Artigas. Allí se han vendido y depositado su producto hasta averiguar la legitimidad de las patentes de los apresadores, pero una vez que sean respetados por los buques británicos y sus almirantes, se verificará la restitución”.
    A este intento se han dado en “El Correo de Orinoco” las publicaciones correspondientes; y el Gobierno actual de Venezuela no ha aprobado ninguna de estas represas. Será una satisfacción para Artigas y sus Agentes y un medio de procurar más eficazmente su concordia y reunión con Buenos Aires. En tal caso evacuarán los portugueses de Montevideo y sería incorporado en la unión de las Provincias del Río de la Plata”.
    Como se ve, a través de la inmensa distancia entre el Orinoco y el Plata – estaban tendidos los hilos invisibles del afecto y consideración recíprocos y existía vibrando el anhelo común de colaboración basado en la identidad de creencia sobre la unidad Americana.
    El motor que funcionando a todo régimen impulsando a la mutua atracción y al recíproco auxilio era el mismo que – salvadas las diferencias que se quieran de motivo ocasional – determinó centenares de demostraciones solidarias semejantes, en el transcurso de tres siglos entre las más apartadas regiones del ámbito continental.
    Herida una de ellas por un alzamiento indígena, por ejemplo, o amenazada de una invasión de corsarios siempre entonces todas las demás se aprestaron con espontánea rapidez a suministrar a la hermana agobiada su apoyo material y moral.
    También los triunfos de una eran celebrados como propios por todas las demás. El regocijo alcanzaba hasta donde podía llegar resonante la noticia, según su trascendencia. Así recordamos por vía de ejemplo, que el resultado final de las invasiones inglesas de 1806 a nuestro Río de la Plata fue celebrado en México en el mejor apoyo popular y pompa pocas veces usadas, lo mismo ocurría en Bogotá, igual en Lima, en Cuzco, en Arequipa, etc.
    Por lo demás, y volviendo en nuestro estudio al período de la Revolución, corresponde que recordemos por ser documento nobilísimo al par que ampliamente confirmatorio de estas modestas apreciaciones, el que se entregó por su Gobierno al Libertador San Martín con carácter de Instrucciones reservadas para su manejo en Chile después del glorioso paso de los Andes. De ese pliego leemos: “La consolidación de la independencia de la América de los Reyes de España sus sucesores y metrópoli y la gloria que aspiran en esta grande obra las Provincias Unidas del Sud son los únicos móviles a que debe atribuirse el impulso de la Campaña”. Se le advierte luego en este documento que liberado Chile de sus opresores deberán ser sus propios hijos los encargados de labrar los fundamentos de su estructura política, jurídica y económica, pero – agrégase – que no por ello se debe olvidar ni posponer el pensamiento central y fecundo, de constituir con el mismo Estado y a su tiempo también con el Perú, una sola entidad conjunta con las libres Provincias Unidas del Sud. En tal sentido recomendábasele a San Martin que hiciese pesar “su influjo y persuasión” (textual) “para que envíe – continúa – sus diputados al Congreso General de las Provincias Unidas a fin de que se constituya – (a su hora) – una forma de gobierno general (¡nótese!) que de toda América unida en identidad de causa, intereses y objetos constituya una sola Nación”.
    Todo esto, por otra parte, produce placer verificarlo – coincidía enteramente, como se verá enseguida, con las íntimas opiniones del gran Soldado de los Andes. En abril 1º de 1819, San Martín escribiéndole a un amigo decíale: “Mi país es toda la América” y en otra carta de noviembre de 1823 reiteraba su expresión, ampliándola en estos términos: “Usted, mi querido amigo, me ha tratado con inmediación: usted tiene una idea de mi modo de pensar y conoce hasta el punto que llegan mis sentimientos, no solo con respecto al Perú, sino de toda América, su independencia y felicidad; A ESTOS DOS OBJETOS SACRIFICARÍA MIL VIDAS”.
    De hecho nuestra América se pareció en 1810, pero pasarían todavía muchos años – decenas de años – antes de que sus hijos se conformasen resignados con esa disgregación en la que entró por muchos de otra parte la arbitrariedad y la fuerza en la distribución de lotes.
    No sin melancólica nostalgia el estadista guayaquileño Vicente Rocafuerte, de la generación que ya actuaba en 1810, escribía en 1844 evocando el buen tiempo pasado: “En aquella feliz época todos los americanos nos tratábamos con la mayor fraternidad. Todos eran amigos personales y aliados en la causa común de la Independencia; no existían esas diferencias de peruano, chileno, boliviano, ecuatoriano, granadino, etc., que tanto han contribuido (después) a debilitar la fuerza de nuestras simpatías”.
    De no haberse escuchado demasiado por gobernantes y políticos imperitos o interesados o urgidos por la vanidad de mandar a los oficiosos consejeros europeos que casi siempre operaban interesadamente, sea para colocar empréstitos con mayor frecuencia y facilidad, sea para obtener concesiones mineras y adquirir latifundios inmensos por menos de nada, pensamos que los intentos y reclamos de nueva reunión que de todas partes surgían, habrían cuajado en realizaciones más concretas y prácticas que el Congreso Americano que postula México durante una década. Estaba en el ambiente esta reagrupación; era el mandato supremo de tres siglos: nadie se atrevía a combatirlo abiertamente; sentíase como muy grave la responsabilidad consiguiente a semejante heterodoxia.
    Por modos ocultos o aviesos, fomentando desconfianzas inmotivadas y celos y rencores sin sentido entre los pueblos hermanos, o el odio a la España fundadora, odio sin justificaciones ni decoro, pero que conducía a cerrar con siete llaves con los recuerdos del pasado, el de los tiempos de fecunda unidad, trabajaron tempranos y cautos cultivadores, especialmente entre los “hombres de casaca”, olímpicos y tediosos como el porteño Rivadavia.
    Para que se compruebe aunque sea solo en parte, cómo, aún mucho después de asegurado el desenlace feliz de la revolución, en los Estados que parecían mejor formados estaba sin embargo todo, desde el ámbito territorial hasta la organización del Gobierno, aún oscilante y dudoso, nos limitaremos a leer estos párrafos de una Carta de Bolívar a Santander de 7 de mayo de 1826: “El Paraguay se ha ligado a Brasil y Bolivia tiene qué temer de esta liga. El Río de la Plata tiene que temer al Emperador y a la anarquía que se ha aumentado con la variación del gobierno de Buenos Aires. Chile tiene el corazón conmigo y su gobierno está aliado a Rivadavia. Córdoba me convida para que sea el Protector de la federación entre Buenos Aires, Chile y Bolivia. Este proyecto es del General Alvear que quiere cumplirlo a todo trance. El general O´Higgins con sus amigos también lo quiere y los pelucones de Chile que son ricos y numerosos. ¿Qué haré yo en este estado? Mucho he pensado y nada he resuelto. Unos (nótese) me aconsejan la reunión de un imperio de Potosí, a las bocas del Orinoco, otros o una federación positiva y tal que así supla a la general de América que dicen ser nominal y aérea. Yo estoy por el último partido; las dos repúblicas del Sur lo adoptarían con facilidad por tenerme a mí de protector”, etc.
