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Tema: Virreinato del Río de la Plata

  1. #1
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    Virreinato del Río de la Plata

    Virreinato del Río de la Plata (1776)


    Por medio de la Real Cédula del 1º de agosto de 1776 se crea el Virreinato del Río de la Plata, que tendría su capital en Buenos Aires, y a la jurisdicción de ésta (que ya abarcaba Asunción y Montevideo) se le anexaría la Real Audiencia de Charcas (es decir, todo el Alto Perú, hoy Bolivia), y la provincia de Cuyo (que hasta entonces había sido jurisdicción de Chile).


    1617 – Creación de la Gobernación del Río de la Plata.
    1661 – Se establece la Audiencia de Buenos Aires. Máximo Tribunal de Justicia.
    1713 – Construcción del Fuerte de Buenos Aires.


    Desde comienzos de la década de 1760, la Corona Española decidió fortalecer el sur de su imperio y cerrar el flanco abierto a la penetración de los portugueses y de otras potencias. Las operaciones militares locales se combinaron con las negociaciones europeas, a menudo de manera contradictoria. En 1776, la exitosa campaña del Gobernador Pedro de Cevallos se detuvo cuando el Tratado de San Idelfonso, firmado en 1777, concedió a los portugueses la zona de Río Grande y siete pueblos misioneros. Pero la decisión estaba tomada: se creó un nuevo virreinato, con capital en Buenos Aires y jurisdicción sobre la Banda Oriental, el Paraguay, Tucumán, Cuyo y el Alto Perú, con el valioso cerro de Potosí incluido. El primer Virrey fue Pedro de Cevallos.


    Las funciones básicas del Virreinato del Río de la Plata eran asegurar la defensa, incrementar la recaudación fiscal y garantizar que el comercio se dirigiera a la metrópoli.


    La autoridad del Virrey sólo estaba limitada por la Audiencia, con funciones judiciales y administrativas. A la Audiencia de Charcas se sumó en 1785 la de Buenos Aires (que había sido suprimida en 1671), con jurisdicción en las provincias de Paraguay, Tucumán y Cuyo. La clave de la nueva administración fue la división del virreinato en intendencias y gobernaciones. Era el modelo francés, más funcional, que compensaba la centralización del poder con una mayor subdivisión territorial. Una Junta Superior de la Real Hacienda se hizo cargo de las finanzas e introdujo modernos criterios de contabilidad.


    El virreinato fue dividido en intendencias y varias gobernaciones militares.


    Intendencias: La Paz, Potosí, Paraguay, Salta del Tucumán, Córdoba del Tucumán y Buenos Aires.


    Gobernaciones: Moxos, Chiquitos, Misiones y Montevideo. El virreinato empezó a ser gobernado con papeles, que transmitían las órdenes y disposiciones. Buenos Aires exportaba por año un millón de cueros. Venían sobre todo de las llanuras de la Banda Oriental y Entre Ríos, cuyo crecimiento notable y desordenado fue impulsado por los comerciantes porteños y de Montevideo. En la zona rural de Buenos Aires, donde ya se había agotado el ganado cimarrón, se desarrolló la explotación más ordenada de las estancias, donde coexistía un amplio sector de agricultores. En Santa Fe, antiguo puerto jesuítico en decadencia, los hacendados encontraron una alternativa: la cría de mulas, que se vendían en la feria Salta para ser utilizadas en las minas del Perú. El indio y el cuatrerismo fueron otros problemas. La respuesta fue instalar una línea de fortines y cuerpos militares. En 1779 la línea de frontera cruzaba por Chascomús, Ranchos, Montes, Lobos, Navarro, Guardia de Luján, Carmen de Areco, Salto, Rojas y Pergamino; y era defendida por el Cuerpo de Blandengues fundado en 1752, que además se ocupaba de controlar el contrabando y el cuatrerismo e implantar alguna forma de orden jurídico.


    En Mayo de 1774, el auge mercantil de Buenos Aires decidió a la Corona a instalar un Consulado de Comercio en esta ciudad. Sus funciones debían ser dobles: ejercer de tribunal de justicia en asuntos comerciales y oficiar de junta de protección y fomento del comercio y la industria. Desde el Consulado se promovió el desarrollo de la agricultura y del comercio.

    http://www.tradiciongaucha.com.ar/bicentenario/04.htm

    http://www.elportaleducativo.com.ar/.../agosto01b.htm
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  2. #2
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    LISTA DE VIRREYES


    Pedro de Cevallos (1777-1778). Primer virrey del Río de la Plata. Habilita el puerto para el comercio libre. Asegura las comunicaciones entre Buenos Aires y las provincias de Cuyo. Autoriza el comercio de esclavos negros. Impone medidas políticas y económicas que dan vigor a la colonia.


    Juan José de Vértiz y Salcedo (1778-1784). Se pone en vigencia el reglamento de comercio libre y se inauguran las aduanas e intendencias. Toma medidas sociales y económicas progresistas: instalación de una casa cuna, el hospital de niños expósitos, el alumbrado de las calles, la apertura de la Alameda (fue el primer paseo público de la ciudad). Impone el trabajo obligatorio, estimula la elaboración de las carnes saladas y la utilización del añil.


    Cristóbal del Campo, marqués de Loreto (1784-1789). Perfecciona iniciativas de su antecesor. Fomenta el cultivo del trigo y se exporta harina a La Habana. Combate el contrabando. Se crea la intendencia de Puno. Tiene política de penetración pacífica con los indios.


    Nicolás de Arredondo (1789-1794). Reglamenta el comercio de cueros. Licencia de autorización de la importación de negros a cambio de cueros vacunos. Instalación del Consulado de Buenos Aires. Prohibición de libros franceses.


    Pedro Melo de Portugal y Villena (1795-1797). Reglamenta el abastecimiento de agua a la población. Funda Melo, en la frontera de la Banda Oriental. Desarrollo del comercio de carne y harina con La Habana. Comienza el empedrado de las calles.


    Antonio de Olaguer y Feliu (1797-1799). Autoriza el comercio en el puerto de Buenos Aires a buques extranjeros y neutrales, pero combate el comercio ilícito. Toma medidas preventivas contra los efectos del clima revolucionario expandido a consecuencia de la revolución francesa.


    Gabriel de Avilés y del Fierro (1799-1801). Suspende las encomiendas entre los guaraníes, otorgando la libertad individual y entregándoles la propiedad privada de la tierra. Reformas en materia cultural: publicación del Telégrafo mercantil e inauguración de la escuela de náutica.


    Joaquín del Pino y Rozas (1801-1804). Ordena el abastecimiento alimenticio de la población, estableciendo un mercado único. Prohíbe el comercio de negros y de cueros en buques extranjeros. Incrementa la construcción de barcos en Corrientes y Asunción. Controla la entrada de extranjeros, sospechosos de alentar las ideas independentistas.


    Rafael Sobremonte, marqués de Sobremonte (1804-1807). Introducción de la vacuna antivariólica. Ante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 demuestra no estar a la altura de su cargo, por lo que es depuesto y arrestado.


    Santiago de Liniers (1807-1809). Héroe de la reconquista de Buenos Aires en 1806. Ruptura del cabildo de Montevideo con el virrey. Es destituido al ser acusado de deslealtad y adhesión a los franceses.


    Baltasar Hidalgo de Cisneros (1809-1810). Gran penuria financiera por la lucha contra los ingleses. Suprime las trabas administrativas del comercio y abre el puerto al intercambio con el extranjero. En mayo de 1810 es obligado a delegar el mando en la Junta provisional. Es el último virrey.


    Javier de Elio (18l0-l81l). Nombrado por el Consejo de Regencia, la Junta de Buenos Aires lo rechaza. Nunca llega a ejercer el mando.

    http://www.elportaleducativo.com.ar/.../agosto01b.htm
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 18:51
    Erasmus y Esteban dieron el Víctor.

  3. #3
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Provincias de el Obispado de La Paz


    La Paz.
    Sicasica.
    Pacagues.
    Omasuyas.
    Larecaxa.
    Paucarcolla.
    Chuicuito.
    Apolobamba.




    Provincias de el Obispado de Sta. Cruz de la Sierra


    Santa Cruz de la Sierra.
    Mizque.
    Chiquitos.
    Moxo.


    Provs. de el Obispado de La Asunción del Paraguay


    Paraguay.
    Las Misiones del Paraná y Guayra.



    Provincias de el Obispado de Tucumán


    Santiago del Estero.
    San Miguel de Tucumán.
    Salta.
    Xuxui.
    Caxamarca.
    Rioxa.
    Descripción del Gran Chaco.




    Provs. del Obispdo. de Buenos Ayres


    Buenos Ayres.
    Prova. de las Misiones de el Uruguay.


    http://books.google.es/books?id=cXQL...html_text&cd=1
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 19:18

  4. #4
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Fundación de Buenos Aires (1536)


    A partir de 1510, una serie de incursiones portuguesas en la Región del Plata alertó a la Corona Española sobre la necesidad de defender la zona.
    Juan Díaz de Solís descubrió el río de la Plata en 1516, y Hernando de Magallanes, en su célebre viaje de circunnavegación, recorrió las costas patagónicas, en tanto que Sebastián Gaboto penetraba en el interior del país por los ríos Paraná y Paraguay (1526) fundando el enclave de Sancti Spiritus, que fue destruido por los aborígenes en 1529.


    En Febrero de 1536, con el título de Adelantado, a orillas del Plata fundó Santa María del Buen Aire. Las condiciones de vida en Buenos Aires eran muy duras, faltaban alimentos y materiales de construcción, y los indios se resistían a ser utilizados como mano de obra.


    La escasez de alimentos había arrastrado a los habitantes a robar un caballo para comerlo y hasta al canibalismo. Los ataques de los aborígenes incendiaban casas y algunas de las embarcaciones que estaban en el río. Las principales naciones que encabezaron los ataques eran los Querandíes, los Charrúas, los Guaraníes y los Chana-Timbús; que llegaron a reunir 23.000 según Ulrico Schmidl, cronista de la época.

    Pedro de Mendoza, enfermo y en ruina, decidió regresar a España, pero la muerte lo sorprendió en el camino.

    Entonces, se organizaron varias expediciones por el Paraná, en busca de riquezas y alimentos. Sus comandantes más destacados fueron Juan de Ayolas, Domingo de Irala y Juan de Salazar. A su paso levantaron enclaves precarios, como Corpus Christi, Candelaria o Buena Esperanza. Pese a las enfermedades y a los ataques indígenas, las iniciativas siguieron y, el 15 de Agosto de 1537, Salazar fundó Asunción, ciudad que prosperó rápidamente.


    Juan de Ayolas fue asesinado por los Payaguás en una emboscada.
    En 1541 Irala ordenó la destrucción de Buenos Aires y el traslado de la población a Asunción.


    Juan de Garay, Alguacil Mayor de Asunción y luego Teniente del Gobernador Juan Ortiz de Zárate, inicia una expedición desde Asunción explorando el Paraná y el 15 de Septiembre de 1573 funda la ciudad de Santa Fe de la Vera Cruz.


    En una segunda expedición, el 11 de Junio de 1580 y en calidad de Teniente de Juan Torres de Vera y Aragón, el nuevo Gobernador, fundó la Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires. La ciudad tuvo una existencia animada, debido a la salida de plata del Potosí a través de su puerto. En 1594 una Real Cédula cerró el puerto a toda actividad comercial, asegurando que se favorecía el comercio con el Brasil, permitiendo el ingreso de esclavos y mercaderías. Así el contrabando y la ilegalidad se adueñaron del puerto. De todos modos, para evitar que sus habitantes padecieran grandes privaciones, España autorizó que la ciudad enviase a las costas del Brasil dos barcos por año. Estos navíos debían llevar harina, cecina y sebo y, a cambio, estaban facultados para traer a los porteños las cosas que tuvieran necesidad, como ropa, lienzo, calzado, fierro y acero.


    Buenos Aires continuó siendo, en alguna manera, la puerta trasera del Potosí. La ganancia era demasiado grande para resistirse a la tentación. El contrabando era el negocio de la ciudad: un grupo de poderosos comerciantes portugueses, instalados en Buenos Aires, subvencionaba o sobornaba a todo el mundo, hasta a los gobernadores encargados de reprimirlo. La excepción fue Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias), el primer Gobernador de origen criollo, que se empeñó en hacer cumplir la ley y terminó destituido y preso. Desde 1625, la Corona intensificó los controles: puso una Aduana seca en Córdoba y, más tarde, otra en Jujuy. Las cosas cambiaron a partir de 1680: cuando los portugueses fundaron Colonia del Sacramento, enfrente mismo de Buenos Aires, ya fue imposible detener el contrabando.


    Luego de la fundación Juan de Garay continuó explorando los alrededores llegando hasta la actual zona de Mar del Plata. En 1583 fue muerto por los indios en cercanías de la actual San Pedro, al norte de Buenos Aires.

    http://www.tradiciongaucha.com.ar/bicentenario/02.htm
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 19:28

  5. #5
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    La Conquista

    1527 – Sebastián Caboto funda Sancti Spiritus
    1536 – Pedro de Mendoza funda Buenos Aires
    1543 – Diego de Rojas, proveniente de Cusco, entra en territorio de Tucumán
    1550 – Juan Núnez del Prado funda Barco
    1553 – Aguirre funda Santiago del Estero
    1561 – Pedro del Castillo funda Mendoza
    1562 – Juan Jufré funda San Juan
    1565 – Diego de Villarroel funda San Miguel de Tucumán
    1573 – Jerónimo Luis de Cabrera funda Córdoba
    1573 – Juan de Garay funda Santa Fe de la Veracruz
    1580 – Juan de Garay funda por segunda vez Buenos Aires
    1582 – Hernando de Lerma funda Salta
    1588 – Juan Torres de Vera y Aragón funda Corrientes
    1591 – Juan Ramírez de Velazco funda La Rioja
    1593 – Argañaraz y Murguia funda Jujuy
    1594 – Luis Jufré de Loaysa funda San Luis
    1683 - Mate de Luna funda Catamarca




    El Asentamiento Hispánico en Cuyo y Tucumán fue consecuencia de las tendencias expansivas provocadas por las guerras civiles en el Perú. Diego de Rojas, Nicolás de Heredia, Juan Núñez del Prado y Francisco de Aguirre fueron algunos de los conquistadores que exploraron y fundaron ciudades en el Tucumán. Estos grupos que penetraron desde el Perú, chocaron pronto con quienes intentaban hacer lo mismo desde Chile. Estos, en lugar de ocupar Cuyo, buscaron imponer la autoridad de Santiago sobre la región tucumana. Finalmente, una Cédula Real de 1563 falló en contra de los conquistadores procedentes de Chile, que se dedicaron a consolidar su dominio sobre el área cuyana.


    Corriente del Alto Perú
    Se proponía buscar fuentes de aprovisionamiento para las minas de Potosí y asegurar de este modo la continuidad de la extracción de plata. Además, aspiraba a encontrar una salída al Atlántico, vía más corta para el envío de las riquezas a España.


    1553 – Santiago del Estero. El 25 de Julio el Capitán Francisco de Aguirre, hombre de Pedro de Valdivia (fundador de Santiago de Chile), fundó la ciudad de Santiago del Estero del Nuevo Maestrazgo.
    1565 – Tucumán. El 26 de Mayo, Diego de Villarroel fundó San Miguel de Tucumán como epicentro de una región desvinculada de Chile y vinculada administrativamente a Lima.
    1573 – Córdoba. Jerónimo Luis de Cabrera sucedió a Francisco de Aguirre en la gobernación del Tucumán. Aunque el plan de Toledo, Virrey del Perú, era reforzar el dominio en el norte, Cabrera exploró el sur en busca de una ruta hacia el Atlántico. El 6 de Julio fundó la ciudad de Córdoba del Tucumán.
    1582 – Salta. El 16 de Abril, Hernando de Lerma funda la ciudad de Lerma en el Valle de Salta. Inicialmente, fue un puesto militar destinado a proteger la ruta que unía la Gobernación de Tucumán con Lima.
    1591 – La Rioja. Juan Ramírez de Velazco funda la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja el 20 de Mayo.
    1593 – Jujuy. El 19 de Abril, Francisco de Argañaraz y Murguía fundó San Salvador de Velazco en el Valle de Jujuy, ciudad pensada inicialmente como un enclave militar destinado a proteger la ruta al Perú.
    1683 – Catamarca. Don Fernando de Mendoza Mate de Luna fundó el 5 de Julio San Fernando del Valle de Catamarca




    Corriente de Chile
    Inicialmente dependiente de Lima, intentó crear un cerco de poblaciones al otro lado de la cordillera para defender a las ciudades chilenas del ataque de los indios y las rutas de comercio al Perú. Luego terminó por tener sus propios intereses y procuró expandirse por su cuenta hacia el Atlántico.