    ¡Cuántas inquietudes, cuántas dudas y complicaciones puestas como para resolución sobre la mesa de trabajo de Bolívar! Y todo ello, ¿No era acaso una consecuencia del estado de ansiedad e inadecuación en que se hallaban en el vigente régimen los pueblos?
    Y bien; nuestra Provincia Oriental que con Artigas había sido rectora ejerciendo con desinterés y coraje esa función hasta lejanos pueblos del mediterráneo argentino (los enviados del “Patriarca de la Federación” llegaban en 1820 hasta Santiago; San Juan había quedado separada de hecho del núcleo americano) justamente en el año que hemos citado y que sería también – cruel destino del Patriarca – el del triunfo resonante de las repúblicas comunalistas embanderadas en el federalismo, sobre las oligarquías aislacionistas y prepotentes que se adueñaron de Buenos Aires. De derecho existe igualmente esa separación de la familia desde 1821 por resolución expresa del Congreso Cisplatino que, dígase lo que se quiera, no había sido de elección ni más ni menos legítima que muchos de los Parlamentos habido en el país durante cerca de un siglo, incluso – aunque de pasada, es bueno decirlo – la primera Asamblea Nacional Constituyente.
    Sentado lo que va dicho, podemos preguntarnos: Si el 25 de Agosto de 1825 el Congreso de la Florida se hubiese limitado a dictar la primera de las dos leyes que con carácter de Fundamentales dispuso aquel día, ¿no habría resultado como consecuencia el irrevocable alejamiento de los Orientales por voluntad de ellos mismos, de la familia americana? Evidentemente; si la Asamblea no hubiese dispuesto en forma expresa mediante la segunda de sus leyes, aquella reintegración a la unidad americana de la que hasta allí había salido – los únicos – los orientales y ello mismo porque la fuerza extraña los sustrajo, la independencia promulgada en la primera declaración no devolvería a este pueblo al plano en que estaban colocados sin embargo de independientes, todos los hermanos.
    Y eso es así porque ellos no habían pasado nunca por el estado de dependencias de extraños. Su tránsito sólo fue en todo caso de una subordinación natural a la emancipación legítima. No recobraron, sino que adquirieron una posesión por la Independencia y se ha de entender que dicha posesión sólo podía tener el alcance que le fijaron expresa y deliberadamente en las respectivas “actas” o “decretos” o “proclamaciones”.
    En nuestro caso, como se aclaró oportunamente, siempre aquel alcance fue establecido con relación al Rey de España y sus sucesores y a los Estados extranjeros. En consecuencia, ha de interpretarse que la voluntad de condominio, si así puede decirse, seguía imperando igual con los demás miembros de la comunidad americana.
    En la situación de la Provincia Oriental, esto último no era posible sin declaración expresa y ello es lo que motivó la segunda ley Fundamental que ha de mirarse precisamente por eso como complementaria de la primera y no como contradictoria. No era posible, decimos – y con ello damos fin a esta larga exposición – porque nuestro pueblo en 1825 iba a recobrar una categoría que ya anteriormente había tenido y si no fija expresamente su intención de volver a la comunidad americana de la cual se había alejado por la conquista extranjera señalando para ese regreso la vía lógica impuesta por la geografía que otrora siguió; si no se presenta alta la frente a decir a los hermanos que estaba lista para lo que llamó Artigas “la continuación”, también cierto es que nos habría correspondido a los orientales, por lo menos, el cargo irredimible de desertores de esta inmensa y gloriosa agrupación de pueblos creada hace cuatro siglos por el genio realizador y generoso de España.
    Conferencia dictada en el Directorio del Partido Nacional el 25/8/1944. Publicada en EL DEBATE el 28/8/1944. Integra el Libro póstumo: LA DISGREGACIÓN DEL REYNO DE INDIAS. Barreiro y Ramos S.A., 1981.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

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    TORNO A LAS ACTAS DEL 25 DE AGOSTO DE 1825
    Recopilado en "Estudios Históricos e Internacionales", de Felipe Ferreiro, Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, 1989
    EN TORNO A LAS ACTAS DEL 25 DE AGOSTO DE 1825
    Para poder valorar con criterio histórico las dos Leyes Fundamentales dictadas el 25 de Agosto de 1825 por la Asamblea Nacional de la Florida, preciso es que previamente sustraigamos por un momento nuestra atención de ese tema concreto y aún también de los motivos con él relacionados de ambiente oriental y consagraremos ese tiempo al anunciado de algunos antecedentes de historia general americana que, como ha de verse después, proyectarán claramente la luz que necesitan nuestras interpretaciones.
    Se sabe que Montevideo y la Banda Oriental, las dos partes sustanciales de nuestro territorio que Artigas reunió definitivamente unificándolas en cuerpo de Estado bajo el nombre de Provincia Oriental del Uruguay, fueron hasta 1810, de hecho y de derecho, segmentos o simples sectores de una unidad imperial – el Reino de las Indias – que abarcaba en su inmenso perímetro los territorios de ambas Américas que habían poblado los españoles.
    Una ley de las iniciales del período de Carlos V (la Real Cédula de 1519) que nunca fue modificada ni cayó en desuso, ley que ha sido invocada, y no sin razón, como precedente el más antiguo y sólido de la doctrina o actitud de Monroe porque puso el cimiento de la que ha sido llamada “política de los dos hemisferios”, autodenegó al Rey y a sus sucesores en la corona de Castilla, la potestad de disposición sobre las Islas y Tierras comprendidas ya entonces oficialmente bajo el nombre de Reyno de Indias.
    Y porque es nuestra voluntad y lo hemos prometido y jurado – dice el texto a que nos referimos – que siempre permanezcan unidas para su mayor perpetuidad y firmeza, prohibimos la enajenación de ellas”. Y continúa: “Y mandamos que en ningún tiempo puedan ser separadas de nuestra real corona de Castilla, desunidas (nótese) ni divididas en todo o en parte ni a favor de ninguna persona. Y considerando la fidelidad de nuestros vasallos y los trabajos que los descubridores y pobladores pasaron en su descubrimiento y población, para que tengan mayor certeza y confianza de que siempre estarán y permanecerán unidas a nuestra real corona, prometemos y damos nuestra fe y palabra real por Nos y los reyes nuestros sucesores de que para siempre jamás no serán enajenadas ni apartadas en todo o en parte ni sus ciudades ni poblaciones por ninguna causa o razón de ninguna persona; y si Nos o nuestros sucesores hiciéramos alguna donación contra lo susodicho, sea nula, y por tal declaramos”.
    Si esta ley memorable estatuyó la unidad y declaró la intangibilidad de nuestra América que por eso mismo se salvaría incólume de todos los negociados que envolvieran a España con las demás Cortes de Europa durante tres siglos, otra ley posterior en cincuenta años aún (la 4ª de las Ordenanzas de Felipe II de setiembre de 24 de 1571) la complementó sabiamente al autorizar al Consejo de Indias a subdividir los territorios de la unidad y volverlos a subdividir una y cuantas veces lo juzguen necesario según sus respectivos progresos en lo referente a administración (en sentido amplio) y también para lo espiritual. Vale decir que dentro de la unidad que seguía siendo indefectible se podían establecer y quitar o modificar jurisdicciones de virreinatos, gobernaciones, adelantazgos, audiencias, corregimientos, etcétera. Todo mudable, todo sujeto a cambios en categoría y límites, según pesaran en cada momento los distintos factores dignos de contemplar a juicio del jerarca. Por eso vemos que las Provincias Argentinas integrantes del Reino de Cuyo y la arribeña de Puno, al crearse el Virreinato del Reino del Plata con carácter de provisoriedad o prueba (1777) fueron agregadas a éste y segregadas de Chile y Perú, sin que esos cambios que mantuvieron para el primer caso y para el segundo, produjeran ni inquietudes ni rebeldías, y se vivía – notémoslo – en el último cuarto del siglo XVIII.
    De todo lo que va dicho resulta para extraer, porque nos interesa especialmente, una conclusión. Es ésta: al comenzar la guerra de la revolución (1810) en nuestra América no había fronteras de derecho; existían simplemente jurisdicciones de estabilidad y jerarquía no aseguradas. Lo firme, lo que tenía su tono y características propias inmutables que se explican por diversas razones del proceso histórico que en esta ocasión no es necesario entrar a detallar, eran las ciudades que ejercían según su importancia una hegemonía territorial más o menos visible y dilatada, pero en todo caso indiferente a las variaciones de jurisdicción siempre posibles.
    Pensamos por eso mismo que, durante la mal llamada época colonial, esta América nuestra fue en realidad, con respecto a lo sustancial, una asociación de repúblicas comunalistas que se distinguían entre sí por sus privilegios (verdaderas Cartas-Pueblas), sus riquezas o su posición geográfica.
    La indianidad, o sea la existencia y predicamento en la América civilizada por españoles de un concepto vital de unidad, sentido uniformemente en todas partes, era en 1810 una realidad más tangible, más clara, mucho más firme que el posible pero históricamente muy dudoso – para nosotros – de las restrictas nacionalidades.
    Y se explica. Las mismas leyes en lo civil, en lo comercial y en lo penal regían igualmente en todas partes. Eran idénticos idioma y religión. Las costumbres no tenían generalmente localidad porque el mismo frecuente trasiego de funcionarios eclesiásticos, civiles y militares las hacía recorrer en sus bagajes el ámbito entero y tomar asiento por lo mismo en todas partes. Recuerdo ahora de pasada haber leído que un inquisidor de Cartagena de Indias que anteriormente había servido en el Río de la Plata y cuyo nombre no retengo, falleció a mitad del siglo XVIII, según diagnóstico médico, por sorber con demasiada frecuencia yerba del Paraguay.
    En los documentos de identidad personal hasta aquella época y aún posteriormente, no se especifican – salvo excepciones – a uruguayos, argentinos, venezolanos, etc. Se habla entonces de nativos de Montevideo, o de Buenos aires, o de Caracas, o de Córdoba o de Maracaibo.
    Cuando Juan Ángel Michelena viene a gobernar a Montevideo, no es un venezolano el que llega sino un hijo de Coro; cuando Francisco Urdaneta va a combatir por la revolución en Venezuela, no es un uruguayo a quien se nombra, sino un montevideano. La patria es entonces para los Indianos la localidad nativa y sólo además su región de real hegemonía. La nación es América española entera. “Paisanos” se llaman siempre entre sí en Europa los originarios del continente. El porteño Miguel Belgrano así nos lo dice en nota aclaratoria puesta en una poesía publicada en 1801 con referencia al cubano Zayas, cuyo recuerdo allí evoca. “Es natural de la Habana –escribe Belgrano – y por costumbre nos llamamos paisanos todos los americanos aunque seamos de distintos continentes”.
    En la ocasión en que las tropas expedicionarias de Ortiz Ocampo en marcha de Buenos Aires a las Provincias de “Arriba” iban a entrar en Córdoba (septiembre de 1810) el jefe las proclamó diciéndoles: “En este instante, hermanos y compatriotas, pisáis ya el terreno que divide a vuestra amada Patria de la ciudad de Córdoba; de esta ciudad que habiendo dado en todos tiempos” etc. Y al final: “Acordaos que todo el continente americano (nótese cómo el concepto de estímulo no se detiene dentro del ámbito del virreinato) tiene fixa la vista sobre vuestra conducta sucesiva, tened presente que vuestra patria, vuestra amada Patria Buenos Ayres os observa y que pendiente de vuestros triunfos solo espera tener la primera noticia de ellos para escribiros en el número de sus primeros y más distinguidos defensores”, etc.
    Con motivo precisamente de aproximarse a Salta esta expedición “auxiliadora” de Ortiz Ocampo, el Patricio Garruchaga exhorta desde aquella ciudad a sus conterráneos a recibir como libertadores a los porteños que avanzan y les dice: “No, amados compatriotas, no, mis hermanos, no os dexeis alucinar de hombres tan sanguinarios” (refiere a Liniers y demás reaccionarios que también procuraban influir sobre los salteños). “Dejad – continúa – a esos campeones inhumanos en el abandono, corred únicamente con la más fraternal unión a consolidar nuestro Patrio y sabio gobierno (alude al revolucionario de Salta), corred unánimes todos a defenderlo con generosidad y entusiasmo; ya tenéis el ejemplo de valor amoroso de vuestros hermanos los Porteños”.
    Patria es entonces término equivalente en lo social a República en lo político, de modo que dentro del imperio indiano existen multitud de patrias o repúblicas comunalistas (unidas invariables, distribuidas dentro de jurisdicciones de la administración Real variables: los virreinatos, gobernaciones, etc.) que ellas sí tienen sus rasgos propios y diferenciados impresos por los factores circundantes o derivados del otorgado privilegio real o del grado de evolución de la cultura ambiente o de la situación jerárquica predominante o de subordinación en lo que respecta al funcionariado perteneciente a la Iglesia o a la Corona.
    La fuerza potente de las Repúblicas comunalistas (base de los “Pueblos Libres” que instituye Artigas) obstaba tanto como la inestabilidad de las jurisdicciones a la formación real de agregaciones mayores del tipo nación dentro del continente. Cuando alguna de éstas se nos muestra antes de 1810, como el Paraguay, no es en realidad más que una apariencia. Lo verdadero en este caso como en cualquier otro que se presente es que existe influyendo decisivamente en toda la región una sola comuna fuerte y dotada de vigor hegemónico; en el ejemplo citado se ve a Asunción, ciudad en donde casi un siglo antes de la Revolución el Dr. Mompox “inculcaba” al pueblo, según el Padre Lozano que “el poder del Común de cualquier república, ciudad, villa o aldea”… “era más poderoso que el mismo rey”.