    1561 – Mendoza. El 2 de Marzo, por orden de Pedro Hurtado de Mendoza, Gobernador de Chile, Pedro del Castillo fundó la ciudad de Mendoza.
    1562 – San Juan. San Juan de la Frontera fue fundada el 28 de Marzo por Juan Jufré de Loaysa. La principal función de este nuevo centro fue asegurar la provisión de indios para servir como mano de obra al otro lado de la codillera, en Santiago de Chile.
    1594 – San Luis. El 25 de Agosto Luis Jufré de Loaysa y Meneses fundó San Luis de la Punta de los Venados y de la Sierra. Como otras tantas ciudades, era un precario núcleo urbano, cuya ostentosa organización administrativa regía una realidad aún inexistente.


    Corriente de Asunción
    Tenía por objetivo romper el aislamiento paraguayo, de hecho limitado a un circuito comercial rentable pero reducido, y también apostaba por la fundación de un puerto en la costa atlántica. Este puerto terminó siendo la ciudad de Buenos Aires.


    1573 – Santa Fe. Buscando crear un puerto para relacionarse con la metrópoli, Juan de Garay partió de Asunción hacia el sur. El 15 de Noviembre fundó Santa Fe de la Veracruz.
    1580 – Buenos Aires. En 1580, en una segunda expedición al sur, Juan de Garay llega al estuario del Río de la Plata donde refunda la Buenos Aires de Mendoza con el nombre de Ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María de los Buenos Aires, el 11 de Junio.

    1588 – Corrientes. El 3 de Abril, Juan Torres de Vera y Aragón, funda San Juan Vera de las Siete Corrientes.

    http://www.tradiciongaucha.com.ar/bicentenario/03.htm
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 19:37

  6. #6
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Antes de la Conquista




    Los principales aborígenes que habitaban este territorio eran:


    Nombres ¿Nómades o Sedentarios? ¿Dónde vivían? ¿A qué se dedicaban?
    Calchaquíes Sedentarios Prov. de Salta, Jujuy y Tucumán
    A la Agricultura, criaban llamas
    Matacos Nómades Prov. de Formosa y Chaco A la recolección, cultivaban y tejían
    Guaraníes Nómades Prov. de Misiones, Corrientes y Entre Ríos A cultivar, cazar y pescar
    Diaguitas Sedentarios Prov. de Catamarca, La Rioja y San Juan A la agricultura y a la caza
    Querandíes Nómades Prov. de Buenos Aires y Santa Fe A la caza
    Comechingones Nómades Prov. de Córdoba y Santiago del Estero A recolectar, cultivar y cazar
    Patagones Nómades Prov. de Río Negro, Chubut y Santa Cruz A cazar y recolectar
    Onas Nómades Prov. de Tierra del Fuego A cazar


    Los Yámanas
    Cazar ballenas y lobos marinos, pescar y recoger mariscos eran las actividades más importantes de los yámanas. Estos pueblos cazadores y recolectores habitaban en el sur de la isla Grande de Tierra del Fuego y en las islas del archipiélago del Cabo de Hornos. Aunque eran muchos, vivían en pequeños grupos formados por unas pocas familias muy independientes. No tenían jefes ni caciques.


    Los yámanas no se establecían en forma permanente en una isla. Eran nómadas: levantaban su campamento en una playa o cerca de un arroyo y se quedaban allí unos pocos días. Cuando los alimentos escaseaban, abandonaban las viviendas y se iban en sus canoas buscando aguas y playas donde hubiera buena caza y buena pesca.
    Vivían en chozas muy sencillas


    Las casas que construían los yámanas eran muy simples. Sus chozas tenían forma de cono o cúpula.
    Para hacer una choza, primero construían un armazón con postes o ramas. Luego lo cubrían con hojas y ramas y finalmente, con cueros de lobos marinos.


    La casa tenia una entrada pequeña que cubrían con un trozo de cuero para protegerse del frío. La parte superior de la choza se dejaba abierta. Por esa abertura salía el humo de las brasas que siempre ardían en el centro de la choza.

    Hábitos
    Los yámanas, para darse calor, dormían muy apretujados, uno sobre otro.
    Los yámanas comían huevos duros de cormorán, pingüino, cauquén... También comían hongos y algunas raíces y tallos. Pero su alimentación era fundamentalmente de origen animal: carne asada y grasa derretida de lobos marinos, ballenas y delfines; peces, mejillones y otros moluscos.
    Las mujeres preparaban pieles, confeccionaban ropa, hacían canastos, cocinaban y cuidaban a los chicos. También eran ellas las que construían las chozas.


    Además de cazar en el mar, los hombres cazaban sobre tierra firme guanacos, pájaros, cormoranes, pingüinos... Para ello, fabricaban arcos, flechas, hondas y lazos.
    A los niños varones les encantaba dejarse caer por las lomas.
    Las canoas: un segundo hogar


    Los yámanas pasaban gran parte del tiempo navegando por las aguas encrespadas de la región. Desde sus frágiles canoas, obtenían los alimentos fundamentales para su supervivencia.
    Las canoas yámanas eran muy grandes (cinco metros de largo y un metro de ancho en su parte media) y livianas. Las hacían con la corteza del coíhue, un árbol de la región. Sólo utilizaban madera para la construcción del armazón.
    Una tarea comunitaria: la caza de la ballena


    Cuando los yámanas descubrían alguna ballena descansando en las aguas de un canal, se organizaban para atacarla. Varias familias se acercaban y desde las distintas canoas le arrojaban arpones que llovía sobre el animal. Si no lograba escapar, la ballena se desangraba y moría. Entre todos la llevaban hasta la playa más cercana. Entonces, tras tantas horas de esfuerzos, la alegría estallaba entre los cazadores porque cientos de kilos de grasa y carne les aseguraban una buena alimentación por muchos días.
    M
    ás hábitos:
    Las mujeres remaban incansablemente. Tenían una gran habilidad para dirigir la canoa hacia los lugares que les señalaba el cazador.
    Los niños sacaban el agua que se filtraba en la canoa y cuidaban que no se apagaran las brasas del fogón. El fuego no incendiaba la canoa porque se hacía sobre una plataforma de piedras.
    Los hombres yámanas iban al acecho, parados en la proa de la embarcación. Para cazar y pescar usaban arpones de distinto tamaño que terminaban en una punta de hueso que podía tener forma de dientes, serruchos o ganchos.
    Hombres, mujeres y niños usaban un taparrabos de cuero pequeño. Se cubrían con una capa que fabricaban con pieles de lobo marino, nutria de mar, guanaco o zorro. A veces, se calzaban con mocasines de piel.
    Las mujeres recogían mejillones y otros mariscos. Para ello usaban unos largos palos que terminaban en forma de pinza. También pescaban con línea y carnada o con canastos.


    Los Tehuelches
    En la actual provincia de Santa Cruz y en toda la Patagonia vivían los tehuelches. Eran nómades. Viajaban mucho a pie, en pequeños grupos, a través de las mesetas patagónicas. Cuando empezaba el verano, llegaban a la cordillera, desde la costa. Acampaban allí porque había animales para cazar y agua para beber.
    Cazaban sobre todo guanacos y ñandúes. Para cazar estos animales y otros de la zona, como pumas, huemules, peludos, maras, zorrinos y patos, utilizaban el arco y la flecha.

    Vivían en tolderías
    Los tehuelches acampaban en toldos muy simples que construían con armazones de madera cubiertos con cueros de guanaco. Vivían en grupos pequeños, formados por unas pocas familias. Cada uno de esos grupos tenía un jefe que los guiaba en la caza y en las mudanzas, pero que no podía dar órdenes. Los tehuelches eran muy independientes y no reconocían una autoridad mayor a la del padre de familia.

    La mudanza


    Hacia el fin del otoño, las mujeres tehuelches levantaban el campamento y cargaban, en sus bolsas, las herramientas y comida. Con los toldos a cuestas, junto a sus hombres y niños, se ponían otra vez en movimiento. Todos juntos, guiados por sus caciques, seguían a guanacos y ñandúes a través de territorios conocidos, en su viaje hacia la costa.

    Hábitos
    Para evitar que la lluvia se filtrara en los toldos, las mujeres impermeabilizaban los cueros con grasa.
    Los hombres fabricaban arcos y flechas con punta de piedra, raspadores de piedra y otras herramientas.
    Mujeres y hombres usaban taparrabos y se cubrían con unos mantos llamados quilangos que confeccionaban con piel de guanaco y decoraban con dibujos geométricos y colores muy llamativos. Calzaban sandalias de cuero y mocasines de piel.
    Los tehuelches se alimentaban sobre todo con la carne (asada o hervida) de los animales que cazaban. También comían huevos de ñandú, calafates, frutillas, raíces y hongos que recogían en la zona.
    Antes de usar los cueros de los guanacos para hacer toldos, vestimentas y muchas otras cosas, había que limpiarlos y acondicionarlos.


    Los Guaraníes
    Abrían claros entre los árboles para cultivar
    En el actual territorio de la provincia de Misiones, habitaban, agrupados en aldeas, los guaraníes. El maíz era uno de sus alimentos más importantes. Con él hacían polenta, chipá, bebidas y hasta el rico pochoclo.
    Los guaraníes habían aprendido a cultivarlo hacía ya mucho tiempo. Para poder hacerlo, primero tenían que abrir claros en el bosque ya que los árboles y la vegetación dificultaban la entrada de los rayos del sol y la llegada del agua de lluvia. Sólo después de tan pesados trabajos podían sembrar y cosechar.
    Una vida sedentaria en pequeñas aldeas


    Los guaraníes eran agricultores. Como producían sus propios alimentos no necesitaban mudarse de un lugar a otro. A diferencia de los yámanas y de los tehuelches, los guaraníes vivían en aldeas en forma bastante estable: eran sedentarios.
    Las aldeas de los guaraníes estaban formadas por pocas casas (aproximadamente ocho) que eran grandes y se levantaban alrededor de una plaza. Esas edificaciones estaban rodeadas por un cerco y un foso que protegían a los aldeanos de los ataques de otros pueblos y de los temíbles yaguaretés.
    Con jefes y hechiceros


    En cada casa vivía una familia extensa formada por varias parejas y sus hijos, padres, abuelos y tíos. Las familias eran tan numerosas que en una misma casa vivían ¡cien o más parientes! Cada una era dirigida por un jefe que los comandaba en las guerras y cumplía la función de juez en las peleas familiares.
    Entre estos jefes se elegía el tuvichá o jefe máximo de la aldea. El tuvichá era muy respetado pero no podía dar órdenes. Debía convencer a la gente de su pueblo por medio de la palabra. No se distinguía demasiado del resto del pueblo. Una de las pocas deferencias que lo distinguía era que podía tener varias mujeres.
    Además de los jefes, entre los guaraníes se destacaban los payés. Eran médicos hechiceros que también tenían poderes para comunicarse con los dioses y los porás, unos duendecillos protectores de plantas y animales. Los payés trataban indigestiones, infecciones y fiebre con hierbas medicinales y ungüentos.

    Hábitos
    Para abrir claros en el bosque, primero había que talar los árboles y luego quemar las malezas. Después, abrían hoyos y en ellos sembraban las semillas.


    Los guaraníes cultivaban maíz, zapallo, mandioca, batata, tabaco y algodón. También recolectaban frutos y plantas, como la yerba mate. Con ella preparaban nuestro conocido mate.
    Las casonas tenían cincuenta metros de largo. Las paredes eran de madera y estaban revocadas con barro. No tenían ventanas. Los techos, altos y a dos aguas, estaban cubiertos por hojas de palmera o pasto. Se entraba por puertas construidas en sus extremos.


    Las mujeres preparaban distintos tipos de comida. Con harina de maíz, hacían unos bollitos deliciosos y nutritivos: los chipás. En varias provincias del nordeste argentino y en el Paraguay se siguen haciendo chipás, como hace seiscientos años.


    Los guaraníes hacían ollas, platos y tinajas con distintos materiales. Pero, en general, los recipientes eran canastos de diferentes formas confeccionados con tiras de cortezas.


    Los Diaguitas
    En el Noroeste, en las actuales provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja, habitaban los diaguitas. Eran muchos pueblos independientes que tenían costumbres muy parecidas y hablaban un mismo idioma: el kakán. Todos eran agricultores y el cultivo del maíz era fundamental para ellos. Producirlo, los exigía, como a los guaraníes, grandes trabajos.
    Cultivaban en valles y montañas


    Los diaguitas vivían en una zona de montaña, donde llueve poco y el agua es escasa. Para practicar la agricultura, debieron resolver problemas distintos de los que enfrentaban los guaraníes. Como no tenían superficies planas donde cultivar, construyeron grandes escalones o terrazas en las laderas de las montañas. También buscaron la forma de aprovechar bien el agua de lluvia o la de los manantiales de montaña: construyeron represas para almacenarla y un sistema de canales para guiarla hacia los campos de cultivo. Todos los hombres del pueblo debían colaborar para construir las terrazas de cultivo y los sistemas de irrigación. El jefe o cacique dirigía estos trabajos comunitarios.
    Las aldeas diaguitas


    Los diaguitas vivían en aldeas más grandes que las de los guaraníes. En ellas habitaban entre mil y tres mil personas. Las levantaban en los valles o en las laderas de las montañas. Como eran pueblos muy aguerridos, muchas aldeas estaban amuralladas.


    Las aldeas tenían distintas formas. Las calles eran angostas y había plazas en las que se celebraban fiestas y ceremonias. También tenían depósitos donde guardaban semillas y alimentos para las épocas de escasez.
    Casas de piedra o quincha


    Las viviendas eran por lo general rectangulares y tenían varias habitaciones. Las paredes se construían con piedras irregulares, montadas y encajadas una sobre otra, sin mezcla que las uniera. Otros pueblos las construían con una mezcla de barro y paja llamada quincha. Los techos se hacían con tirantes de madera y se cubrían con ramas o con paja y barro.
    Las familias de los caciques tenían casas más grandes y más sólidas que el resto del pueblo. Estaban ubicadas en los lugares más protegidos o cerca de donde se celebraban las ceremonias en honor de sus dioses: el Rayo y el Trueno.

    Hábitos
    Las terrazas de cultivo eran grandes escalones de tierra, sostenidos con paredes de piedra para evitar que se desmoronaran. Construirlas y mantenerlas en buen estado requería del trabajo de muchos hombres de la comunidad.
    Los diaguitas cultivaban gran variedad de plantas a lo largo del año. En la época de siembra, los hombres abrían hoyos en la tierra utilizando palos cavadores.
    Las mujeres echaban las semillas en los surcos. Luego, cuando las plantas maduraban, todos se ocupaban de realizar la cosecha.


    No sólo cultivaban maíz. Plantaban, además, zapallos, papas, ajíes, porotos, maní y quinoa. Lo hacían en distintas épocas del año en terrenos situados a diferentes alturas. La papa y la quinoa, por ejemplo, crecen bien en zonas altas y frías.
    También recolectaban frutos, semillas y raíces silvestres. Uno de los frutos que más apreciaban eran las vainas de algarrobo. Eran muy nutritivas. Con ellas fabricaban harina y una bebida alcohólica, llamada aloja. Cada pueblo tenía sus algarrobales y los cuidaba celosamente. Si otros pueblos se animaban a entrar sin permiso, podían pagar con su vida el atrevimiento.


    Los diaguitas cazaban durante los meses en que no se podía cultivar. La carne de los animales que cazaban los servía para complementar una dieta fundamentalmente vegetariana.
    Los diaguitas criaban llamas y alpacas. Con sus lanas confeccionaban vestimentas. La llama era, además, fundamental para el transporte de cargas.


    Las mujeres cocinaban polenta, locro y guisos muy variados. Con el maíz también hacían pochoclo y una bebida alcohólica llamada chicha.