    En la obediencia a la autoridad del Monarca se hallaba el lazo permanente más eficaz de unión de las repúblicas y cuando aquél dejó el Trono envuelto por las maniobras y luchas de la tentativa usurpadora de Napoleón, dicho lazo se halla para todas por igual, en convergencia de sentimientos tan espontáneos como naturales en la defensa común del continente, interés de todos interpretado de diversas maneras, pero con igual intención conservadora.
    Para los revolucionarios, América suple al Rey; para los reaccionarios la unidad indiana sólo se conservará si permanece, aunque idealmente, la obediencia al monarca.
    En las ciudades ahora libres, se otorgan cartas de ciudadanía que anteriormente sólo concedía el Trono, pero no es su nombre ni a título de vasallos de él, o nuevos integrantes de la comunidad concedente, sino en nombre de América y con la extensión de “ciudadanos de América”. El 14 de diciembre de 1810, en acuerdo del Ayuntamiento de Potosí, se dispuso: “Siendo constantes y notorios a este Ilustre Cuerpo y su numeroso vecindario los sentimientos patrióticos que ha mantenido el presentante en honor de la verdad y de la justa causa que defiende la Exma. Junta de la Capital de Buenos Aires, hasta sufrir por el antiguo gobierno y de su tropa militar los insultos de su persona en Tupiza y su retroceso a esta Villa con perjuicios insanables en su giro de comercio y abandono de sus cargas y últimamente con la prisión fulminada a principios de Noviembre por no ser partidario del despotismo y la tiranía; bajo de este concepto y del largo transcurso de más de veinte años que habita en estos dominios; declárese (nótese bien) a don Pablo Soria por ciudadano americano, honrado y fiel hijo y patriota suyo”, etc.
    En 1812, el gobierno triunviral de Buenos Aires, para regularizar el otorgamiento de los mismos documentos que hasta allí habían sido expedidos en forma desordenada, estableció un formulario oficial único que lleva estas palabras por encabezamiento: “Del título de ciudadano americano del Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata”, etc. En el cuestionario a que se sujetarán a sus efectos los solicitantes, se establece la necesidad de “haber dado las pruebas más positivas de su adhesión a la causa santa de la libertad del pueblo americano”, etc. Por otra parte, en fórmula que debía llenar el gestionante para iniciar el respectivo trámite, tenía que manifestar su aspiración a (textual) “formar una parte de la gran familia americana, reconocer la soberanía del pueblo, obedecer a su gobierno, sostener la conservación del sistema y resistir con las armas cualesquiera agresiones que se intenten contra el país, por los españoles o cualesquiera otra nación extranjera”.
    Recalcamos como nota importante de estas transcripciones, el concepto vigente, aun cuando ya los nuevos Estados comenzaban a perfilarse, de considerar nacionales a todos los hijos de nuestra América y extranjeros a los que no lo eran, incluso, desde luego, los españoles.
    Este concepto rige entonces en todas partes y siguió imperando hasta mucho después. Se explica; no era de aparato, no era producto de elucubraciones intelectuales más o menos brillantes. Respondía a un estado de cosas de existencia antigua y visible. Éste es el mismo que permitía a Francisco de Paula Santander, hoy héroe nacional de Colombia, cuando si fuésemos más lógicos debíamos considerarlo como prócer de América nacido en Bogotá, que escribiese en julio 6 de 1818 al Director del “Correo del Orinoco” una epístola en la que entre otras cosas, dice: “aunque he nacido en la Nueva Granada no soy más que americano y mi patria es cualesquiera rincón de América en que no tenga el más pequeño influyo el gobierno español”.
    Es también dicho estado de cosas el mismo que determinaría a Bernardo O´Higgins, hoy héroe nacional de Chile, cuando si fuésemos más sinceros tendríamos que señalarlo como prócer de América nacido en Chillán, a publicar en el “Mercurio Peruano” de 7 de septiembre de 1826 una proclama que empieza así: “Por la independencia de América sacrifiqué en Chile mi patria, mis mejores años, mi salud y mis bienes”, etc.
    Por lo demás, concretando al campo de la historia rioplatense, nuestra observación para establecer pruebas objetivas de la vigencia de dicho concepto (no entramos a la historia general porque solo este tópico agotaría nuestro tiempo) advertimos que, por ejemplo, el proyecto de constitución elaborado en la Sociedad Patriótica de Buenos Aires en 1812 estatuía que “todo hombre, libre y nacido y residente en las Provincias Unidas es ciudadano americano desde que llegue a la edad de veinte años”.
    Tomamos nota de que la Constitución de Santa Fe en 1820 disponía en lo que respecta al punto: “Todo americano es ciudadano más debe estar suspendido de este ejercicio, siempre que se halle en la actitud que especifican los artículos siguientes”, y en éstos, dicho sea de pasada, sólo se alude a las causales de suspensión comunes a todos los códigos políticos de la época.
    Estatuía igualmente en esta Sección la Constitución de Entre Ríos de 1822: “Son ciudadanos y gozan de todos los derechos de tales activos y pasivos en la provincia, todos los hijos nativos de ella y demás americanos naturales de cualquier pueblo o provincia de los territorios que fueron españoles en ambas Américas, que residan en ella de presente y residiesen en adelante”.
    La Constitución o Reglamento de Corrientes de 1822, complementado en esta parte por una ley interpretativa de 28 de diciembre, declaró igualmente comprendidos en la categoría de ciudadanos de la Provincia a todos los hijos de nuestra América, allí avecinados y de edad determinada.
    No a otra razón que la anteriormente apuntada podría deberse en 1822 en la “Provincia y República Federal de Tucumán” se otorgasen cartas de ciudadanía del tenor de las que extractaré a continuación: “Por cuanto D. Bernardo Caribe y Ribacoba natural de los Reinos de España y vecino de esta capital de muchos años a esta parte, después de reunir a satisfacción de esta Suprema Presidencia, todas las calidades acordadas para la naturalización de los individuos nacidos en otros Reinos, ha protestado de nuevo los ardientes deseos que lo asisten de ser incorporado (nótese) en la sociedad americana, etc. etc., he venido en declararlo como lo declaro, etc. etc.”
    Proyectando ahora la atención sobre nuestro propio país, comprobamos que idénticas a las expuestas son las ideas y los hechos que pasan. A iguales causas, efectos semejantes. En 25 de abril de 1816, el Cabildo de Maldonado (una de nuestras cinco repúblicas comunalistas) que con anterioridad había circulado órdenes a los jueces territoriales de su jurisdicción para que levantasen el Padrón regional, volvía a oficiarles así: “En el Padrón que debe formarse en esa jurisdicción deben alistar únicamente americanos, pues, no siendo éstos, los demás son extranjeros”. Sigue siendo aún de aplicación entre nosotros este concepto, nueve años más tarde. En 1825, justamente con motivo de la elección de los miembros de la Asamblea Nacional de la Florida, se estableció lo siguiente en el artículo 9º de las Instrucciones pasadas por el Gobierno Provisorio de los Pueblos, el día 17 de junio: “Acto continuo reunidos los electores, harán el nombramiento del Diputado en el individuo que mereciese su confianza, sea de la clase civil, militar o eclesiástica, reuniéndose (nótese) las circunstancias de Americano o con carta de ciudadanía; propietario y residente en cualquiera de los distintos pueblos de la Provincia, y conocido amigo de su independencia”. No había, pues, distinción entre orientales y americanos; éstos para nosotros no eran considerados extranjeros. El cambio de rumbo recién se operaría por disposición constitucional, pero como las leyes no modifican jamás los sentimientos sinceros ni pueden tampoco acallar las voces de la sangre, resulta que no obstante el precepto, para los hombres bien nacidos – por lo menos – sigue rigiendo moralmente el viejo y natural concepto fraternalista.
    El general Manuel Oribe en julio 4 de 1835 al agradecer y acusar recibo de una cariñosa felicitación que le enviara el coronel argentino pero nativo de Montevideo, José María Echeandía por su ascensión al solio presidencial, escribió esto: “Antiguo y apreciado compañero” (aclaremos que Oribe y Echeandía pertenecían a la misma promoción académica). “Contesto con algún retardo a su estimada del 1º p.pdo. Junio agradeciéndole la sincera expresión que vierte en las felicitaciones que me dirige. Trabajaré constantemente para merecer, tanto de los extranjeros como de los argentinos y orientales mis caros compatriotas los honoríficos conceptos con que V. me favorece”, etc.
    El mismo Oribe a principios de Marzo había librado a todos los pueblos del Continente, por conducto de su Cancillería, una nota circular destinada a hacerles conocer su elección, en la que se emplearon estos términos que armonizan en suprema concordancia con las expresiones de su carta privada a Echeandía: “Al instalarse en tan delicada misión, contempla que el primer paso que ella le aconseja como Jefe de uno de los pueblos que integran (nótese) la gran familia americana es manifestar a los Gobiernos que presiden los demás Estados de la Confederación, los sentimientos que le animan para la prosperidad de las Repúblicas hermanas”, etc.
    Pero no paran aquí las manifestaciones profundamente fraternalistas del general Oribe. Como que ellas obedecían a una sentida convicción, a un concepto de parentesco más prosaico que político, pero también por lo mismo más espontáneo y más rutinario en las reacciones (no interesan si pueden éstas escandalizar) ocurrió que a los doce años de haber hablado como se ha visto de una Confederación que materialmente no existía al referirse a los demás Estados de nuestra América, se le presenta la superior oportunidad de darle contenido a aquel pensamiento y poner de relieve, por otra parte, su fidelidad a la tradición.
    El caso a que referimos está inscripto en un volumen publicado no ha mucho del Archivo Diplomático del Perú y se constituye con la respuesta que dio a una consulta del Gobierno de aquel país hermano sobre las posibilidades de apoyarlo en la eventualidad de tener que repeler por la fuerza la invasión que entonces (1846 - 47) se anunciaba amenazante del Mariscal Santa Cruz en connivencia o bajo la protección del Gobierno Español.
    A esa consulta respondió en nombre del General Oribe su ministro de Relaciones Exteriores Dr. Villademoros expresando: “Por su parte el Gobierno de S.E. el Presidente no correspondería a sus ardorosos sentimientos Americanos, si pudiese un solo momento mirar con indiferencia el atentado que se prepara torpemente contra la libertad e independencia de las Repúblicas Sud Americanas. Así es que uniendo el suyo al grito del Continente indignado declara sin exsitaciones que mirará como injuria o ofensa propia la que en este caso se infiriese a cualquiera de las Repúblicas de Sud-América; que pondrá en acción todos sus esfuerzos y recursos para combatir la odiosa invasión y que estará pronto a correr con ellos, a donde quiera que lo haga necesario el peligro común”.
    Dejamos librado al pensamiento de los oyentes las reflexiones que suscita el texto leído y pasamos a tratar un nuevo punto de esta exposición.
    Todas las precisiones que hasta aquí hemos establecido y especialmente las destinadas a fijar, por una parte, la acepción o alcance que daban los americanos de 1810 a 1830 al vocablo “extranjero” y por otra la de la inexistencia para aquéllos de motivos de diferenciación entre ellos mismos por razones de nacimiento en tal o cual de las subdivisiones administrativas del unitario imperio Indiano que empezaron en 1810 a desenvolverse y actuar de hecho como Estados, nos van a permitir que sigamos desde ahora camino adelante hacia el fin propuesto por una nueva ruta histórica de perspectivas singularmente atractivas.
    En ésta corresponde atender en primer término a la valoración exacta de las “Actas”,”Proclamaciones” y “Decretos” de Independencia dictadas en nuestra América con anterioridad a las Leyes Fundamentales sancionadas en la Florida el 25 de agosto de 1825. Éstas no interesan por ahora. Forman el desenlace de un proceso histórico distinto a todos los demás y ya se ve por ahí una razón valedera para apreciarla por separado.
    La serie de estos documentos a que referimos, si se descarta como corresponde en nuestro concepto la Declaratoria de la Independencia de las dos Floridas de Octubre de 1810 (éste fue un movimiento artificial fraguado por “extranjeros”) comienza con el “Acta” de las Provincias Unidas de Venezuela de 5 de julio de 1811 y debe concluir con la “Declaración” del Congreso Alto-Peruano de Chuquisaca de 6 de agosto de 1825.
    Entre dichas piezas se catalogan numerosas más y cómo una de ellas desde luego deberá contarse aunque no sepamos aún el dato formal relativo al modo de su presentación (Acta-Decreto o Proclama), la dictada por Artigas para nuestro propio Estado o Provincia Oriental del Uruguay que quedó constituido entre el 5 y 6 de abril de 1813.
    Ahora bien; examinados todos estos documentos, que pasan fácilmente de una veintena, a la luz de los antecedentes históricos , políticos, legislativos y de carácter social que hemos relacionado y si se recuerda y aprecia además el hecho de que no hubo ni podría hablarse válidamente de reasunción de soberanía usurpada en el caso a que referimos porque nuestros pueblos se desligaban de una dependencia que podría llamarse natural en el sentido de consubstanciación desde los orígenes con su propia vida a la manera de la filiación y no de una dependencia de extraño o extranjero impuesta en un determinado momento anterior por la violencia o el engaño ¿qué advertimos? ¿Qué consecuencias dignas de tenerse en cuenta se pueden extraer de dichos textos considerados en su letra y espíritu?