    En sus telares, las mujeres tejían la lana de alpacas, llamas y vicuñas. Hacían túnicas y abrigadas mantas para cubrirse en los días de frío.
    Los hombres fabricaban arcos, flechas y los instrumentos de labranza que utilizaban.


    Los Guaycurúes
    Habitaban la región del Chaco, que abarca las actuales provincias de Formosa, este de Salta, norte de Santiago del Estero y Santa Fe. Este pueblo estaba formado por cuatro grupos más pequeños: los tobas, a lo largo de los ríos Pilcomayo y Bermejo; los pilagaes, que vivían en el centro de la actual Formosa; los mocovíes, ubicados al sur, entre los ríos Bermejo y Salado; y los abipones, hacia la desembocadura del Bermejo. Eran pueblos nómades, cazadores y pescadores.
    Los guaycurúes se dividían en pequeños grupos que se trasladaban, según las épocas del año, en busca de lugares propicios para cazar, pescar y recolectar plantas silvestres. Si bien se movilizaban todo el tiempo, volvían siempre a su territorio, que delimitaban con señales propias. De esta manera cuidaban de que no se agotaran los recursos.


    Los Pampas
    La región pampeana estuvo poblada desde hace muchísimo tiempo. Los guaraníes llamaron querandíes a sus primeros habitantes. Más adelante, criollos y españoles llamaron pampas tanto a los querandíes como a algunos otros indios que se establecieron allí. Eran cazadores y pescadores, y se desplazaban para buscar sus alimentos. A mediados del siglo XVI comenzaron a domar los caballos que había dejado la expedición de Pedro de Mendoza, y se convirtieron en excelentes jinetes.


    Los Calchaquíes
    Pueblo amerindio que habitaba en la región noroeste argentina de los valles de Yocavil y Calchaquí, en la provincia de Salta, y partes adyacentes de Tucumán y Catamarca.
    La expansión incaica afectó a este grupo de lengua kakana, cuya economía estaba basada en la agricultura de andenería e irrigación artificial de productos como el maíz, la quinoa y la papa, entre otros. Sus poblados, construidos en lugares elevados, están formados por viviendas rectangulares hechas de piedra o tapial, a veces con recintos fortificados generalmente realizados durante el dominio incaico. Poseían una industria en la que destacaba la producción textil, la cerámica, la cestería y la metalurgia, esta última aportada por la cultura inca. Su organización política tribal llegaba hasta la confederación al mando de un solo general, revestido con poder terrenal y divino.


    Los Incas
    En otras partes del continente americano había muchísimos pueblos con modos de vida muy parecidos a los de los indígenas que habitaban en nuestro actual territorio. Había grupos nómadas y cazadores-recolectores como los yámanas y los tehuelches y pueblos agricultores, que como los diaguitas y los guaraníes, vivían en aldeas. Pero también había un pueblo, el de los incas, que tenía una sociedad más compleja y vivía en ciudades.
    Hace algo más de quinientos años, los incas conquistaron muchos pueblos y organizaron un poderoso imperio. Lo llamaron el Tahuantinsuyu o “Estado de las cuatro regiones”. Cuzco era su ciudad capital.
    Cuzco: gran ciudad imperial


    Cuzco estaba ubicada en el valle del mismo nombre, en el actual territorio de Perú. Era una gran ciudad, sus calles eran rectas y las manzanas parejas. Estaba habitada por más de cien mil personas.
    En el Cuzco estaba el templo más importante de todo el Tahuantinsuyu: el Templo del Sol o Coricancha. Era un hermoso edificio de piedra, adornado con placas de oro, que ocupaba el centro de la ciudad. Allí estaban los santuarios del dios Sol y de otros dioses de menor importancia.


    En los alrededores del templo había palacios y mansiones pertenecientes a la gente más poderosa del imperio: el Inca o emperador y la nobleza que estaba formada por los altos funcionarios, los sacerdotes, los militares y sus respectivas familias. Alrededor de las casas más distinguidas, estaban los barrios de los “mitimaes”, trabajadores que procedían de distintos lugares del imperio y que se ocupaban del mantenimiento de la ciudad.

    Los trabajos para el Inca
    Desde el Cuzco se organizaban los trabajos de casi seis millones de campesinos.
    Las poblaciones dominadas estaban obligadas a cultivar sus tierras y las que, en cada pueblo, estaban reservadas para el Inca. Los productos que los habitantes obtenían de sus tierras se destinaban a la alimentación del pueblo. Los que se cosechaba en las tierras del Inca debía ser entregado a las autoridades del imperio como tributo o impuesto exigido por él.
    Además, cada tanto, los hombres de los pueblos debían abandonar sus aldeas por un tiempo para construir caminos, templos, puentes y terrazas de cultivo o trabajar en las minas de oro, plata y cobre. A este servicio que cumplían para el Inca, se lo llamaba mita.



    Necesitaron una gran organización
    Para asegurar la realización de todos estos trabajos, el imperio incaico contaba con una muy buena organización. La autoridad máxima era el Inca, considerado “Hijo del Sol”. Tenía un poder absoluto, era dueño de las tierras, de los hombres y de los animales. Para hacer cumplir sus órdenes, nombraba a un gobernador por cada región o provincia. Ellos eran los jefes o curacas de las poblaciones dominadas o aliadas hicieran tributar, cumplir con la mita y con el servicio militar a los hombres de sus pueblos. En el caso de que algún pueblo se rebelara, el Inca contaba con un poderoso ejército para controlarlo.


    Los productos que los pueblos tributaban al Inca eran almacenados en depósitos llamados colcas. Estos alimentos se utilizaban para alimentar a los trabajadores que servían en la mita y a los mensajeros del imperio, entre otros. También eran utilizados por el Estado incaico para socorrer a los pueblos que sufrían escasez de alimentos.

    Hábitos
    El imperio incaico se extendía por toda la región andina, desde el Ecuador hasta la provincia de Mendoza y el centro de Chile. Los diaguitas y otros pueblos asentados en el actual territorio argentino fueron conquistados por los incas.
    El imperio estaba comunicado por extensos caminos de piedra, “los caminos del Inca”, que unían el Cuzco con las distintas regiones.


    Los incas aceptaban los dioses de las poblaciones dominadas. Pero por encima de fuente de vida y lo representaban así. Gracias a él crecían los hombres, los animales, el maíz y las demás plantas. Todos los años se celebraban en el Coricancha grandes fiestas en su honor. Asistían los jefes de todos los pueblos dominados.
    En la parte norte del Cuzco estaba la fortaleza de Sacsahuamán, protegida por varias líneas de murallas.
    Como los diaguitas, la mayor parte de los pueblos conquistados por los incas cultivaban sobre las laderas de las montañas. Construían terrazas de cultivo que irrigaban con un sistema de diques y canales.
    Los incas no tenían escritura. Pero contaban con un sistema de contabilidad muy ingenioso que les permitía saber cuántos eran, qué cantidad de alimentos tenían en los depósitos y muchas cosas más. Para ello, utilizaban los quipus que pueden ver en la fotografía. Los quipus estaban formados por largos cordones de los que colgaban cuerdas con nudos de colores. Servían para representar ideas, objetos y cantidades. Los funcionarios que se encargaban de estas tareas contables se llamaban quipucamayoc.


    El Inca era considerado un dios. Esa situación tenía sus ventajas: recibía tributos y honores; nadie lo podía tocar, vestía ropas muy finas y comía en vajilla de plata. También los miembros de la nobleza incaica se distinguían de los campesinos: vivían en mansiones, usaban ropa de lana de vicuña y unos aros de oro tan pesados que les alargaban las orejas.


    .http://www.tradiciongaucha.com.ar/bicentenario/01.htm
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 19:48

  7. #7
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    La Historia del Gaucho Argentino


    Si bien la palabra gaucho o gauchesco se ha utilizado en diferentes circunstancias con sentidos variados, con referencia tanto al poblador de las zonas rurales del sur de América, como a una forma de cultura, en los primeros tiempos se utilizó para designar un tipo de habitante de las Sierras del Este de la Banda Oriental, las llamadas “tierras de nadie”, las fronteras entre los dominios español y portugués. La palabra "gaucho" viene de la palabra "guacho" La palabra propiamente dicha aparece por primera vez en un documento escrito en 1771 refiriéndose a ciertos "malhechores" que se escondían en la Sierra a una cierta distancia de Maldonado, tal vez en la misma Sierra de los Rocha o sus adyacencias. Se trata de una comunicación del Comandante de Maldonado, Don Pablo Carbonell, enviada a Buenos Aires al Virrey Juan José Vértiz, fechada el 23 de octubre de 1771: "Muy señor mío; haviendo noticia que algunos gahuchos se habían dejado ver a la Sierra mande a los tenientes de Milicias Dn Jph Picolomini y Dn Clemente Puebla[cita requerida], pasasen a dicha Sierra con una Partida de 34 hombres entre estos algunos soldados del Batallón a fin de hacer una descubierta en la expresada Sierra, por ver si podían encontrar a los malechores, y al mismo tiempo viesen si podía recoger algún ganado; y haviendo practicado…"

    La genealogía del gaucho es compleja; sin duda existieron los gauchos —aunque no fuera generalizado ese nombre— ya desde los tiempos de Hernandarias, al requerirse sujetos libres para manejar los numerosos rebaños de ganado cimarrón que medraban en las vaquerías pamperas y campañas del Mar o Vaquerías del Mar en el siglo XVII. Estos "protogauchos" eran criollos y mestizos en su mayoría eran "mancebos de la tierra", tal como la gran mayoría de quienes acompañaron a Juan de Garay en su fundación de Buenos Aires, e inclusive fueron los primeros vecinos de la ciudad. Sin embargo, existe una leyenda que menciona con nombre y apellido al "primer gaucho": según tal leyenda en 1586 en la aldea que entonces era la actual ciudad de Buenos Aires vivía un soldado raso andaluz llamado Alejo Godoy; éste se quejaba del mal trato y las pésimas condiciones de vida y habría enviado una carta al rey de España para que atendiera su condición y las de aquellos que se encontraban en circunstancias semejantes. Como (obviamente) no recibiera respuesta, —se dice— cansado de esperar se acercó al baldío que entonces era la Plaza Mayor y tras gritar "¡Muera Felipe II!" se fugó a galope hacia el campo. Este relato es casi sin duda legendario, pero como muchas leyendas aporta ciertos datos para entender el origen del gaucho.


    En Brasil, la historiografía a veces supone a los gauchos con orígenes portugueses. Lo cierto es que en la región contendida de la Banda Oriental, el Río Grande y las Misiones Orientales prosperaron los gauchos que arreaban ganado practicando, sin saberlo, contrabando de ganado entre los territorios entonces españoles y portugueses (el ganado se dirigía a la brasileña "Feria de Sorocaba" siguiendo la Ruta del ganado).


    El gaucho era generalmente nómada y habitaba libremente en la región, desde la región pampeana]], la llanura que se extiende desde el norte de la Patagonia argentina hasta el estado de Río Grande del Sur al sur del Brasil], en todo el territorio suavemente ondulado del actual Uruguay, llegando hasta la Andes hacia el oeste y aún más al norte, por los llanos chaqueños hasta la región de Chiquitania y Santa Cruz de la Sierra. Mantenía una relación con el ganado introducido por los europeos, un complejo ecuestre criollo. La mayoría de los gauchos eran criollos o mestizos, si bien esto no es definitorio. Hacia 1875 el viajero gascón Henri Armaignac daba una definición más cercana al respecto de quién era considerado gaucho. En principio, gaucho es el habitante rural que tiene gran destreza como jinete, pero esto no basta. Dice Armaignac: "Un extranjero —por ejemplo un europeo— puede adquirir, aunque sea muy difícil, todas las destrezas del gaucho, vestir como gaucho, hablar como gaucho... pero no será nunca considerado gaucho; en cambio sus hijos aunque todos sus linajes sean directamente europeos, al ser ya nativos o criollos sí serán cabalmente considerados gauchos."

    http://www.taringa.net/comunidades/h...Argentino.html

  8. #8
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Historia de las Islas Malvinas


    Las Malvinas fueron descubiertas en 1520 por Esteban Gómez, tripulante de la nave San Antonio, uno de los barcos de la expedición de Magallanes. según la delimitación de tierras de las bulas papales, las islas pertenecían a España. Sin embargo, navegantes ingleses, holandeses y franceses llegaron a las islas en diversas oportunidades.


    En 1690, el capitán de la marina británica John Strong navegó por el estrecho de San Carlos, que separa las Malvinas, y lo llamó estrecho de Falkland en recuerdo de sir Lucius Cary, segundo vizconde de Falkland.


    En 1764 hubo una ocupación francesa por parte de Luis de Bougainville, quien fundó el puerto de San Luis en la isla oriental. Los franceses llamaron a las islas Malouines, porque ése era el nombre dado a los nacidos en Saint Maló, el puerto francés de donde procedían.


    Los españoles obtuvieron el puerto de San Luis tras una sede de protestas y transformaron Malouines en Malvinas.

    En 1765, una expedición inglesa llegó a las islas y las denominó Falkland Islands. En 1770, las fuerzas de ocupación inglesas fueron desalojadas por España, que reclamó a soberanía de las islas por vía diplomática.


    Cuando se creó el Virreinato del Río de La Plata, las Malvinas pasaron a depender de la gobernación de Buenos Aires. Desde 1774 hasta 1810, España nombró sucesivos gobernadores para el archipiélago.

    En 1776, cuando se creó el virreinato del Río de la Plata, las islas Malvinas se incluyeron en el territorio de la gobernación de Buenos Aires. Después de 1810, las islas siguieron bajo esa jurisdicción.


    En 1820, la fragata Argentina La Heroína fue enviada a Malvinas para tomar posesión definitiva de las islas. En 1825 se produjo un hecho significativo: Gran Bretaña reconoció la independencia Argentina y no reclamó las islas.


    En 1828, el gobierno de Buenos Aires otorgó a Luis Vernet, en concesión, el Puerto soledad para que construyera una colonia. Para ello, llevó a cien gauchos e indios de las pampas, hábiles en la cría de ganado.


    En 1829, Vernet fue nombrado gobernador de Malvinas. Y ese mismo año Gran Bretaña reclamó su derecho de soberanía sobre las islas, adjudicándose su descubrimiento.


    En 1833 esa nación tomó las Malvinas bajo su dominio, expulsando a las autoridades criollas. Desde entonces, la Argentina no ha dejado nunca de reclamar su soberanía sobre el archipiélago.


    El 2 de abril de 1982, el gobierno militar de la Argentina, a raíz de un conflicto planteado en las islas Georgias del sur, decidió tomar las Malvinas por la fuerza, iniciando una corta pero sangrienta guerra.


    Los argentinos ocuparon las islas y desalojaron al gobernador británico. se creó una gobernación militar Argentina y se cambió el nombre de Puedo Stanley, la capital, por el de Puerto Argentino. El gobierno inglés envió enseguida una gran flota hacia el Atlántico sur para recuperar las Malvinas; los combates terminaron con el triunfo inglés el 10 de junio del mismo año. Las islas volvieron al dominio británico.


    Las negociaciones por la soberanía sobre Malvinas, apoyadas por diversas resoluciones de las Naciones unidas, continúan en el terreno diplomático.

    http://www.todo-argentina.net/Geogra...s/historia.htm
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 20:34

  9. #9
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Juan José de Vértiz y Salcedo (1719-1799)

    Gobernador y capitán general del Río de la Plata (1770-1776)
    Virrey del Río de la Plata (1778-1783).
    Nació en Mérida de Yucatán, México, en donde su padre era gobernador real; estudió en España; desde temprana edad, ingresó a la carrera militar; intervino en varias campañas españolas, incluyendo las de Italia y Portugal y había llegado a ser comendador de la Orden de Calatrava antes de ser enviado al Río de la Plata.

    Fue gobernador interino en 1770 y confirmado en 1771; durante los siguientes doce años, con excepción del breve período en que se estableció el virreinato con Pedro de Ceballos, Vértiz y Salcedo estuvo a cargo del gobierno de Buenos Aires; durante este período demostró ser mejor administrador que general; sus esfuerzos por sacar a los portugueses del Uruguay y llevarlos de nuevo al Brasil fueron poco satisfactorios y Ceballos, con su gran ejército, tuvo que terminar la tarea; pero como gobernador civil español de la Argentina fue casi inigualable.


    Sus reformas y logros, en general como resultado de la política real, desarrollaron la economía y la cultura de toda la región al tiempo que expandieron sus fronteras defensivas, iniciando la colonización de tierras no habitadas, incrementando la efectividad del gobierno y mejorando la calidad de vida; durante su mandato, finalizó los arreglos para restablecer la Real Audiencia en Buenos Aires.

    Estableció intendencias en todo el Virreinato; fortaleció la economía liberando el mercado y regulando las condiciones laborales; intentó agrupar a los artesanos especializados en gremios; estimuló la tradicionalmente importante industria minera (en especial en el Alto Perú); fomentó nuevas industrias del salado de carnes; procuró el desarrollo de la agricultura, en especial del cultivo comercia1 del índigo y del lino para los cuales había un creciente mercado lucrativo europeo; se interesó por la transformación de la ciudad de Buenos Aires en una verdadera capital virreinal; limpió la ciudad, mejoró el suministro de agua, instaló alumbrado en las calles, construyó una alameda a lo largo del río, y estableció una plaza de toros en El Retiro.


    Hizo levantar un censo de la ciudad y de la provincia que reveló una población de 37.679 habitantes; tomó provisiones respecto a los vagabundos, los huérfanos, las mujeres desamparadas o de mala vida, los mendigos, etc.; restableció la Hermandad de Caridad (precursora de la posterior Sociedad de Beneficencia); creó el Protomedicato para regular el ejercicio de la medicina y para asegurar el porvenir de la salud pública y de la preparación de médicos; su disposición ordenada de la riqueza dejada por los jesuitas (expulsados en 1767) ayudó a financiar muchos de estos esfuerzos.

    Vértiz y Salcedo fue, en muchos aspectos, el primer gobernador real que demostró interés en la vida cultural de la comunidad; estableció el primer teatro en Buenos Aires, la Ranchería (1771); abrió el real Colegio de San Carlos y quiso establecer una universidad (no la hubo en Buenos Aires hasta después de la independencia); trajo la imprenta jesuita de Córdoba a Buenos Aires y la instaló en la Casa de los Niños Expósitos, proporcionando a Buenos Aires su primera imprenta; para la creación de todas estas nuevas instituciones, Vértiz y Salcedo eligió a criollos calificados (tal vez porque él mismo era americano) para ocupar los nuevos puestos, junto con los españoles recién llegados.

    Su obra se extendió a todo el virreinato; se reforzaron los fuertes en Montevideo; la frontera india en Buenos Aires fue adelantada y mantenida por nuevos poblados fortificados que más tarde se convirtieron en ciudades como Chascomús, Monte, Rojas, Ranchos, Navarro; cumpliendo con las órdenes reales de que la Patagonia debía ser explorada y defendida de posibles intrusos europeos, el virrey envió varias expediciones a las órdenes de Juan de la Piedra; Andrés y Francisco Viedma, y Basilio Villarino que exploraron la costa hasta San Julián, el río Negro y el río Colorado, y establecieron poblados como el de San José y Carmen de Patagones; en el norte, Jerónimo Matorras condujo la expedición al Chaco y la navegación se abrió en el Bermejo hasta Salta.


    Vértiz y Salcedo reunió y equipó un ejército de dos mil hombres para ayudar a sofocar la insurrección de Tupac Amaru II en los altos Andes de Pertí y Bolivia (parte del Virreinato del Río de la Plata); el envío del capitán Tomás Rocamora (1783) a la casi inhabitada región entre los ríos Paraná y Uruguay para establecer poblados, en lo que hoy es la provincia de Entre Ríos, tuvo consecuencias importantes para la Argentina.


    Fundó las ciudades de Gualeguay, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay; en 1783 el virrey pidió ser transferido a España, y su sucesor, Nicolás del Campo, marqués de Loreto, se hizo cargo; eximido, debido a su excelente desempeño, de la habitual residencia, o revisión judicial, de su mandato.
    Entregó su gobierno a su sucesor en 1784 y regresó a España donde murió luego de varios años.

    http://www.todo-argentina.net/biogra..._de_vertiz.htm


    Titulos de don Juan José Vertiz y Salcedo:

    Don Juan Josef. de Vertiz, y Salcedo,
    comendador de Puertollano en la Orden
    de Calatrava, Teniente General de los
    Reales Exercitos, Virrey, Governador,
    y Capitán General de las Provincias
    del Rio de la Plata, Buenos- Ayres,
    Paraguay, Tucumán, Potosí, Santa Cruz
    de la Sierra, Moxos, Cuyo, y Charcas,
    con todos los Corregimientos, Pueblos y
    Territorios a que se extiende su Jurisdicción:
    de las Islas Malvinas, y Superior Presidente
    de la Real Audiencia de la Plata, &c.
    Última edición por Michael; 13/03/2013 a las 23:25
    Tacuara dio el Víctor.

  10. #10
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    ¿ARGENTINO O URUGUAYO? REVELACIONES SOBRE JOSE GERVASIO DE ARTIGAS


    por Nestor Genta


    El hijo de Martín José Artigas y Francisca Antonia Pascual Rodríguez (conocida como Francisca Antonia Arnal o Aznar), nace el 19 de junio, día en que el santoral católico consagra a San Gervasio, en la ciudad de Montevideo, Virreinato del Perú, luego, Virreinato del Río de la Plata. Por no existir la Argentina ni el Uruguay no es ni uruguayo, ni argentino.


    ¿A qué Patria defiende?


    Se pregunta, con todo fundamento, el historiador rosista José María Rosa:"¿Cuál era la Patria de Artigas? ¿Era solamente su amada provincia, su 'patria chica' por la que tanto luchó? ¿Era la Liga de los Pueblos Libres? ¿Eran las Provincias Unidas del Plata? Sí. Todo eso, y algo más también. Artigas era oriental y por ser oriental era muy argentino. No hablo de 'argentino' como sinónimo de porteño y pido que se me entienda; 'argento' es el habitante de las provincias del Plata como lo dice la etimología.


    Pero no se detenía allí su idea de patria (...) para él su patria era la unión de todas las porciones de América Española. Unirán en un mismo Estado o Confederación de Estados, o una misma fraternidad, que para el caso es lo mismo".


    El vocablo 'argento' es sinónimo de 'plata'. Pero el mundo platense no es sólo el argentino. La parte no puede tener el privilegio de nombrar al todo.


    Entonces, para dar una idea clara de esa entidad telúrica y topográfica, étnica e histórica, real e ideal, no fue menester hallar una palabra más justa, de sentido más amplio, más urgente y evocadora: LA PLATANIA.


    He ahí la verdadera Patria de Artigas (...) Artigas es el númen de esa santa unión, hermanos uruguayos, argentinos, paraguayos, y hasta bolivianos y brasileños". 8


    Genta remite al verdadero Himno Nacional, no al cercenado que hoy se canta en las escuelas; el que menciona los triunfos de Artigas en San José y Las Piedras:


    "San José, San Lorenzo, Suipacha, / Ambas Piedras, Salta, y Tucumán,
    La Colonia y las mismas murallas / Del tirano en la Banda Oriental,
    Son letreros eternos que dicen: / Aquí el brazo Argentino triunfó,
    Aquí el fiero opresor de la Patria / Su cerviz orgullosa dobló".


    El gran Artigas jamás quiso escindir la Banda Oriental de las Provincias Unidas.




    El 19 de abril de 1813, en el campamento frente a Montevideo, el caudillo como "'jefe de los Orientales' y Rondeau como general en jefe interino del Ejército patriota" 9 suscriben tres documentos.


    En uno de ellos, la "Convención de la Provincia Oriental del Uruguay" se fija en el Artículo 1: "La Provincia Oriental entra en el rol de las demás Provincias Unidas. Ella es una parte integrante del Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata.


    Su pacto con las demás provincias es el de una estrecha e indisoluble Confederación ofensiva y defensiva.


    Todas las provincias tienen igual dignidad, iguales privilegios y derechos y cada una de ellas renunciará al proyecto de subyugar a otra.


    Artículo 2: La Provincia Oriental es compuesta de pueblos libres, y quiere se la deje gozar de su libertad pero queda desde ahora sujeta a la Constitución que organice la soberana representación general del Estado, y a sus disposiciones consiguientes, teniendo por base inmutable la libertad civil". 10


    Como bien manifiesta el historiador Félix Luna: "Si por el caudillo hubiera sido, la actual República del Uruguay integraría hoy una gran Nación del sur del continente, y la historia argentina, por su parte, se hubiera ahorrado varias infamias. La mutilación del Uruguay no fue obra de Artigas". 11


    Fustiga Jauretche: "La República Oriental del Uruguay fue inventada donde antes existía la Banda Oriental del Río de la Plata"


    El General Alvear ofreció a Artigas, por intermedio de Nicolás de Herrera, la segregación de la provincia Oriental y el reconocimiento como entidad definitivamente emancipada, que Artigas rechazó terminantemente.


    Insiste aún más Buenos Aires y reunido el Congreso de Oriente, instalado por Artigas en el Arroyo de la China, hoy Concepción del Uruguay, llegaron a Paysandú el Coronel Blas Pico y el Dr. Bruno Rivarola, quienes le ofrecen, en nombre del Director Alvarez Thomas, lo que sigue: 'Buenos Aires reconoce < la independencia de la Banda Oriental del Uruguay> renunciando a los derechos que por, el antiguo régimen le pertenecían". (A.G.N., Documentos firmados en el Cuartel General de Paysandú el 18 de julio de 1815).


    Esta es la respuesta de Artigas a la proposición que lleva la misma fecha y que dice: 'La Banda Oriental del Uruguay entra en el rol para formar el Estado denominado Provincias Unidas del Río de la Plata.


    La Banda Oriental del Uruguay está en el pleno goce de su libertad y derechos; pero queda sujeta desde ahora a la Constitución que organice el Congreso General del Estado legalmente reunido, teniendo como base la libertad'. (A.G.N., Documentos suscriptos por Artigas).


    Asimismo, mientras las fuerzas "nacionales" triunfan en varias batallas frente a los brasileños "la diplomacia juega en contra (..) García, Ministro de Rivadavia, conviene con el Emperador del Brasil la entrega de la Banda Oriental (...)


    Del trabajo de Herrera, Jorge Abelardo Ramos desprende que "Artigas no fundó el Uruguay; lo fundó Ponsonby. El Protector de los Pueblos Libres se había propuesto construir una gran federación de provincias con un gobierno central.


    Por si queda alguna duda, el historiador uruguayo E. Acevedo formula: "Artigas fue un enemigo de la independencia de los orientales. Lo que propugnaba era el federalismo de las Provincias del Río de la Plata".


    En 1850, el gran héroe rioplatense encabeza su testamento con esta elocuente frase: "Yo, José Gervasio de Artigas, argentino, de la Banda Oriental..."

    http://www.tsunamipolitico.com/artigas711.htm
    Última edición por Michael; 14/03/2013 a las 00:04

  11. #11
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Misiones jesuíticas en Argentina: Córdoba


    Maria Victoria Rodríguez




    La historia de la evangelización de América, tiene en territorio argentino algunas muestras de lo que fueron las misiones jesuíticas, dignas de conocer.


    Las “reducciones“ o “misiones“ fueron la solución práctica con que los jesuitas y franciscanos resolvieron el problema de la dispersión del “pueblo a evangelizar”. Eran núcleos donde vivían y trabajaban indígenas de la zona.


    Encontraremos misiones desde la ciudad misma de Buenos Aires, integradas dentro del original núcleo de la ciudad primigenia, hasta los rincones más al norte de la Argentina.


    En el noreste, en la actual frontera con Paraguay y Brasil, una provincia argentina lleva incluso de “Misiones” por la importancia que tuvieron estas unidades socio-económicas en esta región.


    En la provincia central argentina de Córdoba tenemos ejemplos en la misma capital, de igual nombre, y en la que se da en llamar “ruta de las estancias jesuíticas”.


    Manzana Jesuítica de Córdoba


    La Manzana Jesuítica está formada por un bloque integrado por ciertos edificios de gran importancia cultural como la Iglesia de la Compañía de Jesús, la Capilla Doméstica, la Residencia de los jesuitas y el actual Rectorado de la Universidad Nacional de Córdoba que fuera el antiguo Colegio Máximo de la Compañía de Jesús.


    También se encuentra el Claustro, el Salón de Grados, la Biblioteca Mayor y Colegio Nacional de Monserrat.


    La Universidad Nacional de Córdoba fue la primera universidad del país, creada en el año 1609. El edificio que constaba originalmente de una sola planta corresponde a la tipología del convento urbano. El patio mayor fue a su vez el primer jardín botánico.


    El Colegio Nacional Monserrat: Este edificio al igual que el de la Universidad consta de un gran patio. Era residencia de la Universidad. En 1927, se reforma el edificio, modificando el patio y agregando la torre del reloj, hoy símbolo del Colegio en base al proyecto arquitectónico Jaime Roca en el lenguaje neoplateresco.


    El Museo Histórico de la ciudad: Fue inaugurado el 8 de diciembre del 2000. Los visitantes al recorrer sus claustros y salas abovedadas podrán ver la voluminosa Librería Jesuítica, con algunos de los primeros trabajpos de imprenta de Amércia y valiosas piezas de aquel entonces llevados desde Europa en sus 6 salas, con 2.800 volúmenes de sus 10.000 originales.


    Estancias jesuíticas


    La “estancia” es un establecimiento rural. Las estancias jesuíticas de Córdoba son una muestra singular de la organización productiva de los religiosos de la Compañía de Jesús, que ha llegado a nuestros días a través de una arquitectura esmeradamente preservada.


    Las estancias originalmente fueron establecidas con fines económicos para que su producción colaborara al mantenimiento de los colegios. Los indígenas que trabajaban en ellas recibían, obviamente, la evangelización correspondiente que era uno de los objetivos de la orden en América.


    Las estancias de Jesús María(1618), Caroya (1616), Santa Catalina (1622), La Candelaria(1683), San Ignacio (1725) y Alta Gracia(1643) pueden ser recorridas en un circuito de 250 Km por pintorescos caminos serranos en la provincia de Córdoba.


    Estos establecimientos rurales del siglo XVII, junto a la Manzana Jesuítica de la ciudad de Córdoba, todos monumentos históricos nacionales, fueron declarados Patrimonio Cultural de la Humanidad, en el año 2000 por la UNESCO.

    http://m.diariodelviajero.com/museos...entina-cordoba

  12. #12
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Missões, a história extraordinária do Rio Grande


    No Sul não existem somente praias, cidades serranas e belezas naturais únicas em todo o Brasil. No inverno ou no verão, pode ser visitado um "país" diferente, esquecido pelos livros de história, marginalizado pelos roteiros turísticos tradicionais e muito pouco conhecido em quase todo o Brasil. Os seus contornos nunca foram muito bem definidos, embora bastante amplos. Antigamente entrava-se nele a partir do rio Paranapanema, na divisa com o Paraná, percorrendo-se suas fronteiras até o extremo meridional do continente, nas costas do atual Uruguai.


    Nos tempos modernos, foi também o mais revolucionário estado teocrático, que deu início à industrialização da América Latina, reunindo, ao mesmo tempo, uma extraordinária arte musical e plástica, com uma vigorosa disposição para a luta, uma hora em defesa do Evangelho e outra ao lado das armas da Corona espanhola.


    Trata-se da República Guarani, que, por cerca de 200 anos, ocupou áreas dos atuais Estados do Paraná e Rio Grande do Sul, e ainda do Paraguai, Argentina e Uruguai, onde foram edificadas dezenas de reduções - as missões -, que levaram, para as selvas do Cone-Sul, sob um duro comando dos padres jesuítas, o esplendor da arte européia e um desenvolvimento urbano que muitas cidades ainda não conhecem, já passado tanto tempo.


    As reduções não eram aldeias, mas verdadeiras cidades que se instalavam nas selvas, com toda a infra-estrutura; além da igreja, que era o centro de tudo, havia hospital, asilo, escolas, casa e comida para todos e em abundância, oficinas e até pequenas indústrias.


    Ocupavam essas reduções os índios guaranis e tapes - do mesmo grupo -, atraídos pela pregação do Evangelho feita pelos padres jesuítas, decididos a criar uma série de repúblicas teocráticas no continente, baseados na experiência socialista dos incas, no Peru, onde, aliás, haviam iniciado outro agrupamento semelhante, reunindo os índios chiquitos.