    Desde luego hallamos, sin afinar el análisis sino hasta lo indispensable para ver claro lo que ahora interesa, que ninguna de aquellas “Actas”, “Decretos” o “Proclamaciones”, salvo la del Alto Perú o Bolivia de 6 de agosto de 1825 (y la excepción sirve precisamente para fijar la regla) establece ni expresa ni implícitamente que la independencia declarada lo es en un sentido absoluto y general, vale decir, - para ser más precisos – ilimitadamente, respecto a todo el resto del mundo, incluso, por supuesto, los demás pueblos hermanos y convecinos de América.
    Razones políticas que no es del caso explayar en este momento, razones ajenas y por entonces superiores a la misma voluntad de los bolivianos determinaron que, como ya se ha expresado, en su “Declaratoria” se manifestase con intención de desligamiento total y sin condiciones “Y siendo” – como dice el documento referido, después de establecer el cese de toda dependencia de Fernando VII – “al mismo tiempo interesante a su dicha” (la futura del país) “no asociarse a ninguna de las repúblicas vecinas, se erige en un Estado soberano e independiente de todas las naciones tanto del viejo como del nuevo mundo”.
    Y bien; esta precisión final del vibrante texto alto-peruano no existe en las piezas congéneres a que referimos, ni por la letra ni en la intención presumible de sus redactores.
    Todo lo contrario; que, por otra parte, es lo que armoniza con el proceso histórico general de la Revolución es lo que allí puede advertirse. Para no engolfarnos por vía de comprobaciones en una pesada transcripción de textos, veamos simplemente cómo se formula en Tucumán el juramento de Independencia solemne, trámite complementario o de refrendo del “Acta”: “Juráis por Dios N. Señor y esta señal (de la cruz) promover y defender la Livertad de las Provincias Unidas en Sud América y su independencia del Rey de España Fernando VII, sus sucesores y metrópoli y toda otra dominación extranjera?"
    Se ha dicho antes y ya se sabe por lo tanto, cuál era entonces en toda nuestra América la acepción del vocablo “extrangero”. Era lo mismo que en los tiempos anteriores a 1810, la calificante en abstracto de los que no siendo españoles tampoco eran indianos. De donde resulta, pues, que este juramento como el “Acta” que complementó hacía reserva bien que implícita de lo referente al resto de América.
    Seguíase en verdad reconociendo como existente la unidad territorial intangible que declaró la Real Ordenanza de Carlos V en 1519. Absoluta, irremediable, definitiva era desde luego la emancipación con respecto al Rey Fernando VII y sucesores, así como la equivalente independencia con respecto a los pueblos extraños o extranjeros, pero sólo DE HECHO y condicionada a la legítima exigencia de que se concordara en aquel libre voto con relación a los demás pueblos hermanos de América a quienes, sin cálculo anterior, con naturalidad y calma, se aguardaba para la “continuación” que diría gozoso nuestro Artigas.
    Y a propósito. Ya se ha expresado que con toda certeza en los días iniciales del Congreso que en abril de 1813 reunió en Tres Cruces el Jefe de los Orientales de viva voz o registrándola en documento que aún está perdido, también declaró o hizo que fuese declarada nuestra emancipación respecto a Fernando VII y sucesores e independencia frente a los pueblos extraños o extranjeros. Sin ese pronunciamiento previo que de hecho, por otra parte, ya se había manifestado en “la marcha de Salto” y negociaciones ulteriores con Paraguay y Buenos Aires, no se concebiría la exigencia 6ª del Pliego de condiciones establecido el 5 de abril para el juramento de subordinación a la Asamblea General Constituyente: “Será reconocida y garantida la Confederación ofensiva y defensiva de esta Banda con el resto de las Provincias Unidas renunciando cualquiera de ellas a la subyugación que se ha dado lugar por la conducta del anterior Gobierno”.
    Tampoco sería compatible sin esa previa exteriorización, la organización de un gobierno propio libremente estructurado como el que se establece el 20 de abril. Pero, por lo demás, existe para asegurar la firmeza de nuestra proposición conjetural el texto de la fórmula del juramento que los funcionarios dependientes de dicho gobierno debían de prestar al asumir sus cargos. Esta fórmula, modelada en la Declaración de Independencia de Massachusetts a la que por momentos copia letra a letra, decía así:
    “Juráis solemnemente que desempeñaras fiel e imparcialmente todas las obligaciones que te incumben a la felicidad de los pueblos y sus habitantes?
    “A que respondió Sí, Juro.
    “Juráis que esta Provincia pr. derecho deveser un estado libre soberano e independiente y que debe ser reprovada toda adección sujección y obediencia al Rey, Reyna, Príncipe, Princesa, Emperador y Gobierno Español y a todo otro poder Extrangero cualquiera que sea y que ningún príncipe Extragero persona Prelado, Estado potentado tienen ni deverá tener Jurisdicción alguna superioridad preminencia autoridad no otro poder cualquiera material sibil Eclesiástica dentro de esta Provincia esepto la autoridad y Poder que es o puede ser conferida pr. el Congreso Gral. de las Provincias Unidas?”
    “A que respondió Sí, Juro.
    Repítense en esta fórmula, como acaba de verse, los mismos conceptos del juramento establecido tres años después por el Congreso de Tucumán. Independencia absoluta irrevocable y sin condiciones con respecto a la dinastía española y a los Estados extranjeros. Sólo condicional y limitada al tiempo que fuese necesario para la integración de la libre familia americana, con respecto a los pueblos componentes de ella y cuya vinculación sellada en tres siglos de convivencia y comunes anhelos sólo – se piensa – duraría rota mientras persistiera “el estado de necesidad” creado por las urgencias de la Revolución General.
    Pero, lo que por lo demás interesa especialmente comprobar es que tampoco Artigas, como O´Higgins y Santander, otro prócer de América catalogado equivocadamente como sólo héroe nacional de su país nativo, concebía siquiera posible la disgregación continental. No, no era así; su mentalidad nutrida de tradiciones y enseñanzas de un pasado histórico de gloriosa unidad, no podía dejar de amarla sin motivo. En territorio limitado realizaba sin embargo su sacrificio de “sangre, sudor y lágrimas”! bajo el acicate inspirado y persistente de servir a toda nuestra América. Al coronel Domingo French le escribía el 14 de febrero de 1813 en momentos de preocupación agobiadora: “La libertad de la América es y será siempre el objeto de mi anhelo. Si mi honor empeñado ahora por la conducta maligna del señor Sarratea hace oir el grito de mi defensa, mi honradez nivelará mis pasos consiguientes, sin envilecerme jamás. Un lance funesto podrá arrancarme la vida, pero mi honor será siempre salvo y nunca la América (¡nótese!) podrá sonrojarse de mi nacimiento en ella”.