    Havia uma lenda entre os índios, segundo a qual deveriam seguir os que, um dia, lhes aparecessem com uma cruz, falando de Deus. A orientação teria sido dada, no início da era cristã, por um pregador confundido com o (suposto) apóstolo Tomé, por um dos jesuítas que construiu a República Guarani. Foi o que ajudou os padres a sensibilizar os índios.




    RS VIRTUAL - O Rio Grande do Sul na Internet - Histria - Misses - A experincia das redues guaranis no sul do continente

  13. #13
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    http://dialnet.unirioja.es/descarga/...lo/2517294.pdf


    Erección del Obispado de Buenos Aires:
    Imágenes adjuntadas Imágenes adjuntadas
    Última edición por Michael; 14/03/2013 a las 07:32

  14. #14
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Fotos:

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    una de las primeras veces donde se menciona la palabra "Argentina"


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    Escudo hispánico de Montevideo.


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    Virreinato del Rio de la Plata.


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    Gobernación del Rio de la Plata o de Buenos Aires.

  15. #15
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

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    La Argentina cultural e histórica.

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    Banda Oriental.


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    Imágenes adjuntadas Imágenes adjuntadas
    GiulioRudolph dio el Víctor.

  16. #16
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

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    Misiones Jesuitas.
    GiulioRudolph dio el Víctor.

  17. #17
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

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    Montevideo Hispánico.
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  18. #18
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

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    Gauchos.


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    Noche en el Rio de la Plata.





    * Doy total crédito a los autores de las fotos.
    Última edición por Michael; 14/03/2013 a las 08:33
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  19. #19
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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    EL RIO DE LA PLATA,1776-1914: DESARROLLOS CIENTIFICOS Y CULTURALES
    LUIS ALBERTO ROMERO


    UNESCO, Historia del desarrollo científico y cultural de la Humanidad Volumen VI, cap. 12: La América Latina y el Caribe, 1789-1914.


    El Virreynato del Río de la Plata, 1776-1810


    La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 transformó las condiciones sociales y culturales de la zona más austral del Imperio hispánico en América.


    Se estableció una administración sólida y consistente -el Virrey y los Gobernadores Intendentes-, con el propósito de defender el territorio, controlarlo eficazmente y hacerlo progresar.


    Este impulso se sintió sobre todo en Montevideo, fondeadero de la flota de guerra, y en Buenos Aires, la capital y a la vez el puerto de ese nuevo espacio político y económico, que incluía al Alto Perú y sus minas de plata.


    Buenos Aires, puerto de la plata, tuvo un importante comercio, que fue más bien pasivo hasta que las dificultades políticas y navales de España, notorias desde 1795, permitieron a los comerciantes porteños ensayar un estilo mercantil activo y autónomo.


    El dinamismo comercial de Buenos Aires estimuló la explotación ganadera, consistente en la matanza de animales cimarrones en las llanuras de Entre Ríos y la Banda Oriental, para exportar los cueros.


    Se trataba de una actividad primitiva, con mínimos requerimientos técnicos, adecuada para una sociedad primitiva, que creció al margen de las convenciones sociales, donde blancos pobres, indios y negros se mezclaron libremente.


    En el Interior del Virreinato, en cambio, la sociedad se organizó según las líneas de castas, y fue más estable y ordenada.


    Las actividades económicas -agricultura de escala reducida, ganadería, artesanías- se desarrollaron sin grandes sobresaltos y orientadas a las necesidades de consumo del Alto Perú.


    La sociedad decente se concentraba en las ciudades, que eran centros comerciales y administrativos.


    En las décadas finales del siglo XVIII se manifiesta en este confín hispanoamericano una sensible renovación cultural, coincidente con las ideas de los tiempos, pero canalizada en el marco de la cultura establecida.


    No hubo aislamiento, pero tampoco brusca irrupción de novedades, sino un calmo procesamiento, que fue dotando de nuevos contenidos a la cultura escolástica.


    El centro cultural tradicional era la Universidad de Córdoba, fundada a principios del siglo XVII y administrada por los jesuitas hasta su expulsión en 1767.


    Los sucedieron los franciscanos primero, y desde 1800 se hizo cargo el Obispado.


    En Córdoba se estudiaba teología, y la enseñanza pasaba por la doble censura eclesiástica y política, que permitió que las nuevas ideas fueran abriendose paso, de manera moderada y dosificada.


    Así, en el marco del aristotelismo, comenzó a hablarse de la nueva física, la de Descartes y Newton, que aunque solo fuera para criticarla.


    En 1801 el rector fray Sullivan decidió comprar un "laboratorio" de física experimental, compuesto de diversas "máquinas", que se ofrecía en venta.


    El Cabildo de Córdoba negó la autorización, argumentando que en la Universidad debía enseñarse teología, aunque admitió que podía desarrollarse la física teórica.


    En cambio, el rector recibió el apoyo franco de las más importantes autoridades administrativas, incluyendo al Virrey, que apoyaron la enseñanza de la física experimental.


    Esta incorporación graduada de las novedades del siglo se dio en mayor medida en Montevideo, donde en 1787 se estableció una cátedra de filosofía en el Colegio Franciscano, y sobre todo en Buenos Aires; desde 1771 se hacían allí gestiones para fundar una Universidad, y superar así la situación de inferioridad frente a Córdoba o Charcas.


    Según el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, la nueva Universidad debía incorporar, entre otras cosas, la enseñanza de la física moderna, apartándose de Aristóteles.


    La oposición de Córdoba impidió la creación de la Universidad porteña, pero en 1773 se fundaron los Reales Estudios, de nivel primario, y en 1783 el Real Colegio de San Carlos, donde estudiaron los futuros próceres de la Revolución, y donde enseñaron no pocos de sus futuros funcionarios.


    Sin embargo, no fue allí donde tomaron contacto con las nuevas ideas pues, salvo algunos agregados de modernidad, la enseñanza se ajustó a los criterios, ciertamente flexibles, de la escolástica.


    La renovación intelectual cobró impulso desde 1790. Influyó la apertura comercial de Buenos Aires, la llegada de libros y de periódicos españoles, que comentaban las nuevas ideas, y también los viajes de estudio de algunos jóvenes, como Belgrano.


    Signo de los tiempos fue el Teatro de la Ranchería, donde en 1789 se estrenó Siripo, obra del criollo Manuel de Lavardén, o el establecimiento de la Imprenta de Niños Expósitos, donde en 1802 comenzó a editarse el Telégrafo Mercantil, primer periódico rioplatense.


    Al igual que en la España de Carlos III, circulaban las nuevas ideas, había un nuevo público atento a ellas, y sobre todo un grupo de activistas y militantes.


    No eran ideas subversivas. La monarquía y la Iglesia compartían la aspiración de los ilustrados a la realización de la felicidad del pueblo, y estos contaban con tan poderoso apoyo para llevar adelante sus ideas.


    Tal era, particularmente, la posición de Manuel Belgrano, designado en 1794 por el Rey como Secretario del Consulado, desde donde llevó adelante una intensa acción renovadora.


    Belgrano y sus amigos creían que no se trataba de inventar nuevas ideas sino de adecuar algunas de las que estaban en boga en Europa.


    Siguiendo las lecciones de la fisiocracia, debía fomentarse la agricultura, identificada con la civilización, y crear así una alternativa al fuerte desarrollo ganadero que ya se vislumbraba.


    Hipólito Vieytes difundió esas ideas desde el Semanario de Agricultura, fundado en 1802, y las continuó Belgrano en el Correo de Comercio, que empezó a aparecer a principios de 1810.


    También el comercio con todo el mundo se asociaba con la apertura, la circulación de ideas y la civilización, como lo planteó Lavardén en Nuevo aspecto del comercio en el Río de la Plata, o casi en los mismos términos el oriental Dámaso Larrañaga, al inaugurar en 1816 la Biblioteca Pública de Montevideo.


    En este aspecto, los intereses de los ilustrados coincidían con los de los comerciantes porteños, por entonces lanzados a arriesgadas operaciones comerciales o empresariales, como fue el caso del mismo Lavardén, que dirigió el primer saladero rioplatense, en la Banda Oriental.


    En Bueos Aires, a diferencia de Córdoba, las inquietudes culturales o científicas se relacionaron pronto con las necesidades más inmediatas de la sociedad: el saber científico era apreciado en tanto ayudaba a resolver los problemas prácticos.


    En 1798 se creó el Protomedicato de Buenos Aires, para habilitar a quienes ejercían la medicina, ocuparse de atender los problemas de la salud pública -como la vacunación contra la viruela- y formar nuevos médicos.


    En 1801 comenzó la enseñanza de la medicina, a cargo de Cosme Argerich, y en 1808 se graduó la primera camada de médicos, de destacada actuación posterior.


    En 1799, por iniciativa del Consulado, se creó una Escuela de Dibujo, que se cerró poco después, y otra de Náutica, donde tuvo amplio desarrollo la enseñanza de las matemáticas y de los métodos experimentales.


    La Escuela debía combinar la enseñanza científica con la formación de los pilotos reclamados por un activo comercio porteño, que incursionaba por Africa o el Caribe.


    Ambas iniciativas se interrumpieron como consecuencia de la crisis política que siguió a las Invasiones Inglesas y que desembocó en la ruptura del lazo colonial.




    Independencia y guerras civiles, 1810-1852




    Los primeros años de vida independiente fueron muy difíciles.
    La guerra, muy costosa, originó una aguda penuria económica.


    Fuera de Buenos Aires produjo depredación de riquezas, tanto en las regiones ganaderas como en los centros urbanos, afectados también por la apertura comercial y, sobre todo, la desaparición del flujo de metales provenientes del Alto Perú, que quedó en manos realistas.


    Pero también fueron años de efervescencia patriótica y de ebullición de las ideas: en Buenos Aires se tradujo El Contrato Social, se publicó el periódico La Gaceta, al que siguieron otros también destinados a educar al pueblo, y hubo "una feliz revolución en las ideas", de tono más radicalizado en algunos, como Mariano Moreno o Bernardo de Monteagudo, o más moderado, como el Deán Gregorio Funes, que por entonces formulaba el nuevo plan de estudios de la Universidad de Córdoba.


    Funes admitía la necesidad de ampliar la enseñanza de la fisica experimental y las matemáticas, pero recomendaba conservar la tradicional escolástica para la metafísica.


    Belgrano, en cambio, recomendaba enseñar lógica según Condillac, abandonar la metafísica y reforzar los aspectos morales de la religión.




    La penuria financiera hizo que se interrumpiera la existencia de varias instituciones creadas al fin de la Colonia. Algunas sobrevivieron, adecuadas a las nuevas necesidades militares: el Instituto Médico Militar, o la Academia de Matemática y Arte Militar, indispensable para la formación de los artilleros.


    Luego de 1815 pudieron reanudarse algunos emprendimientos. Así, se rehabilitó el antiguo Colegio de San Carlos, convertido en Colegio de la Unión del Sur.


    Juan Crisóstomo Lafinur, profesor de filosofía, introdujo en sus cursos las teorías de la ideología, suscitando el rechazo de los más tradicionales, quienes en 1819, en ocasión de los exámenes públicos de sus alumnos, lo acusaron de poner en peligro la existencia del alma.


    A la guerra de Independencia siguieron, sin solución de continuidad, los conflictos civiles, que fueron disolviendo la unidad política virreinal.


    Algunas partes se convirtieron de hecho en estados independientes: Bolivia, Paraguay o la Banda Oriental, cuya independencia se declaró en 1828, después de una guerra entre las provincias del Río de la Plata y Brasil.


    En otros casos se formaron estados provinciales autónomos, de finanzas escuálidas y economías empobrecidas, cuyos gobernantes fueron denominados caudillos.


    En cambio la provincia de Buenos Aires vivió un período de prosperidad, posibilitada por la notable expansión de la explotación ganadera, que ganó nuevas tierras al sur.


    El estado provincial se organizó sobre bases modernas, y se alentó una renovación cultural de resultados notables, condicionada sin embargo por una inestabilidad política que pronto desembocaría en nuevas guerras civiles.


    La explotación ganadera, realizada en estancias, mantuvo su arcaísmo técnico, pero en los saladeros -donde se preparaban los cueros y la carne salada- se incorporaron algunas innovaciones, como la grasería, que introdujo el químico español Antonino Cambaceres.


    Otros profesionales vinieron al Plata para ocuparse de obras del puerto, de salubridad, urbanización, o de las empresas mineras, por entonces prometedoras pero que no llegaron a prosperar.


    La necesidad de trazar los linderos de las estancias estimuló la creación del Departamento Topográfico, y el desarrollo de la agrimensura, la medición pluvial y otras actividades que requirieron una nueva experticia ingenieril.


    Muchos de esos expertos fueron contratados en Europa por Rivadavia, aprovechando los exilios obligados por las persecuciones políticas, y una cierta ilusión que despertaba el "rio de la plata".


    Así, llegó a Buenos Aires un numero importante de científicos de primer nivel: el naturalista Aimé Bonpland, que fue colaborador de Humboldt, los físicos italianos Pedro Carta Molina y Fabricio Mossotti, el matemático Mauricio Chauvet, los escritores José Joaquín de Mora y Pedro de Angelis o el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini.




    Mientras duró la bonanza rivadaviana, estos centíficos combinaron las actividades profesionales con las científicas y académicas.


    Mossotti, por ejemplo, instaló un observatorio astronómico en el Convento de Santo Domingo y escribió un artículo en una importante revista científica europea sobre el eclipse de 1833.


    Además realizó observaciones pluviométricas para el Departamento Topográfico y enseñó física en la Universidad de Buenos Aires, que acababa de crearse.




    Este era un viejo proyecto porteño, que se concretó en 1821.


    Según el modelo francés, la Universidad debía regir el conjunto de la enseñanza, en sus tres niveles.


    Así, se crearon varias escuelas primarias y se introdujo el método Lancaster, muy adecuado dada la escasez de docentes y de recursos para pagarlos.


    El Colegio se reorganizó como Colegio de Ciencias Morales, y recibió alumnos becados, provenientes de las provincias del Interior.


    Además del derecho, la Universidad impulsó la enseñanza de las ciencias experimentales, gracias al aporte de los físicos italianos mencionados, y de la medicina; aquí se aprovechó el saber de los excelentes médicos formados hasta entonces, como Cosme Argerich hijo o Francisco Javier Muñiz, un notable y esforzado médico militar, que se dedicó también a la paleontología.


    En filosofía se impuso la nueva corriente de la ideología, y se siguió a Condillac, Cabanis y Destutt de Tracy, con quien se carteaba Bernardino Rivadavia.


    Juan Manuel Fernández de Agüero, profesor de filosofía, tuvo por ello un conflicto con el rector de la Universidad, un canónigo más tradicional, pero fue respaldado por las autoridades políticas.




    El impulso renovador alcanzó a toda la vida cultural porteña y se prolongó a algunas ciudades del Interior.


    Buenos Aires tenía cinco librerías, se editaba un número considerable de períodicos, había representaciones teatrales y de ópera, cenáculos literarios y polémicas.


    Pero los conflictos políticos pronto derrumbaron un edificio de bases débiles.


    La renuncia de Rivadavia a la presidencia en 1827 acabó con muchos proyectos.


    La penuria fiscal obligó a abandonar otros, particularmente las obras públicas, y con el correr de los años se llegó, ya en tiempos de Rosas, a suspender los sueldos de maestros y profesores universitarios.


    Por otra parte, las luchas políticas crearon un clima crecientemente faccioso, y muchos científicos e intelectuales emigraron o fueron expulsados de sus empleos.


    La mayoría de los europeos se volvieron; algunos sobrevivieron dedicándose a otra cosa, como el ingeniero Pellegrini, que terminó como pintor de moda.


    El gobierno de Rosas, instalado en 1829, se consolidó como dictadura en 1835.


    Se caracterizó por el orden autoritario, el clima extremadamente faccioso y una suerte de xenofobia, acentuada por los bloqueos impuestos por franceses e ingleses.


    Su poder, así como el de la mayoría de los gobernantes de las provincias, se apoyaba en las masas rurales, hostiles a las clases urbanas ilustradas.


    En todo el territorio rioplatense predominó esta hostilidad del campo hacia las ciudades y la cultura que ellas representaban.


    Una nueva generación intelectual se propuso comprender esta situación, y tratar de actuar sobre ella.