    ¡Ah, si se le hubiera escuchado a tiempo! ¡Si las oligarquías nacientes en lugar de ocultar sus planes de predominio centralizado en concepciones constitucionales extrañas a nuestro ambiente y por lo mismo de tonalidades atractivas para los amigos de la novelería, hubieran cedido en sus designios y reconocido personalidad d los “Pueblos Libres” que Artigas fomentaba en base a las repúblicas comunalistas de resplandeciente tradición indiana! Rotos los vínculos con la Corona, también naturalmente desaparecían las jerarquías de pueblo a pueblo que aquélla había establecido por solo razones – no siempre ajustadas – de mejor servicio. Lo único sólido, serio y con derecho a permanecer que quedaban eran los Cabildos de jurisdicciones preestablecidas. Y bien, todo el plan confederativo de Artigas consistía substancialmente en erigirlos en “Pueblos Libres” y reunirlos luego mediante pactos de común y recíproca garantía de los derechos retenidos. Centenares de Repúblicas, verdaderamente democráticas porque las regiría siempre y a veces directamente el vecindario, habrían florecido así en un primer momento sobre las ruinas de virreinatos y gobernaciones. Luego, sin violencia y sin esfuerzo, por la misma virtualidad unionista habrían venido surgiendo las nuevas y auténticas asociaciones de reuniones regionales; al fin – no es imaginación este vislumbre – no hubiera demorado mucho la concentración en Dieta General Confirmativa, nueva expresión de nuestra América.
    Sencillo y austero de pensamiento, Artigas escribía a Bolívar en 1819, sintiéndolo hermano de causa, sino de ideas estrictas: “Unidos íntimamente por vínculos de naturaleza y de intereses recíprocos, luchamos contra Tiranos que intentan profanar nuestros más sagrados derechos. La variedad en los acontecimientos de la Revolución y la inmensa distancia que nos separa, me ha privado la dulce satisfacción de impartirle tan feliz anuncio”. Y cerrando: “No puedo ser más expresivo en mis deseos que ofertando a V.E. la mayor cordialidad por la mejor armonía y la unión más estrecha. Afirmarla es obra de sostén por intereses recíprocos. Por mi parte nada será increpable y espero que V.E. corresponderá escrupulosamente a esta indicación de mi deseo”.
    En los mismos días de fechada esta carta al Libertador, - la coincidencia nos parece notable prueba del espíritu de hermandad americana – el ministro de Relaciones de Colombia firmaba en Angostura las instrucciones que extendió, de acuerdo con Bolivia, a los Comisionados en Londres Peñalver y Vergara y así se expresaba en el número 26: “Si el General Artigas tuviera algún Agente en la Corte Británica, será tratado con la consideración que merece un Jefe irreconciliable con la tiranía española; se hará cuando sea posible por la reunión a las Provincias de Buenos Aires y por su reconciliación con el Director de ellas”. Y continúa: “Los corsarios armados por M. Joli con bandera de Venezuela han represado y conducido a Margarita algunas presas hechas por los del General Artigas. Allí se han vendido y depositado su producto hasta averiguar la legitimidad de las patentes de los apresadores, pero una vez que sean respetados por los buques británicos y sus almirantes, se verificará la restitución”.
    A este intento se han dado en “El Correo de Orinoco” las publicaciones correspondientes; y el Gobierno actual de Venezuela no ha aprobado ninguna de estas represas. Será una satisfacción para Artigas y sus Agentes y un medio de procurar más eficazmente su concordia y reunión con Buenos Aires. En tal caso evacuarán los portugueses de Montevideo y sería incorporado en la unión de las Provincias del Río de la Plata”.
    Como se ve, a través de la inmensa distancia entre el Orinoco y el Plata – estaban tendidos los hilos invisibles del afecto y consideración recíprocos y existía vibrando el anhelo común de colaboración basado en la identidad de creencia sobre la unidad Americana.
    El motor que funcionando a todo régimen impulsando a la mutua atracción y al recíproco auxilio era el mismo que – salvadas las diferencias que se quieran de motivo ocasional – determinó centenares de demostraciones solidarias semejantes, en el transcurso de tres siglos entre las más apartadas regiones del ámbito continental.
    Herida una de ellas por un alzamiento indígena, por ejemplo, o amenazada de una invasión de corsarios siempre entonces todas las demás se aprestaron con espontánea rapidez a suministrar a la hermana agobiada su apoyo material y moral.
    También los triunfos de una eran celebrados como propios por todas las demás. El regocijo alcanzaba hasta donde podía llegar resonante la noticia, según su trascendencia. Así recordamos por vía de ejemplo, que el resultado final de las invasiones inglesas de 1806 a nuestro Río de la Plata fue celebrado en México en el mejor apoyo popular y pompa pocas veces usadas, lo mismo ocurría en Bogotá, igual en Lima, en Cuzco, en Arequipa, etc.
    Por lo demás, y volviendo en nuestro estudio al período de la Revolución, corresponde que recordemos por ser documento nobilísimo al par que ampliamente confirmatorio de estas modestas apreciaciones, el que se entregó por su Gobierno al Libertador San Martín con carácter de Instrucciones reservadas para su manejo en Chile después del glorioso paso de los Andes. De ese pliego leemos: “La consolidación de la independencia de la América de los Reyes de España sus sucesores y metrópoli y la gloria que aspiran en esta grande obra las Provincias Unidas del Sud son los únicos móviles a que debe atribuirse el impulso de la Campaña”. Se le advierte luego en este documento que liberado Chile de sus opresores deberán ser sus propios hijos los encargados de labrar los fundamentos de su estructura política, jurídica y económica, pero – agrégase – que no por ello se debe olvidar ni posponer el pensamiento central y fecundo, de constituir con el mismo Estado y a su tiempo también con el Perú, una sola entidad conjunta con las libres Provincias Unidas del Sud. En tal sentido recomendábasele a San Martin que hiciese pesar “su influjo y persuasión” (textual) “para que envíe – continúa – sus diputados al Congreso General de las Provincias Unidas a fin de que se constituya – (a su hora) – una forma de gobierno general (¡nótese!) que de toda América unida en identidad de causa, intereses y objetos constituya una sola Nación”.
    Todo esto, por otra parte, produce placer verificarlo – coincidía enteramente, como se verá enseguida, con las íntimas opiniones del gran Soldado de los Andes. En abril 1º de 1819, San Martín escribiéndole a un amigo decíale: “Mi país es toda la América” y en otra carta de noviembre de 1823 reiteraba su expresión, ampliándola en estos términos: “Usted, mi querido amigo, me ha tratado con inmediación: usted tiene una idea de mi modo de pensar y conoce hasta el punto que llegan mis sentimientos, no solo con respecto al Perú, sino de toda América, su independencia y felicidad; A ESTOS DOS OBJETOS SACRIFICARÍA MIL VIDAS”.
    De hecho nuestra América se pareció en 1810, pero pasarían todavía muchos años – decenas de años – antes de que sus hijos se conformasen resignados con esa disgregación en la que entró por muchos de otra parte la arbitrariedad y la fuerza en la distribución de lotes.