    Eran en su mayoría jóvenes estudiantes universitarios, insatisfechos con la enseñanza de sus maestros -algunos tan respetados como Diego Alcorta. Se inspiraban en los filósofos eclécticos y también en los poetas y literatos románticos, a través de quienes llegaban las ideas de Herder.


    También influían los ecos de la revolución de 1830. La juventud universitaria e intelectual quería entender lo que sus predecesores no habían comprendido, y actuar en consecuencia.


    Se trataba de descubrir lo propio del pueblo argentino, lo irreductible a las teorías abstractas, y sobre todo explicar a Rosas y la aceptación que tenía en la gente.


    Luego, querían actuar eficazmente, pues todos aspiraban a ser políticos.




    La "generación del '37" se desenvolvió primero en la Buenos Aires de Rosas y luego optó por emigrar a Santiago de Chile o a Montevideo, y sumarse allí a los antirrosistas.


    En el exilio escribieron sus obras más importantes: el Dogma socialista de Esteban Echeverría, el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento o el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, un texto previo de Juan Bautista Alberdi, con el que aspiró a doctorarse en Buenos Aires.


    Organización y apertura, 1852-1880


    La caída de Rosas en 1852, coincidente con el comienzo de la gran expansión del capitalismo, transformó las condiciones del Río de la Plata.


    La producción pecuaria para la exportación -sobre todo la lanar- se desarrolló firmemente; creció el comercio exterior, se intensificó el flujo de inmigrantes y se multiplicaron las empresas colonizadoras.


    Ambas capitales, y algunas otras ciudades, crecieron y se modernizaron aceleradamente. Sin embargo, los estados no llegaron a afirmarse plenamente sino al fin del período: la guerra entre las dos facciones tradicionales -blancos y colorados- se perpetuó en Uruguay hasta 1876, y en la Argentina el gobierno central solo acabó con las disidencias internas en 1880.


    Para agravar las cosas, ambos países participaron, junto con el Brasil, en una cruenta guerra con el Paraguay.


    En este proceso de construcción económica e institucional tuvo activa participación el conjunto de los intelectuales y políticos formados en el exilio rosista, quienes propusieron las grandes alternativas para la organización de ambos países, fundadas en el liberalismo político y la apertura económica.


    En la Argentina los más destacados fueron Juan Bautista Alberdi -su Bases sirvió de modelo para la Constitución de 1853- y Domingo Faustino Sarmiento, que fue presidente en 1868 y tuvo influencia en muchos campos, en especial el educativo.


    En Uruguay, en cambio, los "doctores" -que militaban en los dos partidos tradicionales- no lograron doblegar la influencia de los "caudillos".


    Los grandes instrumentos para renovar la sociedad y avanzar hacia el progreso fueron la inmigración -que se estimuló por la vía de la colonización- y la educación, sobre todo la primaria o "popular".


    Los grandes propagandistas e impulsores fueron Sarmiento y el uruguayo José Pedro Varela, puesto en 1876 a cargo de la Instrucción Pública por el presidente Latorre.


    Las acciones más espontáneas se sistematizaron casi simultáneamente en los grandes instrumentos legales que establecieron la educación obligatoria, gratuita y laica.


    En 1870 se fundó la Escuela Normal de Paraná, donde Pedro Scalabrini difundió las ideas genéricamente denominadas positivistas, particularmente el laicismo y la fe en la ciencia.


    Los educadores allí formados -los "normalistas"- tuvieron una enorme influencia en la educación pública en las décadas siguientes.


    Las ideas del progresismo racionalista y laico alcanzaron un enorme auge, así como la doctrina evolucionista de Darwin.


    Los grupos renovadores, liberales y anticlericales, chocaron con la Iglesia católica, especialmente cuando sus obispos se empeñaban en seguir las ideas ultramontanas de Pio IX, y también con intelectuales que combinaban esas posturas con un espiritualismo más genérico.


    En el Uruguay, el obispo Vera se empeñó en erradicar el catolicismo liberal y "masón", alineando a su grey en el ultramontanismo cerrado, mientras que los liberales fundaron en 1872 el Club Racionalista y aprobaron una Profesión de fe racionalista, que combinaba el liberalismo doctrinario con una vigorosa apelación moral.


    Los choques ideológicos fueron quizá desproporcionadamente intensos, en relación con las cuestiones reales en juego: tanto el Estado como la Iglesia apenas estaban comenzando a organizarse, pero aquel definió su preeminencia en cuestiones claves, como la educación.


    En torno de la educación se dirimieron otros debates. En 1863 se inició en la Argentina la creación de Colegios Nacionales, destinados a formar a las nuevas elites políticas, cultas y solidarias con el Estado nacional.


    El Colegio Nacional de Buenos Aires, que dirigió Amadeo Jacques, debía servir de modelo a sus pares: el Monserrat de Córdoba y el de Concepción del Uruguay.


    Conforme a sus propósitos, la orientación de la enseñanza era fuertemente humanista. También se reorganizó la Universidad. Bajo el rectorado de Juan María Gutiérrez (1861-73), la Universidad de Buenos Aires se recuperó de la incuria rosista; se creó el Departamento de Ciencias Exactas, donde en 1868 se recibió la primera camada de ingenieros, conocidos como "los doce apóstoles".


    Pese a ese impulso, la Universidad argentina se mantuvo distante de la renovación intelectual y de los debates de su tiempo.


    Al margen de la Universidad, el desarrollo de las ciencias fue muy significativo. El estado argentino hizo un gran esfuerzo para estimular las instituciones y traer científicos europeos de valer, como Germán Burmeister, un notable sabio alemán contratado en 1862, que reorganizó el Museo de Ciencias de Buenos Aires y lo convirtió en una institución notable.


    Luego Burmeister se trasladó a Córdoba, donde en 1870 impulsó la creación de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y la Academia de Córdoba, convertida en 1878 en Academia Nacional de Ciencias.


    Simultáneamente, el Gobierno nacional establecía allí el Observatorio Meteorológico, de modo que Córdoba se convirtió en un segundo centro de irradiación científica.


    En Buenos Aires y en Córdoba proliferaron las publicaciones, como los Anales del Museo, que editó Burmeister, y se estableció un diálogo con los principales centros del mundo.


    En 1872 un grupo de docentes de la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires fundó la Sociedad Científica Argentina. Eran sus animadores los miembros de la primera camada de ingenieros, encabezados por Luis Huergo, que se proponían intervenir activamente en las cuestiones de interés público.


    En 1875, en concidencia con la Exposición Industrial, la Sociedad Científica organizó un concurso relativo a los aportes de la ciencia a la industria nacional, y particularmente a la elaboración de materias primas nacionales.


    Huergo y otros ingenieros intervinieron en el debate acerca del puerto de Buenos Aires, y también opinaron sobre las obras de salubridad que realizaba la Ciudad.


    No fueron los únicos científicos que por esos años buscaban combinar el saber con las
    necesidades de la sociedad: los médicos encararon la solución de los graves problemas de higiene de una ciudad que en 1871 había sido diezmada por la fiebre amarilla.


    Del optimismo a la duda, 1880-1914


    En las décadas finales del siglo, en ambos países se avanzó hacia la instauración del orden y la unidad políticos -aunque el Uruguay vivió su última guerra civil en 1904-, de afirmación y desarrollo de las instituciones estatales y de sostenido crecimiento económico.


    Este se basó en el comercio exterior, las exportaciones agropecuarias, la inversión de capitales -particularmente en ferrocarriles y puertos- y sobre todo la inmigración, que modificó profundamente el perfil de la sociedad.


    El campo se modernizó y crecieron las grandes ciudades, especialmente Buenos Aires y Montevideo. El proceso social se caracterizó por una fuerte movilidad, una creciente diversificación, y también la emergencia de nuevos conflictos, en las ciudades y en el campo, que sin embargo hasta 1914 tendieron a resolverse en términos de integración.


    El régimen político, originariamente controlado por elites de origen tradicional, fue evolucionando hacia una participación más amplia y una creciente democratización, cuyas aristas potencialmente conflictivas todavía no se vislumbraban en 1914.


    El formidable crecimiento económico y el nuevo orden político estimularon una filosofía espontánea: los valores del positivismo -progreso material, ciencia, laicismo- fueron asumidos de manera natural y escasamente crítica, más conformista que militante, y difundidos ampliamente, en diarios, revistas y libros, a medida que -por efectos de la política educativa- aumentaba en la sociedad la masa de letrados.


    A partir de 1890 se empezó a notar un cierto giro, de la confianza a la duda: lo marcó la orientación que en 1892 el presidente y filósofo Julio Herrera y Obes, de tendencia espiritualista, imprimió a las instituciones culturales uruguayas, el clima de tensión y desconfianza en las instituciones políticas que se inició en la Argentina con la Revolución de 1890, la creciente y crispada preocupación por la nacionalidad, en las décadas finales del siglo, o las enormes dudas acerca del rumbo tomado, que se manifestaron en la elite dirigente en torno del Centenario de la Revolución de Mayo.


    Los nuevos estados asumieron plenamente el programa de "educar al soberano": asegurar la escolaridad básica, gratuita, laica y obligatoria, y confiar en que ella formaría a los nuevos ciudadanos.


    Las escuelas primarias y los colegios nacionales, de nivel medio, cumplieron esa función y le aseguraron al Estado el dominio sobre un campo en el que ni la Iglesia ni las instituciones de las colectividades extranjeras pudieron competir.


    Las ideas pedagógicas del llamado normalismo se difundieron ampliamente, y cobraron nuevo impulso en la Universidad de La Plata, creada en 1905, donde se puso el acento en la enseñanza práctica y en los métodos experimentales, en desmedro de la educación humanística clásica. En otros campos el Estado también avanzó sobre terrenos en los que la Iglesia tenía hipotéticas aspiraciones, como el Registro Civil de nacimientos, matrimonios y defunciones.


    En la Argentina el avance se detuvo allí, y desde 1890 se manifestó una actitud más contemporizadora, mientras que en el Uruguay, luego de una pausa parecida, el impulso laico recibió un poderoso impulso por obra de Jose Batlle y Ordoñez, presidente desde 1903 y figura dominante durante dos décadas. Su "reforma moral" unió progresivamente la modernización estatal, el intervencionismo económico, el desarrollo de políticas de seguridad social y un impulso al laicismo que, luego de diversas medidas parciales, culminó en 1919 con la separación de la Iglesia y el Estado.


    El reconocimiento científico sistemático del territorio fue una de las consecuencias de su control efectivo por parte del Estado.


    Un grupo de sabios alemanes, radicados en Córdoba, acompañó al general Roca en su "conquista del Desierto", relevando el territorio, y luego el perito Francisco P. Moreno y el Comandante Fontana exploraron y describieron sistemáticamente la Patagonia y el Chaco.


    Moreno reunió una enorme colección de piezas óseas y objetos industriales con las que se dotó al Museo de La Plata, flamante capital de la provincia de Buenos Aires.


    El Museo, luego unido a la Universidad, se convirtió en una institución dedicada a la investigación en ciencias naturales y antropológicas, modelo de otras que por entonces también fomentó el Estado argentino, como el Museo Etnográfico, fundado por Juan B. Ambrosetti en la Universidad de Buenos Aires, el Observatorio de La Plata, también incorporado a la Universidad, el Museo Darwinion, creado por Cristobal Hicken, el similar iniciado a partir de los esfuerzos personales de Miguel Lillo en Tucumán, y también el Jardín Zoológico y el Jardín Botánico en Buenos Aires.


    El desarrollo científico estuvo acompañado de un intenso debate en torno de las teorías de Darwin. En Montevideo esas discusiones se dieron en el ámbito del Ateneo, fundado en 1877, donde a propósito del evolucionismo discutieron espiritualistas y positivistas.


    En Buenos Aires la discusión fue igualmente intensa, al punto que Eduardo Holmberg pudo escribir en 1875, alrededor de esa disputa, un cuento satírico, "Dos partidos en lucha", que remataba con la imaginaria llegada de Darwin a Buenos Aires.


    Entre sus enemigos reales estaban los intelectuales católicos, como José Manuel Estrada, y también científicos como Germán Burmeister, que rechazaban el evolucionismo y defendían el creacionismo.


    Entre los partidarios de Darwin se encontró Florentino Ameghino, el más notable científico argentino del período. Ameghino, que tropezó con la férrea oposición de Burmeister, dirigió el Museo de Buenos Aires desde 1902.


    Fue un géologo y paleontólogo notable, que desarrolló la teoría del origen americano del hombre, y más precisamente pampeano, y formuló una cosmovisión de raiz evolucionista en Mi credo.


    El positivismo ganó la Universidad de Montevideo durante el largo rectorado de Adolfo Vasquez Acevedo, entre 1880 y 1900, solo interrumpido durante la breve reacción espiritualista del noventa.


    En Buenos Aires penetró más lentamente, pero a fines del siglo ya estaba instalado en la Facultad de Filosofía y Letras, donde en 1904 Ernesto Quesada inauguró la cátedra de sociología.


    Fue característica de estas décadas la preocupación sociologista: se trataba de comprender, a la luz de los planteos de Comte y Spencer, de Taine, Le Bon, Durkheim o Simmel, problemas novedosos de la realidad social.


    La afluencia masiva de extranjeros dio lugar a la reflexión sobre la raza y sobre el crisol de razas. Las multitudes -visibles en las grandes ciudades- obligaron a pensar en cómo manejarlas. Muchos se preguntaron por las raíces de esa sociedad tan heterogénea, que buscaron en la herencia española o en la tradición criolla, y otros tantos se inquietaron por el cosmopolitismo creciente, que quisieron enfrentar con una prédica nacionalista.


    Tal fue el caso de Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía, Agustín Alvarez, Juan Agustín García o Carlos Octavio Bunge, mientras que José Ingenieros exploró desde la psiquiatría los linderos entre la locura y el crimen.


    Muchos pasaron de la reflexión a la acción, proponiendo reformas sociales o políticas. Lo hizo en el Uruguay José Batlle y Ordoñez, y de una manera más moderada el argentino Joaquín V. González, quien asesorado por Juan Bialet Massé, propuso en 1904 un Código del Trabajo que legalizara la actividad de los sindicatos.


    Por su parte, Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez impulsaron la reforma electoral, que en 1912 abrió las puertas a la democracia.


    De un modo u otro, todos ellos tenían una sólida fe en el progreso y en la capacidad humana para promoverlo y regularlo. Pero hacia fines de siglo empezaba a instalarse una duda acerca de estos valores.


    Se manifestó en la indagación de los males de la sociedad, según la ciencia positivista, pero también en el cuestionamiento al positivismo, y a la creencia más espontánea que asociaba progreso con bienestar material.


    Esta orientación está presente en la crítica filosófica al positivismo, que en el Uruguay realiza Carlos Vaz Ferreira y en la Argentina Rodolfo Rivarola o Coriolano Alberini.


    A la vez, se hacen manifiestas actitudes e iniciativas marcadamente intolerantes, como lo fue la Ley de Residencia, sancionada en la Argentina en 1902, que autorizaba a expulsar a los extranjeros indeseables, o las manifestaciones más exasperadas del nacionalismo.


    Pero quizá la expresión más cabal de ese giro sea la obra del uruguayo José Enrique Rodó, cuyo Ariel (1900) se convirtió en emblema de la concepción aristocrática y espiritualista que, según empezaba a afirmarse, caracterizaba la esencia hispanoamericana.




    En muchos sentidos, la Primera Guerra Mundial significó un corte en este proceso. Los agudos problemas sociales que la siguieron conmovieron hasta lo más hondo las bases del optimismo progresista, mientras que la crisis económica mundial, y los problemas fiscales cada vez más serios, dificultaron la función promotora de la cultura y la ciencia que tan energicamente venía asumiendo el Estado.


    A partir de las angustias de los años que siguieron, aquellas décadas anteriores a la Gran Guerra empezaron a ser recordadas como la edad dorada.


    El Río de la Plata, 1776-1914. Desarrollo científico y cultural
    Bibliografía
    HALPERIN DONGHI, T. 1962. Historia de la Universidad de Buenos Aires. Buenos Aires, Eudeba.
    FURLONG, g. 1953. Historia y bibliografía de las primeras imprentas rioplatenses. B uenos Aires, Guarania.
    PROBST, J. 1924. La educación en la República Argentina durante la época colonial, Introducción al tomo IV de DOCUMENTOS PARA LA HISTORIA ARGENTINA, Instituto de Investigaciones Históricas de la Facultad de Filosofía y Letras, Buenos Aires.
    TORRE REVELOO, J. 1940. El libro, la imprenta y el periodismo en América durante la dominación española. Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras.
    WEINBERG, f. 1977. El Salón Literario de 1837. Buenos Aires, Hachette.
    BABINI, J. 1954. La evolución del pensamiento científico en la Argentina. Buenos Aires, La Fragua.
    CHAVEZ, F. 1973. La cultura en la época de Rosas. Buenos Aires, Theoría.
    PALCOS,A. 1964. Reseña histórica del pemsamiento científico. ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Historia argentina contemporánea, 1862-1930. Vol. II. Buenos Aires, El Eteneo. SALVADORES, A.. 1941. La instrucción primaria desde 1810 hasta la sanción de la ley 1420. Buenos Aires, Consejo Nacional de Educación, 1941


    http://bicentenario.educ.ar/wp-conte...culturales.pdf
    GiulioRudolph dio el Víctor.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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    Re: Virreinato del Río de la Plata

    Libros antiguos y de colección en IberLibro
    EL RIO DE LA PLATA,1776-1914: DESARROLLOS CIENTIFICOS Y CULTURALES
    LUIS ALBERTO ROMERO


    UNESCO, Historia del desarrollo científico y cultural de la Humanidad Volumen VI, cap. 12: La América Latina y el Caribe, 1789-1914.


    El Virreynato del Río de la Plata, 1776-1810


    La creación del Virreinato del Río de la Plata en 1776 transformó las condiciones sociales y culturales de la zona más austral del Imperio hispánico en América.


    Se estableció una administración sólida y consistente -el Virrey y los Gobernadores Intendentes-, con el propósito de defender el territorio, controlarlo eficazmente y hacerlo progresar.


    Este impulso se sintió sobre todo en Montevideo, fondeadero de la flota de guerra, y en Buenos Aires, la capital y a la vez el puerto de ese nuevo espacio político y económico, que incluía al Alto Perú y sus minas de plata.


    Buenos Aires, puerto de la plata, tuvo un importante comercio, que fue más bien pasivo hasta que las dificultades políticas y navales de España, notorias desde 1795, permitieron a los comerciantes porteños ensayar un estilo mercantil activo y autónomo.


    El dinamismo comercial de Buenos Aires estimuló la explotación ganadera, consistente en la matanza de animales cimarrones en las llanuras de Entre Ríos y la Banda Oriental, para exportar los cueros.


    Se trataba de una actividad primitiva, con mínimos requerimientos técnicos, adecuada para una sociedad primitiva, que creció al margen de las convenciones sociales, donde blancos pobres, indios y negros se mezclaron libremente.


    En el Interior del Virreinato, en cambio, la sociedad se organizó según las líneas de castas, y fue más estable y ordenada.


    Las actividades económicas -agricultura de escala reducida, ganadería, artesanías- se desarrollaron sin grandes sobresaltos y orientadas a las necesidades de consumo del Alto Perú.


    La sociedad decente se concentraba en las ciudades, que eran centros comerciales y administrativos.


    En las décadas finales del siglo XVIII se manifiesta en este confín hispanoamericano una sensible renovación cultural, coincidente con las ideas de los tiempos, pero canalizada en el marco de la cultura establecida.


    No hubo aislamiento, pero tampoco brusca irrupción de novedades, sino un calmo procesamiento, que fue dotando de nuevos contenidos a la cultura escolástica.


    El centro cultural tradicional era la Universidad de Córdoba, fundada a principios del siglo XVII y administrada por los jesuitas hasta su expulsión en 1767.


    Los sucedieron los franciscanos primero, y desde 1800 se hizo cargo el Obispado.


    En Córdoba se estudiaba teología, y la enseñanza pasaba por la doble censura eclesiástica y política, que permitió que las nuevas ideas fueran abriendose paso, de manera moderada y dosificada.


    Así, en el marco del aristotelismo, comenzó a hablarse de la nueva física, la de Descartes y Newton, que aunque solo fuera para criticarla.


    En 1801 el rector fray Sullivan decidió comprar un "laboratorio" de física experimental, compuesto de diversas "máquinas", que se ofrecía en venta.


    El Cabildo de Córdoba negó la autorización, argumentando que en la Universidad debía enseñarse teología, aunque admitió que podía desarrollarse la física teórica.


    En cambio, el rector recibió el apoyo franco de las más importantes autoridades administrativas, incluyendo al Virrey, que apoyaron la enseñanza de la física experimental.


    Esta incorporación graduada de las novedades del siglo se dio en mayor medida en Montevideo, donde en 1787 se estableció una cátedra de filosofía en el Colegio Franciscano, y sobre todo en Buenos Aires; desde 1771 se hacían allí gestiones para fundar una Universidad, y superar así la situación de inferioridad frente a Córdoba o Charcas.


    Según el Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, la nueva Universidad debía incorporar, entre otras cosas, la enseñanza de la física moderna, apartándose de Aristóteles.


    La oposición de Córdoba impidió la creación de la Universidad porteña, pero en 1773 se fundaron los Reales Estudios, de nivel primario, y en 1783 el Real Colegio de San Carlos, donde estudiaron los futuros próceres de la Revolución, y donde enseñaron no pocos de sus futuros funcionarios.


    Sin embargo, no fue allí donde tomaron contacto con las nuevas ideas pues, salvo algunos agregados de modernidad, la enseñanza se ajustó a los criterios, ciertamente flexibles, de la escolástica.


    La renovación intelectual cobró impulso desde 1790. Influyó la apertura comercial de Buenos Aires, la llegada de libros y de periódicos españoles, que comentaban las nuevas ideas, y también los viajes de estudio de algunos jóvenes, como Belgrano.


    Signo de los tiempos fue el Teatro de la Ranchería, donde en 1789 se estrenó Siripo, obra del criollo Manuel de Lavardén, o el establecimiento de la Imprenta de Niños Expósitos, donde en 1802 comenzó a editarse el Telégrafo Mercantil, primer periódico rioplatense.


    Al igual que en la España de Carlos III, circulaban las nuevas ideas, había un nuevo público atento a ellas, y sobre todo un grupo de activistas y militantes.


    No eran ideas subversivas. La monarquía y la Iglesia compartían la aspiración de los ilustrados a la realización de la felicidad del pueblo, y estos contaban con tan poderoso apoyo para llevar adelante sus ideas.


    Tal era, particularmente, la posición de Manuel Belgrano, designado en 1794 por el Rey como Secretario del Consulado, desde donde llevó adelante una intensa acción renovadora.


    Belgrano y sus amigos creían que no se trataba de inventar nuevas ideas sino de adecuar algunas de las que estaban en boga en Europa.


    Siguiendo las lecciones de la fisiocracia, debía fomentarse la agricultura, identificada con la civilización, y crear así una alternativa al fuerte desarrollo ganadero que ya se vislumbraba.


    Hipólito Vieytes difundió esas ideas desde el Semanario de Agricultura, fundado en 1802, y las continuó Belgrano en el Correo de Comercio, que empezó a aparecer a principios de 1810.


    También el comercio con todo el mundo se asociaba con la apertura, la circulación de ideas y la civilización, como lo planteó Lavardén en Nuevo aspecto del comercio en el Río de la Plata, o casi en los mismos términos el oriental Dámaso Larrañaga, al inaugurar en 1816 la Biblioteca Pública de Montevideo.


    En este aspecto, los intereses de los ilustrados coincidían con los de los comerciantes porteños, por entonces lanzados a arriesgadas operaciones comerciales o empresariales, como fue el caso del mismo Lavardén, que dirigió el primer saladero rioplatense, en la Banda Oriental.


    En Bueos Aires, a diferencia de Córdoba, las inquietudes culturales o científicas se relacionaron pronto con las necesidades más inmediatas de la sociedad: el saber científico era apreciado en tanto ayudaba a resolver los problemas prácticos.


    En 1798 se creó el Protomedicato de Buenos Aires, para habilitar a quienes ejercían la medicina, ocuparse de atender los problemas de la salud pública -como la vacunación contra la viruela- y formar nuevos médicos.


    En 1801 comenzó la enseñanza de la medicina, a cargo de Cosme Argerich, y en 1808 se graduó la primera camada de médicos, de destacada actuación posterior.


    En 1799, por iniciativa del Consulado, se creó una Escuela de Dibujo, que se cerró poco después, y otra de Náutica, donde tuvo amplio desarrollo la enseñanza de las matemáticas y de los métodos experimentales.


    La Escuela debía combinar la enseñanza científica con la formación de los pilotos reclamados por un activo comercio porteño, que incursionaba por Africa o el Caribe.


    Ambas iniciativas se interrumpieron como consecuencia de la crisis política que siguió a las Invasiones Inglesas y que desembocó en la ruptura del lazo colonial.




    Independencia y guerras civiles, 1810-1852




    Los primeros años de vida independiente fueron muy difíciles.
    La guerra, muy costosa, originó una aguda penuria económica.


    Fuera de Buenos Aires produjo depredación de riquezas, tanto en las regiones ganaderas como en los centros urbanos, afectados también por la apertura comercial y, sobre todo, la desaparición del flujo de metales provenientes del Alto Perú, que quedó en manos realistas.


    Pero también fueron años de efervescencia patriótica y de ebullición de las ideas: en Buenos Aires se tradujo El Contrato Social, se publicó el periódico La Gaceta, al que siguieron otros también destinados a educar al pueblo, y hubo "una feliz revolución en las ideas", de tono más radicalizado en algunos, como Mariano Moreno o Bernardo de Monteagudo, o más moderado, como el Deán Gregorio Funes, que por entonces formulaba el nuevo plan de estudios de la Universidad de Córdoba.


    Funes admitía la necesidad de ampliar la enseñanza de la fisica experimental y las matemáticas, pero recomendaba conservar la tradicional escolástica para la metafísica.


    Belgrano, en cambio, recomendaba enseñar lógica según Condillac, abandonar la metafísica y reforzar los aspectos morales de la religión.




    La penuria financiera hizo que se interrumpiera la existencia de varias instituciones creadas al fin de la Colonia. Algunas sobrevivieron, adecuadas a las nuevas necesidades militares: el Instituto Médico Militar, o la Academia de Matemática y Arte Militar, indispensable para la formación de los artilleros.


    Luego de 1815 pudieron reanudarse algunos emprendimientos. Así, se rehabilitó el antiguo Colegio de San Carlos, convertido en Colegio de la Unión del Sur.


    Juan Crisóstomo Lafinur, profesor de filosofía, introdujo en sus cursos las teorías de la ideología, suscitando el rechazo de los más tradicionales, quienes en 1819, en ocasión de los exámenes públicos de sus alumnos, lo acusaron de poner en peligro la existencia del alma.


    A la guerra de Independencia siguieron, sin solución de continuidad, los conflictos civiles, que fueron disolviendo la unidad política virreinal.


    Algunas partes se convirtieron de hecho en estados independientes: Bolivia, Paraguay o la Banda Oriental, cuya independencia se declaró en 1828, después de una guerra entre las provincias del Río de la Plata y Brasil.


    En otros casos se formaron estados provinciales autónomos, de finanzas escuálidas y economías empobrecidas, cuyos gobernantes fueron denominados caudillos.


    En cambio la provincia de Buenos Aires vivió un período de prosperidad, posibilitada por la notable expansión de la explotación ganadera, que ganó nuevas tierras al sur.


    El estado provincial se organizó sobre bases modernas, y se alentó una renovación cultural de resultados notables, condicionada sin embargo por una inestabilidad política que pronto desembocaría en nuevas guerras civiles.


    La explotación ganadera, realizada en estancias, mantuvo su arcaísmo técnico, pero en los saladeros -donde se preparaban los cueros y la carne salada- se incorporaron algunas innovaciones, como la grasería, que introdujo el químico español Antonino Cambaceres.


    Otros profesionales vinieron al Plata para ocuparse de obras del puerto, de salubridad, urbanización, o de las empresas mineras, por entonces prometedoras pero que no llegaron a prosperar.


    La necesidad de trazar los linderos de las estancias estimuló la creación del Departamento Topográfico, y el desarrollo de la agrimensura, la medición pluvial y otras actividades que requirieron una nueva experticia ingenieril.


    Muchos de esos expertos fueron contratados en Europa por Rivadavia, aprovechando los exilios obligados por las persecuciones políticas, y una cierta ilusión que despertaba el "rio de la plata".


    Así, llegó a Buenos Aires un numero importante de científicos de primer nivel: el naturalista Aimé Bonpland, que fue colaborador de Humboldt, los físicos italianos Pedro Carta Molina y Fabricio Mossotti, el matemático Mauricio Chauvet, los escritores José Joaquín de Mora y Pedro de Angelis o el ingeniero Carlos Enrique Pellegrini.




    Mientras duró la bonanza rivadaviana, estos centíficos combinaron las actividades profesionales con las científicas y académicas.


    Mossotti, por ejemplo, instaló un observatorio astronómico en el Convento de Santo Domingo y escribió un artículo en una importante revista científica europea sobre el eclipse de 1833.


    Además realizó observaciones pluviométricas para el Departamento Topográfico y enseñó física en la Universidad de Buenos Aires, que acababa de crearse.




    Este era un viejo proyecto porteño, que se concretó en 1821.


    Según el modelo francés, la Universidad debía regir el conjunto de la enseñanza, en sus tres niveles.


    Así, se crearon varias escuelas primarias y se introdujo el método Lancaster, muy adecuado dada la escasez de docentes y de recursos para pagarlos.


    El Colegio se reorganizó como Colegio de Ciencias Morales, y recibió alumnos becados, provenientes de las provincias del Interior.


    Además del derecho, la Universidad impulsó la enseñanza de las ciencias experimentales, gracias al aporte de los físicos italianos mencionados, y de la medicina; aquí se aprovechó el saber de los excelentes médicos formados hasta entonces, como Cosme Argerich hijo o Francisco Javier Muñiz, un notable y esforzado médico militar, que se dedicó también a la paleontología.


    En filosofía se impuso la nueva corriente de la ideología, y se siguió a Condillac, Cabanis y Destutt de Tracy, con quien se carteaba Bernardino Rivadavia.


    Juan Manuel Fernández de Agüero, profesor de filosofía, tuvo por ello un conflicto con el rector de la Universidad, un canónigo más tradicional, pero fue respaldado por las autoridades políticas.




    El impulso renovador alcanzó a toda la vida cultural porteña y se prolongó a algunas ciudades del Interior.


    Buenos Aires tenía cinco librerías, se editaba un número considerable de períodicos, había representaciones teatrales y de ópera, cenáculos literarios y polémicas.


    Pero los conflictos políticos pronto derrumbaron un edificio de bases débiles.


    La renuncia de Rivadavia a la presidencia en 1827 acabó con muchos proyectos.


    La penuria fiscal obligó a abandonar otros, particularmente las obras públicas, y con el correr de los años se llegó, ya en tiempos de Rosas, a suspender los sueldos de maestros y profesores universitarios.


    Por otra parte, las luchas políticas crearon un clima crecientemente faccioso, y muchos científicos e intelectuales emigraron o fueron expulsados de sus empleos.


    La mayoría de los europeos se volvieron; algunos sobrevivieron dedicándose a otra cosa, como el ingeniero Pellegrini, que terminó como pintor de moda.


    El gobierno de Rosas, instalado en 1829, se consolidó como dictadura en 1835.


    Se caracterizó por el orden autoritario, el clima extremadamente faccioso y una suerte de xenofobia, acentuada por los bloqueos impuestos por franceses e ingleses.


    Su poder, así como el de la mayoría de los gobernantes de las provincias, se apoyaba en las masas rurales, hostiles a las clases urbanas ilustradas.


    En todo el territorio rioplatense predominó esta hostilidad del campo hacia las ciudades y la cultura que ellas representaban.


    Una nueva generación intelectual se propuso comprender esta situación, y tratar de actuar sobre ella.


    Eran en su mayoría jóvenes estudiantes universitarios, insatisfechos con la enseñanza de sus maestros -algunos tan respetados como Diego Alcorta. Se inspiraban en los filósofos eclécticos y también en los poetas y literatos románticos, a través de quienes llegaban las ideas de Herder.


    También influían los ecos de la revolución de 1830. La juventud universitaria e intelectual quería entender lo que sus predecesores no habían comprendido, y actuar en consecuencia.