    No sin melancólica nostalgia el estadista guayaquileño Vicente Rocafuerte, de la generación que ya actuaba en 1810, escribía en 1844 evocando el buen tiempo pasado: “En aquella feliz época todos los americanos nos tratábamos con la mayor fraternidad. Todos eran amigos personales y aliados en la causa común de la Independencia; no existían esas diferencias de peruano, chileno, boliviano, ecuatoriano, granadino, etc., que tanto han contribuido (después) a debilitar la fuerza de nuestras simpatías”.
    De no haberse escuchado demasiado por gobernantes y políticos imperitos o interesados o urgidos por la vanidad de mandar a los oficiosos consejeros europeos que casi siempre operaban interesadamente, sea para colocar empréstitos con mayor frecuencia y facilidad, sea para obtener concesiones mineras y adquirir latifundios inmensos por menos de nada, pensamos que los intentos y reclamos de nueva reunión que de todas partes surgían, habrían cuajado en realizaciones más concretas y prácticas que el Congreso Americano que postula México durante una década. Estaba en el ambiente esta reagrupación; era el mandato supremo de tres siglos: nadie se atrevía a combatirlo abiertamente; sentíase como muy grave la responsabilidad consiguiente a semejante heterodoxia.
    Por modos ocultos o aviesos, fomentando desconfianzas inmotivadas y celos y rencores sin sentido entre los pueblos hermanos, o el odio a la España fundadora, odio sin justificaciones ni decoro, pero que conducía a cerrar con siete llaves con los recuerdos del pasado, el de los tiempos de fecunda unidad, trabajaron tempranos y cautos cultivadores, especialmente entre los “hombres de casaca”, olímpicos y tediosos como el porteño Rivadavia.
    Para que se compruebe aunque sea solo en parte, cómo, aún mucho después de asegurado el desenlace feliz de la revolución, en los Estados que parecían mejor formados estaba sin embargo todo, desde el ámbito territorial hasta la organización del Gobierno, aún oscilante y dudoso, nos limitaremos a leer estos párrafos de una Carta de Bolívar a Santander de 7 de mayo de 1826: “El Paraguay se ha ligado a Brasil y Bolivia tiene qué temer de esta liga. El Río de la Plata tiene que temer al Emperador y a la anarquía que se ha aumentado con la variación del gobierno de Buenos Aires. Chile tiene el corazón conmigo y su gobierno está aliado a Rivadavia. Córdoba me convida para que sea el Protector de la federación entre Buenos Aires, Chile y Bolivia. Este proyecto es del General Alvear que quiere cumplirlo a todo trance. El general O´Higgins con sus amigos también lo quiere y los pelucones de Chile que son ricos y numerosos. ¿Qué haré yo en este estado? Mucho he pensado y nada he resuelto. Unos (nótese) me aconsejan la reunión de un imperio de Potosí, a las bocas del Orinoco, otros o una federación positiva y tal que así supla a la general de América que dicen ser nominal y aérea. Yo estoy por el último partido; las dos repúblicas del Sur lo adoptarían con facilidad por tenerme a mí de protector”, etc.
    ¡Cuántas inquietudes, cuántas dudas y complicaciones puestas como para resolución sobre la mesa de trabajo de Bolívar! Y todo ello, ¿No era acaso una consecuencia del estado de ansiedad e inadecuación en que se hallaban en el vigente régimen los pueblos?
    Y bien; nuestra Provincia Oriental que con Artigas había sido rectora ejerciendo con desinterés y coraje esa función hasta lejanos pueblos del mediterráneo argentino (los enviados del “Patriarca de la Federación” llegaban en 1820 hasta Santiago; San Juan había quedado separada de hecho del núcleo americano) justamente en el año que hemos citado y que sería también – cruel destino del Patriarca – el del triunfo resonante de las repúblicas comunalistas embanderadas en el federalismo, sobre las oligarquías aislacionistas y prepotentes que se adueñaron de Buenos Aires. De derecho existe igualmente esa separación de la familia desde 1821 por resolución expresa del Congreso Cisplatino que, dígase lo que se quiera, no había sido de elección ni más ni menos legítima que muchos de los Parlamentos habido en el país durante cerca de un siglo, incluso – aunque de pasada, es bueno decirlo – la primera Asamblea Nacional Constituyente.
    Sentado lo que va dicho, podemos preguntarnos: Si el 25 de Agosto de 1825 el Congreso de la Florida se hubiese limitado a dictar la primera de las dos leyes que con carácter de Fundamentales dispuso aquel día, ¿no habría resultado como consecuencia el irrevocable alejamiento de los Orientales por voluntad de ellos mismos, de la familia americana? Evidentemente; si la Asamblea no hubiese dispuesto en forma expresa mediante la segunda de sus leyes, aquella reintegración a la unidad americana de la que hasta allí había salido – los únicos – los orientales y ello mismo porque la fuerza extraña los sustrajo, la independencia promulgada en la primera declaración no devolvería a este pueblo al plano en que estaban colocados sin embargo de independientes, todos los hermanos.
    Y eso es así porque ellos no habían pasado nunca por el estado de dependencias de extraños. Su tránsito sólo fue en todo caso de una subordinación natural a la emancipación legítima. No recobraron, sino que adquirieron una posesión por la Independencia y se ha de entender que dicha posesión sólo podía tener el alcance que le fijaron expresa y deliberadamente en las respectivas “actas” o “decretos” o “proclamaciones”.
    En nuestro caso, como se aclaró oportunamente, siempre aquel alcance fue establecido con relación al Rey de España y sus sucesores y a los Estados extranjeros. En consecuencia, ha de interpretarse que la voluntad de condominio, si así puede decirse, seguía imperando igual con los demás miembros de la comunidad americana.
    En la situación de la Provincia Oriental, esto último no era posible sin declaración expresa y ello es lo que motivó la segunda ley Fundamental que ha de mirarse precisamente por eso como complementaria de la primera y no como contradictoria. No era posible, decimos – y con ello damos fin a esta larga exposición – porque nuestro pueblo en 1825 iba a recobrar una categoría que ya anteriormente había tenido y si no fija expresamente su intención de volver a la comunidad americana de la cual se había alejado por la conquista extranjera señalando para ese regreso la vía lógica impuesta por la geografía que otrora siguió; si no se presenta alta la frente a decir a los hermanos que estaba lista para lo que llamó Artigas “la continuación”, también cierto es que nos habría correspondido a los orientales, por lo menos, el cargo irredimible de desertores de esta inmensa y gloriosa agrupación de pueblos creada hace cuatro siglos por el genio realizador y generoso de España.

    Conferencia dictada en el Directorio del Partido Nacional el 25/8/1944. Publicada en EL DEBATE el 28/8/1944. Integra el Libro póstumo: LA DISGREGACIÓN DEL REYNO DE INDIAS. Barreiro y Ramos S.A., 1981.

    https://es.m.wikisource.org/wiki/En_...Agosto_de_1825
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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