    Se trataba de descubrir lo propio del pueblo argentino, lo irreductible a las teorías abstractas, y sobre todo explicar a Rosas y la aceptación que tenía en la gente.


    Luego, querían actuar eficazmente, pues todos aspiraban a ser políticos.




    La "generación del '37" se desenvolvió primero en la Buenos Aires de Rosas y luego optó por emigrar a Santiago de Chile o a Montevideo, y sumarse allí a los antirrosistas.


    En el exilio escribieron sus obras más importantes: el Dogma socialista de Esteban Echeverría, el Facundo de Domingo Faustino Sarmiento o el Fragmento preliminar al estudio del Derecho, un texto previo de Juan Bautista Alberdi, con el que aspiró a doctorarse en Buenos Aires.


    Organización y apertura, 1852-1880


    La caída de Rosas en 1852, coincidente con el comienzo de la gran expansión del capitalismo, transformó las condiciones del Río de la Plata.


    La producción pecuaria para la exportación -sobre todo la lanar- se desarrolló firmemente; creció el comercio exterior, se intensificó el flujo de inmigrantes y se multiplicaron las empresas colonizadoras.


    Ambas capitales, y algunas otras ciudades, crecieron y se modernizaron aceleradamente. Sin embargo, los estados no llegaron a afirmarse plenamente sino al fin del período: la guerra entre las dos facciones tradicionales -blancos y colorados- se perpetuó en Uruguay hasta 1876, y en la Argentina el gobierno central solo acabó con las disidencias internas en 1880.


    Para agravar las cosas, ambos países participaron, junto con el Brasil, en una cruenta guerra con el Paraguay.


    En este proceso de construcción económica e institucional tuvo activa participación el conjunto de los intelectuales y políticos formados en el exilio rosista, quienes propusieron las grandes alternativas para la organización de ambos países, fundadas en el liberalismo político y la apertura económica.


    En la Argentina los más destacados fueron Juan Bautista Alberdi -su Bases sirvió de modelo para la Constitución de 1853- y Domingo Faustino Sarmiento, que fue presidente en 1868 y tuvo influencia en muchos campos, en especial el educativo.


    En Uruguay, en cambio, los "doctores" -que militaban en los dos partidos tradicionales- no lograron doblegar la influencia de los "caudillos".


    Los grandes instrumentos para renovar la sociedad y avanzar hacia el progreso fueron la inmigración -que se estimuló por la vía de la colonización- y la educación, sobre todo la primaria o "popular".


    Los grandes propagandistas e impulsores fueron Sarmiento y el uruguayo José Pedro Varela, puesto en 1876 a cargo de la Instrucción Pública por el presidente Latorre.


    Las acciones más espontáneas se sistematizaron casi simultáneamente en los grandes instrumentos legales que establecieron la educación obligatoria, gratuita y laica.


    En 1870 se fundó la Escuela Normal de Paraná, donde Pedro Scalabrini difundió las ideas genéricamente denominadas positivistas, particularmente el laicismo y la fe en la ciencia.


    Los educadores allí formados -los "normalistas"- tuvieron una enorme influencia en la educación pública en las décadas siguientes.


    Las ideas del progresismo racionalista y laico alcanzaron un enorme auge, así como la doctrina evolucionista de Darwin.


    Los grupos renovadores, liberales y anticlericales, chocaron con la Iglesia católica, especialmente cuando sus obispos se empeñaban en seguir las ideas ultramontanas de Pio IX, y también con intelectuales que combinaban esas posturas con un espiritualismo más genérico.


    En el Uruguay, el obispo Vera se empeñó en erradicar el catolicismo liberal y "masón", alineando a su grey en el ultramontanismo cerrado, mientras que los liberales fundaron en 1872 el Club Racionalista y aprobaron una Profesión de fe racionalista, que combinaba el liberalismo doctrinario con una vigorosa apelación moral.


    Los choques ideológicos fueron quizá desproporcionadamente intensos, en relación con las cuestiones reales en juego: tanto el Estado como la Iglesia apenas estaban comenzando a organizarse, pero aquel definió su preeminencia en cuestiones claves, como la educación.


    En torno de la educación se dirimieron otros debates. En 1863 se inició en la Argentina la creación de Colegios Nacionales, destinados a formar a las nuevas elites políticas, cultas y solidarias con el Estado nacional.


    El Colegio Nacional de Buenos Aires, que dirigió Amadeo Jacques, debía servir de modelo a sus pares: el Monserrat de Córdoba y el de Concepción del Uruguay.


    Conforme a sus propósitos, la orientación de la enseñanza era fuertemente humanista. También se reorganizó la Universidad. Bajo el rectorado de Juan María Gutiérrez (1861-73), la Universidad de Buenos Aires se recuperó de la incuria rosista; se creó el Departamento de Ciencias Exactas, donde en 1868 se recibió la primera camada de ingenieros, conocidos como "los doce apóstoles".


    Pese a ese impulso, la Universidad argentina se mantuvo distante de la renovación intelectual y de los debates de su tiempo.


    Al margen de la Universidad, el desarrollo de las ciencias fue muy significativo. El estado argentino hizo un gran esfuerzo para estimular las instituciones y traer científicos europeos de valer, como Germán Burmeister, un notable sabio alemán contratado en 1862, que reorganizó el Museo de Ciencias de Buenos Aires y lo convirtió en una institución notable.


    Luego Burmeister se trasladó a Córdoba, donde en 1870 impulsó la creación de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas y la Academia de Córdoba, convertida en 1878 en Academia Nacional de Ciencias.


    Simultáneamente, el Gobierno nacional establecía allí el Observatorio Meteorológico, de modo que Córdoba se convirtió en un segundo centro de irradiación científica.


    En Buenos Aires y en Córdoba proliferaron las publicaciones, como los Anales del Museo, que editó Burmeister, y se estableció un diálogo con los principales centros del mundo.


    En 1872 un grupo de docentes de la Facultad de Ciencias Exactas de Buenos Aires fundó la Sociedad Científica Argentina. Eran sus animadores los miembros de la primera camada de ingenieros, encabezados por Luis Huergo, que se proponían intervenir activamente en las cuestiones de interés público.


    En 1875, en concidencia con la Exposición Industrial, la Sociedad Científica organizó un concurso relativo a los aportes de la ciencia a la industria nacional, y particularmente a la elaboración de materias primas nacionales.


    Huergo y otros ingenieros intervinieron en el debate acerca del puerto de Buenos Aires, y también opinaron sobre las obras de salubridad que realizaba la Ciudad.


    No fueron los únicos científicos que por esos años buscaban combinar el saber con las
    necesidades de la sociedad: los médicos encararon la solución de los graves problemas de higiene de una ciudad que en 1871 había sido diezmada por la fiebre amarilla.


    Del optimismo a la duda, 1880-1914


    En las décadas finales del siglo, en ambos países se avanzó hacia la instauración del orden y la unidad políticos -aunque el Uruguay vivió su última guerra civil en 1904-, de afirmación y desarrollo de las instituciones estatales y de sostenido crecimiento económico.


    Este se basó en el comercio exterior, las exportaciones agropecuarias, la inversión de capitales -particularmente en ferrocarriles y puertos- y sobre todo la inmigración, que modificó profundamente el perfil de la sociedad.


    El campo se modernizó y crecieron las grandes ciudades, especialmente Buenos Aires y Montevideo. El proceso social se caracterizó por una fuerte movilidad, una creciente diversificación, y también la emergencia de nuevos conflictos, en las ciudades y en el campo, que sin embargo hasta 1914 tendieron a resolverse en términos de integración.


    El régimen político, originariamente controlado por elites de origen tradicional, fue evolucionando hacia una participación más amplia y una creciente democratización, cuyas aristas potencialmente conflictivas todavía no se vislumbraban en 1914.


    El formidable crecimiento económico y el nuevo orden político estimularon una filosofía espontánea: los valores del positivismo -progreso material, ciencia, laicismo- fueron asumidos de manera natural y escasamente crítica, más conformista que militante, y difundidos ampliamente, en diarios, revistas y libros, a medida que -por efectos de la política educativa- aumentaba en la sociedad la masa de letrados.


    A partir de 1890 se empezó a notar un cierto giro, de la confianza a la duda: lo marcó la orientación que en 1892 el presidente y filósofo Julio Herrera y Obes, de tendencia espiritualista, imprimió a las instituciones culturales uruguayas, el clima de tensión y desconfianza en las instituciones políticas que se inició en la Argentina con la Revolución de 1890, la creciente y crispada preocupación por la nacionalidad, en las décadas finales del siglo, o las enormes dudas acerca del rumbo tomado, que se manifestaron en la elite dirigente en torno del Centenario de la Revolución de Mayo.


    Los nuevos estados asumieron plenamente el programa de "educar al soberano": asegurar la escolaridad básica, gratuita, laica y obligatoria, y confiar en que ella formaría a los nuevos ciudadanos.


    Las escuelas primarias y los colegios nacionales, de nivel medio, cumplieron esa función y le aseguraron al Estado el dominio sobre un campo en el que ni la Iglesia ni las instituciones de las colectividades extranjeras pudieron competir.


    Las ideas pedagógicas del llamado normalismo se difundieron ampliamente, y cobraron nuevo impulso en la Universidad de La Plata, creada en 1905, donde se puso el acento en la enseñanza práctica y en los métodos experimentales, en desmedro de la educación humanística clásica. En otros campos el Estado también avanzó sobre terrenos en los que la Iglesia tenía hipotéticas aspiraciones, como el Registro Civil de nacimientos, matrimonios y defunciones.


    En la Argentina el avance se detuvo allí, y desde 1890 se manifestó una actitud más contemporizadora, mientras que en el Uruguay, luego de una pausa parecida, el impulso laico recibió un poderoso impulso por obra de Jose Batlle y Ordoñez, presidente desde 1903 y figura dominante durante dos décadas. Su "reforma moral" unió progresivamente la modernización estatal, el intervencionismo económico, el desarrollo de políticas de seguridad social y un impulso al laicismo que, luego de diversas medidas parciales, culminó en 1919 con la separación de la Iglesia y el Estado.


    El reconocimiento científico sistemático del territorio fue una de las consecuencias de su control efectivo por parte del Estado.


    Un grupo de sabios alemanes, radicados en Córdoba, acompañó al general Roca en su "conquista del Desierto", relevando el territorio, y luego el perito Francisco P. Moreno y el Comandante Fontana exploraron y describieron sistemáticamente la Patagonia y el Chaco.


    Moreno reunió una enorme colección de piezas óseas y objetos industriales con las que se dotó al Museo de La Plata, flamante capital de la provincia de Buenos Aires.


    El Museo, luego unido a la Universidad, se convirtió en una institución dedicada a la investigación en ciencias naturales y antropológicas, modelo de otras que por entonces también fomentó el Estado argentino, como el Museo Etnográfico, fundado por Juan B. Ambrosetti en la Universidad de Buenos Aires, el Observatorio de La Plata, también incorporado a la Universidad, el Museo Darwinion, creado por Cristobal Hicken, el similar iniciado a partir de los esfuerzos personales de Miguel Lillo en Tucumán, y también el Jardín Zoológico y el Jardín Botánico en Buenos Aires.


    El desarrollo científico estuvo acompañado de un intenso debate en torno de las teorías de Darwin. En Montevideo esas discusiones se dieron en el ámbito del Ateneo, fundado en 1877, donde a propósito del evolucionismo discutieron espiritualistas y positivistas.


    En Buenos Aires la discusión fue igualmente intensa, al punto que Eduardo Holmberg pudo escribir en 1875, alrededor de esa disputa, un cuento satírico, "Dos partidos en lucha", que remataba con la imaginaria llegada de Darwin a Buenos Aires.


    Entre sus enemigos reales estaban los intelectuales católicos, como José Manuel Estrada, y también científicos como Germán Burmeister, que rechazaban el evolucionismo y defendían el creacionismo.


    Entre los partidarios de Darwin se encontró Florentino Ameghino, el más notable científico argentino del período. Ameghino, que tropezó con la férrea oposición de Burmeister, dirigió el Museo de Buenos Aires desde 1902.


    Fue un géologo y paleontólogo notable, que desarrolló la teoría del origen americano del hombre, y más precisamente pampeano, y formuló una cosmovisión de raiz evolucionista en Mi credo.


    El positivismo ganó la Universidad de Montevideo durante el largo rectorado de Adolfo Vasquez Acevedo, entre 1880 y 1900, solo interrumpido durante la breve reacción espiritualista del noventa.


    En Buenos Aires penetró más lentamente, pero a fines del siglo ya estaba instalado en la Facultad de Filosofía y Letras, donde en 1904 Ernesto Quesada inauguró la cátedra de sociología.


    Fue característica de estas décadas la preocupación sociologista: se trataba de comprender, a la luz de los planteos de Comte y Spencer, de Taine, Le Bon, Durkheim o Simmel, problemas novedosos de la realidad social.


    La afluencia masiva de extranjeros dio lugar a la reflexión sobre la raza y sobre el crisol de razas. Las multitudes -visibles en las grandes ciudades- obligaron a pensar en cómo manejarlas. Muchos se preguntaron por las raíces de esa sociedad tan heterogénea, que buscaron en la herencia española o en la tradición criolla, y otros tantos se inquietaron por el cosmopolitismo creciente, que quisieron enfrentar con una prédica nacionalista.


    Tal fue el caso de Ricardo Rojas, José María Ramos Mejía, Agustín Alvarez, Juan Agustín García o Carlos Octavio Bunge, mientras que José Ingenieros exploró desde la psiquiatría los linderos entre la locura y el crimen.


    Muchos pasaron de la reflexión a la acción, proponiendo reformas sociales o políticas. Lo hizo en el Uruguay José Batlle y Ordoñez, y de una manera más moderada el argentino Joaquín V. González, quien asesorado por Juan Bialet Massé, propuso en 1904 un Código del Trabajo que legalizara la actividad de los sindicatos.


    Por su parte, Roque Sáenz Peña e Indalecio Gómez impulsaron la reforma electoral, que en 1912 abrió las puertas a la democracia.


    De un modo u otro, todos ellos tenían una sólida fe en el progreso y en la capacidad humana para promoverlo y regularlo. Pero hacia fines de siglo empezaba a instalarse una duda acerca de estos valores.


    Se manifestó en la indagación de los males de la sociedad, según la ciencia positivista, pero también en el cuestionamiento al positivismo, y a la creencia más espontánea que asociaba progreso con bienestar material.


    Esta orientación está presente en la crítica filosófica al positivismo, que en el Uruguay realiza Carlos Vaz Ferreira y en la Argentina Rodolfo Rivarola o Coriolano Alberini.


    A la vez, se hacen manifiestas actitudes e iniciativas marcadamente intolerantes, como lo fue la Ley de Residencia, sancionada en la Argentina en 1902, que autorizaba a expulsar a los extranjeros indeseables, o las manifestaciones más exasperadas del nacionalismo.


    Pero quizá la expresión más cabal de ese giro sea la obra del uruguayo José Enrique Rodó, cuyo Ariel (1900) se convirtió en emblema de la concepción aristocrática y espiritualista que, según empezaba a afirmarse, caracterizaba la esencia hispanoamericana.




    En muchos sentidos, la Primera Guerra Mundial significó un corte en este proceso. Los agudos problemas sociales que la siguieron conmovieron hasta lo más hondo las bases del optimismo progresista, mientras que la crisis económica mundial, y los problemas fiscales cada vez más serios, dificultaron la función promotora de la cultura y la ciencia que tan energicamente venía asumiendo el Estado.


    A partir de las angustias de los años que siguieron, aquellas décadas anteriores a la Gran Guerra empezaron a ser recordadas como la edad dorada.


    El Río de la Plata, 1776-1914. Desarrollo científico y cultural
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    PALCOS,A. 1964. Reseña histórica del pemsamiento científico. ACADEMIA NACIONAL DE LA HISTORIA, Historia argentina contemporánea, 1862-1930. Vol. II. Buenos Aires, El Eteneo. SALVADORES, A.. 1941. La instrucción primaria desde 1810 hasta la sanción de la ley 1420. Buenos Aires, Consejo Nacional de Educación, 1941


    http://bicentenario.educ.ar/wp-conte...culturales.pdf
    GiulioRudolph dio el Víctor.
    La Iglesia es el poder supremo en lo espiritual, como el Estado lo es en el temporal.

    Antonio Aparisi

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